Por nosotros

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CAPITULO 8 » Laura

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Laura

 

 

Demasiada sinceridad. Demasiada.

Eso es lo primero que pienso en cuanto abro los ojos, acurrucada en el sofá, donde Chema y yo nos hemos quedado dormidos después de otra sesión de sexo más lenta, delicada casi, pero igualmente satisfactoria.

Demasiada sinceridad. Eso debió de ser lo que lo puso a cien, porque fue acabar de decir que quería seguir haciéndolo y puso fin a la conversación saltando casi sobre la mesa para besarme como un demente.

Pero… ¿qué más da? Después de haber accedido a esta relación, lo mínimo es ser sincera. Bueno… hasta un punto. Él nunca podrá saber que lo que me llevó a aceptarla es justo lo que no quiere. Mis sentimientos, mi amor.

Y clarito me lo dejó. De nuevo anoche. El dolor que reprimí ante sus palabras entonces lo siento crecer ahora dentro de mí. Tengo que ignorarlo. No puedo tomarme tan a pecho cada una de sus frases, pero… Joder, cómo duelen. Y me conozco. Sé que en cualquier momento esta pena tendré que sacarla fuera, en forma de lo que sea. Pero no ahora, cuando mi cuerpo todavía tiene las marcas del suyo, cuando todavía huelo a él.

He caído muy bajo, sí. Sé que estoy conformándome con lo que durante años rechacé, lo que me llevó a llegar a los veinticinco virgen, joder. Quizá Lucas, aquella noche de tantos años atrás, sí me afectó de alguna forma que seguramente tenga nombre médico, pero el sentir que los tíos solo me veían buena para un polvo me cabreaba tanto como me humillaba.

¡Qué ironía, ¿verdad?! Y eso es lo único que Chema también ve en mí. Y voy yo y hasta logro disfrutar cada instante en sus brazos, olvidándome de ese detalle. Quedándome solo con lo que me interesa. Con que me desea, con ser la causante de cada uno de sus orgasmos. Es triste, sí, pero si eso es lo único que puede darme… lo acepto. Con todas sus consecuencias.

Porque ya he sufrido lo mío, sí, y me queda un largo camino por delante para seguir haciéndolo, pero pienso gozar y vivir cada minuto a su lado como si fuese un regalo inesperado. Guardaré y atesoraré cada experiencia, pues serán los recuerdos con los que me alimentaré cuando todo esto acabe.

Y quizá el roce haga el cariño y…

Meneo la cabeza disgustada conmigo misma, porque, aunque lo intento, es bien cierto que la esperanza es lo último que se pierde y es imposible que, de vez en cuando, no se deje ver y me haga esperar algo que probablemente nunca suceda.

Envuelvo mi cuerpo desnudo en la fina manta que Chema ha debido de echar sobre mí y me encamino al baño. Supongo que él estará en su cuarto, al que se habrá ido en algún momento de la noche. Dormir dos personas en ese sofá no debe de ser muy cómodo.

Consigo ducharme y vestirme sin que mi cabeza me atormente demasiado y vuelvo a la cocina. Me muero por un café… Y por un dulce… ¡Dios, me comería ahora una bandeja entera de casadielles! O una de bollos de nata…

Todavía de pie, observo como la cafetera comienza a hervir, como si mirándola fuese a hacerse antes el café. Y el ruido de la puerta principal al abrirse y cerrarse me hace dar un respingo y volverme sorprendida.

—Muy buenos días —me dice un sonriente Chema, mientras atraviesa el salón en mi dirección cargado con un par de bolsas.

—¿Y tú? ¿De dónde sales? O de dónde vienes, más bien —pregunto, transformando rápidamente el asombro en curiosidad.

—Bueno… Tenía que hacer una compra urgente y…

—¿En domingo?

—Sí, en domingo. Y de paso… —Saca de una de las bolsas algo que reconozco al instante y que le saco de las manos con un grito de júbilo. Todavía no sé qué hay dentro, pero, si es de la pastelería de Miriam, seguro que me vale. Rompo el papel y me llevo a la boca uno de los dulces, hablando después con ella llena, aunque me pongo una mano sobre los labios, porque una cosa es ser maleducada y otra el mal gusto…—. Joder… Me has leído el pensamiento. Casadielles, bollos de nata y trufas de chocolate. ¡Dios, qué gozada!

Chema se ríe de mi glotonería, saca dos tazas de un armario un minuto antes de apagar ya la cafetera y sirve para los dos ese brebaje que necesito con urgencia.

—Mmm… —gimo con gusto al darle el primer sorbo, después de soplar durante un ratito para no acabar abrasada. Y vuelvo a atacar mi bollo con un ansia tremenda.

—Pues sí que tienes hambre, ¿eh? ¿Así que eres de esas?

—¿Mmmm?

—De las personas a las que el sexo les abre el apetito.

Trago con dificultad y sé que me estoy poniendo colorada. Si lo que no consiga este tío…

—Muy gracioso —balbuceo sin saber qué otra cosa decir.

—Bueno, más bien eso es así cuando se trata de buen sexo…

—Serás presumido, joder —le espeto y muerdo un buen trozo de esa masa deliciosa. Y, de repente, me viene a la cabeza la conversación postcoital de ayer, cuando yo solo pretendía hacerle una broma sobre su presunción de buen amante y todo lo que aquello acarreó.

Demasiada sinceridad de mi parte. Eso fue lo que acarreó. Eso y que durante un segundo pensase en darle el bofetón de su vida. ¡Como si yo fuese a contar esto por el pueblo para que ya tuvieran tema para el resto de sus vidas!

Que bueno… ya lo hablan igualmente… Joder, al final resulta que son adivinos.

—¿Eh? ¿Qué sucede? ¿He dicho algo…?

—No, no, nada —digo deprisa y cambio el chip sacando otro tema que no me saque el apetito—. Y por cierto, ¿qué era eso tan urgente que tenías que comprar?

Ahora el que parece estar a punto de atragantarse es Chema, que se lleva el puño a la boca esforzándose por pasar el bocado que la ocupa.

—Pues… algo que necesito. Desperté muy temprano y se me ocurrió que podía aprovechar la mañana saliendo a hacer ese recado y de paso traerte el desayuno.

—Cosa que se agradece. Pero todavía no me has dicho que…

Mientras hablo, mis manos rebuscan en la otra bolsa y… me quedo muda.

Cuatro cajas de preservativos. ¡Cuatro! Un aceite para masajes, un bote estrecho que… ¿Lubricante?

No sigo cotilleando. Suelto todo alucinada y cardíaca, y trago saliva con fuerza.

—Lo siento. Creo que me he emocionado —dice encogiéndose de hombros—. Es que vi todo eso allí, al alcance de mi mano y…

Lo miro con los ojos como platos. Tanto que él también se asombra ante mi expresión.

—¿Qué?

—¿Has comprado todo esto en el pueblo? —pregunto pasmada—. ¿En serio?

—Joder, no. Me he ido hasta Luarca. ¡Cómo se te ocurre!

Si ya decía yo… No es que a mí me haga tremenda ilusión darles munición a los chismosos, pero que lo hiciera él… me dejaría a cuadros. Y no es que Chema no pueda comprar todo eso y follar con otra que no sea yo, pero seamos sinceros… Mucho no es que salga por ahí, y los rumores no nos lo ponen fácil.

—Es que no podía permitir que volviese a pasar lo de ayer. Debemos protegernos, Laura.

—Y tanto —digo con la vista clavada en esas cuatro cajas de condones. Sé que tiene razón y que ayer jugamos con fuego la segunda vez, cuando fuimos incapaces de parar a pesar de que él me confesó que no tenía más preservativos. Pero comprarse cuatro cajas…

Entonces se echa a reír.

—Deja de mirarlas así. Quizá me pasé, pero en el pueblo está descartado comprarlos y mejor prevenir que lamentar. No es que vayamos mucho por Luarca o Cudillero y en el pueblo de al lado… paso. Sabes que también nos conocemos todos y…

Acabo el café en dos tragos y comienzo a recoger la mesa mientras él sigue con su monólogo, que ya no escucho. Una cosa es ser consciente de la extraña y oculta relación en la que nos hemos involucrado y otra diferente, ponerla encima de la mesa durante el desayuno, joder.

Pero bueno, Chema no es que se diga muy oportuno con sus comentarios. El último de anoche aún lo tengo clavado en el pecho. Y eso que yo no me quedo atrás. Dios mío, vaya dos.

 

***

 

—Increíble, se han quedado las dos fritas —se sorprende Chema en casa de mi padre, observando a las niñas dormidas en el sofá en unas posturas de lo más estrambóticas.

—Pobres… Están muy cansadas. Ayer se acostaron tarde y a las ocho de la mañana ya estaban dando guerra metidas en nuestra cama —comenta Lidia, mientras retira los platos de postre de la mesa del comedor, donde hemos comido todos.

—Será mejor poner a cada una en un sofá para que descansen mejor, ¿no? —opino acercándome a ellas y mirándolas con ternura.

—Sí, será lo mejor. A no ser que el día de mañana vayan a ser contorsionistas… —bromea Chema—. Porque… Jesús, menudas posturas.

—A esta edad todos somos muy elásticos, ¿no? —sigue la chanza Lidia—. Lo malo es a la mía, que, en cuanto levantas un poco una pierna, te duele esa y su compañera.

Chema y yo nos carcajeamos sin elevar demasiado el tono, y mi padre se ríe con sorna, mientras se dirigen una mirada íntima, seguramente compartiendo algún secretillo de alcoba que no me interesa ni imaginar, pero que me inspira diversión y ternura por igual.

—Para elástica aquí Laura —dice mi padre, señalándome con la barbilla—. Nunca le gustó el deporte, pero siempre estaba haciendo cosas de esas que duelen con solo mirar. ¿Todavía te sale el espagueti? ¿Y el pino ese hacia atrás en el que te quedabas como un puente?

—Es que así se llama, papá, pino–puente. Y se dice espagat. —Me río—. Y sí, creo que aún me sale todo eso, aunque como comprenderás no son cosas que suela hacer en mi día a día.

—Bueno… —carraspea Chema llamando mi atención—. A partir de ahora intenta que te surjan ocasiones para practicarlas, ¿no? Es una pena que pierdas esos dones.

Y aunque esas frases en sí no deberían sacarme los colores, lo hace la mirada entornada y disimulada que me lanza, junto con esa mordida de labio tan sensual con la que la acaba. Es que lo mato…

Agacho la cabeza, incapaz de mirar a nadie a la cara, mientras comienzo a colocar bien a Marta, después de que él haya movido a Llara de sofá.

—Ve a acostarte un ratito, anda —le dice en ese momento Lidia a mi padre—. No haces más que bostezar y tú sin tu siesta…

—Pero hoy tenemos invitados y…

—¡Papá! —exclamo casi ofendida ante ese adjetivo—. Que somos nosotros, por Dios. Ve arriba, anda, que además esta noche tienes guardia en el cuartel.

—De acuerdo, está bien, pues no me hago más de rogar… —Se levanta atusándose el bigote y no me pasan desapercibidas las muecas que se intercambia la parejita.

—Lidia, ¿por qué no aprovechas y subes un ratito tú también? Chema y yo recogemos todo esto en un instante mientras no se despiertan las niñas.

—No, por Dios, eso sería un abuso. Yo…

—Venga, sube, de verdad. Hay la suficiente confianza, ¿no crees?

—Laura tiene razón, Lidia. Vamos a dormir una horita. Estos dos han tenido toda la noche y toda la mañana para poder hacerlo a conciencia.

Yo asiento con la cabeza y los animo a base de ademanes para que abandonen el salón de una buena vez, pero Chema… Él carraspea de nuevo y se ríe entre dientes. Es que de verdad que lo mato, eh. Lo mato.

 

***

 

—¿Tú eres bipolar o tonto perdido? —le espeto ya en la cocina, después de esperar un tiempo prudencial a que los dueños de la casa se encerrasen en su habitación.

—¿Qué?

—¡Lo que oyes, joder! —prosigo con los dientes apretados, encajando los platos en el lavavajillas con no demasiada suavidad.

—¿A qué viene…?

Me incorporo y llevo mis manos a las caderas, tan enfadada que hasta me hormiguea la cabeza.

—Ayer jodes un polvo estupendo con una frase estelar y ahora… Ahora te dedicas a lanzarme indirectas y a portarte como un adolescente delante de mi padre y Lidia. ¡No solo no hay quién te entienda, sino que me pones nerviosa, joder!

—¿Así que un polvo estupendo, eh?

—¿En serio? ¿Eso es lo único que has oído de todo lo que he dicho? ¿No has oído también que la jodiste? ¡A ver si te piensas que me moría por gritar a los cuatro vientos que eres un puto crack o algo así! —suelto sin pensar, intentando bajarle un poco los humos, todavía más cabreada que cuando comencé esta puñetera conversación.

—Hombre… Realmente lo parecía. Por cómo reaccionabas, digo…

La cuchara impacta en su pecho sin que haya sido apenas consciente de habérsela lanzado. Joder, suerte que tuvo de que no se tratase de un cuchillo.

—Eres idiota —siseo.

Él, todavía con los ojos y la boca abierta con incredulidad ante mi ataque, recoge el cubierto del suelo y se acerca a mí.

—Lo siento, ¿vale? Solo estoy de buen humor y… Vale, tienes razón. Ayer me pasé y hoy también, ¿contenta?

—No. No me sirve que te disculpes continuamente y que la vuelvas a cagar justo a continuación. Estoy harta de discutir a todas horas, de…

—Oye, ¿no te has parado a pensar que la culpa también es tuya? Siempre tienes algo por lo que protestar, joder. Y siempre acabas sacando las cosas de quicio. Lo de ayer ya lo habíamos aclarado, ¿no? ¿Por qué sacas el tema de nuevo?

—Porque me da la gana —silabeo. Ay, esto de reñir sin poder chillar no me mola nada.

—Pues nada… Tú sigue haciendo lo que te sale de…

—Eso lo haces tú. Sin tener en cuenta nunca cómo me hace sentir lo que dices y haces.

—Pero… ¿de qué coño hablamos ahora? ¿De lo mismo o hay algo más, Laura?

—¿Qué pasa? ¿Es que te parece poco? La forma que tienes de arruinar cada uno de mis orgasmos es de libro, tío. —Y ahora sí que no pienso, sino que esto que me he guardado desde anoche parece quemarme por dentro—. La primera vez me soltaste que no se repetiría nunca, la segunda que acostarse conmigo era demasiado vergonzoso para que nadie…

—Eh, eh… Yo no dije eso…

—Y la tercera… —lo interrumpo, tomándome luego un instante para coger aire, mientras él va poniendo cara de pasmo al no esperarse esto—. ¿Recuerdas por casualidad lo que me soltaste, puto crack del sexo?

—¿A qué…?

—«No te enamores de mí, Laura. No se te ocurra hacerlo o esto se acaba. Y todavía no te he hecho ni la mitad de lo que quiero hacerte» —recito de memoria, imprimiéndole a mi voz un tono sarcástico para ocultar el dolor—. ¿De qué coño vas, Chema? ¿Tan irresistible te crees? Y en todo caso, ¿quién te crees que eres para mandar sobre mis sentimientos, joder? Eso sin contar que para ti no debo de ser más que una…

—No, Laura. Espera, no es como…

—Escúchame bien, porque hablo muy en serio. La próxima vez que me sueltes otra regla, norma, aviso o estupidez de las tuyas, no te va a hacer falta nunca más un puto condón, porque voy a arrancártela de cuajo. —Y entonces me crezco, envalentonada por la rabia—. Eso si dejo que vuelvas a tocarme, porque ahora mismo…

No puedo continuar hablando, porque de repente tengo la lengua de Chema en mi boca, su brazo ciñéndome la cintura y su cuerpo empotrándome contra la encimera. Y lo peor es que yo estoy respondiendo a ese beso casi violento y desesperado con la misma intensidad. Abarca toda mi nuca con la otra mano, como si yo fuese a irme a algún sitio, mientras profundiza más el beso, cosa que no creía posible. Nos estamos devorando, literalmente. Y llegado un momento, nuestras bocas parecen insuficientes para apagar este fuego que ellas han prendido.

Su pelvis comienza a moverse sobre mi estómago, haciéndome ver lo duro que está, al tiempo que sus manos dejan de sujetarme y arrastran ahora la tela de mi vestido hacia arriba. Una de ellas agarra una de mis nalgas, y la otra… La otra se mete dentro de mi braga y, cuando quiero darme cuenta, tengo un dedo en mi interior. Inhalo muy rápido ante la intrusión, pero inconscientemente mis caderas empiezan a mecerse buscando más placer.

—Joder, cómo estás… —susurra él todavía contra mi boca, supongo que notando lo preparada que ya estoy para él.

Debería darme vergüenza que mi cuerpo reaccione tan rápido a él y, sin embargo, no puedo evitar que sea todo lo contrario. Me excito todavía más, humedeciéndome tanto que un segundo dedo se cuela sin dificultad.

—Dios —jadeo cogiendo un aire que me escasea—. Para, estamos en…

Él ahoga mi protesta con un beso lascivo, sabiendo que en realidad no quiero parar. Y si devolvérselo de la manera que lo hago no se lo dejase lo suficientemente claro, que mis manos desabrochen la hebilla de su cinturón mientras habla, seguro que sí.

—Dios, Laura. Así te quiero siempre, con vestidito —murmura con sus labios, dientes y lengua sobre mi cuello.

—Ya. A ti te lo voy a poner tan fácil —no puedo evitar decir. Rabia y pasión fusionadas en una.

Él se ríe por lo bajo contra mi piel, pero comienza a mover esos dedos, robándome la cordura. Los dobla dentro de mí, presionando la parte delantera de mi vagina, mientras su pulgar hace círculos perezosos sobre mi clítoris. Dios mío… ¿qué me está haciendo? Como siga así…

Madre del amor hermoso. Estoy tan a punto que…

—Chema… Por favor. Yo… Voy…

Y como un castigo, porque no puedo verlo de ninguna otra forma, los saca, dejándome vacía, a las puertas de la pura gloria.

—¡Qué…!

Me hace girar tan rápido que la queja se muere en mis labios. Presiona mi torso contra el mármol, acaricia mi trasero por encima de mis bragas mientras oigo como se baja la cremallera del pantalón y luego rasga algo. Cuando mi cuerpo nota la ausencia de sus caricias, miro hacia atrás, pero no tengo ocasión de ver qué está haciendo, pues, tras dos segundos que pierdo admirando como ese pelo trigueño le cae sobre la frente, me encuentro con sus ojos, más oscuros de lo normal de lo dilatadas que tiene las pupilas, y que me miran abrasándome. Percibo como aparta mi braga hacia un lado y, de golpe… Llena otra vez. De él. De esa erección que esta vez no se toma su tiempo para penetrarme, sino que me embiste en un solo movimiento, haciendo que me ponga de puntillas y tenga que morderme los labios para no gritar de puro gozo.

—Jesús, sí —dice él detrás de mí, inclinándose para encajar mejor y de paso soplar esas palabras sobre mi nuca, haciendo que me erice entera.

Y perdemos el control. Los dos. Si es que lo hemos tenido en algún momento. Nuestros sexos, como protagonistas indiscutibles, buscando un placer que ambos queremos rápido, ya. Porque el lugar es de lo más inoportuno, porque alguien puede pillarnos y porque… Porque, joder, nos lo pide el cuerpo. Corrernos, como si se tratase de agua o comida para sobrevivir.

Él empuja contra mí y yo contra él. Sus embestidas son frenéticas, y yo le salgo al encuentro en cada una de ellas, deseando siempre más. Y cuando mete una mano entre la encimera y mi vientre y baja dos maravillosos dedos hasta ese nudo que late abandonado…

—Joder, Laura, me corro.

Sus movimientos, sus caricias y sus palabras consiguen que yo lo haga también, incluso antes que él.

Apoyo una mejilla sobre el mármol e intento calmarme un poco, allí, todavía con el vestido subido y totalmente laxa. Es él el que se encarga de colocarme bien la ropa, no sé si antes o después de hacerlo consigo mismo. Lo hace con delicadeza, rozando con la palma de su mano toda mi espalda al acabar, en una caricia tan sensual como relajante.

Y entonces me echo a reír. Estoy tan deliciosamente cansada, abotargada… Y apuesto lo que sea a que no han sido más de diez minutos de ejercicio lo que me ha llevado a este estado. Pero, joder, qué minutos… Qué ejercicio…

Me doy la vuelta poco a poco, encontrándome a un Chema divertido que me mira con una sonrisa pícara en la cara y ojos soñolientos, satisfecho.

—Esto es una locura —susurro, mirándolo ahora con una mezcla de timidez y resignación.

—No, tú estás loca. A mí, simplemente, me vuelves loco, pelirroja.

Frunzo un segundo el ceño. ¿Debería molestarme eso que ha dicho?

¡Bah! Ni de coña. Ha dicho que lo vuelvo loco, ¿no? Entonces estamos en paz.

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