Por nosotros
CAPITULO 14 » Chema
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Chema
—¡Laura, nos vamos!
—¡Ya, ya voy! —grita desde su habitación.
—¡Tía, que llegamos tarde! —la apura también Marta.
—¡Que ya voy, por Dios! —vuelve a decir, ya corriendo hacia nosotros—. Joder, aún es temprano.
—Tía, esa boca…
—Vale, vale, perdona, Marta, pero sigo diciendo que todavía es temprano, no sé a qué vienen estas prisas —protesta haciendo un mohín, mientras se recoloca con las manos los rizos todavía un poco húmedos.
—No tanto, que yo quedé en ayudar a Julián con la barbacoa —digo divertido por el apunte de Marta ante sus palabrotas—. Y, además, somos nosotros los que llevamos las bebidas, deberíamos llegar cuanto antes, ¿no crees?
Laura no dice nada. Solo pone los ojos en blanco antes de echar mano a dos de las cuatro bolsas con las que cargo.
—No, ya las llevo yo. Tú coge las sudaderas de las niñas y las llaves del coche, anda.
—Y las de casa, tía. No te olvides de las de casa.
—No me olvido, coño. Ya sé que soy un poco despistada, Marta, pero tú tampoco me das tregua, ¿eh?
—Esa boca… —repite la niña para espanto de Laura, que abre mucho los ojos y luego resopla como un toro enfurecido.
Suelto una carcajada ante la escena y luego salgo raudo de casa al ver que la pelirroja me fulmina con la mirada. Si al final las va a pagar conmigo, ya lo estoy viendo.
Ya en el coche y con los ánimos más calmados, la miro de arriba abajo. Sin pensar, llevo una mano a su muslo y lo aprieto un poquito, para retirarla con premura al caer en que mis dos hijas van atrás. Ella me mira y me guiña un ojo, a lo que correspondo con una sonrisa. Luego baja la visera parasol del coche, levanta un pelín el culo y se saca un lápiz del bolsillo, con el que se pone a hacerse la raya en los ojos usando el pequeño espejo. La observo alucinado. En serio… ¿quién demonios lleva una cosa de esas en los vaqueros?
Debe de notar mi mirada, porque me la devuelve y levanta los hombros.
—¿Qué?
—Nada, nada… —bufo, incrédulo—. Tú a lo tuyo.
—A eso estaba. —Otro guiño y sigue tan pancha. Joder, y ahora también se saca el rímel. Un día de estos se va a quitar un ojo. Pero es que me ha salido presumida la chiquilla, pienso con una sonrisa.
Ahora lleva puestos unos pantalones vaqueros con rotos en varios sitios y una camiseta holgada pero bastante corta en un negro… desteñido. Lo que me encanta de la prenda es que su amplio escote deja alguno de sus hombros desnudo, ahora uno, después el otro… Vamos, que ya podría tener lamparones de lejía, que la puñetera camiseta es de lo más sexy. Y ahí estoy yo, de vuelta en la adolescencia a mis treinta.
—Oye, ¿por qué te has cambiado? —pregunto, tratando de que mis pensamientos no acaben demasiado descontrolados—. Espera, no me lo digas. Te has dado cuenta de que no hacía falta que fueras de pesca. Que, conociendo a Teresa, sobrará comida.
Me echo a reír, volviendo la vista a la carretera, más que nada para evitar ver otra de sus miradas asesinas.
—¡Ey! ¡Eso ha dolido! —me quejo cuando me cae una colleja en la nuca que no he visto venir.
—Eso te pasa por meterte con mis medias —dice, refiriéndose a esa especie de red que tenía puesta cuando llegué a casa. Que, por cierto, junto con el cinturón ancho que pretendía pasar por minifalda, era otro conjuntito digno de ver—. Y si me he cambiado es porque temía tener frío más tarde, cotilla.
—¿Ves? A eso me refiero. Unas medias que no tapan nada… no tiene sentido.
—¿Y tú por qué te pones un cinturón si no se te caen los pantalones?
—¿Cómo? —La miro un segundo y frunzo el ceño—. ¿Qué tiene que ver…?
—Lo tiene. Piénsalo.
Meneo la cabeza y me río entre dientes.
—Ni lo sueñes. No tengo la más mínima intención de pensar sobre ello.
Ahora es ella la que se echa a reír con ganas. Pero luego, tras guardarse su arsenal en los vaqueros, vuelve su cabeza hacia la ventanilla y apoya la cabeza en ella, pensativa.
—Tienes razón —susurra un minuto después, descolocándome un poco.
—¿Razón? ¿En qué?
—En que esas medias te parezcan raras de cojones. En este pueblo casi todos opinan lo mismo. ¿Crees que no me doy cuenta de cómo me miran cuando las llevo puestas? Bueno, eso y otras muchas cosas. Al final creo que vale la pena meter todo en un cajón y dejar de llamar tanto la atención.
Apago el motor delante ya de la casa de Julián y observo a Laura durante unos segundos, confuso. Me encojo de hombros, sencillamente porque no sé qué otra cosa hacer o decir. La Laura que conozco nunca, pero nunca, le ha dado la mínima importancia al qué dirán. A veces creo que justo parecía buscar eso: llamar la atención. Y no sé si el cambio me gusta o no. Quizá esté madurando, pero…
—¡Papi! ¡Papi! ¡Queremos bajar! ¡Ábrenos, porfa!
Es Laura la que les hace caso, les abre la puerta y después el maletero para sacar las bolsas. Reacciono a tiempo para llegar a ayudarla y, en silencio, al menos nosotros dos, nos encaminamos a la parte trasera de la casa. Las niñas van corriendo y gritando delante de nosotros, acompañadas de una Sofía ansiosa que parece haber estado pendiente de nuestra llegada.
—¡Oh, genial! ¡Ya llegaron las cervezas! Estarán frías, ¿no? —exclama Julián tan pronto nos ve, rebuscando ya en la bolsa y sacando una lata.
—Joder, cada día eres más tacaño. ¿No tenías ni una sola cerveza en tu nevera o qué?
—Sí, tenía —dice al acabar de beber de ella. Señala con la cabeza hacia atrás, donde su mujer, Ana, Pedro y Colás están sentados y sí, parecen haber dado buena cuenta de la bebida que tenía en su casa, vistos los envases vacíos sobre la mesa.
Sonrío ante la imagen y corro tras Laura, que, después de un rápido beso en la mejilla a Julián, ya se ha dirigido hacia allí.
—¡Hola, Ana! ¡Bienvenida! —le dice, junto con un par de besos y un breve abrazo—. ¡Dios mío, estás igualita que siempre!
—¡Vaya, gracias, Laura! Tú también, la verdad. Y eso que ha pasado mucho mucho tiempo.
—Uff… Años. ¿Seis? ¿Siete?
—O más. Espera, la última vez que nos vimos fue en la boda de tu… —Ana se queda muda y clavada en el sitio sin acabar su frase. Aunque no hace falta, todos somos más que conscientes de cómo terminaba. Que entonces dirija la mirada hacia mí y parezca no saber cómo comportarse, que incluso se le humedezcan los ojos, hace todavía más evidente lo que está pensando. Que hablaba de nuestra boda y que Clara ya no está—. Rubio… hola.
Respondo a su titubeante saludo de la manera más normal posible, intentando romper este momento. Compongo mi mejor sonrisa y me acerco a abrazarla.
—Hola, Ana. La verdad es que tiene razón Laura, estás tal cual. —Morena, menuda, con el pelo recogido en su eterna cola de caballo y unas cuantas pecas sobre su nariz—. Bueno, más morenita, eso sí…
—Es lo que tienen las islas. —Se ríe ella y parece muy aliviada ante mi actitud. O tal vez de haber sido capaz de cambiar la suya. Supongo que, para alguien que no ha vivido estos últimos años la ausencia de Clara, esto debe de ser raro de narices. Y triste. Intento que esos pensamientos no me afecten. Ahuyento cualquier emoción negativa como vengo haciendo y solo me centro en disfrutar de esta reunión de amigos. Y de un buen asado, ya que estamos.
—¿Y qué tal te va por allá? —me intereso—. ¿No echas un poquito de menos esto?
—A veces —responde bajando un segundo su mirada.
—¡Pues vuelve, leches! Es lo que te llevo diciendo toda la tarde —espeta Teresa en tono enérgico.
—No es tan fácil. Es cierto que… En fin, supongo que ya todos sabéis que no estoy pasando mi mejor racha —explica mirándonos a Laura y a mí un instante, para incluirnos en la conversación que deben de haber mantenido—, pero me encanta mi trabajo. Adoro el clima y a la gente. Todavía no quiero abandonarlo todo y volver. Además, tampoco lo doy todo perdido con él y venirme sería…
—Vale, vale. Pues entonces coge a ese tonto por banda y…
—Teresa, por Dios —interviene Pedro mientras se acerca a Ana y le pasa un brazo por la cintura—. Frena un poco, anda, que me estás atosigando a la criatura.
—Creo que eso lo estás haciendo tú. —Se ríe Laura señalando su brazo—. Ten cuidado, Ana, sigue siendo el mismo Don Juan de siempre.
Ana suelta una risita divertida y menea la cabeza, supongo que pensando que por aquí las cosas siguen prácticamente como siempre, sí, a pesar de todo.
—¿Estás celosa, pelirroja? —se cachondea el poli.
—Muchísimo, cielo. ¡Oh, joder, se me nota, ¿verdad?! —exagera ella abriendo mucho los ojos y comenzando a abanicarse con las manos, lo que causa que todos nos echemos a reír.
—Bueno, ¿qué? —pregunto yo minutos después, buscando a Julián con la mirada—. Ya tendrás las ascuas hechas por lo menos, ¿no? Estoy muerto de hambre.
—Joder, qué novedad. Ni que estuvieses creciendo, tío, últimamente no hay comida que te llegue.
Me echo a reír al acercarme a él, que se encuentra apenas a un par de metros, delante de una barbacoa de obra que yo mismo lo ayudé a construir; así como a restaurar el cobertizo de piedra antigua, que, después de tirarle una pared, cambiarle el tejado y limpiar y encintar la piedra, convertimos en un espacio ideal para comer al aire libre.
—Esto ha quedado chulísimo, tío —comento observando todo a mi alrededor, no solo nuestras obras sino también el cuidado césped y el pequeño jardín en una esquina del que sé que Teresa está muy orgullosa. De hecho, hasta tienen un par de columpios y un tobogán de madera, hechos por Colás y que están ahora mismo disfrutando las niñas.
—Sí, no nos ha quedado nada mal. —Me guiña un ojo al tiempo que coloca sobre la parrilla la costilla y un par de chuletas—. Creo que Teresa te estará eternamente agradecida por echarnos una mano y no cobrarnos un duro, tío.
—¿Solo Teresa? —lo vacilo, aunque sé que él es el primero en hacerlo. Pero ¿qué carajos? ¿Cómo le iba a cobrar? Él no solo es un amigo, es un hermano, joder. Y sé con absoluta seguridad que él hubiese hecho lo mismo por mí.
—Yo aún estoy por cobrarte todas las horas que me debes tú a mí, so mamón —me devuelve el tonito, dándome un pequeño manotazo en el pecho y luego echándome una mano por el hombro—. Joder, Rubio, se te ve bien. Muy bien. No sabes cómo me alegro.
Carraspeo para bajar el nudo de emoción que, de repente, me atraviesa la garganta y únicamente acierto a asentir ante sus palabras mientras me desprendo de su abrazo con sutileza.
—Estoy bien —acabo por susurrar apoyándome sobre el trozo de piedra que utiliza como encimera, sabiendo que él se merece una contestación—. Estoy…
—Toma, una cerveza —nos interrumpe Laura acercándose y tendiéndome la bebida, cosa que agradezco de verdad. Las dos cosas.
—Gracias.
—De nada. Julián, tú ya estás servido, ¿no?
—Sí, Laura, por ahora sí. Y dile a mi mujer que…
—Tu mujer ya sabe lo que tiene que hacer —contesta la aludida levantándose y comenzando a dar órdenes, como no podía ser de otra manera—. Laura, ayuda a Ana a poner la mesa, que yo voy adentro a cortar pan y a hacer las ensaladas. Y vosotros dos —les dice a Colás y a Pedro—, podríais coger unos barreños e ir a por hielo al bar de Paco, ¿no?
Los chicos se miran entre ellos un segundo, pero luego se encogen de hombros casi al mismo tiempo y obedecen sin rechistar. Yo me río entre dientes.
—Joder, pensé que estaría un poco más relajada con la visita de Ana y eso —le comento a Julián.
—¿Qué dices? Yo creo que está peor que nunca. Lleva dándome órdenes desde que llegué de trabajar. Que si ve limpiando lechuga, que si vigila a la niña, que si no desordenes la casa… Y, mientras, ella se ha limitado a cotillear con Anita desde que esta ha llegado. Creo que sus padres la deben de haber visto escasos cinco minutos.
—Bueno, es normal. Son íntimas desde siempre y hace mucho que no se ven. Es el primer día, hombre…
—Sí, sí, será eso. Anda, ve a la cocina y pídele unas pinzas, que hay que darle la vuelta a esto.
Hago lo que me pide y unos diez minutos después me encargo yo de poner los choricillos a asar junto con unas cuantas patatas que me han pedido las chicas. Julián se encuentra metiendo las bebidas en los barreños llenos ya de hielo y Pedro se ríe a carcajadas de algo que le ha dicho Laura o Ana, con las que habla desde que ha regresado del encargo. Colás, en cambio, a pesar de estar sentado también a la mesa, no parece prestar atención a nada, con la vista clavada en el hule que hace las veces de mantel.
—Bueno, esto ya está —comenta Teresa, saliendo de la cocina cargada con dos fuentes de ensalada en sus manos—. Colás, hombre, despierta y échame una mano. Rubio, ¿le falta mucho a eso?
—No demasiado.
—Vale, genial, porque Nela y Adela también deben de estar al llegar y…
—¿Viene Nela? —Colás se ha quedado parado a medio camino, después de haberse hecho con una de las fuentes que traía su cuñada.
Esta se gira un segundo, pero luego da los pasos que le faltan, pone la fuente sobre la mesa y es entonces cuando enfrenta a Colás con los brazos en jarras.
—Sí, viene Nela. Y ya te lo dije cuando te comenté lo de la barbacoa. Mira, cielo, yo te adoro, pero Nela antes de ser tu ex era mi amiga y sigue siéndolo, así que, por favor, compórtate como un hombre y, o vuelve con ella de una vez, o no nos hagas elegir entre los dos, ¿vale? Estoy un poco hasta el moño de tener que hacerlo. De hecho, creo que hablo en nombre de todos.
—Teresa… —Julián intenta aplacar a su mujer, mirando alternativamente hacia ella y su hermano, que tiene toda la pinta de querer largarse en cualquier momento. Ajusta una y otra vez sus gafas sobre su cara con la mano que tiene libre y mira a todos lados y a ningún sitio en concreto.
Teresa ignora a su marido después de lanzarle una fugaz mirada y se acerca a Colás.
—Por favor… —le pide buscando sus ojos—. Por favor, Colás… Creo que es hora de asumirlo o solucionarlo, ¿no crees? Por favor, no te vayas. Tampoco quiero ponerla a ella por encima de ti. En el fondo sabes que nunca lo haría, no te…
—No, no, no. Tranquila. No me voy —reacciona él por fin—. Esto… No pasa nada. Está asumido, de verdad.
Menos mal que no es consciente de las miradas que le lanzamos todos, de infinita incredulidad. Hasta Ana lo mira con estupor y eso que acaba de llegar, aunque apuesto mis andamios a que Teresa, pese a la distancia, le ha ido narrando capítulo tras capítulo como si de una puñetera telenovela se tratase. Y no los pierdo, eso seguro.
—¡Papi! ¡Papi! ¡Ya huele a choricillo! ¿Puedo probar? ¿Puedo?
—Sí, en un momentito, cariño.
—Tengo hambre, papi.
—Ya, cielito, como todos —le dice Laura poniéndose a mi lado—. Joder, es que huele que alimenta, ¿eh? Venga, ve a jugar un ratito de nada y ya te llamo para que seas la primera en comerlos, ¿vale?
—Vale, Mina.
Y en cuanto la niña se da media vuelta, ella me mira y pone los ojos en blanco.
—¿Asumido? —susurra—. Esto va a ser tan violento como siempre. Joder, vaya dos.
Yo sobre eso tampoco hago apuestas. Por desgracia, tiene toda la razón.
***
Rechazo el segundo chupito que me ofrece Teresa, pues ya me he pasado con la cerveza y pretendo llevarme el coche de vuelta. Lo que sí hago es encenderme un cigarrillo y reírme de un chiste que está contando Pedro, que comparte una de las cabeceras con mi hermana, mientras la otra la ocupan los dueños de la casa. Pienso por enésima vez en lo mucho que estoy disfrutando de la cena y de la compañía. De esta intimidad y confianza que, durante meses, yo mismo aparté. Le doy una larga calada al pitillo y sonrío de medio lado cuando Adela se queja de lo fuerte que está el licor café, después de darle un buen trago y hacer una mueca supercómica con la lengua fuera. Sí, me lo estoy pasando genial, como todos, aunque…
—Laura, puedes decirle a Nela que te pase la cubitera y me la das, porfa. —Sí, ese es Colás, sentado a mi izquierda y alargando la mano. Como cada una de las veces que se ha encaprichado con algo que Nela tenía a su lado, pidiéndoselo a la pelirroja solo por fastidiar.
Laura suspira y se levanta para cogerla ella misma y alcanzársela a él, mientras Nela solo hace rodar los ojos en sus cuencas y compone una extraña sonrisa. Luego se bebe de un solo trago el chupito que tiene delante y, joder, ya lleva unos cuantos.
—Oye, cuñadita, deja de beber a ese ritmo, que mañana trabajas —le dice Julián en tono divertido, enmascarando creo yo una verdadera preocupación.
—Ya, no te preocupes, apenas son unas horas por…
—No la llames así, joder. Ella no es nada tuyo —interrumpe Colás a su exnovia, lanzándole una mirada asesina a su hermano.
Y si hasta ahora no había puesto mucho de su parte para que la cena no se hiciese violenta, en este momento acaba de darlo todo.
—Bueno, aún puede serlo —interviene Teresa con una sonrisa tan dulce que da miedo—. Nela, cariño, mi hermano está soltero y sin compromiso. Y siempre me pregunta por ti.
—¿Tu hermano? —Colás mira a su cuñada como si le hubiesen salido cuernos. Y yo me llevo la mano a la boca para no soltar una risotada, pero parece que no he sido lo suficientemente rápido, porque me gano un codazo del que dice tenerlo asumido. Me froto la zona con disimulo y él ni me mira, con la vista todavía clavada en Teresa. Ay, colega, estás fatal. Y, mal que me pese, te entiendo a la perfección.
—Sí, mi hermano. ¿Qué sucede? Los yogurines están de moda, Colás.
Este resopla, varios nos reímos por lo bajo, pero Pedro, directamente, lo hace a carcajadas, por no variar, lo que hace que Colás le enseñe el dedo corazón. Claro que eso todavía lo hace reír más fuerte y yo solo puedo alegrarme de que las niñas hayan caído rendidas hace una media hora, lo que significa que no se despertarán con facilidad, porque barrullo hacemos, sobre todo el poli.
—La verdad es que Raúl está muy, pero que muy bien. —Asiente Laura, haciéndolo también con la cabeza que sujeta entre sus manos y sonriendo casi soñadora—. ¿Cuántos años tiene? ¿Dieciséis? ¿Dieciocho?
—Veintiuno, Laura. A ver si te crees que solo pasan los años por mí —le aclara Teresa.
—¡Veintiuno! Joder, ya es todo un hombre —exclama Laura mitad en serio, mitad en broma—. Ahora no me siento tan mal por haber pensado que está bueno.
—Ehh, pecadora. —Nela, sentada a su lado, le da un empujoncito con el hombro, guasona—. No se te ocurra echarle el ojo al chaval mientras cometes actos impuros con otro, ¿eh?
Cierro los ojos un segundo y suspiro ante el repetitivo pitorreo, pero los demás parecen encontrarlo muy divertido porque se parten de la risa. Hasta veo a Colás sonriendo con ganas, lo que ya es decir. O tal vez solo esté devolviéndome el favor.
—Pero qué graciosa… —le dice Laura haciendo una mueca.
—Eh, Rubio. ¿A ti tampoco te ha hecho gracia? —Nela mira al frente y me clava los ojos, risueña.
Yo lo que creo es que está un pelín borracha, pero aun así hago un gesto de fastidio y saco otro cigarrillo de la cajetilla.
—Vamos, es que me desternillo…
—¡Bah, estáis perdiendo el sentido del humor! ¡Qué pena, por Dios! —protesta ella echándose hacia atrás en la silla y cruzándose de brazos.
—Venga, Nela, no seas mala. Deja en paz a la parejita —se cachondea mi hermana también. Joder, ¡mi hermana! Esto va de mal en peor.
Pedro se troncha. Es que se parte. Ojalá se mee en el pantalón, coño. Le pasa un brazo por el hombro a Adela y la felicita con un beso en la mejilla.
—Así me gusta, jodiendo con sutileza —le dice.
—Bueno, sí, pero, si no queremos acabar muertos, será mejor que paremos —decide ella sin perder la sonrisa, señalándome con la cabeza al percatarse de que estoy asesinándolos con la mirada, aunque eso al poli le importa un santo comino, la verdad. Yo creo que hasta lo divierte más.
—¿Sois…? ¿Sois…? —Ana, a mi derecha, pasea la mirada entre Laura y yo con los ojos como platos. Mira un instante a Teresa, que sonríe, y vuelve a intentarlo—. Vosotros… ¿Estáis juntos?
Laura suspira, le sonríe y niega suavemente con la cabeza.
—¡No, joder! ¿Con Laura, Ana? ¡Por Dios, no! —Y sí, ese soy yo, el primer sorprendido ante mi enérgica negativa. Demasiado pronto caigo en la cuenta de que no ha sido muy acertada. No solo porque parezco más culpable que con la suave y discreta respuesta de Laura, sino porque esta me mira dolida un instante, para luego ponerse a la defensiva.
—Bueno, tranquilito, eh… Que tampoco soy Fiona y me vuelvo verde de noche, guapo. Que sepas que, aquí donde me ves, yo también levanto pasiones.
Pedro rompe a reír a carcajadas, si al final le va a dar algo. Los demás lo imitan con más o menos disimulo y yo… Yo debo de ser gilipollas, porque soy el primero en saber que Laura levanta mucho más que pasiones. A mí, de hecho, me tiene erguido la mayor parte del tiempo, joder. ¿Por qué no podré estarme calladito y dejar de ofenderla aunque sea de modo inconsciente?
Respiro hondo e intento disculparme como mejor se me ocurre. Bromeando.
—Vale, vale, lo siento. Me he pasado. Puedes llamarme Shrek lo que resta de noche.
—No. Tú no le llegas a Shrek ni a la suela de los zapatos. Eres más bien Asno.
Ahora sí que la carcajada que suelta Pedro es tan exagerada que hasta se queda sin aire. Lástima, joder, a ver si se ahoga con sus risas… Yo me ofrezco voluntario para llamar a la ambulancia. Claro que tendría que llamar a muchas ambulancias, porque ahora mismo no hay ni uno serio. Bueno, sí, Laura, aunque no tarda en mostrar una sonrisilla maliciosa con esa boca de bruja que tiene. De bruja y de provocadora, Jesús. Cuando me doy cuenta, mi mirada enfadada ante las risas se dulcifica mezclándose con una sonrisa idéntica a la suya, porque ya estoy pensando en la venganza… A solas.
—¡Ah, qué bueno! —Se troncha Nela dirigiéndose a Laura—. ¡Eres mi heroína, cariño! Mira, Asno Uno —me señala con la cabeza y luego mueve su índice hacia Colás— y Asno Dos.
—¡Nela! —Laura escupe una risa ahogada y mira a Colás encogiéndose de hombros.
—¡Está loca! ¡Y borracha! ¡Joder con la combinación! —Al segundo Asno parece que no le ha sentado muy bien la chanza ahora que va dirigida a él. Y yo me temo que aquí se va a armar la de Dios.
—¡Está loca! ¡Y borracha! ¡Joder para el puntilloso de las narices! —lo imita Nela, burlándose y agravando la voz.
—¿Puntilloso? ¡Puntilloso! —se ofende Colás, tanto que hasta se ha puesto rojo—. Pero… ¿qué coño…?
—Sí, puntilloso. Cerrado, inflexible, escrupuloso…
—La madre que te… Mejor ser eso que alguien que no sabe ni…
—¡Ya! ¡Basta! ¡Los dos! —se exaspera Teresa levantando las manos en el aire—. Por favor, chicos, parad. Por favor… Esto ya es más incómodo que perder la virginidad, joder.
Silencio. La frasecita de Teresa ha logrado unos segundos de un silencio maravilloso. Hasta que Julián, que la lleva mirando medio perplejo durante ese rato, suelta lo que le pasa por la mente.
—Dios, Teresa… Sé que la perdiste con un idiota, pero no que te resultara tan incómodo, mujer. ¿Tan malo fue?
Nos da la risa, claro, mientras ella menea la cabeza sin creerse la pregunta.
—Joder, Teresa, vaya metáfora. ¡Tremenda! Pero ¿dónde la perdiste? ¿Encima de un cactus? —le pregunta Pedro entre risas.
—¡Oh, mira tú, qué chistoso el poli! Que sepas que perder la virginidad es incómodo y punto. —Ante la manera en que los chicos la observamos, busca el apoyo en las chicas—. ¿A que sí?
Ana asiente con la cabeza con timidez y Adela lo afirma, rotunda. Laura se limita a rellenarse el vaso con una sonrisa y Nela, simplemente, se muere de la risa, al parecer olvidada la discusión anterior con Colás. Esta chica está más borracha de lo que creía.
—Sí, es incómodo —acaba por decir, la mar de jovial después de haberse metido otro chupito entre pecho y espalda—. Normalmente duele, estás un pelín avergonzada, te sientes rara y… Sí, es incómodo, qué coño.
—Palabra final muy acertada, Nela. —Se parte el poli.
—Ja, ja, ja —se burla ella—. Y para que lo sepas, Pedrito, lo mío no fue por culpa de ningún cactus. Yo la perdí en una cama.
—Ah, bueno, eso es infinitamente más cómodo, sí —asegura él.
—Y aun así fue incómodo, ya veis —interviene de nuevo Teresa—. Por cierto, eres toda una privilegiada, ¿eh? Una cama en tu primera vez… Eso no suele ser muy común, al menos en este pueblo, claro.
Nela se echa a reír y mira al matrimonio con picardía.
—Fue ahí. —Señala la casa y esconde el labio inferior con sus dientes—. En vuestra casa.
—Eh… ¿Qué? —pregunta Julián flipando—. Joder, Colás, ahora entiendo ese empeño en hacer de canguro.
El aludido lo mira con una cara extraña mientras los demás nos tronchamos. Vale, ahora yo también me merezco una ambulancia.
—Salid, chicos, salid, que ya nos quedamos nosotros con Sofi —lo imita Teresa conteniendo la risa.
—Dime al menos que no fue en mi cama, capullo —le pide Julián—. Ni en la de la niña, por Dios.
Ahora las carcajadas ya son bestiales. Hasta Colás suelta una que frena por pura fuerza de voluntad.
—No, fue en la de invitados. Joder, y luego el puntilloso soy yo.
—Ay, tu hermano también lo hace bien —mete baza Nela, ganándose en este caso una mirada airada del propio.
—Yo también la perdí en una cama —confiesa Ana de repente. Vaya, la tímida Ana, menuda sorpresa—. Aprovechamos que mis padres se iban de boda y… —Suelta una risita y mira a Colás y luego a Julián—. Al menos fue mi cama la profanada.
—Yo en la playa —se anima el dueño de la casa. Y señala hacia mí riéndose—. A unos metros de este. ¡Qué noche, eh, Rubio! ¡Con las madrileñas!
No puedo evitar reírme con él, y con todos, vamos. Lo cierto es que fue una buena noche. Yo, la verdad, no estaba nada incómodo. Quizá sí acabé con arena en lugares insospechados, pero entonces lo único que me importaba era que estaba cachondo como un mono y deseando vivir la experiencia más esperada y más alucinante hasta aquel momento. Tal vez fue un poco corta, eso sí, recuerdo con un poco de vergüenza pero buen humor.
—La mía se llamaba Silvia, ¿y la tuya? —continúa Julián, sirviéndose un chupito.
—Cariño, en serio, podías comenzar a cortarte un poco, ¿no? —masculla Teresa removiendo con vigor la infusión que tiene delante.
—Se llamaba Virginia —contesta Pedro sin darme chanza—. Yo os las presenté, ¿no lo recordáis?
—Joder, sí. Pero vaya memoria la tuya —suelto admirado de verdad. Yo sí me acuerdo de Virginia, claro, pero que lo haga él…
—Uy, sí, no preguntes por qué. —Ignora mis ojos abiertos en una pregunta muda y continua dirigiéndose a Teresa—. Y tú no te pongas celosa, mujer, y dale de su propia medicina. Cuenta, cuenta, al final, en tu caso, ¿había o no cactus?
—No, maruja. No había cactus. Como mucho poco espacio. Fue en un coche. En el mirador, ¡cómo no! ¡Pilarica hasta la médula!
—Oh, sí, el famoso mirador… —rumia Laura con los codos en la mesa y la cabeza apoyada en sus manos.
—Dios mío, ¿cuántas generaciones se habrán estrenado ahí? —pregunta mi hermana, pensativa.
—¿Qué pasa, Adela? ¿Tú también?
—Sí, Pedro, yo también. —Se ríe ella.
—Genial, lo que demuestra que al final sois todos un tanto típicos y previsibles, ¿no? —ataca el poli con una sonrisa arrogante—. Yo, por supuesto, triunfo en originalidad. Una vieja pero enorme silla de esas tapizadas que mi madre guardaba en el garaje. Allí, entre herramientas y un sinfín de cajas, encontré el perfecto nido de amor.
—¿De amor? ¡Serás capullo! ¡Tú lo único que querías era follar! —me encuentro diciendo ante su parrafada.
—Joder, claro, como todos. —Se ríe él—. Así que me llevo el premio, ¿no? Ah, no, espera, ¿Laura?
Me tenso. Es imposible que no lo haga. Sobre todo cuando veo como ella bebe lo primero que pilla por banda, ríe nerviosa y hace lo imposible para que sus ojos no me miren. Y entonces me encuentro con que yo no puedo apartar los míos de su cara, sorprendiéndome de pronto lo ansioso e intrigado que me siento esperando su respuesta.
—¿Laura? —salta Nela con la vista clavada en el poli—. Ella… Ella…
—En una mesa —la interrumpe Laura mirando también a Pedro, pero con malicia—. Creo que te he ganado, Don Original. ¿O no?
—Eh, eh, espera —se interesa Teresa—. Pero en una mesa tipo escritorio, así como en el despacho de ese jefecito tuyo o…
—No, no… —Se ríe Laura con desparpajo, aunque le da un poco el hipo y eso, no sé por qué, me hace sonreír como un tonto. Otra que también tiene un puntito guapo—. En una cocina, para ser más exactos.
—¡Hostias! —se sorprende Julián—. Pues sí que ibais apurados, seguro que teníais un sofá o una cama a escasos metros.
«¿Apurados, dices? Ni te lo imaginas, tío».
—Jo, pues a mí me daba mucho más morbo lo del despacho. Sin lugar a dudas.
«Casi que a mí no, Teresita». De hecho, todavía no comprendo lo mucho que me molestó encontrármela ayer, con aquella espléndida sonrisa, wasapeando con el nominado a acabar con ella sobre ese escritorio.
—Sí, demasiada novela rosa, creo —confirma Ana entre risas.
—¿Y también fue muy incómodo, Laura?
Joder. «Calladito, Chema, ¿es que no te enteras?».
La Virgen, todavía no me creo que acabe de hacerle esa pregunta, y Laura seguro que opina lo mismo que yo, porque parece que no sabe si echarse a llorar o a reír. En principio, ya se ha puesto como un tomate y abierto los ojos como platos. Tarda un pelín más en contestarme y, cuando lo hace, Dios de mi vida, su sonrisa podría derretir un glaciar.
—Fue bonito. Incómodo, sí, un poco. Pero la verdad es que quitando ese momento, fue… increíble.
Juro que, por un instante, solo uno pero intenso, es como si ella y yo estuviésemos solos a la mesa. Claro que eso dura un suspiro, sobre todo conociendo a mis amigos.
—Lo que yo decía. Ibais apurados de cojones —apunta Julián causando otro ataque de risas.
—Sí, parece que alguien lo deseaba con ganas, sí —digo, porque sí, joder, porque me sale de los huevos. Porque ella ha sido brutalmente humilde y maravillosa al obviar el final de nuestro primer polvo, así que se merece un reconocimiento, aunque sea vago, de mi parte. Porque sé, por la sonrisa que ahora ilumina su cara, que se ha dado cuenta de que me refería a mí mismo.
—Vale, nena, tú ganas —acepta Pedro cuando la cosa se calma, aplaudiendo a cámara lenta—. Joder, no hay nada que hagas normal, ¿eh?
Laura vuelve a reírse, junto con todos los demás. Bueno, no. Por alguna extraña razón, Nela no lo hace, sino que mira a la pelirroja como sí resultase ser Fiona y se hubiera vuelto verde. ¿Tanto le extraña lo de la mesa, Jesús? Es verdad que yo mismo reconozco que de haberlo sabido habría intentado buscar otro lugar, pero… tampoco es para tanto, ¿no?