Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 11 » Laura

Página 38 de 113

Laura

 

 

Cierro los ojos. Es lo único que puedo hacer para que Chema no lea en ellos el dolor que me han provocado sus palabras. Y ni siquiera puedo enfadarme con él… Solo conmigo misma.

Él simplemente está siendo coherente con lo que acordamos que habría entre nosotros. La que parece vivir en una fantasía soy yo. Pero… ¿de verdad me lo imagino? ¿Acaso él no lo ve? Esta caricia afectuosa en mi mejilla, la ternura en su voz… Esto no es solo sexo. No lo es.

Estas semanas me he sentido su pareja, su mujer, en todos los aspectos salvo de cara a la galería. Charlamos de cualquier cosa, nos preocupamos el uno por el otro, nos ponemos de acuerdo en cosas como la educación de las niñas, las comidas, los pagos… Y todo mientras nos robamos besos, caricias y susurros. Y risas, hay tantas risas ahora en casa… ¿De verdad él no aprecia que algo ha cambiado? Parece que no…

¡Qué estúpida soy a veces, joder! Por supuesto que no. Chema no siente lo mismo que yo. O no quiere sentirlo… Que no sé qué es peor. Ni siquiera se plantea ir un poco más allá en esta relación, como bien claro me dejó antes de entrar. Pero, sea como sea, está siendo sincero. Mucho más congruente que yo, que acepté algo que solo me hace soñar con más. Tengo que dejar de hacer eso, por mi propio bien. Y voy a hacerlo. Voy a darle justo lo que quiere.

—Laura…

Abro los ojos y lo miro forzándome a sonreír, mientras las mujeres que siguen en la tienda tienen ahora a otros pobres incautos en sus bocas.

—Laura, ¿he dicho algo que…?

—No, no, claro que no. Está todo bien, Rubio.

Él me observa con seriedad, pero acaba sonriendo cuando mi faceta de actriz del mismísimo Hollywood lo convence de que no miento. ¡Dios mío, pero lo hago! ¡Lo hago más de lo que me gustaría! ¡Y me callo tantas cosas…! Aunque creo que si él pudiera elegir entre saber o no la verdad, preferiría sin dudas seguir en la ignorancia para así poder continuar con esta aventura fácil y sin sentimientos que aparenta hacerlo feliz.

—Bueno, hasta luego. Y gracias —oímos a Miriam despidiéndose, y me saca a la vez de ese lugar silencioso a donde me habían llevado mis pensamientos.

—Hasta luego, Miriam —la imita Angelines—. Pero hazme un favor, anda. Cuando Laura venga a por los pasteles, dale un recado de mi parte. Dile que tanto dulce no es bueno para esas tetas y ese culo que se gasta. Que a los tíos quizá les parezca atractivo, pero…

Una mano agarrando mi brazo, un «Laura» susurrado y las borlas de la horrible cortina haciéndome cosquillas en el cuerpo. Eso es lo que percibo, casi todo a la vez, antes de ser consciente de que me he plantado delante de la estúpida esa, con la ira hormigueándome a flor de piel.

—¿Por qué no me lo dices mejor tú a la cara? —le espeto a una Angelines ahora sorprendida y un tanto aturdida.

—Eh… ¡Laura! ¿De dónde sales?

—De una de tus putas pesadillas, en las que te dejo calva y luego sin dientes. Y esto último se te va a notar un huevo, ¡pero un huevo! —grito, perdiendo del todo las formas. Es que estoy harta. De todo. Y esta niñata me viene como anillo al dedo para pagar con ella todas mis frustraciones, toda esa rabia de la que realmente nadie tiene la culpa. O sí. Yo. Chema. Ella. Todo el puto pueblo, joder.

Angelines da un paso atrás. Y luego otro.

—Estás loca —susurra espantada, temiéndose que en cualquier momento lleve a cabo cada una de mis palabras—. No se te ocurra tocarme. Tú… Tú no eres más que…

—¡Chicas, ya está bien! —exclama Miriam saliendo tras el mostrador—. Por favor…

—La próxima vez… —prosigo sin apartar los ojos de la bruja esa—. Escúchame bien, Angelines, pero que muy bien. La próxima vez que me nombres, voy a pasearte por todo el pueblo de los pelos y luego…

—Laura, ya.

Me callo cuando, junto a esas palabras, Chema interpone su cuerpo entre las dos. Y entonces también me doy cuenta de que Flora y Petra me miran con reprobación, pero, aún más, intimidadas. Con las manos en las mejillas una y la otra en su cuello, los ojos casi saliendo de sus órbitas y las caras desencajadas. Como si yo fuera el mismísimo diablo. Bueno… Ahora estoy muy cerca de serlo, la verdad. Creo que no hay ni una sola emoción positiva en todo mi cuerpo. Estoy muy furiosa, con instintos homicidas cociéndose a fuego lento dentro de mí y, para rematar, resentida por que Chema se haya metido en medio.

—Apártate… Aún no he acabado con…

—Por favor, Laura. Ya —me pide con cautela. Pero también hay comprensión. Y sus ojos me miran con cariño, así que resoplo e intento calmarme, comenzando por abrir las manos, que hasta me duelen de haberlas tenido apretadas en puños.

—Por Dios, niña… —se dirige a mí Flora, alargando un brazo con el que pretende tocarme y del que me aparto con rapidez.

—Cállese, señora —le suelto—. Y dele educación a su hija, si es que usted tiene de eso.

La mujer se aleja de mí espantada y yo vuelvo a resoplar. Vale, estoy tratando de tranquilizarme, pero aún no lo he logrado, así que es mejor que me dejen en paz. Porque no respondo… No respondo, coño.

Me apoyo en uno de los expositores y cruzo los brazos para no usarlos y cumplir mi amenaza. Observo como Petra se va del local casi sin despedirse de nadie, muy apurada. Miriam baja la cabeza, la ladea y se rasca la frente, lanzándome una mirada de reojo mientras procura contener la risa.

—Angelines, vámonos —le dice Flora a su hija, con un pie ya fuera de la tienda.

—Sí, mamá. Vámonos.

Pero cuando la señora ya ha salido y Angelines está atravesando la puerta, Chema, para mi estupor, la coge de un brazo y le susurra algo. No puedo ver la reacción de ella, pues él entorpece mi visión. Y eso acaba por crisparme del todo. ¿Qué coño…?

—No les hagas ni caso, Laura —me dice Miriam tendiéndome una taza con algo caliente dentro.

—Siento el cristo, Miriam, pero me pides un imposible. Traté de ignorar sus malintencionados comentarios del principio, aunque me escocieron como llagas, pero…

—Pero tú no eres de las que aguantan y callan. Lo sé. Y no tienes nada por lo que pedir perdón.

—Bueno… —carraspea a nuestro lado Chema—. ¿Seguimos trabajando?

 

***

 

—¿Qué le has dicho? —le pregunto por décima vez mientras entramos ya en el piso—. No te habrás disculpado en mi nombre o algo parecido, ¿verdad?

—Que no, joder —suspira él mientras esconde una sonrisa.

—Entonces… ¿por qué no me lo cuentas?

—Porque no quiero.

—Porque sabes que me voy a cabrear —adivino.

—No. No es por eso. Además, dudo que puedas cabrearte más de lo que ya estás.

Bufo y me arranco, literalmente, las botas de los pies. Sí, aún sigo de muy mal humor. Y que él no suelte prenda no ayuda nada. De hecho, al final no tardamos mucho en abandonar la pastelería, pues no era capaz de concentrarme en nada que no fuese lo sucedido con la tipa esa.

—¡La odio! —chillo. Y aunque me siento un tanto ridícula ante mi comportamiento casi infantil, lo vuelvo a hacer porque parece aliviarme un poco—. ¡Ajjj, es que la odio!

Chema se ríe entre dientes y se deja caer en el sofá.

—No se te nota nada, cariño, tú tranquila —ironiza mirándome de soslayo.

—Lo que no sé es por qué tú te lo tomas tan bien. Esas hijas de… Esas arpías nos han…

—Bueno… Reconozcamos que algo de verdad tenían sus palabras. Y que…

—¡¿Qué?! —exclamo horrorizada, pero entonces…—. Vale, pero solo de hace unas semanas para acá. Y ellas…

—Sí, ellas alimentan lo que se dice en el pueblo desde que vives aquí. Si es que el primer rumor no salió de sus bocas, que tampoco me extrañaría. Pero ¿y qué? Lo único que podemos es ignorarlas, Laura. Ya se cansarán.

—Si eso lo sé. Los rumores me resbalan, Chema. Pero… Pero Angelines… —me interrumpo yo sola. Sí, me faltó al respeto. Me insultó, pero, si mis sentimientos no estuvieran tan revueltos en ese momento, hasta yo misma habría podido tomármelo a risa. Bueno… A risa tampoco, pero…—. Pero lo de Angelines no es normal. Esa rabia al oír mi nombre, esa ira…

—No, ya, he sido testigo. Sabía que te tenía cierta inquina, pero esto…

—¿Inquina? Ella me odia.

—Pues entonces estáis en paz, ¿no? —Sonríe.

—¡No! Porque yo la odio porque ella me odia, ¿entiendes? Y porque se porta como una perra conmigo. Si no yo…

De repente noto las manos de Chema en mi cintura y alzo la cabeza. Ni siquiera me he percatado de que había abandonado el sofá.

—A ver, Laura… No voy a disculpar su actitud ni mucho menos, ¿vale? Porque ahora sois adultas, han pasado años desde aquello y ella te está faltando al respeto en cuanto tiene ocasión, pero… Pero tú sabes el motivo de su ojeriza hacia ti, ¿verdad?

Se me descuelga la mandíbula de la sorpresa. ¿Qué tengo yo que saber? ¿Y que han pasado años? ¿De qué narices habla?

—¿Qué?

—Oh, joder, no lo sabes —murmura él.

—No. Yo a esa tía nunca le he hecho nada. Yo…

—Tú, siendo una niña, un día la hiciste caer como venganza porque se había burlado de tu hermana por no tener madre, ¿no lo recuerdas?

Abro muchísimo los ojos. Pero mucho. Tanto que se me secan. Así que pestañeo muy rápido.

—¿Que qué?

—Tú tendrías unos siete años y nosotros estábamos en sexto. No me acuerdo con exactitud qué fue lo que pasó, pero sí sé que Angelines le hizo un comentario bastante feo a Clara durante un recreo. La viste llorar y te acabaste enterando de lo sucedido. No creo que te lo contara ella, la verdad. Supongo que lo harían Teresa o Ana. Ya entonces eran inseparables.

Entrecierro los ojos intentando evocar algo de todo eso, pero me es imposible. Así que lo apremio a continuar.

—¿Y? ¿Fui a por ella o qué?

—Sí. Justo eso. —Sonríe él con ternura—. Tú, ni corta ni perezosa y sin importarte la diferencia de tamaño o edad, le metiste la zancadilla y ella se cayó al suelo. Con tan mala suerte que lo hizo en un charco de barro y a lo bestia. Hasta acabó escupiéndolo.

—¿En serio? —pregunto sorprendida—. Yo… Yo no recuerdo nada. —Aunque lo cierto es que tampoco me extraña, porque el año siguiente a la muerte de mi madre también lo tengo bastante olvidado. Como en una nebulosa gigante.

—Pues sí, pelirroja. Eso fue lo que hiciste. Las risas fueron generalizadas, como puedes imaginar. Y las burlas sobre aquello la siguieron hasta el instituto y durante bastante tiempo. Supongo que para una preadolescente presumida y orgullosa, como lo era Angelines, aquello no fue fácil. Aún años después, en esa temporada en que la veía más por… Pues, por…

—Porque salías con Aída.

—Bueno, sí, por eso. Aún entonces si alguien te nombraba se la llevaban los demonios. Pero vamos, que eso no la exime de su comportamiento, vuelvo a repetirte. Tú no eras más que una niña, por Dios. Ambas lo erais.

—Joder, pero la dejé traumada. Y ni siquiera lo recuerdo —pienso en voz alta, más alucinada que otra cosa. Porque arrepentirme de algo que hice con siete años y por defender a Clara, pues… tampoco valdría de mucho, y me temo, siendo sincera, que, aunque tuviese más edad, habría actuado igual.

Pero saberlo sí me sirve para comprender un poco mejor su actitud y…

—Y ahora olvídalo, por favor —me pide Chema—. Y lo ocurrido en la pastelería, también. Además, creo que las acojonaste para que en un par de meses, al menos, no vuelvan a abrir la boca —bromea al final, y consigue que una sonrisa tímida se instale en la mía.

—Me he pasado un poco, ¿no?

—Bah, nada a lo que no me tengas acostumbrado —continúa burlándose—. A ver, conmigo ya has roto un frutero, me has lanzado todo tipo de fruta y mi cuerpo ya se ha acostumbrado a sentir ese dedito tuyo clavado en alguna parte a modo de advertencia, así que…

—Oh, cállate. Contigo he sido siempre demasiado suave —digo, siguiéndole el juego.

—¿Suave? —Él abre mucho lo ojos y luego me sonríe travieso—. Pues no traspases esa línea, ¿vale? Lo siento, pero el sado no me va demasiado y…

—Idiota. —Le doy un manotazo y él vuelve a reírse.

—Aunque tengo que decirte, otra vez, que cuando sacas ese genio… —Restriega su pelvis contra mí y busca mi boca, la que le ofrezco sin rechistar.

Después de un beso húmedo y muy caliente, lo aparto sin demasiadas ganas.

—Venga, vete. Tienes que volver al trabajo y yo…

—¿Y tú qué? ¿Tienes planes?

—En realidad no, pero tú…

—Pues ahora los tienes. Pasar todo el día conmigo. No pienso volver al curro.

—Pero… Pero tienes que volver. Recuerda… La gente, los rumores… Tu furgoneta aparcada frente al piso toda la mañana y las niñas en…

Corta mis protestas con otro beso, esta vez algo más corto, y luego me mira a los ojos.

—La furgoneta está ahí aparcada muchas veces. Las niñas no están a todas horas con nosotros. Y ahora mismo no creo que, por quedarme en mi casa una mañana, vayamos a dar mucho más que hablar. Así que ¿podemos irnos ya a la cama? Dime, por favor, que ya no tienes la regla —suelta de corrido, sorprendiéndome y agitándome a partes iguales.

—Yo… Eh… Esto…

—¿Te he dejado sin palabras, Laura? —se cachondea él—. Eso sí que es un milagro, un…

—Mira que eres idiota —protesto, junto con otro manotazo. Pero esta vez él no se ríe, sino que se inclina para meter su cara en el hueco de mi cuello.

—Por favor… Dime que ya podemos…

—¿Por eso no has venido estas noches? —pregunto, porque era algo que me tenía un tanto mosqueada. No preocupada, pues él de día estaba tan cariñoso y pícaro como siempre, pero sí me resultaba de lo más desconcertante que no se pasase por mi cuarto antes de irse después al suyo. Una rutina a la que no había faltado nunca desde que comenzamos a acostarnos.

—Claro. —Me mira sorprendido—. Me dijiste que… Que tenías la reg…

—¿Y? —Entrecierro los ojos mientras alargo ese monosílabo. Como me diga que le da asco o…

—Y vosotras pues… —Sin soltarme del todo, se pasa una mano por el pelo y me observa reflexivo—. Estáis incómodas, se os baja la libido, no queréis ni que os toquen y…

—¿Quiénes somos nosotras? —cuestiono, forzándome a guardar la calma y no gritarle que no me compare con nadie, joder. Que me pregunte lo que quiero, directamente.

—Pues… —se interrumpe y ladea un poco la cabeza—. ¿A ti no te pasa eso?

—No. Debo de ser muy rara, porque no. Incómoda estoy un poco, sí, pero de lo otro… Es más… Creo que es justo lo contrario.

Ahora no es que esté sorprendido, es que me mira boquiabierto.

—Estás de coña… —susurra.

—No. No lo estoy. A ver… Quizá el primer día, o el segundo, sea bastante molesto llegar… al final. Pero no me jodas, Chema, que seguro que se te ocurren un par de cosas que hacer para…

—Mierda. —Cabecea y se separa un pelín—. ¿Un par? ¡Decenas, coño! —Se acerca de nuevo y, abarcando mi cintura, me pega contra él. Pasa el pulgar muy despacio por mis labios, mientras se lame los suyos—. Eres única, joder. Pero… —Frunce el ceño—. ¿Por qué no me pediste tú que acudiera a tu habitación, Laura?

Me encojo de hombros, sin saber qué contestar a eso. Tiene razón. ¿Por qué siempre espero que sea él el que lo haga?

—No lo sé… Supongo que… que pensé que eras tú el que no quería.

Él se ríe por lo bajo con incredulidad, mientras sigue moviendo ese dedo, internándose incluso en mi boca, donde mi lengua sale encantada a degustar su salado y característico sabor.

—Vaya dos idiotas —dice con la voz enronquecida. Está tan excitado como yo, puedo notarlo, casi olerlo—. Para una vez que podía haberme cobrado el que me debes.

—¿Qué? ¿De qué hablas? —Confusa, aparto un poco la cara y busco sus ojos.

—¿No lo sabes? —cuestiona él a su vez con una sonrisa de lo más maliciosa—. De eso sí tienes que acordarte.

—No, yo no… —Y entonces abro mucho los ojos. ¡Oh, Dios, habla de…!

—Aquel día te corriste en mi mano, con mis dedos. Lo estás recordando, ¿verdad?

A pesar de todo lo que ya hemos hecho los dos, sexualmente hablando, escondo la cara en su pecho y gimo de vergüenza, causándole un ataque de risa.

—Iba a jurar y perjurar que lo habías soñado —admito con los ojos cerrados, todavía oculta en su camiseta.

—Yo también —me confiesa él, muy divertido—. De hecho, no supe que eras…

—¿Qué? —insisto cuando no sigue y cesan sus risas, y alzo la cara para mirarlo.

—Nada. —Niega también con la cabeza—. Nada. Por favor… —ruega ante mi obstinado alzamiento de cejas. Y yo creo adivinar qué ha estado a punto de decir, así que opto por hacerle caso. Buscar sufrir a sabiendas es de tontos, joder.

—¡Y no te debo nada! —bromeo, dándole un suave empujón, intentando traer de vuelta el buen ambiente de antes—. Yo no te lo pedí, así que…

—Oh, sí. Sí me lo debes. Y me lo voy a cobrar ahora.

Y antes de que pueda dar un paso en dirección contraria a él, ya me ha cogido en volandas, echado al hombro y, así, como un saco de patatas, me lleva hasta mi dormitorio, donde me tira en la cama de cualquier manera, para comenzar a sacarse la ropa justo a continuación. Y todo con mis carcajadas de fondo.

Ir a la siguiente página

Report Page