Por nosotros
CAPITULO 11 » Chema
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Chema
No, muerto todavía no estoy. Contento, satisfecho, deseando llegar a casa… Eso sí. Estas últimas semanas han sido… increíbles. Intento disimular cuanto puedo que mis noches son lo suficiente gloriosas para estar de buen humor todo el día, pero, a veces, es imposible.
Como ahora, por ejemplo, aunque en esta ocasión hay una razón más de peso para que la sonrisa que luzco en la boca sea incluso exagerada.
Todavía estoy mirando el móvil, que acabo de colgar, cuando oigo a Julián a mi lado.
—¿Y esa sonrisa, tío? ¿Estás ensayando para algún anuncio?
—Sí, para uno de una clínica dental. La que te va a hacer falta a ti cuando te…
—Joder, si estás serio mejor no hablarte y ahora que sonríes… pues tampoco. Lo tuyo ya es de manual.
—Es que deberías dejar de analizar cada uno de mis estados de ánimo. Es de lo más molesto —protesto, porque sí, eso es lo que hacen, casi todos, y no se cortan en machacarme a preguntas, como si necesitaran saber cómo me siento en cada momento. Sé que lo hacen por bien, pero me ponen de los nervios, más que nada por lo que puedan adivinar.
—Solo nos preocupamos por ti —contesta él en plural. A esto me refiero. Me conocen quizá demasiado y eso es contraproducente, sobre todo ahora.
—Pues dejad de hacerlo. Estoy bien.
—Eso ya lo vemos. De unas semanas para acá, pues…
—Joder… Otra vez preguntitas absurdas, no, ¿eh? Si quieres saber por qué sonreía ahora te lo diré, hombre. Era Miriam. Quiere ampliar la pastelería, achicando un poco el almacén. Dice que lo tiene prácticamente vacío y que, así, aprovecharía ese sitio a mayores para poner unas mesas y ofrecer allí mismo desayunos y meriendas. Es una buena idea y…
—¿Y por eso te has puesto tan contento? No es que te falte trabajo, tampoco. ¿O es que ya estás pensando en ser cliente habitual en esas mesas? Lo dicho, tío, estás más…
—Tú eres gilipollas, ¿no? No he acabado de explicarme, coño. Lo que me ha hecho sonreír es que quiere que Laura se encargue de la nueva decoración del local. Hace mucho que no le sale nada de lo suyo y seguro que esto le hace mucha ilusión.
—Sí, seguro que se alegra un huevo.
—Pues eso. De hecho, voy a ir a buscarla y vamos ahora mismo allí para…
—¿Ahora?
—Sí, ahora, ¿qué pasa?
—Nada, hombre. Pero tú siempre dejas los presupuestos para la tarde y…
—Pues esta vez quiero ir ahora. ¿Algún problema? —Y de verdad, estoy comenzando a cabrearme. Pero qué le importa a él si quiero ir en este momento o en otro. Es que en todo tiene que meterse.
—No. Ninguno. —Pero sigue observándome, casi con extrañeza. Recorriendo toda mi cara, como si allí fuese a encontrar la respuesta a una pregunta que no se atreve a hacerme—. Venga, vete. Que realmente lo estás deseando, joder.
Y me da la espalda para volver al curro. Así, sin ver como lo fulmino con la mirada tras espetarme eso. Pero ¿de qué va? ¿Es que tanto se me nota?
Meneo la cabeza porque no quiero ni saber la respuesta a eso. Creo que disimulo lo mejor posible que entre Laura y yo hay algo más que una inocente convivencia. Mejor dicho, lo hacemos, los dos. Nadie sabe nada ni pueden saberlo. No quiero dar explicaciones, ni mucho menos que nos juzguen. Porque seamos sinceros, es lo que harán si se enteran. Y yo tengo unas hijas a las que proteger. Una mujer a la que respetar, aunque ya no esté entre nosotros. Unos padres y unos suegros a los que no defraudar. Y todo empeorará luego, cuando esto acabe, porque acabará… Otra razón más, quizá la de más peso, para que esto que tenemos quede entre nosotros.
Ya en el coche, enciendo el motor y pongo rumbo a casa, conduciendo más por inercia que porque me fije hacia dónde voy. Solo estoy deseando llegar y verla, contarle las novedades y… Bueno, y lo que surja. Porque hoy es el primer día de campamento de las niñas y Laura estará sola. He quedado con Miriam sobre las doce y… Y en una hora se pueden hacer muchas cosas. Sobre todo después de llevar tres días sin disfrutar de ella como quiero.
Joder… Es que todavía no me he saciado ni un poco de Laura. Esta atracción que a estas alturas creí que estaría más que controlada todavía es un torbellino de sensaciones que hacen bullir mi sangre como la primera vez que la besé.
Encuentro sitio para aparcar casi frente al edificio y subo las escaleras de dos en dos. Abro la puerta y estoy tirando las llaves sobre el mueble del recibidor, cuando ya comienzo a hablar bastante alto.
—Laura. Te traigo una muy buena noticia. ¿Lo celebramos prime…?
La última pregunta se me atraganta. Y no es una metáfora. La siento atravesada en la garganta hasta el punto de no poder respirar bien. Porque, al entrar en el salón, con esa inmensa sonrisa con la que pronuncié mi frase, me encuentro con Laura, sí, sentada a la mesa de la cocina con un café delante… Pero acompañada de Lidia y Teresa, que me miran fijamente. Sorprendidas, mudas y muy muy pensativas.
Mierda. Mierda y más mierda.
—Hola, Rubio —me saluda Laura con los ojos muy abiertos, en un claro gesto de advertencia. Tarde, cariño…
—Hola —consigo decir sin toser, ni gemir, ni nada por el estilo—. A todas.
—Lidia se empeñó en venir para acompañar también a las niñas al bus… Toda una novedad en sí, ya sabes —prosigue Laura con naturalidad. Por suerte, tiene una facilidad envidiable para recuperar el aplomo—. Y ya que coincidimos las tres en la parada, aquí estamos, de café. Pero dime, ¿cuál es la buena noticia?
Carraspeo y voy hacia la nevera. Agua. Necesito agua. Tengo la boca seca de cojones. Yo es que todavía tengo el susto en el cuerpo. Menos mal que no comencé a desnudarme por el camino o entré diciendo una barbaridad sexual. Joder…
Acabo el vaso de agua en cuatro tragos y lo pongo despacio encima de la encimera, concediéndome dos segundos más para enfrentarlas.
—Lo siento, es que me moría de sed —comento como al descuido—. Y… verás, venía a buscarte para que me acompañaras a la pastelería. Miriam quiere hacer una reforma en ella y… que seas tú la que la decore.
—¡Oh, qué bien! —Laura salta de la silla con una sonrisa enorme y da un paso hacia mí. Pero se frena de golpe. Menos mal… Ya es lo que nos faltaba. Que se echara a mis brazos como seguramente querría hacer—. ¿Pero tengo que ir ahora? ¿No será mejor primero saber…?
—Es que tengo que poner una columna, como mínimo, para sujetar la estructura al quitar la pared del almacén, y los dos creemos que estaría bien que tú dieras tu opinión de dónde puede quedar mejor. Bueno, siempre decidiendo entre los lugares que yo te diga, ¿eh? Que te embalas y…
Ella suelta una carcajada y yo sonrío abiertamente.
—¿Así que Miriam amplia el local? —pregunta Lidia en ese momento. Y yo, Jesús… Yo caigo en la cuenta de que durante los últimos segundos hasta me había olvidado de su presencia.
—Ajá —contesto después de tragar saliva—. Quiere poner unas mesas para…
—¿Y cómo querías celebrarlo, Rubio? —cuestiona Teresa con recochineo. ¿O son imaginaciones mías? Pero no. Tiene los codos sobre la mesa, la barbilla en sus manos y me mira de una forma… demasiado parecida a como me ha mirado su marido no hace tanto. Joder…
¿Sería muy mala idea hacerle un nudo en la lengua? ¿O pegarle un antifaz ciego con Loctite? Sí, supongo que lo sería. Mi mejor amigo se enfadaría bastante conmigo por ello, ¿no? Pero es que la muy bruja incluso se atreve a arquear las cejas, impacientándose ante mi silencio.
Y ahí está Laura, riéndose por lo bajo y dándose la vuelta para enfrentar a Teresa y sacarme de este atolladero, espero. Como siempre.
—Es que cada vez que nos sale un trabajo, pues… lo celebramos —explica, acabando la frase con un encogimiento de hombros sutil.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo? —insiste la morena.
Es que la mato, mejor. Yo creo que es más rápido y hasta menos cruel para ella. Pero ¿qué demonios pretende? ¿Y si en realidad Laura y yo no tuviésemos nada que esconder y solo le estuviese diciendo la verdad? Podría ser, ¿no?
«En ese caso, no estarías tan cabreado. Y contestarías a la pregunta con sinceridad, quitándote esa cara de lerdo que tienes, tío».
Sí, debería responder. Inventarme algo. Solo que no se me ocurre nada. Es que esto es absurdo, joder.
Observo como Laura hace tiempo sirviéndose otra taza de café, mientras sonríe con ironía, como si estuviese haciendo sufrir adrede a Teresa. Y Lidia… pues ella reparte la mirada entre los tres, sumamente divertida o, al menos, lo parece.
Y cuando la tensión está alcanzado dimensiones exageradas, Laura acaba por dejarme perplejo del todo.
—A ver, ¿tú cómo lo celebrarías? —le pregunta a Teresa, haciendo que esta abra los ojos como platos.
—Yo… Yo pues… —Vaya, de repente hasta parece algo incómoda—. Pues… Ya sabes. Con mi marido.
—¿Follando, quieres decir? —le espeta sin vergüenza alguna, haciendo que Teresa flipe un poco y Lidia disimule una carcajada tosiendo. Y a mí… A mí me va a dar algo, de verdad. Pero ¿a dónde quiere llegar, por Dios bendito?
—Bueno, pues me alegro por ti —continúa Laura como si nada—. Pero como yo marido no tengo… ni novio, y Rubio… pues tampoco… —se encoge de hombros como si eso ya tuviera que ser más que evidente y continúa con una risita—, pues ¿cómo vamos a celebrarlo? Comprando algo, gastándonos lo que aún no hemos cobrado. Normalmente por internet. Un caprichito. Lo último fue un jersey para mí y para él… —Y entonces se dirige a mí—. Oye, no me acuerdo. ¿Qué compraste?
La miro con orgullo y contesto lo primero que me viene a la mente.
—Unas botas de seguridad.
Laura abre mucho los ojos y se echa a reír.
—No me extraña que no lo recordara. Vaya mierda de capricho. Unas botas para trabajar, ¿en serio? —Y de nuevo mira hacia ellas—. Ya veis, es un poco aburrido.
—Ya te digo —dice Teresa con énfasis, creyéndoselo todo, o eso creo.
—Me hacían falta —comento, sintiendo que tengo que defenderme. Y eso solo corrobora un poco más el engaño de Laura.
Es que es un portento, joder.
Aunque no sé yo si que tenga tanta facilidad para mentir es bueno. Ya puede estar ocultándome alguna verdad importante o mintiéndome a la cara que ni me enteraría.
***
—¿Cómo lo haces? —le pregunto ya de camino a casa de Miriam; vamos andando, pues se ha negado a coger el coche para unos metros que la separan del piso.
—¿El qué?
—Inventarte algo tan rápido. Es alucinante.
—Bueno… —Laura se ríe y se lleva el índice a la barbilla—. Esta vez me ha costado un poco, ¿eh? He ido improvisando sobre la marcha. No encontraba ninguna manera de celebrarlo más que la que tú traías en mente. —Me dedica la sonrisa más pícara del mundo y luego suspira—. Pero luego recordé lo que me gusta comprarme cosas y… ¡tachán!
—Pues has estado genial. ¿Crees que habrá colado?
—Eso espero. Pero… tampoco sería el fin del mundo, ¿no? Quizá deberíamos…
—No, Laura, por favor, ni lo menciones —me apresuro a decir. Sé que a ella el qué dirán le importa una mierda… Y en realidad a mí debería importarme otra tanta, pero no solo es por la gente en sí… Es por todo. Es por mí mismo.
—Vale, vale… Tienes razón, ya lo hemos hablado. Perdona, no sé qué…
—Olvídalo. Una última cosa… Tú eres sincera conmigo, ¿verdad?
Ella me mira con los ojos muy abiertos.
—¿Por qué me preguntas eso?
—No sé… Podrías mentirme como una bellaca y seguro que no me percataría. No lo haces, ¿verdad?
—Todos los días —susurra ella.
—¿Qué? ¡Estás de coña!
—No… Finjo cada uno de mis org…
Le doy un empellón con mi cuerpo y comienza a reírse, pero ahí dejamos el tema, pues ya estamos delante de la pastelería.
El local se encuentra en la planta baja de una casa de piedra antigua, estrecha y de dos pisos. La fachada se compone de dos puertas y una ventana no muy grande entre ellas, y dos alargadas y estrechas con sus balcones de forja en la planta de arriba. Al entrar, sin embargo, el sitio es mucho más grande de lo que parece desde fuera. Y cuando se retire hacia atrás la pared del fondo que divide el almacén, auguro que las dimensiones no serán mucho menores que las del bar de Paco.
—Hola, chicos —nos saluda Miriam con una sonrisa, mientras le entrega una bolsa a una señora a través del mostrador.
—Hola. Aquí estamos. Tú dirás —le contesta Laura con entusiasmo, haciendo que mi saludo, mucho más parco, pase casi desapercibido.
—Sí, ahora mismo estoy con vosotros —dice ella antes de despedirse de la señora con cuatro preguntas sobre su marido y sus hijos. Marido e hijos a los que, evidentemente, también conocemos Laura y yo.
Tan pronto nos quedamos los tres solos en la tienda, Miriam se explaya con ilusión en sus explicaciones sobre la idea que baraja, mientras Laura se pasea por todo el lugar, mirando el mostrador, los expositores y las estanterías como si las viera por primera vez.
Quince minutos después, ya sabemos más o menos lo que quiere y yo me pongo a lo mío. Midiendo las paredes, fijándome en cómo hacer para no derrumbar la casa al retirar el muro de carga y todas esas cosas que a las mujeres parecen aburrirlas, porque ellas siguen hablando de papeles pintados, colores, texturas, muebles restaurados y demás.
—¿Puedo entrar en el almacén? —pregunta en un momento dado Laura.
—Claro. Es más, creo que debes —se chancea Miriam—. Y tú también, ¿no, Rubio?
—Sí, ahora voy —digo cuando acabo de medir una de las paredes, la que hemos hablado de dejar con la piedra a la vista.
Laura se dirige ya a él, colándose por la cortina de madera que cubre la entrada y que hace las veces de puerta. Pero entonces aparece de nuevo, sacando medio cuerpo entre esas borlas de madera de lo más coloridas.
—De esto podemos desprendernos, ¿verdad? —le pregunta a Miriam, mirando la cortina con verdadero horror.
—Sí, claro. —Se ríe la pastelera ante su cara—. Está todo tal cual lo dejó mi abuela. A mí tampoco me gusta.
—Uff, menos mal —resopla aliviada ella—. Ah, y guárdame esas cuatro casadielles que te quedan, ¿vale? Que desde que las he visto no me las puedo sacar de la cabeza. Se me está haciendo la boca agua, por Dios.
—Hecho —dice Miriam riéndose y cogiendo ya una bandeja, mientras Laura vuelve a desaparecer dentro.
Y yo casi no me fijo demasiado en lo que marca el metro, porque de repente me han entrado unas ganas locas de meterme con ella ahí. Así que, jugando con unos centímetros arriba o abajo, apunto los datos en mi libreta y me escabullo al almacén.
Laura está justo en el medio, girando sobre sí misma en completo silencio y con una sonrisa enigmática en la cara, supongo que viendo en su mente como quedará el local una vez listo. El vestido azul marino ceñido que lleva muestra cada una de sus curvas, pero esas botas macarras en los pies y su pelo en un moño mal hecho, porque aún lo tiene bastante corto, la hacen parecer una adolescente más que otra cosa. Me acerco a ella sin pensar, cautivado por ese cuello desnudo. Me encanta con el pelo suelto, pero hoy, con ese escote que también deja sus hombros a la vista… Jesús, a mí también se me está haciendo la boca agua.
—Eh… ¿Qué haces? —jadea ella en cuanto mi boca abarca una buena cantidad de carne y mi lengua hace círculos en su piel.
—¿Tú qué crees? —susurro sin dejar de saborearla.
—Para. Estamos tra… trabajando. —Me empuja un poco y me echa una mirada de reproche, que en ella me pone más a cien.
—Vale, dejo tu cuello por un beso. —Porque, de verdad, necesito besarla desde que llegué a casa. Y todavía no lo he hecho. Lidia y Teresa bajaron con nosotros y…—. Venga, solo uno.
—Eres como un niño pequeño. —Se ríe. Y luego rueda los ojos—. No, espera, eres un pervertido.
—La culpa es tuya. Anda, ven aquí.
La sujeto por la cintura y la acerco a mí hasta que sus pechos se hunden en mi estómago. Y, sin darle opción a ninguna otra protesta, atrapo su boca, metiéndole la lengua, a lo que ella responde saliéndome al encuentro con la suya.
—Ya —gime un ratito después. Se abanica con las manos, haciéndome reír, y se encamina hacia la otra esquina—. Tú ahí, quietecito. Joder, te va el peligro, ¿eh?
—La culpa es…
—Es mía, ya. Pervertido —repite, pero sus ojos están brillantes y llenos de picardía.
—No tanto… —Me cruzo de brazos y me hago el ofendido, observándola de arriba abajo. Pero mi siguiente comentario, dicho sin pensar, me hace quedar como tal—. Por cierto, ¿cuándo vas a ponerte tacones de aguja para mí?
Laura me mira con los ojos como platos, ahogando una carcajada casi horrorizada, o eso parece. Y yo trato de disimular mi propia sorpresa, porque todavía no me creo que le haya dicho eso.
—Yo… Me… —intento disculparme, porque a lo mejor me he pasado de la raya—. Lo…
—¿De qué color? —pregunta ella, interrumpiéndome. Y dejándome tan atónito como cachondo.
—Negros —consigo responder después de tragar saliva—. O rojos. Rojos, como tu pelo.
Ella se echa a reír y sacude la cabeza.
—Deberíamos tomar notas.
—¿Sobre nuestros gustos sexua…?
—No. No, por Dios —niega con énfasis, divertida y flipada a partes iguales—. Me refiero a trabajar, Chema.
Y yo asiento, porque tiene razón. Pero… Joder.
En dos segundos la tengo arrinconada contra la pared, con mis manos sobre su cabeza, comiéndole de nuevo la boca. Y ella a mí. Es que parecemos sufrir los dos algún tipo de adicción, la misma, la del uno por el otro. Incluso cuando no nos tocamos, esa energía está en el ambiente. A veces no sé cómo no lo perciben los demás. Es tirante, espesa, caliente.
Esta vez no es ella la que rompe el momento, sino una voz que nos llega tan clara como si se hubiese metido aquí con nosotros. Ambos la reconocemos y nos apartamos, creo que más sorprendidos por no haber oído entrar a nadie en la tienda que por otra cosa.
—La tarta que te encargamos para el sábado que esté recién hecha, ¿vale, Miriam?
—Claro, como siempre, Flora. ¿O alguna vez habéis tenido alguna queja?
—No, desde luego que no —interviene Angelines, hija de la señora que ha dudado sobre la profesionalidad de la pastelera—. Mamá no quería ofenderte, era solo una forma de hablar, mujer.
—Uy… Hoy en día todo el mundo se ofende por nada —continúa la madre, logrando con esa frase que Laura ponga los ojos en blanco y suelte un bufido, y que yo sonría como un bobo al verla—. Bueno, ¿me pones, por favor, esas casadielles que tienes en la bandeja?
—Lo siento, pero no puedo. Están vendidas.
—¿Vendidas? Si las tienes ahí mismo —insiste Flora.
—Bueno, sí. Pero es un encargo, no puedo…
—Será una broma… Somos unas de tus mejores clientas. No me digas que…
—Mamá, por favor —interviene Angelines—. Si están vendidas, pues lo están. No seas pesada.
—Pero, Lines, cariño, son las favoritas de tu padre. Y no ha debido dejarlas ahí expuestas. Quiero llevárselas.
Ahora soy yo el que pone los ojos en blanco y resopla. Pero, por favor, será caprichosa la señora esa. No me extraña que, a veces, Angelines se comporte de esa forma. Aunque hoy está demostrando que es mucho mejor que su madre. Incluso más adulta.
—Pues mañana habrá más —contesta Miriam y, por su tono, muy contenta no está—. Esas son de Laura y…
—¿De Laura? ¿La Menéndez? —Angelines casi chilla las preguntas. Y la aludida se lleva una mano a la boca para no dejar escapar la risa mientras me mira con los ojos muy abiertos.
—Sí, de esa misma —la pastelera carraspea. Supongo que se la ha escapado quién es la culpable de no poder venderle los dichosos pasteles.
—Pues si son para ella, ahora yo también los quiero. Así que ¿qué vas a hacer, Miriam?
Abro la boca, flipando. Pero flipando de verdad. Había oído lo venenosa que era con Laura, pero esto… Esto es incluso surrealista.
—No voy a hacer nada, Angelines. Voy a dárselas a Laura, tal como he quedado en hacer.
—Claro… Ella en su línea. Haciéndose con todo. No solo se cree que ahora sus sobrinas son de su propiedad, sino que…
—Angelines, por favor… —tercia una voz que no había hablado antes. Petra, juraría que es. La madre de Nieves, íntima de Flora y Lucía, unas de las mayores cotillas del pueblo. Que ya es decir.
—No digo más que la verdad. ¿A que sí, mamá? Todo el pueblo lo comenta. Hasta Adela está ofendida por cómo se ha implicado con su hijo y nietas. Si no es normal… Viviendo juntos los dos…
Miriam vuelve a carraspear, esta vez muy alto. Si su intención es que no oigamos nada, puede dejar de joderse la garganta. Yo aprieto los puños a los costados, muy molesto, sobre todo porque hasta mi propia madre coopera en este circo que han montado alrededor de Laura. Y ella no deja de mirarme, entrecerrando sus más que tormentosos ojos.
—La madre que la… —comienza a decir, pero ni siquiera acaba la frase.
—Bueno, ahí la niña lleva razón —se oye a Flora—. Casi dos años compartiendo casa. Ahí se cuece algo fijo.
—Al final, ¿os vais a llevar ahora algo o no? Las casadielles no están a la venta, pero tengo otras muchas cosas —las corta Miriam, consiguiendo que, por fin, comiencen a hablar de bollos y esas cosas.
Laura suspira y deja caer la cabeza contra la pared con la mirada perdida en el techo, pero, cuando vuelve su vista hacia mí, su cara es de absoluta indignación.
—Deberíamos salir ahí fuera y follar encima del mostrador, joder —sisea.
Me tomo unos instantes para pensar. No en lo de salir y hacer… eso, Dios. No es que el espectáculo fuese algo que no se merecieran, pero todavía no he perdido del todo la razón. Simplemente pienso en qué decir en un momento como este. Algo que no me haga sentir hipócrita, porque alguna razón también tienen, ¿no? Algo que…
Lo que siento. Tengo que ser sincero, eso debería valer.
Llevo una mano a su sien izquierda, esa en la que le ha quedado una pequeña marca del día que la lancé de mi regazo al suelo. Por suerte, no necesitó puntos, pero tendrá el recuerdo de aquello en la piel durante un tiempo. Se la acaricio con un dedo, bajando hasta su mejilla, donde uso mis nudillos para acariciarla mientras hablo.
—Te juro que si pudiera ofrecerte un futuro a mi lado…, yo mismo te arrastraría ahí afuera.