Por nosotros

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CAPITULO 13 » Laura

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Laura

 

 

Llego a la iglesia rezando para que no se haya acabado la ceremonia. Sería algo no solo de muy mala educación, sino que a Adela incluso le parecería un pecado capital.

Por suerte, al entrar intentando no hacer ningún ruido con mis tacones, suspiro aliviada cuando veo la cola que ha formado la gente para comulgar. Me apoyo en la pared junto a la puerta y espero a que termine la misa como si en realidad hubiese asistido a ella. Mentirosa… Y dentro de la casa de Dios. Lo mío ya no tiene remedio.

Aunque no lo he hecho a propósito, si eso sirve para excusar mi mala conducta. Me quedé dormida. La noche fue de lo más movidita, sí… Pero, además, Chema se quedó en mi cama toda ella… No se escapó a su cuarto como suele hacer. Me abrazó encajando mi espalda en su pecho y durmió conmigo las pocas horas que pudo hacerlo antes de madrugar para ir a atender a las niñas. Y, cuando sonó su despertador y se despidió de mí con un beso, me estiré en las sábanas con una sonrisa boba y cerré los ojos sintiéndome estúpidamente feliz por ese simple detalle, despertar con él. Y así volví a dormirme, con la tranquilidad que da la felicidad.

Si en el fondo soy una ñoña de narices…

Muevo los pies para cambiar el peso de uno a otro y sonrío mientras me miro los zapatos que llevo puestos. Me muero por observar su reacción cuando los vea… Por suerte, tras recogerlos en Correos y probármelos, el número me venía perfecto. La incomodidad que producen casi doce centímetros de tacón de aguja va a valer la pena, seguro.

Lo dicho. Ñoña del todo, comportándome como la idiota enamorada que también soy. Solo espero que él se tome esto como un juego o una pequeña broma y no como lo que es. Unas ganas inmensas de sorprenderlo, de cumplir cada una de sus fantasías, de intentar hacerlo un poco más dichoso.

—Hola, cariño. ¿Has estado aquí de pie todo el rato? —me pregunta mi padre al acercarse.

Pestañeo muy rápido y me percato de que la ceremonia ya ha concluido y compongo una sonrisa mientras me encojo de hombros.

—Ya sabes que no soy mucho de sermones.

Él hace una mueca y se atusa el bigote antes de darme un beso en la mejilla e indicarme con la mano que salga delante de él.

Una vez ya en el atrio, espero un poco separada a que salga toda la gente, que comienza a formar corrillos para hablar. Clavo la vista en la puerta, esperando ver como la atraviesa Chema, o sus padres, a los que sin duda tengo que felicitar por renovar sus votos de casados después de cincuenta años. Algo absurdo, en mi opinión. Pero claro, yo tampoco le doy demasiada importancia a un papel que registre el amor entre dos personas. Soy más de hechos, y los formulismos se los dejo a quien los necesite.

Los tres se hacen los remolones en salir, pero a quienes sí veo es a mis sobrinas, de la mano de la hermana de Chema. Entrecierro los ojos perpleja, sorprendida y completamente horrorizada ante sus vestidos, pero acabo abriéndolos hasta la exageración al caer en que van igualitas a las niñas de El resplandor. Joder, si hasta dan miedo…

—¡La Virgen! ¿Han invitado también a Jack Nicholson? —pregunta Nela a mi lado, haciendo que dé un respingo.

—Calla, por Dios… —gimo, mientras me fijo con atención en esos vestidos celestes con puntillas, mangas abullonadas y lazos rosas. Aparto la mirada y observo a mi amiga, que las mira con fascinado horror—. Son igualitas, ¿verdad?

Nela suspira y pestañea, pero parece no poder apartar los ojos de ellas.

—Hasta las ha peinado igual, joder. ¿Lo habrá hecho a propósito?

Ahogo una carcajada tapándome la boca con la mano ante la ocurrencia. Y ante la grotesca imagen que ofrecen mis sobrinas vestidas de esa manera tan horrible.

—Pobres… —murmuro aún conteniendo la risa, porque es eso o echarme a llorar de pura pena—. Pero juro que romperé cada una de las fotos que caiga en mi poder. Por nada del mundo dejaré que sufran el ridículo de verse así dentro de unos años.

—Tarde —dice Nela, mirándome ahora y señalando con la barbilla hacia donde están—. Esa no vas a poder romperla.

Contemplo como un fotógrafo contratado para la ocasión está haciéndoles unas fotos a las niñas con sus abuelos, a las que luego se unen Chema y Adela hija. Ay, es que no han desperdiciado en gastos para la ocasión, solo en mal gusto. Supongo que romperle la cámara al pobre hombre no es una opción, ¿no? Aunque se me pase por la cabeza. Puedo hacer que tropiezo con él y…

—Bueno, las niñas están terroríficas pero tú… Leches, Laura. Estás increíble —me piropea Nela y consigue que mis planes delictivos queden en el olvido.

—¿Te gusta? —Sonrío y me doy una vuelta para lucir mi nuevo vestido negro. En realidad no tiene nada en especial, es de escote redondo, a la altura de las rodillas y de manga sisa. Tampoco se ajusta demasiado, solo lo preciso sin resultar vulgar. Claro que la cremallera que lo recorre de arriba abajo, que yo llevo concienzudamente abierta para que resulte provocativo sin perder la elegancia, junto con los zapatos de tacón de aguja rojos que lo acompañan, sé que lo convierten en sexy a rabiar.

Pensando en ello, mis ojos buscan a Chema y se encuentran con los suyos, que me observan en este momento. Me guiña un ojo desde la distancia y luego baja de mi cara hacia abajo muy despacio, acariciándome con ellos hasta llegar a mis zapatos. Veo como los abre sorprendido al verlos y se mueve su nuez al tragar, para luego buscar deprisa mi cara; me dedica una mirada tan caliente y hambrienta que consigue ruborizarme. Y, para disimular, o quizá para rematarme, se coloca las gafas de sol. Oh, mamá…

Le doy la espalda para evitar hacer el ridículo desintegrándome allí mismo y presto atención a Nela que, por suerte, está demasiado entretenida fijándose en cada uno de los detalles de mi look.

—Y el pelo así… te queda genial, tía —continúa, tocándome unos rizos que he dejado sueltos del moño que llevo a la altura de la nuca.

—Sí, al final he seguido el consejo de Teresa y me he recogido el pelo.

—Estás fantástica.

—Gracias. Y, por cierto, ¿qué haces aquí? Tú no eres demasiado de misas, ¿has venido a cotillear?

—Bueno… A eso y a… hablar con Don Julio —contesta un pelín nerviosa, lo que me hace suponer que seguro que a su madre se le ha ocurrido hacer una misa en honor de su hermano. Así que no insisto más.

—Pues venga, ve, antes de que se te escape —la apremio, lo que parece aliviarla sobremanera y, tras darme un beso en la mejilla y pedirme que me lo pase bien, se mete dentro de la iglesia.

Entonces cojo mucho aire antes de girarme y dirigirme hacia el resto, pues creo que ya he evitado demasiado tiempo mis deberes como invitada. Me acerco con la mejor de las sonrisas hacia los homenajeados y abrazo con cariño a José María, tras besar sus mejillas. Espero que eso sirva como felicitación, porque me niego a vocalizar algo que no siento. Darle la enhorabuena por aguantar durante tantísimos años a esa arpía iría en contra de mi propia ética. Como abrazarla y besarla cuando toca, aunque ella parece opinar como yo, por lo que todo transcurre los más rápido y frío posible.

Ya al lado de mi padre y Lidia, me dedico a hablar con ellos unos minutos, en los que, cómo no, el vestuario de mis sobrinas sale a colación. Supongo que es casi obligatorio, aunque también que todos nos lo tomemos con buen humor.

La hermana de Chema no tarda en aproximarse, por lo que cambiamos de tema y pasamos un buen rato charlando sobre su vida en Estados Unidos y cómo se siente ante este viaje.

En ningún momento vuelvo a buscar a Chema con la mirada, aunque me muero por hacerlo. Me obligo a ignorar que se encuentra a escasos metros, o quizá solo a pasos, intentando comportarme con naturalidad. Lo que consigo, por otra parte. Pero es inevitable que, al final, al ser además muy pocos invitados al convite, todos acabemos juntos, formando un círculo en el que me encuentro prácticamente frente a él.

Teresa y Julián también tienen el honor de asistir a la comida, al ser los padrinos de Marta. A estos lazos la suegra de mi hermana les da mucha importancia. Por lo tanto, Colás también va, en la misma coyuntura. Tampoco podían faltar la hermana de Adela y su marido, junto con su hijo Fernando, su mujer y el niño de ambos, de unos ocho años. La tía de Chema es igualita a su madre, por Dios, aunque al menos sabe sonreír. Y su primo, pues… como siga mirándome el canalillo tan a lo bestia, a lo mejor se lleva una colleja, mía o de su pareja.

Tras las presentaciones, besos y frases de rigor, me enfrasco en una conversación superficial con Teresa, situada a mi lado.

—Como siga así, va a acabar metiéndose en tu escote —masculla ella de repente, haciendo el amago de taparse un poco el suyo, como acto reflejo.

—No va a tener esa suerte. Así que… que disfrute de las vistas —digo con un poco de chulería. Y solo por fastidiar, me bajo unos milímetros más la cremallera.

—Laura… —Teresa rebosa reproche en su voz, pero no puede disimular la sonrisa que se le escapa justo a continuación.

—Joder, pareces la de aquel anuncio —comenta Julián abrazando a su mujer por detrás y apoyando la cabeza en su hombro—. ¿Cómo era…?

—Busco a Jacq’s —contesta Colás con una fugaz sonrisa y poniéndose a mi lado.

—No seáis exagerados. Aquel vestido era mucho más ceñido y más escotado…

—Y aquí al único que puedes encontrar es a Fernandito. —Ríe Julián, aunque, supongo que al pensarlo bien, acaba poniendo una mueca de asco.

—Bueno… —Su hermano ríe entre dientes y mira hacia mi izquierda. Lo oigo antes de verlo, lo que casi agradezco, porque así interrumpe lo que quiera que fuese a decir Colás.

—Hola, Laura.

Giro la cara y me encuentro con Chema enfrente. No había reparado en lo bien que le sienta el traje oscuro que lleva. Ni la camisa blanquísima con dos botones desabrochados. Ni el estudiado afeitado, como si luciese una cuidada barba de dos días. Ni el pelo repeinado hacia atrás, aunque con esos mechones rebeldes que siempre se abren sobre su frente. Mierda… Está demasiado guapo, joder. Y yo demasiado tonta. Vivo con él, como con él, incluso me acuesto con él. ¿Qué me pasa? ¿Acaso me ha dejado lerda el haber dormido a su lado toda una noche entera?

Por suerte, parece que mi falta de respuesta pasa desapercibida, porque los oigo hablar entre ellos con normalidad, como si yo no estuviese sufriendo un ataque de enamoraditis agudo junto con uno de lujuria elevado al máximo exponente. Lo que viene siendo una crisis de gilipollez total.

Observo como Chema mira el reloj y vuelve a girarse hacia mí.

—Venga, tú y yo tenemos que irnos.

—¿Eh? ¿Qué? —A ver, que me voy con él al fin del mundo, pero me acaba de dejar completamente descolocada.

—Ya sabes —me dice con una sonrisa—, los del catering…

—¿Los del catering? —Ni puñetera idea. ¿Pero de qué me habla este hombre? Por suerte, parezco despertar de este trance, porque sacudo la cabeza y me escucho exclamar—. ¡Ah, sí, claro, los del catering!

—Pues eso, chicos. Creo que tenéis pagadas unas consumiciones en el bar de Paco mientras nosotros organizamos un poco todo en casa de mis padres. Nos vemos en una hora o así, ¿vale? —continúa él y, poniéndome una mano en la espalda, me empuja con delicadeza hacia el coche.

Lo miro asombrada durante los primeros pasos, pero pronto me contagio de la diversión que brilla en su sonrisa.

—¿Qué pasa, Laura? —pregunta con picardía.

—¿En serio tenemos que organizar a los del catering? —consigo al fin hablar como una persona normal.

—Sí, claro. —Se levanta un instante las gafas de sol, me guiña un ojo y rodea el coche para meterse en él, lo que imito con rapidez—. Es nuestro regalo de aniversario. Solo espero que la comida sea del agrado de mi madre.

—Y el cómo la sirvan —azuzo mientras me abrocho el cinturón, consiguiendo que él amplíe la sonrisa. Y a mí me encanta. Podría pasarme la vida entera viéndolo sonreír. De hecho, voy a hacer todo lo necesario para que no pueda dejar de hacerlo.

Arranca el coche y coge el camino a casa de sus padres sin ningún comentario más, por lo que yo vuelvo la vista a la ventanilla y me muerdo el labio inferior, un tanto eufórica.

—Oye, ¿y qué se supone que tenemos que hacer? —pregunto un poco después, al pensar en ello.

—Tú, desnudarte y quedarte solo con esos zapatos que me están volviendo loco —dice sin girarse hacia mí. Sus palabras consiguen excitarme al momento, pero también que una risa, mitad horrorizada y mitad divertida, se me escape entre los labios.

—¡Estás loco! —chillo, pero acto seguido entorno los ojos y decido jugar a su mismo juego—. ¿Y eso con los camareros delante o a solas?

Chema gruñe en respuesta y pone una mano sobre mi muslo, desplazando la falda hasta mi ropa interior, aunque en ningún momento aparta la vista de la carretera.

—Me has puesto tan duro que no puedo ni mirarte. Si lo hago, juro que te follaré aquí mismo —sisea casi sorprendido, como si él mismo no se creyese que acaba de decir eso.

—¡Madre mía! —Me río quitando su mano de mi pierna—. Tú conduce, conduce.

Él también se ríe por lo bajo y lleva las dos manos al volante, acelerando todo lo que puede en esta estrecha carretera.

—Por cierto —habla de nuevo mientras busca un lugar para aparcar, ya al lado de la ferretería—, tenemos que hacer algo con tu cama.

—¿Eh? ¿Con mi cama?

—Sí, es demasiado pequeña. Me he levantado agarrotado por no poder moverme como quería.

Se me escapa una carcajada llena de sorna.

—Pues yo diría que te movías de maravilla.

Él apaga el motor, se quita las gafas, abandonándolas entre los asientos, y me mira con ardor. De hecho, tiene las pupilas incluso un poco dilatadas, lo que solo le ocurre cuando está extremadamente cabreado o muy excitado.

—Durmiendo, cariño. Me refería a durmiendo —susurra, acariciando con su dedo pulgar mi labio inferior y mordiéndose el suyo, lo que me hace gemir sin querer—. Joder, Laura, no hagas eso.

—¿El qué? —pregunto, aunque lo cierto es que las palabras me salen como otro gemido.

—Mierda. Vamos, corre —me apremia y sale del coche con una rapidez pasmosa mientras se coloca bien la chaqueta sobre su entrepierna una vez está fuera, lo que me hace reír con ganas—. Sí, tú ríete, que en nada estarás jadeando —me suelta casi empujándome hasta la puerta.

Y eso hago. Jadeo, pero ante su frase.

—Serás prepotente… —me obligo a decir—. Y además, vete quitándote esa idea de la cabeza. No pienso…

Pero me quedo hablando sola cuando él se dirige a grandes zancadas por el pasillo hacia la parte de atrás, donde una chica prepara aperitivos en unas bandejas sobre la mesa de la cocina. Observo a través de la ventana como tres camareros, uniformados para la ocasión, se afanan en colocar cubiertos y vajilla sobre la mesa ya vestida con un mantel blanco.

—¿Todo bien, Aurora? —pregunta Chema en voz alta en cuanto pone un pie en la estancia.

—Sí, Rubio, todo controlado. Ya hablamos de cómo querías cada cosa. No debiste adelantarte a los demás —le dice la chica con una sonrisa mientras mira el reloj.

—Ya, pero tenía que venir de todas formas.

—Vale, pero de verdad espero que no lo hayas hecho por nosotros, no era necesario que…

—Sí, créeme, era necesario —la interrumpe él dando un paso atrás y tirando de mí, para llevarme de vuelta al pasillo. Una vez fuera de la cocina, parece recordar algo, porque se frena y mete la cabeza por la puerta—. Por cierto, cualquier cosa pega un grito, ¿vale? Tengo que hacer unas cosas arriba.

—Vale, sin problema —contesta ella, pero nosotros ya estamos subiendo las escaleras. O más bien, él las sube y a mí me arrastra, literalmente.

—Me gustaría a mí verte correr con estos tacones puestos —termino quejándome a tres escaleras del final.

Él se detiene un instante y me mira con la sonrisa más perversa de su repertorio.

—Eso es justo lo que voy a hacer. Verte correrte con esos tacones puestos.

Le doy un cachete en el abdomen, que es lo que más a mano tengo.

—Serás… Ni se te ocurra. No sé qué coño te ha poseído, pero no voy a…

—Esos zapatos. Han sido esos zapatos —asegura, acorralándome ya contra una puerta y con sus labios sobre los míos—. ¿Qué creías que iba a pasar cuando te los viera, Laura?

—No sé… Esto, supongo. Pero también que esperarías a la noche, o al menos a estar en un lugar más…

—Uf, hablas demasiado —protesta justo antes de besarme. Y cómo me besa, joder. Que parece que quiera comerme enterita. Su lengua parece no saciarse de mi boca e incluso entran en juego sus dientes, tirando de mis labios y bebiendo los pequeños gemidos que soy incapaz de reprimir. Sus manos tampoco están quietas; me suben el vestido a la altura de la cintura y me agarran luego el trasero, apretando y soltando mis nalgas desnudas. Es lo que tienen los tangas, que mucho no tapan—. Joder, Laura —sisea, apartando un momento una mano para llevarla al picaporte tras mi espalda y, después de girarlo, me empuja dentro de la estancia.

A pesar de la excitación, miro a mi alrededor y descubro que estamos en el baño. Me encuentro pensando que ojalá fuese su antiguo cuarto, ya que tengo mucha curiosidad por saber cómo era Chema antes de casarse. Claro que eso se me olvida en el instante en que él me sienta sobre el mueble del lavabo y comienza a abrir la cremallera de mi vestido con la boca, parándose unos segundos para depositar besos húmedos y calientes en cada trozo de carne que va desnudando.

Enrosco las piernas en sus caderas y apoyo la cabeza contra el espejo, mientras mis manos vuelan a su pelo, destrozando el peinado que lucía para la ocasión.

Cuando llega al ombligo, hace el camino a la inversa hasta que vuelve a mi cuello, abarcando ahora todo lo que puede de él en su boca, mordisqueándolo y aspirándome de una manera que me vuelve loca. Tanto que es cuando estoy desabrochando el último botón de su camisa que me doy cuenta de lo que hago y, sonriendo como una tonta, me recreo metiendo las manos dentro de ella y acariciando todo lo que encuentro a mi paso. Sus pectorales, su estómago, sus costados. Hasta pellizco un poco sus pezones causándole un respingo y que se deshaga de su chaqueta más que rápido. Me río ante sus ademanes apurados, pero la risa se me corta en seco cuando se agacha y, apartando el tanga a un lado, empieza a trazar con su lengua cada uno de mis ya encharcados pliegues. Cuando rodea con sus dientes mi clítoris y lo azota con la lengua, tengo que morder una de mis manos para no soltar un grito de puro placer.

—Para, por Dios, para —le suplico sin saber muy bien lo que digo, porque, cuando lo hace, más deprisa de lo que me gustaría, suelto un quejido de protesta que lo hace sonreír.

—¿Paro o no paro, preciosa? —susurra, apropiándose de mi boca y dándole un tirón a mi cremallera con el que me abre el vestido del todo. Después lo aparta a ambos lados de mi cuerpo, deja de besarme y se recrea mirándome de arriba abajo—. Jesús, Laura, eres perfecta.

Con un jadeo, vuelve a besar todo lo que tiene a su alcance, como si nunca se diera por satisfecho. Mis pezones, desplazando de cualquier manera el sujetador, mi estómago, mi vientre, mis caderas. Sigue bajando por mi cuerpo, estirando una de mis piernas hasta que su boca llega al empeine de mi pie, desde donde me lanza una mirada abrasadora antes de deshacer su camino de nuevo. Una parada demasiado corta en mi entrepierna me hace ahogar un sonoro gemido, para luego regresar a mi boca y darme el beso más lascivo que he recibido nunca. Y con él ya llevo unos cuantos con los que comparar.

—Joder, pelirroja, qué bien sabes. Es que no sé qué prefiero besarte.

Sonrío en su boca y voy directa a por su cinturón, que desabrocho en segundos. El botón y la cremallera corren la misma suerte y, sin esperar ni a bajarle el pantalón, meto la mano bajo su bóxer y acaricio su erección, más dura, caliente y gruesa que nunca.

—Dios, Chema, ¿cómo puedes estar así? Hace solo cuestión de horas que…

—¿Y eso me lo preguntas tú? —me interrumpe con la voz enronquecida por la excitación y metiendo dos dedos de golpe dentro de mi sexo que, empapado, los acepta sin un ápice de dolor. Solo hay placer, placer que traduzco en un jadeo que me sale de lo más hondo, mientras aprieto su miembro con una mano y con la otra trato de bajarle toda la ropa para tener mejor acceso.

Él me ayuda con la que no tiene ocupada en mí y, en cuanto siente su erección libre de ataduras, retira los dedos, se enfunda un condón y se introduce en mi interior de una forma tan demencial que acabo casi empotrada contra el espejo.

—¡Joder! —exclamo, amortiguando mi grito en su hombro, mientras él gruñe algo ininteligible entre dientes. Y sale casi del todo, para volver a meterse del mismo modo.

Esta vez no emito ningún sonido, ha sido tan brutal que me he quedado sin palabras. Solo acierto a morderle el cuello y a menearme contra él, intentando no sé qué. Porque no quiero que afloje el ritmo, ni que se retire. No sé lo que quiero, solo sé que tengo una necesidad enfermiza de moverme.

Pero Chema parece malinterpretar mis movimientos porque se retira y me levanta la cara, sujetando mi barbilla.

—¿Estás bien? —pregunta con el ceño fruncido por la preocupación.

—Sí, Dios, sí. No pares, por favor.

Él, en una exhalación, suelta el aliento sobre mis labios y se mueve muy despacio para introducirse de nuevo. Toca fondo y vuelve a retirarse, esta vez solo un poco, abarcando con las dos manos mis mejillas.

—Esto va a ser rápido, pelirroja —me avisa, o me asegura. Tampoco lo sé.

—No me importa, pero hazlo. Muévete, joder.

Y con una sonrisa maliciosa y maravillosa, entra en mí una vez más como si le fuese la vida en ello. Yo me retuerzo contra él y, de nuevo, repite el movimiento. Y yo sigo buscando esa fricción, desesperada. Ahora ya sé lo que quiero y lo quiero ya. Agarro con mis manos sus nalgas para acercarlo más, aunque creo que eso ya es inviable, pero así gano unas milésimas de segundo retozándome contra su cuerpo antes de que vuelva a sacarla. Él parece leerme el pensamiento porque, en cuanto lo hace, coge una de mis manos y la lleva a mi clítoris.

—Tócate —me pide con la vista clavada en mis ojos—. Me encanta cuando lo haces.

—Oh, Dios —susurro por el latigazo de puro deseo que ha cruzado mi vientre al oírlo. Y lo obedezco encantada, acariciándome justo sobre ese punto que puede llevarme al orgasmo en cuestión de segundos.

—Venga, pelirroja, justo así. Córrete conmigo —casi gruñe, ahora con la vista puesta donde se unen nuestros cuerpos, lo que me parece tan erótico como lo que me dice.

Me contempla durante unos instantes en los que yo no puedo quitar la vista de su cara, observando como unas pequeñas gotas de sudor cubren su frente, como se muerde el labio inferior y deja caer los párpados sin cerrarlos del todo; leyendo en ella todo el placer que siente.

—Por Dios, Chema, necesito… Necesito que te muevas. Por favor —acabo por rogarle, rotando mis caderas.

Y él no necesita más. Vuelve a retomar esos movimientos salvajes, casi bruscos pero que hoy los dos necesitamos. Me colma para luego dejarme casi vacía, a la maravillosa espera de que me llene otra vez de esa manera gloriosa y bestial.

No precisamos de mucho tiempo para acabar los dos casi al unísono. Una maldición ahogada de Chema es lo que desencadena que yo suba muy alto para luego caer entre espasmos, tan desmadejada y satisfecha que sigo gimiendo bajito aun cuando él se queda muy quieto dentro de mí. Una última convulsión del orgasmo brutal que he tenido me hace apretar las piernas, todavía cruzadas en la cintura de Chema, apretándolo contra mí y robándole un pequeño jadeo. Apoya su frente contra la mía y me regala una sonrisa un tanto avergonzada.

—Lo siento, Laura. No sé qué es lo que me haces, pero creo que he olvidado la delicadeza por ahí.

Sonrío y le aparto los mechones de la frente, jugueteando con su pelo, pero, salvo un suspiro, nada más sale de mi boca.

—Joder… —continúa él—. Es que soy incapaz de controlarme contigo. Podría estar haciendo esto el resto de mi vida y…

Se calla en medio de la frase y percibo como se le ensombrece el rostro, como si se diese cuenta de lo que está diciendo o, más bien, de lo que implican sus palabras. Se separa de mí bajando la mirada y da dos pasos hacia el papel higiénico, coge un trozo enorme y me lo tiende antes de ocuparse de sí mismo.

—Chema… —lo llamo cuando comienza a vestirse intentado no mirarme.

Clava sus ojos en mí y, como si supiera exactamente qué pienso, se encoge de hombros.

—Lo siento, Laura —dice, serio—. Era una forma de hablar… Yo no quiero que creas… Yo…

Lanzo el papel de cualquier manera al váter y me acerco a él. Mis manos, sin que pueda evitarlo, vuelan a su rostro, lo acarician, son más honestas que mi boca, que no sé cómo no se atraganta al pronunciar las siguientes palabras.

—Tranquilo. No pasa nada. Sé lo que somos, Chema. Lo que tenemos. No te he pedido nada más.

—Es que… Joder. A veces me siento como un puto capullo, tú no te mereces esto, tú…

—Sé lo que me merezco —susurro sin pararme a pensar—. Merezco un chico que me quiera, que pasee conmigo de la mano y que no me esconda.

Él da un respingo y yo maldigo mi puta bocaza, pero esta solo ha pecado de sincera. Compongo una sonrisa encantadora para que vea que no he pretendido ser hiriente y continúo, utilizando esta vez mi cerebro.

—Pero no es eso lo que ahora quiero, ¿vale? Ahora quiero divertirme, follar todo lo que no he follado nunca, ¿te parece? Vamos, hacer exactamente lo que estamos haciendo.

Él menea la cabeza, pero al rato acaba por sonreír de medio lado al tiempo que besa mis labios.

—Anda, adecéntate un poco —dice mientras me da un pequeño azote en el trasero—. Te espero abajo.

Y en cuanto desaparece tras la puerta, yo exhalo un enorme suspiro. Sí, he logrado que vuelva a sonreír y le he quitado hierro al asunto, entonces… ¿por qué narices me duele tanto el pecho?

 

 

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