Por nosotros
CAPITULO 17 » Laura
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Laura
Me despierto a la vez que me incorporo en la cama. Estoy sudando, con la respiración agitada y el corazón retumbando tan fuerte en mi pecho que temo que acabe sobre la colcha.
Llevo una de mis manos a la boca mientras mis ojos se mueven sin mirar a ningún sitio en concreto. Las persianas están bajadas, por lo que todo es penumbra a mi alrededor. De todas formas, es posible que ni mil bombillas me hicieran ver otra cosa que las imágenes que se pasean por mi mente, esas que siguen reproduciendo el sueño que me ha dejado en este estado.
Me levanto de la cama casi escapando de ella. Necesito un pitillo. Esto es una emergencia. Y que esté sola en casa me permite la libertad de fumármelo tranquila.
Lo consumo en caladas largas y profundas mientras se hace el café. Se me hace raro no esperar que alguna de las niñas se levante de un momento a otro, y este silencio que a veces me calma hoy solo logra inquietarme más. Pongo la tele para oír ruido de fondo y me sirvo una taza en cuanto la cafetera acaba de preparar el brebaje. Con otro cigarrillo en la mano, me niego a pensar en el motivo por el que me he despertado tan alterada, al menos mientras mi corazón no vuelva a ser el de siempre.
Ayer por la noche, Chema y las niñas fueron a cenar con sus padres y Adela para despedirse de esta última. Yo lo hice por la tarde, sin querer entrometerme en su última cena sabe Dios en cuánto tiempo. Ya durmieron allí, supongo que Chema no supo poner ninguna excusa para no hacerlo cuando las niñas se quedaban y él y Adela tenían que madrugar muchísimo para desplazarse hasta el aeropuerto. Ahora, a pesar de ser sábado, tampoco cuento con él como mínimo hasta mediodía, pues, junto con Colás, iba a aprovechar la mañana para hacer una pequeña chapuza en la carnicería. Por lo visto, ayer por la mañana le cayeron los azulejos de una pared y a la mujer le corría prisa. Normal.
Normal. Apoyo los codos encima de la mesa y dejo caer la cabeza entre mis manos. Lo que se ha salido de lo normal es el sueño de hoy. Y ni siquiera puedo decir que se tratase de una pesadilla. Más bien lo contrario; en cambio… fue raro. Quizá esclarecedor, pero de estos que te ponen los vellos de punta. Fue el de siempre, pero tan distinto… Joder.
Comenzó como acostumbra. Yo, delante de unos ventanales mirando el mar al fondo, alguien tocando detrás de mí y yo girándome en su busca. Y, allí, en aquel salón desconocido, un hombre sin cara frente a un piano, al que me aproximé hasta sentarme sobre sus piernas. Para variar, esta vez lo abracé, escondiendo la cara en su cuello y notando incluso la textura de su suave pelo. Pero cuando me separé… No sé por qué, mi cara estaba de nuevo buscando la estampa tras los cristales, pero lo que vi… ¡Dios mío! Vi a Clara, de pie, mirándonos con una sonrisa inmensa. Asentía con la cabeza lentamente, convirtiendo su enorme sonrisa en una más leve pero llena de ternura. Y entonces lanzaba una fugaz mirada por detrás de su hombro, vocalizaba un «adiós», al tiempo que usaba también su mano para despedirse y… desaparecía. Así como todo a mi alrededor, dejándome de nuevo en una estancia vacía.
¡Oh, Dios! Me froto los brazos porque vuelvo a tener todos los pelos de punta. Respiro hondo y jugueteo con el tercer cigarrillo tras sacarlo de la cajetilla. Le doy golpecitos en uno y otro lado sobre la mesa, mientras mi mente gira cual torbellino.
Vale, es otra señal. Positiva. Alentadora. Quiero creer en ellas. Necesito hacerlo, por más que suene surrealista pensar que Clara desde el más allá apoya que esté con Chema, que ame a su marido. Su marido… ¿Es Chema el que toca el piano? No tiene demasiado sentido, pero, si es así, entonces… Ay, mi madre… Eso quiere decir que… Ahora que lo pienso, empecé a tener ese sueño al poco de que se despertaran mis sentimientos por él, sino antes. ¿Ya entonces era un presagio? ¿En verdad hace años ya estaba predestinado para mí? ¿Puede ser el destino tan puñetero y retorcido para primero casarlo con mi hermana?
Joder. Pues sí, parece que sí.
Esa culpa, esa constante en mi vida aunque yo trate de ignorarla u ocultarla, se hace de repente pequeñita. Se achica, merma… Aunque del todo no se atreve a desaparecer. Al fin y al cabo, lleva tanto tiempo conmigo que entiendo que le cueste.
Niego con la cabeza y suelto un taco en alto. Estoy como una regadera. Imaginando mi culpa casi como si de un ente aparte se tratara. Buscando respuestas en sueños que puedo estar malinterpretando. Claro que eso tampoco es nuevo, ¿verdad? Creo que enloquecí el día que me enamoré de Chema. Y cada día empeoro, dejando crecer esta esperanza que me grita que, tal vez, solo tal vez, él comience a sentir por mí algo más que deseo.
***
Tal como quedé con él, voy a por las niñas cerca del mediodía para traerlas a casa. Al ser fin de semana, no me siento demasiado mal por encargar unas pizzas en El italiano a la ida y recogerlas a la vuelta. Qué carajo, a las niñas les encantan, a mí también y Chema… Él seguro que agradece comer algo bien hecho.
—¡Hola, tía Laura! —exclama una sonriente Marta en cuanto llego a casa de Adela.
—¡Oh, Mina, qué bien! Ya estás aquí. —Se cuelga Llara a mi cintura, tal como hace con su padre cuando llega del trabajo.
Yo sonrío, agradecida y contentísima ante esas muestras de afecto que devuelvo con abrazos y besos sonoros, pero no por ello me pasa desapercibida la mirada que les dirige Adela a las niñas, la que luego clava en mí, cabeceando. Aunque en realidad no parece disgustada, ni enfadada… Está, más bien, rara. Esa es la palabra: rara.
—Hola, Laura. No sé qué les das, pero te adoran —me dice, en un tono tan neutro que no sé cómo interpretar.
—Pues… Es recíproco, supongo que con eso les basta.
—Ya. —Me tiende la bolsa de las pequeñas, que ya tenía preparada antes de colocarse un delantal que reposaba sobre una silla—. Supongo que mañana sí iréis a oír una misa, ¿no?
—Esto… no. No creo —respondo, frunciendo el ceño.
Ella me mira muy seria de repente. Luego se encoge de hombros y menea la cabeza.
—Haced lo que queráis, para no variar. Ya rezaré yo por todos.
—Vale, perfecto —atino a decir un tanto desconcertada—. Nos vamos. Gracias y…
—¡Por Dios! Era lo que me faltaba. No me des las gracias por quedarme con mis nietas, haz el favor.
—Vale, lo siento. No volveré a hacerlo. Princesas, ¿nos vamos a casa? —me dirijo a mis sobrinas, pero mirando por encima del hombro a su abuela, que compone una mueca extraña antes de despedirse regalando besos en las mejillas. A las tres. Sí, incluso a mí. Lo dicho, está rara de narices.
De vuelta en el piso, acabamos comiéndonos la pizza sin esperar a Chema, por lo mucho que se retrasa. Intuyo que habrán comido algo rápido por ahí para seguir con la obra, que, como todas, al final nunca son tan pequeñas como aparentan.
Sobre las seis de la tarde comienzo a preocuparme. Quiero suponer que sigue trabajando, o que tal vez se haya ido a tomar unas cervezas con los chicos, pero… Ni una llamada, ni un mensaje… Eso es lo extraño. Chema no suele ser de los que no avisan, y mucho menos cuando sabe que sus hijas cuentan con él para pasar la tarde.
Al final, decido llevarlas yo un rato al parque, después de que me hayan pedido en varias ocasiones salir de casa tras una semana en la que han estado clausuradas en ella.
Pero en cuanto me pongo con la cena, ya no encuentro excusas para su ausencia. Y llamar a Colás preguntando por él me da un poco de apuro. Quizá si no me estuviese acostando con él lo haría sin dudar, pero tal como están las cosas entre los dos, pues… No sé, esas cosas ilógicas que piensa una cuando sabe que oculta algo.
Es justo cuando estoy llevándome el primer bocado a la boca que, por fin, a mi teléfono llega el esperado mensaje, a falta de otra cosa mejor.
«Por favor, encárgate de las niñas. No me esperes».
Mucho no es que se explique, pero al menos sé que está bien. No tardo ni medio minuto en recibir otro.
«Lo siento».
¿Qué? ¿Qué coño siente? ¿Qué quiere decir?
Vuelvo a leer el primero con el corazón en un puño. Ese «no me esperes», de pronto, lo veo con otros ojos. ¡Ay, Dios! No será como aquel que se fue a por tabaco y no volvió, ¿no?
Angustiada, levanto la vista del móvil y la clavo en ningún sitio en particular. No, él nunca haría eso. Sea lo que sea a lo que se refiere, él nunca…
—¿Tía? ¿Qué te pasa? —se interesa una Marta preocupada, mirándome con muchísima atención.
Fuerzo una sonrisa y niego con la cabeza.
—Nada, cariño. Nada.
—¿Y papi? —pregunta entonces la pequeña, como si poseyese el don de la clarividencia. Aunque supongo que, en realidad, no es más que una simple casualidad. De hecho, llevan toda la tarde tratando de averiguar cuándo volvería.
—Papi aún va a tardar, princesa. Le ha surgido algo. Pero ya veréis como mañana vais a poder pasar todo el día con él.
Y, en cuanto lo digo, rezo para que sea cierto. Yo, que no creo que eso ayude demasiado. Entonces, observo a mis pequeñas, tan tranquilas tras confiar ciegamente en mis palabras, degustando un enorme triángulo de pizza, demasiado grande para sus manitas. Y en mi fuero interno, sé que Chema jamás sería capaz de abandonarlas. No tengo ni idea de qué es lo que ha pasado, ni sé a qué se debe ese «lo siento», pero sí sé con absoluta seguridad que él adora a sus hijas por encima de todas las cosas.
Solo que, a la mañana siguiente, después de una noche casi en vela, esa certeza se ve empañada por su continuada ausencia. Son las doce de la mañana y sigue sin dar señales de vida, joder.
Agobiada, pero fingiendo una alegría y serenidad escalofriantes de cara a las niñas, salgo con ellas de casa de camino a la de Julián y Teresa. Tengo que moverme, indagar, conversar con alguien mayor de seis años sobre el tema o, si no, acabaré revolcándome en la desesperación.
—Anda, Laura, qué sorpresa. Entrad, entrad… Niñas, Sofi está en la parte de atrás —nos dice Teresa con una agradable sonrisa en cuanto nos abre la puerta.
Mis sobrinas no quieren oír más y corren hacia el jardín atravesando la cocina, mientras yo me dejo caer en una silla frente a Julián, que, con el móvil en la mano, se bebe con calma una cerveza. Al verme, levanta un segundo la cabeza y me sonríe a modo de saludo.
—Coge algo de beber de la nevera, Laura —me invita ella, echando unos trozos de carne en una olla.
—No, gracias, no me apetece nada. Yo venía… Venía…
Mi balbuceo capta su atención inmediata. Teresa abre el grifo y se lava apresurada las manos sin quitarme la vista de encima, mientras su marido deja el teléfono sobre la mesa y apoya los antebrazos en ella.
—¿Sucede algo? —me pregunta él, frunciendo el ceño ante mi nerviosismo ahora del todo evidente.
—Es… Che… Rubio.
—¿Qué pasa con él? —Esa es una preocupadísima Teresa, sentándose a mi lado y frotándose las manos en un paño.
—Pues… No sé. No ha venido. Él no… Ayer fue a trabajar y no… No sé nada desde…
—Espera. Respira —me pide Julián proyectando el cuerpo hacia mí—. Sé que ayer él y Colás tenían faena en la carnicería. ¿Qué quieres decir? ¿Que no ha vuelto a casa desde entonces?
—Sí, eso mismo —confirmo también con la cabeza, para dejárselo claro. Y entonces hablo casi de carrerilla—. No ha vuelto. No sé dónde puede estar. Y tampoco quiero preguntarles a sus padres para no preocuparlos. De todas formas, no creo que esté allí. Pensé… Pensé que a lo mejor habríais salido todos juntos, pero…
—No, yo no lo he visto desde el viernes. Y de haber salido con los demás… Sabes que habría avisado. —Julián se levanta y se echa las manos a la nuca, aunque parece más frustrado que angustiado—. Joder, con lo bien que parecía estar… —masculla entre dientes, paseando por la cocina.
Teresa suspira observando a su marido y yo, aunque no quiero, me siento en la obligación de hablarles de los mensajes.
—Ayer sobre las nueve me mandó un wasap diciendo que me ocupara de las niñas. —Obvio a conciencia las restantes frases y continúo dirigiéndome a Julián—. Yo también lo veía bien. No noté nada raro. Estaba contento, estaba…
—Estaba como antes de lo de Clara. Era el de siempre. Después de aquella horrible temporada en la que daba lástima, había recuperado las ganas de reír. De hecho, de un tiempo a esta parte, hasta parecía ilusionado de nuevo, feliz —dice Teresa con la vista fija en su regazo, como si hablase consigo misma.
—Sí, se suponía que ya había pasado todos los putos estados, joder. —Se impacienta Julián—. Tuvo su época jodida, la insoportable y ahora… ahora esto. Creí que este año su aniversario no traería cola, supongo que pequé de ingenuo.
Abro los ojos como platos. Entreabro la boca cuando noto que se me seca de repente y… quiero morirme. ¿Cómo he podido olvidarme? Joder, el aniversario de la muerte de Clara. Estamos a… ¿a qué día se supone que estamos? Como una loca busco un calendario por toda la cocina, hasta que encuentro uno muy pequeño pegado con un imán a la nevera. Aun así, veo con claridad que hoy es veinticuatro. Hoy hace dos años. Mierda, joder. ¿Qué clase de hermana soy?
Y ahí vuelve la culpa. De nuevo crece, me asola, extendiéndose por cada partícula de mi ser y ciñéndolas hasta hacer daño. Cierro los ojos y no logro evitar que se me escape un gemido de puro dolor.
—No pasa nada, cielo. A veces no sabemos ni en qué día vivimos. Yo me di cuenta apenas ayer, y solo porque me acerqué a mirar en qué día de la semana me coincidía la cita con el pediatra —me dice Teresa con cariño, mientras me aprieta una mano y adivina con increíble exactitud lo que acaba de ocurrir.
—Pero… Pero… No tengo disculpa, yo…
—Tú nada, Laura. Por Dios, con uno que se fustigue hoy es más que suficiente —me frena Julián dándole un manotazo al aire—. A ver, ¿dónde coño puede estar metido?
Trago saliva y me centro en su pregunta. Ahora Chema es lo más importante. Lo mío… No voy a considerarlo solo un despiste, pero ya no hay nada que pueda hacer.
Los tres permanecemos en silencio unos minutos, tratando de ponernos en su piel y descubrir dónde puede estar, pero a mí me resulta sumamente difícil. El jueves estuvimos tan bien… No entiendo nada. Puedo comprender que el día de hoy se encerrara un poco en sí mismo, que fuese diferente, pero esto… Esto no. Nadie puede fingir durante mucho tiempo un entusiasmo que no siente, y él estaba bien conmigo. Estaba bien. Conmigo. Joder.
No me da tiempo a desarrollar esos pensamientos, porque Teresa se levanta y alterna su mirada entre los dos con los ojos muy abiertos.
—En la casa. Seguro que está en la casa.
Julián se queda quieto, con la vista fija en ella.
—¿La casa? No la pisa desde… Joder, puede ser. ¿Quién sabe lo que se le ha pasado por la cabeza a este tío? ¡Vamos, no perdemos nada si al final no está allí!
Me incorporo como un resorte para acompañarlo. Tengo que encontrarlo. Verlo. Necesito verlo y saber cómo está.
Mientras Julián busca las llaves del coche y se cambia las zapatillas por unas deportivas, Teresa se acerca mucho a mí.
—Va a estar allí. Ya veréis. Y no te preocupes por las niñas, yo me hago cargo. Cógete el tiempo que necesites. O que necesite él, ¿de acuerdo?
—Muchas gracias, Teresa. De verdad. Por todo.
Ella me sonríe con ternura, sabiendo bien a qué me refiero.
—Nunca he conocido a dos hermanas que se quisiesen tanto como vosotras, Laura. Y no solo era amor. Era respeto, devoción… Era orgullo la una por la otra. Olvidar una fecha cuando respetas a sus hijas día tras día de la manera que lo haces… Eso es una estupidez. No te tortures por ello, por favor. Que nos conocemos.
—¿Tanto? —digo, intentado bromear y quitarle hierro al asunto. Era eso o perder del todo el norte. «¿También te parece que respeto a su marido acostándome con él, Teresa? ¿También?».
—Tanto —responde ella esbozando una sonrisa—. Todavía hay algo que se me escapa, estoy segura, pero sé que no eres tan dura como quieres aparentar. Sobre todo en lo referente a Clara.
Me la quedo mirando sin saber qué decir, porque tiene toda la santa razón. Pero, por suerte, Julián escoge ese momento para que nos vayamos.