Por nosotros
CAPITULO 10 » Chema
Página 35 de 113
Chema
No acabo la maldita frase. Ha hablado otra vez esa parte borde que se despierta ante la mínima alusión a algún tipo de sentimiento entre nosotros. Y ella no se merece eso. Y menos después de lo de hoy.
Que haya inhalado aire demasiado rápido al oírme también ha ayudado a que mi lengua se frenara en seco, gracias a Dios. La miro y está ruborizada, acalorada, con los labios entreabiertos, parecida a cuando…
Comienzo a sonreír con picardía antes incluso de darme cuenta de que lo estoy haciendo. Y, por una vez, una frase de lo más oportuna viene a mi mente sin que tenga que esforzarme.
—Quedamos en que te gustaban las guarradas.
Ella suelta el aire que todavía tenía retenido y se atraganta cuando este se mezcla con la carcajada que trata de evitar soltar. Comienza a toser como una loca mientras me empuja una y otra vez. Y yo sonrío, porque he salvado la situación y… Y me encanta verla reír.
Porque esto es lo que ahora quiero. Estar con Laura. Justo lo que tengo con ella.
Quiero cumplir con lo que me prometí a mí mismo en los minutos que me tomé al salir del cuarto de las niñas. Allí, apoyado todavía en la puerta de su dormitorio, observándolas. Tengo que seguir adelante. Como sea. Contentarme con lo que la vida ha puesto en mi camino y no torturarme sintiéndome mal por ello. Bastante me ha quitado ya. Además, que las niñas me vean animado es bueno para ellas. Y sí, esto puede sonar a disculpa barata para seguir tirándome a Laura, pero es lo que hay. Voy a ser egoísta y a aprovechar al máximo lo único que ahora me satisface. Si yo estoy bien, las niñas también. Y Laura… Pues no la he oído quejarse.
—Eres un idiota —me dice, mientras hunde un dedo en mi costado.
—Vale, pero al final… ¿te gustan o no te gustan?
Sorprendiéndome gratamente, sonríe traviesa y, al momento, la tengo sentada sobre mí a horcajadas.
—Un día de estos, vas a cabrearme tanto… tanto… que te clavaré mis garras —susurra contra mis labios, sin llegar a besarme—. Esas que tanto te gustan a ti.
—Y a mí me da que estaré encantado de que lo hagas. Aunque, bueno…, quiero que sepas que mi espalda ya tiene alguna marca de cuando…
Me tapa la boca con una mano mientras se ríe casi avergonzada, lo que en ella es tan raro que me fascina saber que soy yo el que lo provoca. Y sus movimientos al reírse encima de mí, pues… Vamos, que despiertan del todo a la bestia.
—Vaya… —murmura ella notándolo y haciendo más fricción. Comienza a acariciarme los labios con los dedos que tenía sobre mi boca, de una manera que parece que me besa con ellos. Yo acerco mi cara a ella, buscando los suyos, y Laura me corresponde, pero no retira uno de los dedos, metiéndolo dentro de mí, así como su lengua… Gime en mi boca cuando succiono las dos cosas y agradezco muchísimo que el pijama sea flojo porque…
—Papá, no puedo dormir…
Nunca en mi vida me he levantado tan rápido. De pronto estoy de pie, mirando a una somnolienta Marta, que se frota los dos ojos con las manos y atraviesa la puerta que da a la cocina.
—Ay, joder. Dios…
Y entonces oigo a Laura, que… que no sé qué he hecho con ella, porque hace nada estaba sobre mis piernas y ahora…
—¿Estás bien? —pregunto ofuscado al verla tirada en el suelo, con la espalda mitad en la alfombra y mitad apoyada en la mesa baja de centro, y frotándose un lado de la cabeza.
—Tía… —Vuelvo a mirar a Marta, que ya está a mi lado y que, a su vez, observa a Laura. Y me giro de nuevo hacia ella, viendo como sus ojos, abiertos como platos, están clavados en mi ingle. Así que yo también dirijo la vista hacia allí, claro, y contemplo ojiplático como mi erección apunta, aún dentro de los pantalones, hacia la niña, que por suerte sigue pendiente de su tía.
Todo esto ha sucedido en unos segundos, por lo que mi cuerpo no ha tenido tiempo a enfriarse, a pesar del susto. Pero lo hace ahora, al instante, ante lo grotesco y absurdo de la situación.
—Tía… —repite Marta con la voz algo empalagosa—. Estás… Tienes sangre.
—¿Qué? —casi gritamos Laura y yo a la vez. Me arrodillo en el suelo y observo con horror como una línea roja baja desde debajo de su mano, la que todavía no ha sacado de la cabeza, hacia su oreja. Soy yo el que se la aparta, para mirar el daño que se ha hecho. O que le he hecho, joder. Que una cosa es tirármela y otra tirarla, Dios.
—Tienes… —Trago saliva y le pido a mi hija que me acerque una servilleta—. Has debido de darte con el canto.
—Me he dado fijo. Eso te lo aseguro yo —confirma ella con un mohín.
—Solo espero que no necesites puntos —susurro mientras la niña va a por el encargo.
—Bueno… Ahora los colecciono, genial. Al final voy a tener más cicatrices que la novia de Frankenstein —resopla, haciéndome sonreír muy a mi pesar.
—Lo siento, yo… —murmuro todavía más bajo, al ver acercarse ya a Marta.
—Calla, calla… —dice, poniendo los ojos en blanco. Cuando vuelve a mirarme, los achica, maliciosa. Y, de repente, se pone a reír como una desquiciada. Tanto que no puedo limpiarla porque se mueve demasiado. Espero paciente con el papel en la mano a que deje de llorar de la risa, literalmente.
—Parece que no le duele —comenta mi pequeña mirándome de reojo.
—No mucho, por lo visto —digo yo, disimulando también la risa—. Y tú a la cama, señorita. Que es tardísimo. Venga, cuando cure a la tía, voy a arroparte.
—Es que no soy capaz de dormir, papá…
—Haz el intento, Marta. Por favor… A la cama.
Ella me obedece a regañadientes y camina despacio hacia su habitación. Me echa un vistazo rápido antes de salir de la estancia y yo la insto a que se acueste con un gesto que hago con la cabeza.
—Vale, vale —protesta ella, pero desaparece pronto de mi vista.
—¿Y tú qué? —Sonriendo, vuelco mi atención en Laura y coloco la servilleta en la herida a pesar de que todavía sigue riéndose, pero con más suavidad.
—Ay… Es que… Tenías que verte. ¡Ay, Dios!
—Oye, que aquí la que se ha llevado el batacazo has sido tú.
—Ay, sí, pero… Joder, Chema. Si Marta se te acerca un poco más… le sacas un ojo. —Y de nuevo se descojona. Yo me contagio, claro.
Y, sí, esto es lo que quiero en mi vida. Risas. Las necesito tanto como a Clara. Y ya que ella no puede regresar…
Conformarme con la alegría que me brinda Laura y con su cuerpo no es tan horrible, ¿verdad? Es mi manera de sobrevivir al infierno en el que me ha dejado el abandono de mi mujer. Mi corazón sigue siendo suyo, para siempre. Solo es cuestión de supervivencia, de suplir necesidades tan básicas como el respirar.
Únicamente espero que esto que nos traemos entre manos no nos acabe matando. Porque lo cierto es que, desde que esta atracción entre nosotros comenzó, no ganamos para sobresaltos.
«La lujuria merece tratarse con piedad y disculpa, cuando se ejerce para aprender a amar»
Dante Alighieri.