Por nosotros

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CAPITULO 16 » Chema

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Chema

 

 

Aparco la camioneta en el sitio en el que acostumbro y, tras recoger de la guantera las llaves de casa y la cartera, me dirijo a casa de muy buen humor. Como casi siempre de un tiempo a esta parte.

Joder, me comería una vaca, pienso al oír mis tripas protestando, lo que me lleva a imaginar el menú que me tendrá hoy preparado Laura. Seguro que estará un poco quemado, pasado, soso o salado. O tal vez me asombre, como algunas veces, y la suerte haya estado de su parte. Subo una mano a la boca al darme cuenta de que estoy sonriendo como un tonto. En realidad, da igual lo que haya hecho, porque su simple compañía acaba por mejorar la peor de las comidas. Seguro que comeré entre risas o me sorprenderá con alguna de sus salidas. En el peor de los casos, puede que discutamos por cualquier tontería, pero hasta eso con ella se ha vuelto divertido. Sobre todo ahora que los enfados nos duran unos cinco minutos antes de buscar la ocasión de comernos a besos.

—Hola, ya estoy en casa —digo al entrar en el piso y ver que las niñas no corren a recibirme, como suele ser habitual.

—¡Hola! —escucho a Laura aún sin verla—. ¿Qué tal el día? ¡Ay, yo estoy nerviosísima!

Me echo a reír porque sé que lo que dice es verdad. Hoy es jueves, y esta tarde Miriam inaugura la pastelería, y ni que lo hiciera ella, oye. Aunque también es cierto que hoy su trabajo va a ser criticado, para bien o para mal, y eso es muy importante para Laura.

—Ha quedado genial y lo sabes —le aseguro ya atravesando el salón y mirando a todas partes menos a ella—. ¿Y las niñas?

—Encima de mi cama, jugando a maquillar modelos en el ordenador —contesta, aunque no es eso lo que me deja patidifuso, casi clavado en el sitio.

—¿Qué…? ¿Qué estás haciendo? —Y sí, he sonado tan asombrado como estoy. Pero es que ver a Laura cocinando algo que no sea absolutamente imprescindible es del todo insólito.

Y mira que me la he encontrado en situaciones sorprendentes, que me han dejado pasmado o me han emocionado. A veces, incluso las dos cosas a la vez. Como aquella en que hallé a las tres sobre la alfombra, delante de un álbum de fotos de cuando Clara y Laura eran niñas, y a la segunda inmersa en el relato de una de sus muchas anécdotas. O la vez que quiso mover la tele aún no sé muy bien para qué y llegué justo para verla caerse hacia atrás con ella encima. O mi favorita, esa otra en la que acompañaba cantando a voz en grito a una Marisol jovencísima en la tele, pues, tras haberles confesado a las niñas que a su madre le encantaban sus películas cuando era pequeña, ellas le rogaron que se las consiguiese. Menudo maratón de Marisol se metieron aquella temporada. Y alguna también me tocó a mí. Parecíamos haber regresado a los setenta.

—Un pastel —me contesta sin apenas mirarme, sacándome de mi estupor y concentrada en lo que sea eso a lo que no deja de dar vueltas—. Hoy es la inauguración, ¿recuerdas? Pues…

Río por lo bajo acercándome a ella.

—¿Pretendes regalarle a Miriam un pastel por la inauguración de su pastelería? ¿En serio?

—¡No! ¿Eres tonto? —Ella también se ríe y vuelve su cara hacia mí. Tengo que apretar muy fuerte los labios para no soltar una carcajada. ¡Vaya pintas! Más que preparando un postre, parece que se haya peleado con él. Lleva el pelo recogido en un moño mal hecho, pero tan lleno de harina que me resulta difícil imaginar cómo ha podido hacerlo. Su nariz y una de sus mejillas tampoco se salvan, manchadas de chocolate. Y ahora, al llevar una de sus manos a la cara para retirar un rizo suelto, acaba de pringarse la frente—. ¿Qué? ¿Por qué me miras así?

—Es que estás… Tienes… —Llevo un dedo a su mejilla, retiro el chocolate, se lo enseño y, sin pensar, me lo meto en la boca, degustándolo.

—Ay, ¿por qué has hecho eso? —gimotea, haciéndome sonreír con arrogancia. He captado a la primera su tono sorprendido y excitado, pero me hago el inocente y comienzo a señalar sus manchas por partes.

—Chocolate, harina y no sé, ¿la mezcla?

—¡Ay, Dios, me he puesto toda perdida! —se queja bajando la mirada a sus manos. Y cuando yo también la imito, entonces sí que no disimulo mi risa.

—Joder, sabes que hay cosas que se usan para remover, ¿no?

—Sí, y las he usado —informa con un mohín, señalando una gran espátula que tiene en la mano y varios artículos también usados que están sobre la mesa. Vamos, creo que todos los que tenemos para estos menesteres—. Pero siguen quedándome grumos.

—¿Has probado con la batidora?

—Claro. ¿Por qué crees que estoy así? Ese chisme salpica un huevo.

Trago saliva para no echarme a reír de nuevo, no vaya a ser que la ofenda. La pobre está haciendo un esfuerzo sobrehumano, lo sé.

—A ver, ¿qué te parece si como y luego pruebo yo?

—No. Esto tiene que estar en el horno en diez minutos, donde tiene que cocinarse durante cuarenta. Los que yo voy a usar para prepararme, así que…

A medida que habla, va bajando el tono, abatida, lo que me hace interrumpirla de la única forma que se me ocurre. Besándola.

—Mmmm… —ronronea ella cuando me separo—. Besas muy bien, pero eso ahora mismo no me sirve de mucho, ¿no crees?

—¿Y qué te serviría? —pregunto provocador, aunque esta vez no entra en mi juego.

—Pues que el pastel estuviera hecho y riquísimo para cuando Teresa llegue con Sofi para quedarse con las niñas. Las pobres llevan toda la mañana hablándome de este puñetero pastel de chocolate que les hace su abuela, y Marta incluso me ha buscado la receta que estaba apuntada por ahí. Ya que no pueden salir por el tema ese de que no les dé el sol, pues yo quise hacérselo y…

—Tranquila, ¿vale? —Coloco mis manos en sus mejillas sin que me importe ensuciarme y acerco nuestras caras, tratando de calmarla—. Todo va a salir bien. El local va a encantar y el pastel va a estar para chuparse los dedos.

—No sé yo…

—Venga, déjame acabar a mí aquí. Date un baño relajante y ponte guapa. —La suelto solo para darle una palmadita en el culo y apurarla—. Venga, hazme caso.

—Pero tú… ni siquiera has comido y…

—No te preocupes por eso, me da tiempo a todo. Anda, ve.

Ella suelta un suspiro a la vez que la espátula, no sé si resignada o aliviada por obedecerme. Cuando vuelve a clavar sus ojos en los míos, sonríe con dulzura.

—Eres una maravilla, ¿sabes?

—Lo sé. —Yo también sonrío, canalla—. Se me rifan por ahí. Soy maravilloso, guapo, simpático, increíble en la cama…

Laura da el paso que nos separa, melosa. Se acerca mucho y yo acorto todavía más las distancias para ese beso. Pero la muy bruja, justo antes de dar un salto hacia atrás, me pasa sus pringosas manos por la cara, embadurnándomela toda.

—Serás… —Voy a por ella y la empujo contra la encimera, respirando el aliento que suelta entre sus carcajadas.

—No te enfades, que por lo menos está rica, mira —dice entre risas, metiéndome ella ahora uno de sus dedos en mi boca entreabierta.

Agarro su mano y se lo chupeteo con fuerza, componiendo muecas raras, vacilándola, aunque la verdad es que sí, increíblemente tiene buen sabor. Solo que cuando vuelvo mi vista a su cara y veo su expresión, paso de la broma a estar como una moto tan rápido que hasta me coge de sorpresa. La diversión ha dado paso a una tensión sexual tan fuerte que parece que no nos tenemos desde hace meses, joder. Mi actitud cambia radicalmente. Ahora le succiono el dedo con calma, jugueteando con mi lengua, lascivo, consiguiendo que se le escape un pequeño gemido y sus ojos se oscurezcan más.

Por mi parte, ya estoy perdido. Esto me recuerda tanto a lo que me hizo el sábado que estoy por ponerme yo de rodillas. Joder… Es que es recordarlo y… Le clavo mi pelvis en su vientre y luego bajo restregando mi dureza hasta su entrepierna, donde en realidad quiero que la note.

—Chema… El pastel… —susurra ella con la voz entrecortada y la respiración alterada.

—Ajá. —Pero ni me planteo parar. Solo un poco más. Solo un poco. Necesito que me sienta, sentirla, necesito…

—¡Ah, papi, ya estás aquí! ¡Deja a Mina y ven, ven! ¡Mira qué juego más chuli! —chilla mi hija pequeña detrás de mí.

Me aparto de Laura casi trastabillando. Jesús… Me giro y la observo cargando de una manera bastante precaria con el ordenador.

—Hola, cariño. ¿Te gusta mucho, sí? —digo soltando lo primero que se me ocurre, con una mueca que intento pasar por una sonrisa.

—Sí, muchísimo. Pero Marta está en el baño y yo me he atascado y no puedo seguir, mira. —Entonces nos mira a mí y a su madrina y arruga la frente, pensativa—. Vosotros… ¿a qué estabais jugando?

—A nada, cariño. Solo nos ayudábamos a limpiarnos, que nos hemos manchado mucho —le explica Laura, un poco titubeante, mientras se lava las manos.

Llara se fija en mi cara y sonríe divertida.

—Sí, tú tienes la cara muy sucia. —Y, de repente, parece olvidarse del tema y comienza a hablar como una locomotora del dichoso juego mientras yo le quito el portátil de las manos y lo dejo sobre la mesa.

Cuando el agua deja de correr, no tardo en oír el susurro de Laura en mi oído.

—Me voy a la ducha, donde estaré allí, toda mojadita… y sola.

No es una invitación, lo sé; ahora mismo, más bien, un imposible. Y ella también lo sabe. Cierro los ojos y suspiro.

La madre que la parió.

 

***

 

—¡Dios! ¡No me lo puedo creer! ¡Joder!

Laura se pasea por la pastelería al borde de un ataque de nervios. Refunfuña, maldice, se lleva las uñas a la boca, se frota las manos en los muslos, se aparta los rizos de la cara y de vuelta a restregarse las piernas. Como siga así va a desgastarse los vaqueros.

—¿Seguro que no puedo fumarme un pitillo aquí dentro? Esto ni siquiera ha abierto todavía al público —le pregunta por tercera vez a Miriam, que la observa con infinita paciencia apoyada en el mostrador.

—Venga, fúmatelo. Mejor eso que acabar sin suelo. Pero solo uno, ¿eh? Y a poder ser sentada.

Ella extiende la mano hacia mí, pidiéndomelo. Parece ser que con las prisas por venirse se le olvidó hasta el tabaco. Se lo doy junto con el mechero y una sonrisa tranquilizadora.

—Van a venir, seguro.

—Es que, si no, los mato —amenaza ya con el cigarrillo en la boca—. Los mato, te lo juro.

—Bueno, tampoco es para tanto —le dice Miriam—. Puedo abrir igual. No…

—¡No! ¡No es igual! ¡Tiene que venir hoy! ¡Tiene que venir! Me lo confirmaron incluso por la mañana, joder —exclama, dándole dos caladas muy seguidas al pitillo y metiéndose también tras el mostrador, usando el fregadero como cenicero. Aunque no se ha sentado, al menos está quieta.

Yo miro a través del cristal de la puerta, esperando ver aparecer el camión de una vez por todas y darle la buena noticia. Lo cierto es que entiendo perfectamente su nerviosismo y su mala leche. Le aseguraron que hoy sobre las cinco y media le traerían el mueble que tanto le costó conseguir y ya llevan una hora de retraso.

—Ha quedado preciosa, ¿verdad? —comenta Miriam echándole un vistazo a todo el local, supongo que para agasajar a Laura y que se calme un poco—. En serio, Laura, no puede estar más bonita. Nadie va a notar que…

—¡Yo lo voy a notar! Eso sin contar que no tienes dónde exponer esas cajas de bombones que has tardado horas en empaquetar de una manera tan exquisita. Además, ¿no veis que falta él? —nos pregunta señalando la pared frente a la puerta principal, hacia el espacio que queda entre la puerta del ahora pequeño almacén y la del diminuto baño, ambas en los extremos y pintadas en decapado blanco—. Falta él, robusto, grande, práctico, hermoso… Tan perfecto.

Cuando acaba con un suspiro, a mí se me escapa la risa y Miriam la mira entre fascinada y sorprendida.

—¿Me has comprado un hombre? —le pregunta—. A ver, que yo con mi marido iba tirando…

Suelto una carcajada en toda regla y, por suerte, esta vez Laura también me acompaña. Solo que, una vez que las risas se apagan, así como su cigarrillo, vuelve a las andadas… Y nunca mejor dicho. Otra vez se mueve a través del local de aquí para allá, aunque ahora, en vez de protestar, parece estar cerciorándose de que su obra esté tal como debe estar.

Por eso no tiene que preocuparse, la verdad. Ha quedado increíble. Quizá demasiado femenina para mi gusto, pero esa fue justo la palabra que usó Miriam cuando Laura le pidió que describiera cómo quería la pastelería, así que supongo que logró su cometido.

Pierdo unos minutos mirando lo mismo que ahora hacen las dos. La pared de la derecha, con la piedra a la vista y decorada con cuadros sin marco que muestran diferentes magdalenas de esas decoradas; la del frente, donde falta el famoso mueble, de color hueso, a conjunto con la que está tras el mostrador, solo que esta la cruzan en vertical unas gruesas rayas en rosa pastel. Las cuatro mesas, de forja envejecida blanca, tienen tres sillas a juego cada una. Aunque se hizo por una cuestión de espacio, lo cierto es que ese hecho le da un toque excéntrico y original al lugar. De la misma manera que los cojines que las cubren le dan el aire acogedor y hogareño. Su estampado, de tazas de té y palabras en inglés, luce los mismos tonos que el resto, blanco roto, rosa y un extraño verde. Color hoja seca, lo llamó Laura. El mismo color que tiene el mueble que esperamos que llegue de una buena vez. Y, claro, cabe destacar lo que más me gusta de todo. El parqué, de un color caramelo con innumerables vetas y nudos, a juego con las falsas vigas del techo, algo que rompe con lo luminoso del lugar, aportándole calidez y rusticidad.

Vuelvo a mirar hacia fuera y… por fin.

—Ya están aquí. —Sonrío, aunque Laura llega hasta mí y abre la puerta casi antes de que acabe la corta frase.

—¡Joder! ¡Menos mal! ¡Os lo habéis tomado con calma, eh! —les espeta a los dos sorprendidos repartidores que ni siquiera han puesto los pies sobre el suelo.

—Bueno, es que… —comienza a explicar uno, pero ella lo frena al instante.

—¡Nada de excusas! ¡No sé si lo sabéis, pero he pagado un pastón de portes para que llegarais cuando os necesitaba! ¡Y eso era hace hora y media!

Carraspeo intentando captar su atención y lograr darle a entender que tiene que tranquilizarse, pero ella me ignora encaminándose a la parte de atrás del camión, donde espera con los brazos en jarras a que ellos hagan su trabajo.

—Nos tiene carácter, la niña —susurra una divertida Miriam a mi lado.

—Ni te lo imaginas…

La pastelera se ríe por lo bajo y sigue observando la escena, donde ahora Laura les da indicaciones a los chicos como si lo que trasladasen fuese un recién nacido y no un mueble de madera maciza.

—Con cuidado. Así… Poco a poco. Sin movimientos bruscos, por favor.

—No puede ser de otra manera, señora —protesta uno por lo bajo—. Esto pesa un quintal.

Meneando la cabeza divertido ante la protesta, me aproximo para echarles una mano que aceptan sin rechistar. Y, joder, eso no pesa un quintal, pesa una puta barbaridad.

—Así, muy bien… —sigue dirigiéndonos ella andando hacia atrás cuando atravesamos la puerta—. Ahora despacito… Despacito… Cuidado con la parte de arriba, que no toque… ¡Por Dios, con cuidado, coño, que lo vais a descalabrar!

Un rato después, uno eterno a mi entender, después de moverlo a la derecha y a la izquierda infinidad de veces para que quede a gusto de la señorita, ambos hombres suspiran y se secan las manos en los pantalones antes de volver a subirse al vehículo, creo que más aliviados por perder de vista a Laura que por que el mueble esté ya colocado en su lugar, sano y salvo. Y no me extraña, es que incluso los comprendo. Hasta yo tengo ganas de estrangularla. Solo que, cuando la miro con cara de mala leche, es imposible que mis labios no comiencen a sonreír, pues está quitándole el poco embalaje que trae con una sonrisa tan inmensa… tan radiante que es imposible que no resulte contagiosa.

—¡Oh, Dios mío! ¡Es precioso! ¡Divino! —exclama Miriam abriendo sus puertas y observando también su interior—. Es… Tenías razón, Laura, es perfecto.

—Lo es —dice ella con esa maravillosa sonrisa—. Ahora, a llenarlo.

Pero Miriam parece haber pensado lo mismo, porque ya corre al almacén a por los paquetes que lo esperaban.

—Bueno… ¡Ya está todo! ¡Por fin! —suspira Laura mirándome a mí.

—Sí, gracias a Dios. Pensé que te daría un ataquito… O que nos matarías a alguno de los tres… —digo refiriéndome al momento de cargar con él, pero lo cierto es que ella ya no me está haciendo ni caso, con la vista clavada en la puerta de entrada. Y yo me giro justo a tiempo para ver entrar a Pedro en el local.

—¡Hola! —Sonríe ella acercándose a él—. ¿Y tú por aquí?

—Iba hacia la comisaría y os he visto. ¡Vaya! Esto está muy cambiado, eh. Ha quedado genial, chicos.

—Gracias. —Laura lo mira de arriba abajo y menea la cabeza divertida—. Tú tampoco estás mal. Qué tendrán los uniformes, ¿verdad?

Pedro suelta una carcajada y yo resoplo ante la frasecita manida de las narices. En realidad, Pedro vestido de poli a mí me recuerda a un muñeco que tuve de pequeño, nada más. Pero también sé que debe de ser porque soy tío, pues he visto con mis propios ojos a más de una suspirando tras él. Y que lo haga Laura… Joder. Me molesta. Respiro hondo disgustado conmigo mismo. Yo nunca he sido celoso; es más, siempre creí que los celos solo eran un argumento absurdo para expresar la inseguridad de una persona. Eso no es querer más, sino demostrar poca confianza en uno mismo y en tu pareja. Lo que llevo discutido sobre ello con Julián…

Y ahora… ¿Y ahora qué hago filosofando de esta manera? Estoy tonto, otra cosa no se explica. Y esto no son celos, desde luego que no. Y menos tratándose de Laura.

—Vas a triunfar, Miriam —le dice en ese momento Pedro a la pastelera, después de darse una vuelta por el local acompañado de la risueña decoradora.

—¿A que sí? Es que me ha quedado muy chula. Una mezcla entre lo rústico y lo vintage que enamora —comenta Laura.

—Sí, señora, has hecho un gran trabajo —la elogia Pedro.

—Bueno… Algún mérito también tendremos nosotros, ¿no? —pregunto solo por fastidiar, la verdad. Aunque, bueno, nuestras horitas echamos aquí para que todo se vea perfecto.

—Uy… Ese ego, Rubio —se burla la pelirroja—. Venga, Pedro, piropéalo. Dile que tiene unas manos prodigiosas.

—Pues ahora que lo dices… Las tengo, sí —continúo mientras le guiño un ojo. Y, para mi asombro, se muerde el labio inferior un instante antes de ponerse colorada. Vaya. Prometo que no iba con segundas.

Laura lo disimula girándose un poco y ocultando la cara tras su mata de pelo, y ahí sí puedo asegurar que entra en juego mi ego. Joder, creo que lo he oído rebotar en el techo. Lo raro es que, más que deseo, lo que siento en estos momentos al verla es orgullo. Orgullo por ser yo a quien quiere en su cama, ternura por su reacción y… recelo. Una inquietud en forma de nudo en el estómago.

—Hombre, pues nada, ya lo has dicho tú todo. —Se ríe el poli, ahuyentando mis pensamientos, lo cual agradezco de veras.

Y entonces es Miriam la que se acerca carraspeando.

—A ver, a ver… ¿Qué pasa aquí? Que la que paga no cuenta, ¿no? Pues qué queréis que os diga, lo habéis hecho genial, chicos, pero es mi bolsillo el que más lo ha notado.

Y entre las risas de los cuatro, vuelve a deshacerse de nuevo esa sensación extraña que me embarga a veces. Esa pregunta que no quiero contestarme. Esa punzada de aprensión de la que no identifico el motivo exacto.

 

 

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