Por nosotros

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CAPITULO 9 » Chema

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Chema

 

 

Montar y desmontar un cumpleaños es la mejor muestra de amor hacia un hijo. O hija, en este caso. Mira que me gusta poco eso de inflar globos, colgarlos, poner mil aperitivos en la mesa, cargar con decenas de refrescos, no olvidar la tarta y, claro, mucho menos las velas, como ha sucedido este año. Menos mal que Lidia tenía por casa esas pequeñas e individuales y no solo hemos arreglado el asunto, sino que a Marta le ha hecho incluso más ilusión eso de soplar seis velas que una sola.

Ahora estoy recogiendo el papel de regalo tirado por todo el porche y alrededores, mientras Lidia hace café dentro para los adultos. La verdad, me quejo de vicio, porque tanto ella como Laura se encargan de todo tanto o más que yo. Y lo hacen con una sonrisa, que ya es decir.

Oigo risas a mi espalda y me giro para observar cómo se divierten los niños con los payasos. Sí, payasos. Una sorpresa de parte de sus padrinos que ha causado sensación. De hecho, no son únicamente los niños los que parecen fascinados. Hasta mi suegro disfruta del espectáculo con una sonrisa torcida, apoyado en la pared del garaje. Y Laura… Bueno, yo creo que ella está más encantada que cualquiera de los críos. Sentada a lo indio con ellos en el suelo, se ríe a carcajadas, levanta la mano para participar cuando se requieren voluntarios y contesta al unísono a las típicas preguntas que hacen los payasos.

Es tan dulce a veces… Para comérsela, vamos. Y cuando no lo es, también. Porque entonces es franca, espontánea, despistada, ardiente… Hasta cabreada me resulta atrayente. Bueno, sinceramente, cabreada es cuando más. No sé por qué, pero ese fuego que desprende toda ella, ese desparpajo, esa enorme mala hostia en un cuerpo tan pequeño… Uff, eso me pone cachondo perdido.

—Acabo de apagar la cafetera. Si quieres, sírvete, ¿vale? —me dice Lidia al pasar por mi lado en dirección a donde están todos los demás—. Y si prefieres una cerveza o cualquier otra cosa, pues… Bueno, ya sabes dónde están.

—Vale. Gracias. —Se lo agradezco con una sonrisa y meto en la bolsa el último trozo de papel que veo. Entonces la dejo en una esquina, junto a la de los regalos, y entro en la cocina. Una cerveza me viene genial después de haber estado toda la tarde a Kas de naranja.

Abro la nevera, saco una botella y, después de abrirla, le pego el primer trago todavía apoyado en el electrodoméstico.

Mis ojos vuelan hacia el trozo de encimera situado al lado del lavavajillas y… nunca podré mirar esta cocina con los mismos ojos que antes.

Hace solo diez días desde que me la follé ahí mismo, solo diez. Y quiero volver a hacerlo. A ver, no es que no nos hayamos acostado más veces… Joder, me río yo solo. De hecho, lo hemos hecho todos los santos días… Pero de otra forma. Más calmada, silenciosa. Nada de sesiones salvajes o improvisadas. Con las niñas en casa eso no sería inteligente, no después de que casi nos pillaran en el ajo aquel día. Si hubiésemos tardado dos minutos más en acabar, a ver cómo les explicábamos qué diablos estábamos haciendo sobre el mármol. Pero en aquel momento ni lo pensé, solo la besé para hacerla callar y luego… se me fue de las manos. Vamos, ninguno de los dos razonó demasiado.

Así que, después de aquello, yo me cuelo en su cama todas las noches, donde me recibe con una sonrisa y tantas ganas como yo. Con la luz apagada, lo más calladitos posible y con la puerta entornada para oírlas en caso de que se levanten o nos llamen, nos dejamos llevar. Coordinados, compenetrados… Tanto que a veces me asusta.

Aunque eso tampoco es que sea nada nuevo. Lo de que Laura —o, mejor dicho, lo que ella me hace sentir— me dé un poco de miedo.

Es deseo, sí, solo deseo. Pero también la admiro, la respeto y le tengo cariño.

Le doy esta vez tres tragos seguidos a mi bebida y cierro los ojos. Por todo esto le dije lo que nos llevó a la discusión previa al polvazo sobre la encimera.

Fue un comentario hecho en un estado de relajación total, tras follar dos veces como si fuese la primera… O la última. Estaba casi quedándome dormido, tan a gusto con ella en mis brazos, tan complacido… que se lo solté, así, sin venir a cuento. Aunque sí que venía… Era casi una advertencia a mí mismo. Porque sé que nunca podré enamorarme de ella como lo estoy de Clara, nunca podré quererla igual, pero tengo miedo a mezclar sentimientos y creer… Creer lo que no es y hacerle daño. Hacérnoslo a los dos. Porque en el fondo sé que esta atracción… brutal, sí, pero atracción al fin y al cabo, va a acabar por extinguirse y… Y ya me equivoqué una vez, con Aída, intentando tener una relación de verdad cuando, por mi parte, solo había deseo. Así que esta vez no quiero cometer ese error, sobre todo porque ni Laura ni yo nos merecemos menos que lo que ya viví con Clara.

—Bueno, ¿qué? ¿Piensas beber tú solo?

Suelto un taco al sobresaltarme y miro hacia la puerta.

—Joder, Julián…

—¿Qué te pasa? ¿Desde cuándo eres tan asustadizo? —Se ríe el muy…

—Desde nunca, pero estaba aquí, pensando y…

—Pues deja de pensar tanto y saca bebida, tío.

—Y el café —dice Lidia, asomando la cabeza un instante y volviendo a desaparecer.

—Ven aquí y ayúdame, anda.

Entre los dos no tardamos nada en sacar todo al porche. Todos los adultos invitados a la fiesta —vamos, los de siempre— comienzan a sentarse alrededor de la mesa, mientras los payasos se despiden de los niños y Laura atiende ya a los padres que vienen a recoger a los cuatro amiguitos del cole que hoy no podían faltar. Llegan todos juntos, como si se hubieran puesto de acuerdo o esperado en la acera de enfrente a que la fiesta terminara.

Hago el amago de ir al menos a saludarlos, pero en ese momento Marta llega corriendo y salta literalmente a mis brazos.

—El mejor cumpleaños de mi vida, papi —dice, colgándose de mi cuello. Y sí que le ha debido de gustar, pues es raro que ella me llame con ese diminutivo.

—Me alegro, cariño, pero tienes que volver a darles las gracias a los padrinos. Los payasos son exclusivamente cosa suya.

—Muchas gracias, padrinos —les dice sin soltarme, despegando solo un brazo para comenzar a mandarles besos por el aire. Será teatrera…—. Sois los mejores…

Ellos se ríen y le guiñan un ojo.

—Lo cierto es que fue una suerte que dejaran la publicidad en la peluquería o no se nos habría ocurrido —explica Teresa—. Además, la identidad de uno de ellos es toda una sorpresa en sí.

Frunzo el ceño y la miro con curiosidad, pues no he notado nada familiar en ninguno de los payasos. Vuelvo la vista hacia los aludidos y los encuentro viniendo hacia la mesa, seguidos muy de cerca por Laura, que ya ha cumplido como anfitriona.

—Con esas pintas es imposible reconocer a nadie. —Se ríe Pedro, fijándose ahora también en ellos.

—Bueno, de eso se trata —contesta uno, porque llegan justo a tiempo de oírlo. Y, ahora que escucho su voz, sé que es una payasa y…

—¡Aída!

Pedro y yo gritamos a la vez su nombre, no sé cuál de los dos más sorprendido. Y en mi caso sé bien por qué lo estoy. A la Aída que salió conmigo tener que trabajar para vivir le parecía una gran inconveniencia, y más si, por encima, no era en un puesto especial o atractivo. Y verla ahora no solo trabajando, sino vestida así… pues es de todo menos glamuroso, ¿no?

Como creo que llevo mirándola demasiado tiempo con la boca abierta, giro la cara y observo a Pedro, esperando algún comentario ingenioso de su parte. Pero no. Él está de brazos cruzados, recostado sobre el respaldo y contemplando a Aída con una sonrisa… ¿orgullosa? Joder, ¿y esto?

Pero no me da tiempo a pensar en nada más, pues todos los demás comienzan a hablar casi a la vez, felicitándola por su increíble actuación y por esa facilidad para tratar con los niños.

—Bueno, de algo me tenían que servir cuatro años de carrera —dice Aída con naturalidad, quitándose la bola roja de la nariz y la exagerada peluca verde de la cabeza. La menea durante un momento para acomodar la oscura melena que cubre sus hombros y espalda y sonríe con dulzura al girarse hacia su compañero o compañera. Ahora ya no estoy seguro del sexo de ese sujeto en cuestión—. Puedes irte si quieres, Elsa. Y muchas gracias por todo.

—De nada, Aída. Cuando te haga falta de nuevo, cuenta conmigo. —Y, tras hacernos una reverencia graciosa, se marcha.

—Es Elsa, la hija de los panaderos, por si no la habéis reconocido aún —nos explica—. Hace poco que terminó un ciclo de auxiliar de infantil y bueno… Por ahora solo puedo ofrecerle trabajillos por horas, pero todo se andará.

—¿Entonces son verdad los rumores? —le pregunta Teresa con su morro particular—. ¿Tienes pensado abrir una guardería en el pueblo?

Aída asiente con la cabeza y acepta la silla que Laura le ofrece con una sonrisa. Hace un ratito que Marta ya corrió de nuevo junto a su hermana y Sofía, así que también tomo asiento justo donde sigo parado, al lado de mi cuñada. Que no es por nada, pero parece que ha hecho adrede lo de quedar en medio de los dos, cosa que me hace bastante gracia.

—No tengo muy claro cómo montármelo —comenta la Alonso—. En el pueblo no hay suficientes niños para sobrevivir solo como guardería, pero quizás teniendo un local adecuado para fiestas infantiles —se señala a sí misma de arriba abajo—, haciendo esto a domicilio y cuatro cosas más, pues…

—Es una idea fantástica —la elogia Lidia—. Aquí en El Pilar no hay nada parecido y…

—Yo creo que funcionaría, sin duda. Aquí, Rubio pagaría encantado lo que hiciera falta con tal de no tener nada que ver con organizar los cumpleaños de las niñas, por ejemplo. —Sonríe Laura, burlándose de mí y dándome un manotazo en el muslo, pero sin retirar la mano después. Entonces, parece caer en la cuenta de que ese gesto es demasiado íntimo y me mira con los ojos muy abiertos un instante para luego desprenderme de su contacto con rapidez. Por suerte, nadie repara en ello, pendientes de la conversación con Aída.

Conversación con la que flipo, seamos sinceros. Esta chica me ha sorprendido de una manera impresionante. No me equivoco al decir que es la primera vez que la escucho hablar con tanta ilusión de algo que no sean trapitos o cosas superficiales. Eso sin contar el sentido común y la madurez que desprenden cada una de sus palabras.

Tengo que decir que también es cierto que, desde que lo dejamos, apenas hemos cruzado más de un par de frases educadas y por compromiso, así que para mí esta Aída es nueva. Y me alegro de que haya cambiado tanto, más que nada por ella misma.

Entonces me fijo en que Laura pone en mi mano uno de los papeles que la inesperada invitada está repartiendo.

—En realidad, esto solo os puede interesar a vosotros o a Rubio —les dice la morena a Julián y Teresa. Y yo me pongo a leer el papel.

Es algo de un campamento de verano, la última semana de julio y la primera de agosto. En nada, vaya. De lunes a viernes atenderán a los niños de diez de la mañana a ocho de la tarde y las actividades programadas son del todo variadas. Un día de playa, un día en una granja, un día en el monte, un día entre caballos…

—Está genial, ¿verdad? —opina Laura, acercándose mucho a mí.

—Sí, sí que lo está, pero… son muy pequeñas, ¿no? —pregunto, refiriéndome a mis hijas.

—Bueno… Aquí pone que aceptan niños de cuatro a doce años, así que…

—Ya —digo, no muy convencido.

—El ayuntamiento se ha implicado mucho en el proyecto, así que, gracias a su ayuda, podemos asegurar un mínimo de un monitor para cada cuatro niños. Ya sé que el precio no es muy barato, pero incluimos autobús, comida y…

¿De verdad Aída Alonso ha dicho que el precio le parece elevado? ¿En serio se ha dado cuenta de que no todo el mundo puede permitirse su nivel de vida? No es que ahora sea diferente, es que la han cambiado, joder.

—A Sofi la apuntas. Ya —se apresura a decir Teresa, respaldada por su marido, que la mira con una sonrisa significativa y asiente enérgicamente con la cabeza—. Vamos, Rubio, anímate, hombre. Las tres juntas se lo pasarán genial.

Y yo… Yo acabo de caer en que soy el peor padre del mundo, porque, de pronto, al ver el gesto cómplice entre ellos dos, solo puedo pensar en diez días con las tardes sin niñas. Solos Laura y yo.

—Venga, hecho —me escucho decir sin haber pensado más que con mi puta polla.

—¿Estás seguro? —Y sí, la que me lo pregunta es la propia Aída, que hasta parece sorprendida de que haya aceptado. Si al final va a tener más sensatez que yo.

—Sí, ¿no? —cuestiono inteligentísimamente, despertando risas a mi alrededor.

—A ver, yo encantada. —Se ríe ella también—. Es solo que, como fruncías tanto el ceño mientras leías la información… Los enanos van a disfrutar de lo lindo, eso os lo prometo a todos —explica mirando ahora también a Teresa y Julián—, pero tampoco se trata de que los padres lo paséis mal, ¿eh?

—A mí me parece una experiencia maravillosa para las niñas, Rubio —intercede Lidia por la causa.

—Además, hay que ayudar a los nuevos negocios del pueblo —opina Colás, tan en su mundo hasta ahora que hasta se hace raro oírlo.

—Nosotros lo tenemos claro. Si Sofía quiere ir, que querrá… —Se ríe Julián—. ¿Hay que ir a apuntarla a algún sitio o…?

—Sí, en el mismo ayuntamiento. Antes del día veinte. Ha sido todo un poco precipitado, pero tuvimos problemas con la impresión de la propaganda, con el último permiso solicitado y… Bueno, todas esas cosas —y se dirige de nuevo a mí—. Así que aún puedes pensártelo un poco.

—No, creo que, en cuanto se enteren de que va Sofía, no me van a dar tregua. Pasaré a apuntarlas.

—Yo misma lo haré un día de estos —dice Laura mirándome—. Antes de que cambies de idea.

—Pues muchas gracias. Y gracias también por la oportunidad de hacer reír a vuestros hijos. —Aída sonríe con toda la boca y comienza a levantarse—. Que sepáis que acabo de estrenarme con ellos y me llevo un buen sabor de boca.

—Es que habéis estado estupendas. Los peques se lo pasaron genial —comenta Laura—. Y para qué vamos a engañarnos, yo, la que más.

Todos nos reímos ante esa verdad, pero a mí me viene a la cabeza en ese momento que Pedro ha estado inusualmente callado. Para lo que es él… Lo miro y observo que tiene los ojos clavados en Aída, que en ese momento empuja la silla bajo la mesa.

—Bueno, yo me voy. Gracias de nuevo.

—Pero espera, mujer —le dice Lidia—. ¿No te apetece beber algo o…?

—No, gracias, de verdad. Tengo que ir a quitarme este maquillaje y… a deshacerme de estas ropas. Pesan.

Y dejándonos otra vez con una sonrisa en la boca, sale a través de la cancela del jardín, por donde han entrado horas antes sorprendiéndonos a todos menos a los artífices de la sorpresa, claro.

—¡Vaya! ¿Esta chica siempre ha sido así de simpática y sencilla? Entonces, tengo que reconocer que tenía un mal concepto de los hijos de Alonso —comenta mi suegro en cuanto Aída desaparece de nuestra vista.

Nadie contesta sin antes mirarme a mí, lo que hace que, de repente, tenga todos los ojos de la mesa clavados en mi cara. Joder…

—¿Qué? La mayoría de vosotros también la conocía antes… —digo, poniéndome claramente a la defensiva—. Pedro, Julián…

—A mí no me mires. Cuando salías con ella, apenas pasábamos tiempo juntos, creo que estabais demasiado ocupa…

El codazo de su mujer lo frena en seco. Y eso porque no se ha dado cuenta de que llevo casi toda la frase fulminándolo con la vista. Será bocazas el tío…

Colás carraspea aguantándose la risa y Pedro apoya un codo en la mesa y se tapa nariz y boca con la mano, mirándome fijamente a mí, por lo que supongo que también estará tratando de no carcajearse.

—Nela está tardando mucho, ¿no? —Me echa un cable Laura, cambiando de tema—. Dijo que al salir del trabajo se pasaría fijo por aquí.

Y es que hoy es miércoles, pero, ya que no trabajo de tarde y mis suegros también estaban libres, decidimos celebrar el cumpleaños el propio día.

—Estará al caer. La peluquería cierra a las ocho, pero mientras se limpia y tal… —explica Teresa mirando el reloj.

—Bueno, pues yo voy dejándole el sitio… —comenta Pedro, mientras se pone en pie y nos sorprende al querer irse.

—Pero… ¿por qué te vas? —le pregunta Laura.

—Si esta noche no tienes guardia… —expone Colás.

—Ya, pero he recordado que… —deja la frase en el aire y coloca bien su silla.

—¿Qué has recordado? —lo interrogo yo. Y sí, lo hago solo por joder. Porque juraría que nos esconde algo.

—Pues que… que tengo que hablar con… con Gerardo y…

—¿Pero Gerardo no está ahora en la comisaría? —se extraña Laura.

—Sí. Sí, está…, pero… Pero tengo que decirle algo urgente y…

—Joder, tío, los teléfonos están para algo, ¿sabes? —lo presiona Colás de nuevo, y creo que, al igual que yo, se huele algo. Al fin y al cabo, este chico parece tener un don para ello y, si no, que me lo digan a mí.

—¡Joder digo yo! —explota Pedro—. Que me tengo que ir, coño. Que acabo de recordar algo de unos informes y eso no se puede hacer por teléfono.

—No, eso mejor en persona —opina Abel, siempre tan recto para el trabajo.

—Menos mal, Abel. Pensé que iban a atarme a la silla. Venga, chicos, si acabo pronto os llamo y, si aún estáis de celebración, me acerco, ¿vale?

De pronto parece tan normal que empiezo a pensar que somos unos capullos y que quizá esté diciendo la verdad.

Además, pienso mientras miro de reojo a Laura, el que no tenga algo que esconder que tire la primera piedra.

 

 

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