Por nosotros

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CAPITULO 7 » Laura

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Laura

 

 

Alargar más el momento de irme a casa es una estupidez. Hace más de una hora que bailo en la pista, esperando que Chema se aburra de esperarme y se largue sin mí, pero, en el fondo, sé que no va a hacerlo. Ahora está jugueteando con el vaso sobre la mesa, mientras mira a su alrededor y, de vez en cuando, me echa un fugaz vistazo. Y yo estoy cansada, me duelen las rodillas y los pies e incluso comienzo a aburrirme, pues hoy bailar no me evade como hace siempre. Supongo que estoy demasiado pendiente de él y del recuerdo de ese pequeño beso que aún me arde en los labios. Dios… Si no llega a ser pequeño, podría encenderme el próximo cigarrillo sin la ayuda de un mechero.

Así que me acerco a la mesa, recojo la chaqueta y el bolso, y, sin pronunciar apenas palabra, él me acompaña fuera del local.

Hacemos el trayecto en un silencio tenso, incómodo de narices, cada uno de nosotros absorto en convertir en ceniza su cigarrillo. Joder, es hasta absurdo pensar que me sienta violenta cuando él y yo ya… Vamos, ya nos hemos acostado. Pero lo cierto es que estoy aterrada. Acojonada, porque, tome la decisión que tome, voy a sufrir igual.

—Laura, ¿estás bien?

Sonrío, sarcástica. «Señoras y señores, la pregunta del millón de euros».

—Si me dieran un euro por cada vez que he contestado a eso desde ayer, podría comprarme un…

—Sí o no, Laura, ¿tan difícil es? —replica frustrado—. ¿No sabes responder a una simple pregunta?

Me paro en mitad de un paso y me giro hacia él. Y tenía que ser justo debajo de una farola, coño. Él también se ha quedado quieto mirándome y, con esta luz que le da de frente, sus ojos parecen más dorados de lo normal. Casi irreales… Los de un lobo, si no fuese por esas espesas y larguísimas pestañas que los rodean y hacen sombra en sus pómulos.

Cuando caigo en que estoy observándolo como una tonta, tengo que recordarme qué demonios quería decirle yo. Ay, sí…

—¿Sí o no? Creo que contestarte a eso es del todo menos fácil —susurro con el corazón en la mano. Claro que también sé que él no lo comprenderá nunca. Todavía se me salta un latido cada vez que me acuerdo de aquel «¿Tú me quieres?» que me lanzó.

—Ya no estamos hablando de cómo te encuentras, ¿verdad? —cuestiona, arqueando las cejas.

—No —reconozco y comienzo a andar de nuevo a paso ligero.

—Entonces doy por hecho que aún no te has aclarado sobre eso —expone, mientras camina a mi ritmo.

No contesto y me apresuro todavía más, como si de esa manera pudiera escapar de sus palabras o de su compañía, cuando realmente no quiero hacerlo y, además, es absurdo. Vivimos en la misma casa, por Dios.

Llegamos al portal minutos después y, cuando entramos, nos encontramos a una pareja esperando el ascensor. Son los González, que viven en el primero, creo. Chema los saluda cordial y ellos contestan casi entre dientes, observándonos sin disimulo y, en cuanto se abren las puertas, se cuelan dentro. Nosotros los imitamos y ahí sí el silencio se vuelve incluso pesado, reforzado por esas miradas que nos lanzan de vez en cuando.

Genial, lo que me faltaba esta noche. Sentirme examinada por una pareja de fisgones.

Cuando salen, expulso el aire en un suspiro. Ay, joder, qué malas vibraciones han dejado en el ambiente. Pero eso no es lo peor, sino el comentario que llega a nosotros mientras las puertas se cierran.

—Clara era tan guapa y educada, ¿verdad? Y esa… No puedo creer que…

Ni siquiera miro hacia Chema. Cierro los ojos para escaparme de esta situación sumamente injusta que me hace rechinar los dientes. Ya sé que mi hermana era preciosa y destilaba amabilidad, lo que no entiendo es la puñetera comparación. O tal vez es que sí la comprendo y… mierda.

Entro en casa abriendo yo misma la puerta y me dispongo a quitarme las botas de camino a la cocina. Me desabrocho los cordones a tirones y me las saco con la ayuda del otro pie, a las malas.

—Eh… ¿Qué pasa? ¿Por qué pareces a punto de asesinar a alguien? —se interesa él con prudencia.

—Seguro que no puede creer que seamos hermanas. Clara era tan guapa y educada… —expongo con voz chillona—. Joder con los vecinos. Retorcidos hasta para llamarme fea.

Chema disimula la risa, divertido. Y a pesar de que debería molestarme que se burle del insulto gratuito que me ha lanzado la señora esa, me encanta ver que nombrar a mi hermana ya no sea el desencadenante de que pierda la sonrisa.

—Tú no eres fea, Laura. —Sonríe—. Ni caso. A esa gente solo le gusta hurgar en la vida de los demás y…

—Y ahora tú quieres hacer lo que ellos llevan tiempo pensando —suelto sin filtro alguno. Porque no sé, lo veo tan tranquilo que… que me altera, joder.

Él abre los ojos como platos y da dos pasos hacia mí, provocando, no sé muy bien por qué, que yo los dé hacia atrás y tropiece con la espalda del sofá.

—¿Es por eso que no quieres acostarte conmigo? —pregunta y se detiene demasiado cerca.

—No, por Dios, qué tontería —lo interrumpo—. Los rumores me importan una mierda. Y lo sabes. No sé ni por qué… No sé… Yo…

Chema ladea la sonrisa y se mete las manos en los bolsillos.

—Laura, pareces un tanto… nerviosa.

Ay, mira él. Si tiene ganas de guasa y todo.

—No estoy nerviosa. Es que me pones de los nervios, joder. —Y sí, ya sé. Eso ha sonado superinteligente y coherente.

—¿Sí? Tú a mí también me pones. Y punto. No tienes ni idea de cómo me pones.

Abro la boca, pero no emito sonido. Ya no por lo que ha dicho, sino por el cómo. Se ha encogido de hombros sin quitar las manos de los bolsillos y su tono… Su tono ha sido casi resignado, dolido, como si él también luchara contra ello, al igual que yo.

—¿No vas a decir nada? —pregunta un tiempo después, que no sé si han sido segundos o minutos.

—Yo… Dios mío, Chema, es que esto es una locura. No va a…

—Me has llamado Chema —susurra, mientras se aproxima más. Trago saliva, porque ni siquiera he sido consciente de hacerlo.

—¿Y? —me obligo a decir—. ¿Tienes algún tipo de fetiche con eso o qué?

—No. —Sonríe con ternura—. Es solo que… me recuerda a la primera vez que lo hiciste. Me cabreé tanto… Estaba tan furioso…

Asiento con la cabeza, sin entender a qué viene esto.

—¿Y sabes por qué? —cuestiona él.

Ahora la meneo. Y me alegro de que al menos me funcione la carcasa de fuera, porque, como siga hablándome en ese tono que no es más que un ronroneo ronco, mi mente seguirá descomponiéndose.

—Porque ese día, cuando te tenía debajo de mí cubierta apenas por una toalla, creí volverme loco. Estaba duro como una piedra, pero no quería que tú lo notaras. Sentí rabia por desearte y, cuando me llamaste por mi nombre…, sonó tan íntimo, tan sensual en tu boca que…

—Que me humillaste —susurro y cierro un instante los ojos. Tiempo que él aprovecha para poner sus manos en mis mejillas, lo que me hace abrirlos de golpe.

—Y lo siento. No sabes cuánto lo siento, Laura. Pero… es que no debía desearte. No podía. Ni siquiera quería hacerlo. ¿Lo entiendes? De verdad lo siento, sé que volqué toda mi rabia en ti. —Sacude la cabeza y su rostro muta a uno atormentado—. Joder, es que todavía no quiero, me odio por sentir esto, pero… Mierda. Ya es superior a mí.

Y entonces me besa. Y no es precisamente un beso pequeño o delicado. Es como si tratara de beber de mí, de nutrirse de mi saliva, de saciarse de mi boca… Me besa casi con furia, como si quisiese transformar ese odio del que habla, y que yo conozco tan bien, en un placer pecaminoso, maravilloso. Me besa de la misma manera que yo le correspondo, porque, aquí y ahora, ya no me importa nada más que él y lo que me hace sentir.

Noto que se me abre la herida y el sabor de la sangre se mezcla entre nosotros, pero ninguno de los dos parece hacerle ascos a eso, como vampiros sedientos de alimento, que en nuestro caso no es más que una necesidad casi obscena el uno del otro, pero tan arrolladora que ha llegado el momento de dejarse vencer por ella. Perder para ganar, aunque solo sea el premio un tiempo con fecha de caducidad en el que conseguir placer a su lado.

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