Por nosotros
CAPITULO 17 » Chema
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Chema
Todo se ha ido a la mierda. Todo. En un instante. Con una puñetera frase.
Esa sensación pletórica en la que parecía vivir. Esa falsa realidad, esa lujuria desenfrenada, esa nueva vida inventada… Todo, un espejismo. Un puñado de vivencias divertidas y desatadas que dejé que me confundieran. Un mundo de sexo, de risas, de proyectos… Un mundo que no me pertenece.
¿En qué puto momento perdí la perspectiva, joder? ¿En qué puto instante creí que podría olvidarla? Y lo peor, lo peor y más jodido, es que por ese camino parecía buscar hacerlo. Cada día que pasaba constaba de más horas en las que no pensaba en ella, canjeando sus recuerdos por otras emociones que no debí permitirme. Recreándome en el cuerpo de otra mujer. Distrayéndome con las conversaciones de otra mujer. Jugando, riéndome, desahogándome, viviendo con otra mujer, joder. Cediéndole su lugar. Uno que prometí ante su tumba no darle a ninguna otra.
¿Y cuánto he tardado? ¿Cuánto? ¿Meses? ¿Semanas? Y ya no hablo del sexo, eso ahora incluso es lo de menos. Si me hubiese dedicado solo a follármela no habría sido para tanto. Pero es que Laura se está colando por cada hueco, está tocando más fibras que la sexual. Laura… Ella puede llegar a lograr que olvide a la mujer de mi vida. Y solo ese pensamiento es inconcebible. Desleal, tortuoso. Porque sé que jamás podré amar a nadie como quise a Clara. El trozo de corazón dedicado a ello se fue con ella. Yace en su tumba, envuelto en madera y cemento. Y así tiene que seguir.
Es que solo han pasado dos años… ¡Dos años! No sé en qué puñetero momento pensé que era buena idea dejarme llevar, seguir adelante aun sin ella. Es obsceno. Absurdo. Imposible. Ella está muerta. ¡Muerta! Y yo ni siquiera la lloré lo suficiente. ¿Qué clase de hombre se comporta así? Uno horrible y deshonesto. Yo, que me llenaba la boca declarándole amor eterno, que hubiese dado mi vida por ella… ¿En qué demonios me convierte el haber estado a punto de traicionar ese amor?
Clara era… única. Especial. Un ángel. Lo mejor que me ha pasado nunca. Algo que apenas me merecía. Y yo no soy capaz ni de guardarle el luto apropiado, joder.
La quería tanto… Tantísimo.
«Sí, la querías, pero no está, Chema, hace tiempo que no está. ¿De verdad ese amor es tan fuerte ahora?».
No. La respuesta me llega por sorpresa, sin haber considerado siquiera las palabras con las que mi mente me tortura. Apoyo la espalda en la pared y entrelazo mis manos en la nuca. Supongo que, si soy del todo honesto conmigo mismo, ese sentimiento imperioso se ha ido degradando con el tiempo, dando paso a uno más sosegado, más manso… Pero eso no significa que la haya olvidado lo más mínimo.
¡No, no, no! Claro que no la he olvidado. Claro que no. ¡No quiero olvidarla!
Con dedos temblorosos, me saco la cartera del bolsillo y clavo mi vista en la foto que guardo ahí desde hace años, suspirando aliviado cuando su imagen impregna mis retinas. Incluso desde el papel, su sonrisa hace desaparecer el miedo a perderla del todo, y sus preciosos ojos azules me miran trayendo consigo recuerdos largo tiempo reprimidos, como flashes llenos de vida que me hacen traerla de vuelta, aunque solo sea a través de mi imaginación.
Aquel día en que le pedí matrimonio. Fue verla de espaldas, tarareando inconscientemente una canción, observar su pelo rubio meciéndose y aquel perfecto lazo en su delantal… y supe que la quería así cada día de mi vida en mi cocina. En mi casa. Conmigo.
O cuando nació Llara y le dio por reírse a carcajadas entre lágrimas al descubrir que era pelirroja. Cómo la meció contra su pecho mientras me confesaba, avergonzada, que había temido no sentir por ella lo mismo que por Marta, al ser esta la primera; pero que sentía exactamente lo mismo. Un amor tan grande que el corazón se le quedaba pequeño. Me cayó una traviesa lágrima al oírla. Era imposible no emocionarse, ¿verdad?
O aquel mediodía, en el que me la encontré tirada en el suelo de la cocina, con el horno abierto, por el que salía un montón de humo. Estaba embarazada de Marta y, por lo visto, era la primera vez que se le quemaba la comida. Lloraba a moco tendido, hipando, con un disgusto tan exagerado que hasta resultaba cómico. No pude evitar reírme al tiempo que la consolaba, bromeando sobre sus alteradas hormonas hasta que acabé por arrancarle una sonrisa. Ni siquiera me acuerdo si comimos al final, pero sí que me pasé el mediodía haciéndole el amor muy despacio, repitiéndole una y otra vez que por mí podía quemarlo todo si después me dejaba aliviar así su congoja.
Alargo la mano hacia la botella, pero, en cuanto la cojo, la lanzo lejos. No solo está vacía, sino que no hay ron que consiga llenar este agujero que tengo asentado en el pecho.
Y pensar que el día comenzó como cualquier otro. Que hasta parecía un buen día.
Hasta que todo se fue a la mierda. Todo.
Volví de llevar a Adela al aeropuerto, escuchando música en el coche mientras calculaba cuánto nos llevaría colocar aquella pared de azulejos. También es verdad que en aquel momento creí que únicamente sería eso, y no que, ya que estábamos, también tuviésemos que levantar un murete de obra a modo de armario bajo.
A conciencia, y ahora me doy cuenta, ignoré el comentario de mi hermana sobre cuidar de Laura, que era una buena chica y que no la dejase ir. Lo interpreté como quise, como todo de un tiempo a estar parte, parece ser. Obviando que me hizo pensar demasiado en mi relación con ella y en que estoy viviendo de una manera del todo irreflexiva el presente.
Una vez en la carnicería, con esta cerrada al público y rodeados del olor habitual que desprende la carne cruda y sus restos, Colás y yo nos repartimos el trabajo y, muy cerca uno del otro, nos pusimos a ello sin hablar demasiado. Yo deseando acabar cuanto antes para irme a casa y él… Pues él, porque no es muy hablador. Solo que la cosa cambió cuando mi amigo, sin venir a cuento, con un ladrillo en la mano y la paleta llena de masa en la otra, se quedó mirándome con fijeza.
—¿Sabes? Nunca creí que diría esto, pero Laura te hace bien.
Tragué saliva y carraspeé sin saber qué otra cosa hacer. Pero cuando el silencio comenzó a resultar molesto entre nosotros, opté por eso de que una defensa es el mejor ataque. Y mentí, de nuevo mentí.
—No sé qué cojones crees que sabes, pero entre Laura y yo…
—Eh, eh… Yo no he dicho nada. Olvídalo. En todo caso, me alegro por ti.
—¿Que te alegras…? Joder, Colás, para ser tan reservado y tener que sacarte las palabras con sacacorchos, cuando quieres, eres un auténtico pelmazo —le solté, cabreado, lo que consiguió que esbozara una sonrisa torcida y resignada, y me diera la respuesta que menos me esperaba.
—Tienes razón. Venga, pregunta. ¿Qué quieres saber?
Y yo me quedé en blanco. Después de cuestionarme cientos de veces qué pasaría por su mente, de comentarlo con los demás incluso, en ese momento tardé lo mío en dar con la pregunta correcta. Tanto que él se me adelantó.
—Es por miedo, Rubio. Por inseguridad. Trato de evitar volver a pasar por lo mismo… Aunque con ello lo único que logre es no tenerla. —Y ante mi mirada estupefacta, prosiguió, burlándose de sí mismo—. Sí, tío, así de penoso soy.
—Bueno… Seguro que tienes tus razones para sentirte así. Y no eres penoso, solo…
—Solo doy pena. —Se rio él—. Puedes decirlo, ¿eh? Nela, de hecho, no se cortó un pelo.
—¿Ella…? ¿Ella lo sabe?
—Sí. Quizá no se lo expliqué con esas palabras, con ella no fui capaz de ser tan sincero, pero sí, ella sabe o se imagina de qué va la cosa.
—Y te dijo que dabas pena… —repetí asombrado ante su falta de empatía.
—Sí, eso y muchas más cosas. Aunque he de decir a su favor que con ella misma tampoco fue muy agradable. Si, en el fondo, somos más parecidos de lo que todo el mundo piensa.
—Entonces… Joder, Colás, no me lo explico. Si ella se equivocó por miedo y tú lo estás haciendo ahora…, poned algo de vuestra parte para remediarlo, ¿no? Se ve a las claras que os queréis, coño. No malgastéis vuestro…
—No es tan fácil, Rubio. Ojalá lo fuera. Nos hemos dicho demasiadas cosas… Quizá nos hemos hecho demasiado daño.
—Pero tú la quieres. Y ella a ti.
—Eso lo sé. Aunque he aprendido que quererse no lo es todo. —Cabeceó, colocó un ladrillo más y, todavía de rodillas, siguió hablando sin mirarme—. Estuve años tras ella, enamorado hasta las cejas sin atreverme a decírselo. Y ella igual. Te confieso, aunque parezca muy moñas, que el día que comenzamos a salir yo ya sabía que Nela era la mujer de mi vida. Que sería para siempre. La conocía, la quería… Y, por fin, estábamos juntos. Para mí estaba todo muy claro. Estábamos tan bien… Solo que, con el paso del tiempo, quise más.
—Ya. Y ella te dijo que no y mandó a la mierda todo, pero…
—Eso no fue lo peor —continuó, sentándose sobre sus talones y volviendo la vista hacia mí—. Habría entendido una negativa al principio, si se hubiese molestado en justificarla. Al fin y al cabo, todos conocemos algo de su pasado, ¿no?
Asentí con la cabeza. Lo cierto es que Nela no lo tuvo fácil con su padre. Era un auténtico desgraciado. Y estuve a punto de hacer un comentario al respecto, pero Colás siguió, embalado.
—No te voy a mentir. Habría dolido, mucho, pero creo que hubiese acabado convenciéndola. Joder, si incluso iba mentalizado con que me pidiese algo de tiempo antes de la boda, para hacerse a la idea y luchar contra sus fantasmas… Me lo repetí durante toda aquella cena, con la caja de la joyería quemándome en el bolsillo. —Meneó la cabeza y una mueca de dolor y rencor descompuso su cara—. Lo que no puedo perdonarle es que me echase de su vida de un plumazo, así, sin una puñetera explicación. Fue ver el anillo y salir huyendo, joder. No me cogía el teléfono, no salía a hablar conmigo cuando iba a su casa, me ignoraba en cuanto pisaba el súper… Dios, me sentí tan humillado… Llegué a pensar seriamente que todo lo vivido había sido una mentira, que no me quería como yo a ella, que…
—Ya, te entiendo. Y… Joder. Supongo que, cuando reaccionó, tu orgullo había crecido hasta hacerse descomunal, igual que tu cabreo.
—Sí, algo de eso hubo, no lo puedo negar —reconoció mientras asentía con la cabeza.
—Así que te propusiste hacérselo pagar liándote con todas esas tías, ¿no? —pregunté utilizando un tono ligero, intentando traer algo de humor sobre el tema.
—No hubo tías —me soltó mientras me miraba a los ojos, dejándome pasmado—. Bueno, sí, hubo una, pero me la follé sin sacarme a Nela de la cabeza ni un segundo, así que repetir la experiencia no me hacía demasiada ilusión.
—Pero… ¿Qué dices? Si…
—Ya sé, ya sé. Es que, en realidad, besé a muchas, coqueteé con más y, si te soy sincero, hasta disfruté, por primera vez en mi vida, de poder acercarme a las mujeres sin sentirme torpe o tímido. Supongo que el que no me importara mucho si me hacían caso o no es la clave, colega, porque éxito sí que tuve —expuso, acabando con un resoplido que me hizo reír por lo bajo.
—Increíble —mascullé mientras meneaba la cabeza, sin acabar de creerme lo que me contaba. Bueno, eso no, que realmente lo creía, pero, joder con Colás…
—Ya ves. No todo es lo que parece.
—Y que lo digas —comenté flipando. Pero también con ganas de saberlo todo, ya que estábamos—. Ahora es cuando llega la parte en que la que te acuestas con ella, me imagino.
—Pues sí. Un día decidí dejar de pelearme conmigo mismo y acercarme de nuevo a la que sí me importaba. Joder, me moría por ella, tío. A pesar de mi fama, era demasiado tiempo en dique seco.
Se me escapó una carcajada.
—Ya te vale —le reproché entre risas—. Y oye… ¿desde cuándo hablas tú tanto?
—Ya ves —repitió, torciendo sus labios en otra sonrisa de las suyas—. A veces viene bien soltarlo todo. Y creo que yo estoy en ese punto. Así que ya sabes, cuando te llegue el tuyo…
Volví a reírme ante su desfachatez y le lancé un ladrillo a las manos, que cogió a la primera y comenzó a extender la masa por un lado.
—¿Y bien? Follasteis, vale. Y después te dedicaste a darle de su propia medicina, ¿no? A lanzarle pullitas en público y…
—¿De qué hablas? Yo no hice nada de eso. Después de acostarnos le dejé muy clarito que solo habría sexo entre nosotros.
Lo miré con las cejas arqueadas, creyendo que ahora sí estaba faltando a la verdad. Pero él se apresuró a explicarse.
—A ver… Quizá no fue justo a continuación, pero no tardé demasiado. Todo o solo sexo. Se lo dije en perfecto castellano.
—Pero no entiendo… Si en la playa ella te gritó delante de todos que sí a todo, ¿no lo recuerdas?
—Oh, sí, lo hago. La que lo olvidó fue ella, que, cuando nos liamos y vio que yo no la presionaba con eso, me pidió seguir donde lo habíamos dejado. Y eso sí que no. De hecho, desde entonces, cada vez que sale el tema, la corto en seco.
—Pues a lo mejor deberías dejarla hablar. Tal vez haya cam…
—Y con respecto a las pullitas… —continuó él, ignorando mi comentario y apretando mucho la mandíbula—. Ella tampoco se queda atrás.
—Hombre, no, pero a veces se te va la mano. Todavía recuerdo aquel día en el bar de Paco. No sé qué coño pretendías echándole en cara su experiencia…
—Joder, se lo tomó por donde no era. Y luego dicen que los tíos solo pensamos en sexo. Yo me refería a su experiencia ante nuestra ruptura. Que no había aprendido nada de ella porque seguía en las mismas, coño.
Llegados ahí, me saqué un cigarrillo del bolsillo y me lo encendí con parsimonia, más sorprendido que otra cosa. Nunca me había imaginado tener una conversación de tal calibre con ningún tío, y mucho menos con Colás.
—Y ahora, ¿cómo estáis? —acabé por preguntar, a la vista de su ceño fruncido y su cara pensativa.
—Ya te lo he dicho. Yo, acojonado. No sé si con más miedo a perderla, o a que lo intentemos de nuevo y sea ella la que vuelva a acobardarse en cuanto la cosa se ponga más seria. Y tenemos una edad, ¿sabes? No soy ningún niñato, joder. Estoy cansado de no tener un hogar que considere mío. Con mis padres ya sabes que la convivencia no es muy fácil, son tan de la vieja escuela que me siento enjaulado. Y esta vida de soltero compartiendo piso con dos pasotas como Pedro y Gerardo no es lo mío. Soy un hombre que quiere una familia, joder. Y ella lo sabía desde el principio. Que soy de los que se casan. Mil veces le dije que odiaba no poder dormir con ella todas las noches. Quiero vivir con ella, conocer cada una de sus pequeñas manías, discutir por chorradas y reconciliarnos después. E hijos. Pequeños Colás y Nelas correteando a nuestro alrededor. Dios, ¿es tanto pedir? Quiero lo que tenías tú, Rubio. ¿Tan difícil es de entender?
Lo que tenía yo… Durante un instante, solo uno, me pregunté por qué me hablaba en pasado. Yo tengo eso en casa, me dije. Y entonces… Entonces perdí la sonrisa que mi boca había dibujado durante todo su monólogo, una llena de comprensión. Cerré los ojos y el mundo se me vino encima en forma de culpa.
Noté mis manos temblar, al tiempo que mi corazón no sé si multiplicaba o ralentizaba sus latidos. Solo sé que no iba bien, porque, por un segundo, hasta creo que olvidé cómo respirar. Y, en medio de todo ese caos, me atreví a ir un paso más allá. A acabar de revolcarme en la miseria. Me obligué a pensar sobre eso que llevaba todo el mes queriendo ignorar, relegándolo a esa parte del cerebro en que se guarda lo que no gusta, hiere o elegimos rehuir. Que al día siguiente hacía dos años de la muerte de Clara. Algo que odiaba, me hacía daño y tampoco podía evitar. Pero que había hecho lo posible por negar. Como si tratase de olvidarla a ella, joder.
—Rubio… ¿qué…? Joder, tío, perdona. No pretendía…
—Estoy bien. Estoy bien —repetí en trance, subiéndome a la escalera con uno de los últimos azulejos en la mano. Cogí mucho aire y no sé muy bien cómo pude acabar de colocarlos en su sitio.
Solo recuerdo responder a las siguientes palabras de Colás con monosílabos y, en cuanto terminé con la puñetera pared, mascullar algo sobre que acabara él o lo dejase para el lunes, antes de salir de allí escopetado.
Dudé de adónde dirigirme, sin encontrar, de pronto, un sitio en el que poder rumiar a gusto el odio hacia mí mismo que me consumía. Pero, tras una parada rápida en una gasolinera en la que el ron me pareció el mejor amigo con el que compartir esa situación de mierda, me encontré deteniendo el coche frente a la casa que un día construí para Clara. Para esa mujer que últimamente parecía empeñado en querer borrar de mi vida. Para ese ángel al que no supe cumplir las promesas que le hice. Tanto durante su vida, como mucho menos en su muerte.