Por nosotros
CAPITULO 18 » Laura
Página 60 de 113
Laura
—Aquí está su coche —dice Julián. Pero yo ni le contesto, con los ojos puestos sobre el vehículo, justo delante de donde hemos aparcado.
Abro la puerta y pongo los pies en el suelo, nerviosa y aliviada a partes iguales. Sí, aquí está su coche y seguramente él esté dentro, pero no sé con qué me voy a encontrar. Respiro hondo y miro hacia la casa temiéndome encontrarla descuidada, echada a perder después de tanto tiempo abandonada. Pero no. Todo lo contrario. Supongo que el hecho de que la hubiesen terminado por fuera antes del accidente influyó bastante en que eso no sucediera, disminuyendo las posibilidades de que cualquiera se colara dentro.
Aunque es la primera vez que la veo, al menos sin ser en planos, me la he imaginado tantas veces a través de las descripciones de Clara que hasta me resulta familiar. Y realmente preciosa.
Es una vivienda construida en piedra color arena y de dos pisos, con sus ventanas largas y balconadas en el superior, mientras un pequeño porche cubre la puerta principal. Esta, así como las ventanas, son de color marrón, a juego con las tejas de la cubierta. Sin embargo, a pesar de su sobriedad y de su altura, se muestra acogedora y sencilla, rodeada por una buena extensión de terreno con la hierba cortada a pocos centímetros del suelo.
Y, entonces, al darme cuenta de ese hecho, me giro en redondo y clavo la vista en Julián, que, con una sonrisa triste, también mira hacia la casa.
—La hierba… —susurro—. ¿Quién…? Vosotros, ¿verdad?
—Bueno… —Se encoge de hombros tras buscar mis ojos y apoya los antebrazos en el techo del coche—. Nos turnamos… Colás, tu padre y yo.
—Oh, Dios mío —murmuro emocionada. Y tan orgullosa de ellos… Estas son las personas que de verdad importan, las que no necesitan que pidas, sino que dan sin esperar nada a cambio—. Eso… es tan bonito…
Julián amplia la sonrisa durante un segundo, pero luego vuelve a componer esa mueca triste mientras se frota la frente.
—No podíamos permitir que… Joder, Laura. Tú no sabes la ilusión que le hacía esta casa a Rubio. Desde bien pequeños, cogíamos las bicis y nos veníamos a este lugar para sentarnos al filo del acantilado. Y cada vez que lo hacíamos me repetía que algún día construiría aquí su casa. Yo hasta me burlaba de él y de su obsesión con este sitio, pero…
—Lo hizo. Construyó la casa —susurro, apretando en mi mano la copia de la llave que la abre, una que Julián tenía en su poder y que me entregó al subir al coche.
—Sí, bueno… Aunque no sé qué piensa ahora al respecto. Esta debe de ser la primera vez que la pisa desde…
No acaba la frase. No hace falta. De nuevo, cojo todo el aire que me cabe en los pulmones y me dirijo a la puerta.
—Espera, voy contigo.
—No. —Ante su asombro por mi negativa, cambio el tono y trato de explicarme—. Prefiero hacerlo sola, Julián. Créeme, seguramente lo he visto en peores circunstancias durante aquellos primeros meses. Además, se va a sentir peor cuantos más entremos…
—Pero… quizá me necesites. O él. No sabemos cómo está.
—Por favor… —Cierro los ojos y dejo escapar un suspiro—. Espera aquí cinco minutos, ¿vale? Si no salgo a por ayuda, vete a casa. Yo volveré con él. —Y a la vista de que no parece muy convencido, insisto—. Por favor, Julián…
—Vale, vale. Pero, a la mínima duda, avísame.
—Lo hare, de verdad. Y gracias. Muchas gracias.
—Es mi amigo, Laura. Casi un hermano. Haría cualquier cosa por él.
Mis ojos recorren otra vez la gran extensión de terreno y asiento segura de ello.
—Lo sé. —Y, sin más, recorro los metros que me faltan para llegar a Chema. Es tanta mi impaciencia por verlo como mi recelo, pero me aferro a la primera y me cubro de determinación. No puedo dejar que estos metros se conviertan en un abismo entre los dos, aunque mucho me temo que eso es justo lo que ha hecho él escondiéndose aquí.
Más nerviosa a cada paso que doy, ni siquiera soy consciente de que utilizo la llave para entrar sin llamar hasta que estoy ya dentro.
Me recibe un vestíbulo amplio con un par de puertas a mano izquierda, una más ancha a la derecha y las escaleras al fondo. Todo es cemento, las paredes, el suelo y el techo. Lo único que rompe el gris seco y sin vida son los marcos de madera que dan paso a las estancias. Cojo mucho aire y, por empezar por algún lado, atravieso la de mi derecha, la que me lleva al salón, o al que lo será algún día. Y ya no necesito buscar más.
Chema está ahí, justo frente a mí, sentado en el suelo contra la pared contraria, con las rodillas hacia su pecho, la cabeza sobre ellas y las manos en su pelo. A su costado, un arsenal de colillas tan consumidas como parece estarlo él.
Suspiro hondamente y, de pronto acobardada, sin saber cómo proceder, recorro el cuarto con la mirada. Es enorme, todo lo largo de la casa, con ventanas en ambos extremos y una chimenea de obra a medio hacer justo a mi izquierda. Una mesa de plástico y un par de sillas como único mobiliario, sucias y abandonadas de cualquier manera, hacen del escenario un lugar lúgubre a pesar de la claridad que entra por los cristales. O quizá solo sea mi percepción, que anda pareja con esa impresión porque, ahora que lo he encontrado, lo veo todo un poco más negro. Sobre todo, lo nuestro.
Preocupada y muerta de pena, observo que Chema no se ha movido ni un ápice, ni mucho menos ha reparado en mi presencia. Freno las ganas de echar a correr para abrazarlo y camino muy despacio hacia él, pero tropiezo con una botella, que se desplaza por el suelo, y eso consigue llamar su atención. Levanta la cabeza y, un tanto confuso, clava sus ojos en mí.
No dice nada. Me mira sin parpadear apenas durante lo que me parece una eternidad, hasta que, mesándose el pelo, aparta su vista y la fija en los grandes ventanales que dan a la parte de atrás.
Sin saber muy bien cómo actuar, porque por una vez estoy siendo todo lo prudente que no suelo ser, recojo la botella vacía y la coloco sobre la mesa. No me sorprende que sea de ron, ya me esperaba lo peor, pero no puedo evitar ahogar un suspiro mientras me acerco un poco más a él, logrando que vuelva a reparar en mí.
Contemplo con un nudo en el pecho sus ojos enrojecidos, su pelo casi en punta de tan despeinado, sus ropas arrugadas y sucias… Y, sin pretenderlo, siento tal coraje al verlo así que incluso supera la lástima. Aprieto los puños y resoplo, tratando de que él no lo note. Supongo que lo último que necesita es justamente eso.
—Chema… —digo con tiento, aunque su nombre me sale casi en un gemido de tantas emociones que aprietan mi garganta.
Él no me contesta. Solo me mira y, maldita sea, no soy capaz de leer nada en esa mirada. Parece vacía, o quizá tan dolida que haya perdido su brillo.
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás así? —insisto, acuclillándome delante de él.
Silencio. Es lo único que hay entre los dos durante minutos enteros en los que me mantengo entera por pura fuerza de voluntad.
—¿No vas a decirme nada? —susurro cuando él baja la vista, notando como el nudo encoge ahora también mi estómago. Y la cabeza me arde, las manos me sudan y mi corazón galopa tan furioso que es posible que hasta lo escuche.
Otro minuto en el que lo único que oigo es mi descompasada respiración y después…
—Sí. —Al fin, Dios mío—. ¿Qué haces aquí?
Cierro un instante los ojos y me muerdo el labio inferior, pero me obligo a contestarle con calma.
—Estaba preocupada. Todos estamos preocupados por ti. Y tus hijas…
Él ahoga una especie de risa sarcástica, se lleva las manos a la nuca y deja caer la cabeza hacia atrás.
—¿Te das cuenta de que cada vez que te cabreas te refieres a ellas como mis hijas? Si no, son las niñas o…
—Por favor, Chema. No quiero discutir. Ni estoy cabreada. —Bueno, sí, comienzo a estarlo, pero sigo usando ese tono tranquilizador y pausado—. Vámonos a casa.
—No. Aún no. Vete tú. Tú… no deberías haber venido. —Descansa su frente sobre sus rodillas y continúa sin mirarme—. Deberías haberte quedado en Oviedo. Lejos. Lejos de mí.
Y ahora lo que siento en el estómago ha sido exactamente igual que una patada. Sabía que no iba a ser fácil, que incluso iba a doler; apostaba por que se pusiese a la defensiva o se enfadara, pero joder… esto no. Esto ni me lo había imaginado.
—¿Por qué…? ¿Por qué dices… eso? ¿Es lo que… quieres, Chema? ¿Que me…? —balbuceo, incorporándome, sin tan siquiera ser capaz de acabar la última pregunta.
Él niega con la cabeza, todavía en la misma postura.
—Yo… Yo… Vete de aquí, Laura. Sal de esta casa.
Le agradezco en el alma la última aclaración, pero sigo tan dolida por sus anteriores palabras, tanto… que eso en mí se traduce en ira, en frustración, en algo que, al menos, no hace tanto daño.
—Era esto a lo que te referías, ¿verdad? ¿Tu «lo siento» era por esto?
—¿De qué hablas? —Endereza la espalda y me mira confundido—. ¿De qué coño hablas ahora?
—De tu wasap. De tu puto wasap. Dímelo a la cara, joder. Dime que te arrepientes de…
—Los wasaps… —susurra meneando la cabeza y, entonces, endurece el tono sin llegar a gritar—. Laura, por Dios, vete. No me hagas decir algo que… Vete.
—No. He venido por ti y voy a llevarte a casa. Luego…
—¡Que te vayas de aquí, joder! No quiero verte. No ahora. No puedo verte. ¿Es que no lo entiendes? —se exaspera, dejando caer los brazos a los costados y apretando los dientes.
—No, no entiendo nada. Nada. ¿Qué diablos ha sucedido? Dímelo. ¿Es porque es el aniversario de Clara? No puedes…
—Joder, joder, joder… —Golpea su cabeza contra la pared en cada maldición, cerrando los ojos con fuerza—. Lárgate. Tú… Tú no me dejas pensar, no me dejas… Vete, vete, vete… —Y de nuevo cada palabra es merecedora de un nuevo golpe, lo que produce un sonido hueco, de campana sonando a muerte.
Por un instante, estoy tentada a hacerle caso e irme. No soy de las que se quedan donde no se las quiere. Pero, esta vez…, no puedo. Soy incapaz de marcharme y dejarlo así. Me mantengo anclada al suelo sufriendo por mí, por él… Impotente.
—No voy a irme, Chema —aseguro con rotundidad, intentando que cese de repetirlo a cada momento—. Dios, Chema… Por favor… ¿Qué te pasa? ¿Qué piensas?
Se incorpora tan rápido que se tambalea. Por inercia, doy un paso en su dirección para sujetarlo, pero él me aparta con un manotazo al aire y se aleja de mí.
—No… me… toques. Ahora… no. No lo… soportaría.
Vale, esto comienza a superarme. El daño que me hace con cada una de sus palabras no puedo compararlo con nada anterior. Porque me siento rechazada, humillada, abandonada por la persona a la que se lo he dado todo. Y sí, lo he deseado, anhelado y amado en silencio, pero una cosa es que me ignorara como mujer y otra que, después de lo vivido estos últimos meses, me aparte así de él.
—¿Estás borracho? —pregunto buscando una excusa a su menosprecio, por muy vacía que esta sea.
—Ojalá. Hoy necesitaba estarlo. Pero no. Ni eso duró demasiado…
No hay que ser una lumbrera para no coger el segundo significado de esa frase. O quizá es que estoy un poco susceptible. Como para no estarlo…
—No puedes permitir que esto te afecte tanto. Es solo un día más, Chema. Un día más de muchos. Habla conmigo, por favor. Dime… Seguro que te hace bien, todos necesitamos…
—¡Joder, no! ¡No quiero hablar! Y lo que necesito… ¡Necesito a Clara! ¿Puedes traerla de vuelta? ¿Puedes volver atrás y hacer que no coja el maldito coche? ¿Que ese hijo de puta no se quede dormido al volante? ¿Puedes? No, ¿verdad? ¡Pues cállate de una puta vez!
Se tira del pelo en cuanto acaba de hablar y, tras pasearse como un poseso por el cuarto mientras yo, inconscientemente, pongo distancia entre nosotros andando hacia atrás, termina por sentarse en una de las sillas que encuentra a su paso.
Y, joder, acabo de descubrir que todavía tiene el poder de hacerme más daño. Más chiquitita, más poca cosa.
—Tú no lo entiendes… —susurra, con los codos apoyados en sus muslos y la cabeza entre sus manos—. No lo entiendes…
—Sí lo hago. Yo también la quería. Yo también la echo de menos.
—¿Lo haces? ¿De verdad? —pregunta clavándome los ojos sin variar su posición.
—¡Claro que lo hago! ¿Qué insinúas?
—Nada —responde con una tranquilidad pasmosa después de su arrebato—. Nada. Es solo que… ¿Qué estamos haciendo, Laura? Tú y yo… ¿Sabes qué estamos haciendo? —Me callo, porque no sé qué contestar. Yo lo estoy queriendo, regalándole en cada beso un poco de ese amor, pero él… Él no sé qué piensa sobre nosotros.
—¿Por qué…? ¿A qué viene eso? ¿Tiene algo que ver con…?
—¡Tiene todo que ver, joder! Yo casi… Casi… —Se frena, frotándose las sienes—. Joder, olvídalo. No sé ni lo que digo.
Quiero y temo en la misma medida saber qué ha estado a punto de decir, así que, queriendo distanciarme emocionalmente un poco de toda esta tensa y dolorosa situación, me giro quedando de espaldas a él, con la vista perdida en lo que me muestran los grandes ventanales hasta el suelo que dan a la parte trasera.
Hierba, una extensa superficie verde que acaba en un acantilado. El mar al fondo, las montañas recortándolo, el cielo… ¡Oh, Dios! Es exactamente la misma estampa que en mi sueño. Son estas ventanas, es esta casa… No estaba equivocada. Es Chema. Siempre ha sido Chema. Es tanta la impresión que incluso me mareo. Y, de repente, el alivio galopando en mis venas, recorriendo mi sistema, no ayuda demasiado. Pero la frustración, el dolor y la incapacidad de borrar lo sucedido en la última hora parecen, al mismo tiempo, ganar la batalla. Porque puede que él sea el amor de mi vida, pero eso no significa que yo sea el suyo, ¿verdad?
—Laura. Tú no tienes la culpa, tú…
Ay, no. No quiero oír el típico «no eres tú, soy yo». Me niego a vivir algo tan trillado y estúpido. No con él.
—¿Tocas el piano? —lo interrumpo preguntando lo primero que me viene a la mente. No permitiendo que rompa esto que tenemos. Y, de paso, deseando aclarar cada pequeña cuestión de ese sueño que comienza a mezclarse con la realidad.
—¿Qué? —Y, en serio, no puede abrir más los ojos.
«¿En serio esperabas que lo tocase, Laura? Es solo un sueño. Puede que extraño, recurrente y cada vez más esclarecedor, pero un sueño».
—¿Quién coño te lo ha dicho? —demanda él entrecerrando los ojos y, aunque parezca cabreado, al menos a este Chema lo conozco, no es ese fantasma enfermizo y confuso que me he encontrado a mi llegada.
Pero… Espera, espera. A todo esto, eso es un sí, ¿no?
—Lo tocas —confirmo, para no darle opción a desdecirse.
Él resopla agobiado y luego suspira resignado. Se despeina un poco más a tirones y, cuando habla, lo hace casi entre dientes.
—No es algo que suela contar, joder. Solo lo saben mis padres, mi hermana y… Clara. Ella… Ella también lo sabía.
Oh, Dios mío… Madre mía…
—¿Te da vergüenza? —susurro con temor a que no se digne a contestar. Y también porque algo inmenso oprime mis cuerdas vocales y me impide hablar de otra manera. Ay, mi Dios…
—No. Bueno, algo… Es que… me encanta tocar. Y eso me da apuro, sí. Soy albañil, por el amor de Dios. Siempre he querido serlo —explica a regañadientes.
—¿Qué tiene que ver… una cosa con la otra?
Él niega con la cabeza y luego la sostiene entre sus manos.
—Mi madre se empeñó. Desde los cuatro años me llevaba hasta Luarca tres días a la semana para que aprendiese, pero… a mis amigos les decía que iba a clases de artes marciales. ¡Es que era ridículo! Y más lo fue cuando a los siete comenzó a gustarme. Con trece me planté y me negué a ir más, cuando otras cosas pasaron a parecerme más importantes. Pero nunca dejé de practicar en casa. Me relaja, me… —Se calla y me mira con los ojos entrecerrados y la mandíbula apretada antes de terminar susurrando—. Estos dos últimos años apenas he podido hacerlo… No podía.
—¿Por qué? —me atrevo a preguntar.
—¿Por qué? —suelta una brevísima risa sarcástica y entrelaza sus manos entre sus rodillas—. Bueno, esto te va a parecer estúpido. Es estúpido. Pero, Jesús… —Se frota los muslos, nervioso, y vuelve a unir sus dedos—. Tengo un sueño… No. A ver… Quiero decir que… que muy a menudo sueño algo… Siempre lo mismo. Yo aquí, en este salón, tocando… Y Clara, justo ahí, donde estás tú. ¡Qué irónico, joder!
Me quedo de una pieza. Absorta. Perpleja. Asustada. Emocionada. Ilusionada, joder. ¿Cómo…? ¿Cómo es posible?
¡Ay, Dios! ¡Mamá! ¿Qué leches significa esto?
—Camina hacia mí… —continúa él ajeno a mi estupor—. Se sienta en mi regazo y luego… desaparece. Nunca puedo alcanzarla. Se evapora. Se va…
—¿Desde…? ¿Desde… cuándo?
—¿Qué?
—¿Desde cuándo sueñas… con eso?
—No sé. Hace mucho. Pero… Pero ahora… Ella ya no está, se ha ido, y para siempre. ¿Por qué sigo soñando que toco para ella aquí, en esta casa? Es una especie de tortura… de engaño. Y va a más. Es repetitivo y agotador, es…
—¿Cómo…? ¿Cómo sabes que es… Clara? —tartamudeo, esperanzada y aterrada a partes iguales, si eso es posible.
—¿Qué clase de pregunta es esa? Lo sé. Es ella.
—¿Estás… seguro?
—Sí. Es ella. Tiene que ser ella. —Se enfada, enderezándose en la silla—. ¿Por qué lo dudas? Que fuese otra no tendría sentido.
—No, no lo tendría. ¿Verdad?
—Desde luego que no. No necesito verle la cara para saber que se trata de ella, joder. ¡Era mi mujer, la reconocería donde fuera! Construí esta casa para ella, ¿quién coño va a ser?
Y ahí está. La confirmación de que no es ella. Soy yo. Es el mismo sueño, por el amor de Dios, claro que soy yo. La ilusión y la sorpresa ante esta confesión no impiden que la ira comience a hervir a fuego lento. Por engañarse, por no ver más allá de lo que quiere ver, por no aceptar esto que ya hay entre nosotros, esto tan maravilloso que podríamos tener si no se obcecara en el pasado. Y no es que no comprenda su punto de vista, hasta hace nada yo pensaba igual, empeñada en vivir en él, considerando que mis actos perjudicaban a Clara como si aún estuviese viva. Pero no lo está, esa es la diferencia. Y nosotros sí. Tan vivos… Joder.
—¡Claro! ¿Quién coño va a ser? —me escucho decir, dándole a mi tono el justo sarcasmo para que le pase desapercibido—. Pero te equivocas en una cosa, Chema. No construiste esta casa para ella, sino para ti. Era tu ilusión, tu sueño, tu proyecto… Como tú quieras llamarlo.
Él me mira espantado. Casi horrorizado. Y, al momento, ofendido.
—¿Qué cojones estás diciendo? Yo la hice para ella. Tuve en cuenta sus gustos, sus…
—Sí, sabías que le gustaba la piedra y el aluminio en marrón. Enhorabuena. —Bajo un poco el tono, a sabiendas de que lo próximo no va a gustarle nada—. Lo que no sabías era lo mucho que le disgustaba vivir a casi dos kilómetros del pueblo. El miedo atroz que le tenía a sacarse el carnet de conducir. Lo mucho que disfrutaba viviendo a dos calles del supermercado y a tres de la casa de su padre.
Él me mira más atónito y enfadado a cada palabra dicha. Incluso se pone de pie y se tensa entero, pero no estoy mintiendo y ya no hay quién me frene. Quiero abrirle los ojos, quiero que, por una vez, contemple una verdad que no es la misma que la que él ve. Quiero que se encuentre a sí mismo, a ese Chema de antes de Clara.
—Lo hiciste por ti, Chema. Reconócelo, no es nada malo. De la misma manera que ella habría venido a vivir aquí con la mejor de sus sonrisas, encantada de compartir contigo tu mayor deseo. Eso tampoco es malo. Es una de las muchas cosas que se hacen por amor.
—Pero… ¿quién coño te crees que eres? ¿Cómo te atreves a decirme algo así? ¿Y qué cojones sabrás tú lo que se puede llegar a hacer por amor? ¡Si no has amado en tu puta vida, tú misma me lo dijiste, joder! No sé si tan siquiera sabrás hacerlo.
Sus palabras me golpean con tal fuerza que doy un paso atrás, pero estoy demasiado pegada al cristal y solo se queda en un intento. Y, entonces, llevada por la inercia y por la ira que también ha despertado, comienzo a andar hacia él.
—Es la puta verdad. Asúmela, joder. Y comienza a asumir otras que no tienes los cojones para hacer.
—¿Te has vuelto loca o qué? —me suelta después de casi el minuto entero que le lleva asimilar mis palabras—. ¡Yo conocía a Clara! Era mi mujer, yo sabía…
—Yo también conocía a Clara. Era su hermana. Con la que se sinceraba. Y también te conozco a ti, Chema, aunque ahora mismo no sé ni lo que somos. ¡Qué pena que tú no me conozcas a mí en lo más mínimo, joder!
No le doy opción a réplica. Salgo de la casa con un portazo y tengo que reconocer que los dos kilómetros a pie me dan para mucho. Para demasiado. Para arrepentirme de mi arrebato; para secar a manotazos las lágrimas de dolor y rabia que desprenden mis ojos sin pedir permiso; pero, sobre todo, para darme cuenta de que tiene que ser él el que luche contra sus fantasmas. Yo solo puedo ofrecerle espacio cuando lo necesite y seguir escondiendo lo que siento. Este amor desagradecido, silencioso, aunque tan inmenso como los kilómetros de bosque que se extienden a cada lado de esta carretera, a veces tan oscuro como la sombra que proyectan, pero, increíblemente, cada día con la esperanza brillando con más fuerza, como ese rayo de sol que se cuela entre las copas de los árboles.
No va a ser sencillo, ni parece que mañana, pero tal vez lo logremos. Tengo que ser fuerte y aferrarme a lo que vivimos estos meses, porque no puedo creer que para Chema no hayan sido igual de maravillosos. Y a ese sueño compartido. Ese sueño… Dios mío. Me niego a creer que sea una ilógica coincidencia.
Un presagio, otro indicio, otra señal… Eso suena infinitamente mejor.