Por nosotros
CAPITULO 10 » Laura
Página 34 de 113
Laura
—Papá, ¿puedo hacerte una pregunta?
Hace unos minutos que Llara y Sofi han vuelto a la orilla, esta vez empeñadas en hacer una montaña de arena que el agua acabará por arrasar. Los mismos minutos que Marta parece llevar reuniendo coraje para hablar con su padre. O, al menos, que lleve un rato de pie, mirándolo de reojo, mientras cambia su peso de un pie a otro, es lo que me hace suponer eso.
Chema sonríe levemente y la hace sentar en su toalla. Yo todavía sigo a su lado, pero me he apartado un pelín y no he vuelto a dirigirle la palabra. Estoy más que harta de sus frases bordes y sus cambios de humor. Y después hablan de nosotras y la regla… Por favor.
—Dime, cariño.
—Pero no te enfades, ¿vale?
—No, no me enfado —suspira él—. A ver, dime.
Yo presto atención a la conversación, porque es más que probable que esta tenga un trasfondo importante. Sobre todo al ver como la niña parece pensarse mucho la pregunta que hacer a continuación.
—¿A ti te parece mal que llamemos abuela a Lidia? —prosigue en apenas un susurro. Observo de reojo a Teresa y Julián, que también están atentos a padre e hija, y vuelvo de nuevo mi atención a ellos, tan pendiente de la respuesta de Chema como la propia Marta.
—No, para nada —contesta él, quizá demasiado rápido. Lo digo por…
—Entonces… ¿por qué te molesta tanto cuando Llara llama mamá a la tía?
¡Bingo! Si me la esperaba, joder. Es que esta niña no da puntada sin hilo… Aunque el haber imaginado de qué iba el tema no impide que retenga el aliento igualmente. Y ahora sí que no quiero perderme palabra, porque creo que sé los motivos de Chema, y una parte de mí hasta lo entiende, pero la mala pécora que llevo dentro quiere ver cómo sale de esta.
Él traga saliva y… traga de nuevo. Sopla con suavidad y mira hacia arriba, como si buscase algún tipo de inspiración divina.
—Mira, papá… Yo sé que Llara es pequeña y la sale esa palabra porque la tía… Pues es la que ahora nos cuida, ¿no? Pero quiero decirte que… que a mí también me gustaría poder llamarla así, aunque no se me escapa porque ya sabes que yo pienso mucho más y mejor que ella y… Bueno, y eso.
—Marta… —logra articular Chema cuando su hija deja de hablar—. A ver…
—Yo sé que te enfadas cuando la oyes, por eso yo no voy a hacerlo. Aunque quiera. Es solo que quiero saber por qué. Si con la abuela Lidia no te importa… Yo no entiendo.
Y entonces Chema me mira. A mí. Implorándome con los ojos ayuda. Con unos ojos tan tristes que, a pesar de lo molesta que sigo con él, no puedo evitar concedérsela. Además, en este caso también hay una niña que se merece una explicación. Una que me incumbe tanto que se me ha puesto el estómago del revés.
—Marta, cariño, ven aquí —le pido abriendo los brazos—. Quiero decirte algo.
Ella mira a su padre, no sé si esperando que sea él el que hable de una vez o pidiéndole permiso, pero Chema asiente con la cabeza varias veces, así que acaba por levantarse y sentarse entre mis piernas. Paso mis brazos por debajo de los suyos y le cojo las manos.
—Tú sabes que mi mamá también murió cuando yo era pequeña, ¿verdad? —le digo, sin saber muy bien aún qué va a salir de aquí. Solo me dejo guiar por el corazón y por el amor, en este caso a mi hermana y a sus hijas—. Pues yo no me acuerdo de ella. Cuando se fue, era mayor que tú, pero no tengo ningún recuerdo suyo.
—¿Cuántos años tenías, tía?
—Seis, cariño. Tenía seis años.
—Ah. ¿Y no la recuerdas nada de nada?
—No. Tanto como tú.
—¡Tía! Yo es imposible que lo haga. Cuando nací ya…
—Sí, ya no estaba. Por eso, que llames abuela a Lidia no es malo, sino maravilloso. Porque es la única que conociste como tal.
La niña voltea la cara para mirarme y entrecierra los ojos. Juraría que comienza a saber a dónde quiero llegar. Mi niña lista…
—Pero… a mamá la recuerdas, ¿verdad? —prosigo con dulzura.
—Sí. A mamá sí. Recuerdo cosas… Cómo nos cantaba cuando nos acostaba. Lo suave que tenía el pelo. ¡Recuerdo sus galletas, calentitas cuando las sacaba del horno! A veces me dejaba ponerme una manopla y ayudarla…
Tengo que hacer verdaderos esfuerzos para que las lágrimas se mantengan dentro de los ojos. Pero empiezan a rebosar y, por mucho que pestañeo, creo que no voy a lograrlo. Es que hay que verla… No es solo lo que dice, sino el cómo. Está con la vista fija en un punto indeterminado, y baja mucho la voz o la eleva, como si los recuerdos le fuesen llegando a cuentagotas y se emocionara al recuperarlos.
Oigo un suave sollozo tras de mí, pero no hago por mirar a Teresa. Bastante tengo yo… Sobre todo porque frente a mí está Chema, que parece a punto de romperse.
—Y nos medía… —continúa la niña, ajena al dolor que está causando a su alrededor—. Nos medía mucho para hacernos ropa. ¡Y siempre se alegraba porque veía que crecíamos! Claro que crecemos, somos niñas, ¿no? No sé por qué se ponía tan contenta, pero a mí me gustaba verla así. —Entonces hace una pausa y vuelve a buscar mis ojos, pensativa.
Chema aprovecha ese momento para levantarse y acercarse a la orilla. Como si no soportase oír ni un comentario más. Lo veo pasarse la mano por el pelo una y otra vez y comprendo perfectamente cómo se siente. Demasiada emoción, difícil de asimilar. Recuerdos bonitos impregnados de tristeza. Esa contradicción dañina que siempre acarrea la muerte.
Tengo que reconocer que, cuando regresa sobre sus pasos y se sienta de nuevo, posa una mano en el cabello de Marta y se lo acaricia, incluso me sorprende. Pero también me gusta. Mucho. Y me hace estar orgullosísima de él, de que sea capaz de empezar a dar estos pequeños pasos cuando antes huía siempre ante una escena de estas características. Aunque sea duro, no puede permitirse escapar de ellas. Son sus hijas y lo necesitan. Me alegra una barbaridad que comience a darse cuenta y a ponerlas por delante de sus propias necesidades.
—Pero… ¿sabéis una cosa? —sigue mi sobrina, implicándonos a los dos en la conversación, tras mirar a su padre ahora casi con vergüenza—. A veces no recuerdo su cara. Y entonces corro a mirar una de las fotos que hay por casa, y ya me acuerdo. Llara está segura de que mamá nos está mirando desde el cielo… No se enfadará conmigo por eso, ¿verdad?
—No, cariño. No. Eso que te pasa nos pasa a todos —improviso, intentando quitarle hierro al asunto—. Mira, ahora, por ejemplo, no me acuerdo de la cara de… de Pedro.
—Pero tía… Si lo viste ayer.
—Lo sé, y tan pronto lo vuelva a ver me parecerá absurdo haberme olvidado de ella. Eso se llama lapsus —medio me invento—. Cuando el cerebro tiene demasiada información, pues alguna la deja por ahí, un poquito de lado.
Ella frunce el ceño, atenta a cada una de mis palabras.
—Y, claro, como yo soy tan lista y tengo tantos datos en mi cabeza… —dice al cabo de unos segundos, dando por buena mi explicación—. ¿A ti también te pasa, papá?
—Sí, princesa, a mí también —le responde él con ternura—. Y tu cabecita trabaja el doble que la de cualquiera, así que no te preocupes si te hace esas jugarretas alguna vez.
—Lo importante es que tú tienes recuerdos preciosos de mamá, cariño. Preciosos de verdad. Y son esos los que se guardan en el corazón y no se olvidan jamás —prosigo yo. Porque considero que recordar las emociones y los sentimientos que nos inspiraba la gente que ya no está es mucho mejor que cualquier imagen grabada en el cerebro.
—Sí. Ella era muy buena. Nos daba tantos besos… Y sonreía mucho. ¿Tú también la echas de menos, tía?
—Todos los días, cariño —contesto con sinceridad. Y algo dentro de mí comienza a doler, porque es cierto lo que digo, pero me hace sentir hipócrita. ¿Cómo pueden convivir dentro de mí la añoranza por mi hermana con el amor y el deseo hacia su marido? Es que la echo muchísimo de menos y, al mismo tiempo, sé que no podría estar con Chema si ella aún estuviera. Y a él lo quiero con locura… Pero a ella también, y sé que, si fuese posible su regreso, volvería a alejarme. Aunque una parte de mí lo llorase por siempre.
Mis reflexiones me llevan a mirarlo y lo encuentro con la vista fija en su hija, el ceño fruncido y tanto dolor en sus ojos como probablemente hay en los míos.
Marta baja la cabeza y piensa en mis palabras, sin darse cuenta del caos que ha sembrado en mi mente y, seguro, en la de su padre. Sacudo mis pensamientos, tan repetitivos y sin solución, centrándome de nuevo en la pequeña. Y cuando creo que ya lo tiene todo más o menos claro y que he hecho un gran trabajo…
—Papá, ¿somos malas hijas por pensar en llamar a la tía así? —suelta sin mirarnos.
—¡No, joder! Mierda, perdón. Ay… Olvida los tacos, ¿vale? —hablo muy deprisa, sin darle tiempo a Chema ni a contestar. El pobre solo ha negado una vez con la cabeza antes de que yo interviniese. Carajo, es que no he podido evitarlo.
—Vale. —Se ríe ella, aunque es una risa triste, huidiza, que desaparece así como llega.
—No sois malas hijas por eso; en todo caso, unas sobrinas maravillosas. Porque yo me sentiría muy halagada, Marta, estoy muy orgullosa de vosotras y os quiero muchísimo. Pero… No es que papá se enfade por ello, cariño, es que se pone triste. Al darle ese nombre a otra que no sea vuestra madre… —Clavo mis ojos de nuevo en él, que traga saliva compulsivamente.
—Cree que la olvidaremos. O que ya lo hemos hecho —acaba ella la frase por mí.
—Sí, cariño —suspiro aliviada. Pero aliviada de verdad. E incluso no me importa que alguna lágrima rebelde moje mis mejillas.
—Marta… —llama su atención Chema, carraspeando para aclararse la voz, tomada por la emoción—. Ven aquí, mi vida.
La niña se refugia en sus brazos de un pequeño salto y le acaricia el mentón.
—Ahora entiendo por qué te pones así, papi. Porque tú tampoco quieres olvidarla, ¿verdad?
—No, cariño. Ninguno de nosotros va a olvidarla nunca.
Y tiene razón. Lo sé. Ninguno lo haremos. Lo tengo tan claro que, una vez más, la esperanza que surge cada vez que estoy en sus brazos se hace añicos.
***
Acaricio la foto con las yemas de mis dedos. Le doy la vuelta y leo una vez más las palabras escritas en ella. Y me convenzo a mí misma de que estoy haciendo lo correcto. Disfrutando el presente, dejándome llevar por él, aferrándome a lo que Chema puede ofrecerme. Y sí, quizá esté usando esta foto y estas líneas como excusa para ello, pero siendo honesta… Aun sintiéndome a veces mal por ello, ahora mismo tampoco sería capaz de renunciar a lo que estoy viviendo con él.
Es que es tanto lo que me hace sentir… Y no me refiero solo a lo físico. Un ejemplo evidente es que, después de lo sucedido en la playa, se me pasó de todo el enfado. Lo único que experimenté fueron unas ganas inmensas de verlo sonreír de nuevo. Hacerlo feliz se ha convertido en mi misión, aunque sea bajo sus condiciones.
—Laura…
Alzo la vista y coloco una mano abierta sobre mi muslo, escondiendo la foto. Estoy sentada en mi cuarto, donde me he recluido mientras él acostaba a las niñas, lo que le ha llevado más tiempo de lo normal.
Todavía lleva el pelo húmedo, pues ha sido el último en ducharse, justo después de cenar. Le cae un poco sobre la frente y se lo aparta con un ademán casi brusco antes de intentar meterse las manos en unos bolsillos que, en ese pantalón de pijama, no tiene. Cuando se da cuenta, se palmea los costados y deja caer los brazos, resoplando.
—Siento mi comentario sobre la crema. Fui bastante borde —dice muy rápido, sin ser apenas capaz de mirarme a la cara.
—No pasa nada. Está olvidado.
—Ya, pero es que…
—¿Las niñas, qué? No querían dormirse, ¿eh? —pregunto casual, intentando cambiar de tema mientras, con disimulo, meto la foto entre unos papeles sobre mi escritorio.
Él sonríe de medio lado y se rasca la nuca.
—Llara ha caído como un tronco en cuanto ha tocado la almohada, pero Marta… Hoy tiene el día —explica encogiéndose de hombros, sabiendo que entiendo de qué habla.
—¿Ha vuelto sobre lo mismo? Creí que…
—No. Era… otra cosa. Y gracias por eso, por cierto. Yo no hubiera sido capaz de enfrentarme solo a esa conversación. Soy pésimo para ello. Soy un desastre como padre, joder. Me…
Meneo la cabeza, no queriendo que continúe. No. Más no, por favor. Por hoy ya he tenido más que suficiente. Me incorporo deprisa y pongo dos dedos sobre su boca.
—No quiero volver a oírte decir eso. Lo haces lo mejor que puedes y eres un buen padre. Así que deja de decir burradas y dime, ¿qué te apetece hacer? —acabo preguntando sin pensar. Y, cuando caigo en que eso puede tomarse de muchas formas y no es el momento, continúo casi acelerada—. ¿Vamos al salón? Podemos ver una serie, una peli o… O algo.
Él asiente, cediéndome el paso, y uno tras el otro nos encaminamos allí. Voy directa al sofá y me siento recogiendo las piernas y tapándolas con la amplia camiseta que uso para dormir, mientras él se acerca primero a la nevera y después se aproxima con dos cervezas y un cigarrillo para cada uno.
Ni siquiera llegamos a encender la tele, solo acierto a recostarme un poco más cuando coge mis pies, los pone sobre su regazo y me los masajea con una sola mano al tiempo que disfruto de largas caladas.
—Esto es lo mejor del mundo —suspiro minutos después ante el placer de su tacto, el silencio y la paz que nos rodea—. Adoro a las niñas y lo sabes, pero… Dios, qué bien se está.
—Joder, mira que has pisoteado veces mi ego, pero ahora acabas de aplastarlo.
Lo miro un instante con extrañeza, hasta que su mirada maliciosa me aclara el comentario.
—¡Oh, cuááááánto lo sieeento! —canturreo con burla. Luego me echo a reír cuando él se lleva una mano al pecho y hace una mueca de dolor.
Y, de repente, deja de hacer el tonto y me mira con atención.
—¡Qué bien sienta oírte reír después de un día como el de hoy, joder! —exclama. Y luego hasta parece sorprendido de haber dicho eso. De hecho, resopla y se pasa las manos por la cara—. Quiero decir que…
—Ha sido un día duro —lo corto yo, sentándome derecha y obligándome a no ser egoísta por segunda vez. Chema pocas veces habla de sus sentimientos y hacerlo es bueno. No solo eso, sino incluso necesario. Ojalá yo pudiera seguir su ejemplo.
—Sí —continúa él después de un breve silencio—. No estoy preparado para contestar ciertas preguntas. Y sé que con una niña como Marta esta no va a ser la única vez en que sude la gota gorda. Menos mal que estás tú, que siempre pareces saber qué decir. Yo, en cambio… —Inhala profundamente de su cigarrillo y suelta el aire casi de golpe—. Ahora, en su cuarto, acabo de mentirle, porque no sabía…
—¿Qué te preguntó? —cuestiono con dulzura, aunque me da casi miedo oírlo.
—El porqué de que sus abuelos no hayan ido a su cumpleaños.
—Bueno… —Entrecierro los ojos, pensativa—. No han ido a ninguno desde…
—Desde que Clara no está. Mi madre opina que no debería celebrar nada tan pronto. Y, como le sienta mal que lo haga, me castiga no asistiendo. —Suspira con fuerza y añade—. A la niña no le he dicho nada de esto, claro.
—Joder para tu madre —suelto en un susurro, sorprendida y enfadada.
—El otro día tuvimos una discusión horrible. Mi padre tuvo que sacar a las niñas de casa, incluso, porque aquello se nos fue de las manos. Acabé por decirle que, ya que estaba tan mal visto que festejara algo, no contara conmigo en su aniversario de bodas. Puso el grito en el cielo. —Resopla de nuevo, apagando su colilla con rabia, destrozándola dentro del cenicero.
—Pero irás —digo, esperando que no cumpla su amenaza. Sé que su madre es más difícil que comer con los pies, pero no puede hacerle eso a su padre—. Además, viene tu hermana y…
—Iremos —espeta él, mirándome a los ojos y apoyando la espalda contra el sofá. Y por si no me ha quedado claro…—. Los cuatro.
Yo suspiro. Y termino por bufar.
—No creo que yo deba hacerlo. Yo… Tu madre y yo…
—Pero lo harás. También irán tus padres. Bueno, tu padre y Lidia…
—Te he entendido —digo con una sonrisa ante su desliz y apago ahora yo también mi pitillo.
—Vale. Pues eso, irán ellos y se hará de lo más raro que tú faltes, ¿no te parece? Además, joder, te quiero allí.
—¿Me quieres allí? —Y, de verdad, he intentado no sonar como una adolescente enamorada.
—Sí. ¿Qué pasa? ¿Tan extraño es?
—No… Es que creo que ha sido lo más romántico que me has dicho nunca.
Dios, no he sonado ni sarcástica. Mierda. «Pensar, hablar, Laura. Ese es el puto orden».
—No voy a decirte nada romántico —masculla él, ahora con la vista al frente, sin mirarme—. Quedamos en que…