Por nosotros

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CAPITULO 16 » Laura

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Laura

 

 

Este sábado no está resultando como esperábamos. Nuestros planes de pasarlo con los demás, comiendo en cualquier lado para luego acercarnos a la playa para aprovechar los últimos días de verano, se han visto del todo frustrados.

Cuando ayer Chema regresó con las niñas, Llara no se encontraba demasiado bien. Tenía un poco de fiebre y se quejaba, aunque no sabía precisar de qué. Hoy la cosa ha empeorado. Se ha pasado parte de la mañana tirada en el sofá aquejada de un cansancio exagerado. Chema se subía por las paredes. Creo que su cabeza ya estaba barajando la posibilidad de una meningitis como mínimo. Lo tranquilicé diciéndole que esa fatiga seguro que era debida a los picos de fiebre y que se trataría de cualquier virus de estos tontos que suelen coger los niños. A mediodía, el diagnostico podría haberlo dado yo, al desnudarla y verla cubierta con esos granitos tan característicos. Varicela. Aun así, él tuvo que llevarla a urgencias, claro, y, en efecto, está atravesando la popular enfermedad infantil. Molesta y cansina, pero de la que, inexplicablemente, luego de mayor guardas el recuerdo con cariño. O, al menos, así es en mi caso, ya que Clara y yo la atravesamos a la vez y aquello se convirtió en una fiesta de pijamas que duró días.

Por eso mismo no me extraña para nada que, ahora, a las ocho de la tarde, sea Marta, sentada a mi lado, la que tenga los ojos vidriosos y las manos heladas.

—Uy, princesa, creo que tienes fiebre —comento mientras me levanto a por el termómetro que mantenemos cerca desde ayer.

—¿Tú crees, tía? Solo me duele un poco la cabeza.

—Ay, Dios, a pares —masculla Chema desde la otra punta del sofá. Tiene en el regazo a Llara, a la que está aplicándole Talquistina en la cantidad que usarían algo así como tres niñas.

Me da la risa, no lo puedo evitar. Y más con la cara de susto que ha puesto mirando a su hija mayor.

—Venga, que esto no es nada —digo, aunque no sé si para Marta o para él, que parece necesitar más palabras de ánimo que las propias enfermas.

—Ya lo sé, tía —contesta mi sobrina apretando mucho el brazo contra su costado para que no se le caiga el termómetro—. Esto es solo una infección causada por el virus que lleva el mismo nombre. Solo puede presentar alguna gravedad en adultos o adolescentes, en los niños el único gran problema es que es muy contagiosa, nada más. ¿Vosotros ya la tuvisteis? —acaba su exposición repartiendo la mirada entre su padre y yo.

Tardamos un rato en contestar, porque creo que ambos nos hemos quedado un poco a cuadros. Joder con la enciclopedia andante.

—Yo la tuve de pequeño, sí —le asegura su padre, luciendo una expresión de asombro para inmortalizar—. Y tú ¿cómo sabes todo eso?

—Ah, ¿eso? Lo he mirado en internet en cuanto has llegado del médico con Llara.

—Jesús… —susurra Chema, y luego se dirige a mí—. Habrá que tener cuidadito con ella y el ordenador. Ahí sale de todo.

Asiento, mordiéndome el labio para no volver a reírme. Que tiene razón, vamos, pero es que él está tan trastornado…

—¿Y qué, tía? ¿Tú la tuviste? Si no es así, ya puedes empezar a…

—Sí, sí, yo la tuve.

—Ah, vale, entonces no hay problema. —Se quita ella misma el termómetro en cuanto empieza a pitar y lo mira—. Treinta y siete y medio. En cuanto note el primer grano os aviso, ¿vale?

Escupo una carcajada ante su desparpajo y Chema, casi al mismo tiempo, resopla.

—A lo mejor no es ni eso, Marta. Quizá hayas cogido un resfriado o cualquier otro virus.

—¿En serio, papá? ¿Tú crees? —replica ella muy digna, cruzándose de brazos y mirándolo como si no lo considerara muy listo—. ¿Qué probabilidades hay de que…?

—¡Bueno! ¿Y qué os apetece cenar? —pregunto mientras me pongo en pie y doy una sonora palmada, más que nada para salvar a Marta de un buen sermón, pues su padre la está fulminando con la mirada. A ella y a su dichosa inteligencia. Parece ser que también se ha dado cuenta de lo sobrada que iba la niña—. ¡Venga, niñas! ¡Podéis elegir entre todo lo que hay en casa!

—A mí me apetecen galletas de chocolate. Y leche con mucho cacao —pide Llara—. ¿Puedo?

—Claro, cariño —le responde su padre enterneciendo el gesto al mirar a la pequeña—. De hecho, es una buena opción para todos. Pero ¿qué os parece si mejor preparo tortitas? Hace siglos que no las comemos.

—Sí, papá. ¡Qué ricas! Hazlas con pepitas de chocolate —dice Marta con extrema dulzura, quizá para compensar su comentario anterior—. Recuerdo que antes las hacías todos los domingos.

—Ya sabes, eran mi especialidad —le dice al tiempo que le dedica una sonrisa triste.

—Pues nos las harás otro día. Hoy podéis escoger galletas, niñas —intervengo yo—. Papá ha quedado y…

—¿Yo? No, no voy a ir. Los llamaré y…

—No. Tienes que ir. Ya lo hemos hablado —insisto—. Todos cuentan contigo para cenar y salir a tomarse algo por ahí. No les harás ese feo, ¿no? Sobre todo a Ana y a tu hermana, que van a irse en nada.

—Ve tú. En serio. A mí no me importa. Yo prefiero quedarme y…

—No, vas tú. —Me levanto e incluso pongo los brazos en jarras—. ¡Por favor! Sabes a la perfección que, por muy bien que yo me lleve con Ana y Adela, eres tú el que tiene que ir.

Y sin más, sin esperar a oír otra protesta, me encamino a la cocina y abro la nevera para sacar la leche. Es que esta discusión es absurda. Por un lado, sé que son sus hijas, pero también que es él el que debe salir esta noche al no poder hacerlo los dos, tal como teníamos pensado en un principio.

—¡Vaya, pelirroja, eres de armas tomar, eh! —exclama Chema prácticamente en mi oído, casi acorralándome contra la encimera. Es que este chico tiene fijación con empotrarme contra ella, de verdad.

—Tienes que ir, Chema. Y no se hable más. Aquí los dos no hacemos nada y…

—Bueno, eso lo dirás tú. A mí se me están ocurriendo un par de ideas para cuando las niñas estén dormidas.

Suelto una risita tonta y me aparto de él.

—¿Tanto te gustó el juego de mímica? ¿Quieres volver a perder? ¿O tal vez prefieras el desquite en el parchís? ¡Ah, no, seguro que quieres ver la segunda parte de Shrek! —lo vacilo, nombrando todo lo que hemos hecho esta tarde con las niñas. Y que hemos disfrutado como ellas, por cierto. Nos hemos reído tanto… Sobre todo cuando Chema parecía un chiquillo enfurruñado al perder.

—Ay, qué listilla —susurra—. Al final nunca llegué a castigarte en condiciones, ¿verdad?

Me echo a reír con ganas mientras abro el armario para alcanzar el Colacao.

—Anda, sigue soñando mientras te duchas y te cambias —sugiero guasona—. Y ponte guapo, a ver si ligas.

—No creo que eso te gustara mucho —masculla, cruzándose de brazos, todo engreído él.

—¡Ah, sí, me encantaría! Soy un poco mala, ¿sabes? —murmuro acercándome todo lo que puedo a él sin llegar a tocarlo—. Me encanta que otras deseen lo que solo yo puedo tener.

Él sonríe arrogante, pero soy plenamente consciente del momento en que se tensa y la sonrisa se convierte en una mueca extraña. Supongo que les ha dado una vuelta a mis palabras. Y vale, quizá me lo merezca. Tal vez he forzado de más las cosas, queriendo saber hasta dónde puedo llegar, pero también es cierto que necesito saberlo. Andar siempre sobre huevos es un auténtico coñazo.

Por suerte, algo vuelve a pasar dentro de esa cabecita que luce sobre los hombros porque, antes de que me dé tiempo a intentar arreglar de alguna forma lo dicho, él suspira, sonríe pícaro y, con una excusa que ni entiendo, me arrastra al pasillo, lejos de los ojos y oídos de sus hijas. De repente, solo siento una pared a mi espalda y sus labios sobre mi boca en un beso abrasador. Su lengua no conquista, sino que ataca, como si este fuese nuestro primer beso… O el último.

«Oh, no, por favor, el último no», gimo. Y es un gemido real el que sale de mi garganta, haciendo que él frene un poco sus ansias y sonría sobre mi boca.

—Esto es solo un adelanto —me espeta dando un paso atrás y, tan pancho, comienza a andar hacia su cuarto.

Y yo me quedo allí apoyada unos segundos más antes de regresar al salón. Porque, joder, podrá sonar a novela rosa fucsia, pero me ha dejado tan excitada que mis piernas apenas responden.

 

***

 

No es demasiado tarde, pero estoy barajando la posibilidad de meterme en la cama y recuperar esas horas de sueño que, con satisfacción, llevo semanas perdiendo por culpa de Chema. O con Chema, mejor dicho. Sin embargo, no me decido a levantar el culo del sofá, así que pulso el botón del mando de la tele para cambiar de canal por enésima vez. ¿No podían echar algo decente un sábado por la noche? No todo el mundo tiene la posibilidad de salir por ahí. Algunos nos quedamos en casita y agradeceríamos tener algo que ver.

«Venga, me fumo un último cigarrillo y me voy a la cama», pienso un segundo antes de oír como se abre la puerta principal.

—Hola —saluda Chema mientras entra en el salón.

—Hola. ¿Qué…? ¿Qué haces en casa tan temprano? No son ni las…

—Me aburría —explica encogiéndose de hombros mientras se quita la cazadora y la deja de cualquier manera encima del sofá.

—¿Te aburrías? ¿Tan mala era la conversación? —bromeo.

Él vuelve a encogerse de hombros y, por un pequeñísimo instante, hasta parece avergonzado.

—No es eso, es que… He cenado algo con ellos en el bar de Paco, pero… lo cierto es que no me apetecía seguir por ahí, así que les he dado una excusa y me he venido.

—Te estás haciendo viejo, cielo. —Me río con sorna.

—Puede. —Entonces, sonríe de medio lado y me mira con malicia. Adiós, vergüenza—. O puede que estuviese seguro de que en casa podría pasármelo mucho mejor.

Abro la boca y frunzo el ceño, pero entonces recuerdo su promesa contra aquella pared y… ¡Madre mía! Solo que tampoco se trata de ponerle todo tan fácil, ¿no? Eso sí que es aburrido.

—Eso es un tanto arrogante por tu parte, ¿no?

—¿Las niñas se despertaron en algún momento? —pregunta él, ignorando mi comentario.

—No, todo bien. De hecho, hace un rato que he ido a echarles un vistazo y estaban durmiendo a placer. Por si acaso, les di el Dalsy cuando les tocaba y…

—Genial. Ven —dice después de apagar la tele, se gira y comienza a andar, sin dejarme terminar siquiera.

—Espera, ¿adónde?

—Tú ven.

Me levanto y lo sigo, más sorprendida que otra cosa ante su comportamiento. Cuando lo veo entrar en mi dormitorio, resoplo ante su descaro, aunque una sonrisa evidencia lo que, en realidad, me gusta su actitud.

—¿Ahí es donde piensas divertirte?

Él no me contesta, únicamente sonríe insolente mientras sujeta la puerta esperando que entre. Paso por su lado poniendo los ojos en blanco y me giro para ver como la entrecierra tras él.

—Vienes tú un poco mandón, ¿no?

—Pues ni siquiera he empezado —suelta mientras se cruza de brazos, lo que hace que yo eleve las cejas y lo mire un poco desconcertada.

—¿Qué? ¿Qué te p…?

—Es que llevo toda la noche pensando… —comienza a hablar entornando los ojos y, tras una pequeña pausa, me mira con fijeza—. Laura, de rodillas.

—¡¿Cómo?! —exclamo estupefacta. Y más me quedo cuando él resopla y luego se ríe abochornado mientras baja los brazos a sus costados.

—Joder… Siempre he querido decir eso —confiesa y se muerde el labio inferior.

—¿En serio? ¿Siempre has querido…? —Meneo la cabeza alucinada, pero lo cierto es que no puedo obviar que toda esta escena surrealista me ha puesto un pelín. Valeee… un montón. Así que doy el paso que nos separa para hacer lo que me ha pedido. U ordenado, vamos.

Ahora es él el que me mira con los ojos como platos, atento a cada uno de mis movimientos, perversamente lentos, hasta que acabo arrodillada a sus pies.

—¿Y ahora? —susurro. Y, joder, estoy convencida de que incluso me he puesto colorada. Porque, sí, es verdad que él y yo hemos hecho casi de todo, pero nunca, nunca me he sentido así de expuesta. Ni tampoco tan ansiosa. Será debido a la expectación, a verlo en esta faceta de hombre puramente sexual y, sobre todo, a que quiera que sea yo la que cumpla cada una de sus fantasías.

Chema ahoga un jadeo al verme en esa posición, tan dispuesta, y eso, Dios, acaba por ponerme a mil. Pero, pese a lo excitados que estamos los dos, él solo acierta a mover las cejas arriba y abajo, paseando sus ojos desde mi boca a su entrepierna. Yo me hago de rogar, como si no entendiese lo que desea, mirándolo con toda la inocencia que puedo fingir… Hasta que los dos rompemos a reír, medio avergonzados y divertidos ante lo absurdo de la situación.

Todavía conservamos ambos sendas sonrisas estúpidas cuando él se inclina, sujeta mi pelo entre sus dedos, me lo retira hacia atrás y, tras una mirada cargada de ternura, me besa con extrema dulzura. Lame mis labios y juega con ellos, pero, para cuando su lengua busca la mía, ya estamos los dos de nuevo tan encendidos, tan excitados, que acabamos devorándonos. Aprovecho ese eterno beso para desabrocharle el cinturón y el pantalón, lo que hace que él gima en mi boca un segundo antes de apartarse, enderezarse y llevar su vista hacia mis manos, ahora entretenidas en bajarle la cremallera para desprenderme de toda su ropa en un mismo movimiento. Con su erección desnuda y a una altura ideal, no puedo sino cumplir ese capricho en el que parece haber pensado tanto. Me paso la lengua por el labio inferior, indecisa, pero solo porque no sé por dónde comenzar. Quiero que sea perfecto. Quiero hacerlo enloquecer.

Comienzo acercando mi aliento caliente a la punta y, con la mayor suavidad, abro un poco mis labios para darle un pequeño beso en el glande. Lo hago mirándolo a los ojos, provocadora, haciendo partícipe a mi lengua en él, que ha salido a saborearlo casi con timidez. Rodeo con una de mis manos su base, mientras la otra acaricia su abdomen y, cuando este se tensa, dejo que mi boca se abra con lentitud, abarcando más carne.

Otro jadeo sofocado de su parte me dice que voy bien, así que mis labios lo rodean hasta la mitad, succionando, volviendo a subir, a la vez que mi mano, casi por voluntad propia, la mece arriba y abajo, intentando darle más placer. No sé en qué momento he movido la otra, pero ahora me encuentro aferrada a una de sus nalgas, atrayéndolo más hacia mí para así volver a deslizarlo dentro de mi boca. Noto como Chema se tensa enterito a la vez que resopla y de nuevo levanto la vista para observarlo mirarme de esa forma lujuriosa que me quema, al tiempo que busca apoyo en la pared con una de sus manos.

—Jesús, Laura… —susurra cuando mi boca lo abarca todo lo que puede, jugueteando con lengua y dientes en el proceso—. Me vas a matar…

Alentada por sus palabras, me muevo con más rapidez y seguridad, cogiendo un ritmo que, por sus roncos gemidos, parece gustarle bastante. Que su mano libre se aferre a mis rizos me hace ir todavía un paso más allá, acariciando sus testículos y empujándolo aún más contra mí. De vez en cuando no puedo evitar alzar los ojos hacia su rostro, me fascina ver el placer que le provoco, sus gestos contenidos y masculinos. Y, Dios, juraría que, cuando lo hago, él lo disfruta tanto como yo. Me dedica una mirada casi animal, o se muerde el labio inferior con todos sus dientes superiores… Joder, me pone cardíaca y me hace sentir tan satisfecha… Y deseada, infinitamente deseada.

—¡Dios! No se te ocurra parar —suplica crispando sus dedos en mi cuero cabelludo. Aunque no mucho después parece cambiar de opinión—. O sí, mejor para. Para porque… Joder, Laura.

Sé lo que pretende decirme, pero no le hago ni caso. Mis manos, ansiosas, lo empujan contra mí y, animada por ese jadeo que se le escapa cuando adivina mis intenciones, mi boca, voraz, introduce más de él en ella. Succiono, lamo, disfruto…

—Laura, por… La hostia…

Y soy hiperconsciente del instante en que Chema pierde el control. Tras una sola embestida que no espero, se deja ir, haciéndome sentir cada una de sus pequeñas palpitaciones. Trago sin pensar, retirándome poco a poco sin despegar mis labios de él, regalándole un último beso al final, ahora más cohibida que nunca. Quizá sea raro, pero tan cierto que, en principio, ni siquiera me atrevo a levantar la cabeza y mirarlo.

Es él el que cae delante de mí también de rodillas, cogiéndome la barbilla y logrando que nuestros ojos se encuentren. Me regala la mirada más dulce del mundo junto con una sonrisa casi sorprendida, como si no se creyera lo que acabo de hacer, pero le pareciese lo mejor del mundo.

—Dios, Laura… —susurra acariciándome los labios con el pulgar—. Eres… Eres…

—Bésame —me escucho decir.

Él se acerca, pero, cuando prácticamente tiene sus labios sobre los míos, se queda muy quieto, como dudando. Lo miro a los ojos con una pregunta muda y entonces… caigo. Me ruborizo entera, lo sé, lo noto, pero eso no quita que mi boca actúe por su cuenta.

—Bésame, Chema. Y no me jodas —digo sin filtrar mis palabras—. Todo eso antes era tuyo, coño.

Y él no lo hace, pero porque comienza a reírse a carcajadas. Una sonrisa tonta se instala en mi cara al verlo; es inevitable. Creo que me gusta tanto hacerlo reír como lo que le he hecho hace unos minutos. Su risa es maravillosa. Profunda, ronca, tan sincera. Además, esas arruguitas que se le forman en las comisuras de los ojos son tan adorables…

—¿Has acabado? —pregunto con suavidad cuando sus labios solo se curvan en un gesto divertido.

—Sí —dice mirándome ahora con una sonrisa canalla. Sí, justo esa sonrisa que me desarma—. Joder, Laura, me matas… En serio, me matas.

Pero su última frase, en realidad, ya la dice dentro de mi boca. En un movimiento rápido e inesperado, me ha cogido de la nuca y me ha arrastrado hacia él, dándome no solo ese beso que le pedí, sino uno de esos cargados de promesas sensuales.

—Vamos a la cama, Laura —murmura cuando nuestros labios se separan buscando aire—. No te puedes ni imaginar lo mucho que tengo que compensarte.

Se levanta y me ayuda a incorporarme mientras yo me río por su último comentario. No solo porque me ha hecho gracia, sino porque estoy totalmente de acuerdo con la idea.

—¿Y qué tienes en mente? —Sonrío con malicia.

—Ummm… Tantas cosas…

Se me escapa una carcajada cuando me empuja sobre la cama y reboto en ella. Chema no tarda en unírseme, colocándose encima de mí con su peso apoyado en sus antebrazos.

—¿Alguna preferencia, peli…?

—¡Papi! ¡Mina! ¡Me pica! ¡Me pica mucho!

—Mierda, joder —masculla él ahogando un suspiro y dejando caer su frente sobre la mía.

Pero, a pesar de la interrupción y de sentir su misma frustración, a mí lo único que se me ocurre es echarme a reír.

 

 

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