Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 13 » Chema

Página 45 de 113

Chema

 

 

—En serio, teníais que haberle visto la cara a mi jefa cuando se quedó con el peluquín en la mano —se explaya Teresa con la anécdota ante nuestras risas.

—Hombre, tú imagínate en su lugar… —Ríe Lidia.

—Y, encima, el que lo llevaba era un tío de buen ver. Vamos, que eso no se lo esperaba en la vida —añade Laura con los ojos brillantes a causa de las carcajadas.

—Desde luego, ¡eso fue lo mejor! —continúa Teresa—. Ella, que corrió a atender a aquel tío bueno que acababa de entrar por la puerta… ¡Dios! Sus cuñadas, las artífices de la broma, casi se mean de la risa.

—Pero, a todo esto, ¿por qué le hicieron eso a la pobre mujer? Hoy en día la gente no sabe qué hacer para llamar la atención, por Dios —comenta mi madre antes de llevarse la taza de café a la boca.

—Es que verás, Adela, a Paula le gusta vacilar como a la que más… Todavía recuerdo el día que tiñó a una de ellas y le dejó el pelo verde solo por ver su cara de horror. Hacía tiempo que se buscaba la revancha.

—Eso, más que un trabajo, parece el instituto, nena —mete baza Julián, tirándole un trocito de pan a su mujer.

—Pues sí, la verdad. Nos lo pasamos pipa —reconoce ella, devolviéndole lo que le ha lanzado—. Pero no creo que vosotros os lo paséis peor. A saber qué hacéis tantas horas juntos aparte de levantar paredes, que a mí no me engañáis, que os gusta cotillear como a cualquiera.

—Piensa el ladrón que todos son de su condición —deja caer Colás sin tan siquiera mirarla, ganándose un manotazo por su parte que le hace esbozar una sonrisa.

—Oye, con mi mujer solo me puedo meter yo —protesta Julián, tirándole a su hermano la tapa de una botella.

—Joder, a ella miguitas, ¿no? Que yo soy de tu sangre, hombre.

—Ay, sí, pero es con ella con quien duerme —interviene Laura, riéndose divertida ante la tonta discusión de los de siempre.

Yo también me estoy divirtiendo, la verdad. La comida ha estado genial y, ahora que ya se han ido mis tíos y mi primo con su familia, un poco después de que lo hiciesen los del catering tras recoger casi todo, los que quedamos parece que no tengamos muchas ganas de ponerle fin a la sobremesa. A este paso, vamos a tener que servir las sobras para cenar.

Pongo una mano delante de mi gran sonrisa y le guiño un ojo a Laura, que también me mira justo en ese momento. Aunque, a continuación, no puedo evitar mirar a mi alrededor por si alguien ha percibido mi gesto. Tranquilo, después de comprobar que todos están pendientes de mis amigos, observo a la pelirroja, que se está sirviendo un chupito de licor café.

Está preciosa. Espectacular. Aunque ya no queda nada del carmín rojo en sus labios y del moño se le escapan más mechones que al principio, yo juraría que ahora está incluso más guapa que en la iglesia. Y eso que allí casi me da un pasmo al verla. Es que ese vestido… Y esos jodidos zapatos… Me puso frenético. Como una moto. No pude evitar tocarla en cuanto tuve ocasión.

No sé qué me pasa con ella. Tiene el poder de freírme literalmente el cerebro, dejándome solo funcionando con una parte de mi anatomía y, claro, luego pasa lo que pasa. Que acabamos echando un polvo alucinante y de mi boca salen palabras que ni he pensado antes. Palabras que, aunque sinceras durante ese segundo en el que las decía, no puedo ni tan siquiera considerar como ciertas. Es verdad que me tiene loco, pero esto es solo sexo, lujuria. Deseo. ¿No?

—Papi, papi… —Me zarandea Llara mientras me coge de un brazo para llamar mi atención, cosa que ahora mismo agradezco mucho. Ya estaba mi mente elucubrando idioteces—. Dile a Marta que ahora me toca a mí ser la profe. Ella ya lleva siéndolo mucho rato… Mucho.

Me giro hacia la aludida, que se acerca a nosotros con mala cara.

—Marta… —la reprendo cabeceando.

—Es que soy la mayor —explica cruzándose de brazos—. Y sé más que ellas.

—Pero estamos jugando… —sigue protestando la pequeña—. Y yo soy la segunda más mayor. Me toca ser la profe.

—Bah, eres mayor que Sofi por muy poco, tampoco te pases —replica su hermana.

—Pero lo soy. Tú también eres por poco. Tienes seis.

—Sí, pero soy mucho más lista. Así que…

—A mí ya no me va a tocar nunca serlo, ¿no? —interviene Sofi, dirigiéndose a mis dos hijas y haciendo que yo tenga que reprimir la risa.

Marta y Llara la miran y, como supongo que no saben qué contestarle, se callan y suspiran casi a la vez.

—Da igual —dice Llara después de unos segundos—, ya no quiero jugar más. Ahora quiero un pastel.

Antes de que a mí me dé tiempo a coger uno y ofrecérselo, ella corre junto a su madrina, frente a mí, y se sienta en su regazo.

—El de nata y chocolate, Mina. Ese, ese… —le pide aún acomodándose.

—Vale. ¿Este? —Laura se incorpora un poco para llegar al centro de la mesa, donde hay dos enormes bandejas con los postres. Coge dos, le pasa uno a Llara y el otro se lo da a Sofi, que también ha corrido a los brazos de su madre, sentada a su lado. En cuanto la niña lo toma, le acerca su mejilla para recibir un beso—. Mi premio, ¿no?

Sofía obedece con una sonrisa y un sonoro beso, para luego darle un buen mordisco al dulce con el que se mancha toda la boca. Me fijo en que Laura la mira con extrañeza antes de acercarse de nuevo al cuello de la pequeña y olerla con exageración.

—¡Madre mía, qué bien hueles! —exclama—. A fresas, Sofi. Dan ganas de comerte.

—No, es a cerezas. —Se ríe la niña.

—Calla, calla —dice su madre—. Que menudo problemón. Maldita la hora en que compré esa esencia para echársela a un postre… Se empeña en usarla como perfume. Y como su padre tiene exactamente su misma edad mental, pues siempre me la juegan.

Teresa mira al frente y le lanza a Julián una mirada admonitoria que, al ir acompañada de una sonrisa, pierde parte de su fuerza. Luego también mete su cara en el cuello de su hija e inhala muy fuerte, causándole la risa.

—Pero lo cierto es que hay que reconocer que oler, huele bien, eh…

—Entonces… —Esa es Llara, aunque no la miro porque Marta acaba de tocarme y señalarme uno de los dulces, pidiéndomelo sin emitir ni una palabra, por lo que estoy ocupado en ello—. Entonces… —repite.

—¿Entonces, qué? —le pregunta Laura.

—¿De eso hablaba mami? ¿De mi colonia? —cuestiona mi hija menor, consiguiendo con una simple palabra, «mami», tener toda mi atención. Bueno, la mía y la de toda la mesa, que el que más y el que menos ha dejado a un lado lo que fuese que estaba haciendo para observarla.

—¿Cómo, cariño? No te entiendo. —Su madrina arruga la nariz y la contempla, confusa.

Llara la imita, frunciendo su nariz y también la frente, pero repartiendo su mirada entre su hermana y yo durante unos segundos, seguramente pensándose si explicarse o no.

—Llara… —la anima Laura—. ¿De qué estás hablando, princesa?

—La esencia… ¿es la colonia que usamos? —le responde la niña con otra pregunta, desconcertándonos un poco más a todos, a juzgar por las caras que estamos poniendo.

—Bueno, sí. En este caso sí, pero cuéntame qué es lo que estás pensando.

—Es que… Es que… —Llara parece indecisa, pero, al final, como si así solo pudiese escucharla Laura, le coge la cara entre sus manitas y dice en lo que pretende ser un susurro—. Es que mami me dijo que no perdiera nunca mi esencia. ¿Quería que no cambiase nunca de colonia? —pregunta con extrañeza.

Laura sonríe con dulzura y le acaricia una mejilla.

—No, cariño, seguro que no se refería a eso. Creo que pretendía decirte que nunca cambiases tú. ¿Lo entiendes?

La niña vuelve a arrugar mucho su carita y la gira buscándome a mí.

—Pero yo… Yo voy a cambiar, porque tendré que crecer, ¿no, papi?

No sé si reírme con su salida o llorar de la emoción, así que compongo una mueca rara antes de forzarme a sonreír.

—Claro que tienes que crecer, cariño —respondo, aunque tengo que carraspear para continuar—. Se trata de que no cambies por dentro, que siempre seas así de adorable y buena.

—Ah… —Mi pequeña abre mucho los ojos y se queda pensativa unos minutos. Minutos en los que todos guardamos un silencio casi solemne—. Vale, eso creo que puedo hacerlo.

Ahora sí que prácticamente escupo una especie de risa, mezcla de alivio, amor por esa criatura y diversión. Y quizá también haya algo de lástima en medio que intento por todos los medios disimular.

—Una cosa —interviene Marta con los ojos entrecerrados y clavados en su hermana, lo que me produce un poco de pavor—, ¿y cuándo te dijo eso mamá, si puede saberse?

Llara se pone muy nerviosa ante la pregunta. Se encoge de hombros y abre y cierra varias veces la boca, hasta que acaba escondiendo la cabeza entre sus hombros.

—¿Cuándo, Llara? —repite Marta.

—Basta, Marta —le exijo yo en apenas un susurro—. No tiene la más mínima importancia cuándo…

—Claro que la tiene. Era muy pequeña cuando mamá… cuando mamá… No puede recordar algo así, ¿no?

—Bueno, ¿por qué no? —intercede Lidia intentando aplacar a la niña—. A veces recordamos…

—Llara, dímelo. ¿Cuándo? —insiste Marta obstinada, ignorando a Lidia y centrándose solo en su hermana.

—Por el amor de Dios… —masculla mi madre.

—Marta, ya… —Y mi tono, aunque sigue siendo bajo, ya es no es nada calmado. Pero mi hija pequeña parece ni oírme, porque es entonces cuando contesta a Marta.

—Cuando se despidió de mí —explica, bajando la vista al mantel.

—¿Qué? No entiendo. ¿Cómo iba a…? —Marta se interrumpe a sí misma y pone sus brazos en jarras—. ¡Llara, no! ¡No empieces con eso de que mamá habla contigo! ¡No! ¡Eres una tonta! Siempre con lo mismo…

—Ya no lo hace. Ella ahora sí se fue —se defiende mi niña intentando parecer serena, pero con su labio inferior ya tembloroso.

—Pero… ¿qué están diciendo estas niñas, Chema? ¿A qué se refieren? —se exaspera mi madre.

—¡Claro que se fue! ¡Está muerta! —grita Marta ajena a todos—. Y tú… Tú…

—Marta, para. —Incluso la cojo del brazo y hago un pelín de presión para que deje de chillar, pero ella no aparta los ojos de su hermana.

—¿Es para llamar la atención? —le reclama mientras Llara comienza a llorar—. ¿Es para eso? Como si tú fueses su favorita y los demás no le importásemos, ¿no?

—¡Marta, cállate! —acabo por gritarle, total para nada.

—¡De haber podido despedirse lo habría hecho de todos! ¡No eres tan especial! ¡No eres…!

Acabo por cogerla en volandas y sacarla de allí, mientras escucho como mi madre comienza a nombrar a todos sus santos favoritos, pero, al contrario que yo, no para maldecirlos, sino para rezarles algo. Joder, justo lo que faltaba para el flipante espectáculo que se acaba de montar.

Para cuando llego con Marta al sofá, ella ya está llorando a lágrima viva. Se aferra a mi cuello e intenta decirme algo, pero entre tanto sollozo soy incapaz de entenderle nada. Le acaricio la espalda y me siento con ella en el regazo. Sé que debería enfadarme con ella y reprocharle su actitud, pero también entiendo su frustración, su dolor, por lo que ahora mismo no puedo hacer otra cosa más que besarle el pelo y estrecharla entre mis brazos mientras emito sonidos tranquilizadores, esperando que se calme cuanto antes.

—Papi, yo… Yo… —balbucea unos minutos después.

—Tranquila, cariño. Shhh…

—Yo… Lo… Lo siento mucho, pero…

—Ya está, ¿vale? No pasa nada, de verdad.

Le cuesta todavía otro buen rato ser capaz de decir una frase entera.

—No me he portado bien con Llara, pero…

—Eso se arregla con una disculpa, princesa. Sabes que ella te perdonará enseguida.

—Ya, pero… Pero en el fondo, en el fondo…

—Ya sé. Ya sé. Creerla duele, ¿verdad? —pregunto, apartándola un poco de mí y mirándola a la cara. Quizá la estoy tratando con demasiada madurez para su edad, pero es Marta y con ella los años se miden de una manera distinta.

Ella me observa sorprendida. Más bien, desconcertada ante mi pregunta, como si por primera vez se plantease la posibilidad de que su hermana pueda estar diciendo la verdad.

—¿Tú la crees?

—A ver… Yo creo que realmente Llara piensa que habló con ella, eso sí —digo, intentando ser todo lo diplomático que puedo. E ignorando a propósito mi propia experiencia en el cementerio—. No sé si lo ha hecho de verdad o si tiene unos sueños muy vívidos, pero lo que sí sé es que no lo dice por nada de lo que la has acusado.

Marta baja la cabeza y se sorbe los mocos mientras se limpia la cara con el dorso de sus manos, cosa en la que la ayudo ofreciéndole una sonrisa cómplice. Un segundo después aparta su mirada hacia ningún sitio en especial y yo sé que está dándoles mil vueltas a mis palabras.

—Vale. Puede que sea como dices. Pero, papá…

—¿Sí? —la apremio cuando se interrumpe y comienza a restregar sus manos en su regazo.

—¿Tú crees que lo hizo de verdad? Hablar con ella, digo. Es imposible, ¿no? Mamá está muerta y… Y eso. Yo… Yo no puedo creerlo. No puedo, en serio.

—Bien, no tienes por qué hacerlo, nadie te lo pide. Solo que respetes que ella sí lo cree, ¿de acuerdo? Eso es ser tolerante. ¿Recuerdas que no hace mucho me preguntaste el significado de esa palabra? Pues ahora es un buen ejemplo para que la uses.

—Pero tú… ¿qué piensas sobre eso? ¿Tú la crees? Nunca me contestas a esa pregunta.

Suspiro y miro al techo durante unos segundos sin saber muy bien qué responder. Antes de Clara, mi respuesta habría sido un no rotundo. Ahora… no sé si en realidad se podía comunicar con Llara de una forma tan clara como dice la niña, pero que han pasado cosas extrañas sí tengo que reconocerlo. Yo olí su perfume. Yo…

Sacudo esos pensamientos y acaricio el pelo de mi hija deseando acertar con mis palabras.

—Yo solo quiero creer que tu madre era tan especial que encontró la manera de llegar a alguien para decirnos adiós, cariño. Y que ese alguien fuese tu hermana no debería parecernos mal, sino todo lo contrario.

Marta me mira con fijeza durante mucho tiempo después de lo que le he dicho. Tanto que acaba por ponerme un tanto nervioso. Espero estoicamente a que su cabecita emita un veredicto sobre la cuestión sin apurarla lo más mínimo. Lo único que quiero es no tener que volver a revivir una escena como la de hoy nunca más. Ya han sido demasiadas y en todas ambas niñas sufren muchísimo. De hecho, todos a su alrededor lo hacemos.

—Vale. No voy a volver a enfadarme con Llara por esto nunca más. —Se baja de mis piernas y se sienta a mi lado en el sofá—. Ya puedes volver con los demás, yo voy a quedarme aquí un ratito.

La miro enarcando las cejas, buscando un porqué a su última afirmación.

—Ahora mismo me da un poco de vergüenza salir, papá. ¿Podrías decirles tú a Llara y a Sofi que entren a ver la tele conmigo? Así le pido perdón a mi hermana sin demasiados testigos.

Me muerdo el labio inferior para no sonreír, pues seguro que la ofendería. Pero es que habla utilizando palabras tan adultas y con tanta seriedad dentro de ese cuerpo tan pequeño…

—Está bien, princesa. Se lo diré. —Me muevo para acuclillarme a su lado—. ¿Pero seguro que no quieres que me quede un ratito más contigo?

—No, papá. Vete a charlar con los mayores. Solo diles a ellas que vengan.

Asiento con la cabeza y le acaricio una mejilla con inmensa ternura.

—Sabes que te quiero muchísimo, ¿verdad?

—Sí, papá. —Me dedica una sonrisa tímida, que rápidamente convierte en pícara—. A pesar de que soy una listilla la mayor parte del tiempo.

Suelto una carcajada y le doy un abrazo en el que la apretujo hasta hacerle reír.

—¿Te cuento un secreto? La mayor parte del tiempo me encanta que seas una listilla.

—Lo sé —dice ella muy resuelta. Y yo vuelvo a reírme mientras me levanto. Es cuando estoy justo en la puerta que vuelve a llamarme—. Papá.

—¿Sí?

—Yo también te quiero. Muchísimo.

 

***

 

Una hora después y con la crisis resuelta, aunque no olvidada, seguimos sentados a la mesa charlando, mientras las niñas continúan dentro entretenidas con la tele. He de decir que a mi vuelta el ambiente estaba un tanto tenso, pero, como nadie sacó el tema y a mí lo que menos me apetecía era hablar de él, pronto todos pusieron un poco de su parte para volver a la normalidad. Todos menos mi madre, claro, que sigue echándome miradas reprobatorias como si yo hubiese sido culpable de algo de lo sucedido. Sé que no tardará mucho en pillarme a solas y hacerme un interrogatorio de los suyos; solo espero que, por Dios, no sea hoy.

—Chicos, es Pedro —comenta Colás atendiendo a un mensaje de su móvil—. Si nos apetece tomarnos algo en el bar de Paco. Acaba de llegar a casa desde el trabajo.

—Santo cielo, es que ya son casi las nueve de la noche —dice Lidia mirando el reloj que lleva en su muñeca—. Lo cierto es que todos tendríamos que pensar en irnos a cualquier otra parte, ¿no?

—A mí solo me apetece irme a casa y tirarme en el sofá —expone mi suegro con naturalidad, pero luego parece pensárselo un segundo y se dirige a mis padres—. Aunque lo he pasado realmente bien. Muchas gracias por la invitación, Adela, José María…

—De nada, hombre. Nadie de los que están a esta mesa podía faltar hoy. El gusto es todo nuestro —dice mi padre con un ademán.

—Bueno, y nosotros, ¿al final qué hacemos? —pregunta Colás—. ¿Alguien se apunta?

—Nosotros, no. Sofía debe de estar cansadísima y nos iremos también a casa.

Mientras Teresa dice eso, Laura y yo nos miramos casi a la vez. Juraría que preguntándonos las mismas cosas. ¿A alguno de los dos le apetece? ¿A alguno de nosotros le importa quedarse con las niñas y que vaya el otro? Mejor nos vamos los dos para casita y acostamos a las niñas para después volver a repetir lo del baño, aunque no sea en un baño. Bueno… Tal vez me haya envalentonado un poco y esto último únicamente lo pienso yo, pero vamos… Que sin duda elijo la opción C.

—¿Rubio, Laura, Adela? Yo ya he quedado con él, pero vosotros, ¿qué?

—Pues… No sé —responde Laura todavía mirándome, cosa que soluciona al instante apartando con rapidez sus ojos de los míos.

—Ve si te apetece, Laura —le digo, aunque ojalá no acepte mi sugerencia.

—O ve tú —me responde ella al momento—. Me quedo con las niñas sin problema. Al fin y al cabo, hoy es más tu día que el mío.

—Nosotros podemos… —comienza a ofrecerse Lidia, pero mi madre la corta en seco.

—Pero qué tontería —replica dirigiéndose a Laura—. ¿Por qué va a ser más su día que el tuyo?

—Pues… —intenta decir Laura, pero mi padre la interrumpe con una risa socarrona.

—En realidad, Adela, la chica tiene razón. Si nosotros no nos hubiésemos casado un día como hoy hace cincuenta años, es probable que Chema no existiese, ¿no?

—Tú siempre tan ocurrente —masculla mi madre—. De todas formas, Laura, la que debería salir eres tú, que eres la que no tiene ningún tipo de ataduras. A ver si, con un poco de suerte, encuentras un hombre con el que estar que no sea el de tu hermana.

Abro la boca, estupefacto ante lo que acabo de oír. Como todos, vaya. Creo que hoy estamos demasiado sincronizados porque parecemos marionetas actuando igual cada vez que pasa algo inesperado. Pero es que esto… Joder. Fulmino a mi madre con la mirada al ver a Laura completamente roja, a punto de estallar, pero conteniéndose a duras penas.

—Joder, mamá… —me escucho decir sin pensar—. ¿Qué carajo estás…?

—¡Adela, por Dios! —me apoya mi padre, observándola con la cara desencajada.

—A ver, a ver… Tranquilizaos los dos, que no era mi intención ofender a nadie. Simplemente, que sigáis viviendo juntos no me parece ni mucho menos adecuado y eso no es un secreto para nadie, ¿no? Así que si Laura encuentra a…

—Laura está perfectamente como está, pero gracias por tu interés, Adela —contesta la propia Laura, cruzando los brazos sobre la mesa.

—Por Dios, niña, ¿cómo puedes decir eso? Estás en una casa que no es tuya, criando a unas hijas que no son tuyas y conviviendo con un hombre que…

—Que no es mío —acaba Laura la frase con retintín—. Si le sirve de consuelo, las niñas son mis sobrinas, tampoco es como si me hubiesen encontrado en la calle.

—Laura… —Ese es Abel, que la conoce bien.

—Bueno, yo… —dice Colás levantándose, en una clara muestra de intentar desviar el tema.

—Y nosotros… —lo secunda Teresa, haciendo lo mismo.

—¿Pero es que no hay nadie aquí que vea anormal esta situación, por el amor de Dios? —prosigue mi madre, levantando los brazos y luego dejándolos caer sobre la mesa.

—Adela, cállate ya —susurra mi padre.

—Pero es que no puedo callarme, porque…

—Mamá, por favor… —le pide mi hermana, apretándole una mano—. No es el momento ni el lugar.

—Lo dicho, yo me voy. Si alguien se quiere acercar, vamos a estar en el bar de Paco —repite Colás y, obviando la cara de mala leche que se gasta mi madre, se dirige a ella—. Gracias por todo, Adela.

—Chicos, ¿por qué no vais los dos a tomar algo con ellos? —nos anima mi hermana mirándonos a Laura y a mí, con lo que se gana una mirada asesina de mi madre de la que no se da ni cuenta—. Las niñas pueden quedarse aquí conmigo. Estoy agotada para salir a ninguna parte, pero no para pasar un poquito de tiempo con ellas.

—Pero estás cansada, tú lo has dicho, no me parece…

—Venga, Rubio, sabes que se van a quedar dormidas en un santiamén después del día que llevan —interviene Lidia—. Y es normal que tu hermana quiere aprovechar todo el tiempo que pueda para estar con ellas.

—En eso lleva razón Lidia, chicos. Salid y pasadlo bien, aprovechad que vosotros podéis —dice Julián.

—Por mí también se puede quedar Sofía, no tengo ningún inconveniente —amplía la oferta mi hermana.

—Oh, gracias, Adela, pero Sofi tiene un pequeño problema para dormir en casas que no conoce demasiado y mejor no tentamos a la suerte. Pero gracias, de verdad.

—Bueno, entonces, ¿qué? ¿Os venís ya o no? —Colás vuelve sobre lo mismo de nuevo, y lo cierto es que el pobre parece bastante apurado por salir de aquí.

Laura y yo nos volvemos a mirar una vez más, sin saber qué decir. O más bien sin saber qué está pensando el otro.

—Venga, por Dios, id a dar una vuelta y aireaos —suelta mi suegro poniéndose en pie y atusándose el bigote—. Yo, a vuestra edad…

—Era lo que me faltaba, Abel. Realmente, esto de ti no me lo esperaba —lo increpa mi madre, mientras se pone en pie y se lleva una mano al cuello como si mi suegro hubiese cometido una falta gravísima—. No basta con que convivan como… como…

—¡Mamá! —la freno enfadado, porque, como acabe la puñetera frase, arde Troya.

Pero ella va a lo suyo, porque ni caso, oye.

—Que ahora los animas a que salgan por ahí juntos, como si fuesen una pareja, como si… ¡Dios mío! Para que los vea todo el pueblo, como si no fuera suficiente con que…

—¡Ya está bien, joder! ¡Mamá!

—Y tú —continúa ahora dirigiéndose a Laura e ignorando mi cabreo—. Todo esto te va a pesar, no habrá ningún hombre decente que…

Laura también se levanta y, muy indignada, abre la boca para interrumpirla, pero es la serena pero fuerte voz de su padre la que lo hace.

—¡Pues nada, Adela! Si tú prefieres que se vayan a casa solos los dos para no dar que hablar, quizás es lo que deberían hacer. No sé por qué narices eso te deja más tranquila, pero, vamos, que allá tú.

—¿Por qué…? ¿Qué quieres decir con eso? —le pregunta mi madre con los ojos entrecerrados.

—No sé, mujer. Imagínatelo. Tienes dos hijos, al menos dos veces tuviste que saber lo que puede ocurrir entre un hombre y una mujer cuando están a solas. Muy buenas noches a todos. —Y sin más, le da un beso en la mejilla a su hija y se mete dentro de casa, supongo que camino de la puerta.

Lidia se queda un par de segundos muy quieta en el sitio, tan perpleja como todos, pero luego disimula una sonrisa de lo más traviesa y, tras despedirse apresuradamente, sale tras su pareja.

Miro a Laura, que está ruborizada hasta la raíz del pelo, aunque en sus ojos puedo ver el orgullo que siente en estos momentos hacia su padre.

—¡Chema! —grita mi madre, haciendo que vuelva la vista hacia ella al instante. La Virgen, está todavía más roja que Laura, parece que la cara le va a explotar en cualquier momento. Aunque, la verdad, no creo que yo esté de un color diferente. Creo que en mi vida he pasado mayor bochorno—. Dime… Dime… ahora mismo que… que ella y tú… no cometéis actos impuros. Que no…

—Mamá, tranquilízate, por favor —le ruega mi hermana, frotándole un brazo.

—Adela… —Ahí está mi padre, sujetándole el otro y dándole aire con la mano que tiene libre.

—¡Soltadme los dos! —los increpa y los aleja a base de manotazos. Y de nuevo a la carga—. ¡Dímelo, Chema! ¡Ahora!

—Por Dios, mamá… —protesto, a la vez que trato de calmarla, pero Laura me acalla echándose a reír.

—¡Joder, esto es de locos! ¿Dónde cojones está la cámara oculta?

—Niña, no te permito…

—Discúlpeme usted, Adela, pero la que no permite que esto siga soy yo. No voy a quedarme aquí ni un segundo más oyendo cómo se me insulta. Colás, me voy contigo.

Y en cuanto se da la vuelta, yo solo quiero irme tras ella.

—Adela —le digo a mi hermana—, si de verdad no te importa, entonces…

—Claro que no, vete, anda, vete —me apura, utilizando incluso las manos.

Y sin siquiera despedirme, me dirijo al salón, donde sí lo hago de mis hijas.

Ir a la siguiente página

Report Page