Por nosotros
CAPITULO 19 » Chema
Página 63 de 113
Chema
—Papi, papi, van a llegar todos y tú estás durmiendo.
—Mmm… —murmuro saliendo de mi inconsciencia pero totalmente contrario a la idea.
—¡Papi! ¡Despierta, ya! Jo, estás dormido como un árbol.
—Se dice como un tronco, Llara.
—Vale, Marta. Pero es lo mismo.
—No, los troncos suelen estar tirados en el suelo, en horizontal, por eso se dice «como un tronco». ¿Alguna vez has visto dormir a alguien de pie? ¿Y cómo están los árboles, eh? Pues en pie, en vertical…
—¿Emmm? —Abro un ojo y lo fijo en Marta, a menos de medio metro de mí—. Vale, vale, lo he captado. Yo soy el tronco, supongo.
—El mismo —dice mi pequeña, pegada a su hermana y soltando una risita—. Venga, arriba, tienes que ir al baño y…
—¿A la ducha? —Me rasco la barba, un poco más larga que la semana anterior, y a la vez levanto un brazo para olerme el sobaco—. Dios, ¿tan mal huelo?
Marta hace una mueca de asco al ver mi gesto, o eso creo, porque oler, huelo, pero a desodorante. Ahora que me despejo del todo, recuerdo que me duché antes de comer, al venir del trabajo. Por cierto…
—Hoy es viernes, ¿no? —pienso en alto.
—Claro que es viernes —corrobora Llara con otra risita—. Venga, papi, al ba…
—Espera, espera. Ya estoy duchado y… —El ruido de unos platos me hace incorporar la cabeza y mirar hacia la mesa, donde Laura está afanada en colocar un montón de ellos—. ¿Qué…?
—Tienes que afeitarte. Cuando hay fiesta, tú siempre te afeitas —sigue mi hija menor explicando algo que se escapa a mi lógica.
—¿Qué…?
—Papá… Hoy celebramos el cumple de la tía, ¿te has olvidado? —Esa es Marta, con los brazos en jarras. Igualita a Laura cuando se enfada, oye.
Miro de nuevo hacia la cocina y veo que la aludida me devuelve la mirada con las cejas arqueadas. Pues sí, mierda, lo había olvidado por completo. Últimamente parezco ido; supongo que esto de no querer pensar demasiado es lo que tiene.
El lunes fue su cumpleaños y ya habíamos hablado unas semanas atrás, antes del dichoso día en que todo se complicó, que haríamos una cena en casa para nuestros amigos. Así también participarían las niñas, junto con Sofía, lo que les haría mucha ilusión. Y por sus caras y sus prisas, pues va a ser que sí se la hace.
Me levanto y, bastante incómodo por mi despiste, me froto las manos en los muslos.
—Debiste despertarme para que te ayudara. —Y esa es mi patética disculpa.
—Nah, todo controlado. Puedes ir a arreglarte, si quieres. Teresa va a traer la comida y Nela el postre, así que…
—Oh, vaya, eso sí que son amigos…
—Sí. Y, además, creo que querían cenar bien —dice con una sonrisa, consiguiendo que yo esboce otra involuntaria ya de camino al baño.
Me toco la barba delante del espejo y considero solo recortármela. Acabaré mucho antes y tampoco es que tenga que impresionar a nadie. En todo caso, a Laura siempre le gustó más de esa manera que rasurada, así que…
Espera, espera… ¿Qué coño estoy pensando? Si por algo me fuerzo a no hacerlo, porque, en cuanto me despisto, a mi cabeza se le ocurren insensateces. Lo de Laura se ha terminado. Es a la que menos quiero gustar. Es más, lo que me encantaría es que ella dejase de gustarme a mí. Un poquito. Solo un poquito. Me conformaría con desearla como al principio, y no con esta hambre desmesurada y desquiciante con la que lo hago ahora, después de haberla tenido.
Ay, no. Por ahí vamos mal. Muy mal. Cojo la máquina y me estiro la piel de la mandíbula para comenzar a pasarla. Pero como lo de no pensar en nada es una utopía, mi mente vuelve a las andadas.
Además del sexo, la echo de menos. A ella. Y eso es triste de cojones viviendo juntos como lo hacemos, pero así es. No es que no nos hablemos ni mucho menos. De hecho, nuestra convivencia es tan cordial y agradable que a veces asusta. Somos como los protagonistas de esa película que vi hace años, Las mujeres perfectas, creo que se titulaba; pero aquí los dos parecemos convertidos en robots o lo que fuera que les hacían a las víctimas de la conspiración esa. Yo la trato con guantes de seda, en un intento de compensarla por mi rechazo, sintiéndome culpable sin saber muy bien por qué.
Y ella… Pues no sé. Pero parece haberse hecho con toda la paciencia del El Pilar, porque tampoco protesta por nada, sale menos que nunca y está de un amable que espanta. Y, Dios, yo añoro incluso nuestras discusiones, por muy absurdas que fueran; y las conversaciones durante horas, las peleas por el mando de la tele, las bromas, las risas… Pero no puedo retomar eso. Tampoco eso. Una cosa sé que llevaría a la otra en un santiamén. Y esa también es una pregunta que me hago a diario: cuál es la peor traición. ¿El sexo o la complicidad? ¿Follar o ese apego que crecía día a día? Es difícil dar con las respuestas, tanto como evitar hacerme las preguntas.
Y de esas tengo hasta para regalar. Mi cabeza parece un hervidero de ellas, pero hay una a la que le he dado muchas vueltas. Muchas. ¿Por qué no termino la casa y la convierto en un hogar para mis hijas? ¿Por qué no? Le hiciera más o menos ilusión a Clara, ella querría que yo disfrutara de esa vivienda. Y mis hijas también lo harán, crecerán en un paraje único, corretearán por el jardín, se divertirán en los columpios que les construiré y, en verano, invitarán a Sofi a casa para bañarse en la piscina que colocaré. Y, mientras sueño con todo esto y lo llevo a cabo, mi mente permanecerá ocupada, un tanto alejada de la tentación que supone Laura. Todo son ventajas. Todo…
—Papi, papi, ya están aquí todos. ¿Te falta mucho?
—No, no, ya voy. —Repaso la zona del bigote, lo único que me queda, y me lavo la cara antes de salir del baño, secándome las manos en el pelo ya en el pasillo.
Al entrar en la cocina, veo a Teresa y Laura meter algo en el horno, mientras Julián, Pedro y Colás se han acomodado en el salón. Las niñas, entusiasmadas, se encaraman a la mesa y cotillean sobre quién se sentará en qué lugar. Miro el reloj y confirmo que Nela llegará en apenas veinte minutos, lo que me hace volver a pensar una vez más en que invitar a los dos es tensión asegurada. Claro que no hacerlo tampoco procede. ¿A quién dejar fuera?
—Hola, Rubio. —Se acerca el poli a mí—. Vaya anfitrión estás hecho, acicalándote en vez de estar ya listo para invitarnos a unas cervezas en cuanto llegáramos.
—Uno que ha dormido la siesta a pierna suelta —contesto mientras abro la nevera.
—Sí, como un árbol. Perdón, como un tronco —interviene Llara, corrigiéndose al instante al notar como su hermana le da un codazo.
Sonreímos. Al menos todos los que hemos sido testigos de lo sucedido.
—Esta niña tuya… Pobre del hombre que se la lleve —se guasea Julián, al levantarse a por la botella que le alcanzo y soltando, justo a continuación, una carcajada ante la mueca que hago.
—Uy, creo que Chema va a llevar fatal ese tema —se burla Pedro—. Que nadie toque a sus niñas, por Dios. Ellas no van a poder disfrutar de un buen…
—¡Pedro! ¡Están delante! —chilla Laura para frenarlo, pero sin poder evitar una sonrisa pícara.
—Uy, perdón. Nunca caigo en que entienden el castellano a la perfección.
—¿Y qué piensas que hablan? ¿Élfico? —Se ríe la pelirroja.
—Bueno… Por su tamaño, podrían. —Achica los ojos y le da un buen repaso de arriba abajo—. Oye, tú también.
—Ja, ja, ja. Me parto, en serio —se queja ella, fingiéndose ofendida. Aunque los demás sí que nos reímos. Y creo que son mis primeras carcajadas desde hace un par de semanas.
—Teresa… ¿qué hay de menú? —pregunta Colás un poco después, mientras se frota el estómago—. Que aquí tu marido no suelta prenda y huele que alimenta.
—Es que es algo que te encanta, cariño —le dice ella mirando a su cuñado con afecto—. Lasaña de carne y setas. Y también he hecho otra de atún para las niñas, que sé que les gusta más, así que quien prefiera de esa…
—No, no, no, yo soy carnívoro —interviene Pedro con demasiado énfasis—. Carne roja, pechugas, muslos… Cualquiera…
—Joder, tú lo que estás es salido —suelta Julián interrumpiéndolo con un manotazo en el hombro.
Abro mucho los ojos al tiempo que lo aviso.
—¡Las ni…!
—Papi, ¿qué es estar salido? —Mierda, he llegado tarde. Pero, al menos, ha sido Sofi la de la pregunta, por lo tanto, que se las apañe él.
Julián mira a su hija, pestañea y luego pide socorro a su mujer con los ojos. Esta, con los brazos en jarras, parece más divertida que enfadada, pero niega con la cabeza y señala con el mentón a la niña. Laura, simplemente, está a punto de meterse el puño en la boca para no estallar en carcajadas.
—¿Qué es, papi? —repite la pequeña y, como si eso no fuese suficiente, gira la cara hacia Marta e insiste—. ¿Tú lo sabes, Marta? Como siempre lo sabes todo…
¡Oh, no, por Dios!
—Julián, contéstale a tu hija —digo entre dientes, para no dar opción a la mía a intervenir en esta surrealista conversación.
—Pues… Pues… —Mi amigo, tan rojo que parece que va explotar, nos mira entonces a nosotros, buscando una ayuda que no llega. Colás y Pedro miran hacia el techo, conteniendo la risa, aunque en el caso de este último mucho no es que lo consiga.
—¡Papá! ¿Por qué estás tan rojo? ¿Tú también estás sali…?
Él, en un acto reflejo, la silencia tapándole la boca con una mano.
—No, no, no… —susurra sacudiendo la cabeza, abochornado y perplejo.
—Bueno, yo diría que sí —comenta Teresa por lo bajo, para luego seguir hablando con Laura como si no estuviésemos presentes—. Nunca se da por satisfecho, de verdad… Lo suyo no es normal.
Ahora hasta yo tengo que retener la risa. Joder, ¿es que aquí nadie es normal?
—¡Teresa! —se exaspera Julián, pero su exclamación queda camuflada entre las carcajadas de Pedro y el timbre de la puerta, a la que acudo dejando atrás la absurda escena.
Me encuentro a Nela al otro lado cargando con varias bolsas en una mano y una tarta en la otra. Entra casi antes de que le haga sitio y me entrega el postre estampándomelo en el pecho.
—Toma, esto a la nevera. Y esto —pone sobre el cartón de la pastelería una bolsita de papel pequeña que no pesa nada—, lo que me has encargado. El regalo de Laura. Espero que te guste.
—Con que le guste a ella…
—De eso estoy casi segura. Y de nada, eh.
Frunzo el ceño ante su tono, pero me apresuro a contestarle. Lo cierto es que, al fin y al cabo, me ha hecho un gran favor. El lunes se me olvidó por completo que era su cumpleaños. Si lo que yo digo, estoy tonto. Me lo recordó Marta por la noche y solo acerté a felicitarla improvisando que había decidido darle el regalo en la cena, como los demás.
—Bueno… Perdona. Gracias.
Pero ella ni me mira, sino que camina delante de mí hacia el salón.
Meneo la cabeza ante su actitud y vuelvo a hacerlo mientras meto la tarta en la nevera, haciendo sitio en ella sacando refrescos y cervezas que, de todas formas, vamos a necesitar. Y es porque no puedo evitar fijarme en cómo reparte saludos y sonrisas, besa a las mujeres y a las niñas y, salvo una mirada, ignora a Colás.
—¡Venga, a comer! Que esto frío no vale para nada —nos dice Teresa después de que las niñas estén servidas y sentadas en cojines alrededor de la mesa baja del salón, donde Laura les ha puesto platos y vasos de algún muñeco de Disney.
Yo ocupo mi lugar de siempre, en la cabecera, dando la espalda al fregadero. Y los demás se van acomodando donde cuadra, aunque Julián se ha apresurado en acaparar el otro extremo con su mujer a su derecha. A su lado, Nela y al mío, Laura. Qué bien, ¿no?, ironiza mi mente mientras Pedro y Colás se sientan frente a ellas.
Durante la cena, amena entre conversaciones entrecruzadas y las pullas acostumbradas, observo con verdadero pesar que este último no hace contacto visual en ningún momento con Nela. De hecho, está demasiado callado, más de lo normal en él, quiero decir. Sin embargo, ella… Ella habla mucho y muy rápido, del tema que sea, y no para de moverse. Le da vueltas a la comida, se lleva el vaso a la boca en innumerables ocasiones, dobla y desdobla la servilleta y se levanta unas cuatro veces en lo que nos dura un trozo de lasaña. Dos en el caso de algunos.
En una de esas ocasiones en las que se levanta para acercarse a las niñas y pasar allí unos segundos, Laura la contempla con cariño y menea la cabeza antes de mirarme a mí, encontrándose con mis ojos puestos en ella. Arqueo las cejas, pero me llevo la botella a la boca aguantándome las ganas de preguntarle qué demonios le pasa a su amiga. Porque está frenética y, por cómo Pedro se ha girado hacia ella, por el modo en que Teresa arruga la frente siguiéndola también con la vista y por la cara de Colás, parece que no soy el único que lo piensa.
—Venga, pide un deseo —le dice Nela a Laura ya con la tarta delante y veintiséis pequeñas velas encendidas clavadas en ella. Las niñas han corrido hasta aquí y se reparten en nuestros regazos y, para no variar, Llara está en el de su madrina, aparentemente fascinada con tanta vela.
—Eso, Mina, pide un deseo. Uno muy grande.
—Vale, va. —Cierra los ojos y se toma un par de segundos en los que supongo que eso es lo que hace. Y yo frunzo el ceño cuando me sorprendo pensando en que me encantaría saber cuál es—. Vamos, Llara, ayúdame a soplarlas. Son muchas.
La niña suelta una risita asintiendo con la cabeza, pero comienza a soplar a la vez que ella.
—Y ahora los regalos. —Se apresura Marta a ir por la bolsa que le he dado yo antes de cenar—. Toma, tía Laura, primero el nuestro, porfa.
—Claro, cariño. ¡Ay, qué ilusión!
Con prisas, rompe el papel en pedazos y deja a la vista una pequeña caja que parece de una joyería. La abre con una sonrisa inmensa y ahoga un grito al ver su contenido.
—Ay, Dios… ¡Es precioso! O mejor dicho, preciosa. Tan original…
Entrecierro los ojos cuando saca de ella una especie de… ¿rosario? ¿Qué carajos es eso? Está hecho de piedras negras encastradas en plata y tal como lo tiene ahora colgado de los dedos… solo le falta ponerse a rezar. Echo una mirada a Nela, pero ella está muy concentrada en la reacción de Laura, así que vuelvo mi vista a ella.
Se levanta todavía con eso en sus manos y lo despliega alrededor de su cuello. Ah, es una gargantilla. Rodea la base de su cuello a la perfección y, justo en el medio, un tramo de esas piedras pende unos centímetros hacia abajo, para acabar en una discreta medalla de plata en la que han grabado su inicial.
—Pónmela —me pide, a lo que tardo en obedecer—. Venga, Rubio, levántate y abróchamela. Quiero vérmela puesta.
Vale, soy el que más cerca estoy de ella. Nela, que ocupa el asiento a su lado, se encuentra ahora cerca del sofá y… joder, solo es abrocharle una estúpida gargantilla. Me incorporo aparentando naturalidad. No tengo por qué rozarla siquiera… pero lo hago. No hay mucho espacio entre la joya y su piel y… solo su olor… Dios, se cuela dentro de mí en cuanto me inclino para manipular ese diminuto cierre. Intento ser lo más rápido posible, pero eso no parece ayudar, porque se me escurre de entre los dedos y, al recogerlo de nuevo, el roce se hace todavía mayor. Mierda… Me viene a la mente la explicación que al final les dieron a las niñas sobre la palabra «salido». Medio loco, les dijeron. Pues sí… Estoy totalmente de acuerdo. Aunque en mi caso, «medio» se queda corto. Esta mujer me vuelve loco. Del todo.
Ahogo un suspiro en cuanto encajo las dos puñeteras piezas y me aparto de ella lo más deprisa posible. Mataría por un cigarrillo, pero, como aún están las niñas presentes, me consuelo con otra cerveza, bebiendo más de la mitad de una sola vez.
Laura sigue abriendo regalos. Un CD de un grupo que ni conozco, pero que a ella parece encantarle, un jersey, unas pantuflas horribles de los Simpson y, de parte de Nela, un pintalabios que la hace saltar literalmente y una camiseta plateada y… minúscula. Bueno… Si es que eso es una camiseta.
—Oh, me encanta, me encanta. Voy a probármela. —Y sin cortarse un pelo, se gira y se quita el jersey que tiene puesto quedándose en sujetador. Que si, que está de espaldas, pero… podía cortarse un poco, ¿no?
—Es precioso, Laura. ¡Quién pudiera! —dice Teresa al verla con esa cosa puesta.
—¿Y por qué no vas a poder? —le responde ella mientras corre a verse en el espejo del vestíbulo y regresando de nuevo a la cocina, todo en menos de un minuto—. Ay, me chifla. De hecho… quítame la etiqueta, anda, que me la dejo puesta.
Menos mal que esta vez no se ha dirigido a mí. Porque eso… Eso que viste… Es la prenda más escueta y sexy de todas las que le he visto puestas. Y han sido bastantes. Ni siquiera los vaqueros le restan sensualidad a la dichosa camiseta; es más, creo que la acentúan… Eso, o yo estoy enfermo. Aunque quizá sí lo esté, porque Laura seguro que me pone hasta con un mandilón de esos de cuadros que usa mi madre.
Pedro, otro que no se corta, utiliza sus dientes para romper el plástico que une la etiqueta con la tela, le da un buen repaso a Laura y se pone a silbar.
—Joder, Laurita. Estás de muerte.
—Pues ten cuidado y no te me mueras, eh. —Le sonríe ella pícara, antes de ponerse de puntillas y darle un sonoro beso en la mejilla, que el poli no duda en corresponder.
—Has vuelto a adelgazar, ¿verdad? —le pregunta Nela, mirándola con atención pero sin poder evitar moverse sobre un pie y luego sobre el otro. Lo dicho, no para quieta.
—Bah, solo un poco. —Le quita ella importancia haciendo un ademán. Y ahora que yo también me fijo… Sí, ha adelgazado bastante en estos últimos quince días. Lo cierto es que es verdad que apenas la he visto comer, pero suponía que lo hacía.
Un nudo de preocupación y rabia se instala en mi estómago. ¿Por qué no está comiendo, joder? Ya lo está volviendo a hacer. Como en todas las otras ocasiones en que tenía un disgusto y del que, casi siempre, yo era el culpable. Nunca le dije nada sobre el tema, pero… Mierda, no soporto cargar con otra culpa. Ya tengo suficientes.
De pronto, necesito salir de aquí un rato. Preciso estar solo. Así que convenzo a las niñas, que ya han devorado su postre, para irse a su cuarto y jugar un poco allí antes de dormir. Las acompaño, les pongo los pijamas, les abro la cama y, cuando salgo, me meto en el baño, donde me mojo la cara y la nuca. Tengo que relajarme. No puedo estar continuamente tan tenso, agobiado… Irascible. Enfadándome a la mínima y sabiendo que no tengo ninguna razón de peso para ello. Es agotador, en serio. Porque por mi vida que nadie va a pagar mis frustraciones esta vez.
De nuevo en la cocina, donde todos me han esperado para degustar la tarta, ni siquiera me doy cuenta de que tengo un trozo en el plato hasta que Julián, metiendo una cucharada del suyo en la boca, me lo hace saber.
—Rubio, ¿qué? ¿No piensas ni probarla?
—Ah, sí, claro —contesto como un autómata, cogiendo la cuchara y partiendo un pedazo.
—¿Qué te pasa, tío? Estás un poco raro, ¿no? —se interesa Pedro, por una vez sin burla en su voz.
—No, estoy como siempre.
—¿Seguro?
—Sí, joder. Claro que estoy seguro.
—Pues… No sé. No serás tú, entonces. Pero yo noto el ambiente cargado. ¿No lo notáis? —pregunta a nadie en particular—. Es como una especie de tensión, como secretos flotando o…
Nela suelta una risita nerviosa, Laura suspira y yo aprieto los dientes. ¿Esa indirecta va por mí?
—¡Oh, Jesús! ¿Ahora eres poeta? —me cachondeo, aunque así solo confiese lo aludido que me siento.
—Bueno… Soy un romántico, ¿qué le voy a hacer?
—¿Tú? ¿Un romántico? —se guasea Julián—. ¿A cuántas les has colado el cuento ese?
Pedro lo mira durante un buen rato, cierra un segundo los ojos y suspira resignado.
—Ahora mismo espero que a una. Quizá a la definitiva, no sé —dice al fin, bastante serio.
Todos lo miramos pasmados, menos Laura, que lo hace con una sonrisa.
—¿Estás con ella? ¿Sí? ¿Juntos? —cuestiona, juraría que hasta emocionada.
—Espera, espera… ¿Quién es ella? —Teresa se involucra apoyándose sobre la mesa y echando el cuerpo hacia delante—. ¡Oh, Dios! ¿Te has enamorado, Pedro?
—Bueno… No sé. Al principio solo quería conocerla. Conocerla de verdad. Luego quise… Ya sabéis… Estar con ella, pero…
—¿Te refieres a follar con ella? ¡Qué novedad! —Sí, ya sé, no he estado muy fino.
«Controla, Chema, joder. No arruines la fiesta de Laura».
—Oye… Que no creo que sea el único al que le gusta follar —me responde Pedro con una sonrisa sesgada que pierde en cuanto continúa—. Pero vamos, sí, claro, quería eso con ella, pero ahora no estoy seguro de que únicamente haya deseo. Yo…
—Pues entonces es lo que sigues sintiendo, créeme.
—¿Qué? —me pregunta algo confuso.
—Joder, Rubio… ¿Por qué le dices eso? —me reclama Teresa.
—Porque sí —respondo preguntándome lo mismo que ella. ¿Por qué no me callo de una santa vez? ¿Qué bicho me ha picado ahora?
—Eso no es una razón —insiste ahora Nela destrozando una servilleta—. ¿Qué te pasa?
—¡A mí no me pasa nada, joder! —exclamo sin seguir mi propio consejo—. Es solo que, si no está seguro de si siente algo por ella, es que no está enamorado. Eso se sabe. Sin dudas. Y un consejo —continúo dirigiéndome a Pedro en particular—. No confundas el sexo con amor, tío. Eso es un error.
Me muerdo el labio inferior hasta el dolor en cuanto me escucho, arrepentido. Pero… ¿qué coño me pasa? ¿Por qué estoy de repente tan cabreado? ¿Y cómo se me ha ocurrido soltar algo así con Laura delante, joder? Ya sé que lo nuestro solo era sexo y que lo dejamos muy claro, pero… siento que acabo de faltarle al respeto.
—¿Hablas desde la experiencia?
—¿Qué? —La palabra me sale sola, mientras miro a Laura tan confuso como sorprendido.
¿En serio? ¿Justo ella me ha hecho esa pregunta? Y, además, ha utilizado un tono manso, interesado, casi preocupado. Que me mata.
—Pues sí —contesta Julián por mí en tono jocoso, haciendo que, por suerte, deje de mirarla pasmado y me centre en él—. Este ya estaba encoñado hasta las cejas de tu hermana antes de tocarle un pelo. Te lo digo yo. Lo contrario que con las demás, que yo creo que cuanto más follaban…
Una colleja de parte de Teresa hace que se calle. Menos mal. Ya sé que he comenzado yo con este estúpido debate, pero estaba por lanzarle algo y apuntar a su boca. Dios, esto ya no puede ir a peor, ¿no?, me pregunto mientras le echo un vistazo de reojo a Laura, que observa muy seria al bocazas de mi amigo.
—¡¿Qué…?! —protesta él mirando a su mujer con sorpresa.
—Eso último podías habértelo ahorrado —explica ella haciendo una mueca como de asco.
—Pero… ¿por qué? —se defiende él—. Si es la verdad…
—Pues ¿por respeto, por ejemplo? —le exige ella.
—Joder, pues sí que estamos sensibles. Ahora hay que estar colgado de alguien para follar, por lo visto, si no… es una falta de respeto. Lo que hay que oír. ¿A quién se supone que se lo he faltado?
—No es a quién, son las formas y…
Nela se inclina sobre ella interrumpiéndola y para hablarle más de cerca a Julián.
—Y que sepas, ya que pareces saber tanto, que encoñado no es lo mismo que enamorado —afirma tajante.
—¿Ah, no? —Él pasea la vista por todos nosotros, pero, como nadie le contesta, Pedro incluso reprimiendo la risa ante su apuro y yo deseando estrangularlo, prosigue—. Bueno… Yo qué sé. Es una forma de hablar. Todos me habéis entendido, ¿no? Laura… ¿a que lo has hecho?
Sin ser capaz de mirarla ahora mismo, ocupo mi atención en sacarme un cigarrillo de la cajetilla, que enciendo al momento. Joder, es que no estoy solo rabioso, sino avergonzado.
—Sí, sí, claro que te he entendido. Y tampoco lo pongo en duda —le responde en voz baja. Y luego se apresura en añadir—. Lo primero. Me refiero a lo primero que has dicho.
—Menos mal. Una que no se enfada conmigo. Joder, estáis picajosas, ¿eh? —les dice la última frase a Nela y a su mujer, que resoplan y lo miran mal.
—Es que tu comentario… Pues… —interviene Colás con la mirada puesta en su hermano, pero paseándola hasta mí, donde la deja fija hasta incomodarme. Más, quiero decir.
Bebo de mi botella, solo por alejar la vista de él, que va a acabar por hacerme un agujero en el pecho con sus ojos. Pero cuando los míos, con voluntad propia, buscan a Laura… el agujero ya está ahí. Profundo, lacerante… inmenso. Porque no sé si está molesta, decepcionada o me tiene lástima, pero su postura, sus ojos… dicen demasiadas cosas y todas me duelen.
—Ahora sí que me cago en todo —se exaspera Julián—. ¿En serio, Colás? ¿Cuánto de amor implicas cada vez que…?
—Eres un jodido capullo —lo frena este cabreado.
—A ver, a ver… Haya paz —media Pedro—. Y volviendo a lo mío… No sé cómo tomarme lo que habéis dicho. Primero, porque sabéis que yo siempre he separado muy bien el sexo de lo otro; y después porque… yo aún no… Vamos, que ha habido algo, pero… todavía no me he acostado con ella.
—Ah. ¿Y cuánto tiempo dices que llevas con ella? —cuestiona Julián.
—Pues… no sé. Entre unas cosas y otras… meses.
Y con semejante confesión rompe del todo el tenso momento anterior y nos deja perplejos. Porque, vamos… es Pedro. Y se ha creado una fama. El poli jamás ha mantenido una relación con nadie, ni formal ni no formal. Como él bien ha dicho, hasta ahora solo tonteaba y tenía ligues de una noche. Dos como mucho. Así que oírle decir eso… que lleva meses con ella y en ese plan… Sí, hasta yo estoy por decirle que realmente debe de ser la definitiva.
—¡Ay, Dios! ¡Sí que estás pillado, joder! —exclama un estupefacto Julián.
—Ya os lo estaba diciendo —comenta Pedro con voz cansina.
—¿Y de verdad aún no te la has follado? —insiste el pesado de Julián, abriendo muchísimo los ojos, alucinado. Y ganándose otra mirada asesina de su mujer.
El poli se encoge de hombros y sonríe tímido. ¡Tímido! Esto es como presenciar el final de un mito, en serio.
—Bueno… Es que… es complicado. Digamos que no tenemos una relación muy normal.
—¡Y que lo digas! —grita Teresa—. Y no por no follar, eh. Pero… ¿dónde os veis? ¿Por qué os escondéis? ¡¿Y quién es, por el amor de Dios?!
—Eso… ¿quién es? —repite Nela, aunque ella, más que sorprendida, parece fascinada.
—Ya lo sabréis, ¿vale? Aún es pronto. Quiero… Necesito algo más de tiempo para…
—Pero… ¿qué es esto? No entiendo nada —flipa todavía más Julián.
—Solo os lo he dicho para que más adelante no os coja de sorpresa. Solo eso.
—¿La conocemos? —vuelve a la carga Teresa.
—Sí, la conocéis —contesta Pedro después de un minuto entero, abarcando con su vista a todos y dejándola fija en mí—. Y ahora, por favor, ¿podríamos cambiar de tema?
—Pero… —protestan Julián y Teresa a la vez.
—Venga, dadle un poco de margen, so cotillas —les pide Colás mientras se levanta y va hacia la nevera, para ofrecer alguna bebida de ella a todos los demás.
—No, ahora no, gracias —la rechaza Laura con una sonrisa—. Yo… voy primero al baño.
Ansioso, la observo salir de la cocina y tengo que hacer verdaderos esfuerzos por no ir tras ella y cerciorarme de que está bien. De que mis palabras no la han ofendido. De que las de Julián no la han lastimado.
Aunque, un segundo después, también me siento estúpido. Yo nunca le prometí amor. Ni ella me lo pidió u ofreció. Eso era lo único que no estaba permitido entre nosotros. ¿Por qué se iba a sentir mal por oír una verdad que nunca le he negado?
Entonces abro otra cerveza. Y he perdido la cuenta de las que llevo.