Por nosotros

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CAPITULO 8 » Chema

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Chema

 

 

Tengo que parar. Tengo que parar un segundo y asegurarme de que ella quiere exactamente lo mismo que yo.

Repito eso en mi cabeza una y otra vez, mientras el beso se alarga y Laura se funde conmigo. Se entrega al completo… Si está prácticamente temblando en mis brazos, joder. Y no es de miedo, sino de esta pasión desmedida que también me hace vibrar a mí.

Pero, aun así, a pesar de la certeza que me dan sus brazos en torno a mi cuello y su cuerpo restregándose contra el mío, aprovecho esa milésima de segundo que necesitamos para respirar y me separo de su boca. Busco sus ojos, entornados de deseo y… Y me quedo embobado contemplándola. Dios, es tan… tan Laura. Tan…

—Chema… —gime a modo de pregunta.

—¿Estás…? ¿Estás segura? —Y carraspeo. Porque mi voz ha sonado similar a la suya—. Yo… Después…

No quiero dudas. No quiero arrepentimientos. Pero, por alguna razón, no soy capaz de acabar la frase. Porque me parece tan fuera de lugar… Como si al nombrar los muros que una vez levantamos y derribamos, fueran de nuevo alzados.

Ella sonríe. Pero es una sonrisa triste, resignada.

—Yo tampoco quiero desearte, Chema. También odio hacerlo. Pero, joder… lo hago.

Y son sus labios los que atropellan ahora a los míos, con violencia, casi haciéndonos daño. Los recibo con la misma ansia y no sé el tiempo que nos pasamos besándonos. Quizá mucho, porque me duele el cuerpo de desearla. O poco, porque parece ser que nunca es suficiente. No nos saciamos.

Aparto mis manos de sus mejillas para internar mis dedos en esos rizos que me tienen hechizado y sonrío en su boca cuando sus manos, ascendiendo por debajo de mi camiseta, me hacen unas cosquillas deliciosas en los costados.

Le mordisqueo la barbilla, bajo por su cuello lamiendo esa vena que ahora late desbocada y regreso a su boca de nuevo…

—Lo siento. ¿Te duele? —murmuro rozando su labio con el pulgar cuando me percato de que tanto beso ha vuelto a abrir la herida.

—Un poco… Pero, Dios… Hasta eso me gusta —balbucea ella, jadeante.

Un latigazo de puro placer me recorre entero al oírla. Realmente debo de ser un pervertido porque esas palabras me han excitado tanto como si se hubiese desnudado para mí. Y es pensar eso…

—Demasiada ropa —digo mientras le quito la camisa por la cabeza, considerando el desabotonarla una absoluta pérdida de tiempo.

La mía me la saco de la misma manera, mientras Laura parece haberse contagiado de mi urgencia, porque ya está peleándose con el botón de mis vaqueros después de haberse deshecho ella misma del sujetador. Abarco con mis manos esos pechos exquisitos y acaricio sus ya durísimos pezones, pero me sabe a poco, así que los pellizco, haciendo que ella dé un respingo y me mire de una forma tan lujuriosa que pierdo del todo el norte. Toda mi sangre está alojada en el centro de mi cuerpo. Y cuando cuela una mano dentro de mi pantalón y alcanza a tocar mi glande, se me escapa un jadeo que se mezcla con el suyo, en cuanto vuelvo a pinzar sus pezones.

Quitarnos los pantalones se convierte en todo un reto, quizá por culpa de nuestras prisas. Tirones, besos, levantamientos de pies por turnos, de nuevo tirones, muchos más besos… En las películas parece todo muy fácil, pero en la vida real es un coñazo que no está exento de cierto morbo. Porque desvestir a Laura se está convirtiendo en mi hobby preferido, en lo único que quiero hacer de ahora en adelante si las circunstancias me lo permiten. Acabamos de quitárnoslos con nuestros pies, mientras nuestras bocas vuelven a unirse en un beso demencial y las manos recorren el cuerpo del otro queriendo tocarlo todo a la vez.

Soy yo el que pone fin al beso, recorriendo ahora con mi boca su cuello, mordisqueando su clavícula, demorándome en esos pechos pesados y perfectos, bajando por su estómago, lamiendo su ombligo y besando con labios y dientes su vientre, hasta encontrarme con su negro y minúsculo tanga.

Estoy ya de rodillas ante ella cuando tiro de esa prenda hacia abajo y se la quito en una lenta caricia por sus piernas con mi boca, que, ansiosa por probar el aroma único de su sexo, busca con la lengua sus pliegues, se apropia de su clítoris ya hinchado, lo succiona, bebe de ella.

Jesús… Oír su primer jadeo sorprendido y sus siguientes gemidos, intercalados con más jadeos casi ahogados que trata a duras penas de reprimir, me pone a mil. Y cuando noto sus dedos en mi pelo, empujándome más contra ella, revolviéndomelo sin ningún tipo de control, ya no existe un puto número que defina mi excitación. Quiero estar dentro de ella, seguir haciendo esto, que me toque, besarnos como solo nosotros lo hacemos… Lo quiero todo a la vez, aunque sea imposible.

—Por Dios, Chema… —gimotea en alto, apartándome ahora sin mucha delicadeza.

Busco con mis ojos su rostro, ruborizado, excitado, haciendo trizas su labio inferior por la fuerza con que se lo muerde. Pero antes de que pueda abrir la boca para saber qué quiere, comienza a deslizarse por la espalda del sofá para quedar a mi altura, capturando otra vez mi boca mientras se acomoda en torno a mí.

—Sabes a mí… —susurra un minuto después, con nuestras bocas aún a escasos milímetros.

—¿Te moles…?

—No, joder. ¡Me encanta! Esto es… es… —Como parece no encontrar la palabra apropiada, vuelve a besarme con una pasión enloquecedora, metiendo al mismo tiempo una de sus manos dentro de mi bóxer, rodeando con sus dedos esa erección que comienza a resultar casi dolorosa.

Jadeo en su boca, tanto por la caricia como por sus palabras. Jodeeerrr… Y luego maldigo en ella palabras casi incoherentes cuando comienza a masturbarme de una forma un tanto torpe, pero que por alguna razón me enciende más. Tanto que no puedo soportar ni un segundo más esta dulce tortura.

Apenas me bajo los calzoncillos, haciendo que mi erección salte como un resorte hacia fuera a pesar de estar todavía sujeta por ella. Parece tener vida propia y buscar el calor de su feminidad para quemarse con él. Buscar el único preservativo que guardo en la cartera y ponérmelo es todo uno, y es Laura la que la ayuda a llegar, acariciándose durante unos instantes con ella, para luego dejarse caer demasiado despacio, clavándose en mí. Está tan húmeda, tan caliente, tan estrecha…

Aprieto los dientes y escondo la cara en su cuello, disfrutando de esa sensación, deseando que dure eternamente y, a la vez, ansiando con toda mi alma comenzar a embestirla para liberar esta tensión que me presiona en las ingles. Pero consigo controlarme, dejarla llevar las riendas, que baje lentamente sobre mí… Hasta que acabo totalmente encajado en su interior y logro que ambos contengamos a la vez el aliento para luego soltarlo, en su caso, en un jadeo largo y provocador, y en el mío…

—Joder, la Virgen, joder…

Aparto mi cara para ver la suya y es esa una imagen con la que podría correrme sin moverme un ápice. Parece extasiada, con la cabeza echada hacia atrás, sus dientes escondiendo su labio inferior y la respiración agitada.

Mi pelvis se mueve sin mi consentimiento, a la busca de más placer, y ella me sorprende saliendo a mi encuentro, comenzando a mecerse, a subir y a bajar, con un ritmo que me enloquece.

Cuando enrosca los pies alrededor de mi cintura y se pega más a mí, mis dedos se clavan en sus nalgas y amasan ese culo de pecado. Sin embargo, no tardo en subir una mano a su espalda para prestarle el sostén que necesita para seguir moviéndose así. Por Dios, es que tiene que hacerlo… Que no pare… Ella ahora se mueve en círculos, casi perversa. Y, aun así, preciso más. Mucho más. Así que empiezo a moverme yo también, al principio casi con cautela, hasta que es Laura la que parece necesitar también más y ancla los pies en el suelo para conseguir un ritmo casi brutal. Justo a mi medida. Perfecto. Sublime. Quizá demasiado, porque…

—Jesús… —gimo al tiempo que la arrimo más a mí para hacer que su clítoris se frote contra mi piel—. Dime que estás a punto, dime que…

—Un poco más… Solo un poco, por favor… Así, justo así…

Le daría una vida entera sintiendo esto que siento, pero no es mi cerebro el que decide ahora mismo y… joder, estoy a punto de correrme. Aprieto los dientes para retener el orgasmo mientras ella sigue moviéndose de esa forma bestial, pero sé de antemano que es una batalla perdida. Y entonces…

—Oh, Dios mío… Joder, joder, joder… —masculla y muerde mi hombro, apretándome con sus músculos internos para hacerme saber que está en pleno éxtasis. Y causa con ello el mío.

La hostia… Me derramo en su interior en una explosión apoteósica que me deja tan tembloroso como satisfecho. Ahogo mis gemidos en su cuello y la atraigo más contra mí, mientras acompasamos nuestras respiraciones y logramos calmar nuestros latidos. Todos. El de nuestros corazones y el de nuestros sexos.

—Esto ha sido… —murmura ella minutos después, moviéndose lo justo para unir nuestras frentes— increíble.

—Mmmm…

—Joder, la primera vez me gustó mucho pero esta… ¿Va a ser siempre así? —me pregunta con una candidez que me hace sonreír.

—Mejor.

—Engreído. —Sonríe—. Ahora presumirás de…

—De nada. Esto no puede saberlo nadie, Laura. Es algo entre tú y yo. Promételo. No…

Noto como se tensa en mis brazos antes de que acabe la dichosa frase. Es que ni la he pensado, joder, y reconozco que sobraban momentos para decírselo sin ser ahora, cuando todavía nos rodea el olor y la magia de lo que hemos compartido.

Sin pronunciar palabra, cosa rara en ella, se levanta, separándose de mí, y, aunque intento retenerla, la mirada que me lanza consigue que aparte mis manos de su cuerpo. Ya en pie, maravillosamente desnuda, frunce el ceño y observo, impotente, como sale de la estancia.

¡Mierda! La he vuelto a joder…

En todos los putos sentidos, ironiza mi mente calenturienta y estúpida.

Me incorporo poco a poco, consciente por primera vez del dolor de mis rodillas. Durante el polvo ni me enteré, pero ahora… Tiro del condón y, tras envolverlo en una servilleta, lo echo a la basura en un ademán brusco, cabreado.

«Calladito, Chema. Pero qué guapo estás…».

Casi suspiro aliviado cuando veo entrar de nuevo a Laura en la cocina, cubierta ahora por una oscura y cortísima bata de raso que viene anudándose a la cintura. Sin mirarme, abre la nevera y se sirve un vaso de agua, para luego rebuscar en un cajón, de donde saca una cajetilla de tabaco.

Es solo cuando le da la primera calada y expulsa el humo despacio hacia arriba, que me atrevo a acercarme a ella.

—Laura, lo…

—¿Te avergüenzas de mí? —espeta, con la vista clavada en ese humo que se aleja hacia ninguna parte.

—¿Qué? ¡No! Es solo que…

—¿Te avergüenzas de lo que acaba de pasar? —Señala con una mano el sofá, ahora casi empotrado en la mesa del salón, pues debemos de haberlo movido con tanto ajetreo.

—No, pero… —Me dejo caer en una silla frente a ella y meto los dedos entre mi pelo, intentando explicarle lo inexplicable—. A ver…

—Si te entiendo. Por desgracia, te entiendo. —Emite una breve y triste risa y busca mis ojos con los suyos por primera vez desde que ha entrado—. Yo tampoco quiero que esto se sepa… Es… es algo que no me hace sentir demasiado orgullosa.

—Joder, Laura, tampoco quiero que te sientas mal por ello. Yo…

Ella arquea las cejas y me hace enmudecer. Sí, estoy contradiciéndome, intentando aplacar una sensación que conozco demasiado bien. Porque, en el fondo, esto que hacemos sé que no está mal, es jodidamente maravilloso… Pero tampoco está bien. Por muchas razones.

Y seré egoísta, o un capullo, pero no quiero dejar de hacerlo. Por eso, lo que me dice a continuación me produce una sensación liberadora pero agridulce. Aunque lo que predomina por encima de todo es que vuelve a ponerme irremediablemente cachondo.

—Y debo de ser gilipollas, idiota, o un auténtico pendón, porque aun así quiero seguir haciéndolo.

 

 

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