Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 5 » Laura

Página 17 de 113

Laura

 

 

—Oye, cambia esa cara, que se supone que hemos venido a pasarlo bien.

—Sí, lo siento. —Sonrío a Nela y me acomodo en la silla, sacando los codos de encima de la mesa—. Es que estoy un pelín cansada, hoy ha sido un día bastante largo.

Largo y raro, joder. Muy raro. Sobre todo ahora al final, cuando Chema parecía poseído por algún espíritu celoso y tocapelotas. Porque no, eso no era curiosidad, ni preocupación. Y quizá sea una engreída al pensar que se trataba de celos, pero, Dios, lo parecían.

Es más, ahora hasta rezo para que lo fueran, porque, si no, el único efecto que puede haberle causado mi última frase es un ataque de risa. Joder, es que… ¿cómo se me ocurre soltar algo así? Nada, que no aprendo, oye. Que a mí lo de pensar primero no se me da nada bien.

—Ha llegado.

—¿Eh? ¿Qué? —Miro a Nela sin entender—. ¿Qué has dicho?

—Que ha llegado.

—¿Quién? —pregunto algo espesa.

Ella arquea las cejas y se muerde el labio inferior, aclarando con esos gestos todas mis ideas.

—¡Colás! —exclamo al caer—. ¿Dónde está?

—Hablando con aquella rubia en la esquina. ¿Lo ves?

Miro hacia donde me indica mi amiga y sí, lo veo. Conversa con una chica, bastante cerca, para que puedan escucharse dado el volumen de la música, pero mantiene las manos en los bolsillos y no observo nada inadecuado para que el tono usado por Nela haya sido casi asesino.

—Solo están charlando, Nela, por Dios.

—Por ahora.

Resoplo y pongo los ojos en blanco.

—A ver… ¿De verdad piensas que, por negarte a echar un polvo con él el domingo pasado, va a liarse con otra y volver a pasar de ti? Eso no va a ocurrir, tonta.

—Estás tú muy segura. Pero te recuerdo que ya una vez intentó olvidarme follándose a todas las…

—¡Para, no te rayes!

Ella se lleva las manos a la cara y menea la cabeza. Y creo saber exactamente lo que está pensando. Así que tiro de su silla para tenerla lo más cerca posible y hago que me mire, sujetando durante unos segundos sus mejillas.

—Mira, Nela. Hiciste lo que creíste adecuado al rechazarlo y, es más, te felicito por ello. El amor no puede ser una causa para perder toda la dignidad y el orgullo, joder, y si eso es lo que sentías acostándote de nuevo con él, pues… A la mierda. Hiciste lo correcto.

—Ya lo sé, Laura. Lo sé. Pero, en realidad, no sé si solo fue por eso o por retarlo a que se decidiera de una vez. Intenté sacar el tema de volver en varias ocasiones. Pero el viernes y el sábado pasado, después de… de acostarnos… Bueno, de hecho, no lo intenté, sino que se lo pedí. ¿Y sabes qué me contestó?

—Nada —le digo, pues hemos hablado de esto durante toda la semana y me sé lo sucedido de memoria—. Se quedó en silencio, se levantó, se vistió y te llevó a casa.

—Eso mismo. Así que… No sé, el domingo me lo jugué al todo y, cuando me invitó a subir al piso, le dije que no.

—Pues muy bien. Y si ahora va a tirarse a otra por eso, pues que le aproveche. Entonces es que no vale la pena, Nela. Sé que es duro, cariño, pero a lo mejor…

—¡No! ¡No digas eso! Colás sí vale la pena y tú lo sabes. A veces pienso que, si tengo que elegir entre tenerlo a su manera o no tenerlo, prefiero lo primero. Pero…

—¡Hola, chicas! —interrumpe una alegre Tania, sentándose a nuestro lado, pero, al ver nuestras caras, se pone seria y pregunta—. ¿Qué sucede?

—Colás, vamos, lo de siempre —contesta Nela antes de acabarse de un solo trago la copa que tiene delante.

—Ah… Acabo de cruzarme con él cuando entraba. Él salía.

Nela y yo volvemos la cabeza hacia la esquina donde estaba hace unos minutos y, como es evidente, no lo encontramos allí.

—¿Iba…? ¿Se iba…? ¿Solo? —pregunta Nela, no sé si más nerviosa o asustada.

—Sí, solo. Y ahora que lo pienso, llevaba un vaso en la mano. A lo mejor salió a fumar.

—Él no fuma —apunto yo.

—Pues a tomar el aire —prosigue Tania.

—Por mí como si salió a bailar la Macarena, lo importante es que lo hiciera solo —comenta Nela, mucho más tranquila.

—Ay, por ver eso pagaba yo dinero. Vamos, Colás, muévete —bromeo, comenzando a bailar en la silla—. «Dale a tu cuerpo alegría, Macarena. Que tu cuerpo es pa…».

—Oh, por Dios, ¡cállate! —me grita Nela, empujándome pero riéndose, justo lo que me proponía.

—Vale, vale, me callo. Pero entonces se acabaron las caras largas. Alegría es lo que necesitamos, chicas. —Me pongo en pie y miro a Nela—. ¿No me decías tú hace un rato que habíamos venido a pasarlo bien? Pues vamos a bailar.

Dando por hecho que me siguen, me dirijo a la pista y empiezo a menearme al compás de una canción de J. Lo bastante moderna para lo que suelen poner aquí. Ellas aparecen a mi lado en cuestión de segundos y las tres cantamos la letra a gritos, destrozándola algunas veces. Miro a Tania y sonrío con toda la boca. A esta chica le costó un poco cogernos el ritmo, pero cada vez se la ve más suelta y desinhibida.

Muchas canciones después, y completamente secas, nos acercamos a la barra, llena a rebosar de gente un día como hoy. Me hago hueco y no es necesario que me desgañite para pedir algo de beber, pues Jorge, al verme, me dedica una sonrisa y un guiño con el que me hace saber que estará conmigo en cuanto acabe de servir las cañas que saca con verdadero primor del grifo.

—Hola, guapa. ¿Qué va a ser? —me pregunta un par de minutos después.

—Pues… —Miro hacia mis amigas, que también han conseguido su hueco en la barra a mi lado—. Venga, ponnos tres chupitos de tequila, anda.

Él se gira para coger la botella y coloca ante nosotras, con destreza, los vasitos que trae en una sola mano.

—Ay, Laura. No creo que deba. Yo… Yo no estoy acostumbrada y me sube muy rápido —se queja Tania, observando como Jorge comienza a llenarlos a la vez sin levantar ni un instante la botella.

—Vamos, Tania. Solo uno —la anima Nela, cogiendo ya el suyo después de haberse puesto sal en el dorso de la mano.

—Vale, pero solo uno.

Tres chupitos después, nos estamos descojonando con ella, que en el último se ha comido el limón con piel y todo.

—Uy, creo que me he emocionado, ¿no? —nos dice con una risita.

—Si te sirve de consuelo, sé de primera mano que aquí los lavan antes de cortarlos —comento, haciéndole una seña a Jorge para que rellene nuestros vasos.

Él ladea la cabeza como si no lo considerara buena idea, pero, antes de que pueda protestar y exigirle nuestro tequila, Gerardo nos abraza a las tres por la espalda, haciendo que nos apelotonemos unas con otras.

—¡Hola! ¡Veo que estáis pasándolo muy bien, eh! —exclama, mirando hacia el plato que contiene la piel desechada del limón.

—Pero… ¿Tú no trabajabas esta noche? —pregunto, al tiempo que lo beso en la mejilla en cuanto nos suelta.

—No, ya lo he hecho durante todo el puñetero día. Acabo de salir hace apenas media hora, el tiempo de pasar por casa para ducharme y cambiarme.

—Oh… Pues podías haber venido de uniforme —se queja Tania con voz mimosa, pasando las yemas de sus dedos por el pecho de su jefe. Su actitud nos sorprende mucho a los tres, pero Gerardo lo está tanto que se le descuelga la mandíbula. Y la niña sigue como si nada, pero ahora mirándonos a nosotras dos—. Sí, soy una de esas locas por los uniformes, ¿sabéis? Y trabajo entre ellos… Oh, joder.

Se abanica con las manos mientras yo pestañeo incrédula, para luego romper a reír a carcajadas, imitando las que Nela no ha podido reprimir en cuanto Tania ha dejado de hablar. Gerardo, en cambio, carraspea incómodo, pasando el peso de su cuerpo de un pie a otro y mirando a su compañera como si la viese por primera vez.

Bueno… Eso es más o menos así. Esta Tania es nueva. La leche, pues sí que le sube el alcohol a la tía…

Todavía riéndome, la cojo de un brazo y la acompaño a nuestra mesa, donde nuestras chaquetas siguen sobre el respaldo de las sillas.

—¿Os traigo algo de beber? —invita Gerardo, quitándose el jersey fino que lleva sobre los hombros.

—Un ron con cola, porfa —pide Nela con una sonrisa.

—Yo otro, gracias.

—Y yo…

—Tú, agua —le replica Gerardo a una perpleja Tania, que cierra la boca de golpe.

—Venga, sargento, no seas así —interviene Nela con una sonrisa—. La chica solo está divirtiéndose un poco.

—Sí, pero…

—¡Oye! —protesta entonces Tania, saliendo de su asombro—. No estoy trabajando y aquí no eres mi jefe. Si quiero beber, beberé.

Él la mira con los ojos entrecerrados.

—Muy bien —acaba por aceptar, pues tampoco creo que le quede otra—. Pero te levantas y vas tú a por tu bebida. No pienso colaborar en meter ni un gramo más de alcohol en ese cuerpo. Creo que ya tienes bastante.

Y, sin más, nos da la espalda y se dirige a la barra.

—Pero… ¿qué le pasa a ese? ¡Ni que fuera mi padre, coño!

Nela y yo nos reímos por lo bajo ante su queja. Ante esa forma tan rara de pronunciar las erres y ante esas palabrotas tan poco usuales en su boca.

—Bah, no te preocupes, cielo, te daré un poco del mío —le dice Nela, guiñándole un ojo.

—Vale, pero… pero no es lo mismo. Gerar… Gerardo no tiene el…

Sus palabras se ven interrumpidas porque, de repente, toda la gente de las mesas de al lado se ponen en pie tan rápido que incluso varias sillas caen al suelo. Eso sin contar que en la pista parece haberse desatado el caos.

—¡¿Qué pasa?! —grito en voz alta mirando hacia mi derecha, donde un compañero de clase de mi hermana mira el espectáculo junto con su mujer.

—Han comenzado a pelearse dos tíos, pero han ido metiéndose unos y otros y… Y ya ves, esto parece el Lejano Oeste —me explica, acercándose un pelín a mí para que pueda oírlo claramente.

Miro de nuevo hacia el meollo del follón, donde veo ya a Gerardo intentando mediar un poco, pero me parece que lo único que va a conseguir serán unos buenos guantazos.

—¡Oh, Dios! —gime Tania comenzando a andar en esa dirección—. Tengo que…

La agarro de un brazo y la hago volver a su silla.

—Lo siento, pero no estás en condiciones de hacer nada, Tania. Quédate aquí tranquila y…

—Pero algo hay que hacer.

Al mirar de nuevo hacia la pista, encuentro a Gerardo un poco retirado del asunto, con el móvil pegado a la oreja, imagino que pidiendo ayuda. Y entonces, a través de los altavoces, oigo los primeros acordes de una nueva canción, pues la música sigue sonando ajena al cristo que se ha montado. Mis ojos vuelan hacia Nela, mientras mi cerebro, en menos de un par de segundos, relaciona lo apropiado de esa pieza. Es la canción de El bar Coyote, pero no la que se hizo famosa por la película, sino una country que suena al principio de la misma y de la que Nela, Nieves y yo nos aprendimos la coreografía al dedillo después de empaparnos de sus escenas una y otra vez. Y, joder, todavía la recuerdo. Si fuera igual de buena para la geografía… Dios, sería una lumbrera.

Nela parece leerme el pensamiento porque sonríe y, sin mediar ni media palabra, corremos hasta la barra. Pasamos por delante de la mesa de Nieves, que se encuentra sentada en el regazo de Hugo y nos mira con interés. Supongo que al vernos trepar por los taburetes y aceptar la mano de Jorge, que, aun pasmado, nos ayuda a ponernos de pie sobre el mostrador, es cuando comprende lo que nos proponemos, porque de pronto la vemos frente a nosotras, con las manos alzadas para que la ayudemos a subir.

—¿Qué…? —balbucea el camarero dirigiéndose a mí.

—Ponla de nuevo y dale caña —le ordeno, señalando el aparato algo antiguo pero portentoso que tiene a su espalda. Y, por suerte, él no se hace de rogar.

Comenzamos a bailar totalmente coordinadas y concentradas, pendientes las unas de las otras, sin pensar en nada más. Como si estuviésemos solas en nuestro cuarto y no encima de la barra de un bar, rodeadas de decenas y decenas de personas.

Cuando nos perdemos en un paso, nos echamos a reír e improvisamos, para luego seguir girándonos y meneando el trasero para el público, mientras llevamos nuestras manos hacia él. Yo sonrío encantada, porque a pesar de por qué me he subido aquí, estoy pasándolo de miedo. Bailar es lo mío y tener aquí a las dos, apoyándome en esta locura y disfrutando de ella como yo, es una auténtica gozada. Como en los viejos tiempos.

Ante el primer silbido, se me ocurre pensar por primera vez en algo más que en los pasos. ¿Qué carajo tengo puesto bajo el vestido? ¿Tanga? No, por favor. Suspiro aliviada al recordar que me puse un culotte de encaje, pero que cubre lo importante, así que sigo bailando, siguiendo ahora más mi instinto que el recuerdo de la coreografía. Mis amigas parecen hacer lo mismo y, aunque el final de la canción es un despropósito en el que nos inventamos cada uno de los movimientos, la gente ha comenzado a aplaudir y a corear nuestros nombres entre risas y saltos.

El último acorde me pilla con las piernas y los brazos abiertos, con Nieves a mi espalda meneando su pelvis contra mi trasero y con Nela acostada boca abajo sobre mis pies, en una pose del todo perfecta, con los pies elevados en el aire y cruzados y la barbilla entre sus manos.

Observo como una lluvia de aplausos parece pelearse contra la acústica del bar, mientras, a lo lejos, veo a un par de polis sujetando a dos chavales.

—¡Joder! ¡Sois los putos Ángeles de Charlie! —grita alguien, haciéndonos reír porque no es la primera vez que nos han llamado eso, pero hacía demasiado tiempo de ello. Una de pelo castaño claro, otra morena y yo, pelirroja. Lo cierto es que se lo pusimos fácil.

—¡Otra, otra! —chillan varios más, pero unos manos ya están abarcando nuestros cuerpos y ayudándonos a bajar, y no nos dejan opción ni a tener la oportunidad de considerarlo.

—¡Estás como una cabra, tía! —le suelta Hugo a Nieves bajándola en volandas. Y cuando la tiene en el suelo, la besa de una manera que… Joder—. Pero me encanta —dice antes de tirar de ella de nuevo hacia su mesa, por lo que Nieves se despide de nosotras con una sonrisa inmensa y levantando el pulgar de la mano que tiene libre.

—¡¿Qué coño te ha dado?! —Ese es un furibundo Colas, que ha sentado a Nela en un taburete e intenta intimidarla con su tono y su postura.

—¿Y a ti qué te importa? —le contesta ella, haciendo que la adore un poco más. Esa es mi chica.

—¿Que qué…? —Entonces mira hacia mí y me fulmina con la mirada—. ¡Ya no sois unas crías, joder! ¿A qué ha venido este espectáculo?

Yo me encojo de hombros disimulando una sonrisa y, por primera vez, vuelvo la vista hacia quien me ha ayudado a bajar a mí, pues había estado demasiado atenta a lo que sucedía con mis amigas.

—¡Pedro! —grito al verlo, de brazos cruzados observándome serio. Aunque… Aunque el brillo de diversión que tienen sus ojos se pone todavía más de manifiesto cuando su boca se tuerce en una sonrisa.

—El mismo, Penélope —me dice, refiriéndose a esa escena famosa donde la actriz fue la encargada de entregarle el Oscar a Almodóvar. Y yo rompo en carcajadas.

—¡Y encima te ríes! —sigue gritando el sieso de Colás—. ¡La que habéis liado! Ahí, bailando como… Joder. —Se pasa las manos por la cara como si quisiera borrar esa imagen de su cabeza.

—Bueno, pues yo os voy a dar las gracias, chicas. Estáis invitadas a lo que queráis. Me habéis salvado la noche y seguramente… una nueva decoración en el bar —interviene Jorge saliendo tras la barra y atusándome los rizos.

—De nada, Jorge. Ha sido un placer.

—Sí, lo ha sido. —Se ríe Nela, ignorando a conciencia el ceño fruncido de Colás—. ¡Lo he pasado de maravilla! ¡Dios, qué subidón!

Ahora el que se troncha es Pedro, no sé si con la frase de mi amiga o con el careto que se le ha quedado a su exnovio… o lo que sea ahora.

—¿Subidón? ¿Subidón? —repite Colás con la cara desencajada, dando dos pasos hacia atrás y mirándonos a las dos intermitentemente.

Yo acabo por apartar la vista de él y de su poca tolerancia, y me dirijo a Pedro.

—¿Qué ha pasado?

—Dos hasta los topes de todo que han comenzado a pelearse por un puto porro. Los demás que han ido uniéndose, creo que más por aburrimiento que por otra cosa.

—Sí —oigo a Gerardo justo detrás de mí, haciendo que me gire hacia él—, ha sido empezar a veros bailar y los han dejado que se mataran entre ellos. Y no me extraña, la verdad, erais mucho más entretenidas que una estúpida pelea.

El jefe de la policía local nos dedica una sonrisa torcida y luego choca nuestras manos en plan profesional, como si acabásemos de resolver algún crimen o algo parecido, lo que nos hace reír, al igual que Pedro, que no puede evitar meterse con él.

—Mira que eres peliculero, tío —le suelta.

—Y tú uno que debería seguir currando, así que… —Mueve su mano adelante y atrás, invitándolo a marcharse y a seguir patrullando o lo que sea que hacen a estas horas. Pedro solo resopla divertido y se despide de nosotras con un guiño antes de caminar hacia sus compañeros. Habla con uno de ellos, creo que para ofrecer su ayuda, pues el joven al que lleva detenido se retuerce entre sus brazos. El otro no, resignado a su suerte o más inteligente, a saber.

—Oh, Dios mío… ¿Cómo habéis podido hacer algo así? —Esa pregunta nos la hace Tania, a la que veo junto a Jorge, mirándonos con una mezcla de sorpresa y admiración. Lleva sus ojos de la barra a nosotras y viceversa, y luego se tapa la boca con una mano—. Habéis estado… increíbles, chicas.

—Gracias. Gracias. —Hago una reverencia exagerada y luego me apoyo en Gerardo para levantar un pie y mirar qué demonios tengo pegado a la suela, pues llevo sintiendo una pequeña molestia desde hace un buen rato. Retiro un trozo pequeño de cristal que se ha clavado en ella y lo dejo encima del mostrador, por lo que, al girarme, puedo ver como Colás extiende una mano hacia Nela, sin emitir ni una sola palabra.

Ella se la queda observando indecisa durante unos eternos segundos. Incluso me dirige una fugaz mirada antes de clavar los ojos en los de Colás. Este solo mueve la cabeza hacia la puerta, nada más. Y yo estoy cabreándome a marchas forzadas. No sé si no habla por timidez o porque es un puto arrogante, pero lo que la propuesta indica me hace decidirme por lo último. Y Nela está dudando, joder.

Doy un paso adelante y le toco un muslo, acaparando su atención y queriendo que no vuelva a caer en lo mismo que en el fondo le hace tanto daño. Pero ella se encoge de hombros, suspira suavemente y acepta su mano, alejándose con él hacia la salida principal.

—¡Joder! —suelto frustrada cuando ya los he perdido de vista entre la gente—. ¡Joder!

—Eh… —Gerardo pone una mano en mi hombro y me lo aprieta—. ¿Qué pasa? Yo no he visto que se la haya llevado a rastras.

—No, claro. No lo necesita —respondo con sarcasmo y sin ocultar mi malestar. Gerardo sabe de qué va todo el asunto y no tengo por qué fingir delante de él.

—Además… después de ese baile… pues qué quieres que te diga… —balbucea él.

Tania suelta una risita que oculta tras una mano, mientras Jorge se ríe abiertamente. Y yo resoplo, porque lo cierto es que también me reiría, pero no me lo permito.

—Nada, mejor calladito. Parecéis una pandilla de salidos, joder.

Él se echa a reír, por lo que me sorprende la pregunta que me hace a continuación.

—¿Por qué te molesta tanto que se hayan ido juntos? Sé que no están en su mejor momento, pero…

—Uff, no sé, Gerardo. No lo sé —digo, intentando que se olvide del tema. Y recordando otra pregunta que me descolocó esta noche. ¿Por qué Chema quería saber qué opino sobre las relaciones…? Dios, no sé ni cómo llamarlas. ¿Sin compromiso? ¿Solo sexo? ¿Abiertas? Vaya ironía, con lo liberal y abierta que me considero, y parezco una auténtica pardilla sobre estos temas. No mentí, realmente me parecen bien siempre que ambas partes estén de acuerdo… Así, en general, como él argumentó. Pero… ¿Sería yo capaz? Uff. Necesito un cigarrillo con urgencia. Y estar un momento a solas. Con la misma urgencia.

Así que, tras avisarlos a todos de mis intenciones, me acerco a la mesa a por mis cosas y luego atravieso la pista para salir por la puerta que da al callejón trasero.

No sé por qué, pero de pronto me siento extraña. Desganada. Como si, tras la adrenalina soltada, mi cuerpo hubiera sufrido un bajón.

Me acomodo mejor en el hombro la cadena del bolso, que se me resbala, y echo las manos a la gruesa barra horizontal de la puerta, empujándola para acceder al exterior.

—¡Eh, Laura!

Giro la cara hacia mi izquierda y veo venir a una sonriente Nieves.

—¿Me acompañas? Salgo a fumar —la informo en un tono alto de voz sin soltar la pesada puerta para que no se cierre de nuevo.

—Vale, pero…

—¡¡Cuidado!! ¡Chicas, cuidado!

Solo me da tiempo a mirar hacia atrás un instante después de oír ese grito que no sé ni de quién procede. Y entonces me atropellan.

Alguien, un chico, creo, me empuja muy fuerte contra la puerta, tratando de salir hacia fuera por el hueco que yo había mantenido abierto. Pero, al hacerlo, tropieza también con mis pies, haciéndome tal barrido que no me queda otra que sujetarme con fuerza a la barra, que todavía no había soltado, para no irme al suelo de morros.

La hostia es de campeonato. Mi cara, que ya se había golpeado contra la puerta en el primer impacto, sufre ahora otro cuando es mi boca la que se estrella contra el duro material. Siento el labio superior entumecido y el sabor de la sangre. La mejilla derecha me late y las rodillas, en contacto con el pavimento, me duelen un horror.

—¡Laura! ¡Joder, Laura!

Como una muñeca, consiento que me incorporen, pensando en qué demonios…

—¡Laura, ¿estás bien?! ¡Mierda!

Pestañeo y me centro en esta segunda voz. Es Pedro, que me mira muy preocupado, pero que tampoco puede evitar echar un vistazo tras otro hacia fuera.

—¿Quién…? —susurro.

—¡Ve tras él! Yo me ocupo de ella.

Tardo un segundo en comprender qué ha pasado. Y otro en aceptar que el que le ha dado la orden y me ha levantado del suelo es Selmo. Y Lucas también está ahí, ahora tendiéndome un pañuelo limpio. Al igual que Aída, que hace lo propio con una botella de agua.

Pedro reacciona. Me aprieta ligeramente un hombro y sale corriendo. Y observo, casi fascinada, como Gerardo y otro de sus compañeros siguen sus pasos.

Joder, estoy justo en el medio de una película de acción. Mierda.

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page