Punk 57

Punk 57


Capítulo 22

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Misha

—Siéntate.

Prefiero estar de pie, pero supongo que esto irá para largo, así que me acomodo en la silla que hay frente a su escritorio.

—Después de las peleas y tu comportamiento de las últimas semanas, he llamado a los números de teléfono que había en tu expediente —me dice, cerrando la puerta de su despacho—. O bien no existen o son números equivocados. ¿Me puedes decir por qué?

La miro mientras toma asiento detrás de su ordenado escritorio. Desabotonándose la chaqueta del traje, entra y abre un archivo, sin duda mío. Está casi vacío. Pero permanezco en silencio.

—Si te preocupaba la conducta de Trey, deberías haber venido a verme —exige—, no colarte en el instituto y escribir acusaciones horribles en la pared.

¿Acusaciones? ¿Las fotos que encontró en su habitación no eran lo suficientemente claras?

—¿Dónde está? —pregunto.

Ella se endereza.

—Lo he enviado a casa mientras solucionamos este lío.

Tengo ganas de sonreír, pero me contengo. Simplemente la miro. Con la cantidad de estudiantes molestos que hay en este centro, supongo que le llevará bastante tiempo resolver el lío.

—¿Dónde están tus padres? —pregunta.

—Mi padre vive en Thunder Bay.

—¿Y tu madre?

—Desaparecida.

Ella exhala un suspiro y cruza las manos sobre su escritorio. Ya sabe que no va a llegar a ningún lado así. Alarga la mano, levanta el auricular del teléfono y se lo acerca a la oreja.

—Dame el número de tu padre.

Mis dedos se curvan, pero no me delato. Allá vamos.

—742-555-3644.

—¿Como se llama? —marca el número—. Su nombre real.

Escucho que la línea comienza a sonar y mi corazón late dolorosamente, pero sigo estoico.

—Matthew —respondo rotundamente—. Matthew Lare Grayson.

De repente se queda quieta y me mira fijamente. Su respiración se acelera y parece que haya visto un fantasma. Al menos recuerda su nombre. Algo es algo. La voz de mi padre suena desde el otro lado de la línea.

—¿Hola?

La directora mira hacia abajo y la veo tragarse el nudo en la garganta, parpadeando nerviosamente.

—¿Matthew?

—¿Gillian?

Entonces cuelga el teléfono como si estuviera ardiendo y se tapa la boca con la mano. Casi quiero sonreír, solo para aumentar la burla. Ella levanta los ojos, se fija en los míos y parece que me tiene miedo.

—¿Misha?

Sí. También recuerda mi nombre. Dos puntos para mamá. Ahora lo sabe. El hecho de que decidiera venir a este instituto y sentarme en esta oficina no tenía nada que ver con Trey. Sino con ella.

—¿Qué quieres? —pregunta, y suena como una acusación.

Me río para mis adentros.

—¿Qué quiero? —Dejo caer la mirada y me susurro a mí mismo—: ¿Qué es lo que quiero?

Levanto la barbilla y ladeo la cabeza, sentándome frente a ella y culpabilizándola.

—Supongo que quería una madre. Quería una familia y que me vieras tocar la guitarra —le digo—. Quería verte la mañana de Navidad y que me sonrieras, y que abrazaras a mi hermana cuando estaba triste, sola o asustada. —La miro mientras ella permanece en silencio, sus ojos brillan—. Quería que me quisieras. Quería que le dijeras a mi padre que era un buen tipo que se merecía algo mejor que tú y que te olvidase. Quería que nos dijeras que dejásemos de esperar.

Ella tensa la mandíbula, cada vez más fuerte. No se trata de mí. Yo ya no me siento herido ni me formulo preguntas cuando sé que las respuestas no serán lo suficientemente buenas.

—Quería verte —prosigo—. Quería comprenderlo. Quería entender por qué mi hermana murió de un infarto a los diecisiete años, porque tomaba drogas para ser la hija, atleta y estudiante perfecta, para que cuando volvieras estuvieras orgullosa de ella y ¡la quisieras!

Estudio su rostro y veo los ojos marrones de Annie mirándome, doloridos y enrojecidos.

—Quería descubrir por qué no viniste al funeral de tu propia hija —le recrimino—. Tu bebé que estuvo tirada en una carretera oscura, húmeda y fría durante horas mientras tus nuevos hijos —empujo un marco de fotos en su escritorio, haciéndolo caer hacia delante—, en tu nueva casa —otro marco de fotos—, y tu nuevo marido —el último marco de fotos—, estaban todos metidos a salvo y calientes en sus camas. Annie, en cambio, se murió sola, sin haber sentido los brazos de su madre alrededor de su cuerpo.

Ella se encorva hacia delante, se derrumba y se tapa la boca con las manos. Esto no puede ser una sorpresa. Tenía que saber que iba a suceder algún día. Sé que no me ha visto desde que tenía dos años, pero estaba seguro de que me reconocería. Ese primer día, al verla en el comedor, sentí que se iba a dar la vuelta. Como si pudiera sentirme o algo así. Pero no lo hizo. Ni entonces, ni cuando me invitó a su oficina para darme la bienvenida ni en ningún momento después de eso.

Ella nos abandonó y se mudó cuando Annie era solo un bebé. Después, escuché que fue a la universidad y encontró trabajo de profesora, pero apenas me dolió. Era joven, tenía veintidós años y dos hijos, y la familia de mi padre era tremenda, pero pensé que encontraría el camino de vuelta a casa.

Cuando Annie y yo descubrimos que ella estaba en el pueblo de al lado, casada con un hombre que ya tenía un hijo, que había formado una familia con él y que aun así no había hecho el menor esfuerzo por buscarnos, me enfadé. Annie destacaba en todo con la esperanza de que nuestra madre se enterara de sus logros o viera la foto de su equipo en el periódico y fuera a buscarla.

—Ahora... —digo, con un tono calmado—, ya no quiero ninguna de esas cosas. Solo recuperar a mi hermana. —Me inclino hacia delante y coloco los codos en la parte superior de las rodillas—. Y quiero que me digas algo antes de que me vaya. Algo que necesito escuchar. Quiero que me digas que no tenías pensado buscarnos.

Sus ojos llorosos se detienen sobre mí.

Sí, podría haberme convencido de que vine a por el álbum de las fotos del instituto de mi hermana y los recortes de periódico. Annie dijo que se lo envió por correo junto con el reloj de mi abuelo, pero en realidad, una parte de mí lo había hecho con una pizca de esperanza. Una parte de mí pensaba que todavía podía ser una buena persona y ofrecerme una explicación. Que me contaría por qué, incluso tras su muerte, la madre de Annie no vino a buscarla.

—Quiero que me digas que no te arrepientes de irte y que no has pensado en nosotros ni un solo día desde entonces —exijo—. Que eres más feliz sin nosotros y que no nos quieres.

—Misha...

—Dilo —gruño—. Déjame liberarme de ti. Concédeme eso.

Quizá nos echara de menos y no quisiera alterar nuestras vidas, o la suya. O tal vez esa parte de su vida está rota y se acabó, y no quiere volver. Puede que simplemente no le importe. Lo único que sé es que ya no me puede importar. La miro y espero a que diga lo que necesito escuchar.

—No pensaba buscaros —susurra, mirando su escritorio con lágrimas corriendo por su rostro—. No podía quedarme. No podía regresar. No podía ser tu madre.

Golpeo mi mano sobre su escritorio y ella salta.

—Me importan una mierda tus excusas. No me das pena. Ahora di que eres más feliz sin nosotros y que no nos querías.

Ella comienza a llorar de nuevo, pero espero.

—Estoy mejor desde que me fui —solloza—. Nunca pienso en ti ni en Annie, y soy más feliz sin vosotros. —Ella se derrumba como si las palabras resultasen dolorosas de decir.

La tristeza sube por mi garganta y siento que las lágrimas me amenazan, pero me levanto, enderezo la columna y la miro.

—Gracias —respondo.

Me doy la vuelta y camino hacia la puerta, pero me detengo y le hablo de espaldas.

—Cuando tu otra hija, Emma, cumpla dieciocho años, pienso contarle quién soy —digo—. Hazte un favor y prepárala antes de que llegue ese momento, no seas idiota.

Abro la puerta y salgo de la oficina. Una vez en el pasillo vacío, me dirijo a la entrada, la distancia entre mi madre y yo crece. Con cada paso, me siento más fuerte.

«No me arrepentiré de irme —me digo—. No pensaré en ti ni un solo día a partir de ahora. Soy más feliz sin ti y no te necesito.

»Nunca te volveré a buscar.»

 

 

—¿Le preguntaste por qué se fue?

—No. —Me siento contra la pared en la habitación de Annie, Ryen está apoyada contra mí, entre mis piernas.

—¿No sientes curiosidad por saber cómo lo justificaría? —insiste.

—Antes sí, pero ahora... no lo sé. Si alguien no nos quiere, debemos dejar de quererlos. Eso era lo que me decía a mí mismo, y ahora me lo creo —le digo—. No es tan difícil enfrentarla y alejarse. Si quisiera explicarse, lo habría hecho. Si hubiera podido, lo habría hecho. Ella no me persiguió; y sabe cómo encontrarme si quiere.

Ryen pasa las manos por la bufanda azul de Annie.

—Así que por eso te presentaste en Falcon’s Well.

—Sí. Ella tenía el reloj. Una reliquia que el padre de mi padre les regaló el día de su boda —digo, hundiendo mi nariz en su cabello—. La tradición familiar dicta que vaya al primogénito. Ella se lo llevó, tal vez para fastidiar a mi padre o para empeñarlo, pero terminó dándoselo a Trey.

—Debes de haberla odiado por eso.

—Ya la odiaba de antes —respondo—. Eso dolió, sin embargo. Ella ya nos había abandonado. ¿Cómo podría robar algo que me pertenecía por derecho?

Era egoísta y rencorosa, y tal vez ya no sea la misma persona, pero no la pienso esperar como lo hizo Annie. Abrazo a Ryen con fuerza. Esto lo es todo. Estoy deseando vivir la vida junto a ella. Vamos a divertirnos muchísimo. Sobre todo porque ya no tengo que preocuparme por ese chupapollas. Ten nos ha contado que el superintendente le ha prohibido a Trey poner un pie en el instituto hasta que todo se aclare. Y dado que algunos estudiantes lo han denunciado, por las fotos y por varias peleas, parece que los próximos meses se los pasará en el juzgado.

Ryen se pone de pie y me levanta, los dos salimos de la habitación. Había venido aquí para devolver el relicario de Annie y el álbum de fotos a su sitio. También había cartas en el sobre que saqué de la oficina de nuestra madre. Ella no me dijo que le había escrito, solo que le había enviado el álbum. Sin embargo, no incluyó fotos mías. Sabía que no me habría gustado.

Quizá no debería haberme llevado el álbum y las cartas, ya que ella misma se lo había dado, pero cuando no se presentó al funeral, no quería que tuviera nada de Annie. Si quiere que le devuelva el sobre, lo haré, pero tiene que venir a pedírmelo aquí.

Cierro la puerta silenciosamente detrás de mí, entro a mi habitación y veo a Ryen sentada en la cama, leyendo un papel.

—¿Qué es esto? —pregunta.

Miro la hoja.

—Es una carta.

La dobla y la deja.

—Bueno, no la he leído ni nada, pero podría ser una oferta de un contrato discográfico. —Sonríe—. Y hay varias más allí. —Señala la mesita de noche—. Tampoco las leí, pero quizá también podrían ser de interés. Me parece que algunos tipos bien conectados han visto los videos de YouTube de Cipher Core y quieren hablar.

No quieren a Cipher Core. Me quieren a mí, y no pienso dejar tirados a mis colegas. Me dejo caer en la cama y tiro a Ryen hacia atrás, haciéndole cosquillas.

—Lo único que quiero hacer son cosas que no me alejarán de ti. ¿Comprendes?

Ella se ríe, se retuerce y trata de detenerme.

—¡Bueno, la universidad está a la vuelta de la esquina! —ríe, alejando mis manos—. Me iré. Y miré la página de Facebook de tu grupo. Tenéis una gira este verano.

—Son solo bolos de mierda, ferias y festivales. —Me siento a horcajadas sobre ella y levanto sus brazos por encima de su cabeza.

—Suena increíble.

Saco la lengua y me inclino, tratando de tocar su nariz.

—¿Qué tienes, cinco años? —grita, dejando caer su cuerpo e intentando empujarme.

Me lanzo a lamer la punta de su nariz. Ella pone una mueca y sacude la cabeza rápidamente para evitar que lo vuelva a hacer. Me río y le suelto las manos.

—No sé por qué Dane no ha eliminado esa información. Le dije que no iría.

—Claro que irás.

Me bajo de ella.

—Ryen...

—Cállate —dice—. No es para siempre. Tienes que ir y ver adónde te lleva.

En este momento, nada me apetece menos. La idea de dejarla me hace jodidamente infeliz.

—Tú y yo hemos mantenido una relación sin vernos durante siete años —continúa—. Creo que hemos resistido la prueba del tiempo y la distancia. Nadie se ha acercado nunca a ser en persona lo que tú en tus cartas. Y ahora que nos conocemos y te quiero —dice, subiéndose a mi regazo y envolviendo sus piernas alrededor de mí—, no me cabe duda. Debes irte.

—Te acabo de atrapar.

—Y no quiero ser un lastre.

Deslizo mis manos por la parte de atrás de su camiseta, saboreando su piel cálida y suave.

—Vamos a tener todo lo que queremos —sentencia—. Solo quiero estar contigo si somos capaces de realizarnos. Si vas y no te gusta, vuelve a casa. Si te gusta, estaré esperando cuando hayas terminado.

Puedo sentir que mis nervios se disparan y no sé cómo lidiar con ello. Hoy prefiero no pensar en eso. ¿Me gustaría hacer una gira en un viejo autobús alquilado y tocar algo de música este verano? Quizá. Ese era el plan hasta febrero. Pero ahora tengo a Ryen y no puedo imaginar no verla todos los días. No veo el sentido de pasar un minuto sin ella. No estaré más feliz solo porque tenga la música.

No obstante, tiene razón. Ella se va a ir a la universidad y, aunque yo también puedo, no será la misma. Podría ir con ella, pero... no puedo seguirla. Ambos tendremos que buscarnos nuestro propio trabajo algún día, una forma de realizarnos.

—Si no lo intentas —dice—, te preguntarás más tarde si deberías haberlo hecho. No me eches encima esa culpa.

Suelto una risa débil. Menudo golpe de realidad.

—Vale, pero tengo una condición —digo, mirándola a los ojos—. Quiero que escribas una carta.

Ella estalla en una sonrisa gigantesca.

—¿Una carta? Te escribiré más de una mientras no estés.

—A mí no. —Niego con la cabeza—. A Delilah.

Su rostro cambia al momento. La perspectiva de enfrentar a sus demonios internos la pone nerviosa.

—Se mudó en sexto. Ni siquiera sé dónde vive.

—Estoy seguro de que una búsqueda de Google te lo revelará. —Ella lo sabe. Solo está buscando una excusa para no enfrentarlo.

Vuelve la cabeza, esperando el momento, pero le doy un toque en la barbilla para que me vuelva a mirar.

—¿Y si ni siquiera me recuerda? —pregunta—. ¿Qué pasa si no fue gran cosa para ella y piensa que soy una idiota por seguir insistiendo en eso?

—¿Tienes más excusas o ya has terminado?

—Está bien —lloriquea como una niña—. Lo haré. Tienes razón.

—Vale. —La pongo boca arriba y la inmovilizo de nuevo—. Ahora desnúdate. Necesito recuperar el tiempo que perderemos durante la gira.

—¿Qué? —se queja mientras le paso la camiseta sobre la cabeza—. ¡Ya lo recuperarás cuando regreses!

—Sí. Eso también.

Epílogo Ryen - Cinco años después

—¡Ryen! —Escucho que me llaman por mi nombre—. ¡Ryen, vamos!

Niego con la cabeza, divertida mientras subo a la acera frente a mi edificio. El portero de Delcour ya está listo para que yo pueda escapar.

—No, Bill —le digo al reportero del Times mientras él y algunos fotógrafos se acercan a mí y me cortan el paso.

Intento esquivarlos, pero están por todas partes. Me abro paso a través de ellos.

—Una nominación al Oscar a la Mejor Canción Original —Bill Winthrop sostiene una grabadora frente a mí—. ¡Seguro que tiene algo que decir! Vamos.

—Él está en su cueva, escribiendo —respondo, dirigiéndome hacia la puerta—. Ya te lo he dicho.

Me doy la vuelta y lo miro a él y a los otros chicos que llevan acampados aquí desde hace muchísimo tiempo.

—Lleváis meses persiguiéndonos. Tomaos la noche libre. Id a buscar una cita.

Algunos de los reporteros y fotógrafos se ríen y los disparos de sus cámaras resuenan a mi alrededor.

—Es cierto, no se lo ve desde hace meses —insiste Bill—. ¿Cómo sabemos que sigue vivo?

Ladeo la cabeza y pongo las manos en las caderas, haciendo que mi vientre embarazado sea más evidente. Obviamente, Misha está lo suficientemente bien como para hacer esto, ¿verdad? Escucho la risa estallar de nuevo.

—Sabes que a Misha le gusta proteger su intimidad —señalo.

—¿Irá a la ceremonia?

—No si puede evitarlo.—Me doy la vuelta y me dirijo al edificio.

—¡Eres imposible! —Escucho el grito frustrado de Bill y ni siquiera me molesto en ocultar mi sonrisa.

—¡Yo también te quiero! —le digo por encima del hombro.

El suyo tiene que ser el trabajo más tedioso del mundo. Se pasan la vida esperando para ver si Misha sale a tomar un café o a comprar un par de zapatos. No durará para siempre, pero mi marido prefiere evitar la atención a toda costa. Sin embargo, supongo que eso lo hace más atractivo y misterioso. Creo que incluso han creado una aplicación, Encuentra Misha Lare, en plan Pokémon Go o algo así.

Aunque puedo entender que los atraiga. Después de la gira, vino a verme a Cornell porque opinaba que sus oportunidades laborales podían esperar. Teníamos una vida y él se negó a hacer nada más si no estaba a su lado. Me esperaría. Me preocupó que echase a perder una gran oportunidad, pero Misha sabe quién es y lo que quiere. Y tenía razón. Poco después de graduarme, reunió a Cipher Core y comenzaron a acumular premios y giras. Ha sido un viaje increíble y solo está empezando.

Camino por el vestíbulo y veo a Rika.

—Hola, ¿qué tal? —pregunta.

Miro sus leggings, sus botas negras hasta la rodilla, su suéter extragrande y su bolsa de tela y me siento tan gorda como un planeta. ¿Cuándo se va a quedar embarazada?

La esposa de Michael Crist, que también es de Thunder Bay, y yo nos hemos hecho muy amigas, y dado que su madre y el padre de Misha de repente son más que amigos, probablemente acabaremos siendo familia. No me quejo. Su grupo de amigos es interesante, como mínimo, pero son leales.

La miro en tono de disculpa, haciendo un gesto a los reporteros.

—Lo siento.

Pero ella lo comprende.

—Le pasa a Michael cuando llega a los play-offs, pero no tanto. —Se ríe—. Creo que está celoso, en realidad. Pero bueno, un jugador de baloncesto es un jugador de baloncesto. Una estrella de rock es una estrella de rock.

—No me lo recuerdes.

Se ajusta la bolsa al hombro y sigue caminando.

—Bueno, me voy al dojo y luego a Thunder Bay el fin de semana. Nos vemos el lunes, y dile a mi futuro hermanastro que le mando un saludo —bromea.

—Eso haré. —Y me dirijo a los ascensores.

Subo al piso veintiuno donde hay dos áticos: el nuestro y el de los Crist. Me encanta la vista y me alegro de que a Misha le guste vivir en la ciudad. Visitamos con frecuencia a su padre en Thunder Bay, pero la vida nocturna, los espectáculos y los conciertos son demasiado atractivos. Nos encanta el ruido.

Una vez dentro, huelo bistecs cocinándose y mi estómago gruñe al instante. Tenemos un gimnasio en el edificio, pero prefiero las clases en el dojo de Rika, así que por eso me he tenido que enfrentar a los reporteros hoy; ahora me muero de hambre. Y necesito un baño.

Unos brazos me rodean desde atrás, sosteniendo mi vientre, y me recuesto, sintiéndome instantáneamente relajada. Su aroma embriagador me rodea y necesito su contacto.

—Ayúdame a quitarme esta ropa —le ruego.

Me saca la camiseta por la cabeza y me ayuda a desabrocharme el sujetador deportivo. Solo estoy de seis meses, nuestro hijo nacerá en marzo, pero me hago la inútil. Cuanto más me toca, más feliz soy, y a Misha no le gusta verme enfadada.

Después de quitarme los zapatos, los calcetines y los pantalones deportivos, me doy la vuelta y me suelto el pelo.

Él está guapísimo. Me gusta este arresto domiciliario en el que se ha mantenido. Lo único que hace es caminar por el apartamento semidesnudo, en pantalones de pijama, escuchando música y dejando letras en lugares aleatorios. Están escritas por toda la nevera, en servilletas, en pósits pegados a las paredes, un cambio necesario cuando me estropeó la pared recién pintada de nuestra habitación. Todo es parte de su proceso creativo, según dice.

Pues vale. Funciona, supongo.

—Vamos. —Me arrastra—. Te preparé un baño.

Lo sigo, se desnuda y extiende una mano para invitarme a entrar. Me siento en el otro extremo de la gran bañera, sonriendo agradecida cuando comienza a masajearme la pierna.

—Los reporteros están locos —digo—. Todo el mundo quiere verte.

—Bueno, yo te quiero ver a ti.

Toma mi pie y se lo pone entre sus piernas. Lentamente me siento a horcajadas sobre él, pero sin poder pegar mi pecho con el suyo por culpa de mi vientre.

Toma la jarra plateada que tengo al lado de la bañera y comienza a verter agua sobre mi cabello. Arqueo el cuello hacia atrás, el calor cubre mi cuero cabelludo y mi espalda y me hace gemir. Besa mi cuello.

—¿Puedo decirte una cosa? —pregunta gentilmente.

Lo miro a los ojos y asiento. Me alisa el cabello hacia atrás, mirándome con amor.

—Te quiero mucho, y cuando nos casamos tenía la esperanza que estaríamos juntos para siempre —afirma—, pero lo del espejo... —señala detrás de mí al diseño de la pared que acabo de instalar— me está cabreando. Pierdo el equilibrio cada vez que entro aquí.

Me doy la vuelta y esbozo una sonrisa, mirando el conjunto de espejos que reflejan los de la pared opuesta. Me vuelvo hacia él, levanto la barbilla y asiento.

—Te acostumbrarás.

—Eso dices siempre —se queja—. Aguanté la chimenea gótica en el granero reformado de Thunder Bay, las mesas de máquina de coser en el salón, el hecho de que tengo que atravesar un armario para entrar al baño, pero lo del espejo...

Él se calla y beso su mejilla.

—Llama la atención.

Me lanza una mirada poco divertida. Me estremezco de risa.

—Si te divorcias de mí, ya no podremos tener sexo.

Él tuerce los labios.

—Ya, me lo imaginé.

Menudo bebé. Cuando se casó conmigo, ya sabía que me gustaba ser creativa. Incluso si no se me daba bien. Me acerco y giro el grifo para abrir la ducha. No nos moja, pero crea un zumbido agradable.

—Tienes que hacer una aparición —digo.

Odio presionarlo, y normalmente no lo hago, pero a veces me preocupa que no se deje ver.

—Will no para de llamarme —señalo—, e incluso me vino a ver al trabajo hoy. Dice que tienes que aprovecharlo mientras puedas.

—Eso hago —afirma, y luego aprieta sus brazos alrededor de mí—. Solo quiero hacer música contigo, y que la gente la escuche y la disfrute, pero no necesito la fama. No necesito la ostentación. Estoy feliz.

Acaricio su rostro.

—La mayoría de la gente no tiene la oportunidad de ser un dios —digo—. ¿Estás seguro de que no te arrepentirás de habértelo perdido? No vivirás para siempre.

—Yo no, pero mi música sí.

Siempre tiene la respuesta perfecta para todo. Y tiene razón. No le falta nada. ¿Seríamos más felices sacrificando el tiempo que tenemos juntos para dárselo a los demás? No.

—Lo único que importa somos tú y yo y lo que ponemos en las letras, y no toleraré ninguna distracción. Solo tengo una oportunidad para hacer esto bien, y no pienso desaprovecharla.

Lo atraigo para besarlo. Lo quiero tanto... Pero sus palabras me recuerdan a nuestro rapero favorito, y me aparto, incapaz de resistirme a burlarme de él.

—Oye, solo una oportunidad, como en Lose Yourself de Eminem.

Empiezo a cantar la canción a todo pulmón.

Empuja mi cabeza hacia atrás, metiéndome bajo la ducha mientras chillo de risa.

¿Qué he dicho para merecer esto?

 

Gracias por leer y reseñar.

Tus comentarios son el mejor regalo que puedes darle a un escritor.

 

Pasa la página para leer la carta de Ryen a Delilah.

 

Querida Delilah:

Me llamo Ryen Trevarrow. Éramos amigas en cuarto. Seguro que ni siquiera me recuerdas, pero yo a ti sí. De hecho, me vienes mucho a la mente. Si me recuerdas, sigue leyendo, porque hay muchas cosas que me gustaría decir. No tienes la obligación de hacerlo, pero te lo agradecería.

A estas alturas, estoy segura de que tu vida, como la mía, ha cambiado mucho. Tus recuerdos de nuestra amistad, si es que guardas alguno, pueden ir de resentidos a tan ambiguos que apenas los hayas registrado. Tal vez lleves años sin pensar en mí, pero por si acaso... necesitaba hacer esto. Quizá por ti, pero especialmente por mí. Tengo mucha culpa, y la merezco, pero hay cosas que hay que decir y ya es hora.

Verás, todavía guardo la imagen en mi cabeza. Estás de pie contra la pared en el patio de recreo, sola porque yo ya no quería ser tu amiga. No puedo imaginar lo que pensaste ese día y todos los posteriores, pero espero que sepas que lo que hice y lo que todos los demás dijeron o te hicieron pasar no fue culpa tuya, sino mía.

Hay un secreto que quiero compartir contigo. Ni siquiera se lo he dicho a mi mejor amigo, Misha, porque fue muy vergonzoso. Cuando tenía nueve años, todos los domingos, sobre las seis de la tarde, después de cenar, comenzaba a juntar todos mis productos de higiene: champú, acondicionador, jabón, esponja vegetal, cortaúñas, lima ... Los alineaba en el alféizar de la ventana, sobre la bañera, y durante la siguiente hora, me bañaba.

Eso es. Pasaba una hora entera en el baño, limpiando, restregando y asegurándome de que cada maldito mechón olía como un arroyo con aroma a lirios en un prado de montaña. Luego daba comienzo el proceso de hidratación y limpieza de uñas.

Madre mía, ¿verdad? Pero, espera, hay más.

Luego dedicaba diez minutos a pasarme el hilo dental y cepillarme los dientes, e incluso más tiempo a escoger mi ropa, que por supuesto tenía que estar planchada y arreglada para el lunes por la mañana. Era una nueva semana y una nueva yo. Iba a tener más amigos. Iba a estar con las niñas populares. Iba a caer bien.

Porque en mi cabeza de nueve años, ese baño lavaba más que la suciedad. Se llevaba mi antiguo yo y, de alguna manera, si pulía mi apariencia, mi personalidad mágicamente también sería diferente.

Seguí ese ritual durante aproximadamente un año. Más de cincuenta domingos de grandes esperanzas y más de cincuenta lunes que terminan sin nada diferente que el anterior. Ni el agua y jabón, ni las uñas perfectas ni el cabello bonito podían cambiar lo que odiaba de mí por dentro.

Que era tímida. Que siempre estaba tensa y nunca rompía las reglas. Que me sentía incómoda en grupos grandes y me costaba hablar con la gente. Que mi música y películas favoritas no eran las de un niño promedio.

Simple y llanamente: que no encajaba.

No tenía nada en común con mis compañeros y no era capaz de encontrar a nadie con quien tuviera cosas en común. Constantemente sentía que no me quedaba mucho tiempo. Como si estuviera en una fiesta y la gente esperase a que entendiera la indirecta y me fuera.

Hasta que te conocí. Todos los días, en el recreo, caminábamos por el perímetro del campo y charlábamos sobre cosas que teníamos en común. Fuiste amable y divertida, me escuchaste y no me hiciste sentir presionada ni incómoda. Me alegré de tener una amiga al fin.

Hasta que comencé a preguntarme por qué no tenía más.

Seguíamos caminando y hablando, pero tarde o temprano, mis ojos se desplazaban hacia donde todos los demás estaban jugando y riendo, y comenzaba a sentirme excluida de nuevo. ¿Por qué parecían más felices? ¿Qué estaban haciendo y cómo se estaban comportando para estar rodeados de gente y yo no?

Llegué a la conclusión de que necesitaba verme mejor antes de poder ser mejor, es decir, popular. Al trepar por la escalera social con comportamientos desagradables creí que me estaba elevando. Y en cierto modo, supongo que así era. Ser mala me hizo conseguir esos amigos que pensaba que quería.

Ya sé que lo que te hice no estuvo bien, incluso un niño sabe cómo ser amable, pero quería que supieras que lo siento. Me equivoqué y lamento lo que hice. Fue el primer acto de una larga serie de equivocaciones que me convirtió en una chica muy infeliz, y ahora veo lo valiosa que es una buena amiga y lo poco que esos chicos populares significan en el gran y ancho mundo.

No puedo cambiar el pasado, pero lo haré mejor en el futuro.

Lo siento si te he molestado. Si estás leyendo esto y te preguntas por qué incido en algo que quizá fue insignificante para ti. Tal vez estás rodeada de una gran vida y toneladas de felicidad, y yo ni siquiera soy un recuerdo.

Pero si te lastimé, lo siento.

Eras una buena amiga y merecías que te tratasen mejor. Gracias por estar ahí para mí cuando te necesitaba. Ojalá yo hubiera hecho lo mismo.

Con amor,

Ryen

Nota de la autora

Si estás leyendo esto, es de esperar que eso signifique que has terminado el libro. Y si ese es el caso, entonces estoy muy contenta.

Punk 57 fue un libro diferente de escribir, y difícil. Las lectoras de novela romántica podemos llegar a ser muy duras con nuestras heroínas. A menudo nos vemos reflejadas en ellas y comparamos sus decisiones con las que habríamos tomado en su lugar. Tendemos a juzgarlas con más dureza que a los hombres, porque las expectativas son más personales. Es por eso por lo que muchas heroínas suelen ser inocentes, tímidas y amables, con buen corazón. Ver a esas mujeres encontrar su poder es un viaje divertido. Son fáciles de amar. Ryen, en cambio, no era así. Sobre todo en los primeros capítulos.

Al terminar el proceso de escritura, yo estaba muy asustada. Solo esperaba que te quedaras con ella el tiempo suficiente para verla recuperarse y, finalmente, que pudieras sentirte orgullosa de ella.

La necesidad de Ryen de reconocimiento, adoración e inclusión resuena con todos. Ningún niño quiere ser diferente. Quieren pertenecer, desean la aprobación de los demás y, la mayoría de las veces, no son lo suficientemente fuertes mentalmente para poder gestionarlo solos. Sin embargo, a medida que envejecemos, la mayoría de las personas desarrolla esa capacidad. Aprendemos que nada es mejor que quererte tal como eres, incluso si eso significa que quienes te rodean no lo hacen. Con alegría descubrimos que ya no nos importa un carajo.

Y es muy agradable.

No obstante, la mayoría hemos hecho cosas injustas en nombre de la autopreservación. Esa es la historia que quería contar. Ryen odiaba quién era, intentó cambiar y encontrar una manera para que la gente finalmente la viese, pero luego descubre que se odiaba a sí misma aún más. Mentirte a ti mismo nunca te hace avanzar.

Gracias por leer y gracias por (con suerte) terminar la historia. Y para cualquiera que pueda haberse visto reflejado con lo que les sucedió a algunos de los personajes, recuerda: se pone mejor, tú eres importante y nadie puede reemplazarte.

No te rindas. Encontrarás tu tribu.

PENELOPE DOUGLAS

Letra de Punk 57

Todo vale cuando todo el mundo lee tus renglones.

¿Dónde te escondes cuando sus momentos álgidos son tus bajones?

Tanto, tan duro, tanto tiempo, tan cansado.

Deja que coman hasta que se hayan saciado.

No te preocupes por tus labios brillantes,

lo que saborean pierde eventualmente su sabor.

Quiero lamerlos mientras aún saben a ti.

Márcalo, dice la animadora,

prometo que volveré.

Primero tengo cosas que hacer.

Le aseguro que esperaré.

No puedo hacer que se quede

y no puedo verla marchar.

Mantendré su corazón de fuego infernal

y lo marcaré como favorito antes de que se vuelva a enfriar.

Cincuenta y siete veces no llamé,

cincuenta y siete cartas que no envié,

cincuenta y siete puntos para respirar de nuevo

y luego, joder, me equivoqué.

Cincuenta y siete días para no necesitarte,

cincuenta y siete oportunidades para rendirte,

cincuenta y siete pasos me separan de ti,

cincuenta y siete noches en las que nada más vi.

Solo soy el punk que te vino a buscar,

tu trampolín, tu emoción secreta.

Algo me dice que estás a punto de estallar

Porque necesito ser más que solo tiempo que se llena.

Márcalo, dice la animadora,

prometo que volveré.

Primero tengo cosas que hacer.

Le aseguro que esperaré.

No puedo hacer que se quede

y no puedo verla marchar.

Mantendré su corazón de fuego infernal

y lo marcaré como favorito antes de que se vuelva a enfriar.

Letra de Pearls

Una imagen vale más que mil palabras,

pero mis mil palabras hacen más mella.

Lo que no nos mata nos hace más fuertes.

Y una mierda. Soy el cazador y la presa.

Trata a los demás como quieres que te traten a ti,

pero ¿y si esta noche quiero que me quemen?

Nos dijiste que es mejor prevenir que curar

y mi hermanita escuchó, pero fui yo quien aprendí.

Vientos, vientos, vientos es lo que sembraste.

¡No te asustes ahora si recoges tempestades!

Necesitar, medicar, erradicar, resucitar.

Trágate tus perlas, para mí ya era demasiado tarde.

Hazlo mejor, sé más, demasiados, te has pasado.

Estoy a punto de ahogarme, no puedo forzarlo.

Ensarta las cuentas y envuélvelos alrededor de mi cuello,

me estrangularé con tus perlas de sabiduría y moriré destrozado.

Nos dijiste que nos preparáramos ahora y jugáramos más tarde,

pero esto es mejor que lo de afuera.

Tomé un paraguas para no mojarme,

pero no te importó que me pillara la tormenta.

Vientos, vientos, vientos es lo que sembraste.

¡No te asustes ahora si recoges tempestades!

Solo, vacío, fraude, vergüenza, miedo.

Cierra los ojos. No hay nada que ver aquí.

Agradecimientos

En primer lugar, a los lectores: muchos habéis compartido conmigo vuestro entusiasmo y me habéis demostrado vuestro apoyo día tras día, y agradezco vuestra confianza inquebrantable. Gracias. Sé que mis aventuras no siempre son fáciles, pero las adoro, y me alegra saber que tanta gente piensa como yo.

A mi familia: mi marido y mi hija han soportado mis horarios demenciales, las montañas de envoltorios de chocolatinas y que me distrajera cada vez que una conversación, un giro de la trama o una escena se me venía a la mente en medio de la cena. Gracias por aguantarme y por quererme a pesar de todo.

A Jane Dystel, mi agente de Dystel and Goderich Literary Management: no podría dejarte de ninguna manera humana ni divina, así que no te vas a poder librar de mí.

A la House of PenDragon: eres mi lugar feliz. Bueno, junto con Pinterest. Gracias por ser mi red de apoyo y por tu ambiente positivo.

A Viveke Courtney: mi editora independiente que peina con atención cada palabra que escribo. Gracias por enseñarme a escribir y por hablarme sin tapujos.

A Kivrin Wilson: ¡larga vida a las chicas calladas! Tenemos las mentes más sonoras.

A Ing Cruz, del blog As the Pages Turn: me apoyas desde la bondad de tu corazón y jamás seré capaz de compensártelo. Gracias por las fiestas de publicación, por las promociones en blogs y por estar a mi lado desde el principio.

A Milasy Mugnolo, que me lee, me da el voto de confianza que necesito y se asegura que siempre tengo alguien con quien hablar en las firmas de libros.

A Lisa Pantano Kane: me desafías con las preguntas más difíciles.

A Lee Tenaglia, que ilustra tan maravillosamente los libros y cuyo Pinterest es mi crac. Gracias. En serio, deberías dedicarte a esto de forma profesional. Hablemos.

A todos los blogueros: hay demasiados para enumerarlos, pero sé quiénes sois. Veo los posts y las etiquetas y el trabajazo que realizáis. Os pasáis el tiempo libre leyendo, reseñando y publicitando libros, y sin cobrar. Sois la fuente de vida del mundo literario, y no sé qué haríamos sin vosotros. Gracias por vuestro esfuerzo incansable. Lo hacéis por vocación, y eso lo hace aún más increíble.

A Samantha Young, que me sorprendió al tuitear que estaba leyendo Falling Away cuando yo ni siquiera sabía que me conocía.

A Jay Crownover, que se me acercó en una firma de libros, se presentó y me dijo que adoraba mis libros (yo me quedé pasmada).

A Abbi Glines, que incluyó mi libro en su lista de imprescindibles.

A Tabatha Vargo y a Komal Petersen, que fueron los primeros escritores que me escribieron tras la publicación de mi primer libro para decirme lo mucho que les había gustado.

A Tijan, Vi Keeland, Helena Hunting, Penelope Ward y Penny Reid por estar ahí cuando os necesito.

A Eden Butler y a N. Michaels, que siempre están listos para leer mis libros y ofrecerme sus impresiones.

A Natasha Preston, que me apoya.

A Amy Harmon por sus ánimos, positividad, apoyo y valor para romper el molde.

Y a B. B. Reid por leer, compartir las señoritas conmigo y enseñarme a usar Caliber a las doce y media de la mañana. Me portaré mejor contigo cuando empieces a compartir el chocolate.

Me valida sentirme reconocida por mis colegas. La positividad es contagiosa, así que quiero agradecer a mis compañeros escritores que difunden amor.

A todo escritor establecido o en ciernes: gracias por las historias que has compartido, muchas de las cuales me han hecho feliz como lectora que busca una distracción maravillosa y también mejor escritora, porque he intentado estar a tu altura. Escribe, crea y no lo dejes nunca. Tu voz importa, y si lo que haces te sale del corazón, está bien y es bueno.

 

Punk 57

Penelope Douglas

 

 

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). 

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Título original: Punk 57

© Penelope Douglas, 2016

Traducción de Daisy Services for Authors

 

© Editorial Planeta, S. A., 2022

Avda. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona

infoinfantilyjuvenil@planeta.es

www.planetadelibrosjuvenil.com

www.planetadelibros.com

 

 

Primera edición en libro electrónico (epub): julio de 2022

 

ISBN: 978-84-08-26213-8 (epub)

 

Conversión a libro electrónico: Realización Planeta

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