Por nosotros
CAPITULO 14 » Laura
Página 47 de 113
Laura
«¿Estás cometiendo algún acto impuro o es un buen momento para recordarte que te encargas tú de traer las bebidas mañana?».
Leo el wasap que acaba de enviarme Teresa y, muy a mi pesar, me entra la risa.
El cachondeíto que se traen nuestros amigos desde la comida en casa de Adela es de órdago. Es que no se cansan… El que me mandó el lunes Nela iba en la misma línea.
«¿Así que pasándote por el forro el sexto mandamiento, eh? Joder, ¿sabes que he tenido que buscarlos en internet para saber exactamente cuál era ese? Jajaja».
Y eso que ella ni siquiera estaba allí. Tiempo le faltó a Teresa para irle con el cuento. Bueno, los chicos de cotillas también tienen lo suyo, que no se dejaron nada por contarle a Pedro. Joder, y ese sí que no se corta un pelo a la hora de vacilar. Si un día de estos Chema no le da una hostia, es que tiene un ángel de la guarda de lo más diligente. Aunque hay que reconocerles un mérito, a pesar de todo, y es que ninguno me preguntó directamente si eso era cierto o no. Cosa que es de agradecer, porque habría tenido que mentirles a la cara, claro. Supongo que, si nunca se creyeron los rumores, lo sucedido no es más que otra anécdota más. Y si se los creen… pues se lo callan. Genial.
En eso Chema y yo tenemos un máster. En callarnos, digo. ¿Un máster? ¡Un jodido doctorado! Entre nosotros no hemos hablado de lo que pasó el domingo. Yo intenté en un par de ocasiones sacar el tema, pero él me corta quitándole importancia y, al final, yo opto por no dársela tampoco. Es lo más fácil. Al fin y al cabo, ¿qué más da? Si los dos sabíamos ya lo que piensa su madre del hecho de que yo siga en esta casa… Y sobre la actuación de mi padre, con la única que lo comenté fue con Lidia, que solo se parte de la risa cuando lo recuerda. Según ella, mi padre se cansó de oír tonterías y es un crack cuando se propone cortarlas de cuajo. Y vaya si lo hizo. Aunque ni siquiera se lo agradecí en condiciones. Lo cierto es que me da un poco de vergüenza hacerlo cuando me siento culpable ante su defensa. Pero también sé que ahora ya no puedo pararlo. No estoy preparada para renunciar a Chema, sea esto que tenemos lo que sea. Aunque, a veces, incluso me haga daño.
Me froto las sienes y me centro en la página de internet que tengo abierta en el ordenador. Debería dejar de divagar y ponerme a trabajar. Solo me falta encontrar el mueble perfecto para terminar el local de Miriam. Ya hemos empapelado y pintado las paredes, e incluso he logrado encontrar y encargar las mesas con sus sillas y todo lo demás. Me falta ese mueble, tal cual como lo tengo en mente, colocado en el sitio justo para que todo quede zanjado. Hoy es miércoles. Si lograra comprarlo esta tarde, la semana que viene podría abrir de nuevo la pastelería.
—Tía, ¿te duele la cabeza? —pregunta Marta acercándose a la mesa, donde, desde que hemos acabado de comer, intento dar con él.
—No, cariño. Es que no me concentro.
—Eso es porque no estás a lo que estás —dice muy seria, haciéndome reír y preguntarme cuántas veces habrá oído esa frase a su profesora. Claro que nunca dirigida a ella, eso sí que no.
—Sí, supongo que es eso —reconozco con una sonrisa.
—¡Papi! ¡Ya llegó papi! —Salta Llara del sofá corriendo hacia el vestíbulo en cuanto oye abrirse la puerta principal, como si hiciese días que no lo ve.
—Hola, princesa —oigo como la saluda antes de que entren en el salón.
—Hola, papi. Hoy de comer hay pasta, aunque creo que a la tía se le pasó un poco porque estaba así como pegajosa, ¿sabes? Pero tú dile que está muy rica, ¿vale? Que si no se pone triste…
Sonrío al oírla y meneo la cabeza, resignada. Si lo estoy a que esa niña siempre piense que susurra cuando casi chilla, o a que la comida no me salga como se supone que tiene que salir… no lo sé muy bien. Supongo que a estas alturas ya lo estaré a todo.
—Sí, se me ha pasado un poco —le confieso a Chema a modo de saludo, ya levantándome.
Pero él solo me sonríe y me guiña un ojo mientras recibe un beso de Marta. Es cuando las manda con sendas palmadas en el trasero de vuelta al sofá, que se acerca a mí guasón.
—Qué raro, ¿no? ¿Cómo ha podido salirte mal la pasta? ¡Con lo bien que tú cocinas!
—¡Oye! Que hay un par de restaurantes en el pueblo y Paco hace unos bocadillos de escándalo, así que…
—No te me sulfures… —susurra pegándose a mí y colocando su manaza en mi trasero—. Era una broma.
Me muevo, intentando que deje de hacer eso, pues tengo las manos ocupadas con un vaso y los cubiertos.
—Ehh… Las niñas… —protesto bajito para que ellas no me oigan.
Él las mira de reojo, pero sigue con la caricia, empujándome contra la encimera.
—Ni se enteran.
—Pero yo sí, para.
—Joder, yo también, por eso lo hago. Es que tienes un culo… Joder, cómo me pone.
—Chema, por Dios, esto…
Yo creo que se toma mis protestas como un reto, porque lo siguiente que hace es restregar su pelvis contra mí.
—¿Estás loco? —Y ahora sí que me revuelvo, tratando de escapar de él.
—Si sigues moviéndote así, sí que se van a enterar —murmura, provocador, pero da un paso atrás para dejarme pasar. Lo miro con los ojos entrecerrados de camino a la mesa. ¡Vaya, hoy está juguetón! Pues si quiere jugar…
—¿Me prefieres quietecita? —susurro mordiéndome el labio inferior con coquetería—. ¿Así, en plan sumisa?
Chema abre los ojos como platos y se pasa una mano por el pelo.
—Joder, Laura… —Mira hacia los lados y resopla—. Me voy a la ducha.
Suelto una carcajada ante su apurada salida de la cocina y luego, sin perder la sonrisa, me ocupo de que todo esté dispuesto para que pueda comer en cuanto vuelva.
—Papi, ¿vamos a ir al parque? —le pregunta Llara en cuanto él se sienta a la mesa, recién duchadito, con el cabello mojado cayéndole por la frente y oliendo como los ángeles. ¡Dios! Lo cierto es que está para comérselo.
—¿Eh? No, hoy os tengo una sorpresa —contesta él mientras parte un trozo de pan. Desvía los ojos hacia mí y esconde una sonrisa cuando se lleva un trozo a la boca. Es ahí cuando me doy cuenta de que estoy mirándolo embobada, con los codos sobre la mesa y las manos sosteniendo mi cara entre ellas—. Y tú espera y verás.
Me incorporo muy rápido, intentando recuperar algo de dignidad, pero no puedo evitar que me dé la risa. La pequeña nos mira a ambos sin entender el último comentario que su padre me ha lanzado, ni mucho menos mi hilaridad, pero acaba por encogerse de hombros y seguir con lo que le importa de verdad.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es?
—Después os la digo, ¿vale? Primero voy a comer, que estoy hambriento —y esto último lo dice mirándome a mí de nuevo, lo que me hace morderme el labio inferior con lascivia después de girar un poco la cara para que solo me vea él.
—Vale, pero come rápido —contesta la niña antes de darle la espalda y regresar al sofá.
—Qué más quisiera —rumia él, haciendo que a mí se me escape una carcajada.
—Deja de reírte tanto, que ya estoy planeando cómo castigarte —me advierte malicioso con el tenedor a milímetros de su boca.
—Qué más quisieras —repito yo sus palabras, consiguiendo que él trague con fuerza.
—Ya verás, ya.
—A ver, papá, ¿cuál es la sorpresa? —pregunta ahora Marta, sentándose a su lado mientras él mastica el último bocado.
Chema sonríe, traga y se toma su tiempo para limpiarse la boca.
—Papá… Dínoslo ya —protesta la pequeña.
—Eso, papá, que ya estás más que limpio.
Él sonríe con más ganas y, cuando sus niñas abren de nuevo la boca para protestar, suena el timbre.
—Ah, ahí está —dice él—. Venga, corred, id a abrir.
Levanto las cejas en una pregunta muda que él, claro, para hacerse el interesante, no me contesta.
—¡Hola, tía Adela!
—¡Hola, tía! —oigo a las niñas saludar.
Me giro para saludarla con una sonrisa enorme en la cara. Qué bien me cae la tía esta, joder. ¡Me encanta! A veces me pregunto cómo Adela ha podido tener dos hijos tan maravillosos, pero entonces recuerdo a José María y… ahí está la respuesta.
—¡Hola! ¿Y tú por aquí tan temprano? —me intereso—. Bueno, da igual por lo que sea, es genial. ¿Un café?
—No, no, gracias. De hecho, ya me voy.
—¿Cómo? Pero si…
—Es que he quedado con Teresa para irnos hasta Luarca. —Mira hacia las niñas y abre mucho los brazos—. ¡Con vosotras! ¡Nos vamos al cine y luego a un sitio superchulo donde hay una piscina enorme llena de bolas! ¿Os apuntáis?
—¡Sí! ¡Sí!
—¡Sí, sí, sí!
Sonrío ante la emoción de mis sobrinas y el detalle de Adela. Me giro hacia Chema y me lo encuentro con la misma expresión. Al verme, me guiña un ojo y yo, como siempre, me derrito un poquito más. Ay, Dios, que no se puede estar más agilipollada…
—Ya decía yo que ibais a estar encantadas —opina mirando a sus hijas.
—Es que el día de chicas promete. —Sonríe su hermana.
—Tía, nos cambiamos de ropa, ¿no? —me pregunta Marta, mirándose la ropa que lleva puesta.
—Sí, claro, vamos…
—Deja, ya me ocupo yo —interviene Chema mientras se levanta y se dirigen al cuarto de las niñas—. ¿Vaqueros y camiseta, niñas? Así estaréis cómodas y…
—Sí, papi. Pero esas camisetas tan chulis que nos compró Mina. Esas que tienen corazones —le pide Llara, persiguiéndolo a saltos.
—¿Así que tarde de chicas? —Sonrío volviendo mi atención a Adela.
—Sí. Lo decidimos esta misma mañana cuando me encontré con Teresa y nos tomamos un café en el bar de Paco. Me hubiera encantado que nos acompañaras….
Pues ahora que lo dice, a mí también me hubiese gustado ir, sí.
—Pero ya nos dijo Chema que te era imposible. Que teníais varios presupuestos entre manos y todos los muebles de Miriam por encargar. Lo siento mucho, otro día será.
Asiento como una autómata y me giro para esconder la sonrisa irónica y sorprendida que me causa esa información. Tendrá morro el tío… No existen tales presupuestos y con lo de la pastelería ha exagerado una barbaridad. Pero, aunque debería, lo cierto es que ni me molesto un pelín. Joder, de hecho, estoy encantada. Quedarme una tarde con él a solas me parece un plan muchísimo mejor que irme a Luarca o a cualquier otro sitio, ya puestos.
—Al final te va a dar tiempo a tomarte un café. Está hecho, ¿te apetece? —me obligo a decir al pensar que Adela puede malinterpretar mi silencio.
—Vale, venga. Uno rápido —acepta, mientras se acerca al mueble de la tele y coge un marco que contiene una foto de Clara y las niñas posando con la iglesia al fondo—. Era muy guapa.
—Sí, lo era. —Asiento mientras le lleno la taza—. Era estupenda… Te habría caído genial.
—Estoy segura. —Lo pone en su lugar y camina hacia la estantería donde hay más fotos de ella. Fotos que parecen formar parte de la casa como las mismas paredes—. Todo el mundo parece adorarla. Debió de ser una chica muy especial.
Me encojo de hombros mientras me aproximo a ella y le tiendo su café.
—Se hacía querer —le explico con una sonrisa algo triste—. Es imposible no echarla de menos.
Y lo digo totalmente en serio, aunque ese pellizco tan característico y habitual se agudice en medio de mi estómago. Supongo que es inevitable pensar que echarla de menos y acostarme con su marido, del que estoy enamorada, es del todo incoherente. Es hasta hipócrita, pero eso no quita que ambos sentimientos estén ahí, muy adentro, en una lucha constante entre mi mente, mi cuerpo y mi corazón.
—¡Vaya! Judith Mcnaught, Sandra Brown, Lisa Kleypas… —recita Adela los nombres de las escritoras de algunos de los libros que también hay en las repisas—. ¿Son tuyos?
—No, no… No soy mucho de novela romántica. Bueno, no soy mucho de libros, para serte sincera. Son todos de Clara.
—Ah… Pues indudablemente me hubiese caído muy bien. Parece que teníamos mucho en común, también son mis escritoras favoritas. Unas de ellas… —Se echa a reír y ojea varios de los títulos—. Lo cierto es que me encanta leer. Sobre todo si son romanticonas.
—A ella también le gustaba. Y escribir… Aunque esto último le daba un poco de vergüenza reconocerlo —le confieso, nostálgica—. Era muy buena, ¿sabes? Y nunca se lo dije. Nunca le dije tantas cosas…
Adela me mira con cariño y un poco de lástima. Ladea la cabeza y se toma unos segundos para volver a hablar.
—Solemos pecar de eso, ¿sabes? De no honrar con palabras las virtudes de los demás. De guardarnos los «te quiero», como si nos avergonzáramos, y en cambio discutimos por chorradas que no suelen tener la más mínima importancia.
—Sí, es verdad —reconozco ante una verdad tan aplastante—. Buff, nos estamos poniendo muy profundas. Esta conversación comienza a darme cosa.
Ella se echa a reír, algo que imito y agradezco. Luego le da un par de sorbos a su café y vuelve su vista a las fotos.
—Sí, muy profundas —suspira—. Mira, yo no la conocí y a ti… apenas comienzo, pero… —No solo me mira de nuevo, sino que incluso me coge una mano antes de continuar—. Pero lo que sí tengo que decirte es que ninguna hermana haría lo que tú estás haciendo por sus hijas. Y eso perdona cada una de las palabras que te pudieron haber quedado por decirle.
—Yo… No es para tanto. Yo, en realidad…
—Tú estás haciendo algo muy grande por ellas, Laura. Y por mi hermano. —Hace una mueca con la boca al tiempo que rueda los ojos en sus cuencas—. Por mucho que diga mi madre al respecto…
—Por Dios, no entremos en ese tema. Lo mío y lo de tu madre ya no tiene remedio.
Adela suelta una carcajada.
—Dirás más bien que mi madre no tiene remedio. ¡Ni se lo tengas en cuenta! Ella concibe el mundo de una manera diferente a cualquier otro ser humano. Tenerla como madre no es fácil, créeme. Y eso que yo vivo en la otra punta del mundo.
Asiento con una sonrisa, pero en ese momento ella pierde la suya y me aprieta la mano que todavía no me ha soltado.
—Y con respecto a mi hermano, yo…
—¡Ya estamos listas! —exclaman las niñas a coro, mientras entran en el salón.
Yo doy un paso atrás y corto el contacto con Adela, mientras contengo el suspiro de alivio ante la interrupción. No tengo ni idea de qué quería decirme, si bueno o malo, pero lo cierto es que prefiero no hablar de él con ella ni con nadie. Siempre me acojono viva, pendiente de que no se me note nada de lo que ese hombre me hace sentir.
—Ah, muy bien. Pues venga. —Adela se acaba el café y me tiende la taza, guiñándome un ojo antes de acercarse a ellas—. Vamos a buscar a Teresa y a Sofi a su casa, ¿vale?
—Vale. Ciao, papi, ciao, Mina —se despide Llara corriendo a besarnos y encaminándose a la puerta en un tiempo récord. Su hermana y Adela lo hacen un poco más despacio, pero, en menos de un par de minutos, Chema y yo nos encontramos solos en medio del salón.
Él me sonríe de medio lado y se apoya en una esquina de la mesa con los brazos cruzados.
—Toda la tarde para nosotros —comenta como al despiste—. ¿Qué crees que podríamos hacer?
—Uff, no sé —digo, haciéndome la tonta y llevando la taza al fregadero—. Tenemos tanto trabajo pendiente que será mejor ponernos cuanto antes a ello.
—Mira, en eso estamos de acuerdo. Tenemos mucho pendiente.
Y, antes de que pueda tan siquiera girarme, me encuentro acorralada contra el mármol, con él a mi espalda y sus brazos rodeándome. Sonrío feliz ante su abrazo. Tan reconfortada por su cuerpo que es el único lugar del mundo en el que me gustaría vivir para siempre.
—Eres un liante —suelto, en cambio, para disimular todas esas sensaciones maravillosas que su solo contacto me producen.
—Llevo dos días sin tenerte —susurra en mi cuello, besándolo después, lo que consigue que mil escalofríos me recorran enterita en todas direcciones.
—Porque no quisiste. —Me muerdo el labio inferior en cuanto acabo de hablar. Joder, es que no puedo caer más bajo. Incluso me ha salido un tono quejumbroso, como si lo hubiese echado mucho de menos. Cosa que así ha sido, pero vamos…
«Disimula un poco, mujer».
Chema se ríe por lo bajo y me aparta el pelo de la nuca para besar ahora esa zona. Oh, joder, y ya estoy cachonda perdida.
—No fue exactamente por eso —dice contra mi piel, haciéndome cosquillas con su aliento—. Querer… quería. Créeme.
—¿Entonces? —yo también susurro, sabedora, aún sin entender por qué, de que esta conversación no podemos tenerla en voz alta. Como si fuese un secreto a voces que ninguno se atreve a confesar.
Chema me apretuja más contra él, clavando su pelvis en mi trasero y abarcando con sus manos mi vientre, como si quisiese meterme dentro de él. O él dentro de mí, lo que yo comienzo a desear desesperadamente.
—No sé… Supongo que quería demostrarme y demostrarte que no estoy tan salido como parezco. Que no he vuelto a los dieciocho —suspira y mueve mi pelo hacia el otro lado, para seguir torturando mi cuello con pequeños besos y lametazos—. Que no te necesito cada noche. Y que también espero que de vez en cuando tú me busques a mí.
Me sabe raro que su actitud y sus palabras parezcan tan discordantes. Su cuerpo me adora y sus palabras tienen un deje a reproche que me desconcierta.
Abarco con mis manos las suyas y me aprieto más contra él, lo que ya es casi imposible.
—Sí eres un salido —digo con una sonrisa que él imita, ahora sobre mi hombro. Pero luego la pierdo con la misma rapidez con la que sigo hablando—. Yo también te quiero en mi cama cada noche y… Y lo otro… me da vergüenza.
Chema me gira en sus brazos con una velocidad sorprendente. Me levanta la cabeza sujetándome la barbilla y busca mis ojos con los suyos, que me miran asombrado.
—¿Vergüenza? ¿Tú? ¿Por qué?
No le contesto. Tampoco sé cómo hacerlo. Ni siquiera sé muy bien el motivo. Solo sé que dar el primer paso me hace sentir perturbadoramente vulnerable. Temerosa. Con un miedo apabullante al rechazo. O tal vez sea que, si es él quien me busca, mi sentido de la culpabilidad tiene una excusa para encerrarse en algún lugar remoto.
«Hipócrita. Eso es lo que eres, una hipócrita».
Cierro los ojos y suspiro. Eso es lo que soy. Porque solo tengo que estar un segundo en sus brazos para derretirme, para volverme solo instinto. Para disfrutar como una loca y deshacerme como mantequilla.
De repente, me siento en el aire. Chema me ha levantado del suelo y echado sobre un hombro como un saco de patatas.
—Ey… —protesto cabeza abajo, agarrando su camiseta en los puños.
—A ti te voy a dar yo vergüenza. —Acompaña sus palabras con un cachete en una nalga y comienza a andar hacia mi dormitorio—. No me lo puedo creer… Vergüenza.
Y yo no puedo más que reírme. Reírme y excitarme imaginándome lo que va a suceder a continuación.
***
Esto es mejor que follar, pienso observando dormir a Chema en mi cama. Bueno, no hace falta ser tan drástica. Mejor, no. Digamos que es diferente pero igual de maravilloso. Estamos cara a cara, los dos de perfil y aun así ocupamos toda la cama, por lo que no me muevo ni un ápice mientras lo contemplo con cara de tonta. Sus labios entreabiertos, esas enormes pestañas descansando sobre su piel, el pelo alborotado después de haberle pasado tantas veces las manos por él. Joder, creo que alguna de ellas incluso acabé dándole tirones. Sonrío con malicia y meto una mano bajo mi mejilla mientras suspiro embobada. Y ese gesto de enamorada pierde todo su encanto cuando él se mueve para ponerse boca abajo, colocando un brazo bajo la almohada y con las piernas estiradas, lo que casi me tira de la cama en el proceso. Suelto un taco y luego me tapo la boca con una mano para que no se oiga mi risa. Vuelvo a acomodarme como puedo y paso un dedo a lo largo de su espalda desnuda. Lo retiro de inmediato cuando él se remueve y emite una especie de gruñido que me resulta de lo más adorable. Debe de estar realmente agotado para haberse quedado dormido tan rápido después de follar como descosidos. En cambio, yo soy incapaz de hacerlo. Me encuentro a rebosar de energía, tan pletórica que no puedo estarme quieta.
Un poco a disgusto, pero sabiendo que, de seguir en esta cama, voy a acabar por despertarlo y tampoco es algo que quiero, me levanto, me pongo solo las bragas y una camiseta y abandono el cuarto donde se encuentra mi mayor tentación.
Ya en la cocina, enciendo el ordenador justo después de abrirme una cerveza y darle un buen trago. A ver si logro dar con ese dichoso mueble de una vez. En los segundos que le lleva al aparato ponerse a funcionar, jugueteo con mi móvil, para echar un vistazo a si alguien ha cambiado la foto de su WhatsApp. Es una tontería que hago muy a menudo, solo por el hecho de curiosear un poco y distraerme.
Sonrío ante la foto de María, en la que aparece acompañada de un tío superrubio que no he visto en mi vida. Le está dando un beso en la mejilla mientras él luce una sonrisa inmensa a la cámara y hace el gesto de la victoria con sus dedos. Vaya, tengo que llamarla un día de estos y preguntarle quién es. Ahora que lo pienso, ya hace mucho que no hablamos, cuando era rara la semana que no lo hacíamos al menos una vez.
Sigo bajando a lo largo de mis contactos hasta que me encuentro con el de Marcos. Inhalo aire al ver su nombre. Una mezcla de lástima ante la amistad perdida, buenos recuerdos y culpabilidad por nuestro último encuentro me embargan de repente. Su foto sigue siendo la misma. Él con un grupo de amigos en el puente de Brooklyn, de su época en Nueva York. Guiada por todos los sentimientos anteriores, pincho en su contacto para abrirlo y me muerdo el labio inferior al ver que está en línea.
No quiero ni pensarlo o no seré capaz de hacerlo. Mis dedos vuelan solos y le escriben.
«Hola».
Un tic. Dos tics. Y los dos azules. Lo ha leído.
Vale.
Un segundo. Dos segundos. Tres… Mierda. ¿Por qué no está escribiendo? ¿Es que no piensa contestarme ni por educación? Y de todas formas, ¿a mí por qué me molesta? Fui yo la que no quiso saber más de él, ¿no? No. Eso tampoco fue así. Yo quería su amistad. Marcos es un chico muy especial. Es alguien al que me dolió renunciar. Sé que con él confundí las cosas, quizá quise encontrar a su lado lo que solo Chema puede darme, pero, a pesar de todo, lo que sí fue es un buen amigo. Uno que merecía mucho la pena y que yo no supe cuidar.
Escribiendo…
Oh, sí, joder. Por fin.
«Hola».
¡Hala! ¿Y ahora qué? Será capullo… Sonrío al insultarlo y casi puedo verlo al otro lado, toqueteándose el labio inferior con el dedo pulgar y sonriendo con malicia al devolverme ese insípido saludo. Con la misma con la que lo hago yo ahora.
Calculo el tiempo que le ha llevado escribirme y vuelvo a teclear.
«¿En serio? ¿Cuarenta y nueve segundos para escribirme un solo “hola”? Qué desperdicio de estudios…».
Esta vez es mucho más rápido.
«Veo que sigues tan graciosa como siempre».
Y justo a continuación.
«¿Qué tal te va, preciosa? Dime que no se te ha caído ninguna de tus pecas».
Sonrío con toda la cara y, cuando estoy escribiéndole de vuelta, borrando una y otra vez frases que me parecen insustanciales y típicas, me llega un nuevo wasap suyo.
«No te puedes ni imaginar lo que me alegra tenerte al otro lado. Demasiado tiempo. Mea culpa. Demasiado orgullo».
Y entonces la sonrisa ya no me cabe en la cara.
—¡Vaya! ¿Y esa cara de felicidad? —pregunta Chema en mi oído, haciendo que pegue un salto en el asiento y un grito.
—¡Joder! ¡Joder! ¡Qué susto, cojones! —chillo todavía con el corazón a cien.
Él se carcajea a gusto.
—Pues sí que estabas ensimismada.
—Pues sí, idiota. —Lo fulmino con la mirada, pero al instante estoy sonriendo de nuevo—. Deja de darme esos sustos. —Vuelvo mi atención al teléfono, porque Marcos se merece una contestación al menos. Y quiero hacerlo cuanto antes para disfrutar con Chema del resto de la tarde.
«Yo también me alegro. Un montón. Y la culpa es mía. Sé que te debo una explicación».
«No me debes nada, Laura. Aunque si lo que necesitas es el hombro de un amigo para confesarte, aquí me tienes».
Sonrío encantada ante sus palabras e incluso suspiro.
—¿Qué sucede? ¿Con quién hablas? —pregunta Chema sentado frente a mí y observándome con verdadero interés.
—Con Marcos —contesto, volviendo a bajar la mirada hacia el móvil y tecleando ya.
«Gracias. Te echaba de menos, Marcos».
«Yo también, preciosa. Pero ahora tengo que dejarte, que, aunque no te lo creas, algunos trabajamos y hace un rato que me reclaman. Hablamos, ¿vale?».
«OK. Cuando quieras. Un beso».
—¿Ese Marcos?
Dejo el teléfono sobre la mesa y miro a Chema con extrañeza ante su tono. ¿Y ahora a este qué bicho le ha picado?
—El único Marcos que conozco, sí.
—Tu ex —dice él cruzándose de brazos.
—No es mi ex. Es un amigo.
—Con el que casi follas.
—Bueno… ¿Qué te pasa a ti ahora? —pregunto parpadeando, más sorprendida que molesta. Y eso es raro, eh. Hace unos meses ya le hubiese puesto el teléfono de sombrero. Quizá mi promesa de hacerle la vida más fácil se me esté yendo de las manos. O tal vez es que estoy supercontenta por haber retomado el contacto con Marcos. No sé, el caso es que el cabreo no llega.
—A mí nada. —Se levanta a por una cerveza a la nevera y se apoya en la encimera a beberla—. Solo que parecías tremendamente ilusionada y feliz con la conversación.
Me acerco a él observándolo con atención. ¡Dios! ¿Está celoso? ¡Está celoso! Vaya…
—Lo estaba —confieso con una pequeña sonrisa—. Marcos es un encanto y…
—Vale, vale. Un encanto —repite rodando los ojos.
—Sí. Y muy guapo. Y…
—Y arquitecto. Vamos, un portento de tío.
Me muerdo los labios y sonrío con malicia. Joder, estoy disfrutando como una enana…
—Bueno… ¿Un portento? No sé. Ya sabes… No acabamos.
—Eh… ¿qué? —Chema abre mucho los ojos y luego resopla—. No me refería a eso, joder.
—¿Ah, no?
Ahora me mira entre sus pestañas, al darse cuenta del cachondeíto que me traigo.
—Serás cabrona… ¿En serio tratas de ponerme celoso? No voy a caer en eso, cariño, yo…
—No, no, no. —Me río—. Esa palabrita la has usado tú. Yo solo… No sé. Un poco molesto sí que estabas, ¿no?
—Yo no estaba molesto —gruñe—. Ni lo estoy, ni nada de eso.
Reprimo la risa y bajo un poco la cabeza para que no me lo note.
—Pues a mí me lo ha parecido.
—Pues no. Es solo que…
—¿Sí…? —lo apremio, levantando hacia él una mirada entre maliciosa y divertida.
—¿Te pesa?
—¿Si me qué? ¿De qué hablas?
—No haberte acostado con él. ¿Es una cosa que tienes pendiente o algo así?
Ahora la que abre los ojos desorbitadamente soy yo. Pero qué coño…
—¡No! ¡No, joder, no! Él… Él solo es un amigo. Siempre ha sido un amigo. Es cierto que me atraía lo suficiente para…
—Vale, ya, me hago cargo —me interrumpe muy serio, poniendo un dedo sobre mis labios y, entonces, sí que no puedo evitar reírme.
Él se me queda mirando un momento con el entrecejo fruncido y luego también sonríe, supongo que al darse cuenta de que esta parece, si no lo es, una escena de celos en toda regla.
—No es lo que estás pensando, listilla —dice entrecerrando los ojos.
—Ah… ¿y qué estoy pensando?
—Nada bueno, seguro —resopla, para, acto seguido y cogiéndome por sorpresa, hacerme girar y sentarme encima de la encimera. Se acopla entre mis piernas y comienza a deslizar su índice por mi escote, sin esconder lo satisfecho que se siente cuando nota todo mi vello erizarse ante el contacto.
—¿Como tú ahora?
—No, no, yo sí estoy pensando algo bueno. Buenísimo. —Me sonríe con picardía y se aproxima a mis labios—. De hecho, apuesto a que estarás gimiendo de gusto en menos de un minuto.
—Oh, vas tú muy sobrado, ¿no? —soy capaz de decir con entereza, a pesar de que el dichoso dedito está bajando mucho más al sur, haciendo estragos en mi cuerpo.
—Lo que estamos, los dos, es faltos de tiempo —me recuerda, tras echarle un fugaz vistazo al reloj de la cocina. Y en el momento en que sus ojos vuelven a estar sobre los míos…
—Joder. Joder, joder… —gimo al sentir dos de sus dedos en mi interior de una sola estocada, mientras su pulgar juguetea con mi clítoris.
—Pues eso… Ni un minuto.
Fanfarrón. Presuntuoso. Capullo. Sí, todo eso pienso, pero mis manos lo acercan más a mí por voluntad propia, mientras mi boca busca la suya en un beso húmedo y lleno de lujuria. Nos tragamos cada uno los gemidos del otro, mientras mis caderas se mueven al compás de esa mano que sabe muy bien lo que hace.
—Joder, ¿alguna vez me cansaré de ti? —masculla justo antes de dejar de acariciarme para llevar las dos manos a mi culo y levantarme en vilo. Echa a andar conmigo a cuestas en dirección al dormitorio, elevándome lo suficiente para que su boca alcance, sobre la tela, mis ya inhiestos pezones. Los besa, los chupa, tira de ellos.
—Dios… —gimoteo, aunque lo que en realidad quiero gritar es otra cosa.
«Joder, no. No te canses nunca de mí porque, que Dios me perdone, pero yo sé que nunca lo haré de ti».