Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 12 » Chema

Página 40 de 113

Chema

 

 

Con el mayor disimulo, miro el reloj. Otra vez.

—Tienes hambre, ¿eh? —predice Julián desde el otro lado de la uralita que estamos colocando en el tejado, los dos en precario equilibrio sobre él.

Resoplo por no mandarlo a la mierda. Cuando digo que me estudian y me vigilan como si fuese un bicho raro, no ando muy desencaminado. Y va a peor.

—¿Quieres una lista de mis pedos, eructos y…?

—Vete a la mierda, gilipollas. Solo era un comentario. Llevas media hora mirando el reloj cada poco.

Genial. Él no tiene reparos en hacer lo que yo quería. Y encima me hace sentir justo lo que me ha llamado. ¿Será que estoy demasiado susceptible o asustado con que se enteren de lo mío con Laura y por eso me parece que están siempre al acecho? Jesús, menuda peli de espías me estoy montando.

Pero la verdad es que tampoco estoy muy centrado. Me desperté esta noche por culpa de ese sueño de nuevo y, de vez en cuando, aún me viene a la mente. ¿Qué clase de tortura es esta, joder? Soñar con la casa que construí para Clara, con el piano que deseaba para el salón, con mi mujer acercándose… y desapareciendo. Eso más bien es una pesadilla, Dios. Una pesadilla repetitiva y enfermiza.

Suspiro sonoramente e intento no pagar con Julián el hecho de que sea un buen amigo. Pesadito, sí, pero el mejor de los amigos.

—Pues sí. Me muero de hambre. Me quedé dormido y no me dio tiempo ni a tomarme un simple café.

—Mira que eres idiota. Si eres el jefe… El otro día no tuviste tantos reparos en tomarte media jornada libre y no pasó nada.

—Porque el otro día estaba trabajando, aunque tú no me vieras —miento. ¿Qué le voy a decir? Y, bueno, ocupado estuve un rato, así que…—. Además, hoy no se podía perder el tiempo con tonterías. El tejado tiene que quedar listo sí o sí.

—Vale, vale —dice ya sin mirarme, pendiente de encajar los tornillos en las vigas.

—¡Hola! ¡Hola, chicos!

Giro mi rostro hacia esa voz. Y veo a Laura ahí abajo, como todas las mañanas desde hace casi dos semanas, desde aquel día en que no salimos de la cama hasta la hora de ir a buscar a las niñas al autobús. Joder, qué día…

Ella levanta la bolsa con los bocadillos que solemos comer sobre esta hora y ya me encuentro a todos los demás rodeándola cuando Julián y yo llegamos a su lado.

La observo repartir los bocatas envueltos y se me abre el apetito. Varios apetitos. Trago saliva y me quedo algo rezagado del grupo, admirando su cuerpo, apenas cubierto por un pantaloncito negro y una camiseta de tirantes gris. La que, si no recuerdo mal, llevaba la primera vez que hicimos el amor. Bueno… que follamos, porque nosotros no…

Sacudo la cabeza ante ese pensamiento, porque no quiero analizarlo ni nada por el estilo. Solo alargo la mano, como un autómata, para alcanzar el bocadillo que ahora me tiende.

—De escalopines con pimientos. Tu preferido —susurra. Aunque no era ni necesario. Los otros se han alejado hasta el muro que delimita la finca y se han sentado sobre unos tablones que hay allí para disfrutar tranquilos de su descanso y comida.

—Gracias. Pero… ¿y esto? —pregunto sorprendido, pues lo normal es que sean fríos, de un embutido que solemos variar para no aburrirnos.

—Es que… hoy a las siete tienes que ir a buscar a tu hermana al aeropuerto —explica casi con timidez.

—Sí, ya sé… ¿Y?

—Y he pensado que… —Se muerde el labio inferior con intención. Menos mal que está de espaldas a los chicos, porque esa es clarísima—. Que podíamos aprovechar la hora de la comida para… dormir la siesta —acaba por decir, de una forma extraña y demasiado rápida, como si lo pensase en el último momento.

Arqueo las cejas y la miro burlón.

—¿Dormir la siesta?

—Esto… sí —me dice con una vacilación que en ella no deja de ser asombrosa—. Hoy es el último día de campamento de las niñas… Y llega tu hermana. A saber cuándo podremos dormir otra tarde, ¿no?

Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no echarme a reír. Porque ahora parece avergonzada y eso es todavía más increíble. Mi ego echa de menos esa primera impresión lujuriosa, pero, joder, está tan adorable… Lo que me escama es qué la ha hecho retraerse de esa manera.

—¿Y cómo prefieres la siesta, juntos o por separado? —susurro con soltura, ignorando a conciencia su repentina incomodidad.

—Ehh… Pues… —Como si mi cuestión hubiese reactivado su coquetería, vuelve a pinzarse el labio y baja la cabeza para mirarme entre sus pestañas, tentadora—. Por mí juntos, aunque… Entonces supongo que no dormiremos mucho, ¿no?

Esta actitud atrevida, dulce y mimosa actúa como un afrodisíaco. Me pone malísimo a una velocidad de vértigo.

—Me encanta cómo piensas, pelirroja —le digo con una sonrisa torcida. Pero mis ojos vuelan a los chicos, que ya han comenzado a comer y miran hacia nosotros—. Pero ahora vamos con ellos, anda, que…

—Ve tú. Yo tengo que hacer un par de compras e ir a Correos antes de que cierre. Pasado mañana es el gran día —comenta. Se refiere al aniversario de mis padres y pone los ojos en blanco mientras comienza a andar hacia atrás, en dirección hacia los demás, por donde tiene que pasar para irse.

—Vale, nos vemos, entonces —digo yo, siguiendo sus pasos.

—Laura, ¿te vas? —se interesa Tobías cuando ve que ella no hace el amago de acercarse, sino que levanta la mano para despedirse. Lo cierto es que nos tiene mal acostumbrados a todos, creo yo, acompañándonos estos quince minutos y haciéndonoslos más agradables.

—Sí, hoy no puedo quedarme. Lo siento —explica ella con una sonrisa.

—Pues deberías —prosigue él—. Cuando tú estás, la comida sabe muchísimo mejor.

Joder para el chaval. Para el trabajo muy espabilado no es, pero, con sus escasos veinte años, parece que sí lo es con las tías.

—Vaya, estás hecho todo un galán —contesta ella—. Pero, en serio, tengo que irme, así que mil disculpas a tus papilas gustativas.

Tobías se ríe y se levanta. Y yo me siento para observar con atención el espectáculo.

—Vale, pero solo te perdonarán si bailas conmigo la próxima vez que nos veamos en el Pantera. Y luego podemos tomarnos algo y conocernos un poco mejor, ¿no?

—Eh… No tan rápido, vaquero —le dice ella sin perder la sonrisa, pero señalándolo con un dedo—. ¿Tú no estabas saliendo con la hija de…?

—Lo hemos dejado. Era demasiado cría —le espeta él, haciendo que ahora el que más y el que menos nos echemos a reír. Lo cierto es que él también lo es, pero tiene un don con las chicas espectacular. Pasa de una novia a otra con más frecuencia de la que yo pago el IVA. Si labia no le falta…—. Así que ahora estoy libre, Laura. Cuando quieras…

Ella se echa a reír, pero sin ninguna pretensión, sino de una manera casi dulce. Da dos pasos hacia él y le habla en voz más baja, aunque, quizá porque estamos superatentos, la oímos todos.

—No es que no me sienta halagada, Tobías, pero ¿sabes qué pasa? Que seguramente a mí me pasaría lo mismo que a ti con esa chica. ¡Hasta luego, chicos! —acaba diciendo y nos guiña un ojo antes de darse la vuelta y marcharse del lugar.

Yo escondo la sonrisa dándole un tremendo mordisco al bocadillo mientras las burlas hacia el chaval no tardan en llegar.

—¡Vaya! Así que te pasas a las maduritas, ¿eh? —le dice Julián.

—Si Laura es muy joven… —se defiende él, acomodándose de nuevo en las maderas.

—Pero aun así… te saca unos años. Y mentalmente, muchos más, tío —comenta Colás, a lo que Tobías hace una mueca antes de beber de su refresco.

—Yo admiro tu coraje, eh, de verdad, pero vaya palo, ¿no? —Se ríe Luis, un chaval que contraté hace apenas unos meses y que es amigo de pandilla del otro.

—Había qué intentarlo, tío —le dice este convencido—. Laura está tremenda… Y hay que ver cómo se mueve en la pista. ¿Os la imagináis en…?

Lo interrumpo yo. Tosiendo. Porque, maldita sea, se me ha ido el Kas por donde no debía. Y como vuelva a decir algo así, el que se va a ir es él. Al quinto pino de una buena patada en el culo. A ver, que no es la primera vez que comenta que está buena y ese tipo de cosas, de ella y de otras tantas, pero esto… Esto ya es pasarse.

—Perdona, jefe, ya sé que es tu cuñada y eso… —prosigue él mirándome—. Pero, joder, con un pibón como ese en casa, ¿de verdad que nunca has intentado tirártela?

—¡Tobías! —gritan Colás y Julián casi a la vez. Y yo se lo agradezco, porque me he quedado mudo ante tanto descaro. Que la sangre se me haya subido de golpe a la cabeza tampoco ayuda a que mi cerebro consiga llevar a la boca las palabras correctas.

Pero nada, que él insiste. Son ya años trabajando juntos, donde todos bromeamos sobre sexo y soltamos burradas algunas veces, y claro… la confianza da asco.

—A ver, que yo no soy chismoso y, si me dices que los rumores no son ciertos, me lo creo, pero… ¿ni siquiera lo has pensado? ¿Ni una sola vez? Joder, Laura es como tener a la Scarlett Johansson en pelirrojo en casa, y eso y no estar todo el día empalmado es imposible. Es…

—Tú quieres morir joven, ¿verdad? —le suelto de repente, cuando mi mandíbula ha vuelto a su lugar y mis ojos han comenzado a doler de tan abiertos que estaban.

—Vale, vale, me callo —dice, adquiriendo un color rojizo.

—¡A trabajar! ¡Ya! —grito, porque quiero que desaparezca de mi vista a la de ya. Su coqueteo con Laura no me molestó en absoluto, incluso me divirtió, pero esto… Saber que, por lo visto, lo pone tan cachondo como a mí… Esto me da ganas de enterrarlo bajo la próxima cimentación que hagamos, joder.

El chaval se levanta sin acabar tan siquiera de comer y se escabulle dentro del cobertizo. Y, aunque hasta siento una punzada de lástima hacia él al ver allí el inacabado bocadillo, no me desdigo. Necesito quitármelo de delante, a ver si así soy capaz de olvidar lo que ha dicho. Jesús…

Unos minutos después, cuando ya todos hemos terminado, cojo aquel resto y se lo paso a Luis.

—Anda, dáselo y que lo acabe. Pero donde yo no lo vea.

El chico lo coge con una sonrisa y, después de hacerse también con la bebida de Tobías, se encamina hacia su amigo.

—No es mal tío —comenta—, pero a veces no controla mucho lo que dice.

—Lo sé. Anda, ve.

Cojo un cigarrillo que hoy preciso más que nunca y lo enciendo en una larga calada. Miro de reojo a Julián y Colás, el primero imitándome y el segundo con la vista perdida al frente. Por favor, que se mantengan así, calladitos. Por favor.

Voy por la mitad del pitillo cuando Julián rompe el silencio.

—¿Nunca, Chema? ¿Ni una sola vez? —me pregunta con auténtica curiosidad, sin ningún tipo de burla en la voz.

Colás se ríe entre dientes, aunque lo disimula lo mejor que puede, tapándose incluso la boca con la mano.

Y yo… Yo…

—¡Iros todos a la puta mierda, joder! —grito levantándome y comenzando a alejarme de allí.

—Pero… ¿por qué te pones así? —pregunta Julián a mi espalda. Y hasta parece preocupado.

—Porque si no lo ha pensado, ahora fijo que lo hará —le contesta su hermano, en voz lo suficientemente alta para que yo lo oiga.

Y ahora el que se ríe es Julián.

Serán cabrones, joder.

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page