Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 6 » Chema

Página 20 de 113

Chema

 

 

Las llaves abriendo la puerta principal me espabilan del todo. No es que me haya quedado dormido, ojalá, pero reconozco que algo traspuesto sí que estaba sobre el sofá.

Me froto los ojos mientras me pongo en pie y me acomodo los vaqueros que sigo llevando puestos, pero me desabrocho el botón, que por alguna razón me molesta. Y justo mientras mis dedos están ocupados en esa tarea, mis oídos registran una voz que ni en un millón de años esperé oír nunca en mi puerta.

—Y ponle hielo a eso —dice Lucas. Sí, Lucas. Pero ¿qué…?

—Que sí. Gracias.

—De gracias, nada. Nos debes una, pelirroja. —Joder, el que faltaba. El idiota de Alonso en plan socarrón.

—Uff… No estoy para coñas, Selmo, de verdad.

—Venga, que ha sido toda una aventura. —Y esa es Nieves, ¿no?

—¿Qué cojones…? —murmuro incrédulo.

—Aventura… Si tú lo dices. Hasta mañana, chicos. Y gracias por traerme, pero…

—Pero no hacía falta —acaba Lucas la frase de Laura con un resoplido—. Ya. Anda, cuídate.

Mis pies han avanzado solos hasta el vestíbulo, donde me quedo muy quieto observando como Laura cierra la puerta, se gira y se apoya en ella.

—Hola —digo con cautela. Y tenso. Muy tenso. Porque, joder…, ¿desde cuándo anda ella con esos?

Laura da un respingo y, sin apartarse el pelo que le cae sobre la cara, me mira a través de él.

—Hola. ¿Qué haces todavía despierto?

Me encojo de hombros y la contemplo con atención. Algo le pasa. Se lo noto en la postura, en el tono, en… En todo.

—Ey, ¿estás bien?

—Bueno, he estado mejor —resopla. Y entonces pasa por mi lado con la cabeza baja y se dirige a la cocina.

La sigo, frunciendo el ceño, y la observo coger un paño de un cajón y abrir el congelador en busca de hielo. Y entonces recuerdo la conversación de la puerta.

—Laura. ¿Qué ha pasado?

Envolviendo los cubitos en la tela, por fin se digna a mirarme, apartándose el pelo con un ademán un tanto brusco. Y, ahora, mis pies no andan, vuelan hacia ella al ver los golpes en su cara.

—Pero… Pero… ¿Qué mierda…?

Ni siquiera soy consciente de que le saco el paño de las manos y soy yo el que se lo aplica en la mejilla hasta que la oigo gemir. Y que mi pulgar viaje hasta su labio para intentar retirar un pelín de sangre reseca de él es algo que ni pienso si es acertado o no. Lo hago y punto, acariciando la herida, como si por arte de magia así pudiera curársela.

—¿Qué te ha pasado? —repito en voz baja, buscando sus ojos, que encuentro mirándome con fijeza.

Laura sonríe, aunque lo que le sale sea poco más que una mueca, y niega con la cabeza.

—Estar en el lugar equivocado en el peor puto momento —suspira, clavando ahora sus pupilas en el techo.

—Vale. Eso me lo imaginaba. Pero ¿se puede saber qué ha sucedido? Me estoy poniendo nervioso, joder. —Y eso que ni siquiera quiero darle mucha importancia a quienes la han traído a casa, porque ahí directamente me cabreo, vamos. Y supongo que no es el momento.

—Estoy bien —dice—. Solo me han empujado muy fuerte contra la barra de la puerta. —Ante mi arqueo de cejas, continúa muy deprisa—. La que da al callejón. Esa. ¿Sabías que ese tipo de cerraduras se llaman antipánico? Mírame. ¡Qué irónico, ¿verdad?!

—Pero… ¿quién? ¿Y por qué? ¿Y por qué te han acompañado a casa… esos? —Y ya está. Lo he soltado. Joder, no he podido evitarlo.

Laura me mira un instante muy seria y acaba por entrecerrar los ojos y apartarse de mí, recuperando de mis manos el hielo, que sigue apretando contra su piel.

—Pues mira… Me han traído a casa porque Pedro y Gerardo se han ido detrás del gilipollas que me ha arrollado. Tania no tenía allí el coche y Lucas, sí. Y, aunque es bien cierto que podría haber venido andando, Nieves ha insistido tanto que… que he aceptado su ayuda. Perdón si le ha molestado al señor. Me duelen demasiado las rodillas, por no hablar de…

Mis ojos se desplazan hacia sus piernas en cuanto las nombra y compruebo que las tiene en carne viva.

—Oh, joder… —la interrumpo—. Hay que limpiar eso y…

—No, ya lo han hecho allí en el Pantera. Me las han desinfectado.

—Pero… —No sé ni qué decir. Porque me siento estúpido por haberla molestado con mis recelos hacia Alonso y los demás y, por otra parte, necesito saber todo lo sucedido al detalle. Es algo superior a mí. Y también quiero cuidarla, ser su apoyo. Quiero… Joder, no sé ni lo que quiero—. Pero ¿te han tirado adrede? ¿Por qué? ¿Qué…?

Ella resopla y toma asiento en una silla.

—Ha habido una pelea en el bar. Y nosotras, pues… Bah, eso no importa. La cuestión es que han detenido a dos. Porque han llamado a la poli, claro. Pero, por lo que pude enterarme después, uno se les escapó cuando lo estaban metiendo en el coche y ha vuelto a atravesar el pub para salir por la puerta trasera. Y allí estaba justamente yo, abriéndola y hablando con Nieves. Y bum… Para que no me llevara por delante, me he sujetado a la barra esa y… me la he comido, joder —me explica, por fin, aunque superacelerada. Gime y cierra los ojos antes de taparse la cara con las manos—. Es que lo que no me pase a mí… Siempre estoy en medio… —Entonces se endereza, muy tiesa, para acabar levantándose y tirando sobre la mesa el paño antes de poner los brazos en jarras—. Es que, a ver… ¡¿Por qué todo me pasa a mí, eh?! Si alguien se cae, soy yo. Si existe una idiota que aprieta un cuchillo en su mano, soy yo. Si a alguien la empotran contra una jodida puerta, es a mí. Si a alguien se le tiene que morir… —Se calla de repente, con los ojos encharcados en lágrimas. Retira la vista de mí y se muerde el labio inferior, gimiendo de nuevo y soltándolo al instante al darse cuenta de que se hace daño, porque es ahí donde tiene también una herida.

Y yo estoy clavado en el sitio, sin saber cómo reaccionar ante lo que ha dicho. Porque ver a Laura así, tan vulnerable, enfadada pero más dolida, no es usual. Y percatarme de que solo quiero abrazarla para consolarla, aunque resulte incongruente, me frena, mientras esas últimas palabras… Esas me tocan el alma.

—Laura…

—Oh… Olvídalo. Es que me da tanta rabia… Últimamente solo parecen perseguirme las cosas malas, joder. Estoy hasta el puto moño de esta mala suerte. En otro momento te juro que esto me lo tomaría a broma, a aventura, como dijo Nieves. Sería algo de lo que me reiría, pero… estoy harta, joder. Harta de…

La abrazo. Así, sin pensar más en por qué no debo hacerlo. La abrazo muy fuerte, porque me apetece y no le encuentro el sentido a prohibírmelo. Además, la comprendo muy bien. Entiendo que, a pesar de su carácter fuerte, su alegría y optimismo, se haya venido abajo. Porque a veces sucede algo que te hace derrumbarte y ni siquiera tiene que ser demasiado trascendental. Es como la última carta que hace caer un castillo de naipes.

A ella mi gesto la hace callar en el acto. Rodea mi cintura y suspira contra mi pecho.

—Estoy bien. De verdad. No me dio tiempo a nada. Ni a asustarme.

—De acuerdo. Te creo —le digo sin soltarla, estrujándola un poco más entre mis brazos. Un sitio en el que la siento tan bien que ahora el que está un poco asustado soy yo.

—Sí, créetelo, porque es verdad. Fue todo muy rápido, ¿sabes? —insiste ella, con la respiración un tanto agitada, rozando sus pechos contra mi torso en cada uno de sus movimientos. Me siento horrible por pensar en ese tipo de cosas en este momento, pero… Pero es que lo he pensado, joder. Aprieta los puños a mi espalda, abarcando mi camiseta entre ellos y encajando todavía más nuestros cuerpos, y yo solo puedo cerrar los ojos y recordar que tiene la cara magullada para no llevarla contra una pared y besarla hasta el cansancio.

Soy un auténtico degenerado, joder. Estoy enfermo.

Maldiciéndome internamente por apartarla de mí, lo hago con sutileza, pero lo hago. Necesito mantener las distancias y comportarme como un hombre y no como un animal. Pero cuando estamos a pocos centímetros, con nuestras manos aún en el cuerpo del otro, ella levanta la cabeza y me mira de una manera… Respiro el suspiro que inhala y… Jesús, solo quiero curar a base de besos todo el daño que le ha hecho ese malnacido. Mi pulgar es el primero que se atreve a tocar sus labios, repasando con cuidado la zona lastimada, acariciando con delicadeza el resto de él, totalmente perdido en su suavidad y con todos los sentidos repartidos entre ese tacto y la visión de esa boca gruesa y perfecta. Tan perfecta…

Bajo la cabeza a milímetro por segundo, pendiente de su reacción, pero sobre todo queriendo disfrutar del primer beso que vamos a darnos con toda la intención. Del que no podremos echar la culpa a un arrebato o al alcohol. Ella entreabre la boca para darme la bienvenida y…

Mierda, no puedo hacerlo. No así.

—Esta vez tengo que hacer las cosas bien.

No sé que lo he dicho en voz alta hasta que, después de separarme de ella y darle la espalda, Laura me agarra de un brazo y se me planta delante.

—¿Qué es lo que tienes que hacer bien? —Me observa tan perdida como me siento yo, y luego suelta una risita confusa pero encantadora—. ¿Besarme?

—No. Sí —me aturullo, ofuscado con tanto sentimiento contradictorio que golpea mi cerebro, como si tuviese una pelota de tenis en él y se estuviese disputando el puto Roland Garros. Meneo la cabeza e intento darle una contestación algo coherente—. No es el momento, Laura. Acabas de… Acaban de…

—Bah, no le des tanta importancia. —Se pasa la lengua por el labio dañado y coloca una mano en mi pecho—. O sí, dásela y hazme olvidarlo.

Perplejo. Así es como me ha dejado su respuesta. Dios… ¿ha dicho lo que creo que ha dicho?

—Yo… Laura, yo…

—Bésame, Chema. Mañana volveremos a arrepentirnos, seguro, pero hoy necesito que lo hagas. Por favor.

Parece tan frágil… Esta noche está tan sensible que… Que, joder, una parte de mí no quiere negarle nada y fundirme en ella, pero la otra, esa a la que la lujuria no ha robado toda honradez, no puede aprovecharse de la ocasión para obtener lo que más deseo en estos instantes. O en todos estos últimos meses, más bien. No sin dejarle las cosas claras y hoy… no es el día apropiado.

—No puedo hacerlo, Laura. —Ante su cara desencajada por el rechazo, me apresuro a seguir hablando, mientras sujeto sus brazos—. Y no porque no quiera. Te deseo tanto… Ni te lo imaginas…

—¿Entonces?

Sonrío con tristeza ante su confusión y vuelvo a negar con la cabeza.

—Otro día, ¿vale? Hoy estás un pelín… aturdida. Te prometo que otro día hablamos y…

—No entiendo. Y no es porque esté aturdida, como dices. ¿De qué quieres hablar? Yo solo quiero un beso, no te estoy pidiendo…

—Pero es que yo quiero mucho más que un beso, ¿no lo ves? Y no voy a tocarte sin… Joder, Laura, hoy no. No después de lo que te ha sucedido.

Ella parpadea muy rápido y abre la boca, sorprendida, pero pronto vuelve a insistir sobre el tema. ¡Cómo no! Aun después de caerse una y mil veces, Laura es de las que se levantan, se sacuden el polvo y siguen luchando por mantenerse en pie.

—¡Olvida de una vez lo que ha pasado! Ha sido un golpe de mala suerte, solo eso. Así que dime a qué te refieres con tanto misterio. Yo también te deseo, ¿acaso no es evidente, joder?

Ahora el que pestañea soy yo. Y respiro hondo. Y tengo que expulsar rápidamente el aire para no atragantarme con él.

—Pero… Pero es que… Yo no puedo ofrecerte nada más que eso. Nada más.

Cierro los ojos como el cobarde que sí debo de ser, para no ver su cara ante mi frase. Pero me obligo a abrirlos cuando el peso del silencio es superior al miedo que ha formado un nudo en mi estómago mientras espero su reacción.

—Dime algo —le pido al ver que me observa con fijeza, pero inexpresiva—. Laura… Dime algo, por favor.

—¿Qué…? ¿Qué estás tratando de decirme?

Mierda, ¿en serio no lo ha entendido? Entonces, sin saber cómo explicárselo sin caer en la vulgaridad, le suelto lo primero que me viene a la mente.

—¿Tú me quieres?

Ella da un paso atrás con los ojos como platos. Parece tan horrorizada ante mi pregunta que sonrío medio aliviado al imaginarme la respuesta.

—No, ¿verdad? Lo sabía. Solo me deseas. Hay química entre nosotros. Una atracción inmensa, pero… solo eso. Lo sé porque yo siento exactamente lo mismo.

Laura traga saliva en varias ocasiones y se deja caer en el sofá, muy cerca de donde estábamos.

—Atracción, química, deseo… —repite muy despacio, como si estuviese aprendiéndose algún tipo de lección.

Me acuclillo frente a ella y cojo aire para acabar con esto de una vez.

—Sí, todo eso. Me muero por… por…

—¿Follarme? —pregunta, clavándome esos ojos azules que ahora lucen más turbulentos que nunca.

Joder, sí que es directa la tía, y yo tratando de buscar una expresión menos ofensiva pero que tampoco sonara a sentimental, por lo que «hacer el amor» estaba descartada.

Carraspeo porque solo con esa palabra acaba de encenderme y asiento con la cabeza mientras se me escapa una sonrisa tímida pero traviesa que no puedo ni quiero evitar.

—Besarte, tocarte, acariciarte…

—Follarme, vamos —repite ella, cruzando sus manos en el regazo y suspirando después.

—Bueno… Acabamos de confesar que nos deseamos, ¿no? Supongo que tú querrás lo mismo.

Ella no niega ni afirma nada, pero se muerde el labio inferior, nerviosa, cuidando de no tocarse la herida, lo que ya me lo dice todo. Y ahora llega el momento de ponerme serio de nuevo y ser lo más sincero posible, aunque con ello pierda la oportunidad de hundirme dentro de ella.

—Pero solo puedo darte eso. Mi cuerpo. Mi tiempo. Respeto y placer. Nada más, Laura. No puedo prometerte amor, ni una relación normal… Yo no es que no esté preparado para ello, sino que creo que no lo estaré nunca. Porque ni siquiera lo quiero, ¿comprendes? Aunque te deseo tanto que me duele, sigo enamorado de tu hermana.

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page