Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 15 » Laura

Página 51 de 113

Laura

 

 

Chema acaba de aclararme el champú y yo gimo encantada mientras me giro para verlo de frente. No sabía lo mucho que podría gustarme que un tío me lavase el pelo, en serio. Lo veo de reojo echarse gel en sus manos y frotárselas con una sonrisa más que engreída. El muy capullo sabe lo que me producen sus caricias, lo muy deprisa que me derrito, lo cachonda que ya me tiene. Y lo disfruta, vaya si lo disfruta. Claro que yo también sé que eso es recíproco. Por nada su polla lleva apuntándome desde el momento en que nos metimos en la ducha.

—Date la vuelta de nuevo —me pide después de enjabonarme a conciencia por delante.

—Oh, no. Ahora me toca a mí.

—Venga, que todavía no he acabado. Date la vuelta.

—Quiero tocarte —le exijo casi, pellizcándole los pezones con suavidad.

Él da un paso atrás y se ríe.

—Vamos, insaciable. Solo pretendo lavarte.

—Ya —replico, incrédula, clavando mis ojos en su erección—. Si se te nota que esto, bah, no te pone nadita.

—Vale, pillado. Solo pretendo lavarte… Por ahora. ¿Satisfecha? —Con esa sonrisa por la que yo vendería mi alma, me gira en un ágil movimiento y comienza a frotarme la espalda. Cierro los ojos encantada, meciéndome ante el gustirrinín que me provoca. Y…—. Mierda. Ahora no, mierda.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —pregunto casi asustada, saliendo de este trance hipnótico que me provocaban sus manos.

—El timbre —anuncia, pasándose una mano por el pelo. Mira el reloj y resopla—. ¿Quién coño será a esta hora?

Me pongo de puntillas para mirar también la hora en su reloj y abro mucho los ojos.

—Son las doce. ¡Las doce!

—Ajá —comenta como si nada, poniéndose en jarras y mirando hacia abajo, juraría que divertido—. Ve tú. Yo así no puedo salir.

No hace falta que me lo repita.

—¿Será Julián? ¿O Teresa? ¿O los dos? Joder… ¿En qué quedasteis? ¿Nos acercaban ellos a las niñas? ¡Ay, Dios! Y nosotros aquí… No sabía que era tan tarde. Yo… ¿Y si es tu hermana? ¿O tu madre? —despotrico sin parar, a la misma velocidad que salgo de la ducha, me seco más o menos y me pongo lo primero que pillo, un albornoz que apenas se usa colgado tras la puerta.

—Eh, eh… Tranquila, respira. A las niñas quedé en recogerlas yo antes de ir a comer a casa de mis padres. No te extrañe que sean los testigos de Jehová, al ser el día que es —dice él con calma.

Lo miro sin entender mientras, con ademanes bruscos, me seco el pelo con una toalla. Pero al instante caigo en la cuenta y entonces sí respiro. Hoy es quince de agosto, Santa María, y claro, como todos los festivos, Chema y las niñas por regla general comen con sus padres. Así que es muy poco probable que sea alguien de su familia.

Con un último vistazo a Chema, que comienza a ducharse la mar de tranquilo, resoplo y me encamino a la puerta, haciéndole un nudo al cinturón, pues mucho me temo que a la persona que está al otro lado se le ha pegado el dedo al dichoso botoncito, coño.

Apurada y molesta con el puñetero ruido, abro sin tan siquiera mirar por la mirilla. Flipo en colores cuando Nela entra como un tornado, prácticamente empujándome con sus prisas.

—Ey… ¿Qué sucede? —pregunto cerrando a mi espalda, pero apoyándome en la madera, más sorprendida que preocupada.

—¿Que qué sucede? Eso tendrás que decírmelo tú a mí.

—¿Yo a ti? —Mierda. En cuanto pronuncio la última palabra sé, con tremenda seguridad, a qué se refiere. Ayer, envalentonada por los chupitos y decidida a bajarle los humos a Pedro y su afán de superación, no calculé las consecuencias de mi confesión. No caí en que Nela era la única que sabía a ciencia cierta que yo era virgen hace apenas unos meses. Joder…

—Se supone que somos amigas. Yo te lo cuento todo, joder. Todo, todo. —Hace una pausa en la que duda y luego sigue como una metralleta—. Bueno, casi todo. Pero lo que aún no sabes lo sabrás la primera, así que no cuenta. Coño, Laura, no espero un parte diario, pero… tampoco enterarme a la vez que todos de que hay alguien en tu vida, que ya no eres…

Le tapo la boca con una mano, porque no es solo lo que iba a decir, sino que está elevando el tono en cada palabra y resulta que Chema está en casa. Desnudo y en la ducha, sí, pero no por mucho tiempo.

—Vale, vale, pero baja la voz, por Dios.

Ella me hace caso. Se libra de mi mano y no emite palabra, pero se echa a andar hacia el salón y se deja caer en el sofá. Voy tras ella pensando en qué contarle que no sea la verdad, pero no se me ocurre nada. Nada verosímil. Nada que ella vaya a creerse. En este pueblo no hay un candidato que se me pueda ocurrir para meterlo en mi cama aunque sea de manera ficticia, al menos ninguno que no me pueda dejar en evidencia. Si no es muy conocido, no va a ser creíble, y si lo es… todavía peor. ¡Menudo lío! Y conociendo a Nela, no se va a conformar con una explicación llena de evasivas.

Tengo otra opción. Mandarla a paseo y espetarle que no tengo por qué darle ninguna, pero… eso no quiero hacerlo. Ella no se lo merece, solo se preocupa por mí. De hecho, estoy segura de que si está aquí, sentada frente a mí y mirándome de esa extraña manera en la que lo hace, no es por simple cotilleo, sino porque su cabecita seguro que ya está buscando algo que pueda ir mal.

—Para empezar, primero una cosa, ¿tú estás bien? —pregunta.

Genial. Esto es justo a lo que me refería.

—Yo estoy bien. ¿Y tú? Ayer con Colás, pues…

—Bueno… Ese es un tema del que ahora no quiero hablar. Quizá después. Por Dios, cuéntame, ¿quién es él, Laura? Y creo que esta pregunta ya te la hice no hace mucho, ¿verdad?

Carraspeo y me siento en el borde de una de las preciosas pero incómodas sillas del salón, esas que apenas usamos.

—Sí, no hace mucho —suelto una risita nerviosa e, intentando salirme por la tangente y hacer tiempo, aunque no sé muy bien para qué, improviso—. Qué temprano has salido de trabajar, ¿no?

Nela eleva tanto las cejas que su frente me recuerda un acordeón. Me mira perpleja y, en el mismo segundo, algo enfadada.

—La misa es a las doce. Vengo de peinar a las niñas que hacen hoy la comunión, junto con sus madres, abuelas y demás. Y todas ellas, como comprenderás, tienen que estar a esta hora en la dichosa misa. No es temprano, de hecho es bastante tarde, pero a mi jefa se le ha ocurrido que, ya que estábamos, podía ponerla mona a ella también. Y, ahora, ¿vas a dejarte de gilipolleces y contarme algo, o prefieres que haga como que ayer no oí nada? O mejor, que enfrente el hecho de que mi mejor amiga me ocultó a conciencia que…

—¡Vale, vale! ¡Pero no comiences a chillar de nuevo, joder! ¡Baja la voz! —le pido en susurros enérgicos, si es que esos existen. Me cambio de asiento casi de un salto para ponerme a su lado y jugueteo con los dedos deseando un cigarrillo—. Yo… Es que yo… No sé ni por dónde empezar.

—¿Me mentiste aquel día? —Y ante mi cara, se explica—. Cuando me dijiste que aún eras virgen… No sé, no tenías ningún motivo para hacerlo, pero tal vez…

—No, no te mentí aquel día —le aseguro, aunque mentirle hubiese sido mucho más fácil. Solo que no puedo. Estoy tan cansada de ocultarlo todo… De no poder confiarle a nadie lo que me pasa. De vivir una mentira—. Y quiero decirte la verdad, en serio. Pero no ahora mismo. Porque… Porque… Ay, Dios, es complicado. ¿Qué te parece si quedamos por la tarde o mañana y…?

—Laura, cariño… ¿Seguro que va todo bien?

—Sí, bien. —Bajo un segundo la mirada—. Bueno, más o menos.

—Laura…

—Ahora no, por favor, Nela. Ahora…

—¿Comemos juntas? —se apresura ella a buscar la ocasión de hablar—. Mi madre se ha ido a pasar estos días a casa de su hermana y no tengo planes. ¿Los tienes tú?

—No, ninguno. —Ni siquiera tengo que pensármelo demasiado—. Genial, te invito a comer aquí. De hecho, iba a hacerlo yo sola. Además, así estaremos más cómodas y no habrá oídos ajenos y chismosos a nuestro alrededor.

Nela sonríe por primera vez desde que ha llegado.

—Vale. Pero voy un momento a casa y ya traigo yo unas pizzas de El italiano, que, en serio, la resaca me da hambre y ya sabemos que lo tuyo no es la cocina —bromea, supongo que intentando restar la tensión de hace unos minutos.

—Ahí tienes toda la razón —nos sorprende Chema, entrando en la cocina y yendo hacia la nevera sin apenas mirarnos—. Aunque bueno, para compensar, se le dan bien… otras cosas.

Nela sonríe, gira la cara hacia él, mueve los labios para decir algo y entonces… Entonces se queda así, con la boca abierta, observando a Chema de arriba abajo. Lleva puestos unos vaqueros y una camiseta gris por fuera que permite entrever que no se ha molestado ni en abrocharse el pantalón. Va descalzo, algo normal en él cuando está por casa, aunque eso ella no lo sabe, claro, y su pelo, mojado y despeinado, no deja lugar a dudas de que acaba de salir de la ducha. Él, ahora de espaldas sirviéndose el zumo en un vaso, no es consciente del escaneo al que está siendo sometido, por suerte. Porque eso no termina ahí. Con la misma cara de estupefacción, Nela vuelve sus ojos a mí y también me recorre enterita. Desde mi pelo empapado goteando sobre el albornoz hasta mis pies también desnudos. No tendría por qué pensar lo que sé fijo que está pensando. Podríamos habernos duchado por separado y al mismo tiempo; al fin y al cabo, este piso dispone de dos baños, pero… ¿demasiada casualidad? Y la frase que Chema acaba de soltar tampoco es que ayude mucho, ¿no? ¿O soy solo yo la que ha leído entre líneas un trasfondo del todo sexual?

Va a ser que no. O al menos la cara de Nela me da a entender que, de repente, comprende demasiadas cosas.

—Joder… —susurra parpadeando—. Es tan obvio…

Yo cierro una milésima de segundo los ojos y luego los abro mucho en una súplica penosa. Pero ella parece ni verme.

—¿Que hace bien otras cosas? —Se ríe Chema volviéndose y apoyándose en la encimera justo antes de llevarse el vaso a la boca.

La Virgen, qué oído tiene el tío. Para una vez que un hombre debería no enterarse de nada…

—Claro… No sé cómo no lo vi —sigue Nela hablando consigo misma, pero con la vista fija en mí.

Ahora comienzo a mover las cejas exageradamente, poniéndome de espaldas a Chema. Al mismo tiempo, aprovecho para vocalizar sin emitir ningún sonido. «Por favor, cállate. Cállate».

—Bueno… —Noto la confusión de Chema en esa sola palabra, lo que quiere decir que el pobre está más perdido que Wally. Y no me extraña, la verdad.

—Pero… no entiendo. —Niega Nela moviendo también la cabeza—. No entiendo por qué…

Cuando estoy a punto de interrumpir esa frase, saltándole encima si hace falta, él se me adelanta poniéndose entre las dos y dirigiéndose a Nela con preocupación.

—El que no entiende nada soy yo, Nela. ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien? ¿Estamos al menos hablando de lo mismo?

Mi amiga lo mira por fin, despertando de ese estado casi catatónico en el que se encontraba. Y, gracias a Dios, también mira por encima de su hombro buscándome, lo que agradezco un montón, porque a estas alturas estoy haciendo el más espantoso de los ridículos, saltando sobre las puntas de los pies y hasta abriendo los brazos como si imitara las putas aspas de un molino, intentando por todos los medios llamar su atención.

Creo que mi mímica es lo suficientemente exagerada para hacerme entender, porque Nela compone una especie de sonrisa mientras recoge apresurada el bolso de encima del sofá.

—Eh… Estoy bien. Y no, creo que no hablábamos de lo mismo. En fin… Yo ya me iba. Nos vemos en un par de horas, Laura. Ciao.

Casi tengo que correr tras ella para acompañarla a la salida, pero creo que ni es consciente de ello, pues me cierra la puerta en las narices sin echar la mínima ojeada atrás.

—¿Qué ha sido eso? —cuestiona Chema con las cejas alzadas en cuanto regreso al salón.

Estoy por echarme a reír, histérica, pero, como me temo que aún me queda mucho día para ello, me encojo de hombros y opto por decir lo primero que me viene a la mente.

—Colás.

Y así, con esa única palabra, Chema parece darse por satisfecho y, tras una sonrisa del todo circunstancial, se termina el zumo en dos tragos.

 

***

 

Voy a desgastar el suelo como siga paseándome de esta manera. Pero, por otra parte, eso sería casi una bendición, ¿no? Si este se desploma y acabo en el piso de abajo con un traumatismo craneal, me evitaré la charla que me espera.

Suelto una risita nerviosa y me acomodo en el sofá, en el que aguanto sentada aproximadamente… dos segundos. Joder, no puedo estarme quieta. Desde que Chema se ha ido hace cuestión de una hora, he hecho mi cama, limpiado toda mi habitación, el baño e incluso fregado el pasillo. Hasta me ha dado tiempo a poner una lavadora. Y, aun así, creo que ya llevo varios kilómetros recorridos entre el salón y la cocina, lo que quiere decir que, aparte de cansada, voy a terminar por marearme.

Parezco una mala copia de Speedy González, coño.

Pero es que no puedo evitar estar atacada de los nervios. Y eso que el día comenzó cojonudo. Casi demasiado, diría yo. Hoy Chema ha hecho algo más que follarme y me niego a creer que hayan sido imaginaciones mías. Lo que me dijo… Ay, Dios, lo que me dijo. No sé si él fue consciente, pero se parecía demasiado a una declaración de amor. Mi corazoncito no puede con ello, no puede oír semejantes cosas y no latir más deprisa, no enamorarse un poquito más, no llorar por él. De hecho, si salí de la cama casi a la carrera, fue para no cometer una gran estupidez. Como decirle que no es que lo adore, es que estoy enamorada de él. Las palabras «te quiero» se posaban en la punta de mi lengua, deseando saltar de ella a sus oídos. Tuve que tragármelas, literalmente, recordando que él no siente lo mismo, aunque, a veces, actúe como si así fuera. Claro que también es cierto que otras incluso parece avergonzarse de la simple idea de tener una relación conmigo. Ayer, por ejemplo. Me dolió tanto su respuesta a Ana… Tal cual si le hubiesen empaquetado como pareja a Vaquerizo, coño.

La mayoría de las veces me resulta del todo imprevisible. Nunca sé qué piensa en realidad sobre lo nuestro. Es frustrante, jodidamente frustrante.

El timbre de la puerta me hace dar tal salto que por poco acabo colgada de la lámpara. Ay, mi madre, tengo que relajarme un poco.

«Nela es tu amiga. Tu amiga. Ha sido tu mejor amiga desde parvulario. Ella te comprenderá. No te juzgará. Es tu amiga».

Y, de esta manera, hablando conmigo misma como una auténtica lunática, me acerco a la puerta para abrir.

—Hola —saludo con tiento en cuanto la veo al otro lado con una enorme caja de pizza en las manos.

Ella me mira. Me mira. Me mira durante lo que me parece muchísimo tiempo.

—Está bueno. No me había fijado nunca en lo bueno que está —suelta después de un par de minutos en que me he puesto tan tensa que he temido romperme. Abro la boca perpleja y un pelín escandalizada ante sus palabras y, al instante, rompo a reír como una histérica.

Si lo que yo decía. Y eso que todavía no hemos comenzado a hablar.

Nela pasa por mi lado ignorando mi ataque y, cuando la alcanzo, todavía luciendo una sonrisa incrédula, ya ha puesto la pizza sobre la mesa y está sacando vasos de un armario. Gira la cara al sentir mis pasos y me sonríe con dulzura.

—He pensado que necesitabas un toque de humor para romper el hielo. Y no me equivoqué, ¿verdad? Estás tan agitada que puedo oler a tus nervios haciéndose caca desde aquí —dice poniendo la mesa tan tranquila—. Aunque también hay algo de verdad en lo que te dije. Rubio tiene un polvo o dos. O unos cuantos. Lo que pasa que siempre ha sido ese amigo en el que nunca te fijas como hombre. El mejor amigo de mi cuñado. El jefe de mi novio. El…

—El cuñado de tu mejor amiga. El marido de Clara —termino yo por ella, haciéndola callar al momento. No sé si ha sido por mi tono, resignado y lleno de culpa, porque me he dejado caer en una silla de una forma un tanto dramática clavando la vista en la mesa o porque, sin querer y mucho menos pretenderlo, se me han encharcado los ojos de lágrimas. No es que no agradezca su manera de tomarse esta situación, de hecho estoy por besarle los pies, pero también es cierto que el hecho de que tenga que hacerlo me permite ver lo grave que, en el fondo, le parece el asunto.

—Laura…

Levanto la mirada y busco la suya, esperando ver ahora reproche o cualquier cosa similar. Incluso lástima… Pero Nela vuelve a dejarme pasmada, pues la tía está enfadada. Muy cabreada.

—¿Por eso lo escondéis? ¿Por ser quien es? Mejor dicho, ¿por ser quien fue? —me espeta antes de comenzar a trocear la pizza con saña—. Ahora empiezo a entender por qué habéis convertido vuestra relación en un secreto de estado, pero…

—No, no, espera…

—¿No es por eso? —insiste ella, dejando de atacar la comida y tomando asiento—. Entonces…

—A ver, sí, pero…

—Ay, por Dios, ¿quieres explicarte de una vez?

—Eres tú la que está continuamente interrumpiéndome, coño. ¿Has comido lengua o qué?

Como respuesta, Nela le da un buen mordisco a un trozo de pizza y, todavía con la boca llena, me hace un ademán de disculpa.

—Tienes razón. Lo siento. Venga, habla. Y come —ordena al final, poniéndome encima de una servilleta un triángulo que, ahora mismo, soy incapaz de tocar. Me siento demasiado violenta, angustiada, incluso.

—Es que… Joder, no sé ni por dónde empezar. No… No es lo que parece.

Ella arquea las cejas y traga con fuerza su segundo bocado.

—¡Dios, Laura! No soy tu pareja para que me vengas con esas, mujer. Centrémonos, ¿folláis o no folláis?

—Sí, pero… —Ante su resoplido por el repetitivo «pero», continúo muy rápido—. No tenemos una relación. Solo… Solo…

—A ver, a ver, a ver… ¿Me estás diciendo que tanto drama es por un solo polvo en una sola ocasión en la que, por los motivos que fuesen, surgió y punto?

—¡La Virgen, Nela! ¿Desde cuándo eres tú tan moderna para estos temas? Y aunque así fuera…

—Que no lo es… —adivina ella con una sonrisa pillina.

Y yo vuelvo a resoplar mientras me llevo las manos a la cara y me la froto. Con un poco de suerte, cuando las retire, esta escena no estará teniendo lugar, porque creo que hace rato que la charla se me ha ido de las manos y no va de ninguna de las maneras que imaginé. Y fueron muchas.

Ella creo que nota mi desesperación, porque coge mis manos con las suyas para apartarlas ella misma y mirarme a los ojos.

—Lo siento. Quizá crees que me estoy tomando esto a cachondeo y no es así. En absoluto. Simplemente todavía… No sé, creo que no lo asimilo.

—No me extraña —digo con sinceridad—. A veces no lo hago ni yo. No te preocupes, te entiendo. Supongo que es muy difícil comprender que yo haya acabado liada con el marido de mi hermana. Es mezquino, es retorcido… Es una locura, una doble traición, un…

—¡Eh, eh, eh! ¡Frena ahí! ¿Qué coño estás diciendo? ¡No, no, no! —exclama moviendo las palmas en el aire para luego dejarlas caer con fuerza sobre la mesa—. Nada… Nada de eso. Ni por un segundo yo he pensado semejantes cosas ni nada remotamente parecido, aunque por lo que veo tú sí que le has dado al coco, eh…

—Es difícil no hacerlo —le confieso—. Tú… Tú ¿no lo ves mal? ¿No lo consideras casi una…?

—¡No! —suspira con ganas y se toma un segundo para seguir—. Yo no tengo nada que considerar, Laura. Yo solo quiero que seas feliz. Y si lo sois los dos, más contenta todavía. ¿Cómo puedes pensar que…? —Otra pausa y otro suspiro—. Es eso, ¿verdad? No iba muy desencaminada. Sois vosotros los que pensáis que estáis cometiendo un crimen al estar juntos y por eso os escondéis. No tiene sentido. No…

—¿No te das cuenta de que ya todo el pueblo murmura?

—¡Bah, tonterías! ¿Desde cuándo te importa a ti eso? Además, seamos sinceras, aquí es a lo que se dedican. Lo critican todo, y más si se sale un poco de lo común, como que viváis juntos sin mantener una relación. En cuanto se la deis, se callarán. O no. ¿Qué más da? —dice casi sin respirar y me frena poniendo una mano delante al ver que yo abro la boca—. Siempre encontrarán un motivo para cotillear. Siempre. Lo harán independientemente de que él haya estado casado con tu hermana o no. Y lo sabes.

Sigo con la boca abierta cuando acaba. Por su pasión al hablar. Por su apoyo. Y porque este pueblo funciona tal como dice, joder.

—Tienes razón —digo un momento después—, no sé ni por qué he nombrado los rumores. En el fondo es verdad que me importan una mierda. Supongo que… Supongo que estoy…

—Enrollándote como un yo–yo.

—Sí, eso. Quizá para obviar que fue el propio Chema el que me pidió que esto quedara entre nosotros. Porque nosotros, Nela, a pesar de acostarnos juntos, no tenemos ninguna relación. No es más que sexo. Él… sigue enamorado de Clara —explico, dejándola tan alucinada que su cara me haría gracia si el asunto tuviese alguna.

—¿Qué? ¿Por qué dices…?

—Me lo dijo. Así, tal cual. —Y asiento también con la cabeza para darle más veracidad a mis palabras.

—Pero… ¿qué coño…? ¿Cómo? No, no, eso no puede ser… Vale que solo os acostéis si estáis los dos de acuerdo, pero él no ha podido…

Mi cabeza sigue moviéndose arriba y abajo sin parar, mientras estoy dejando casi en carne viva el labio inferior para no echarme a llorar.

—Ay… Y, en realidad, tú ni siquiera estás de acuerdo, ¿verdad? Tú quieres más —susurra transformando con rapidez el asombro en absoluto entendimiento.

No le contesto; bajo la vista para no tener que ver cómo me mira. Esta parte de la conversación era, sin duda, la que más temía, cuando tuviese que desenterrar sentimientos tantos años soterrados. Ojalá esto se tratase únicamente de sexo. Seguro que sería todo más fácil, no me sentiría tan humillada, tan poquita cosa al reconocer delante de alguien que me he convertido en un ser patético, uno que se conforma con lo mínimo con tal de tenerlo un poco.

—Laura, cariño… —Siento los brazos de Nela rodeándome y apretujándome contra ella, y ahí sí.

Ahí me derrumbo.

No rompo a llorar, ni a gritar, pero sí dejo salir todo. Le cuento toda mi historia con Chema, desde sus comienzos, desde aquella tarde que entré en la ferretería y me sentí distinta al verlo, hasta esta última mañana. Admito con el corazón en la mano cada sentimiento que ese hombre despierta en mí, cada pecado que cargo a cuestas, cada una de mis inseguridades. Lo único que me guardo, que no me atrevo ni a nombrar, es que durante mucho tiempo creo que Clara estuvo entre nosotros. Ni su despedida, ni su mensaje. Demasiadas cosas para un día.

Y, cuando acabo, no me siento mejor persona, todo duele igual y sigue en el mismo sitio, pero la comprensión que observo en los ojos de Nela me sienta bien, me hace ver que solo soy humana, una chica enamorada de un chico.

—Y eso es todo —suspiro al ver que mi amiga parece haberse quedado muda, clavando la vista en el trozo de pizza que debería haberme comido y que, ahora, no es más que comida para pájaros. Ni siquiera me he dado cuenta de que lo he deshecho con los dedos hasta reducirlo a trocitos.

—¡Eso es una auténtica mierda! —grita ella haciendo que dé un respingo—. ¡Una mierda! ¡Con mayúsculas, joder!

—Sí, supongo —digo con pesar, pero incluso esbozo una sonrisa, porque sé que Nela está furiosa, pero no contra mí, sino por mí.

—¿Supones? —repite, entrecerrando los ojos—. Mira, para empezar… Y, joder, ahora yo tampoco sé por dónde hacerlo, porque, si tengo que opinar sobre todo lo que me has contado, podemos estar aquí hasta el día en que os caséis.

Abro la boca flipada y ella me la cierra usando dos dedos sin mucha delicadeza.

—¡A callar! Que voy a intentar resumir. —Saca su mano de mi boca y la usa para estirar el dedo meñique de la otra, cerrada en un puño—. Tú no tienes que sentirte culpable por enamorarte, no elegiste hacerlo; no estás haciendo nada malo, salvo quererlo más que a ti misma y Rubio… Rubio es un capullo. Ya está.

Me la quedo mirando un rato y luego… tengo que reírme. Vaya, en qué instante ha acabado.

—No es un capullo —le aseguro un ratito después—; simplemente, no siente lo mismo que yo. No se puede obligar a nadie…

—¡Es bobo, joder! ¡Que te lo digo yo! Y está confundido. Muy confundido. Ay, cómo me va a gustar verlo caer, coño.

—No, Nela, eso no va a pasar.

Ella me hace un gesto con la mano para silenciarme y, al mismo tiempo, para descartar ese tema como si lo diese por finiquitado.

—Y tú… No quiero que vuelvas a pensar que estás traicionando a Clara, ¿me oyes? Por el amor de Dios, Laura, ¿cómo coño se le pueden poner los cuernos a una muerta, joder?

Atónita. No hay otra palabra para describirme al oír semejante bestialidad. Hasta me cuesta creer que me acabe de decir eso. Pero ¿qué…?

—Perdona mi poca finura, cariño, pero es la puta verdad. Rubio es libre, y tú también. Es más, apostaría lo que fuera a que tu hermana aprobaría lo vuestro. Bueno, no, seguro que primero le pondría una maceta por sombrero al estúpido ese, por no valorarte como mereces y estar más ciego que el pedo de un monje.

—Joder, Nela, y tú eres más basta que unas bragas de esparto.

—Bah, esa está muy oída. No vale.

La miro un segundo, sin entender, y luego me echo a reír. Dios, había olvidado las horas que, en nuestra adolescencia, dedicamos a esto, a inventar comparaciones cada vez más brutas y absurdas. Era una manera divertida de pasar las tardes de invierno y reírnos un montón. Aunque ella me ganara la mayoría de las veces.

—Y que sepas —continúa con una sonrisa— que, cuando quiero, puedo ser más fina que el dedo meñique de un inglés bebiendo té.

—Ay, sí. Y más dulce que Heidi comiendo gominolas —le replico con sarcasmo.

—¡Anda, esa es buena! Pero, mmm… —se sacude como si sufriera un escalofrío—, demasiado empalagosa.

Las dos nos echamos a reír, aflojando el ambiente. Es que lo que no consigan unas risas… Incluso me siento de nuevo yo, y no la debilucha y atacada de hace un rato.

Todavía con la sonrisa en la cara, aunque ahora de puro agradecimiento por tener una amiga como ella, me llevo la lata de Coca–Cola a la boca, mientras Nela me imita mirándome por encima del refresco sin rastro del buen humor de hace un rato.

—Y ahora en serio… —dice buscando el contacto entre nuestras manos—. Tienes todo mi apoyo en esto. Absolutamente todo. Y estoy por apostar que el de cualquiera de nuestros amigos también. Quizá les caiga un poco de sorpresa después de negarlo tanto, pero ellos lo entenderán. Es más, se alegrarán. Así como tu padre y Lidia. Y…

Casi me atraganto con el líquido que tengo en la boca. Nela se interrumpe cuando comienzo a toser para poder inhalar aire de nuevo y, cuando lo consigo, la miro con pánico.

—Eso nunca lo sabremos —le aseguro—. Porque tú no vas a decir nada. A nadie.

Y ni siquiera es una pregunta, lo estoy afirmando, porque no espero menos de ella.

—No, claro, yo soy una tumba, pero…

—Pero nada. Rubio no me lo perdonaría en la vida y, tarde o temprano, esto que tenemos terminará y…

—¿Y por qué, si puede saberse? ¡Ah, sí, claro, porque sigue enamorado de tu hermana! ¡Ja! Como mucho, sigue enamorado de la idea de estarlo, si es que eso tiene algún sentido.

Cierro los ojos y niego con la cabeza, no como respuesta a su comentario, sino a la situación en sí. Mira que había hombres en el mundo y he tenido que enamorarme del más complicado, coño.

—Tú lo quieres, Laura. ¿Piensas sentarte a esperar un desenlace que temes, pero que te empeñas en dar por hecho solo para sufrir menos? ¿Es eso? ¿O vas a hacer todo lo que esté en tus manos para conseguir estar a su lado?

La miro y tengo que reconocer que lo ha vuelto a clavar. Eso es justo lo que hago, disfrutar de lo que tengo para que me sirva de recuerdo más adelante, porque en el fondo solo espero el final. Y no, no quiero eso. No quiero ser así. Yo nunca he sido así.

—Quiero que me quiera —me encuentro diciendo y acabo por soltar una risa irónica y triste—. ¡Vaya dos, eh, Nela! Eso todo que me has dicho… Parece que tú también has estado pensando mucho, ¿no? ¿Te lo vas a aplicar?

—Uff… Si yo te contara —resopla rodando los ojos.

—Tenemos tiempo —le confirmo tras mirar la hora—. Rubio y su hermana iban a pasar la tarde por ahí con las niñas, así que… Tu turno. Además, cariño, tú juegas con mucha ventaja. A ti Colás sí te quiere. Y eso lo sabemos las dos.

Ella se muerde el labio inferior, nerviosa. Se toma unos segundos para pensar y asiente con la cabeza.

—Y espero que no nos equivoquemos, porque si no… —suspira y endereza los hombros—. Que conste que esto que te voy a contar no iba a tardar en decírtelo, pero era algo que tenía que hacer por mí misma. No quería consejos —sonríe sarcástica—; bueno, más bien, no quería que nadie me quitase de la cabeza la locura que se me ha ocurrido.

—Madre mía. Pero ¿qué vas a hacer?

—Pues verás…

Empieza contándome que, después de la discusión de la que fui testigo accidental con la puerta del baño por medio, ella y Colás terminaron en la cama. Y otras muchas veces. Pero en todas ellas acabaron discutiendo siempre por lo mismo. Y no es que Nela no le haya dicho por activa y por pasiva que quiere estar con él, pero Colás se siente tan inseguro al respecto que es incapaz de dar un paso al frente. Así que Nela también sabe mucho de frustración últimamente. Están en esa fase absurda de «ni contigo ni sin ti». Y lo peor es que teme que puedan quedarse ahí para siempre. O lo que es peor, que esa situación termine por hacerles tanto daño que destruya ese amor que ni la ruptura pudo atenuar.

Por lo que, con dos ovarios, ha elaborado un plan que… que mis ojos ya me pican del tiempo que llevan abiertos de par y par y la boca la tengo seca por imitar a sus compañeros de cara. Es que… hasta a mí, que no suelo escandalizarme por nada y mucho menos echarme atrás ante las locuras, me cuesta imaginarme haciendo algo tan descabellado. Descabellado, sí, pero taaan bonito…

—Joder, Nela, voy a echarme a llorar —le digo cuando termina de hablar con un suspiro exagerado—. ¡Eres la mujer más valiente del mundo! Eso que vas a hacer es… ¡Es la hostia!

Ella se ríe con una mezcla de nervios, ilusión y miedo.

—Sí, la hostia que me puedo llevar.

—Joder, eso también. —Y al darme cuenta de la cara que ha puesto, me apresuro a seguir—. Pero eso no va a pasar. Ya verás, todo va a salir bien, estoy completamente segura.

—Ojalá. Yo sé que me quiere, Laura, tanto como yo a él. Si esto último tengo que demostrárselo, lo voy a hacer a lo grande.

—Eso sin duda —susurro.

Esboza una sonrisa triste al oírme y se enciende un cigarrillo con bastante trabajo, dado lo mucho que le tiemblan las manos.

—Y, mira —continúa tras darle la primera calada—, si esto no funciona, yo al menos sabré que he hecho todo lo posible por nosotros.

Me acerco a ella y aprieto una de sus manos.

—Va a funcionar —repito—. Y si me necesitas para algo, para lo que sea, tú solo pide por esa boquita.

—Bueno, ahora que lo dices… No me vendría mal una ayuda en dos cositas. —Aparta la vista y mira a su alrededor, pensativa—. ¿Podrías organizar una reunión aquí? Solo para los íntimos, ya sabes. Pedro, Chema, Julián, Teresa… Y Colás y nosotras, por supuesto.

—¿Aquí?

—Sí, lo he estado pensando mucho y… no puedo hacerlo en un sitio público.

—Eh, no, nada de sitios públicos —digo abriendo de nuevo mucho los ojos al pensar en la que se puede montar.

—Hablaría con Teresa, pero, no sé, es la casa de su hermano y… no me parece demasiado neutral. No me malinterpretes. Julián y Teresa siempre me han tratado de maravilla, pero, si algo sale mal, tomarían partido por Colás, lo que es natural. Aquí, aquí yo…

—No se hable más. A ver cómo lo organizo, pero dalo por hecho. —Entonces se me ilumina una bombilla—. Mi cumpleaños. Es en poco más de quince días, ¿cómo lo ves?

—Perfecto. Tu cumpleaños.

—Vale, ¿y el otro favor?

—Pues… —Sonríe exaltada—. Nos vamos de compras, nena.

Tardo un segundo en comprender a qué se refiere y, al hacerlo, mi cara se ilumina como un árbol de Navidad.

—Joder, sí, cuenta conmigo.

—Gracias, Laura. Por todo. Sobre todo por no tacharme de pirada.

—No podría, ya sabes que somos tal para cual. —Me río.

—Lo que me lleva a insistir sobre una cosita. No te rindas con Rubio, cariño. No lo hagas.

—¿Sabes? Tampoco podría. Llegado el momento, sé que no podría renunciar a él sin antes dar la pelea. Supongo que, cuando se trata de amor, el orgullo está sobrevalorado, ¿no?

—Esa es mi chica. Además, no puede ser tan difícil, ya tienes mucho camino andado. —Pone delante de mí un gran trozo de pizza, a estas alturas ya frío y tieso, y sonríe traviesa—. A ver, dicen que a los hombres se les conquista por el estómago o con sexo. —Entonces, arruga mucho la frente—. Uy, come, come. Tú necesitas cargar fuerzas, que tienes que follar el doble.

Abro muchísimo la boca.

—Serás pendón.

Ir a la siguiente página

Report Page