Por nosotros

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CAPITULO 5 » Chema

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Chema

 

 

De todas las gilipolleces que he hecho en la vida, esta se lleva la palma… ¿Es que no puedo estarme calladito y razonar un poco antes de hablar con ella? Si al final va a ser verdad que todo se pega y me parezco más a Laura de lo que me gustaría…

Yo no soy así. Normalmente pienso y actúo en consecuencia. Pero ella… Ella tiene algo que… ¡Que me frustra, joder!

Porque quiero tenerla, pero no quiero. Incomprensible, pero también una verdad como un templo. Por eso una relación de esas sin compromiso me parece lo ideal. Solo se trataría de sexo. Una necesidad. Un instinto primario. No voy a dejarla entrar en mi corazón, ni a prometerle amor eterno. Ese es el lugar de Clara, el que nadie puede reemplazar. Y esa es la misma razón por la que me molesta tanto cuando Llara llama mamá a Laura. Aunque sea algo que no tiene demasiada importancia… Una palabra equivocada en la boca de una niña de cinco años. Pero ese es otro lugar que tampoco puedo permitir que nadie robe. Ni siquiera Laura, la que lo desempeña con todo el amor del mundo.

«Sin embargo, no tienes reparos en meterla en tu cama, ¿no?».

Cierro los ojos ante la voz de mi conciencia. Bueno, exactamente en mi cama no sería capaz de meterla, de hecho. Pero en cualquier otro sitio… Dios, sí.

Y no creo engañarme a mí mismo pensando que, aparte de la satisfacción evidente, acostarme con ella sea la única cura contra esta atracción que está volviéndome loco.

Al fin y al cabo, ya me pasó una vez. Con Aída.

Abro mi tercera cerveza de la noche y enciendo un nuevo cigarrillo, acomodando los pies encima de la silla de enfrente. Miro el reloj más por costumbre que porque espere que haya avanzado mucho la noche. La una y media de la madrugada. Una hora estupenda para estar aquí sentado como un memo, rumiando ideas descabelladas y recordando algo que pensé no volver a hacer nunca. Efectos Laura, podría llamarlos. O quizá solo se trata de algo que la conversación de esta mañana ha removido en mi cabeza.

Comencé a salir con Aída porque era la chica que más me ponía en aquel entonces. Solo por eso. Que fuera guapísima, simpática, educada y divertida también eran cosas a su favor, sin duda, pero lo principal era que, con veinte años recién cumplidos, yo solo podía pensar en tirármela en algún momento. Tengo que decir a mi favor que intenté enamorarme de ella, llevar la relación a un nivel superior, formal, pero cuando el deseo se aplacó… Me di cuenta de que no había nada más. Ella no era para mí. Cuanto más tiempo pasábamos juntos, más crecían sus defectos ante mis ojos, unos que antes no tenían la mínima importancia. Y al final, incluso cualquier comentario me lo tomaba a mal… La verdad es que, cuando la atracción del principio y las ganas se atenuaron…, la dejé.

Joder, nunca había caído en lo mal que suena eso, en lo cabronazo que puedo llegar a ser a veces. Aunque intenté ser sincero y en ningún momento la traté mal ni mucho menos, tengo que reconocer que me porté como un capullo egoísta. Pero ¿qué otra cosa iba a hacer? ¿Seguir saliendo con ella sin quererla?

Me levanto y, apabullado ante mis pensamientos, recorro el salón a zancadas un par de veces hasta que me dejo caer en el sofá llevando las manos a la frente. Y es que el recuerdo de todas mis escasas relaciones se mezclan en mi mente haciéndome sentir de todo menos orgulloso. Siempre he antepuesto el sexo a todo lo demás. Lo cierto es que a algunas de las chicas con las que me enrollé ni siquiera me molesté en conocerlas. Iba… Pues a lo que iba.

Hasta Clara. Con ella todo fue diferente. Ella siempre era lo primero. Y después mis ganas de follar. Con ella aprendí a apreciar una buena conversación, un paseo, el simple hecho de ver una película bajo una manta… Con ella todo era tan increíble que hacerle el amor era una especie de continuidad, una manera más de demostrarle mi cariño. La deseaba, claro, pero de una forma distinta que no sé explicar. Con ella no me importaba reprimir mi parte más lujuriosa, aprendí a disfrutar del sexo de un modo diferente al que verdaderamente me gusta. Me enseñó a renunciar para conseguir, mientras ella también perdía otras tantas veces para ganarme. Éramos perfectos el uno para el otro. Y si todo eso no es una clara señal de que fue y será el amor de mi vida, no sé qué más necesito para verlo.

Y ahora… Ahora estoy siendo de nuevo un cabrón egoísta pensando en proponerle algo así a Laura. Pero, joder, si esa es la única manera de terminar con la tortura que me supone solo el verla, pues seré un puto cabrón. Mejor ser un cabronazo que el perro ese del hortelano. Si alguien tiene que comer aquí, seré yo.

Además, la última decisión está en sus manos, tampoco voy a obligarla a nada, ¿no? Seré totalmente franco. Es lo único que puedo prometerle, sinceridad.

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