Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 10 » Chema

Página 33 de 113

Chema

 

 

—¡Va a venir Ana! ¡Dios, qué ganas de verla! ¡Viene Ana! —exclama Teresa en cuanto cuelga el teléfono.

—¿Hace mucho que no la ves? —pregunta Laura con una sonrisa.

—Muchísimo. De hecho, no conoce ni a Sofi. ¡Dios mío, Julián, viene Ana!

—Sí, cariño, ya te hemos oído. ¿Pero viene para quedarse o…?

—No lo tiene claro. En el fondo creo que quiere hacerlo, pero como allí tiene trabajo fijo y tal… En principio viene dos semanas en agosto. Y pienso pasar con ella todo el tiempo que pueda. ¿A vosotros nos os hace ilusión verla?

—Sí, claro. Pero, desde luego, no tanta como a ti —se burla su marido, pues ella hasta se ha puesto de pie y pasea nerviosa alrededor de la toalla.

Sonreímos sin querer ofenderla con nuestra risa y me intereso un poco por esa amiga de mi mujer que siempre me cayó bien.

—¿Se acerca con su novio? —pregunto lo primero que me viene a la mente.

—No. Lo han dejado hace unos meses. Las cosas llevaban tiempo mal entre ellos y…

—Bueno, entonces no me extraña que le apetezca volver en un futuro para quedarse. Al fin y al cabo, se fue por él y ahora se encontrará bastante sola —opino.

—Sí. A ver, ha hecho amistades, claro… Pero sí. No está atravesando el mejor momento de su vida.

—Entonces habrá que hacerle disfrutar las vacaciones, ¿no? —interviene Laura—. Tendremos que hacer una salida de chicas, Tere. Y hasta podríamos irnos a Luarca o a Cudillero y pasar el día de compras, haciéndonos la manicura o incluso ir a darnos un masaje.

—Joder, Laura, tienes siempre unas ideas increíbles. Me apunto. Organizamos el tema niñas y nos largamos a algún sitio solas.

—Si es un sábado, están aquí sus padres para hacer de niñeros —continúa la pelirroja, mirándonos a Julián y a mí con ojos retadores. A ver quién le dice lo contrario…

—Por mí, vale —comenta Julián—. Aunque eso del masaje… No sé, no lo veo yo muy claro. ¿Quién lo da? ¿Un tío o una tía?

—A ver… Habrá de los dos. Pero yo casi prefiero un hombre, eh, que tienen más fuerza en las manos y…

Julián carraspea en alto y Laura se interrumpe rompiendo a reír a carcajadas.

—No lo veo, no —repite Julián, echándole una mirada fugaz a su mujer.

—¡Por Dios, no seas neandertal! —protesta Laura—. Ellos están más que acostumbrados a tocar a mujeres semidesnudas. No lo ven como algo…

—¡No me vengas con chorradas! —se exaspera Julián, haciendo que tenga que disimular la risa. Pues sí que es celoso el chico—. Una mujer casi desnuda delante de un tío es una mujer casi desnuda, y punto. Y ellos estarán acostumbrados, ¡pero yo no, joder!

—¿Tú no estás acostumbrado a ver a una mujer casi desnuda? —cuestiono yo, sin poder evitar burlarme un poco de él—. ¿En serio? Teresa, por Dios…

—Vete a cagar, Rubio. Sabes a qué me refiero —me suelta él, tan cabreado que está todo rojo.

—Bueno, bueno, tranqui, cari. Será una mujer o no habrá masaje —lo tranquiliza Teresa, aunque entre risas.

—Ah, no, de eso nada. Ahora ya me he hecho ilusiones —se queja Laura poniéndose de rodillas sobre la toalla y llevando las manos a sus caderas—. Hay que ir.

—Joder, pero ¿tú no tienes quién te dé uno gratis, mujer? —le dice Julián, intentando convencerla de no hacer lo que a él le causa tanto recelo—. Mira, pídeselo a Rubio, seguro que no se niega. Te lo daría yo, pero…

—¡Eso sería tener mucho morro, macho! —le grita Teresa, dándole un manotazo.

—Pero eso mismo —reconoce el moreno, sonriendo ahora. Y entonces me mira, insistiendo sobre lo anterior—. Así que, Rubio, ya sabes… Dale un masajito y a ver si le quitamos esa idea de la cabeza.

Sonrío de medio lado y meneo la cabeza, dando por finalizado el puto temita. Pero cuando, un poco después, mis amigos se ponen cariñosos, pues tantos celos parecen haberlos puesto cachondos, miro hacia Laura, que también tiene los ojos sobre mí. Sonreímos cómplices y con disimulo, pero yo incluso me atrevo a levantar el pulgar en señal de OK. De que puede contar con ese masaje siempre que quiera.

Ella ahoga una risita escondiendo la cara entre los brazos, de nuevo acostada en su toalla, y yo me recoloco el paquete antes de acomodarme en la mía, de manera que pueda controlar a las niñas y, a la vez, esconder lo alterado que me acaba de poner imaginarme usando ese aceite que compré y que no hemos estrenado.

Sé que me comporto como un jovencito descubriendo el sexo por primera vez, pero con Laura todo es tan… tan increíble. Es inocente, pícara y atrevida en la cama. Una mezcla tan cautivadora que me tiene como un adolescente, siempre a punto.

Y lo de ayer… Jesús. No recordaba la última vez que me habían hecho eso. No recordaba ya las sensaciones, el morbo… No recordaba el calor de una boca en mi polla, joder.

Con Clara pues… se lo pedí una vez y se puso tan colorada y nerviosa… tanto que desistí. Y nunca volví ni a insinuárselo, esperando que saliera de ella. Y quizá ella estaba aguardando a que volviese a pedírselo. Así, los dos como dos tontos. Porque con ella… Con ella yo… No sé qué me pasaba. Me sentía como si intentara corromperla y, aunque el sexo era genial, nunca salíamos de lo de siempre.

Cierro los ojos y los aprieto con fuerza, así como mis puños, cuando me doy cuenta de lo que estoy pensando. ¿Qué mierdas estoy haciendo? ¿Comparándolas? ¿En qué coño me estoy convirtiendo? No hay ni punto de comparación. Ellas son distintas, nuestras relaciones son distintas, mis sentimientos son distintos. Tratar de equipararlas es un insulto hacia el amor que Clara y yo nos profesamos. Es un insulto hacia ella, joder.

Con mi mujer no solo era sexo… No voy a decir que era lo de menos, porque mentiría, pero sí que simplemente era algo más que nos unía. Algo mágico, dulce… Algo como la propia Clara.

—Rubio… —oigo a Laura demasiado cerca. Levanto la cabeza y la miro, todavía cabreado conmigo mismo y con mis estúpidos pensamientos—. ¿Puedes echarme un poquito de crema justo en medio de la espalda? No llego y me estoy quemando.

Pestañeo y no puedo creerme que me esté pidiendo eso, justo ahora, en este preciso momento. Ni siquiera ha hablado con segundas intenciones, sino que hasta parece algo tensa por tener que recurrir a mí. Miro hacia Teresa y Julián, que están muy entretenidos el uno con el otro, prodigándose caricias despistadas y hablando en susurros. Y vuelvo la vista hacia Laura, que seguro que no entiende por qué no cojo la crema que me alarga.

—Si te quemas, será mejor que te pongas la camiseta, ¿no? —digo sin pensar. Solo evitando tocarla en estos instantes en los que me siento tan mal conmigo mismo.

Ella se queda tan perpleja que incluso echa el cuerpo hacia atrás. Tiene los ojos como platos y abre y cierra la boca, sin saber qué contestarme a eso. Y yo me siento un puñetero miserable por hacerle pasar este mal trago, joder. Ella no tiene la culpa de mis putos traumas, problemas o pajas mentales. Ella no tiene la culpa de no ser Clara. De hacérmelo pasar mejor en la cama y que por ello me sienta culpable.

—Lo siento —suelto deprisa, moviendo ya la mano para coger el protector.

Pero ella lo pone fuera de mi alcance y entrecierra los ojos.

—Háztelo mirar, eh. Háztelo mirar, que comienza a ser grave —sisea en voz baja.

—Perdona, Laura. Es que…

—¡Queremos merendar! —gritan las tres niñas, una detrás de otra, llegando corriendo desde la orilla.

—¡Bocadillo de Nocilla, mamá! —exige Sofi, haciendo que sus padres se separen a la de ya—. ¡Primero el bocadillo!

—¿Nosotras también tenemos Nocilla, papi? —pregunta Llara, sentándose a horcajadas sobre mi espalda.

—Pues no sé… —contesto todavía un poco aturdido por lo sucedido antes—. La madrina se encargó de la merienda.

—Sí, también tenéis —le dice Laura, sacándola de dudas—. Y uvas.

—¡Uvas! ¡Me gustan mucho las uvas! —chilla mi pequeña.

—A mí también —comenta Marta, acomodándose entre Laura y yo—. Además, son buenísimas para hidratarse y con este calor… Y contienen antioxidantes que…

—A mí lo único que me importa es que están muy ricas —la interrumpe Llara, mirándola con los ojos muy abiertos, como cada vez que mi hija mayor se pone en modo Wikipedia. Y eso, a pesar del momento tenso y casi violento de hace unos minutos, me hace sonreír.

—Pues venga, a merendar —dice Laura mientras comienza a sacar la comida de una pequeña nevera portátil.

—Vale, Mina. —Y entonces Llara salta de mi espalda a sus brazos, por lo que las dos acaban tumbadas sobre la arena—. ¡Eres la mejor mami del mundo!

Juro que mi corazón se mueve al oír esa exclamación que la niña cree haber susurrado en el oído de su madrina. Da una voltereta y luego duele, como cada vez que sucede esto. Joder, quizá tendría que empezar a acostumbrarme, pero… no puedo. No quiero.

Cierro los ojos durante unos segundos, en los que respiro hondo y no quiero darle más importancia al asunto volviendo a corregirla. Y, cuando los abro, me encuentro con Marta mirándome con atención. Con demasiada atención.

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page