Por nosotros
CAPITULO 15 » Chema
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Chema
—Mmmm… Mmmm…
Sonrío ante el gemido de puro placer de Laura, mientras le recorro la espalda de arriba abajo con mis manos.
—Mmm…
Mi boca ha buscado su nuca después de apartarle el pelo, y se la lleno de besos húmedos, cosa que sé que le encanta. De hecho, aún dormida, su cuerpo bajo el mío se arquea hacia mí de una forma torturadora.
Tortura la de ayer, cuando me obligué, después de acostarla en su cama, a irme a la mía. Después de quitarle el pantalón y taparla con la sábana, mantuve una discusión absurda y estúpida sobre lo que quería y lo que debía hacer. Por lo visto, ganó la razón, porque dormí en mi cuarto, sí, aunque no todo lo que quisiera. Me desperté aturdido después de volver a tener ese sueño en el que toco el piano mientras mi mujer me mira desde los ventanales. Solo que, esta vez, no desapareció de mi regazo, como siempre, sino que me echó los brazos al cuello y me abrazó muy fuerte. Sin embargo, cuando se echó hacia atrás y estaba a punto de verla, me encontré con los ojos abiertos clavados en el armario de mi habitación.
Intento no recordar lo frustrado que me sentí y, ahora, tras dos cafés, un sándwich y una buena ducha, lo único que pretendo es despertar a esta bella durmiente y perderme en ella.
Sigo acariciándola, bajando ahora por sus piernas, besando las corvas de sus rodillas y, tras llegar a los tobillos, hago el recorrido a la inversa, enganchando sus bragas en mis manos y sacándoselas casi a cámara lenta.
—Mmmm…
Me río por lo bajo mientras le hago cosquillas en la espalda. Lo sé porque se le ha erizado el vello mientras, casi inconscientemente, se contonea hacia arriba, buscándome. Sigo la línea de su columna vertebral a base de besos, mis manos acariciando sus costados y luego enroscándose alrededor de esa pequeña cintura a la que no tardo en llegar también con mi boca. Bajo un pelín más para adorar ese espléndido trasero a la vez que mis dedos se clavan en sus curvilíneas caderas; es algo inevitable. Mezclo besos con mordisquitos, dándole el mismo trato a cada una de sus nalgas respingonas.
—¿Mmmm? —Laura mueve solo un poco la cabeza, lo justo para mirarme con solo un ojo abierto, sorprendida y soñolienta—. ¿Qué haces?
—Por fin. Intento despertarte —susurro contra su piel.
—Ah… ¿Besándome el culo?
Me echo a reír. Así de bruta es mi chica. Pero, joder, me encanta.
—No, solo tus nalgas —le contesto con una sonrisa ladeada y mirándola con malicia—. Pero a todo llegaremos.
—¡Oh! —Se tensa ella al momento, enrojeciendo casi entera. Repto por su cuerpo riéndome entre dientes y busco su boca para lamer sus labios.
—Ayer te quedaste dormida en el coche, pelirroja. Suerte que decidimos no traernos a las niñas y que pasasen la noche allí, o habría tenido que acarrear con las tres en brazos hasta aquí.
—¿En serio? ¿Me trajiste en brazos? —me pregunta, llevando una de sus manos a mi mejilla.
—Bueno, casi. —Sonrío pícaro y le clavo un poco más fuerte los dientes en el cuello. Tampoco quiero confesarle que me la eché al hombro, eso no suena demasiado bonito—. Lo importante es que llegaste sana, salva y… completamente dormida. Tienes que compensarme, cariño.
—Ummm… Pues creo que aquí la que estaba recibiéndolo todo soy yo. Que no me quejo, eh…
Como única respuesta, tiro de su camiseta, que había enroscado bajo sus axilas, y, con su ayuda al incorporar un poco el torso, acabo de quitársela. Con presteza, me ocupo de su sujetador y lo lanzo de cualquier modo al suelo.
—Así mejor —digo antes de cogerle la cara con una sola mano, girársela un poco hacia atrás y darle el beso de buenos días más húmedo del mundo. Su sabor no es tan fresco como siempre, después de una noche llena de excesos, pero, contra todo pronóstico, me pone todavía más cachondo. Me sabe a decadencia, a perversión… Joder, a todo eso prohibido que quiero hacer con ella—. Todavía sabes a licor café —pienso en voz alta, consiguiendo que se ruborice enterita.
—Joder, qué asco. Debe de apestarme la boca, ¿no? Déjame al menos lavarme los dientes y…
—De aquí no te mueves. Me ha costado un huevo despertarte y tú nunca sabes mal. Nunca. —Y no encuentro mejor demostración que el beso que le vuelvo a dar, al que su cuerpo responde arqueándose y restregándose contra mí. La que más lo nota es mi erección, que, colocada en medio de sus nalgas, soporta una fricción tan dulcemente dolorosa que lo único que me impide quitarme de una puta vez el bóxer es que se acabe.
Ella gime en mi boca y yo emito un jadeo ahogado ante tanta presión. Joder, podría terminar aquí y ahora, así me pone esta mujer.
Laura hace el amago de girarse, pero no se lo permito. Mi pelvis también comienza a moverse contra su trasero, al tiempo que mis manos se meten bajo su cuerpo buscando esos pezones que me encuentro ya tan duros como lo estoy yo. Los muevo entre dos dedos mientras me ocupo de lamer su cuello, volviendo a bajar por su espalda hasta llegar a esa parte de su cuerpo que me enloquece. Amaso de nuevo su culo, viendo como mis dedos enrojecen sus blancas nalgas durante segundos para luego ir recuperando su color natural. No evito la tentación de clavar los dientes en una, para justo a continuación lamer la zona con ternura, consolándola. El largo gemido de Laura me anima a hacer lo mismo en la otra, pero esta vez también cuelo dos dedos traviesos entre sus piernas, jugueteando con sus pliegues, que me reciben tan húmedos como siempre. Estoy tan caliente que mi erección lucha contra la tela de mis calzoncillos, pretendiendo escapar de ellos por sí sola, así que me separo un momento para quitármelos con una mano y sigo acariciando con la otra esas redondeces divinas.
—Joder, Laura, tu culo me vuelve loco. Se merece un monumento.
Ella levanta un poco la cabeza y me mira de reojo, sorprendida.
—De eso nada —dice muy seria, sin usar esas artimañas de mujer para que la siga elogiando—. Es demasiado grande para mi cuerpo.
—No, no lo es. Es perfecto.
—Eso es porque estás caliente —se burla, para después esconder el rostro en la almohada y añadir con una timidez adorable—. Es desproporcionado, como mis tetas. Y por encima tengo todo lleno de pecas.
Me estiro para poner mi cara a su altura y me dejo caer a su lado, consiguiendo que me mire de nuevo. Aparto los rizos de su frente y mejillas, y ahora el que la observa serio soy yo.
—Eres preciosa —comienzo a hablar sin pensar—. Perfecta. Sexy. Eres el sueño de cualquier hombre. Eres… perfecta.
—Te estás repitiendo —susurra muy bajito y con inmensa ternura, lo que me hace sonreír.
—Y esas pecas… son… comestibles. No podría imaginarte sin ellas. Y como me encantas, así, tal cual, tampoco quiero hacerlo. Adoro cada una, me gustaría pasarme la vida dibujando un camino entre ellas —murmuro al tiempo que hago justo eso, deslizar mi dedo entre las pecas de su escote. Y entonces, me escucho y cierro con fuerza los ojos. ¿Por qué diablos habré dicho eso último? ¿Qué mierdas me está pasando?
Agradezco inmensamente que la respuesta de Laura sea besarme con ganas, para centrarme solo en su boca y no tener que buscar justificaciones a mis últimas palabras. El beso se hace demasiado corto, pero la sonrisa que me espera al acabar consigue que yo la imite sin dudar.
—¿Así que te gusta mucho mi trasero, eh? —me pregunta con pillería.
—Ajá —acierto a decir sin saber por dónde me va a salir, pero mis manos ya han volado a él y lo aprietan, acercándola más a mí.
—Ya veo, ya.
—Es el centro de mis fantasías —confieso, perverso—. Quisiera…
—¿Sacarle una foto y ponerla como fondo de pantalla? ¿Mejor como foto de perfil en WhatsApp?
Abro mucho los ojos, me lo imagino por un segundo y… exploto en carcajadas. Sí, así me tiene esta chica. Pasando de la calentura más absoluta a un estado tierno que me confunde, para acabar riéndome a carcajadas.
Ella se me une escondiendo la cara en mi cuello. Y, en cuanto parece que las risas remiten, solo retornan con más fuerza. Nos reímos hasta que casi jadeamos, pero, cuando se separa, creo que para coger aire, nuestros ojos se cruzan. Y las risas, como por ensalmo, se extinguen. Mi miembro, semierecto, vuelve a la vida de repente en cuanto las pupilas dilatadas de Laura se clavan en las mías. Nuestras bocas se buscan, nuestros cuerpos se acoplan y acabamos luchando por estar uno encima del otro, intentando llevar el control que, por otro lado, se nos escapa.
No tengo manos para todo lo que quiero acariciar, no tengo boca para todo lo que quiero besar. Todo me sabe a poco… Quiero más. Con ella siempre quiero más.
Sin saber muy bien cómo lo he conseguido, acabamos en la misma posición que al principio. Yo sobre su espalda, agarrando en un puño su pelo y besando su boca como un poseso. Me trago cada uno de sus jadeos mientras muevo las piernas para separar las suyas y colarme en medio. Estoy tan tan duro que encuentro el camino a su interior con una facilidad increíble. Ella se ajusta a mí como un guante, resbaladiza, caliente, dolorosamente perfecta. Es incluso mejor que nunca. Es… Mierda. Me retiro en cuanto mi cerebro se da cuenta de que lo estamos haciendo a pelo y estiro la mano hacia la mesilla de noche.
—No hace falta si no quieres —susurra ella al percatarse de mi movimiento—. He comenzado a tomarme…
La beso. La beso con hambre y vuelvo a metérsela feliz de la vida. Porque lo habíamos hablado por encima, pero ahora mismo acaba de facilitarme una fantasía en la que llevo pensando desde que decidí despertarla. Correrme sobre ese maravilloso culo. Una imagen tan erótica que permanezco quieto un instante para no hacerlo ya.
—Dios, Chema, muévete —casi grita ella cuando recupero el dominio, ganándose una sonrisa arrogante de mi parte y que obedezca de inmediato porque es algo que yo también necesito con urgencia.
Comienzo con embestidas lentas pero profundas, apretando los dientes y mordiéndome los labios para no jadear como un pervertido, pero oír a Laura, que no se corta nada, me está poniendo todavía más a cien.
—Así, Dios, sí. Justo así.
Pero, aunque sus palabras dicen una cosa, separa su pelvis del colchón y me sale al encuentro en cada movimiento, haciéndolo más duro, más tórrido, más rápido. Pidiéndome más sin palabras. Y, oh, sí, joder, se lo doy. Se lo doy todo. A la mierda el control. Ahora soy un animal buscando el máximo placer. O, más bien, somos dos.
Chocamos, sudamos, gruñimos… Nos movemos a lo bestia. Como dementes. Y cuando su perversa y pequeña mano se cuela entre sus piernas y me acaricia los testículos, estoy a punto de ebullición.
—Jesús, Laura, ve a por él. Por lo que más quieras, ve a por él —casi gimoteo.
Gracias a Dios, solo necesita acariciarse un poco el clítoris para lograrlo, porque es sentirla tensarse, apretarse incluso más a mi alrededor, notar ese primer espasmo, para que yo esté más que listo. Solo alcanzo a frotarme un par de veces contra su trasero, después de sacarla deprisa, para hacerlo. Y, joder, sí que debo de ser un animal, porque cómo me gusta contemplarla marcada con mi semen.
La veo desplomarse sobre el colchón y yo, agotado, satisfecho y todavía con la respiración entrecortada, lo hago a su lado, retirando uno a uno los rizos húmedos de sudor de su cara y cuello.
Laura me sonríe y cierra los ojos unos segundos, casi ronroneando ante las sutiles caricias de mis dedos.
—¿Todo bien? —pregunto, solo por el hecho de oír de su boca que ha sido tan bueno para ella como para mí. Cuestión de ego, supongo. O quizá porque, en realidad, me importa demasiado. Coño, otra cosa en la que no pensar, aunque por otro lado, claro que quiero que ella disfrute de esto tanto como yo.
—Más que bien —susurra antes de morderse el labio inferior—. Ahora… ¿un masajito?
—¿Quién a quién? —Me río, pues acaba de volver a romper estas reflexiones tan fuera de lugar que suelen colarse en mi mente. Dios, la adoro por ello.
—Tú a mí, claro. No se me hubiese ocurrido ofrecerme, guapo. Estoy demasiado saciada y exhausta para moverme.
—Y eso que he hecho yo todo el trabajo.
—Engreído —me espeta, pero la palma de su mano sube a mi mejilla y me acaricia los labios con el pulgar—. Tan creído, tú…
Muevo la cara para besarle esa palma y sonrío canalla.
—Me adoras —la provoco, justo antes de meterme en la boca ese dedo juguetón y succionarlo con lascivia.
Y juro que me esperaba cualquier cosa. Una réplica de las suyas, un segundo polvo o una risa sarcástica, pero no que cerrara los ojos, frunciera el ceño, tragara saliva con fuerza y se separara de mí tan rápido que me desconcierta. De estar entre mis brazos a escabulléndose hacia la puerta no habrá pasado más que medio segundo.
—Tengo que… Tengo que ir al baño —murmura antes de salir del cuarto.
Me quedo allí tumbado un tanto confuso. Y sorprendido. ¿Qué cojones…?
Minutos después, sin molestarme en vestirme, salgo tras ella. Abro la puerta del baño sin llamar y me apoyo en el marco.
Laura tira de la cisterna en ese momento, me mira, compone una fugaz sonrisa y abre los grifos de la ducha, tomándose un tiempo estúpidamente largo en ajustar la temperatura del agua.
—Laura… —acabo por hablar, a la vista de que ella parece ignorarme—. ¿Qué pasa?
—Eh… Nada. —Me dedica, ahora sí, una sonrisa de las suyas y se acerca a mí—. Absolutamente nada.
—¿Y qué ha pasado hace un momento? —insisto, desconfiado.
Ella se echa a reír.
—Que me meaba, joder —me suelta con su habitual franqueza—. Y comenzabas a ponerme de nuevo tontorrona.
—Ah… —Aliviado, me cruzo de brazos y mi sonrisa no puede ser más sugestiva—. ¿Así que tontorrona, eh? ¿Quieres que te enseñe todo lo tontorrona que te puedo poner mientras te enjabono?
—Vaya, tienes alma de maestro, quién lo iba a decir —se guasea ella.
—Ajá. —Doy un paso al frente y, sin despegar mis ojos de los suyos, busco uno de sus pezones con mi pulgar, convirtiéndolo en un bomboncito duro con apenas un par de toques—. Es mi cometido en la vida. Enseñarte, pelirroja.
—Joder, ¿y a qué estás esperando?
Mi carcajada acaba en su boca, cuando nuestras lenguas se encuentran una vez más.