Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 12 » Chema

Página 42 de 113

Chema

 

 

Hace más de veinticuatro horas que no veía a Laura y… la echaba de menos, joder. De hecho, tanto que parece que no soy capaz de quitarle los ojos de encima.

Es absurdo. Una auténtica memez. Pero mis ojos no opinan como yo, porque en cuanto los desvío un segundo, vuelven a buscarla.

Ayer, después de recoger a Adela en el aeropuerto, con un retraso en el vuelo de casi dos horas, la llevé directamente a casa de mis padres. Las niñas ya estaban dormidas, tal como supe a través del WhatsApp por Laura, así que era una tontería que fuese a conocerlas en esas condiciones.

Cuando llegué al piso, tardísimo, después de cenar con ellos y ponernos al día, Laura también dormía. Sin ninguna intención de despertarla, me encontré metiéndome en su cama y abrazándola por detrás. Ella se acurrucó contra mí aún sin ser consciente y eso me hizo sonreír. Y que un detalle como ese consiguiera sacarme con tanta facilidad una sonrisa fue lo que me llevó a salir de la cama como si a esta le hubieran crecido pinchos. Sobre todo después de nuestra última conversación… Sobre todo porque no quiero confundirme. O confundirla. Así que volví a mi cuarto, donde me costó una barbaridad quedarme dormido y cuando lo conseguí… fue para volver a tener ese sueño perturbador y dañino. Ese en el que toco para Clara y ella se sienta en mi regazo. Hasta que desaparece. Puede que al principio fuera una especie de señal, una premonición de lo que iba a ocurrir. Que ella me abandonaría demasiado pronto. Pero ¿ahora? Ahora no tiene ningún sentido, joder.

Hoy, sábado, cuando me he levantado, Laura ya no estaba. Me había dejado una nota diciéndome que tenía hora en la peluquería y que había quedado para comer con Lidia, sabiendo que yo querría llevar las niñas junto a su tía y pasar tiempo con ella.

Y eso fue lo que hice. De hecho, todo el santo día. Que no es que no estuviese a gusto con mi hermana, por Dios, pero con mi madre… eso ya es otra cosa. Lo único que tengo que agradecerle es que parecía encantada de que sus dos hijos saliesen a tomarse algo juntos, por lo que se ofreció a que las niñas pasasen la noche allí.

Mañana toca madrugar para llevarles la ropa y prepararlas para la ocasión, pero, al menos, sé que he conseguido una noche a solas con Laura. Una que incluso me sorprende la ilusión con la que la espero.

—Dios mío, qué grandes estáis todos, ¿no? —comenta mi hermana con una sonrisa cuando ve entrar a Julián, acompañado por Teresa. A él y a Álvaro los recuerda de cuando ambos frecuentaban mi casa siendo todavía unos canijos. Al que no conocía es a Pedro, pero, en los diez minutos que llevamos sentados en las mesas que hemos juntado, ya parecen grandes amigos. Es lo que tiene el poli… Una simpatía y un don de gentes brutales. Y mi hermana parece disfrutar mucho de la compañía.

—¡Adela! —Julián le da dos besos y le presenta a su mujer. Y ya estamos todos, pues Laura ha llegado junto con Nela hace un rato y Pedro con Colás—. Estás guapísima. ¿Cuántos años decías que tenías?

Teresa le da un codazo a su marido y mira a Adela negando con la cabeza con resignación, pero esta se ríe con ganas.

—Estos hombres… —susurra la morena mientras se sienta frente a Laura y al lado de su marido, que, como suele ser habitual, lo ha hecho en la cabecera contraria a la que ocupo yo.

—No pasa nada, no soy de las que los oculta. Tengo cuarenta y siete. O sea, que cuando me fui del pueblo, con veinticinco y recién casada, ellos —nos señala a Julián y a mí— tenían ocho. Ocho añitos, madre mía. ¡Míralos ahora! Pedro, tú ni siquiera vivías todavía en el pueblo.

—No, nos mudamos a El Pilar cuando tenía diez. —Una sombra amarga parece cruzarle la cara, pero pronto compone una sonrisa burlona para proseguir—. Y debes de estar en shock, ¿eh, Adela? Aquellos niños están hechos unos vejestorios.

—Cállate, mamonazo, que eres un año mayor que nosotros.

—Pero a mí no se me notan, tío. Por ahora, me siguen creyendo cuando les digo que tengo veinticinco.

—Joder, será porque están borrachas… O porque estará muy oscuro. Claro, tú siempre jugando con ventaja —continúa Julián.

—No, idiota, nada de eso. ¡Chicas, decídselo! Que aparento mucho menos.

Pero, por desgracia para él, solo se oyen carraspeos de parte de ellas y alguna que otra risita. Nosotros, directamente, nos carcajeamos. Aunque, si somos justos, veinticinco quizá no, pero el poli no aparenta muchos más. Se conserva bien el tío. Entonces observo a mi hermana y se me ocurre pensar que ella también. Tiene la complexión delgada y menuda de mi madre, el pelo trigueño como el mío, sin una sola cana, aunque eso ya no sé si es producto del tinte o no, y una sonrisa preciosa que dulcifica sus rasgos. Y, por si eso fuera poco, viste como cualquier chica de mi edad o menor. No sé por qué, me la imaginaba casi como una señora, al menos físicamente, pero lo cierto es que parece todo lo contrario. Una más de nosotros, incluso.

—Laura, tía, tú no me falles —se queja el poli, tocado por que nadie haya salido en su defensa—. Mira que yo siempre digo que tú estás buenorra de narices.

Laura se ríe, pero no da su brazo a torcer.

—Se agradece —dice entre risas.

—No va a mentir porque le des coba, Pedro. Sobra quien lo haga y todavía más quien lo piense, ¿verdad, Rubio? —suelta Julián, dejándome un instante a cuadros.

Un instante que se me hace eterno hasta que Colás lo rompe.

—A Tobías lo tienes loquito, Laura. Aquí, los tres fuimos testigos.

Suelto el aliento retenido. Vale… Julián estaba hablando de eso y quería que lo corroborara. Joder, al final va a tener razón Laura y soy desconfiado por naturaleza.

Y ella sigue riéndose.

—Pobre… —susurra—. Hasta me dio pena darle calabazas.

—Pues nada… Sal con él —digo sin pensar. Y hasta molesto. Pero ¿qué coño me pasa ahora?

Por suerte, ella no parece ofendida ante mi salida de tono, sino incluso divertida.

—Bueno… Lo haría, pero creo que no estaría a mi altura. He descubierto que la experiencia en un hombre es muy importante. —Entonces mira al resto y sonríe pícara—. Pero no os preocupéis, ¿eh? Que los abuelos son intocables.

Todos le ríen la gracia y comienzan a bromear sobre ello. Y yo me muerdo el labio inferior, por no mordérselo a ella.

—En fin, ya sabes lo que dicen, la experiencia es la madre de la ciencia —refranea Nela.

—Uff… —protesta Colás, demasiado serio—. No lo dirás por la tuya.

Nela lo fulmina con la mirada.

—No veo que hayas mejorado tú mucho después de adquirir tanta como dicen —le espeta ella sin paños calientes, haciendo que Julián escupa la caña que acaban de servirle y de la que ya bebía. Adela abre los ojos como platos un tanto perdida, y Teresa y Laura lucen unas sonrisas mordaces y contenidas. Pedro y yo nos dedicamos a mirarnos entre los dos, esperando que esto no termine mucho peor.

—Ni yo que te quejaras —suelta él con los dientes tan apretados que va a partirse alguno como siga así.

—Quizá ahora sí pueda hacerlo —sigue ella, cogiendo su cerveza de la mesa con calma, como si estuviese hablando de algo tan normal como el tiempo. Ante esa frase, Laura le aprieta el muslo, pero creo que solo yo he visto el gesto, al estar en ángulo recto con Nela. Quizá también Pedro, que está al lado de Laura, pero Colás, que está frente a ellas, pues va a ser que no. Además, creo que ahora solo ve rojo. El mismo color del que se le ha puesto el rostro.

—¿Qué coño tratas de decirme? —dice, furioso—. ¿Que te has…?

—Creo que ya vale, chicos —interviene Teresa—. A nadie le interesa demasiado vuestra vida sexual, en serio.

—Bueno, a mí sí —suelta el idiota de Pedro, con una sonrisa torcida y la vista clavada en Colás, casi provocándolo.

—Será porque tú no tienes —le dice este, volviendo su rabia a él.

Y, contra todo pronóstico, el poli se queda callado, pensativo y después… Después le da un ataque de risa. Pero en toda regla. Incluso tiene que limpiarse las lágrimas que se le escurren por las comisuras.

—¿Se ha vuelto loco o qué? —pregunta Julián a nadie en particular, mirándolo sorprendido. Como todos, vaya.

—Creo que se parte de algún chiste muy suyo —opina Laura, aunque ella no puede evitar contagiarse un poco de Pedro y también se está riendo.

—Joder, pues que lo comparta —pido yo. Después de la violenta escena anterior nos vendría genial—. ¡Pedro, oye! ¿Qué? Cuenta, ¿no?

—Ni de coña… —consigue decir, o balbucear, más bien—. Ni de coña, tío…

—Vosotros nunca os aburrís, ¿verdad? —interviene ahora mi hermana, paseando su vista por todos nosotros, más divertida que alucinada, lo que ya es un punto importante más a su favor. Sobre todo, porque logra que nos volvamos a reír todos, incluso Nela y Colás. Bueno… Este último esboza una sonrisa de medio lado, que ya es algo.

 

***

 

—Ha sido un placer conocerte —le dice Adela a Laura en la puerta, cuando ya todos se han ido, menos Pedro, que se ha acercado a la barra a pagar la última ronda.

—Lo mismo digo, Adela —responde la pelirroja con una sonrisa.

—Bueno, espero que nos veamos mucho estos días. No es que me queden muchas amigas en el pueblo —continúa mi hermana—. Y tampoco se trata de saturar a mi hermano con mi compañía.

—No será el caso. —Sonrío yo—. Creo que se nos van a hacer muy cortas tus vacaciones. A los dos.

Ella me sonríe y aprieta mi mano emocionada. Supongo que todo esto es demasiado para ella. Su vuelta al pueblo después de tantos años, descubrir que yo no tengo nada que ver con aquel crío que dejó, encontrar a nuestros padres tan mayores…

—¿Qué? ¿Nos vamos? —pregunta Pedro, acercándose—. Vaya, no me extrañaría que se pusiese a llover. Tengo ahí el coche, ¿os acerco, chicos?

—No, qué va —se apresura Laura a contestar—. Tú vas en dirección contraria y estamos solo a un paseo.

—¿De verdad? No me importa, eh.

—Ya, pero no es necesario, Pedro —digo yo—. Lo que sí podrías es llevar a Adela, ya que vives cerca de mis padres, ¿te parece?

Ante la afirmación de Pedro, miro a mi hermana esperando que apruebe mi idea.

—Por mí, genial. Lo cierto es que estoy cansada, a pesar de que aún es temprano.

—No me extraña. El viaje y las emociones. —Sonríe Laura compresiva, a lo que Adela asiente imitándola.

—Pues nada, entonces vamos, Adela. Hasta luego, chicos —se despide Pedro, dándole un beso a Laura en una mejilla.

Laura y yo nos quedamos mirando como desaparecen por una esquina antes de girarnos y comenzar a andar nosotros también.

—Tu hermana es un encanto.

—Sí, lo es. —Sonrío—. Pareces sorprendida y todo.

—Lo estoy —dice girando su cara hacia mí—. Se parece tanto físicamente a tu madre que me resulta raro que sea tan simpática.

Ahogo una carcajada y meneo la cabeza ante su franqueza.

—Pues ya ves… —continúo cuando creo ser capaz de hablar sin reírme. Entonces cuatro gotas bastante gordas caen sobre mi cara y apresuro el paso—. Comienza a llover.

—Pero qué listo eres. —Se ríe ella intentando seguir mis zancadas—. Pero tranquilo, que no encogemos.

Yo la miro y sonrío, pero, cuando las cuatro gotas se convierten de pronto en una lluvia tenaz y ruidosa, no puedo evitar apurar más y vacilarla un poco.

—Menos mal, porque entonces solo te faltaba ser azul.

Ella frunce el ceño y me da un empujón.

—Serás…

Interrumpo el insulto que me merecía empezando a correr y, sin pensar, la cojo de la mano para tirar de ella y llegar lo antes posible a casa. Lo de acabar empapados ya es inevitable, pero verla así, con las gotas de agua recorriéndole la cara y colándose entre las comisuras de sus labios, me da otro motivo para querer estar entre cuatro paredes. Sobre todo, solos…

La oigo reírse cuando tropieza a causa de mis prisas, pero yo sigo corriendo con el portal del edificio ya a la vista.

—Venga… —la apremio, mirando un momento hacia atrás cuando ya casi alcanzamos la puerta.

—Vale, va…

—¡Eh, cuidado! —grita una voz frente a mí, enmudeciendo a Laura.

Yo vuelvo la vista al frente y veo a las dos hermanas que viven en el segundo también accediendo al portal. Freno en seco y me aparto el agua que chorrea sobre mi frente. Dios, por poco me las llevo por delante.

—Es que tendríamos que haber regresado antes a casa. Se nos ha caído la noche encima y ya te dije que se iba a poner a llover —le dice una a la otra.

—Ya, ya… Tú, que lo sabes siempre todo —refunfuña la segunda, aunque no la mira al hablar. Y yo tardo un pelín en darme cuenta de que no lo hace porque tiene los ojos clavados en nuestras manos. En esas que Laura y yo todavía tenemos entrelazadas.

Se la suelto con rapidez, llevándome una a la cabeza y retirándome el pelo mojado hacia atrás. De reojo veo la extraña mueca que hace Laura, pero la ignoro, sonriendo como un idiota en dirección a las señoras, esperando que no le den ninguna importancia a lo que han visto. Aunque supongo que eso es mucho pedir.

Estas dos mujeres son dos cotorras un tanto excéntricas, pero cotorras al fin y al cabo. Hermanas, solteras y viviendo juntas desde siempre, en el pueblo las apodan «las viejas Pili y Mili». Y lo más raro del asunto es que incluso ellas responden a esos nombres. Bueno, a lo de viejas no, que nadie se atreve a decírselo a la cara.

—Buenas noches, señoras —saludo forzando otra sonrisa.

—Lo eran, joven, lo eran —me responde creo que Pili, ya abriendo la puerta.

—En fin… —Y eso lo dice la que nos ha pillado tras un carraspeo, observándonos a mí y a Laura con los ojos entrecerrados y entrando justo a continuación tras su hermana.

Yo tengo que dar un paso largo y estirar la mano para que no nos dejen fuera, dedicándoles una sonrisa más estúpida que las anteriores cuando ellas se vuelven a mirarnos.

—Subís, ¿no? —oigo la pregunta, aunque solo niego con la cabeza viendo a Laura adelantarme y comenzar a subir las escaleras.

—Eh, espera… —la llamo cuando le doy alcance—. ¿Qué pasa?

—Nada —contesta con la vista al frente—. ¿Qué va a pasar?

La miro sintiéndome incómodo, porque no hay que ser un lince para saber qué le ha molestado. Pero, como no sé qué decirle que no le haya dicho ya y también quiero olvidar lo que han visto mis vecinas, me la cargo al hombro al llegar al último rellano.

—¡Ey! —protesta y me da un cachete en el culo—. ¡Bájame!

—Oh, no. No quiero que te canses.

Ella ahoga una carcajada y un resoplido, todo a la vez.

—Das demasiadas cosas por hechas —masculla.

—¿Tú crees? —Sonrío al acceder al piso. La dejo resbalar por mi cuerpo hasta ponerla en el suelo y entrecierro los ojos con malicia—. ¿De verdad lo crees?

Y Laura me imita. Achica los suyos y, de repente, se echa a reír.

—Ay, Dios. No puedo… No puedo con esa pose de creído que te gastas a veces. Estás ridículo, no te pega, no…

La callo de la única manera que me apetece. Sin delicadezas, voy a por su boca y le meto la lengua sin más preámbulos. Y la suya sale a mi encuentro al instante, para después succionar, lamer e incluso morder, convirtiendo este beso en uno de los más calientes de mi vida.

Solo cuando ya jadeamos uno en la boca del otro, con nuestros cuerpos rozándose y moviéndose en busca de mucho más, me aparto un poco, lo justo para inhalar una bocanada de aire y apartarle el pelo mojado de las mejillas.

—Me encanta hacerte callar —murmuro con una voz tan ronca que no reconozco como mía.

—Y a mí cómo lo haces —gime ella mordisqueándose el labio inferior.

—Joder, Laura… —prácticamente gruño, capturando ese mismo labio ahora entre mis dientes.

Volvemos a besarnos como locos, desquiciados, como si ayer mismo no hubiésemos disfrutado de nuestras bocas. Es como una adicción. Laura, sexo, placer, olvido… son para mí lo mismo.

La cargo alzándola por el trasero y me encamino hacia su habitación. Solo quiero tirarla sobre la cama y enterrarme en ella para siempre.

Ella se ríe sobre mi boca, abarcando con sus manos mi cabeza, metiendo sus dedos entre mi pelo y revolviéndomelo a conciencia.

—Solo una cosa… —dice cuando recorremos el pasillo, con sus dientes arañando mi cuello.

—¿Sí?

—Estás ridículo, pero… me pone. —Y reafirma esas palabras mordiendo con ganas.

—Dios… —La lanzo sobre la cama, para acto seguido saltar a lo bestia sobre ella haciendo que se parta de la risa.

Aunque pronto, casi enseguida, esas risas se convierten en sonidos que me gustan todavía más. Lo que ya es decir.

Ir a la siguiente página

Report Page