Por nosotros
CAPITULO 12 » Laura
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Laura
He descubierto que me gusta llevar el control. Casi tanto como no hacerlo. Con Chema el sexo siempre es alucinante, pero es fascinante saber que soy yo la causante de hacerlo jadear así. Incluso depende de mí que esté cerca de correrse o se desespere por no hacerlo.
—Por Dios, muévete, Laura —gime él debajo de mí.
Me mezo con suavidad, solamente por fastidiar y bueno… porque a mí me encanta. Mi clítoris se frota contra su pelvis y a mí no me hace falta nada más para…
—Me vas a volver loco, joder —protesta clavándome los dedos en las caderas y elevándome sobre su cuerpo, marcando durante unos instantes un movimiento ascendente y descendente con el que aprieta los dientes y parece disfrutar demasiado.
Cuando ahoga un jadeo, me anclo a su cuerpo, echándome encima de su torso e imposibilitándole que pueda seguir levantándome… o casi. Porque cuando es su pelvis la que sale a mi encuentro en una embestida bestial, soy yo la que jadea como si me hubiese cortado el aliento.
—Joder…
—¿Te gusta, pelirroja? Entonces, ¿por qué me lo pones difícil, eh? —me provoca él.
—Porque se supone que, si estoy arriba, es a mi manera, ¿no? ¡Dios, no hagas eso! —gimo cuando me aprieta muchísimo contra él, abarcando con sus manos casi todas mis nalgas, y comienza con embestidas profundas mientras me mueve adelante y atrás, consiguiendo que vaya a correrme en cualquier momento.
—¿Aún no te has dado cuenta de que nunca es a tu manera? —se burla él un poco más. Y, entonces, sintiéndome retada, me incorporo un poco y llevo sus manos hacia la almohada, se las sujeto sobre ella y hago fuerza con mis muslos para que no le resulte tan fácil moverse.
Él levanta las cejas divertido y abarca con los dientes su labio inferior. Pero me deja hacer, por lo que disfruto un buen rato lamiéndole el cuello y mordisqueándole la nuez, deleitándome al ver cómo se desplaza al tragar saliva con fuerza, gozando de mis besos y mi suave pero rítmico baile de cadera.
—Ahora soy yo la que mando. La que tiene el control… —susurro de nuevo sobre sus labios.
—¡Ja! Ya te gustaría. —Chema sonríe perversamente y me voltea en un movimiento rapidísimo que no me espero, para ser él el que acaba encima de mí. Solo hay un problema… Uno en el que no ha pensado. Que la cama es bastante pequeña y que, al girarnos, nos caemos de ella.
Gracias a Dios, los reflejos que parecen escasearle con las palabras los tiene con el resto del cuerpo. Coloca las manos rodeándome la espalda para que el impacto contra la alfombra no me lo lleve todo yo y él termina encima de mí, sí, pero sin demasiada rudeza. Y, claro, al no salir lastimados, las risas están servidas.
Me carcajeo de tal forma que sacudo todo el cuerpo, y él me imita, pero escondiendo la cabeza en mi cuello y apoyando la frente en la alfombra.
—Ay, Dios… —balbuceo entre risas—. Menudo control que derrochas, eh…
—Serás bruja…
—Lo único que no has controlado es el tamaño de la cama…
Y de nuevo, unas carcajadas profundas me agitan entera.
—Tenemos que cambiarla. Comprar una más grande, joder —protesta Chema, mirándome ahora a la cara, pero con una sonrisa enorme bailándole en la boca.
—O dejarme mandar a mí… Si lo hubieses hecho…
Las risas y el cachondeo se me cortan de golpe cuando se cuela en mi interior de un empujón. Aspiro y me muerdo el labio para ahogar el grito, simplemente por no darle esa satisfacción, pues, tal como me mira, era lo que quería provocar.
—Dámelo —suplica él, capturando mis labios uno a uno y comenzando a moverse de una manera lenta pero contundente—. No me niegues oírte mientras te follo. Es algo que me encanta, que…
Y se lo doy. Ese y otros más. Jadeo y clavo los dientes en su hombro, mientras yo misma llevo una mano a mi clítoris para que el placer sea mayor.
Él baja la cabeza y se esmera en mis pechos, haciendo que uno de esos mordiscos enloquecedores que me prodiga se confunda con el orgasmo que se concentra en mi vientre, desencadenándolo de forma casi demencial.
—¡Dios! ¡Por Dios! No pares, por Dios…
—Ni loco… —gime él, soplando su aliento en mi durísimo pezón.
Sin ser apenas consciente, levanto la pelvis ante tanto placer, y eso parece acabar con el escaso dominio que Chema tenía sobre el suyo, porque me embiste un par de veces más y gruñe al tiempo que se queda casi rígido.
—Jesús… Laura…
Unos instantes después sale de mí, pero permanece ahí tumbado, exactamente donde estaba. Con su cabeza sobre mi pecho y una de sus manos ahora en mi pelo. Nos mantenemos en silencio, recuperando el aliento y despertando poco a poco a la realidad. A la de verdad. No a esa maravillosa que logramos crear juntos, cuando estamos desnudos, fundidos el uno en el otro, solo pendientes de este deseo abrumador que nos consume, sino a esa en la que todavía no me siento del todo cómoda acostándome con el marido de mi hermana.
Él se remueve un momento para deshacerse del condón y vuelve a acomodarse sobre mí, pero cuando, un rato después, oigo su respiración acompasada, le acaricio el pelo para llamar su atención.
—Chema…
—Mmm… ¿Te peso?
—No. No es eso. —Sonrío. Y realmente no es eso. Pesa un poco, sí, pero es tan agradable tenerlo así… Es un peso reconfortante, que me hace sentir incluso querida. ¡Qué tontería, ¿verdad?!
—Eh… No te quedes dormido. Tienes que ir a buscar a tu hermana.
—Mmm…
—Chema… Al final vas a llegar tarde, ya verás.
—Aún hay tiempo —protesta él en bajito, zalamero.
—Pero tienes que ducharte y… Y estaría bien levantarnos del suelo. —Río.
Él levanta la cabeza y clava sus ojos en los míos.
—Ven conmigo —me pide con una sonrisa ladeada. Ay, joder, esa puñetera sonrisa…
—¿Qué? ¡No! Es tu hermana… No la conozco… Yo ahí no pinto nada.
—Venga, ven conmigo. Te la presentaré y… Yo también hace muchos años que no la veo…
—No, Chema. No voy a ir. Olvídalo. Y venga, levántate, que…
—Por favor. Quiero que vengas conmigo —dice ahora más serio. Y parece tan sincero… Me quiere con él. Pero no como yo quisiera.
—No, lo siento, pero no voy. Lo nuestro es lo que es, Chema. ¿Me llevarías si no acabásemos de follar? —pregunto sin mucha delicadeza.
Él da un respingo, se separa de mí y se incorpora del suelo. Rodea la cama y se sienta en ella dándome la espalda.
—Joder, Laura…
—¿Lo harías? —repito yo, levantándome también y observándolo.
Se mesa el cabello varias veces y suspira con fuerza.
—No… No lo sé —admite.
—Pues eso. —Y así, desnuda como estoy, me planto frente a él. Fuerzo la sonrisa más falsa de la historia y le toqueteo el flequillo—. Anda, ve a ducharte. No es plan de que espere ella.
Pero soy yo la primera que sale del cuarto para hacer eso que le he propuesto a él. Meterme bajo la ducha, donde las lágrimas que caen de mis ojos puedo ignorarlas, poniendo tanto empeño que consigo imaginar que solo son parte del agua que cae de la alcachofa.