Por nosotros

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CAPITULO 16 » Laura

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Laura

 

 

Salgo del baño con una sonrisa. La misma que creo que luzco desde que volvimos de la pastelería. Que tu trabajo sea valorado gusta un montón. Que sean los tuyos quienes lo hagan te llena el pecho. Y que incluso lo confiesen esos que te critican por todo lo demás, pues… Eso le pone la autoestima a una a bailar reguetón.

Me peleo por segunda vez con el nudo de la toalla que llevo a la altura del pecho y me doy cuenta de lo silencioso que está todo. Supongo que las niñas ya se habrán quedado dormidas y Chema… pues ni se le escucha.

Bostezo antes de entrar en mi dormitorio. Estoy cansada. Ha sido una semana bastante ajetreada y no es que esté durmiendo las horas que realmente necesito. Y confirmo mi agotamiento cuando, al ver a Chema sobre mi cama, pueden más las ganas de echarme en la segunda que sobre él.

Está acostado sobre el edredón solo con el pantalón de pijama puesto y la vista perdida en el techo, pero al oírme se incorpora un poco, apoyándose en un codo, y sonríe. Y amplía la sonrisa cuando se me escapa otro bostezo.

—¿Molida, eh? —me dice palmeando el colchón para que me acueste a su lado.

—Buff… Sí. Llevo unos días que son un no parar —contesto mientras me acerco a él y, tirando la toalla al suelo, me dejo caer de cualquier manera sobre la cama.

Chema se ríe y me hace poner boca abajo. Comienza acariciándome la espalda, pero, a los pocos segundos, se sienta a horcajadas sobre mis muslos.

—¿Ves? Hoy sí toca masajito —susurra en mi oído antes de proceder a hacer justo eso. Ay, Dios… Y cómo mola. Tanto que en nada estoy ronroneando o algo muy similar.

—Como sigas, es muy probable que me quede dormida —informo minutos después. No sé ni cuantos. Estoy tan a gusto…

—Ajá. Creo que es justo lo que necesitas —dice él moviendo los pulgares sobre un punto bajo mis omóplatos que me hace gemir de placer.

Y, vamos, no voy a ser yo la que le discuta su frase. Me pesan los párpados y noto los músculos tan relajados que podrían estar tranquilamente desparramados sobre la cama.

—Esto es el cielo… —susurro cuando desplaza dos dedos a lo largo de mi columna vertebral.

—Pues mira, ¿qué mejor final para un día redondo? —Se ríe—. Porque hoy piropos te has llevado alguno, ¿eh? Espero que no se te suban a la cabeza.

—Qué va. Ya sabía que soy buena.

Chema suelta una carcajada, se mueve acomodándose contra el cabecero y me arrastra hacia él, colocando mi cabeza sobre su regazo. Mete las manos entre mi pelo y masajea ahora mi cuero cabelludo, algo que sabe que me encanta.

—Y la modestia es lo tuyo, sin duda.

—Bah, la modestia está sobrevalorada. Es solo una fórmula para buscar elogios. ¡Y mira quien fue a hablar! El que le dijo a Teresa, cuando me felicitó por lo rico que estaba el pastel, que tú habías tenido mucho que ver.

—Bueno… Es que lo tuve.

—Bah… Le quitaste cuatro grumos a…

—¿Cuatro? —Se carcajea—. Venga, reconóceme un tercio de la participación, al menos.

Resoplo haciéndome la ofendida y pongo los ojos en blanco.

—Nunca, pero nunca, voy a reconocer eso —digo con énfasis, sin mirarlo, aunque lo escucho reír por lo bajo.

—¿Y cuándo reconoces tú que no tienes razón? Eres la reina de las cabezotas.

—Genial. Entonces hacemos…

—Un buen equipo —termina él por mí. Cosa que agradezco porque a mí casi se me escapan las palabras «buena pareja» y eso, por desgracia, tenía muchas posibilidades de arruinar este momento.

—Sí, como Bonnie y Clyde, Thelma y Louise o…

—Joder, para. ¿No había otros ejemplos en los que no fuésemos delincuentes o, al menos, sobreviviéramos? —masculla resoplando, lo que logra que a mí me salga un bufido que pretendía ser una carcajada—. No, si aún te reirás, sádica.

—Uy, qué sensible. —Sonrío maliciosa girando la cara hacia él y le doy un pequeño mordisco en el estómago.

—Mucho. Y ya que te veo con tantas ganas de usar la boca… Úsala un poco más abajo y verás lo sensible que soy.

Juro que hasta me lo pienso, a pesar del cansancio. Estoy algo más despejada después de esta charla y… Y otro bostezo hace que Chema sonría con dulzura y niegue con la cabeza.

—No me extraña que estés agotada, no has parado en toda la semana. Entre las niñas malitas, el trabajo, los nervios por el local de Miriam y tu tarde de compras con Nela… Por cierto, ¿cómo es que tú no compraste nada?

Sonrío con picardía, pero, como no puedo ni quiero soltar prenda, me encojo de hombros y cierro los ojos para disfrutar de sus caricias.

—Y hablando de ropa —prosigue él—, creo que habrá que comprarles a las niñas unas parkas nuevas ahora que comienza el cole. Las del año pasado ya les quedaban pequeñas a finales de invierno.

—Ajá. Déjalo en mis manos —respondo sin despegar los párpados—. Me encanta comprarles ropa a las niñas.

—Lo sé.

—Aunque no te prometo que consiga algo a gusto de tu madre. Los abrigos de los personajes de terror son difíciles de encontrar.

Él se echa a reír con ganas, haciéndome rebotar sobre su cuerpo y que gire la cara para mirarlo. Ay… cómo me gusta verlo reír.

—¡Dios! Tú también lo pensaste, cómo no… —dice—. Iban igualitas a las de…

—¡El resplandor! —soltamos los dos a la vez, entre carcajadas.

Y cuando se apagan las risas, un cómodo silencio se instala entre nosotros. Él se dedica a seguir acariciando mis rizos y mi cabeza se debate entre dos pensamientos del todo incoherentes. Por una parte pienso en si él no se da cuenta de la complicidad que compartimos, aquí, sin ni siquiera la excusa del sexo para disfrutar de nuestra compañía, hablando de lo sucedido a lo largo de la semana, de la ropa de sus hijas, acabando nuestras frases y riéndonos como una pareja normal. Y, por otra, también espero con desasosiego ese momento que cada día tarda más en llegar, pero que… llega. Ese en el que se levanta y abandona mi cama para irse a la suya. Ese en que lo de la pareja normal se convierte en una puñetera utopía.

A pesar de ser pensamientos que podrían quitarle el sueño a cualquiera, estoy tan acostumbrada a llevarlos a cuestas día tras día que casi me estoy quedando dormida cuando lo noto moverse debajo de mí. Para volver al cuarto que sigue compartiendo con Clara, cómo no. Se lo pongo fácil volviendo a mi sitio en la cama, aunque no abro los ojos. No soporto ver como se va. Solo siento ese beso en la frente con el que siempre se despide, antes de oír sus pasos amortiguados sobre la alfombra en dirección a la puerta.

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