Punk 57

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Capítulo 11

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Ryen

No he hablado con Masen desde el incidente del miércoles por la noche en la biblioteca; ahora es viernes por la tarde y él no ha vuelto a clase. ¿Cómo es que va y viene como si nada? ¿Ha entregado algún trabajo siquiera? Nunca lo he visto con libros, y estoy tentada a ir a La Cala y ver cómo está. ¿Seguirá allí?

No sé por qué me importa. No sé casi nada de él y es peligroso para mí, pero no puedo sacármelo de la cabeza. No estoy buscando rebelarme. He llegado hasta aquí y no quiero ningún drama. Él debería mantener las distancias. Pero lo busco. En clase. En la cafetería. En el aparcamiento. Incluso cuando voy a casa se enciende la esperanza de que me embosque en mi habitación como el primer día.

Quiero volver a estar a solas con él. Esos pocos momentos robados —la camioneta, el laboratorio, la biblioteca— son como las cartas de Misha: algo que espero con impaciencia.

No dejé ningún grafiti anoche después de las lecciones de natación, en parte porque casi me atrapan la noche anterior y me pareció buena idea ir con cuidado durante unos días, pero también porque de repente no me apetece hacerlo.

Ahora Masen es mi liberación.

Y lo odio.

Cuando Misha desapareció y no sabía si estaba recibiendo mis cartas, comencé a escribir en las paredes del instituto. Es estúpido y pueril, pero un día, hace un par de meses, cuando las cosas se pusieron demasiado pesadas, tuve miedo de arrancar a gritar. Así que esa noche, antes de que cerrase la piscina, tomé una decisión instantánea y saqué un rotulador. Escribí en una taquilla un mensaje especial solo para esa persona.

Fue una casualidad. No volvería a suceder.

Sin embargo, a la mañana siguiente, cuando lo vi leerlo una y otra vez antes de copiarlo y pegarlo en el interior de su taquilla, antes de que el conserje pudiera limpiarlo, me apeteció hacerlo de nuevo. Los mensajes se volvieron más frecuentes, más grandes y fuertes, pero nunca personales. Jamás nombré a ningún estudiante.

El asunto de Lyla de la semana pasada no fue cosa mía, y fue una razón de más para dejarlo. La moda se estaba extendiendo, y no quería que se saliera de madre. Habían contratado una agencia de seguridad, por lo que era solo cuestión de tiempo que pusieran las cámaras en funcionamiento y atraparan a alguien.

Hasta ese momento, yo había usado pintura lavable, y solo usaba marcadores indelebles en superficies metálicas, que podían limpiarse con quitaesmalte. Pero hubo que cortar el césped, ya que esa persona había usado pintura permanente y la máquina de lavado a presión no funcionó. Pronto el asunto se volvería destructivo.

Yo ya no voy a pagar el pato. No escribí nada anoche, y tampoco voy a colarme hoy. Hemos quedado para ir al autocine y mi madre no me dejará retrasarme ni un minuto de mi hora de regreso. Pero ¿y si Masen desaparece? ¿Qué pasa si decido que es demasiado arriesgado seguir entrando a escondidas en el instituto por la noche? ¿Me comportaré de otra manera? No. Las personas débiles tienen vicios. No necesito a Misha, ni a Masen ni nada para pasar el día.

No obstante, mientras camino hacia el aparcamiento después de clase, no puedo evitar buscarlo de nuevo. Su figura alta, su cabello castaño oscuro, sus ojos verdes que siempre me encuentran y envían una corriente eléctrica a través de mi cuerpo...

Fui mala el miércoles. Otra vez.

En el suelo, en la biblioteca, después de decir guarradas, de insultarnos, de las caricias y de los besos... él se puso tierno y me abrazó. Después de correrme, sentí que se me comía con los ojos, pero no me presionó. No trató de quitarme el resto de la ropa ni de subirse encima de mí e insistir en que hiciésemos algo para lo que tal vez no estuviera lista. Solo me abrazó.

Y lo empujé y me marché.

Me atrae Masen, me emociona y me intriga, pero no es para siempre. No quiero ir al baile de graduación con Trey, pero Masen no me lo ha pedido. Ni siquiera sé si estará aquí dentro de una semana. No voy a arriesgarme a perder a Trey y a mis amigos por alguien que nunca ha dejado entrever que realmente me quiere. No importa cuánto me esté empezando a gustar.

Lyla y Ten ya están en mi Jeep, esperando, ya que hoy íbamos a ir a picar algo después del instituto. Ella está subida a la rueda trasera del lado del conductor, agarrándose a la barra antivuelco y gritando a alguien, mientras que Ten está sentado en la parte de atrás. Lanzo la mochila a su lado.

—¿Dónde te habías metido? —Escucho una voz preguntar.

Me doy la vuelta y veo a Trey. En otras circunstancias, consideraría atractiva su camiseta azul marino y su gorra de béisbol blanca, pero ahora solo veo brazos desnudos, sin tatuajes, y aburridos ojos azules con aburridos labios sin piercings.

Quiero a mi delincuente.

Lyla se baja del neumático y se coloca a mi lado, demasiado entrometida para su propio bien.

—Te he llamado y enviado mensajes; no me gusta que me ignoren —advierte él.

Miro a mi alrededor, levantando los brazos para ver si tengo algo en la ropa.

—Ah, lo siento. Debo de haber perdido mi collar de perro —le digo—. El que lleva la chapa que dice que soy de tu propiedad.

Puedo escuchar la risa tranquila de Ten a un lado. Los ojos de Trey se reducen a rendijas.

—¿Sabes? —comienza—, un poco de reciprocidad por tu parte no estaría fuera de lugar. Especialmente cuando todo el instituto te ha visto tontear con Laurent.

Lo miro, manteniendo la expresión neutra. Sí, estoy segura de que la gente ha sacado conclusiones sobre Masen y yo, dadas nuestras discusiones y el hecho de que creen que yo destrocé su camioneta, pero Trey y yo no estamos saliendo, y ni por un segundo creo que él me esté siendo fiel. No tengo ninguna obligación con él, excepto ponerme guapa para las fotos del baile de graduación al que acepté ir cuando Masen no entraba en la ecuación.

—No puedes sentirte inseguro —digo, tratando de convencerlo—. Eres Trey Burrowes, y Masen Laurent paseará a tus perros algún día.

Me mira fijamente durante un momento y luego suelta un bufido, visiblemente relajado. Lyla se ríe para sí misma y yo dejo escapar un suspiro.

—¿Te has comprado ya el vestido? —pregunta.

Pero Lyla me da un codazo y responde antes que yo.

—Vamos a ir de compras este fin de semana.

—Bien. —Él me agarra de las caderas, apretándose contra mí.

No quiero que me bese, así que vuelvo la cabeza, pero sus labios rozan mi frente de todas formas.

De pronto, veo a Masen.

Él está de espaldas a mí, hablando con J.D., pero su cabeza está vuelta para mirarme por encima del hombro. Sus ojos se dirigen a Trey y luego a mí de nuevo, entrecerrándose. Mi respiración se acelera. ¿Acaba de llegar o lleva tiempo por aquí y no me había fijado?

—Te veré en el autocine esta noche. —El pulgar de Trey roza mi estómago y luego me lanza una última mirada antes de irse.

Me siento agobiada. Trey es exigente, Lyla no me deja en paz y Masen está... en todas partes. Siento su presencia en el aparcamiento, a la derecha, como el sol que quema ese lado de mi cuerpo.

—¿Qué te pasa? —me regaña Lyla—. Si no empiezas a ser más amable con él, se buscará a otra.

Le lanzo una mirada ardiente.

—¿Otra, como tú? —pregunto—. No parece que haya ido demasiado bien con esa estrategia. —Y le hago un gesto a J.D., que se ríe con Masen.

Su novio lleva días sin hablarle, probablemente porque sabe que lo que estaba escrito en el césped el viernes pasado era cierto —todos lo sabemos—, por mucho que Lyla lo niegue. Entonces me doy cuenta de que J.D. está hablando con Masen. ¿Cuándo se hicieron amigos?

—Puedo manejar a mi novio —suelta.

—Y yo a Trey. Gracias.

Me doy la vuelta y abro la puerta para subirme al Jeep. Lyla rodea la parte delantera del coche y se desliza en el asiento del pasajero; nuestra discusión todavía pulula en el aire. Ojalá se fuera a casa. Cada día me pesan más las cosas que quiero decirle, porque sé que ella me odia y el sentimiento es mutuo. No sé por qué no me pone en evidencia. Masen lo lleva haciendo desde que llegó, pero Lyla y yo somos hipócritas.

—Mirad a Katelyn —dice Ten, inclinándose y señalando el parabrisas delantero.

Meto la llave en el contacto y sigo la dirección del dedo de mi amigo. J.D. se ha ido, y ella está de pie junto a Masen, sonriendo y escribiendo algo en su teléfono. Luego se lo da y él se lo guarda en el bolsillo, mirándola con toda su atención.

«¿Qué?»

El corazón me late desbocado, y aprieto el volante con fuerza. Me dan ganas de agarrarla del pelo y alejarla de él. ¿En serio la está mirando así? ¿Por qué le dejó su teléfono?

—Ay, Dios —gime Lyla—. ¿Qué está haciendo?

—Es tan tonta como una caja de piedras. —Ten se ríe—. Dentro de cinco años, tendrá cuatro hijos de padres diferentes. Ya veréis.

Mi pulso resuena en mis oídos mientras se ríen, pero parpadeo y bajo la mirada.

Piedras.

Rocks en inglés.

Vuelvo a mirar a Masen Laurent. ¡Será hijo de puta! ¿Así es como me ha estado llamando? Vuelvo la cabeza para que no me vean montar en cólera. Menudo capullo.

Katelyn se dirige hacia nosotros muy pagada de sí misma.

—¿Le acabas de dar tu número de teléfono? —le pregunta Lyla, arrodillada en el asiento y con una mano en la barra antivuelco y la otra en el parabrisas.

Katelyn se muerde el labio inferior, tratando de parecer tímida mientras se cuelga de mi puerta y se inclina hacia atrás juguetonamente.

—Bueno, pensé que podría quererlo después de lo que pasó ayer.

—¿Qué pasó ayer? —pregunta Ten.

—Me encontré con él en el aparcamiento después del entrenamiento —admite, sonrojándose mientras baja la voz—. Estuvimos despiertos hasta tarde.

Está insinuando mucho más de lo que deja ver, como si tuviera un secreto. Mi estómago se llena de nudos.

—¿Cómo es? —se interesa Lyla.

—Como un animal. —Katelyn sonríe—. Me sorprende no tener marcas de mordiscos.

—Mmm. —Escucho el suave arrullo de mi amiga.

«Dios.»

Katelyn se aleja, sonriendo, y hago todo lo posible para actuar como si no me hubiese destrozado. Quiero creer que está mintiendo. Masen no se enrollaría con ella. No busca una emoción rápida, ¿verdad? En la biblioteca me quería. A mí. No me olvidaría tan pronto.

No obstante, dijo que sabía dónde podía conseguir una mamada.

«Como un animal.» Los mordiscos, la intensidad, la forma en que sus ojos, sus manos y su boca toman lo que quieren... Lo ha descrito a la perfección. Trago el nudo que se me ha formado en la garganta. Siento náuseas.

—Bueno, punto para los chicos malos, supongo —reflexiona Lyla, mirando a Masen subirse a su camioneta—. ¿Y el piercing? Seguro que es agradable. En todas partes.

Ten aprieta mi hombro desde atrás, y desenrosco los dedos del volante. Mis nudillos están tan blancos como la nieve.

—Vamos a comer y a atracar el mueble bar de mi madre antes del autocine —me propone—. Le toca conducir a Lyla, así que me pienso pillar un pedo.

No creo que sea capaz de comer.

No obstante, al ver a Masen salir del aparcamiento, probablemente para tirarse a otra, no me vendría mal un trago.

 

 

Los viernes por la noche en el autocine son solo una excusa para que se reúnan todos los adolescentes con coche de Falcon’s Well. Sobre todo, porque acaba de reabrir para la temporada de primavera. Hace buen tiempo, hay un puesto de comida, los equipos de sonido de los coches retumban a todo volumen y dudo que ni siquiera una cuarta parte de la gente vea la película. Hoy ponen una de esas de masacres con mucho dolor y un final ambiguo, estoy segura.

Después de la cena, me fui a casa y me puse unos vaqueros cortos y una camiseta sin mangas antes de que Lyla y Ten pasaran a recogerme. Trey apareció con J.D. justo cuando llegamos al autocine y todos estacionamos en la primera fila. Comenzaron a dar vueltas, a ir a hablar con diferentes personas y pasar el rato, mientras yo me dirigía al puesto de comida. Mi madre no nos deja beber refrescos, así que en el cine es de los únicos sitios donde puedo tomarme una Coca-Cola.

—Se te cayó esto la otra noche —dice una voz suave.

Vuelvo la cabeza para ver a Masen, de pie a mi lado. Las mariposas se vuelven locas en mi estómago. Tiene mi inhalador en la mano, y rápidamente miro a mi alrededor, para asegurarme de que nadie lo haya visto. Se lo arranco de la mano y me lo meto en el bolsillo. Mierda. Debí de habérmelo dejado en el suelo de la biblioteca después de... Me vuelvo hacia la máquina de refrescos sin decir nada mientras lleno mi vaso y le pongo la tapa.

—¿Como has estado? —pregunta.

Me niego a contestar. Agarro una pajita y tenso la mandíbula con ira. Imágenes de Katelyn semidesnuda con las piernas envueltas alrededor de su cuerpo mientras él yace sobre ella en el asiento trasero de su coche inundan mi mente. Golpeo el mostrador con la pajilla, tratando de desenvainarla de su envoltorio, pero se rompe. La tiro a la basura y cojo otra. ¿Cómo ha podido preferirla antes que a mí? ¿Cómo ha sido capaz de besarla? ¿Importa siquiera quién sea? Pensé que era distinto.

—Te has enterado, ¿verdad? —dice, siguiéndome mientras escojo caramelos—. Me alegro. Quería que te enterases.

Me agacho y cojo una bolsa de Sour Patch Kids.

—A nadie le importa lo que haces, pringado.

Da un paso más.

—Tienes novio —señala, encogiéndose de hombros—. Katelyn tiene un cuerpo increíble, es buena en la cama...

Mis dedos se enrollan alrededor del vaso de papel, la tapa se abre y la Coca-Cola se desborda y, se derrama por mi mano.

«Maldita sea.»

Él resopla y yo cojo unas servilletas para limpiarme.

¿Buena en la cama? La idea de que él disfrute tocándola me da ganas de meterle una polla de goma por la nariz.

Estúpido.

Y no tengo novio. Tengo una cita para el baile de graduación.

—Estás celosa —dice con satisfacción.

Vuelvo a poner la tapa a la bebida, tiro las servilletas sucias y me vuelvo hacia él, con los ojos encendidos.

—¿Rocks? O sea, ¿piedras? —ladro, cambiando de tema—. ¿Tonta como una caja de piedras? ¿En serio?

Él se echa a reír.

—Has tardado en pillarlo.

—¡Nunca me vuelvas a llamar así! —Entonces veo a un par de chicas del instituto lanzarnos miradas curiosas. Bajo la voz—. Y no estoy celosa. Simplemente agradecería que no me contases todas tus conquistas.

Se acerca un paso más, poniéndonos pecho con pecho y coloca ambas manos en el mostrador a mis costados, enjaulándome.

—No me gusta que él te toque. —Me mira con el ceño fruncido.

Debe de estar refiriéndose a lo que sucedió en el aparcamiento, cuando Trey me dio un beso en la frente. Me acerco y cojo una caja de palomitas de maíz, la vuelco y la agito para mostrar que está vacía.

—Aquí tienes. —La empujo contra su pecho—. Esto es cuánto me importa.

Y le empujo el brazo para marcharme con mi bebida.

—Oye, ¿va todo bien? —pregunta alguien.

Miro hacia arriba y veo a Ten junto a la caja registradora. Veo cómo nos mira a Masen y a mí mientras sostiene su botella de agua plateada, que sé que está llena de ron y Coca-Cola.

Ignoro su pregunta y miro a Masen. Arroja la caja de palomitas sobre el mostrador y camina hacia mí, sosteniéndome la mirada. Siento el calor que emana su cuerpo, pero me mantengo erguida, desafiándolo a que intente siquiera buscar otra pelea. Es un idiota cuya única misión en la vida es arruinar la mía. Sin embargo, no dice nada y sale por la puerta. Después, Ten exhala un largo suspiro y se vuelve hacia mí.

—En caso de que todavía no te hayas enterado —dice—, te desea mucho

Me doy la vuelta, incapaz de resistirme a ir a buscar otra pelea. ¿Que me desea? Bueno, no parece estar sufriendo. Para nada.

Pago mi bebida y mis dulces y salgo del puesto con Ten. Él se dirige hacia un grupo de chicos que están en un descapotable, mientras que yo camino entre los coches hacia el BMW de Lyla y trato de no buscar a Masen. El cielo está negro, pero la pantalla arroja mucha luz y escucho el zumbido de los grillos a lo lejos. Veo a Trey de pie junto a su coche, coqueteando con una chica.

«Genial.»

Sigo caminando, pero me detengo cuando paso al lado de una camioneta grande y negra. La de Masen. Miro a mi alrededor y lo encuentro junto a sus nuevos amigos, J.D. incluido, hablando y riendo. La gente, atrapada en sus conversaciones, no me mira. Contemplo la camioneta, sintiéndome repentinamente inspirada.

Contengo una sonrisa, dejo mis cosas en el suelo, al lado de la llanta, abro la puerta trasera del lado del conductor y subo a toda velocidad. Cierro la puerta e inmediatamente noto lo oscuro que está. No me percaté de eso en el túnel de lavado. Las ventanas deben de estar muy tintadas.

El interior de cuero brilla, es negro, al igual que la pintura del exterior, y desprende un aroma embriagador, como él. Me humedezco los labios, inclinándome para abrir la guantera entre los asientos delanteros, buscando algo con lo que escribir.

Hay unas monedas sueltas, algunos recibos y varias herramientas. Veo un bolígrafo, lo saco, lo abro y lo pruebo en mi mano.

Negro.

Todo es negro. Si lo uso, no se verá lo que escriba. Vuelvo a rebuscar dentro de la guantera y mis dedos se enroscan alrededor de algo largo: una especie de navaja. Mi corazón comienza a latir más rápido. Es un capullo, pero no sé si me quiero poner tan destructiva. Before He Cheats de Carrie Underwood comienza a sonar en mi cabeza.

Aprieto la ranura del lado romo y desenvaino la navaja. La curva es aterradora e intensa, y la sostengo, estudiándola y preguntándome si quiero dejarle un mensaje tan caro. Entonces pienso en Katelyn sentada sobre él en este mismo asiento, montándolo, y quiero hacer mucho más que cortar su camioneta.

Sin embargo, la puerta se abre de repente, y doy un salto cuando veo a Masen venir directo hacia mí y cerrar la puerta de golpe. Ahogo un grito, lanzo el cuchillo hacia el asiento delantero y me vuelvo, tirando de la manija de la otra puerta. Se abre, pero él la agarra y la cierra de nuevo, y acciona el seguro. La camioneta vuelve a estar oscura. Sus brazos me rodean, y jadeo mientras me empuja contra él, sosteniéndome mientras pugno por liberarme.

—¡Suéltame! —grito.

—¿Estabas celosa? —gruñe en mi oído, y puedo escuchar la sonrisa en su voz—. ¿Estabas enfadada porque no tardé en buscarte una sustituta? ¿Por eso estás aquí, tratando de joderme la camioneta? Supéralo —dice—. Un coño es un coño, después de todo, y si no me das el tuyo, conseguiré otro con muchos menos problemas.

«Idiota.» Por supuesto que no soy nada para él. Ni siquiera me sorprende. Por mucho que intento soltarme, él tira de mí con fuerza y se burla.

—Si no te molestase, no deberías querer huir.

Respiro con dificultad, un sudor frío brota de mi cuello. Dejo de luchar y calmo la respiración, forzando un tono uniforme.

—Suéltame.

Sus brazos se relajan a mi alrededor, y me deslizo hacia la puerta, pero extiende la mano y agarra la manija para mantenerla cerrada.

—No pensaba en ti cuando me la tiraba —me dice—. Ella estaba caliente, me excitó, le gustó sentir mis manos sobre su piel, y a mí también... —Su aliento cae sobre mi cabello, sus palabras son crueles e implacables—. No era ni aburrida ni engreída ni mediocre. Me excitó.

Mi labio inferior tiembla y las lágrimas llenan mis ojos, pero tenso cada músculo de mi cuerpo, tratando de que no lo vea. «Engreída.» «Mediocre.»

«Aburrida.»

—Dime que estás celosa —exige.

—Si no me molesta, ¿por qué iba a ponerme celosa?

Se inclina más cerca y puedo sentir su cuerpo contra mi espalda y sus labios junto a mi oreja.

—Dime que estás tratando de no pensar en lo mucho que me gustó follar con ella. Dime una verdad y te dejaré ir.

¿Una verdad? ¿Qué quiere escuchar? ¿Que esto duele? ¿Qué me encantó besarlo? ¿Que no quiero que nadie lo toque? «Que te den. No te pienso decir nada de eso.»

—No puedes, ¿verdad? —Su voz es tranquila y casi triste—. Eres incapaz de hablar conmigo.

Entonces lo miro con ojos llorosos mientras exhala en la ventana frente a mí, empañándola para dibujar una palabra con el dedo.

MIEDO.

Niego con la cabeza.

Solo, vacío, fraude, vergüenza, miedo... ¿Qué está haciendo? ¿Qué significa eso? Se me escapa una lágrima y sollozo, borrando la palabra de la ventanilla.

—Eres gilipollas. Aléjate de mí.

Voy a abrir la puerta, pero me agarra de la mano.

—No me acosté con ella.

Me congelo y vuelvo la cabeza solo un centímetro. ¿Qué?

—Mentí —me dice—. Ayer la invité a cenar para que te pusieras celosa, y hoy, cuando mencionó algo que en realidad no pasó, no la contradije. Pero no la toqué.

El calor de su aliento golpea mi cuello y sé que su cabeza está inclinada sobre mi pelo.

—No quiero lastimarte —susurra, lleno de emoción—. No quiero a nadie más. Solo pienso en ti. —Hace una pausa, su voz suena temblorosa—. Pienso en ti todo el tiempo, Ryen.

«En mí.»

—Lo siento —continúa—. Tuve que presionarte. Quería saber cómo te sentías.

Vuelvo la cabeza y lo observo a través de las lágrimas.

—¿No la tocaste?

Él niega con la cabeza. Tomo impulso para pegarle, pero él me retiene y me sube a su regazo, tomando mi cara entre sus manos.

—Y tenía todo el derecho de hacerlo —argumenta—, sobre todo porque todavía dejas que ese imbécil babee sobre ti mientras me pones duro como una roca.

Muerdo mi labio inferior, tratando de no llorar. Nunca lloro frente a ellos.

—Tú me pones. —Me aparta el pelo de los ojos y seca una lágrima de mi mejilla—. Me pones muchísimo. Me estás volviendo loco. Quiero que necesites que te toque. ¿Lo necesitas?

Sostengo su mirada y veo la súplica en sus ojos. Por primera vez, noto anhelo. Está desesperado por oírme decirlo. Y entonces sé que quiero ser la única chica a la que mire de esa forma.

—No eres aburrida —dice en voz baja—. No eres mediocre, ni engreída. Me cabreas, pero me excitas.

Su rostro está envuelto en sombras, pero puedo sentirlo en todas partes. Junta su frente con la mía, sus palabras, espesas y pesadas, giran como un ciclón dentro de mí.

—No nos entienden. Sé que eso te aterra. Eres perfecta. Yo un descarriado. Eres hermosa y yo soy malo, ¿verdad?

Su aliento golpea mis labios, y deslizo mis dedos fríos entre los suyos cálidos.

—Ellos nunca nos importarán, Ryen. Nadie sabe cómo nos sentimos.

Las lágrimas me duelen detrás de los ojos y respiro con dificultad. Me rindo. Deslizo mi muslo sobre su regazo y me siento a horcajadas sobre él. Le doy un puñetazo a su camiseta, nuestros labios se encuentran a meros centímetros de distancia

—Si la has tocado —lloro suavemente—, te arrepentirás.

Asiente.

—Lo sé. Dejaré la navaja a tu alcance.

Me río y lo beso, sus manos se posan sobre mis caderas mientras aprieto mi cuerpo contra el suyo. Lo agarro por la nuca mientras profundizo el beso, el calor de su boca se hunde hasta lo más profundo de cada miembro de mi cuerpo, pero me aparto y vuelvo la cabeza hacia el parabrisas delantero. Mierda. Hay un par de tipos en el coche delante de nosotros, y otros dos a nuestro lado. Masen entierra sus labios en mi cuello, besándolo y mordiéndolo.

—Las ventanillas están tintadas —murmura contra mi piel—. Tan oscurecidas que es ilegal.

Me vuelvo hacia él y me sumerjo en su boca de nuevo, escuchando la música y las risas a solo unos metros de distancia, a nuestro alrededor, y no me importa una mierda. Alguien pasa junto a la camioneta y dejo escapar un gemido. Masen pasa de mi boca a mi cuello de nuevo, codicioso, y cierro los ojos, aferrándome a él. Al acercarse, toma mi rostro entre las manos y me seca las lágrimas con los pulgares.

—Dime una verdad.

Me lamo los labios, hambrienta y deseando recuperar su boca, pero sus ojos están clavados en los míos. No me va a dejar escapar. Me inclino y acerco mi frente a la suya de nuevo.

—No me gustan los sándwiches con queso —admito, mordiéndome el labio—. Mi libro favorito es Puente hasta Terabithia. —Nos lo leyó mi profesora de quinto y se me quedó grabado—. A veces preparo bagels de jalapeños porque mi madre me dijo que eran los favoritos de mi padre. —Lo miro para ver sus ojos aún abiertos y fijos en mí—. Él nos abandonó cuando yo tenía cuatro años y no lo he vuelto a ver. Sin embargo, no los como cuando ella está presente.

Presiono mis dientes contra mi labio con más fuerza, pero su pulgar lo empuja hacia fuera, probablemente consciente de lo nerviosa que estoy.

—No me llevo bien con mi hermana —confieso—, y ya no me siento unida a mi madre. Sé que es culpa mía. Mi armadura se volvió demasiado gruesa y me negué a dejar entrar a la gente. —Hago una pausa y agrego—: A la mayoría.

Surgen nuevas lágrimas y se me escapa un sollozo. Me besa y se aparta lo suficiente para frotar mi boca con la suya.

—No me sacio de ti.

Sonrío un poco.

—Y a veces —continúo, agarrando sus labios en otro beso—. A veces quiero vomitarle encima a Lyla cuando la veo.

De repente rompe a reír. Una amplia sonrisa se extiende por su rostro mientras todo su cuerpo tiembla. Lo beso de nuevo, nuestros labios se funden.

—Y el viernes —le susurro, mordisqueando su labio mientras lo miro—, después de lo que pasó en el túnel de lavado...

—¿Sí? —Baja sus manos a mis caderas, gruñendo mientras me froto más fuerte.

—Pensé en ti —le susurro al oído—. Cuando estaba en la cama.

Siento sus dedos clavarse en mis caderas, y gruñe suavemente mientras me besa una y otra vez, respirando con dificultad. Sus labios se mueven por mi cuello, y apenas noto que desliza el tirante de mi camiseta por mi brazo mientras el calor de su boca cubre mi hombro.

Me agarra por la nuca mientras pasa su nariz y su boca por mi cuello, inhalando.

—¿Me sientes? —susurra, presionando mi cadera con fuerza contra él.

Gimo mientras me froto contra el bulto que tiene entre las piernas.

—Sí.

Entonces noto que algo está suelto y el aire acaricia mi piel donde antes no lo sentía. Me ha desabrochado el sujetador. Los tirantes caen por mis brazos y mi pecho, ahora desnudo, queda al descubierto en la zona donde me había retirado la camiseta. Rápidamente levanto los brazos para cubrirme.

—Masen, no.

Pero me besa, me agarra el culo y me aprieta contra él.

—No puedo parar.

—Nos van a ver.

Me mira a los ojos, mordisqueando mis labios.

—Nadie te ve, nena. Solo yo. Y yo quiero besarte.

—Me estás besando.

Muerde mi labio, su aliento es espeso y caliente.

—Quiero besarte en otros sitios.

«Ay, Dios.»

Mi pecho se hunde y el calor se arremolina en mi vientre, haciendo que mi clítoris palpite y mi cuerpo lo anhele. Nunca me había excitado tanto. Me mira fijamente mientras me retira con cautela los brazos y desliza el otro tirante hasta que mi camiseta y mi sujetador caen hasta mi cintura.

—Masen —digo nerviosa, tratando de levantar los brazos de nuevo.

Miro a mi alrededor y veo a dos chicos parados justo al lado de la parte delantera de la camioneta, pero Masen toma mis manos, las aparta y niega con la cabeza con una leve sonrisa en el rostro. El miedo me atraviesa, hace que mi corazón palpite con intensidad, pero yo también estoy excitada.

—Por Dios —exhala, sus ojos se deleitan mientras se recrean en mi pecho y en mi vientre—. Tienes un cuerpo increíble.

Un escalofrío recorre mis brazos y siento que mis pezones se tensan y se endurecen bajo su mirada.

—Vámonos de aquí —digo, inclinándome hacia él—, y te dejaré besarme donde quieras.

—Suena tentador —dice—. Quizá la próxima vez.

Me agarra por la cintura, me acerca y me obliga a ponerme de rodillas para que mi pecho quede al nivel de su boca.

—Masen —jadeo mientras agarra mi pezón izquierdo entre sus dientes, enviando descargas a través de mi sistema nervioso hasta mi entrepierna—. Ay, Dios mío, no podemos hacerlo aquí.

Pero él me chupa y yo lo agarro por los hombros; mis ojos se cierran y me importa un bledo que la mitad de nuestra clase esté ahí fuera.

—Sí —gimo, perdiendo el aliento y envolviendo un brazo alrededor de su cuello, sosteniéndolo más cerca.

Su lengua, caliente y húmeda, gira alrededor de la carne de gallina de mi pezón, provocándome, y sus dedos se clavan en mi piel mientras mordisquea todo mi pecho. Escucho risas afuera y trato de volver la cabeza, pero Masen me obliga a arquearme hacia atrás mientras cambia al otro seno, besando y mordiendo el pezón con los dientes. Gimo, cierro los ojos y dejo caer la cabeza hacia atrás.

—Masen, nos van a pillar.

Pero mi súplica es patética y él lo sabe. Chupa con fuerza, tira de mi piel y tengo muchísimas ganas de frotarme contra su polla, pero es difícil en esta posición.

Su boca y sus dientes exploran, tirando y chupando hasta que estoy segura de que tengo la piel roja, y me inclino hacia atrás, dejando que su boca se arrastre hacia mi cuello y de regreso a mis labios. Muevo las caderas, rozándolo mientras él besa y mordisquea mi mandíbula. Quiero sentir cada centímetro de él a través de sus pantalones. Estoy muy húmeda.

De repente se aleja de mí y se quita la camiseta. Veo brevemente el resto de sus tatuajes en su brazo y en su hombro, así como algunos en su pecho y estómago. Me atrae hacia él de nuevo, juntando nuestros pechos.

—Quiero sentir tu piel sobre la mía

Él me acaricia las tetas con una mano mientras desliza la otra por la parte de atrás de mis pantalones cortos y aprieta mi trasero. Miro sus ojos verdes, ambos respiramos con dificultad, pero lo veo hacer una pausa, como si de repente no estuviera seguro de algo.

Y, de repente, no me preocupa que me pillen. Lo que me preocupa es que se detenga.

«No pares.»

Mis ojos arden por culpa de las lágrimas y estoy harta de reprimir todo lo que siento y todo lo que quiero decir. Estoy agotada de ser alguien que no soy y de cometer errores que no me divierto cometiendo.

Quiero sentirlo. Quiero perderme con él todo el tiempo que pueda.

—¿Masen? —Pongo la mano en su rostro e inclino mi cabeza hacia la suya, hablando en voz baja—. ¿Puedo decirte otra verdad?

Asiente. Deslizo mi mano entre nosotros y presiono su polla.

—Quiero que me folles.

Sus ojos se abren y muerdo su labio inferior. Está claro que eso no se lo esperaba. Exhala un suspiro, sorprendido, pero no es necesario que se lo diga dos veces. Pasa un brazo alrededor de mi cintura, me da la vuelta y me tumba de espaldas sobre el asiento; suelto un grito ahogado, sin saber si estoy emocionada o nerviosa. Se yergue todo lo que puede y se cierne sobre mí, mirando mi cuerpo. Me muerdo el labio, tratando de no sonreír tanto como quiero. Levanto la mano y le sostengo la mirada mientras le quito el cinturón, pero cuando me dispongo a desabrocharle los vaqueros, me detiene.

—Dije que necesitaba besarte en todas partes —me recuerda, mirando mis pantalones cortos—. Quítatelos.

Echo una mirada nerviosa por la ventana y veo a alguien pasar. Me pongo más húmeda y una ráfaga de calor enciende mi piel.

Dios, esto no está bien.

Me trago el nudo que se me ha formado en la garganta, me desabrocho los pantalones y los deslizo por mi trasero y por mis piernas. Masen baja la mirada a mi tanga rojo de encaje y lentamente desliza un dedo por mi muslo, debajo del dobladillo, y aparta la tela, dejando al descubierto mi coño. Gimo al sentir sus ojos sobre mí. «Por favor, tócame.»

—¿Siempre lo llevas depilado? —pregunta, todavía mirándome.

—¿Quieres que lo haga?

Sonríe y me mira a los ojos. Paso mi mano por su pecho y la envuelvo alrededor de su cuello. Es raro. A veces siento que lo conozco. Conectamos con mucha facilidad, incluso cuando estamos enfadados. Y luego me doy cuenta de que en realidad no sé nada sobre él.

—¿De dónde has salido, Masen? —pregunto—. ¿Dónde están tus padres? ¿De qué te escondes?

Me mira fijamente, su expresión se vuelve cautelosa. Luego me cierra los párpados con los dedos.

—Cierra los ojos. No hay nada que ver aquí.

«¿Qué?» Entonces siento su lengua deslizándose por mi vulva, y jadeo, mi cuerpo entero se tensa.

—Ay, Dios.

Me lame de arriba a abajo lentamente, arrastrando su lengua por mi coño y sobre mi clítoris, y luego se aferra a él, succionándolo con fuerza. Arqueo el cuello, respirando con dificultad mientras lo miro. Él gime, hace girar su lengua alrededor, y luego toma mi clítoris entre sus labios y tira, lame, chupa y mordisquea.

Mi entrepierna palpita, y siento que el calor me invade mientras me mojo y me preparo para él. Empuja una de mis rodillas, me abre y comienza a atacarme más fuerte y rápido, con más avidez. Su lengua lame, sus dientes agarran y provocan, y luego me cubre con la boca, chupando mi clítoris hasta que grito.

—Por favor —me quejo—. Ah...

Se estira y me tapa la boca con la mano, todavía comiéndome, y cuando levanto la vista veo a Trey justo encima de mí. Dejo de respirar por un segundo, mis ojos se agrandan. Está justo afuera de la puerta del lado del pasajero trasero, llamando a alguien.

Ay, mierda.

—Joder, Trey —dice Masen, sonriéndome y sacando la lengua para lamerme—. El coño de tu chica es magnífico.

Me aparto su mano de la boca.

—¡Cállate! —susurro.

Me lame y me chupa de nuevo.

—Gracias por prestármela, tío.

Y luego, al fin, me penetra con la lengua. Respiro, gimo, y me vuelve a tapar la boca mientras introduce la lengua más hondo y me acaricia el clítoris con la otra mano.

Hago girar las caderas, tratando de que profundice más, mientras mis pechos rebotan. Agarro su nuca, apretándolo contra mí, sintiendo un creciente hormigueo donde su lengua me toca hasta que cada músculo de mi cuerpo se contrae con tanta fuerza que arde.

—¡Sí! —grito detrás de su mano.

Mi orgasmo explota, se extiende por mi estómago y baja por mis muslos, y echo la cabeza hacia atrás, mirando con horror a Trey y a otro chico justo encima de mí. Golpeo con ambas manos las de Masen sobre mi boca, gimiendo y esperando que nadie pueda oírme a través de las puertas. Mi pecho sube y baja, la increíble sensación me recorre el cuerpo desde la cabeza hasta los pies.

Masen baja la mano y roza mi pecho antes de soltarlo. Se levanta y se inclina sobre mí, poniendo una mano en la puerta para sostenerse mientras se desabotona los vaqueros. Mi corazón se acelera de nuevo. Sus ojos duros me miran, llenos de lujuria.

—Quítate el tanga o te lo voy a arrancar.

Miro hacia arriba con nerviosismo, temerosa de que me pillen. ¿Y si la camioneta se menea? Rebusca en el bolsillo del respaldo del asiento delantero, saca un condón y lo abre con los dientes. Entrecierro los ojos para mirarlo. Él se ríe.

—No te preocupes. Eres la única chica a la que he tenido aquí.

Entonces, ¿por qué guarda condones en el asiento trasero de su camioneta? ¿Por si acaso?

Se mete la mano en los vaqueros y se saca la polla, dura y lista; yo me quedo sin aliento al ver cómo se pone el condón. Presiono mis manos sobre su pecho sin saber si es porque quiero tocarlo o porque tengo miedo. Solo he hecho esto una vez, hace dos años. Fue un error. Pero me siento como la primera vez de nuevo y estoy nerviosa. Se detiene y me mira.

—Quítatelo —susurra. Hay súplica en sus ojos.

Me lamo los labios, respiro con dificultad y mi pulso se acelera. Me agacho lentamente, un temblor nervioso barre mi cuerpo mientras me quito el tanga y lo dejo caer al suelo. Lo deseo. No hay nada de malo en dejar que me magree un poquito, ¿verdad? Le pediré que se detenga y terminaremos lo empezado otro día.

—Solo un minuto, ¿de acuerdo? —suplico, echándome hacia atrás y acariciando su pecho—. Y luego tenemos que parar.

Una sonrisa se encrespa en una esquina de su boca mientras levanta mi rodilla y su gruesa polla presiona mi entrepierna.

—Solo un minuto —promete—. Y luego me detendré.

Empuja con sus caderas lenta y firmemente, se agacha y mete su polla dentro de mí. Gimo, siento cómo me estiro mientras él se hunde en mi interior, profundizando más y más, enterrándose hasta la empuñadura.

—Ay, joder —jadea, su rostro se contrae de dolor mientras se queda quieto—. Ryen...

Respira con fuerza, bajando su cuerpo, mis pezones rozan su pecho. Me estremezco, saboreando la sensación de su punta contra mi vagina y sin pensar, doblo más las rodillas y abro más las piernas.

«Solo un minuto.»

Me besa, y apenas tengo tiempo de adaptarme a él antes que se retire y empuje hacia dentro, estirándome muy bien.

—Ay, Dios.

Los sonidos de la película se reproducen en la distancia y escucho las voces apagadas de la gente, pero lo único que veo es a él. Sus labios se ciernen sobre los míos, su aliento me calienta la piel, me folla más duro y más rápido mientras empuja entre mis muslos. Miro hacia arriba, su mano todavía agarra la puerta, los músculos de sus brazos están abultados y tensos.

—Mírame —susurra.

Clavo mis ojos en los suyos mientras lamo su piercing y lo escucho gruñir en voz baja. La camioneta cruje por el movimiento, y yo gimo, hundiendo mis dedos en sus caderas mientras él entra y sale de mí.

—La camioneta se mecerá —digo preocupada—. Tenemos que parar.

Pero él gime, follándome más fuerte. Mis pechos rebotan, y jadeo ante el placer de que me llene. Lo empujo más con cada embestida, moviendo las caderas para profundizar la embestida.

—Masen —suplico, lamiendo y mordiendo su cuello y sintiendo que me corro de nuevo—. Me encanta.

Desliza una mano debajo de mi culo y se introduce más hondo, gruñendo mientras me folla más fuerte. Escucho un ruido debajo de nosotros, procedente de la camioneta, y echo una mirada preocupada a mi alrededor.

—¡Despacio! —advierto—. La camioneta...

Pero gruñe y vuelve a besar y a morder mis labios. Deslizo mis manos hacia abajo, para agarrar su trasero y mantenerlo cerca, y él mete su polla dentro de mí una y otra vez.

—Sí, sí —gimo una y otra vez, sintiendo que se acerca otro orgasmo mientras lo tiento con pequeños y rápidos besos—. Masen, ¿ya ha terminado el minuto?

—Casi, nena. —Escucho el humor en su voz.

Su polla me impacta muy dentro, y grito, me dejo ir y me corro mientras mi coño se aprieta alrededor de él, abrazándolo demasiado fuerte.

—Ay, joder —gime, poniendo una mano sobre mi boca y aumentando la cadencia.

Empuja una vez más y se detiene, su cuerpo se estremece bajo mis manos, respiraciones pesadas y gemidos abanican mi oído. Le paso una mano por la espalda y palpo su sudor mientras cierro los ojos. Mi cabeza está empañada y el interior de la camioneta me da vueltas. El orgasmo se filtra por cada poro de mi cuerpo y me siento cansada, feliz y triste. No quiero que se acabe. Pero joder. No deberíamos haberlo hecho aquí.

Se relaja encima de mí, su mano todavía sujeta la puerta y su cabeza está recostada contra mi hombro. Me quedo quieta y callada. Ni siquiera me apetece mirar afuera para ver si alguien se ha enterado. ¿Cómo se me ocurrió pensar que podríamos parar una vez que empezáramos?

Al fin levanta la cabeza y me mira. Sonrío levemente, deseando que estuviéramos en el bosque. En algún lugar donde pudiéramos quedarnos toda la noche y repetir. Sus cejas se juntan y parece que está buscando las palabras adecuadas.

—Ryen...

—¿Qué?

Pero se queda callado. Toco su rostro, pero niega con la cabeza y mira hacia otro lado.

—Nada. Está bien.

Un escalofrío recorre mi piel.

¿Qué está bien?

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