Por nosotros
CAPITULO 7 » Laura
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Laura
Chema no parece de muy buen humor. O quizá solo esté nervioso. Y, entonces, ya somos dos.
Se ha pasado la mañana comportándose de una forma bastante extraña y la cosa empeora según pasan las horas. No está desagradable ni mucho menos, no. Lo cierto es que se ha preocupado por mis heridas en cuanto me ha visto e incluso se ha ofrecido a aplicarme una crema antiinflamatoria. De hecho, su amabilidad excesiva hasta resulta molesta. Pero su mirada y la forma de hablarme son diferentes a las de siempre. Son cautelosas, incómodas casi. Y su cara es el reflejo de un pregunta muda que no pienso contestar por el momento.
Ahora está poniendo la mesa y, de espaldas a mí, saca bebidas de la nevera. Tantas que o está completamente seco, o tenemos invitados y a mí nadie me ha avisado.
Lo dejo a solas con sus aparentemente sombríos pensamientos y me encargo de poner la sartén al fuego. Yo tampoco es que esté saltando de alegría. El morado de la mejilla es poca cosa, pero el labio me molesta en cuanto lo muevo un poco. Eso sin contar con que no dejo de reflexionar sobre la conversación de ayer, y me alegro de que él no haya sacado el tema, porque estoy en las mismas. Mi cuerpo grita un sí furioso y mi mente… Esa está que echa humo, justo como la freidora, a la que corro a bajarle un poco la temperatura.
Dios mío, ¿qué hago? ¿Qué es lo correcto? Aunque esa quizá no sea la cuestión que deba hacerme, porque lo correcto habría sido no enamorarme de él… Y aquí estoy, colgada hasta las trancas, joder.
—Tía… Tía…
¿Por qué narices ha tenido que ser tan franco? Ojalá me hubiese engañado un poco. Habría conseguido igualmente la relación que quería y yo habría sido feliz en mi ignorancia. Hasta que decidiera terminar, claro. Hasta que…
—Tía… ¡Tía Laura!
—¿Qué? —Miro a Marta un tanto frustrada cuando comienza a tirarme de la camiseta para llamar mi atención—. ¿Qué pasa?
—Creo… Creo que eso es al revés, ¿no? —comenta muy seria, mirando hacia la vitrocerámica.
Dirijo mis ojos hacia donde están los suyos y suelto un chillido. He puesto las patatas y los bistecs a hacer, sin apenas fijarme, y eso es más que evidente. En el fondo de la freidora se ahoga la carne, mientras un montón de patatas comienzan a echar humo en una sartén con escaso aceite.
—¡Mierda! ¡Mierda, mierda, joder! —maldigo como una loca, mientras trato de arreglar este cristo lo más rápido posible, pero me aturullo de tal forma que ni siquiera encuentro un triste recipiente en el que volcar las patatas.
Chema se pone a mi lado y me aparta, para hacerse cargo del asunto en un santiamén. Levanta la cesta de la freidora y retira la sartén del fuego, así, tan fácil que me hace sentir inútil. Y no contento con ello, se ríe entre dientes.
—En qué estarías tú pensando…
Abro los ojos como platos y tengo que reprimir las ganas de golpearlo con la sartén todavía caliente. Pero, como hay niñas delante y eso, opto por hacer algo mucho más maduro. Me cruzo de brazos, me enfurruño y lo fulmino con la mirada. Luego busco mi bolso para coger un cigarrillo y salir a la calle a fumármelo tranquila. Que se encargue él de la puñetera comida, que se le da mucho mejor.
Todo mucho más maduro, lo que yo decía.