Por nosotros

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CAPITULO 7 » Chema

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Chema

 

 

Me siento raro aquí dentro. El Pantera sigue como siempre, con las mismas sillas, las mismas mesas e incluso prácticamente la misma música. Quizá sea yo el que está distinto, como si la última vez que lo pisé hubiese sido en otra vida. Sin embargo, tengo que reconocer que, a pesar de encontrarme un poco desubicado, agradezco a mis suegros que se hayan hecho cargo hoy de las niñas, pasando la tarde con ellas en las atracciones e invitándolas a dormir en su casa. Y sí, he dicho suegros a conciencia, porque, a pesar de que Lidia no lo sea en realidad, es tan abuela de mis hijas como la propia, a veces incluso más.

Me giro hacia la barra cuando Jorge me avisa de que las bebidas que he venido a buscar están listas y, al hacer el amago de sacar la cartera, me guiña un ojo y me dice que invita la casa. Me sorprende el gesto, pero se lo agradezco y vuelvo con los tres vasos a la mesa donde me esperan Laura y Pedro.

—Aquí tenéis, y gratis. Jorge no ha querido cobrarlas —les digo, encogiéndome de hombros. Fui un buen cliente antes de que Marta naciera, pero no me esperaba este tipo de atención a mi vuelta, si es que ha sido por eso.

—Tienes que hacer un baile de esos más a menudo, Laura —comenta Pedro, riéndose y dándole un empellón cariñoso con el cuerpo—, nos sale rentable a todos.

Frunzo el ceño y espero algún tipo de explicación, pero Pedro solo se ríe más ante la mueca que hace ella, que ha levantado la cabeza un segundo y vuelve a enfrascarse en el teléfono.

—Bueno, con lo que le gusta bailar, lo hará siempre que viene —opino yo, elevando bastante el tono. Bueno, es que, si no lo hacemos, es imposible poder charlar—. No sé por…

—Pero no encima de la barra.

—¿Qué? Mierda… —Me he atragantado al haber gritado mientras tragaba y me golpeo el pecho con el puño, mientras comienzo a toser. Es que es imaginármela y…

—Eh, tranquilo, chaval —se burla Pedro, partiéndose de risa—. Fue por una buena causa.

—¿Buena causa? —repito.

—No bailé yo sola. Ya que lo cuentas, cuéntalo bien, Pedro. Nela y Nieves lo hicieron conmigo —explica Laura sin despegar los ojos del móvil.

—¿Nela y Nieves? —Y cuando caigo en que parezco un loro repitiendo todo lo que oigo, me apoyo en el respaldo e ironizo—. Uf, eso lo cambia todo…

Laura me mira todavía con la cabeza baja y entrecierra los ojos.

—¿Tienes algún problema con eso, Rubio? —me pregunta no muy contenta.

—No. Es solo que…

Pedro interrumpe mi frase, gracias a Dios, porque lo que tenía en la punta de la lengua no era demasiado afortunado. Comienza a explicarme algo sobre una pelea y un baile country, pero lo cierto es que, en algún momento, mi cerebro desconecta. Con la vista puesta en ella, a la que hoy su teléfono debe de parecerle de lo más interesante, no puedo evitar pensar en que todavía no me ha dado una respuesta a lo que hablamos anoche. Y si su actitud puede darme alguna pista… me temo que va a ser un no rotundo.

Lleva todo el día casi evitándome, con un humor extraño y más despistada de lo normal. Quiero echarle la culpa a lo sucedido ayer aquí, pero en el fondo sé que mi proposición es la causa de su actitud. De hecho, lo otro, después de desahogarse de aquella manera en la cocina, parece haberlo olvidado por completo. Y seguramente lo hubiese hecho si sus rodillas y la pequeña herida del labio, que no pudo tapar con el maquillaje, no se lo recordaran. Sonrío de medio lado al pensar en su reacción cuando le insinué que le vendría bien quedarse en casa esta noche. Me fulminó con la mirada y se metió en el baño refunfuñando algo sobre los hombres y el sexo débil. Y creo que se refería a que lo somos nosotros.

Y cuando salió ya cambiada… Joder, sí, débil del todo me sentí. Con unos simples vaqueros ceñidos y una blusa negra transparente, con la que el sujetador es visible de una manera elegante pero provocadora… La madre de Dios.

—Joder, tío, ¿me estás escuchando? Me da que estoy hablando solo —protesta Pedro, imagino que esperando algún tipo de comentario a todo lo que me ha estado contando.

—No, no, sigue.

—Ya acabé, idiota. Pero… ¿qué coño os pasa a vosotros dos? Sois una compañía penosa. Laura, ¿quieres dejar el móvil de una santa vez? ¿O estás wasapeando con algún pretendiente?

—Para pretendientes estoy yo —masculla ella, haciendo que sonría de verdad por primera vez desde que atravesé la puerta del pub.

—¿Entonces? ¿Qué haces? Tú nunca sueles…

—Es Nela. No sé nada de ella desde ayer. No me lo coge cuando la llamo y ni siquiera contesta a mis mensajes.

Pedro se ríe por lo bajo y pasa un brazo por detrás de su silla, dejándolo sobre su respaldo e inclinándose un poco sobre ella.

—Ni creo que lo haga. Lleva horas en el piso y, por las risas y demás ruiditos que salían del cuarto de Colás, muy ocupada y contenta. Joder, voy a tener que comprarme unos tapones para poder descansar un poco.

Aunque esto último ha sonado a protesta, y a pesar de lo que opinaba sobre ese tema no hace mucho, el poli parece bastante divertido al explicar el paradero de Nela, así como demasiado cariñoso, pues ahora, sin venir a cuento, se le ha dado por hacerle cosquillas en la nuca a Laura con la mano que todavía sigue sobre su silla. ¿Es que no le basta su propio asiento? ¿Tiene que ocupar dos, joder?

—Pues podía avisar. Habíamos quedado en…

—Bueno, mujer, a veces esas cosas surgen, ya sabes… —le dice Pedro, moviendo las cejas arriba y abajo, mientras juguetea ahora con sus rizos.

—¿Durante horas? —pregunta ella con ingenuidad, o quizá sin pensar, consiguiendo que el poli se parta de la risa y logre contagiarme.

A Laura no parece hacerle demasiada gracia nuestra hilaridad, porque se cruza de brazos y nos acribilla con la mirada. Pero al cabo de unos segundos también comienza a reírse, supongo que encontrándole el chiste al asunto.

—Vale, vale… Esa pregunta ha sido… estúpida —aclara mientras coge el vaso de encima de la mesa—. Y hablando de parejitas, ¿sabéis algo de Julián y Teresa?

—Julián me mandó un mensaje hace un rato. La niña tenía unas décimas de fiebre, así que no han querido dejarla.

—¡Hola, chicos! —El saludo de Nieves casi se confunde con mis últimas palabras; se sienta a la mesa mientras lo dice—. ¡Vaya, Rubio, tú por aquí!

—Ya ves… —Me encojo de hombros y bebo un sorbo de mi copa. ¿Qué otra cosa contestar a eso?

—Bueno… ¿y qué tal? —Nieves observa con detenimiento a Laura—. Menudo porrazo el de ayer, tía. Yo al apartarme de un salto me caí de culo, pero tú te llevaste la peor parte.

—Sí, eso es verdad. Pero estoy bien —responde ella sonriendo—. La pena fue haberme perdido tu caída.

—¡Qué simpática ella! Te juro que mi hueso palomo aún está resentido.

Laura se ríe y entonces Nieves se dirige a Pedro.

—Dime que al menos lo cogisteis.

—Claro. Aunque nos costó —dice este—. Es que… ¡cómo nos la jugó! Parecía el puto Houdini. Estaba a nuestro lado junto al coche y, de repente, desapareció.

—Bueno, quizá era mejor él como delincuente que vosotros como polis —se burla Nieves con una mueca. Y cuando yo me río por lo bajo y Pedro comienza a refunfuñar, lo ignora totalmente—. Por cierto, Laura, me encanta tu blusa.

—Gracias. A mí también, la…

—A mí me gusta más su sujetador —interviene Pedro, mirándoselo sin ningún tapujo. Que vale, hombre, que sí, que está a la vista, pues la blusita es transparente de narices, pero podía cortarse un poco. Qué pronto ha olvidado la pulla de antes, oye.

—Joder, Pedro. ¡Ya te vale! —le grita Laura, que además le da una colleja.

—¡Oye! Que eres tú la que lo está enseñando…

—Ahí tiene razón —me encuentro diciendo yo.

—Pues si tenéis mucho problema con que lo enseñe, me lo quito, ¿eh? —dice la muy loca, poniéndose en pie.

—Dios, sí —ruega Pedro, y se tira al suelo de rodillas, sobreactuando, por no perder la costumbre. Y claro, Laura se descojona al verlo en ese plan.

—Ni se os ocurra desafiarla —nos pide Nieves entre risas—, que esta es capaz.

—No, no lo haría —formulo con convicción, pero cuando Laura arquea las cejas en mi dirección y pone los brazos en jarras… No, no lo hará, ¿no? No puede llevar tan lejos su impulsividad… Bueno, yo por si acaso…—. Será mejor que cambiemos de tema. ¿Al final tiran hoy los fuegos artificiales o mañana?

Mi comentario y mi pregunta, lo primero que se me ocurrió decir, arranca carcajadas en todos los presentes. Es que se desternillan, vaya…

—Hola a todos. Nieves, te estaba buscando. —Y la única que sigue riéndose con ganas ante la frase de Aída es la aludida. Pedro se pone en pie más rápido que inmediatamente, se sienta en la silla y le devuelve el saludo a la recién llegada con un movimiento casi rígido de cabeza. Laura también vuelve a su silla, aunque con más moderación y sonriendo todavía.

—Hola, Aída —le dice.

—Hola —lo hago yo casi a la vez.

—¿Qué tal? —pregunta Aída sin mirar a nadie en concreto, aunque dos segundos después su vista recae sobre Laura.

—Bien, bien. Estamos bien —contesta esta por todos, pero la sonrisa tímida que le dedica a mi exnovia agradece su preocupación—. Y gracias por lo de ayer.

—Bah, no fue nada.

—¿Quieres sentarte un rato o nos vamos? —Nieves se dirige a Aída con naturalidad y, de repente, hay una tensión extraña en el ambiente. Laura la mira a ella y luego a mí, una y otra vez, intentando disimular que lo hace, pero sin conseguirlo. Pedro carraspea y parece no acomodarse en la silla, haciendo que esta se mueva un poco y se separe algo de la de Laura. Aída trata de hacerse entender a base de miradas con Nieves, con los ojos muy abiertos y el ceño fruncido. Y yo… Bueno, yo estoy pensando, sin poder evitarlo, que esa chica que tanto me atrajo hace años ahora me resulta indiferente, mientras la hermana de mi mujer, a la que siempre vi como poco más que una niña alocada y rebelde pues… Pues solo espero que antes de la noche me dé el sí a la relación más desvergonzada que le he propuesto nunca a nadie.

 

***

 

Camino hacia la barra con nuestros vasos vacíos en la mano. El pub está desacostumbradamente despejado, pues parece que todo el mundo se encuentra fuera, donde en estos momentos los fuegos artificiales explotan en el cielo, como cada año.

Laura no ha querido ir a verlos; ha preferido echarle una mano a Jorge cuando la gente ha comenzado a salir en estampida a coger las mejores zonas para ver el espectáculo. Pedro sí lo ha hecho, aunque lo cierto es que ya llevaba más de media hora en la que se le notaba que quería salir del local como fuera. Un poco raro… Así estaba, la verdad. Y yo, que los fuegos artificiales… ni fu ni fa, pues elegí quedarme, aunque solo fuese por encontrar la mínima ocasión en que poder leer en Laura una respuesta, o en su defecto, preguntárselo directamente, porque esta incertidumbre me está matando.

—¡Rubio! —me llama Jorge al recoger una mesa cerca de mí—. ¿Le echas tú una mano a Laura ahí dentro? Te lo agradecería, tío. Uno de los extras se ha tenido que ir y esto es un follón.

Sin demostrar el alivio y la alegría que me acaba de brindar con esa excusa, asiento con la cabeza y entro en el almacén, donde hace unos minutos se ha metido Laura. Es que vamos, ni caída del cielo…

Entorno la puerta detrás de mí y, tras un breve vistazo, la veo en una esquina, con un barreño enorme lleno de botellas vacías al lado y delante de unas cajas apiladas que alcanzan casi su altura, mientras intenta levantar la de arriba.

—Espera, que te ayudo —le digo. Me pongo rápidamente detrás de ella y echo mis manos a la caja en cuestión.

—Gracias. Baja dos, ¿vale? Solía haber…

Se calla al notar que la aprieto con mi cuerpo contra la columna improvisada, sin hacer el mínimo amago de hacer lo que me ha pedido. Y es que… Tan cerca de ella actúo solo por instinto, joder.

—Rubio… Las cajas —oigo que habla, pero yo estoy demasiado ocupado metiendo la nariz entre su pelo y respirando ese olor a cítricos que siempre desprende.

—Mmm… Hueles de maravilla. A…

—Sí, suelo ducharme, ¿sabes?

—Lo sé —disimulo la risa e intento explicarme—. Pero me encanta este olor. Hueles a mandarina o a algo…

—Es mi champú del pelo. No tiene ningún mérito. Cuando quieras te lo dejo y…

—Eres única aceptando un piropo, ¿eh? —comento, riéndome por lo bajo, pero sin moverme ni un ápice.

—Es que te los puedes ahorrar. Ya me dejaste claro que quieres follarme.

—Por Dios, Laura… No te lo estaba diciendo por eso.

—Ah… ¿Ya no quieres…?

La agarro de un brazo y la hago girar para verle la cara, pero mi otra mano sigue por encima de su cabeza, todavía sobre la caja, que me sirve de apoyo para inclinarme cómodamente y poner mi rostro a la altura del suyo.

—¿Quieres tú? —le espeto sin contemplaciones.

—Yo… Yo no sé lo que quiero —susurra antes de mordisquearse el labio inferior—. Yo…

—Si te beso ahora, ¿te ayudaría a aclararte?

—Joder, Chema… —gime. Y yo ya no puedo más…

Mi boca captura sus labios con delicadeza, conteniendo de una manera colosal las ganas de devorarla, de morderla incluso. Necesito tanto de ella… Tanto…

—¡Chicos! Cuando salgáis, ¿podéis traer una caja de Coca-Cola y otra de medias?

El grito de Jorge nos hace separarnos a la velocidad de la luz. De hecho, las cajas que hay detrás de Laura se tambalean y me apresuro a sujetarlas de nuevo, mientras ella va a por la mercancía solicitada y, en cuanto llego a su lado, pone en mis manos la de cervezas antes de coger ella la otra y salir de allí tan deprisa como puede.

 

 

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