Por nosotros
CAPITULO 9 » Laura
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Laura
—Abuelo, abuela, ¿podemos dormir esta noche aquí?
—¡Ah, sí! Porfi, porfi… —añade Llara.
Mi padre y Lidia miran a las niñas con una sonrisa cargada de cariño, y luego a Rubio.
—Por nosotros no hay problema. Mañana los dos trabajamos de tarde —dice Lidia, sentando a Llara en su regazo.
—Gracias, abuelita —le susurra la pequeña, lo que hace que Lidia sonría todavía más. Es que creo que hasta está emocionada, todavía no muy acostumbrada a llevar ese título que se ha ganado con creces y que las niñas comenzaron a usar por iniciativa propia. De hecho, a nadie nos sorprendió ni nos molestó. Es más, mi padre está orgullosísimo de ello y yo… ¿Yo qué voy a decir? Si Lidia, después de Clara, es lo más parecido a una madre que he tenido.
—Todavía no se las des —le dice mi padre a Llara—. Tu padre aún no ha dado su permiso.
—¡Ni falta que hace! —me atrevo a decir, sin pensarlo siquiera—. Claro que pueden quedarse.
—Gracias, mam… Mina —balbucea mi ahijada, enrojeciendo ante su cada vez más frecuente error. Si al final va a ser mejor que me llame «mamina» y así ya no tengo que ver la cara rara de Rubio cada vez que la niña se equivoca.
—Podéis quedaros, desde luego —se digna a contestar por fin Chema. Y entonces se dirige a mí—. Pero la próxima vez, Laura, no decidas por mí, ¿vale?
Esa frase cae sobre mí como un jarro de agua fría. Qué digo agua. Mierda. Es como si me acabase de echar un cubo de mierda encima. Pero… ¿qué coño le pasa a este tío?
—Sin problema —le contesto sin alzar la voz, consciente del incómodo silencio que ha caído sobre la mesa y que solo logra cabrearme más—. La próxima vez que haya que limpiarles el culo después de cagar, también te llamaré para que lo hagas, no te preocupes. Solo procura estar cerca, para que no se les reseque demasiado la mier…
—¡Laura! —grita mi padre sin dar crédito. Y ya ha tardado, ¿eh? Supongo que, como todos, se ha quedado demasiado incrédulo ante mi monumental enfado para interrumpirme antes. Porque los demás pasmados también están un rato… Me miran con los ojos como platos, aunque ya veo alguna conteniendo la risa. Gracias, Teresa.
—Cariño… No creo que Rubio quisiera… —Lidia no acaba la frase, dando por hecho que entiendo lo que quiere decir, pero tampoco quita las manos de las orejas de Llara, algo que lleva haciendo desde la mitad de mi maravilloso discurso. Es que, joder, me llevan los demonios…
—No, eso es verdad. No creo que Rubio sepa ni lo que quiere —espeto mientras me levanto de la silla y cojo un cigarrillo de encima de la mesa. Necesito escaparme a solas con mi mal humor un rato.
Lo que no espero es que Chema me sujete de un brazo y me mire más cabreado de lo que estoy yo.
—Laura, joder, pareces…
—Suéltame —lo corto.
—Es que…
—Que me sueltes, joder. —Doy un tirón y me echo a andar hasta el pequeño portal del jardín, para tomar el aire lo más alejada del recinto donde se encuentra el único que es capaz de sacarme así de mis casillas y el único… Y el único por el que me muero, joder. Es que hay que ser masoquista.
¿Cómo se le ocurre decirme semejante gilipollez delante de todo Dios? Ni que hubiese decidido mandarlas a Hungría de intercambio… A las niñas les encanta dormir aquí de vez en cuando, y mi padre y Lidia normalmente no esperan ni a que salga de ellas pedirlo, las invitan ellos mismos… Y él nunca ha dicho que no. Nunca. Por eso me salió tan natural que… Ay, Dios. Ay, Dios. Y ahora seguro que piensa que lo dije para tener el piso para nosotros solos. Pues como hoy se atreva a tocarme un solo pelo…
Además, ¿qué, si así fuera? Si llevamos más de una semana follando a oscuras y a escondidas, sin cortarnos demasiado por el hecho de que las pequeñas estén a escasos metros.
Dios, si no hay quién lo entienda, en serio. A no ser que lo que en realidad lo molestara no fuese mi iniciativa, sino que Llara volvió a meter la pata, pero aun así… ¡Coño, ¿qué culpa tengo yo?!
—Laura…
Me tenso ante su voz.
—Lárgate, Rubio.
—No. Escucha… —Me coge de un brazo y me hace mirarlo. Y, genial, él también sigue enfadado. ¡Lo que me faltaba!
—No quiero oír nada de lo que tengas que decir. No ahora —le digo con calma, despacio, como si fuese cortito. Aunque, bueno…, muy normal no es.
—Pues vas a hacerlo, joder —sisea—. Sé que te debo mucho con respecto a las niñas, pero eso…
No, definitivamente me niego a oír nada de esto. O es muy posible que Chema acabe en urgencias. Me deshago de la colilla y le doy un empujón que no espera, con el que consigo soltarme, y corro acto seguido hacia la puerta principal de la casa, por donde entro con toda la intención de encerrarme en el baño.
Pero, claro, él me sigue, volviendo a agarrarme cuando ya estoy metiéndome en el baño y, ni corto ni perezoso, entra conmigo.
—Sal de aquí —le ordeno, horrorizada ahora por encontrarme encerrada con él. A solas. En casa de mi padre, por Dios.
—Cuando acabe de hablar. Y créeme, no voy a ser ni de lejos tan vulgar como lo has sido tú.
Comienzo a reírme como una demente, abochornada y ofendida hasta el tuétano. Ahora me insulta, fantástico. Pero él me tapa la boca con una mano, encajándome entre su cuerpo y la puerta.
—Nos van a oír. Deja de hacer eso —me dice.
—Mmm, mmm…
Retira poco a poco la mano, ante mis intentos de hablar a través de ella, pero, cuando ya no noto la boca aplastada, me lanzo a por ella, pegándole un mordisco.
—La puta… —se queja, rescatándola rápidamente de entre mis dientes—. Estás como una cabra, joder. Que sea la…
—La última vez que me trates así —acabo yo por él. Y empiezo a clavarle un dedo en el pecho ante cada una de mis frases—. No me ofendas. No me persigas. No me hagas callar. No me empotres contra la jodida puerta.
Pero lo hace de nuevo. Aunque esta vez es su boca la que cubre la mía, mientras mete un muslo entre mis piernas y lo restriega contra mi sexo.
Nos besamos como dos locos, él frotando esa parte de mi cuerpo que ya arde y yo haciendo lo mismo al llevar una mano a su paquete, por encima del pantalón. Es que, cuanto más furiosos estamos, más desatados nos mostramos, poseídos por el mismísimo demonio de la lascivia.
Pero, aunque tengo los cinco sentidos en él, consigo oír el timbre de la puerta, que suena en este momento. Y eso me hace despertar de este trance de lujuria y apartarlo de un brusco empellón.
—¡Qué…!
—Shh… Está sonando el timbre. Y alguien va a ir a abrir la puerta y… —Y nosotros estamos en medio del pasillo, tras una puñetera puerta, magreándonos, joder.
—Pues qué mejor que tener la boca ocupada… —susurra, intentando acercarse de nuevo a mí con una sonrisa traviesa.
—Quieto —siseo—. Joder, Chema, no podemos acabar así todas nuestras discusiones. Es que… O discutimos o follamos. No tenemos un término medio.
—Bueno, eso tampoco es así —me dice en voz baja, conciliador—. Yo también me río mucho contigo.
—¿Ahora te burlas? Genial…
—No, no es una burla, joder. Es la verdad. Creo que nadie me hacer sonreír como tú.
Me quedo mirándolo alucinada. ¿Y ahora una frase bonita? Ay, Dios, al final voy a acabar internada, si ya lo estoy viendo.
—Mira… tenemos que hablar. Como adultos. Al llegar a casa nos vamos a sentar y…
—Shh… Escucha.
Le hago caso cuando yo también oigo unos gritos a escasos centímetros. Los mismos que tiene la puerta. Ay, mamá… Que Colás y Nela están apoyados por el otro lado.
—No puedes recibirme con un beso como ese, decirme que me echaste de menos durante toda la fiesta y ahora… Ahora no querer ni oír hablar de volver a ser una pareja normal, coño —casi grita Nela, con la rabia haciéndole vibrar la voz.
Y yo asiento, porque tiene toda la razón. Pero Chema niega con la cabeza, mirándome a los ojos, y no sé muy bien lo que quiere decir con ese gesto.
—¿A qué llamas ser una pareja normal, Nela? Ya lo fuimos, ¿recuerdas? Y creo que te dejé claro que no me llegaba lo que teníamos, que quería algo más.
—Pero… ¿a qué te refieres? ¿Quieres casarte conmigo? ¿Ya?
Abro los ojos como platos y, esta vez, Chema me imita.
Colás se ríe con un sarcasmo más que evidente hasta a través de la madera.
—¿Ya? —ironiza—. Creo que eso lo quería hace más de un año, ¿no? ¿Ya, dices?
—Pero… Pero…
—Es todo o esto, Nela. Esto que a ti no te llena y que a mí… Pues ¿qué quieres que te diga? A falta de lo que realmente quiero, al menos me ahorras el pajearme.
El bofetón se oye tan claro que Chema y yo hacemos una mueca de dolor. Es que Colás ha sido cruel a conciencia, pero…
—El tío ha sido sincero, ¿eh? Es de los tuyos, joder —me suelta Rubio en ese momento, solo en un murmullo, haciendo, por increíble que resulte, que tenga que taparme la boca con las manos para reprimir una carcajada. Pero lo siguiente que oigo me quita las ganas de reír de cuajo.
—Bien, Nela. Ya me has pegado, ahora sal al porche y actúa como la cría que sigues siendo. ¡Qué pena que ya se hayan ido los payasos! —espeta Colás, furibundo.
—Eres un…
—Sí, lo que tú quieras, Nela, pero ¿podrías apartarte, por favor? Quiero entrar en el baño, si no es mucha molestia para ti.
¡Mierda! Abro los ojos hasta que me duelen y Chema apoya ambas manos sobre la puerta, por encima de mi cabeza. Sonríe con picardía antes de inclinarse y besarme. Pero ¿qué…? Noto como alguien empuja desde el otro lado, pero Chema no cede y no se llega a abrir.
—¿Hay alguien?
—¡Claro! —contesta el loco este con sus labios todavía sobre los míos. Y parece divertido el muy idiota.
—Ah, vale. ¿Vas a tardar mucho en salir? —sigue Colás, mientras hasta nosotros llegan claramente los pasos airados de Nela alejándose.
—Un pelín.
—Entonces espero.
—No, joder —susurro, para mayor regocijo de Chema, que disimula la risa—. A ti esto te pone, ¿verdad?
—Un poco, sí. ¿No me digas que no tiene su morbo? —me dice muy bajito. Bueno, muy alto no es que hablemos desde que hemos entrado aquí.
—Oye, Rubio. ¿Estás hablando con alguien o…? —dice Colás. Y, entonces, silencio durante un par de segundos en los que a Chema no se le ocurre nada que decir, y que a Colás, por lo visto, le dan mucho en qué pensar—. Vale, lo pillo. Vuelvo en un rato.
—¿Qué pilla? —pregunto espantada, casi solo moviendo los labios.
Pero Chema se ríe sobre mi boca. Y me besa de nuevo a conciencia antes de que salgamos por separado del baño.
***
Al final no discutimos al llegar a casa. Ni hablamos como adultos. Bueno, no hablamos y punto. Lo que hicimos fue lanzarnos uno sobre el otro en cuanto cerramos la puerta principal, recorrer el pasillo tropezando con las paredes, mientras nos desnudábamos y nos besábamos entre risas. Y a oscuras, porque ni siquiera nos molestamos en encender la luz.
Y ahora, pues… lo que se dice ponerme a discutir no me apetece demasiado. Estoy boca abajo sobre mi cama, con los brazos doblados bajo la almohada y mi cabeza sobre ella, girada hacia el lado contrario a Chema. Aun sin verlo, sé que él está tumbado de costado, con la cabeza sobre una mano mientras desplaza muy suave y lentamente la otra por mi espalda, desde la nuca hasta donde comienza el trasero, una y otra vez.
No puedo evitar dejar escapar algún leve gemido ante el placer de su caricia, restregándome sutilmente contra la sábana cuando toca algún punto demasiado sensible que me produce un delicioso escalofrío.
—Eres como una gatita. Hasta ronroneas —susurra, acercando su cara hasta mi nuca, y me hace temblar con su aliento.
—Sí, pero no olvides que también tengo garras.
Mierda, ¿por qué he dicho eso? Con lo bien que estábamos… Pero supongo que mi subconsciente no quiere olvidar nuestra conversación pendiente, esa en la que debería disculparse. Aunque, bien pensado, estoy segura de que él considera que debería hacerlo yo, así que… acabaremos discutiendo. Si por algo no me apetecía a mí sacar el temita…
—Y me encantan tus garras —murmura de nuevo contra mi nuca, sorprendiéndome y consiguiendo que lo mire. Las luces siguen apagadas y la única iluminación que entra en mi dormitorio es la de las farolas de la calle a través de la persiana que sigue abierta, por lo que muy bien no lo veo, pero, con mis ojos acostumbrados ya a la penumbra, esta resulta perfecta para disfrutar de una charla intrascendente antes de que se vaya a su cama, como hace todas las noches.
—Ahora ya sé por qué te gusta enfadarme —replico con una sonrisa, y él se ríe por lo bajo.
—A veces te pones histérica, pero otras… resultas muy graciosa, sí.
—Anda, qué bien… Ahora soy tu payasa.
«Joder, Laura, pero qué boquita».
Porque, claro, ante esa palabra, a mí me viene a la mente Aída y a él… pues supongo que también. Sería de lo más normal, ¿no? Y como no quiero que piense que me supone un problema hablar de ella, lo hago. Aunque imaginarme que tuvieron una historia… Que ahora están los dos libres… Que ella es una morenaza impresionante y que yo a su lado solo soy una canija pelirroja con demasiadas pecas y una lengua incapaz de controlar… no me resulta del todo indiferente.
—Tiene razón mi padre, ¿eh? Al final los Alonso no van a ser en realidad como todos pensábamos. De hecho…, yo a Aída apenas la he tratado nunca, pero me ha sorprendido para bien. Parece una chica estupenda.
—Bueno… sí. Pero Aída está… distinta. No sé… mejorada. Sí, esa es la palabra.
Trago saliva e intento seguir la conversación con una naturalidad que ahora tengo que fingir. ¿Mejorada? Vamos, ideal… Si ya antes lo hacía estar muy ocupado, ahora… Ahora incluso ha parado de acariciarme y ha dejado quieta la mano al final de mi espalda.
—¿Quieres decir que, cuando salíais juntos, no era así?
—No. Ella era… diferente —dice, sin aclarar nada, joder—. Y con respecto a su hermano, sigo pensando lo mismo. Que es un puto capullo —acaba, hablando casi entre dientes.
—Pues yo tengo que reconocer que comienzo a tener mis dudas sobre eso. Quizá no es tan malo después de todo. Trabajando en su casa conocí otra faceta suya y aquella noche en el Pantera se portó muy bien conmigo. Es bastante prepotente y se cree muy gracioso, pero…
—Es un idiota, niño de papá y un bueno para nada. Eso es lo que es.
—Joder, lo de «bueno para nada» te ha quedado muy de telenovela. —Me río—. Además… ¿sabes, Chema? No todos somos buenos para todo el mundo ni tenemos por qué caer bien. Así funciona…
—Vale, en eso te doy la razón. Pero te digo yo a ti que Selmo solo es majo cuando espera algo a cambio. Si no, es un capullo.
—Pues eso que tú dices son palabras de alguien muy desconfiado. No sabía que eras tan… así.
—Laura, de verdad, con el carácter que tienes… y a veces qué ingenua eres, Jesús.
—¿Con el carácter que tengo? ¿Qué quieres decir exactamente con eso?
—Solo que tienes una mala hostia de cuidado.
—Pues hace un rato te he oído decir que eso te gustaba.
—Sí, pero me gustaría más si la usaras también con Selmo.
—Y lo hago, pero cuando me da motivos, que no es el caso. Últimamente él…
—Él es agradable contigo. Ya. No seas ilusa, por favor.
—Y ahora me insultas de nuevo… —suspiro, frustrada ante su manera de cerrarse en banda.
—No te ofendas tanto, que has empezado tú.
—¿Yo? ¿Cuándo?
—Me has llamado desconfiado.
—Porque lo eres.
—No, no lo soy. Alonso es un gilipollas y punto.
—Y tú muy obtuso, ¿no?
—Mira, Laura, no quiero seguir discutiendo, de verdad.
—Ah, pero… ¿esto es una discusión? Para ser de las nuestras es bastante flojita, ¿no? —bromeo, primero porque lo pienso y segundo porque no quiero que acabemos enfadándonos y se vaya. Todavía no.
—Tienes razón. —Se ríe él ahora, comenzando a hacerme cosquillas en la cintura—. Deberíamos discutir más fuerte, así volveríamos a follar seguro. Venga, vamos, grítame.
Pero lo que hago es reírme a carcajadas. Y no solo por las cosquillas. Es que tiene cada cosa… Y cuanto más me río, más se ensaña él, atacando ahora mis axilas, y, al retorcerme, yendo a por las corvas de mis rodillas, hace que acabemos enrollados en la sábana que nos cubría.
Y las risas dan paso a un beso, como no podía ser de otra manera. Pero es un beso extremadamente dulce, donde participan nuestros labios, mientras la punta de nuestras lenguas solo llegan a rozarse casi con timidez. Es, sin duda, el beso más tierno que nos hemos dado nunca. Uno en el que pongo todo el amor que la mayoría del tiempo no puedo demostrar.
Cuando nos separamos, los dos reímos con suavidad, sin saber por qué. Yo escondo mis dos manos unidas bajo la cabeza, para no llevar una a su mejilla y acariciarla, como me apetece. O peinarle el pelo con los dedos mansamente. Todo ello demasiado entrañable para la relación que acepté tener.
Es él el que me las retira de allí y las lleva a su pecho, abrazándome luego con fuerza. Yo entierro la cara en su cuello y…
—¿Y cómo de mejorada está Aída?
«Sin comentarios, Laura». Por Dios…, ¿cómo se me ocurre? Soy tonta, soy…
Chema suelta una carcajada tremenda y me aprieta más contra él.
—¿Celosilla, Laura?
Me aparto un poco, cosa que él consiente, aunque no me suelta del todo y quedamos los dos acostados de lado con las caras muy cerca.
—Nah… —respondo burlona, lo que me hace sentir orgullosísima de mí. Porque sí, estoy muerta de celos, joder—. Es solo curiosidad…
—¿Segura? Yo creo que sí lo estás —me espeta, la mar de divertido.
—Pues no, presumido. No lo estoy. Si quieres algo con ella, adelante. De hecho, que sepas que yo también tengo posibilidades con Selmo, ¿sabes? Se me insinuó en varias ocasiones. ¿Te imaginas? Seguiríamos siendo cuñados.
Y entonces sí que me suelta y se gira un poco. Me muerdo el labio inferior y luego la lengua. Es que debería cortármela… He hecho lo peor que podía hacer, meter a Clara en la cama en la que acabamos de follar. Joder…
Chema enciende la lamparilla de la mesilla de noche y se queda boca arriba, con los brazos estirados a los costados y la mirada clavada en el techo. Abre la boca y la cierra, como si no supiera qué decir o lo que se le ocurriera le pareciese muy mala idea. Y cuando estoy a punto de disculparme, habla por fin, dejándome perpleja al saber qué es lo que lo ha alterado tanto.
—¿Se te insinuó? ¿Cuándo?
—Eh… No tiene importancia, Chema. Estaba bromeando. Nunca le hago caso cuando se pone en ese plan.
—¿En ese plan? A saber… ¿Cómo se pone, Laura? —Y ahora sí me mira de nuevo.
—Por Dios…, ¿quién es ahora el celoso? —le suelto, aunque en el fondo no me moleste su actitud como debiera.
—No son celos, joder… Es solo que… Cuando te hablé del respeto dentro de esta… relación, me refería a fidelidad, Laura. Si alguna vez vas a aceptar alguna proposición de otro, pues…
—Estás de coña, ¿verdad? Estoy contigo. De la manera que sea, pero contigo.
Él parece respirar aliviado. Y yo no lo entiendo. De verdad que no. Era virgen la primera vez que me acosté con él, con veinticinco putos años. ¿Qué le hace suponer que voy a acostarme con otros ahora que…?
—Yo también te voy a ser fiel —expone como si tal cosa.
—Hombre, lo daba por hecho —respondo un tanto ofendida. Y alucinada.
Debe de notarme el tono, porque sonríe travieso.
—Ingenua… ¿Ves?
—¿Qué? —grito, pero él sonríe todavía más y comienza a reírse, haciendo que yo lo imite al darme cuenta de que se cachondeaba de mí con ese último comentario.
Lo empujo, le doy un par de golpes en el pecho y luego le muerdo una tetilla al notarlas duras al tacto. Pero termino lamiéndosela, porque lo que empezó como una pelea tonta pues… me ha puesto tontorrona.
—Mmm… —gime él—. ¿Te he dicho que también me encanta esa lengua que tienes?
Sonrío y, apoyando la barbilla en su pecho, lo miro a la cara.
—Guarradas no me has dicho muchas, no.
—¿Así que quieres oír guarradas? —me pregunta entre risas.
—No sé… Sí, creo que me gustarían.
—Estoy seguro. —Sigue riéndose él.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué estás tan seguro, a ver, listillo?
Él captura mis mejillas entre sus manos y tira un poco de mí, mientras también se acerca, nos encontramos a medio camino y me besa en la boca.
—Porque creo que, sexualmente hablando, somos demasiado parecidos —susurra, haciendo que me venga algo a la cabeza. Algo un tanto atrevido, pero… qué carajo.
—Seremos parecidos, pero yo aún no la he visto.
—¿Qué? —Entrecierra los ojos, confuso—. ¿De qué hablas?
—De ella. —Miro hacia abajo, a su entrepierna, donde la sábana sigue envolviéndolo. Es que es cierto, lo hemos hecho en varias ocasiones, pero verla, lo que es verla… pues no.
Chema empieza a carcajearse tan fuerte que me hace rebotar sobre él.
—Adelante —consigue decir, haciéndome señas también con los ojos—. Toda tuya.
Levanto la sábana y la miro, ya en todo su esplendor.
Y entonces bajo poco a poco por su cuerpo, acercándome más a su erección. Y al llegar a ella, no me basta con solo mirarla.
—Yo también quiero que pruebes tu sabor en mi boca —me encuentro diciéndole, guiada solo por la excitación que siento ahora mismo. Y que crece todavía más cuando lo escucho jadear.
—Pues toda tuya. Toda tuya, joder.