Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 18 » Chema

Página 61 de 113

Chema

 

 

La cerveza me sabe agria, avinagrada. Frunzo el ceño, la dejo sobre la mesa y le miro la etiqueta. Es la misma de siempre, pero… no lo es. Aunque, ahora que lo pienso, nada parece lo mismo desde hace unos días. Todo me sabe peor, nada me satisface… Al final no es la cerveza. Soy yo. Yo y mi mierda de vida.

Apoyo la espalda en el respaldo del sofá y cruzo los tobillos al tiempo que me rasco la barba. Me pica, está demasiado larga, en ese punto en que ya me resulta incómoda. Pero no me apetece afeitarme; a duras penas quiero salir de la cama como para ponerme con rituales que no son absolutamente necesarios.

Eso es lo que hago, lo absolutamente necesario. Comer, dormir, trabajar y estar con mis hijas. Y no es una depresión lo que atravieso, no, eso lo sé con seguridad. Es más bien un castigo impuesto. Sí, podríamos llamarlo así. No pensar demasiado, no vivir demasiado, no disfrutar nada. O nada que no sea absolutamente necesario.

Una sonrisa irónica curva mis labios sin pensar. Soy la imagen perfecta del patético más grande que haya visto Asturias… O España, ya puestos. Quiero pensar que por ahí, en todo el mundo, habrá alguien igual o peor que yo, solo por consolar un poco mi ego.

—Sí, tienes que afeitarte —oigo que me dice Laura desde la cocina. Levanto la vista y la miro, percibiendo que todavía sigo frotándome la mandíbula.

Retiro la mano y frunzo el ceño. Eso ha sonado tan a… esposa. ¡A esposa, joder! Con ese tono dulce que esconde un justo y merecido reproche. Y, por encima, vistiendo una de esas camisetas que en ella son mejor que la lencería fina.

La observo abrir la nevera y sacar una botella de agua, de la que bebe a morro. ¿Y por qué también tiene que hacer eso, a ver? Pero la cosa empeora cuando el líquido se le escurre por las comisuras y ella se limpia acariciándose el cuello, metiendo incluso las manos bajo su escote con una risita tonta. Jesús…

Desvío la mirada y la clavo en la puerta de la nevera, como si lo que hay allí pegado con imanes fuese, de pronto, superinteresante. Además, ¿desde cuándo está tan llena de cosas? Lo cuelga todo ahí, desde la lista de la compra hasta el último dibujo de las niñas. ¿Es que no tenemos cajones? Clara odiaba usar la nevera como el corcho de notas del instituto. La tenía impoluta, y ahora… Ahora, de repente, me molesta una barbaridad cada papel allí colocado. Me irrita que Laura no use un vaso, que se pasee a medio vestir y que… no pueda tocarla. Mierda, eso es lo que más me cabrea. Así que, como el hombre inteligente que soy, me levanto y comienzo a retirar de esa puerta todo lo adherido a ella, relegándolo a continuación al cajón inferior, donde solemos guardar todo lo que parece no tener un sitio concreto.

—¿Qué…? ¿Qué haces? —pregunta sorprendida.

Gruño mentalmente y Laura enarca una ceja. Vaya, por lo visto no ha sido solo en mi mente. Es que estoy enfadado. Conmigo mismo, con la vida… Y un poco con ella, sí. Aunque no tenga sentido y, todavía menos, motivos. Porque se supone que la sinceridad es una virtud, pero las verdades que me dijo… dolieron. Y volvieron a escocer cuando Teresa me las corroboró. Es que necesité preguntárselo. Era algo que me corroía. ¿Cómo pude yo no verlo? Clara era mi mujer… ¿Por qué no me lo dijo? ¿Por qué?

«Quizá porque ya le enseñaste la casa hecha, idiota. ¿Acaso le preguntaste lo que quería en algún momento?».

No. Bueno, siendo justos, sí se lo comenté, pero no llegué a preguntarle si la quería. Di por hecho que algo que a mí me hacía tanta ilusión… se la haría a ella de igual manera. Lo que quiere decir que no solo soy un arrogante estúpido, sino que no la conocía tanto como creía. Y eso quizá es lo que me carcome. Eso, junto con todo lo demás, me convierte en el marido de mierda que hace tiempo creo ser.

Mi parte lúcida y espabilada, y aquí no uso la ironía, sabe que no es para tanto. Un malentendido, un no hablar demasiado las cosas, ambos, Clara y yo… Pero, claro, cuando una gota cae en un vaso ya colmado, pues… se derrama.

—Chema… ¿estás bien? ¿A qué viene esto? —insiste Laura, mirándome con tanta fijeza que hasta temo que adivine lo que mi torturada mente piensa.

—Quiero la puerta vacía, si no es mucho pedir.

—Vale, me parece bien. Solo tenías que decirlo y no hubiese colocado nada en ella.

—Te lo estoy diciendo ahora.

—De acuerdo. La puerta de la nevera es un punto limpio. ¿Algo más? —Y la muy puñetera no está ni un poco molesta. Su tono es casi divertido, como si le hiciese gracia este ataque de pulcritud que me ha dado.

—No sé. Si se me ocurre algo, ya te avisaré.

—Claro, claro, no te cortes —dice con una sonrisa que oculta mordiendo sus labios. Algo que, muy a mi pesar, me resulta adorable.

«Ay, no, ni lo pienses. Aléjate de ella. Ahora».

Ya de nuevo en el sofá, cambio de un canal a otro, esperando que se vaya para poder dejar de hacer el ganso con el mando, porque lo que de verdad me apetece es seguir rumiando a solas un buen rato. Pero Laura no se mueve. Puedo verla por el rabillo del ojo, quieta como una estatua en el mismo sitio en el que la he dejado, observándome.

Me está poniendo nervioso con su inmovilidad y escrutinio, en serio, pero eso no es nada comparado a cómo me galopa el corazón en el pecho cuando veo que comienza a andar. Hacía mí. Porque sí, reconozco que la he estado evitando como el cobarde que soy, pero era lo menos complicado, que no lo más fácil. No, Dios sabe que mantenerme lejos de ella es de todo menos fácil.

—Oye, Chema…

—Dime, Laura —contesto inhalando mucho aire mientras apago la tele—. ¿Pasa algo?

—Pasan muchas cosas —suspira ella—. Pero vamos a empezar por una, ¿te parece?

—¿Qué? ¿De qué…?

—Mira, el otro día… En fin, quiero pedirte perdón. Porque el otro día no quería decir lo que te dije, ¿vale? —Hace una pausa mirando un punto fijo tras de mí y menea la cabeza volviendo a buscar mis ojos—. Bueno, la verdad, sí quería, pero no de la manera que te lo solté. O también, pero… Vamos, que… Vamos, que, aunque quería decírtelo, no debí hacerlo. O tú opinas que no debía y eso me basta para pedirte que me perdones, porque…

—Alto. Para. No tienes que…

—Déjame acabar ahora que me he lanzado —me pide, sentándose a mi lado y poniéndome dos dedos sobre la boca—. Si te lo dije fue… porque me jode un montón que no sigas adelante con un proyecto que te hacía tanta ilusión. Quizá es lo que necesitas para darte cuenta de que tienes una vida que vivir después de Clara, de que…

—Ya sé que tengo una vida —la interrumpo apartando su mano—. Lo sé, Laura.

—¿Lo sabes? Entonces… ¿por qué no lo haces? Justo cuando empezabas a hacerlo, es el aniversario de su muerte y vuelves a…

—¿Empezaba a hacerlo? —repito sintiendo demasiado calor en cada una de mis venas—. ¿Lo dices porque follábamos?

Laura abre mucho los ojos y ahoga un gemido al tiempo que empalidece. Y yo siento más calor, pero de puro remordimiento. Porque eso ha sido cruel. Una gilipollez de las grandes. Pero vuelve a tener razón, vuelve a tenerla y eso parece anular mi empatía y mi consideración. Porque esa razón me quema, rompe mis esquemas, anula mis defensas, reduce a cenizas cada una de las promesas que le hice a Clara. Esa razón me convierte en un hijo de puta y eso no es lo peor. Lo más horrible es que lo soy con las dos. Con mi esposa y con ella. Con la que he estado a punto de olvidarme de la primera, confundiendo lujuria con amor. Sexo con sentimientos.

Cierro un instante los ojos para no ver los de Laura, que no los aparta de mí aunque parezcan dos ascuas ardientes. Ira y dolor. Las mismas emociones que llevan torturándome desde aquel maldito día.

Mascullo un taco y agarro sus manos sin pensar, aborreciéndome por hacerle daño. No puedo comportarme así con ella. Con ella, no. No puedo obviar el hecho de que Laura solo me ha dado cosas buenas. Y aunque quizá sí sea ella la causa de que esté tan jodido, también sé que no es la culpable y no se merece que descargue con ella mis frustraciones. Ya lo hice antes y en muchas ocasiones. No más, y menos después de la intimidad que compartimos. Aunque eso sea algo que tenga que zanjar. Algo a lo que me obligo, aunque una parte de mí grite desquiciada ante la idea. Pero es la única manera que encuentro de respetarlas. A las dos.

—Lo siento —digo en voz baja, más que nada para que no sea tan evidente lo difícil y duro que es tener que renunciar a lo que teníamos—. Perdóname, por favor. Sabes que… que, cuando algo me supera, me vuelvo gilipollas. Lo siento. Eso que he dicho… ha estado totalmente fuera de lugar.

Ella mueve su boca en una pequeña sonrisa y rescata una de sus manos de entre las mías para acariciar mi mejilla.

—En realidad, el que parece fuera de lugar eres tú desde hace unos días, Chema. Desde… Bueno, desde aquel día. ¿Quieres hablarlo? Puedes hacerlo conmigo, ¿sabes? Sé que…

Deja de hablar cuando suspiro con fuerza y niego con rotundidad.

—No quiero hablar, Laura. Yo… nunca he sido muy bueno para eso. Yo…

—No, tú prefieres guardártelo todo. Pero eso no es sano.

Cabeceo y trago con fuerza antes de continuar. Porque es el momento. Ahora o nunca. Aunque, en realidad, no quiera hacerlo. Pero cuando el deber y el tener están involucrados, el deseo es el que tiene las de perder.

—Lo que no es sano es… lo que hacíamos.

Entrecierra los ojos y su cuerpo se mueve unos milímetros hacia atrás, por lo que prosigo muy deprisa, al tiempo que mis manos aprietan las suyas manteniéndola a mi lado.

—Sé que soy un hipócrita al decirte esto cuando yo fui el que lo propuso. Y no voy a negar que… —«Que te sigo deseando como el primer día». Carraspeo y omito esa frase que únicamente empeoraría la situación—. Laura… No quiero perderte, por eso…

—No vas a perderme —dice muy rápido.

—Por eso, porque no quiero hacerlo, es que tenemos que terminar con… con… Dios, no soy capaz ni de ponerle un nombre.

—Pero… —Ella se muerde el labio inferior y abre varias veces la boca sin emitir sonido alguno antes de volver a hablar—. Pero… ¿por qué vas a perderme por seguir acostándote conmigo?

—Por favor… Por favor. No me lo pongas más difícil —ruego mientras la suelto y entrelazo mis manos entre mis rodillas.

—No quiero ponértelo difícil, Chema, solo entenderlo. Nosotros… nos lo pasábamos bien, ¿no?

—Sí, demasiado… —mascullo por lo bajo, tragando con fuerza con la vista fija en el suelo. Pero me fuerzo a mirarla a los ojos antes de proseguir—. Tenemos que parar, Laura. Porque no quiero hacerte daño… No es por ti, de verdad, es…

—Oh, por Dios, no lo digas. Y ¿qué es eso de hacerme daño? Tú no…

—Sí, ya sé lo que vas a decir. Solo era… sexo. Pero… No sé, Laura, se nos estaba yendo de las manos, ¿no crees?

—¿Sí? ¿Lo crees tú? —me pregunta tras un par de segundos en los que me ha observado pensativa, de una forma que no quiero ni interpretar.

—Mira… No sé —contesto apresurado, precisando terminar con esto de una vez—. Lo único que sé es que… no puedo continuar. No puedo, Laura. Se acabó.

Mis palabras, más tajantes de lo que pretendía, le hacen dar un respingo y separarse de mí. Se retuerce las manos en su regazo y mueve los ojos hacia todas partes, como si no fuese capaz de aguantarme la mirada. O quizá se encuentre perdida. Tanto como yo.

—¿No puedes o no quieres? —susurra un poco después, mientras yo no he sabido hacer otra cosa que esperar a que hablara, temiendo a la vez el momento en que lo hiciera. Y joder si tenía que temerlo. Porque ha dado con la pregunta justa. Esa con la que yo mismo me peleo desde aquel puñetero día. Pero no puedo explicarle lo que sucede dentro de mi cabeza. No sabría ni por dónde empezar y es más que posible que ni me entendiese, porque a veces no lo hago ni yo.

—Laura, de verdad que lo siento. Mucho. Pero es lo mejor. Nunca debimos. Lo nuestro… Lo nuestro no… —«No tiene futuro». Y esa es otra frase que soy incapaz de pronunciar.

Pero ella parece comprenderme. Supongo que tampoco era muy complicado hacerlo, ¿no? Las bases estaban claras desde el principio, quizá aquí el único que no ha contado con las consecuencias he sido yo.

Me sonríe con tristeza y asiente lenta y suavemente con la cabeza mientras se muerde el labio inferior con ganas. Y no sé si es que mi cerebro está medio frito o qué, pero de repente me veo tirando de él con mis dedos, rescatándoselo para que no se lastime.

Y ahí es cuando ella reacciona como me esperaba desde un principio. Se incorpora presurosa y camina hacia la puerta que lleva a los dormitorios. Yo respiro hondo viéndola marcharse, pensando que he hecho lo que tenía que hacer, lo mejor para los dos; aunque ahora mismo, en realidad, no esté muy seguro de ello y me sienta como una mierda.

Pero, cuando creo que lo peor ya ha pasado, ella se gira antes de atravesar el umbral y me mira muy seria.

—Termina esa casa, Rubio. Hazlo por ti. Solo por ti —subraya—. En serio, te vendrá bien. Porque no estás viviendo, solo sobreviviendo. Y lo más jodido es que creo que, en realidad, te obligas a ello.

—¿Qué…? —Me levanto tan sorprendido como molesto.

—Créeme. Sé muy bien de lo que hablo —sostiene, con esa sonrisa triste y una ternura infinita que me desarma.

Cuando me doy cuenta de que sigo de pie como un pasmarote pese a que ella ya se ha ido, inhalo mucho aire y me dejo caer en el sofá masajeándome las sienes. Eso de la locura, ¿cómo va? Porque al final voy a acabar por volverme loco. Es que… puta vida. ¿Cómo es posible que Laura parezca saberlo todo, leerme como un libro abierto? Lo ha vuelto a clavar. Palabra tras palabra. Aunque… ¿qué es eso de que sabe de lo que habla? Eso no lo comprendo, me descoloca, porque Laura es la mujer más fuerte que conozco. La más alegre, la más valiente, realista y tenaz. Escondida tras su deslenguada franqueza y su impulsiva locura, Laura fue la que tiró de todos nosotros tras la muerte de Clara. A pesar de su dolor, siempre estuvo ahí, regalándonos su enorme sonrisa, desplegando tozudez y mala leche cuando era necesario, pero siempre, siempre ahí, en pie, sin desfallecer. Entonces… ¿qué ocultas, Laura?

 

«Alguien está sentado a la sombra hoy porque alguien plantó un árbol hace mucho tiempo».

Warren Buffett.

Ir a la siguiente página

Report Page