Punk 57

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Capítulo 12

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Ryen

Me siento en el asiento delantero, me pongo el cabello sobre el hombro y lo aliso. Cuando terminamos, él se puso al volante y salimos del autocine, mientras tanto, yo me quedé escondida en la parte de atrás, vistiéndome.

Me muerdo la comisura de la boca, la preocupación me invade. La camioneta se movió, no me cabe ninguna duda. Cualquiera podría haberme visto subir y todos saben de quién es este coche. Por no mencionar que ahora está callado, conduce y ni siquiera me mira. Típico. Dijo lo necesario para llevarme al huerto, pero todos esos sentimientos intensos y susurros calientes se desvanecen una vez ha obtenido lo que quiere, ¿no?

Pues vale.

Me abrocho el cinturón de seguridad. El autocine queda detrás de nosotros y la carretera está oscura y vacía.

—Me he dejado el bolso en el coche de Lyla —digo más para mí que para él—. Tendré que inventarme una excusa sobre por qué me fui y cómo llegué a casa.

—Lo bueno es que mentir se te da de lujo.

Le lanzo una mirada desagradable, pero me lanza una sonrisa de broma y de inmediato me relajo un poco. Quizá no me haga falta mentir. Le diré que Masen Laurent me llevó a casa. ¿Qué podría pasar?

Miro la pantalla de la radio, veo el nombre de la canción que suena en el iPod y esbozo una sonrisa, subiendo el volumen. Masen me mira, probablemente preguntándose por qué parezco tan feliz.

—¿Qué?

Hago un gesto hacia la radio, donde suena Without Me de Eminem.

—Tengo un amigo que siempre critica mi gusto musical —digo—. Cuando le envié esta canción, nos enzarzamos en una discusión que aún no se ha resuelto.

—¿Ah, sí?

Me recuesto en mi asiento.

—En el colegio, nuestros maestros nos emparejaron como amigos por correspondencia —explico—. Sin embargo, cuando terminó el curso, seguimos escribiéndonos y ya no paramos. Vive en Thunder Bay, pero nunca nos hemos visto.

Masen mantiene la vista fija en la carretera, su pecho sube y baja a toda velocidad. No estará celoso, ¿verdad? Misha y yo no tenemos nada.

—¿Se lo cuentas todo? —pregunta, todavía sin mirarme.

Entrecierro los ojos. Quizá sospeche que Misha es importante para mí. O tal vez se pregunte si mi amigo por correspondencia es más importante que él. La verdad es que Misha es insustituible; aun así, no se lo confieso todo. Vuelvo la cabeza para mirar por la ventanilla.

—Más que a ninguna otra persona.

—¿Le mientes?

—Sí —respondo con sinceridad—. Le ofrezco la versión de mí que quiero ser.

Por alguna razón, no me avergüenza admitirle eso a Masen. Mi madre, mi hermana, mis maestros y mis amigos me juzgan. Siento que hay unas expectativas que debo cumplir. Incluso con Misha me siento culpable por nunca poner toda la carne en el asador y por esperar que él no se dé cuenta de lo horrible que puedo ser a veces. Quiero que piense lo mejor de mí.

En cambio, siento que nada podría hacer que Masen me deseara menos. Al igual que mis imperfecciones lo divierten, mis problemas complementan los suyos, y negativo por negativo es positivo, y todo eso.

—¿Vas a escribirle para contarle lo que ha sucedido esta noche?

Me vuelvo hacia él, con una leve sonrisa en el rostro.

—Probablemente. ¿Te importaría?

Niega con la cabeza, mirando al frente.

—¿No te pondrías celoso?

—Necesitarás a tus amigos —responde.

Arqueo una ceja. ¿Qué demonios significa eso?

Se detiene en mi camino de entrada, se acerca a la puerta principal y se detiene. Me desabrocho el cinturón de seguridad y miro su mano derecha, que reposa en su regazo. Hace menos de media hora esa mano estaba en mi trasero.

«Nadie sabe lo que es eso.»

Cierro los ojos y de repente me siento sola. ¿Por qué está tan distante? No soy tan tonta como para pensar que somos pareja, nunca albergo expectativas poco realistas respecto a la gente, pero la situación es incómoda. Me da la sensación de que considera que lo que hemos hecho ha sido un error o algo así, y duele un poco, aunque no pienso admitirlo.

—Bueno... —suspiro, abriendo la puerta—. Supongo que ya nos veremos.

Salgo y cierro la puerta detrás de mí, caminando hacia mi casa. Escucho que otra puerta se cierra de golpe y Masen trota hacia mí. Me detengo.

Toca mi cara, se acerca y me mira.

—¿Cómo se llama?

—¿Quién?

Pone sus labios a un centímetro de los míos.

—Tu amigo por correspondencia.

Su aliento roza mis labios y abro la boca anticipándome al contacto. Qué bien huele.

—Misha —susurro.

Me besa, sus labios se hunden en los míos mientras cierro los ojos.

—¿Cómo has dicho? —bromea, mordisqueando mis labios—. No te he oído.

—Misha —jadeo antes de sumergirme en su boca y rozar su lengua con la mía.

Presiono mi cuerpo contra el suyo y siento el bulto de sus pantalones frotándose contra mi piel. Al fin se aleja, sin aliento y excitado de nuevo, como en el autocine.

—Gracias.

Me besa por última vez en los labios y regresa a su camioneta. ¿Qué ha sido eso? Lo miro, confundida de nuevo, mientras enciende el motor y se aleja, sus luces traseras brillan en la oscuridad cuando sale a la calle.

Lo conozco muy poco, pero después de cada encuentro siento que lo comprendo menos.

 

 

No he vuelto a ver a Masen en todo el fin de semana. El sábado lo pasé con mis amigos en el campo de fútbol, orientando a las animadoras recién llegadas para el próximo curso, y el domingo estuve encerrada en mi habitación, escuchando música, haciendo deberes y escribiéndole a Misha.

Tres cartas.

Dos de ellas están llenas de tonterías aburridas y estúpidas, y la tercera es sobre Masen. La arrugo y la tiro. No estoy segura de por qué. Ni siquiera sé qué me llevó a escribirla.

El lunes por la mañana, camino por el pasillo del instituto, me detengo en mi taquilla y comienzo a teclear la combinación, pero veo letras negras en la puerta y me detengo.

Desearía no necesitarte,

no enamorarme de ti,

ser capaz de mirar a otra chica,

pero, cariño, para mí no existe nada más que tú.

Sonrío. Masen. Al menos espero que haya sido cosa suya. Mis mejillas se calientan, y odio lo feliz que me acaba de hacer. ¿Por qué me gusta tanto saber que pensó en mí este fin de semana hasta el punto de colarse para escribirme una nota? Trato de alejar la sonrisa, pero persiste mientras abro mi taquilla y guardo las cosas en mi mochila.

Camino hacia el aula de Arte y cuando entro inmediatamente dirijo mis ojos a su pupitre y me siento aliviada al verlo allí sentado. No sé por qué, pero me temo que cualquier ocasión podría ser la última vez que lo vea. Habla con Manny y, como de costumbre, o no me ve o actúa como si no lo hiciera. Me acerco a mi mesa y me doy la vuelta para sacar el material, pero alguien choca conmigo y me tambaleo.

—Lo siento —dice una voz profunda, y me meten algo en la mano.

Veo a Masen pasar a mi lado y dirigirse al frente del aula, sonriéndome mientras tira su chicle a la basura. Enrollo mis dedos alrededor del trozo de papel y me siento, actuando como si no hubiera pasado nada. Él regresa, toma asiento y reanuda su conversación con Manny. Sostengo el papel en mi regazo, lo desdoblo y lo leo.

Me muero por besarte.

El hormigueo se esparce por debajo de mi piel, y me meto el papel en el bolsillo, tratando de parecer que estas mierdas románticas no me afectan. No. Para nada. Como tampoco volví a reproducir la escena del autocine en mi cabeza mil veces este fin de semana, recordando lo increíbles que son sus besos.

Entonces levanto la vista y veo a Trey entrar en el aula. Mi estómago se hunde. Tenía muchas ganas de tener a Masen cerca, pero Trey vuelve a arruinarlo todo. Debería dejarlo.

—Parece que te gusta el arte —digo mientras saca la silla a mi lado—. Vas a levantar rumores.

—Me perdonarán cuando descubran que solo me siento aquí para mirarte las tetas.

Apoya una mano en el respaldo de mi silla y deja que sus ojos se posen en mi blusa suelta. No es nada escotada, pero se ve una franja de mi vientre en la parte inferior, justo encima de mis vaqueros ajustados.

—Bonitas vistas.

—Ya, vale...

No obstante, me interrumpo al escuchar un rasguño. Vuelvo la cabeza y veo a Masen girar un compás en una mano, la aguja afilada se clava en la mesa de madera y traza lentamente un círculo. Dirijo mis ojos hacia su rostro, viendo que está enfocado hacia delante, pero cuando miro hacia abajo, noto que el lacado negro de la mesa ahora revela la madera bronceada. Siento una sonrisa tirar de mis labios. No está contento. Bien. Si lo que quiere es que me busque otra cita para el baile de graduación, debería invitarme.

—Ah, por cierto —continúo, mirando a Trey pero hablando lo suficientemente alto para que Masen me escuche—. Deberías ver mi vestido de graduación. Te va a encantar.

—Ardo en deseos. —Él me devuelve la sonrisa.

Abro mi cuaderno de bocetos y sigo trabajando en mi proyecto mientras la señora Till comienza a deambular por la sala para ver cómo vamos.

—Oye, Manny. —Escucho a Trey susurrar—. No tendrás a tu perro guardián a tu lado en Educación Física.

Me cubro los ojos, agitada. Manny se queda quieto, encogiéndose hasta casi perderse de vista al otro lado de Masen.

—¿Ves, Laurent? —Trey le dice a Masen por encima de mi cabeza—. No puedes vigilarlo todo el tiempo.

Sigo escuchando el rasguño del compás y levanto la vista, deseando que Till eche a Trey de clase. Si Masen lo ataca, no volverá a salir impune.

—Cuando le das un puñetazo a alguien, tienes que acatar las consecuencias —amenaza Trey—. No te confíes. La próxima vez no iré solo.

—Me aburrís —le murmuro a Trey—. Vete a Química, anda.

Él arquea una ceja.

—Nos vemos a la hora de comer —digo, empujándolo a que capte la indirecta—. Tengo que trabajar.

Resopla como si se preguntara qué podría tener que hacer en Arte, pero al final pone los ojos en blanco y me da un beso en la mejilla, se levanta y sale del aula. Me agacho, fingiendo sacar algo de mi mochila mientras le susurro a Masen:

—Dime que estás celoso.

Le lanzo las mismas palabras que me dijo en el autocine. No quiero ir al baile de graduación con Trey. Ni siquiera quiero hablar con él, pero Masen no me ha dado nada, y no voy a poner mi vida en suspenso mientras lo espero.

—Dime que soy tuya —le pido.

Deja caer el compás sobre la mesa y mira hacia abajo, en silencio. Me duele la mandíbula y siento que las lágrimas me arden en la parte posterior de los ojos.

—Siento que vas a desaparecer en cualquier momento. Como si no fueras real.

—Te lo contaré todo —responde en un susurro—. Lo prometo. Solo tienes que esperar un poco más.

Me limpio la humedad de la comisura del ojo y me aclaro la garganta. Me gusta Masen. Mucho. Pero no tiene raíces, y cuando termine el curso, nada lo retiene. Estoy nerviosa. Un gruñido bajo llama mi atención: proviene del estómago de Masen. Se mueve en su asiento, un poco avergonzado.

—¿Has desayunado?

—Estoy bien —asegura—. Es que no tenía ganas de volver a comer en la gasolinera.

Lo miro y de repente lo entiendo todo. ¿Va a La Cala después de clase? ¿Está solo todo el tiempo? ¿Cuánto dinero tendrá para comer, echar gasolina y lavar la ropa? La tristeza se apodera de mí. Nadie se ocupa de él. Debe de sentir que lo miro, porque señala con la barbilla mi dibujo, cambiando de tema.

—¿Qué es eso?

Trago, mirando hacia el tercer intento de boceto de carboncillo que parece una mancha de tinta de Rorschach. Es horrible.

—Es la portada de un álbum —digo—. ¿Te acuerdas de ese amigo del que te hablé? Compone música y le estaba preparando una sorpresa para la graduación.

Sus ojos se entrecierran y su respiración se vuelve rápida y superficial.

—¿Qué? —pregunto.

Se da la vuelta, parpadeando rápidamente.

—Nada.

Dejo escapar un suspiro y me centro en mi trabajo. «Nada, nada, nada.» Puede que mienta mucho, pero al menos digo algo. Busco en mi mochila, saco una barra de muesli, y se la lanzo antes de irme al baño.

Son solo las ocho de la mañana y creo que ya he tenido suficientes interacciones con chicos para todo el día.

 

 

Exprimo el aliño en el bol, vuelvo a taparlo y agito la ensalada. La salsa césar se recubre el contenido, agarro un tenedor de plástico y una botella de agua y avanzo por la cola de la cafetería hasta la cajera.

—¿Vas a comer? —Lyla se acerca a mí y se acerca para tomar una macedonia.

—Sí. —Le entrego mi tarjeta de almuerzo a la cajera y ella la pasa—. Tengo alergia, así que como soy incapaz de concentrarme en los deberes, pues nada me impide comer.

En realidad, lo que me copa la mente es Masen. ¿Estará por aquí? ¿Me meterá en un aula de un empujón y me tocará hasta hacerme estallar?

Por favor, Dios, sí.

—Debería decírtelo —suelta Lyla, pagando su comida—. Todos sabemos que te marchaste del autocine con Masen el viernes por la noche.

Me detengo y vuelvo los ojos hacia ella, el corazón se me atora en la garganta. Me da igual que ella sepa que me fui con él, pero ¿sabe lo que hicimos en la camioneta? Me sonríe con sarcasmo.

—Él se pira en medio de una película y tú no apareces por ninguna parte. El misterio no fue difícil de resolver, y seguro que Trey también lo desentrañó.

Exhalo, relajándome un poco. Vale, no sabe nada más.

—¿Sabes qué? —digo—. En realidad, no me viste irme con él, no tienes ni idea de lo que pasa entre nosotros, y tú te has tirado a más chicos que todo el resto de las alumnas juntas. Cuando seas perfecta, hablaremos. ¿Entendido?

Sus ojos brillan y me lanzan una mirada desagradable mientras abre la boca para hablar de nuevo, pero me adelanto.

—Has terminado —digo—. Tengo hambre. Vamos a comer.

Me doy la vuelta y veo que Trey y J.D. se nos acercan.

«Hijo de...»

—¿Quieres pasar un buen rato? —Trey me coloca las manos en las caderas.

¿Qué? Exhalo una carcajada, un poco exasperada. No puedo seguir con estas movidas. Parpadeo, tratando de concentrarme de nuevo y sacar mi ingenio rápido.

—Claro. —Me rindo—. Me preguntaba cuándo empezarías a ponerte interesante.

J.D. se ríe y Trey arquea una ceja, medio divertido y medio cabreado, como si quisiera enseñarme a cerrar el pico.

—Laurent no te quita los ojos de encima —comenta.

Vuelve la cabeza por encima del hombro; sigo su mirada y encuentro a Masen sentado en una mesa llena de los peores delincuentes del instituto. Se echa hacia atrás, estira sus largas piernas y coloca las manos detrás de la cabeza, riéndose con el tipo con el que está hablando.

—¿Y? —Miro de nuevo a Trey.

—Creo que le molas —responde—. Y quiero que lo uses.

Y luego se inclina, sosteniendo el otro lado de mi cara y susurrándome al oído.

—Invítalo a mi fiesta de la semana que viene.

Frunzo las cejas, recordando vagamente que mencionó que sus padres no estarían en casa. Ahora me pide que invite a Masen. ¿Para qué? ¿Para pegarle una paliza como en una peli de los 80? Trey se aparta y yo fuerzo mi tono uniforme.

—Eso no me parece nada divertido.

Trey se tapa los ojos, claramente agravado por mi falta de cooperación. Se vuelve hacia Lyla y le lanza una sonrisa sexy.

—Lyla, cariño —dice, y veo que J.D. se pone tenso—. Tú no serás tan gallina, ¿verdad?

Ella le devuelve la sonrisa coqueta y yo niego con la cabeza. Si no hago lo que me pide, Lyla seguro que aceptará. J.D. les lanza una mueca de desprecio a Trey y Lyla, y luego a mí. Suelto un suspiro.

—Masen no es tonto. Se dará cuenta de que es una trampa.

Empujo mi ensalada hacia Lyla y paso junto a los chicos, caminando hacia la mesa de Masen. Me detengo a su lado. Sus amigos se callan y me miran, todos excepto él.

—Oye.

Pongo la mano sobre mi cadera, sabiendo que él es consciente de que estoy aquí. Una sonrisa se dibuja en sus labios, y las miradas ansiosas de sus amigos se pasean entre ambos.

—Princesa —dice—. ¿Qué puedo hacer por ti?

Ay, por favor. De un salto, me subo a la mesa delante de él y coloco las manos detrás de mí, inclinándome un poco hacia atrás, consciente de que mi camiseta se sube y sus ojos se dirigen a mi abdomen. Sus amigos sueltan algunos bufidos, y lo tiento con los ojos.

—Tu cita para el baile de graduación nos está mirando —comenta.

—Él me pidió que viniese —respondo—. Parece pensar que me ha permitido invitarte a una de sus fiestas.

Escucho algunos murmullos alrededor de la mesa, pero Masen simplemente se muestra divertido. Ambos sabemos lo que Trey tiene planeado, y puedo sentir a mis propios amigos mirándonos.

—No quieres que tus colegas piensen que eres un gallina, ¿verdad? —lo provoco.

La sonrisa de Masen se ensancha y mira hacia un lado, probablemente para comprobar si Trey está prestando atención, aunque en realidad a ninguno de los dos nos importa. Me gusta este juego. Nadie creería que estamos juntos. Puedo jugar con ellos siempre que no estemos jugando entre nosotros.

Él me mira y desliza sus manos debajo de mis rodillas, tirando de mí lentamente hasta que quedo sentada a horcajadas sobre él. Una risa tranquila suena alrededor de la mesa, y de repente una necesidad surge entre mis piernas. Me inclino hacia él, pecho contra pecho, y le susurro al oído:

—No quiero que vayas —admito—. No estará solo.

—¿Por qué te importa? —habla bajo, manteniendo el tono plano—. Vas a ir con él al baile de graduación, ¿no?

—¿Alguien más me ha invitado?

—¿Dirías que sí?

Rozo su oreja con mi nariz, sintiendo su piel suave.

—Tendrás que pedírmelo si quieres averiguarlo.

—¡Trevarrow!

Me sobresalto al escuchar mi nombre. No tengo que darme la vuelta para saber que es la directora. Excelente. Me muevo para bajarme de su regazo, pero presiona sus manos sobre mis muslos, manteniéndome allí.

—Masen —insto.

Me va a meter en problemas. En público.

—Bájese de ahí —me ordena la directora Burrowes—. Ahora.

Pongo mis manos sobre los hombros de Masen, tratando de levantarme, pero él agarra mis caderas y me lo impide.

—Se levantará de mi polla cuando yo se lo pida —le dice a la directora.

Mi mandíbula se descuelga y abro mucho los ojos. ¿Cómo se le ocurre? La expresión de Burrowes se vuelve furiosa y escucho varias risas y bufidos alrededor de la mesa.

—¿Disculpe? —exclama.

Pero Masen simplemente se inclina hacia mi oído.

—Te veré más tarde.

Entonces me permite deslizarme de su regazo y se pone de pie. No mira a nadie a la cara y sale del comedor con los tacones de Burrowes repiqueteando detrás de él.

De todas formas, sin embargo, dudo que sea capaz de detenerlo.

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