Punk 57

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Capítulo 21

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Ryen

Agarro la bolsa de tela y escucho el ruido de algunas latas en el interior. Bueno, supongo que ahora suena menos. No quiero alertar a mi familia cuando lo lleve abajo, así que he envuelto los esprays en prendas de ropa, con la esperanza de ahogar el sonido.

Esta noche es mi última incursión, y Misha me va a ayudar. Solo que esta vez, no me siento culpable. Somos rebeldes con causa.

Bueno, es una causa muy pequeña, pero la tenemos.

Me miro en el espejo por última vez, agarro la bolsa y sonrío cuando escucho el timbre de la puerta. Ya ha llegado. Al salir de mi habitación, levanto el dobladillo de mi vestido mientras bajo la escalera. Mi madre y mi hermana están en la sala, acurrucadas alrededor de un plato de palomitas de maíz. El plan de esta noche es ver pelis de terror, pero en realidad solo quieren ver a Misha de nuevo.

Cuando lo traje a casa la semana pasada, a mi madre le gustó de inmediato. Mucho. Ella sabe lo mucho que Misha significa para mí, y conocerlo al fin fue increíble. Mi hermana, creo, estaba simplemente irritada. «No me abandonó. Le gusto. Me quiere. Y está buenísimo.» Pero me ha dejado más en paz durante la última semana, y he tratado de hacer un esfuerzo con ella. Después de todo, nuestra mala relación es tanto culpa mía como suya. Ella se portó mal conmigo de pequeñas porque no le apetecía tener que ocuparse de mí para que no estuviese sola, pero a medida que crecimos, fui yo quien se apartó. Ahora estoy intentando derribar las murallas que he construido entre nosotras. Me llevará tiempo, pero creo que lo lograremos. Incluso me ha peinado esta noche.

Llego al final de la escalera y veo a mi madre avanzar a través del vestíbulo. Dejo la bolsa en el suelo y me incorporo justo cuando abre la puerta. Misha aparece en el dintel, alto y vestido con un traje negro, camisa blanca y corbata negra. Todo le queda perfecto, e incluso se ha apretado la corbata. Está bien peinado y lo único que está igual que siempre es el aro plateado. El cuello de la camisa incluso le cubre el tatuaje. Me encanta cómo se viste normalmente, pero con traje parece tan mayor... Y muy sexy.

Agradezco el esfuerzo que hace para impresionar a mi madre. Cuando lo llevé a casa por primera vez, se puso una sudadera con capucha antes de entrar y se bajó las mangas para cubrir los tatuajes. Le preocupaba que mi madre lo juzgara antes de conocerlo, pero se relajó un poco cuando ella le mostró el carácter kanji que se hizo en el hombro cuando iba a la universidad, cuando las letras japonesas estaban de moda.

Sus ojos se encuentran con los míos y luego caen por mi vestido rojo sin mangas, largo hasta el suelo, sin escote y con tirantes finos con pedrería y perlas en la espalda, que queda desnuda. Mi hermana también me maquilló, y mi madre puso música y nos preparó fresas cubiertas de chocolate. Originalmente el plan era ir con Lyla y las chicas a la peluquería, pero nos divertimos mucho más en casa. Me alegro de haber pasado la tarde con mi familia.

Levanto las manos, poso y bromeo:

—Entonces, ¿estoy guapa?

Él se acerca a mí, inclinándose para besar mi mejilla.

—Esa no es la palabra que usaría —susurra.

—Ambos estáis muy bien —interviene mi madre.

—No combináis —opina mi hermana al entrar en el vestíbulo.

Lleva sus diminutos pantalones cortos del pijama, probablemente para regocijo de Misha, y fantaseo con echarle vinagre en el enjuague bucal. Misha la mira y coloca su mano sobre su corazón, fingiendo sinceridad.

—Combinamos aquí.

Resoplo y rompo a reír en voz baja. Mi hermana pone los ojos en blanco y mi madre niega con la cabeza, sonriendo.

—Venga, vámonos —digo.

Me inclino para tomar la bolsa, que mi madre cree que contiene una muda de ropa para la fiesta a la que no iremos más tarde.

—¡Fotos! —grita mi madre, y me detengo.

Suelto un suspiro, bajo el último escalón y él me da la vuelta, poniendo mi espalda contra su pecho.

—Postura de baile de graduación tradicional y cursi —explica.

—Ah, bueno, si es necesario...

Mi hermana cruza los brazos sobre su pecho, descontenta. Por supuesto que quiero fotos. No soy una aguafiestas, pero siento que Misha me está haciendo un favor al venir al baile con los chicos y conmigo. No quiero ponerlo en un aprieto. Sin embargo, para mi sorpresa, parece disfrutar de la sesión. Me da la vuelta, me envuelve entre sus brazos y me mira a los ojos. Mi corazón late con fuerza, miro su boca y siento que el cuerpo se me calienta. Preferiría estar a solas con él esta noche.

—Idos a un hotel —se queja Carson, y se da la vuelta para dirigirse de nuevo a la sala.

No dejo de mirar a Misha.

—Ryen, vuelve a casa a las dos —dice mamá.

—Es el baile de graduación —me quejo—. Dura toda la noche.

—A las dos —repite, mirándonos, su advertencia nos queda clara.

Pero discuto de todos modos.

—Siete.

—Tres.

—Tres, y Misha puede venir a desayunar por la mañana —presiono.

Ella asiente con facilidad.

—Está bien. Pero beignets. No bagels con jalapeños.

—Ya, ya.

Tomo la bolsa con cautela, con cuidado de no hacer que las latas choquen, y le susurro a Misha mientras paso junto a él:

—Con suerte estarás aquí más temprano, porque no voy a dejar que te vayas.

Se ríe en voz baja y abre la puerta. Probablemente no quiera arriesgarse a que mi madre le tome tirria ahora que se conocen, pero sabe que no podrá decirme que no. Bajamos los escalones y me quita la bolsa cuando veo la limusina junto a la acera. Me acerco, me detengo y dejo que abra la puerta.

—¡Hola! —saludan desde dentro.

Veo a J.D., a Ten y a Manny comiendo bocadillos y bebiendo refrescos, pero conociendo como conozco a Ten, hay alcohol fijo.

—Oye, ¿por qué no habéis entrado? —pregunto mientras subo.

—¿Una foto de graduación con cuatro chicos? —bromea J.D.—. Piensa en lo que Lyla te haría en Facebook.

Sí, claro. Entonces la puerta se cierra, y veo a Misha mirar por la ventanilla abierta, desde fuera.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto.

—Te veré en el baile.

¿Qué? Empieza a alejarse y asomo la cabeza.

—¡Misha!

Se da la vuelta, camina hacia atrás y veo su camioneta detrás de él.

—No te preocupes —dice—, y diviértete. Llegaré enseguida.

Lo miro, completamente confundida. Se lleva la bolsa. No va a hacer nada sin mí, ¿verdad?

Maldita sea.

Me recuesto en mi asiento, frunciendo el ceño. Ahora ya no puedo entrar al baile de graduación con cuatro hombres.

Siento que la limusina comienza a moverse y noto que el interior también está en silencio. Manny, Ten y J.D. me observan. Y luego J.D. habla.

—¿Quién es Misha?

 

 

El hotel Baxter está profusamente decorado. Las luces blancas brillan en los árboles y las linternas de principios de siglo titilan con llamas que nos conducen al salón de baile. La música vibra en el vestíbulo y ya puedo oler la comida.

La limusina se va y yo espero que Misha haya venido en su camioneta, pero cuando entramos al baile de graduación no lo veo.

La sala está exquisitamente decorada en negro y verde, los colores de nuestro instituto, con globos, velas y manteles de lino blanco. Miro hacia el escenario, donde el grupo está tocando.

—¿Lo ves? —grito al oído de Ten.

Hace una mueca, y deja su conversación con Manny para responderme.

—No lo he buscado.

«Bueno, relájate. Acabamos de llegar.»

Las cosas al fin se han calmado entre Misha y yo, y nos estamos divirtiendo. No quiero que una tontería lo arruine. Les conté la verdad a mis amigos en el coche, pensando que ya no supondría ningún error decirles el nombre real de Masen. Misha me aseguró que no volvería al instituto, y ahora que tengo amigos de verdad, me siento incómoda mintiéndoles.

—¿Quieres algo de beber? —pregunta Ten, indicando el bolsillo de su pecho.

Le hago señas para que se vaya.

—¿Te apetece bailar? —interviene J.D. a mi otro lado.

Miro alrededor de nuevo, buscando a Misha.

—Sí —finalmente respondo. ¿Por qué no? Me dijo que me divirtiera.

J.D. me lleva a la pista mientras Ten y Manny se sientan a una mesa. Manny mira a su alrededor con nerviosismo, como si estuviese a punto de caer en una trampa. Sin embargo, entonces... Ten se acerca y lo agarra por la corbata, acercándolo para enderezársela. Casi me río. Manny parece desconcertado, pero cruzan una mirada entre ellos y siento un poco de curiosidad.

Nah. Ten nunca saldría con un gótico.

J.D. y yo nos movemos al ritmo de la música mientras otros ríen y hablan. La energía y la atmósfera son increíbles. Está oscuro y abarrotado, y como dijo Misha en una de sus cartas, te das cuenta de que eres uno de entre muchos y no te sientes tan solo.

Casi me siento invisible, y me gusta. La canción termina y me derrumbo sobre J.D., respirando con dificultad y riendo. La máquina de humo y el calor de tantos cuerpos apiñados me pesan, y busco en mi bolso el inhalador. Miro a mi alrededor, vacilante. Suelo ir al baño para hacer esto. Al carajo. Doy una bocanada y veo que J.D. me mira sorprendido.

—¿Estás bien?

Asiento, y le muestro un pulgar hacia arriba.

—Estoy bien.

Guardo el inhalador en el bolso y dejo que se acerque. Coloca sus manos en mi cintura mientras bailamos una lenta.

—No puedo creer lo que veo —dice alguien.

Me doy la vuelta y miro a los ojos a Lyla y a Katelyn, que nos contemplan enfurecidas mientras todos bailan a nuestro alrededor. Los brazos de la primera están cruzados sobre su vestido rosa intenso.

—Es casi demasiado precioso para describirlo con palabras —reflexiona.

Katelyn sonríe detrás de ella, y dejo caer la cabeza hacia delante, fingiendo un ronquido.

—Ay, lo siento. —Levanto la cabeza y miro a J.D—. Me he quedado dormida. ¿Qué ha pasado?

Él se ríe. Sin embargo, merezco la animosidad de Lyla. No fui una buena amiga, pero con ella dudo que alguien pueda serlo.

Me doy cuenta de que Trey avanza pesadamente hacia ella desde atrás y veo cómo la cubre con los brazos. Tiene los ojos entrecerrados y apenas puede mantenerse en pie.

—Oye, ¿cómo te va? —dice, haciéndole un gesto a J.D.—. Tú también, ¿eh? Saltas bastante rápido, chica. Me gusta.

Por favor. Me alejo de él, pero no antes de ver a Lyla tratando de quitárselo de encima.

—Vamos —grita detrás de mí—, los amigos comparten, J.D. Te dejo probar el mío si tú me das el tuyo.

Trey me agarra del brazo, pero J.D. lo golpea.

—No te acerques a ella.

Trey vuelve a intentarlo, pero endurezco cada músculo.

—¡Ya basta!

Pero en ese momento, suena una voz y me detengo.

—Gracias a todos por dejarnos entrometernos —dice Misha, y parpadeo al darme cuenta de que la música se ha detenido.

Aparto los ojos de Trey, miro hacia el escenario y veo a Misha frente al micrófono. Todavía va de traje, pero tiene una guitarra colgada frente a él, y nos miramos a los ojos mientras una sonrisa baila en los suyos. Doy un paso, atraída.

—Somos Cipher Core, y esto va dedicado a la animadora —dice.

El corazón me da un salto en la garganta cuando veo a sus compañeros de grupo en el escenario.

—Mira, es Masen —murmura J.D.—. Quiero decir, Misha.

El baterista cuenta, el ritmo comienza y las guitarras crean una melodía rápida y dura, pero con alma. La voz de Misha suena lenta e inquietante, pero enseguida se acelera.

Todo vale cuando todo el mundo lee tus renglones.

¿Dónde te escondes cuando sus momentos álgidos son tus bajones?

Tanto, tan duro, tanto tiempo, tan cansado.

Deja que coman hasta que se hayan saciado.

No te preocupes por tus labios brillantes,

lo que saborean pierde eventualmente su sabor.

Quiero lamerlos mientras aún saben a ti.

Márcalo, dice la animadora,

prometo que volveré.

Primero tengo cosas que hacer.

Le aseguro que esperaré.

No puedo hacer que se quede

y no puedo verla marchar.

Mantendré su corazón de fuego infernal

y lo marcaré como favorito antes de que se vuelva a enfriar.

Cincuenta y siete veces no llamé,

cincuenta y siete cartas que no envié,

cincuenta y siete puntos para respirar de nuevo

y luego, joder, me equivoqué.

Cincuenta y siete días para no necesitarte,

cincuenta y siete oportunidades para rendirte,

cincuenta y siete pasos me separan de ti,

cincuenta y siete noches en las que nada más vi.

Sus ojos están cerrados y su cara es preciosa. Todo se desmorona en mi interior, porque es la canción más perfecta que he escuchado y quiero que continúe.

¿Cuándo la escribió? ¿Cuándo discutimos? ¿Antes de conocernos?

Una de las adultas que vigilan el baile sube al escenario cuando termina la canción y ladea la cabeza con desaprobación hacia el grupo. Ellos sonríen y se van a toda prisa, porque aunque les habían dado permiso para interpretar una canción, probablemente no supieran que iban a decir algunas de las palabras que estaban en esa letra. Me río mientras Dane hace una reverencia dramática y la multitud aplaude. Ni siquiera sé lo que acaba de pasar. ¿La gente bailaba? ¿Dónde están Trey y Lyla? Ni lo sé ni me importa.

Avanzo entre la multitud, esperando a que Misha venga hacia mí. Salta del escenario mientras el otro grupo comienza a tocar. Se acerca y me envuelve en sus brazos , me agarra por el trasero y me levanta. Me río a pesar de que las lágrimas me mojan la cara. Toco su mejilla, mirándolo.

—No quería llorar.

—Muchas de tus palabras están en esas letras —me dice—. Hacemos más que unas pocas cosas bien juntos, ¿sabes?

—Buenas y malas.

Estira su cuello hacia arriba y roza mis labios.

—Y lo quiero todo.

Lo beso, olvidando a todos los demás. Me había enviado fragmentos de esta canción el año pasado, pero nunca la había escuchado entera.

—Te quiero —susurra—. Y estoy listo para irme en cuanto me digas.

—Estoy lista.

Él sonríe y me baja.

—Vamos a divertirnos un poco.

Toma mi mano y caminamos entre la multitud de bailarines; cuando pasamos por las mesas de comida, nos encontramos con J.D.

—¿Adónde vais? —pregunta.

Miro a Misha y se encoge de hombros. Hay una chica cuyo nombre no conozco al lado de nuestro amigo. No quiero alejarlo de ella ni de la fiesta, pero...

—¿Puedes desaparecer con nosotros durante una hora?

Lo piensa y deja el plato.

—Contad conmigo.

—Recuerda que aceptaste sin coacción —le advierto.

Le susurra algo a la chica y corre detrás de nosotros mientras Misha llama a Ten y a Manny.

—Vamos.

Todos nos amontonamos en la camioneta de Misha, y veo mi bolsa de lona en el suelo del lado del pasajero.

—¿Adónde vamos? —pregunta Ten mientras Misha enciende el motor y sale del aparcamiento.

—Al instituto.

Me abrocho el cinturón de seguridad, pongo la bolsa en mi regazo y la abro.

—¿Por qué?

Lanzo una mirada a Misha, su expresión me indica que siga adelante. Saco una lata de pintura en aerosol lavable.

—Porque... es casi fin de curso y tengo más cosas que decir.

Levanto el espray y veo que los ojos de Ten casi se le salen de las órbitas.

—¿Qué? —estalla.

—¿Tú? —J.D. me mira, sorprendido.

Me encuentro con los ojos de Manny y puedo ver los engranajes girando en su mente. Tal vez se haya dado cuenta de que fui yo quien escribió ese mensaje en su taquilla:

 

No estás solo. Mejora.

Eres importante y nadie puede reemplazarte.

No te rindas.

 

Los pongo al corriente de cómo empezó y cómo lo justifiqué, pero también les digo lo que tengo que hacer esta noche. Una última vez. Y dado que todos tendrán algo que decir sobre el tema, pensé que querrían echarme una mano. Sobre todo porque Ten ya indicó que le gustaría participar, y J.D. ya lo hizo una vez.

—Entonces, ¿os apuntáis? —les pregunto.

—Claro que sí —responde J.D.

Miro a Manny, que permanece en silencio.

—No tienes que hacerlo si no quieres.

No le pienso pedir a ninguno que se meta en problemas. Pueden esperar en la camioneta o podemos llevarlos de regreso al baile ahora mismo. Pero él asiente, indicando la lata que tengo en la mano.

—Me pido el negro.

Bien. Reparto los esprays y les recuerdo que solo pinten en superficies que se puedan limpiar fácilmente. Nada de pantallas, carteles, obras de arte y uniformes o ropa en los vestuarios.

Llegamos al instituto y aparcamos en el lado sur, atravesamos la puerta y nos dirigimos hacia la piscina. Le doy a Misha mi lata y me saco la llave del bolso.

—¿Tienes una llave? —me pregunta J.D. sorprendido—. No puedo creer que nunca hayan pensado en interrogarte.

A menudo soy la última que queda en la piscina y me piden que cierre al salir.

—Qué esperabas, si soy Ryen Trevarrow —bromeo—. Una cabeza hueca con apenas suficientes neuronas para respirar.

Se escuchan risitas silenciosas, y abro la puerta.

—¿Cómo sabes que nadie las limpiará mañana? —pregunta Misha.

Es sábado por la noche, así que es posible. Pero...

—Mañana vendrán a arreglar las goteras —explico—. Y los profesores no pueden entrar en el edificio mientras trabajan los obreros, por seguridad. —Los miro a todos—. ¿Sabéis qué hacer?

—Sí.

—Por supuesto.

—Claro.

Perfecto.

—Vamos.

 

 

El lunes por la mañana, Misha y yo entramos a la instituto, mirando al frente mientras la tormenta gira a nuestro alrededor. Una gran parte de mí sabe que no deberíamos haberlo hecho. Después de todo, hay muchas otras formas de arreglar nuestros problemas. Y bastante mejores. Pero lo que dijo Misha era cierto. Todo el mundo es feo, ¿no? Algunos lo usan y otros lo esconden. Supongo que me cansé de que Trey lo escondiera. Y de que todos se lo permitieran. «Hice algo malo, malo.»

—Ay, Dios —murmura un chico a mi lado, y lo veo leyendo algo que había escrito el sábado por la noche.

—Oye, ¿has visto esto? —le pregunta una chica a su amiga mientras miran boquiabiertas la pared opuesta.

Contemplo el pasillo, veo varios mensajes escritos aquí y allá y gente revoloteando alrededor, asimilando todo.

 

No deberías estar a solas conmigo. Vas pidiéndolo a gritos.

 

TERRY BURROWES

¿Sabes siquiera dónde tienes la polla, maricón?

TERRY BURROWES

 

Me la voy a follar a ella y luego a su madre. Mírame.

En cada esquina, cada noche cuando, me encontrarás a tu lado y descubriré exactamente lo que me he perdido.

 

En cuando las zorras como tú lo probáis, enseguida os volvéis unas putas.

 

Deberías haber visto el trenecito que le hicimos a esta chica la semana pasada. Había una cola de chicos esperando su turno. Fue una pasada.

Cabeza abajo, culo arriba, así nos gusta follar.

 

Trey, Trey y más Trey.

Seguimos caminando, pasando al lado de las citas que los cuatro escribimos en las paredes, las taquillas y el suelo el sábado por la noche, girando por otro pasillo y viendo aún más. Sin embargo, no todas son de Trey. Algunas las han dicho Lyla, Katelyn, un par de amigos de Trey, e incluso yo. Porque, por supuesto, pedir perdón es fácil, pero afrontar la vergüenza es el primer paso para la expiación.

 

Una de estas noches, te llevaré al aparcamiento, abriré esas bonitas piernas y te follaré allí mismo en el suelo. ¿Te gustaría, nena?

 

TERRY BURROWES

—Qué asco —dice una chica, haciendo una mueca de dolor.

Otra saca un lápiz y debajo del mensaje «Todas lo quieren», escribe: «No, qué va».

Los pasillos son una ráfaga de actividad; tratamos de centrarnos en los dos pasillos principales, en especial porque todos pasan por ellos al entrar al instituto. La gente está cautivada. Algunas chicas parecen enfadadas y asqueadas. Algunos chicos se sorprenden.

—Atención, que todos los estudiantes se presenten en el auditorio, por favor —la voz del subdirector se transmite por el altavoz—. Todos los estudiantes, por favor, al auditorio.

Ten nos detiene en el pasillo, nervioso pero divertido.

—Parece que nos hemos lucido.

—Sí. —Le ofrezco una sonrisa tensa y veo a más estudiantes escribir debajo de los mensajes en la pared—. Míralos, sin embargo.

Di lo que piensas y darás permiso a los demás para que hagan lo mismo.

Me vuelvo hacia Misha, suspirando.

—Deberías irte. No es necesario que estés aquí, y te señalará si te encuentra.

Desde que dejó a Burrowes plantada hace más de una semana, no había vuelto al instituto, pero creo que estaba preocupado por cómo iba a salir esto y quería estar presente. Niega con la cabeza.

—No me importa.

—Bueno, acaba de llegar la policía —nos informa Ten.

—¿La policía? —susurro—. No creía que fuese para tanto.

—No, no es por el vandalismo. Es por Trey. Un grupo de chicas lo han delatado. Supongo que las publicaciones las animaron.

—Entonces sí que deberías irte —le digo a Misha.

Pero en ese momento la directora Burrowes se nos acerca y mi corazón da un vuelco.

—¿Señor Laurent? Venga conmigo.

Él la mira fijamente por un momento. Pero me meto.

—¿Por qué?

—Creo que él ya lo sabe.

Él duda por un momento, y creo que va a resistirse como la última vez; en cambio, da un paso.

—No, no, no... —estallo—. Él no ha hecho nada.

—Está bien —asegura en voz baja.

Burrowes interviene, mirándome.

—Fuiste la última persona, además del conserje, en salir del instituto el viernes por la noche —me dice—. Eso no es raro, ya que te sueles quedar hasta tarde, pero luego se me ocurrió que tienes una llave. Y entonces me acordé de la gente con la que te has juntado últimamente. —Mira a Misha—. ¿Le quitaste la llave?

—¡No! —respondo por él.

—Sí —dice.

Ay, Dios.

—Está bien —dice de nuevo—. Tranquila.

Ella se lo lleva y yo levanto las manos, impotente. ¿Por qué no se marchó como la última vez? No tiene que protegerme, y sabe que no dejaré que cargue con la culpa.

¿Qué está haciendo?

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