Por nosotros
CAPITULO 19 » Laura
Página 64 de 113
Laura
Es que soy tonta. No aprendo. Me las busco solita, joder.
Me apoyo en la puerta del baño, cierro los ojos y trago saliva con fuerza, concentrándome en bajar las lágrimas que tengo atoradas en la garganta. También me llevo la mano al torso mientras inhalo y exhalo despacio, intentando quebrar ese nudo que oprime mi pecho.
Me tomo unos minutos para tranquilizarme. Los necesito. Y, cuando estoy segura de que no voy a romper en llanto, cosa en la que cada día tengo más práctica, me acerco a la pila y abro el grifo. Me mojo las muñecas y las llevo a la nuca, clavando la mirada en la imagen que me regala el espejo.
Parece mentira que no se vea en él lo rota que estoy. La lucha constante que se debate en mi cabeza. Solo soy yo, la de siempre, quizá un poco más pálida de lo normal y vestida con… Joder, ahora hasta me veo ridícula. He sido demasiado rápida quitándole la etiqueta a una prenda que, en estos instantes, hasta me resulta inadecuada. A mi mente acuden todas esas ocasiones en las que Chema, levantando las cejas, me preguntaba, socarrón, dónde estaba la tela que faltaba. Me lo decía cuando me veía con un top, o con unos de esos cinturones anchos, como llama a mis faldas. Y sé que bromeaba, en serio. Ni le molestaba ni le importaba, eso lo aseguro, creo que hasta le divertía mi descaro, pero… Pero ahora me incomoda a mí vestir como una quinceañera, joder. Increíble. Y no quiero ni pensar la razón… No quiero porque es penosa. Pensar que quiero conquistarlo vistiendo como creo que le gustan a él las mujeres es… una tontería, ¿verdad?
Así que, razonando como una mujer adulta, aunque vista como cuando era adolescente, me obligo a no ir a mi cuarto a cambiarme. Además, lo de enamorarlo lo veo tan lejos que ahora me conformo con seducirlo de nuevo. Y, desde luego, si esta camiseta no ayuda… no sé qué puede hacerlo.
Resoplo. Y lo hago con fuerza, porque, si soy sincera, sé que tampoco tengo muchas posibilidades de lograr eso. Y no es que no lo intente… O que él no me desee.
Porque, oh, sí… aún me desea, lo sé. Noto como se tensa ante el mínimo roce que yo, disimuladamente, le dispenso. Estoy atenta a ese imperceptible cambio de respiración cuando aparezco de improviso sin demasiada ropa encima, o a cómo contiene el aliento si lo pillo con la guardia baja acercándome demasiado. Pero, joder, el tío debe de tener más fuerza de voluntad que un misionero.
Dejo escapar otro suspiro y salgo del baño dispuesta a seguir con esta fiesta. Tengo toda la vida por delante para comerme el tarro y hoy no puedo permitírmelo. Aunque solo sea por Nela, que tiene planes importantes para esta noche.
Paso por la habitación de las niñas y me las encuentro dormidas. Llara lo hace sobre la alfombra, abrazada a su peluche favorito, esa rana verde que yo misma elegí. Sonrío con ternura y la meto en la cama al lado de Sofi. Después de besarlas a las tres con cuidado de no despertarlas, salgo del cuarto para regresar al salón. Pero aún hago una última parada en medio del pasillo, con los puños apretados a mis costados y buscando el valor del que tan orgullosa solía estar.
Vale, él no está enamorado de mí. Ese discurso sobre no confundir sexo con amor me lo dejó cristalino. Pero no va a frenarme. No. Porque a pesar de todo lo oído en la última media hora, es inevitable que me aferre desesperada a aquella frase que me dijo la noche que acabó con lo nuestro. «Se nos está yendo de las manos…». Eso solo puede significar una cosa, ¿no? Que comenzaba a sentir algo por mí. Y si, en realidad, no es así, es lo que quiero creer. Después de haber llegado a este punto, lucharé hasta el final. Solo tengo que pelear contra sus fantasmas, contra su pasado, contra el amor que todavía siente por mi hermana y que le hace sentirse tan culpable. Vamos, poquita cosa. Nada de nada.
Esbozando una sonrisa irónica pero que me llena de fuerzas, recorro, ahora sí, la distancia que me queda.
—Ya estoy de vuelta y las niñas duermen. ¿Comenzamos con los chupitos? —Y esa es mi entrada triunfal, a la que todos asienten encantados. Hasta él, que me mira con una sincera sonrisa.
Un par de rondas después, Nela, a mi lado, se levanta de repente y se baja un tercer chupito de un trago, para después coger un cubierto y golpear el vasito con él.
Me contengo para no suspirar. Por fin. Juro que ya no era capaz de soportar tanta tensión. Entre la mía propia y la que ella me trasmitía… Dios, podría resistir el cableado de todo el pueblo.
—Un poquito de atención, por favor. Tengo algo que deciros… O que daros.
—Vaya, hoy es el día de las sorpresas —comenta Julián mirándola atento—. Será buena, al menos, ¿no?
—Pues no sé… —Nela suelta una risita más nerviosa que divertida y se encoge de hombros—. Eso espero.
Apoyo un codo en la mesa y sujeto mi cabeza en una mano sin quitarle los ojos de encima. Lo cierto es que yo estoy que también me muerdo las uñas, aunque intento no demostrárselo para no contagiarla. Ya bastante tiene ella.
—No nos digas que te has echado novio… —bromea Pedro, sin saber lo cerca que está de la verdad con esas palabras, y sin contar con la reacción de Colás. O tal vez sí.
—No digas chorradas, joder. No siempre son graciosas, ¿sabes? Es lo que me faltaba, que…
—Bueno… —lo interrumpe Nela con otra de esas risitas y sirviéndose otro chupito. Que no digo que no le haga falta un poco de coraje, pero se está pasando—. De novios va la cosa, sí.
—¡¿Qué?! —grita él y se pone en pie.
—Siéntate, Colás —le pide Teresa—. Nela, por favor, no empecemos, eh.
—No. De hecho, vamos a acabar —dice ella muy decidida de pronto, dejando al que más y al que menos con la boca abierta. Creo que al pobre Colás va a darle un ataque, porque supongo que lo ha cogido todo al revés. Vamos, por sus caras, como al resto.
—Nela, a ver, esto… ¿Por qué no habláis a solas y…?
Teresa deja de hablar al ver que ella sale de la cocina y se pierde en el pasillo. En realidad, va a mi cuarto a buscar algo que ha guardado allí hace días. Pero como nadie lo sabe, la morena me mira a mí buscando respuestas a lo que está sucediendo.
—¿Qué pasa?
—Espera…
—¿Tú lo sabes? —me pregunta un perplejo y cabreado Colás, apretando sus manos en dos puños rígidos.
Me encojo de hombros y, cuando es Julián el que abre la boca para decir algo, Nela regresa portando en sus manos una bolsa de papel. Saca unos sobres de ella y comienza a repartirlos, dejando solo a su exnovio sin él. Todos los abrimos casi a la vez, y puedo leer la sorpresa e intriga en cada rostro, mientras yo me muerdo el labio inferior sabiendo qué voy a encontrarme, pero sin querer revelar nada con mi expresión.
—No. A ti ni se te ocurra mirar —le dice mi amiga a Colás cuando él se inclina sobre Pedro para ver de qué se trata.
—Pero…
—No, por favor. —Y ese ruego queda eclipsado por las exclamaciones que recorren la mesa.
—¡La hostia! —Ese es Pedro, que hasta se levanta y se lleva el papel más cerca de su cara, como si no se lo creyera. Y, de esa manera, también lo pone fuera del alcance de Colás.
—Jesús… —susurra Chema después de leer apenas dos líneas, paseando su mirada entre la pareja protagonista.
—¡Ay, Virgencita del Pilar! —chilla Teresa tan asustada como emocionada, clavando su mirada en Nela.
—Pero… Pero… ¿qué cojones? —Julián no puede abrir más los ojos, atónito, aunque aún acierta a mover el papel y alejarlo de su hermano cuando este vuelve a hacer el intento de enterarse de algo—. No, no, no… Ahora te esperas, porque esto… esto… —Levanta su mirada hacia Nela y la observa de arriba abajo—. ¡Ole tus huevos! Bueno… tus ovarios.
—¡Joder! ¿Alguien va a decirme qué coño pasa? ¿Qué mierda has hecho, Nela? —pierde la paciencia Colás.
Entonces ella sonríe con tristeza, aunque sus ojos brillan con tanta esperanza que se humedecen los míos. Abre la bolsa que aún conserva en su mano y saca una caja. Con ella en la mano, pasa por detrás de Julián y, muy despacio, se acerca a Colás mientras destroza su labio inferior con los dientes. Él la espera tieso y pasmado, con la vista clavada en esa pequeña cajita que no deja mucho a la imaginación. Lo veo contener el aliento y luego respirar acelerado cuando ella, ya ante él, planta una rodilla en el suelo y se la ofrece después de abrirla, mostrándole dos alianzas de oro blanco sobre terciopelo negro.
—¿Qué…? ¿Qué…?
—¿Quieres casarte conmigo, Colás?
Él no contesta. Ni mucho menos coge los anillos. La mira alucinado y solo se sube las gafas en un tic nervioso que, de pronto, se ha agudizado. Nela traga saliva y vuelve a repetir con la voz casi rota.
—¿Te casas conmigo, Colás? Por favor…
—Pero… Pe… ro… —balbucea él, convirtiendo la mano que no tiene ocupada en alzar sus gafas en una garra sobre su muslo.
Y yo no aguanto ni un segundo más verla así, de rodillas, con los ojos encharcados en lágrimas y comenzando a temblar. Me levanto y, con el tono de voz más neutro posible, intervengo.
—El veintisiete de septiembre, Colás. Ya tenéis fecha.
Él se gira para mirarme con los ojos como platos, pero, como si aquello se tratase de una obra de teatro ensayada al milímetro, Teresa capta su atención poniéndose también en pie.
—En la iglesia de Nuestra Señora del Pilar —especifica señalando el papel que aún tiene en sus manos.
—¿Qué? —pregunta Colás con una voz que no parece la suya.
—A la una en punto de la tarde, colega —le dice Pedro imitándonos, mientras hace el amago de tocarle el hombro, aunque rectifica a última hora. Supongo que tendrá miedo de que se rompa en mil pedazos, y no me extraña. El pobre no puede estar más tenso.
—Bueno… El convite… La celebración será en… —Julián, bastante afectado, baja su vista a la invitación de boda y busca la información de nuevo—. En La casona, ya sabes, ese restaurante nuevo que abrieron en el pueblo de al lado. En Bellota. Ese que…
—Y yo también estoy invitado —lo interrumpe Chema moviendo el papel en el aire, supongo que ayudando a su amigo a detener el embolado en el que se estaba metiendo.
—Pero es algo muy íntimo. Solo familia directa y amigos —me atrevo a explicar yo varios minutos después, en los que el silencio empezaba a ser opresivo. Nela sigue de rodillas esperando una respuesta y Colás… Colás parece una puñetera estatua de sal, moviendo solo los ojos de unos a otros, ignorando, no sé si a conciencia, a la única a la que debería prestar su atención.
—¡Por el amor de Dios, hombre! ¡Haz algo! —Ahora Pedro sí que lo toca, sacándolo por fin de su trance. El novio, sin llegar a dar el sí, coge mucho aire y se vuelve hacia Nela, meneando la cabeza con una expresión que no logro adivinar.
«Que no sea un no, por favor. Que no sea un no».
Cuando, casi a cámara lenta, le tiende una mano, que ella coge al instante, y la ayuda a incorporarse, creo que todos estamos conteniendo la respiración. Sin decir una palabra, la arrastra con él hacia los dormitorios, llevándose tras ellos cinco pares de ojos hasta que los perdemos de vista.
—Joder, joder, joder… —masculla Julián mientras suelta un resoplido y se deja caer en la silla.
—Le va a decir que sí. ¡Tiene que decirle que sí! —exclama Teresa, sentándose también—. Es que si no… lo mato. Dios mío, Dios mío…
—La que ha montado —flipa Pedro, que se lleva las manos a la nuca para luego alzarlas al aire—. ¡Esa tía es la hostia!
—¿El veintisiete de septiembre? —pregunta medio ausente Teresa, muy ocupada leyendo de nuevo la invitación—. Ay, no queda ni un mes. No nos da tiempo a nada, pero… ¿en qué estaba pensando?
—En que lo quiere —intervengo yo—. Y en demostrárselo. Si esto no lo hace…
—Joder, y tanto que sí —dice Pedro mientras se sirve un chupito—. No os preocupéis, chicas, que, si se niega, yo mismo le presto las esposas a Nela y la ayudo con el secuestro.
—Dios… Tú todo te lo tienes que tomar a chiste… —protesta Chema mesándose el pelo.
—No estaba bromeando, Rubio. Te juro que lo hago aunque me cueste el puesto.
—Joder… Vaya casa de locos. Esperemos que no tengamos que recurrir a eso.
—O sea que… ¿te apuntas? —le pregunta el poli con una sonrisa enorme.
Y entonces Chema lo imita, haciendo que esas arruguitas maravillosas rodeen sus ojos, que brillan divertidos.
—Pues claro. Pero va a decir que sí. Estoy convencido.
—Desde luego que va a decir que sí —afirma Teresa—. Y todo por comprar. Las flores, la ropa… ¡El vestido de novia! Dios mío… El vestido de novia.
—Respira, cariño… —le pide Julián acariciándole el dorso de la mano con el pulgar—. No empieces la casa por el tejado.
—No, que ya sobra quien lo haya hecho —bromeo yo, intentando proyectar solo buenas vibraciones y que le lleguen a Colás, por favor—. Nela ya se ha encargado de las flores. Y del vestido.
—Oh… ¿Lo tiene? Pero… ¿cuándo? ¿Con quién fue? No iría sola, ¿verdad? Dime que no fue sola, por favor.
—No, yo fui con ella. —Noto las miradas de todos sobre mí, unas más sorprendidas que otras. De hecho, Chema creo que está rebobinando para adivinar el momento exacto en que lo hice. Por eso, lo miro y sonrío con complicidad—. Sí, ese día.
—Ah… —me dice apartando la cara y tragando saliva. Supongo que recordando lo que sucedió justo cuando llegué, tan tarde que las niñas ya estaban dormidas. Me arrinconó contra la puerta principal y lo hicimos allí mismo, a medio vestir y con la prisa propia de dos adolescentes.
—Y ¿cómo es? Dime, dime. —A Teresa le sale la vena cotilla y comienza a atosigarme con mil preguntas, mientras yo intento desviar casi todas para no traicionar la confianza de Nela.
Y así nos pasamos la siguiente hora. Hablando de una boda que aún no sabemos si se va a celebrar e impacientándonos un poco más a cada minuto que pasa.
—¡La puta! ¿Es que no van a salir nunca de ahí? —pregunta Julián en un momento dado, levantando la silla sobre las dos patas traseras y estirando la cabeza para mirar a través de la puerta que da al pasillo.
—Estarán ocupados con el polvo de reconciliación —comenta el poli, divertido—. Cuando tardan tanto es bueno, hombre.
—¿Tú crees? —pregunta Teresa con ansia.
—Desde luego. Estos están follando fijo, que te lo digo yo. —Y entonces me señala y se echa a reír—. Yo de ti cambiaría las sábanas.
—¿Y por qué das por hecho que están en mi cuarto, listo?
—No jodas… —interviene Chema mirándome pasmado y, aunque los demás se ríen con ganas, yo sé bien por qué lo dice. Su cuarto es una especie de mausoleo dedicado a Clara. De hecho, desde que empezamos a acostarnos, yo ni me atrevo a entrar allí. Es mi hermana y la adoraba, pero hasta a mí me da repelús, joder. Así que entiendo que no se tome muy a bien que ellos dos…
—Hola… —nos saluda un tímido Colás entrando en el salón. Ajusta sus gafas sobre el puente de la nariz y carraspea—. Ya estamos aquí.
—¿Ya estáis? Yo solo te veo a ti —le dice su hermano arrugando el ceño al no ver a Nela por ningún sitio.
—¿Cómo? —Colás se da la vuelta y desaparece por donde ha llegado. Pero, por suerte para nuestra consumida paciencia, los dos regresan de nuevo al cabo de segundos.
Claro que nos alegraríamos más si Nela no viniese llorando como una magdalena. Y por lo visto, parece llevar bastante en ese estado, porque tiene los ojos hinchados y la nariz tan roja como sus mejillas.
—Nela, cariño… —susurro poniéndome en pie y dando un paso hacia ella. Dios mío, no ha podido decirle que no. No ha podido, ¿verdad?
—Estoy bien, Laura, estoy bien —dice entre hipidos, frenándome con su mano.
—Joder, Colás, ¿qué coño has hecho? —le pregunta un Julián crispado.
—Follar seguro que no —susurra Pedro, pero no tan bajo como seguramente pretendía, porque, cuando todos lo fulminamos con la mirada, levanta las manos en el aire y se ruboriza—. Perdón, se me ha escapado sin querer.
Pero, para nuestra sorpresa, Colás y Nela empiezan a reírse. Él, comedido, en su línea, y ella entre sollozos, lo que es raro, pero es reír al fin y al cabo.
—Hemos estado hablando… mucho —nos explica él con una sonrisa vergonzosa—. Y…
—¡¿Y?! —Teresa parece al borde de un ataque de nervios, le falta echarle las manos al cuello a Colás y zarandearlo hasta que suelte prenda.
—Y… cuñada, tienes que venir conmigo a comprar el traje de novio.
—Oh, Dios mío… Dios mío…
—Pero, entonces… ¿por qué lloras, Nela? —cuestiona Julián, ahora confundido.
—Porque… Porque estoy muy feliz. Muy feliz.
—¡Mujeres! ¡Quién coño las entiende! —Pero ni Teresa ni yo respondemos a esa manida frase, y ahogamos un suspiro casi a la vez cuando Colás atrae a Nela hacia él, cogiéndola por los hombros, y la cobija en su pecho mientras le besa el cabello.
Menos de un minuto después, nos encontramos felicitándolos con besos y abrazos, casi tan dichosas como ellos. Los chicos nos imitan justo a continuación, entre bromas y enhorabuenas que nos emocionan un poco a todos, aunque algunos traten de disimularlo.
—Bueno… Y ahora nos vamos —nos dice Colás aferrado a la mano de su futura mujer—. Tenemos que… Tenemos que…
—¡Follar! Si lo entendemos, chicos… —Y ahí está de nuevo el poli, llamando la atención—. ¿Qué? Ahora puedo decirlo, ¿no?
Y las carcajadas son un final precioso para este día. Endulzan un poco la amargura que escondo dentro. Miro a los dos con inmenso cariño y acabo esbozando una sonrisa llena de esperanza. Si ellos pudieron, ¿por qué yo no?
***
—Gracias por ayudarme a recoger —le digo a Chema poco más de una hora después, mientras paso el paño a la mesa, lo último que queda por hacer.
—No me las des. Es mi casa, ¿no? —contesta y guarda el último plato; a continuación, se apoya en el fregadero.
—Ya.
—Y tu fiesta —continúa apresurado, como si se hubiese percatado de que su frase no ha sonado del todo bien—. Hoy no deberías haber hecho nada, es tu día.
Le sonrío agradecida y, con alevosía, me acerco a él y lo rozo a conciencia mientras me inclino en sus morros para guardar el trapo en el armario que casi oculta con su cuerpo.
Se aparta un poco, siseando algo que no entiendo, y, de reojo, veo su mirada clavada en mi escote. Solo que soy incapaz de alegrarme al conseguir lo que pretendía. Esto, al final, no me sirve ni siquiera de consuelo. Pero, obligándome a dar la pelea y eufórica por lo sucedido con Nela y Colás, me coloco a su lado y acaricio la gargantilla con las yemas de los dedos.
—Es preciosa, Chema. Muchas gracias.
—¿Te gusta? —Él carraspea al notarse la voz rara, ronca, y vuelve a hablar—. ¿De verdad te gusta? Pensé que era un rosario cuando lo sacaste de la caja. Joder, qué susto.
Me echo a reír con ganas, ahogados mis intentos de seducción tras mis carcajadas.
—¿Un rosario? Ay, por Dios… Qué gracia.
—Ya te digo. Con lo que a ti te pega… —Me sonríe con franqueza y luego ríe abiertamente, sentándose a horcajadas sobre la silla más cercana y, apoyando sus manos en el respaldo, deja caer ahí su barbilla. Ladea la cabeza y me mira de arriba abajo y vuelta a empezar.
—¿Qué miras? —susurro.
—¿Yo? ¿Te miro? ¡Qué va! ¡No seas creída, mujer! —Y es ahí cuando me doy cuenta de que no está borracho, pero sí un pelín contento de más. Ahora que lo pienso, ha bebido bastante y, aunque los dos nos dedicamos a limpiar la cocina sin hablar demasiado, sí que, de vez en cuando, él parecía reír o murmurar por lo bajo.
Ignoro su último comentario e intento alargar la noche. Quizá en este estado se sienta más abierto a ello y recuperemos algo de esa complicidad tan nuestra.
—Así que doy por hecho que no lo has comprado tú.
—¿Qué? —me pregunta pestañeando, confuso.
—El regalo. Si no sabías lo que había dentro…
—Ah… No, lo cierto es que no. Se lo encargué a Nela. Soy un puto desastre para…
—Bueno, lo hiciste genial. Ella acertó de pleno, así que… —Me siento a su lado, o más bien en ángulo recto con él, lo más cerca que puedo sin resultar pegajosa.
—Ella acertó de pleno con todo. Joder, cada vez que lo pienso… —Menea la cabeza con una sonrisa y se lleva una mano al pelo, para retirárselo de la frente, que luego deja sobre su coronilla—. Qué fuerte.
—Esa es Nela. Una chica valiente.
—Y tú, una cómplice de primera. Por eso te empeñaste en celebrar aquí el cumpleaños, ¿eh? Lo teníais todo planeado.
Me muerdo el labio inferior sonriendo con malicia.
—Alguien tenía que ayudarla un poquito. Pero, en realidad, lo hizo ella todo. Cuando me lo contó, ya estaba todo atado. ¡Aluciné! —Me río e improviso una coleta en lo alto de mi cabeza usando las manos, para después dejar caer el pelo de nuevo. Es algo inconsciente, que hago mucho cuando estoy nerviosa, jugar con él.
No me pasa desapercibido que él se queda prendado en el gesto, callado, solo observándome durante lo que me resulta una eternidad.
—Chema… —susurro en un gemido. Dios… Es que no puede mirarme así y que yo no me muera por él. No puede…
Él carraspea y se endereza en el asiento, quebrando el momento.
—Bueno… Pues… Me alegro de que te guste el regalo de cumpleaños. Y… Y espero que lo hayas pasado bien y… —Entonces mira a un punto situado detrás de mí y frunce el ceño.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Joder… Se me había olvidado que… —Se pone en pie y se rasca la nuca con la vista clavada en el suelo—. Oye… Lo de antes… Lo que dije, lo…
Ahogo un suspiro porque sé de qué habla, pero espero paciente a que busque las palabras que parece no encontrar.
—Laura… No era nada personal, ¿vale? —continúa sin mirarme—. Y Julián fue bastante… indiscreto.
—Bueno, dijo la verdad, ¿no? Y yo no me ofendo por oírla.
La mirada que me lanza me hace ver que no solo está sorprendido ante mi frase, sino que también la ha cogido como un reproche cuando ni de lejos era mi intención.
—No quiero decir que… —Me levanto e intento explicarme, pero él me corta de cuajo, muy serio.
—No, si tienes razón. Yo sí me ofendo al oírla, ¿verdad?
Lo contemplo durante un largo rato, mientras la franqueza y la cautela luchan su propia batalla en mi interior. Pero yo tengo otra que ganar y no es callando como voy a hacerlo.
—Yo creo que no es que te ofenda, sino que te duele. Te duele y no sabes cómo manejar eso.
Ahora el que me observa es él a mí, indescifrable y sin apenas moverse, durante tanto tiempo que comienzo a inquietarme. Ojalá tuviese el don de leer la mente…
—Chema… ¿qué sucedió ese día que se cumplían dos años de la muerte de Clara aparte de lo evidente? —suelto sin pararme a pensar si es lo correcto o no—. ¿Qué…?
—No… No, por favor —me ruega volviendo de dónde fuera que estuviese y negando con la cabeza—. No quiero hablar de eso. No…
—Yo sé cuánto la querías. Yo y cualquiera que te conozca. Pero algo más…
—Pero nada, Laura. No… No quiero hablar de ello. No lo entenderías. ¡No lo entiendes, joder!
—Pues explícamelo —le pido con calma, tratando de no desatar la tormenta que parece gestarse en él.
Chema suspira con fuerza y se frota la cara en una sola pasada mientras aprieta mucho la mandíbula. Sin embargo, cuando prosigue, lo hace con tiento, conteniendo toda esa rabia que aparenta.
—Lo siento. No debí hablarte así. Yo… Yo lo siento. Todo, Laura. Si pudiera volver atrás… Si pudiera…
Habla deprisa, sin mirarme, como si fuese algo doloroso que quisiera soltar de una vez. Solo que no me llega. Eso no me dice nada.
—¿Qué sientes, Chema? ¿A qué te refieres con «todo»? —cuestiono bajando la voz y acercándome a él.
—A todo. A tenerte. A dejarte. A no poder estar contigo —resopla mientras se gira, como si tuviera intención de irse—. Dios… Parezco idiota.
—No, no eres idiota. Solo estás confundido. Y triste. Y enfadado. ¿Por qué? ¿Por qué estás así? —insisto yo, agarrándolo de un brazo y reclamando su atención.
—¿Que por qué estoy triste? ¿Y enfadado? —Me clava la mirada y se queda callado mucho rato. Tiene los ojos muy brillantes y sé que mucho es por lo que ha bebido. Pero hay algo más en ellos. Mucho más, de hecho.
—¿Qué? Dime, Chema. Por favor, habla conmigo, por lo que más quieras…
—¿Por lo que más quiero? —Se ríe con amargura—. Ese es exactamente el problema, ¿es que no lo ves? Yo… Yo ya no puedo ofrecerte nada, Laura. ¡Nada! No tengo nada que darte, todo se lo…
—Yo nunca te he pedido nada —lo interrumpo—. Nada.
Él me mira taciturno, como si quisiera encontrar la verdad en mis palabras. Reacio a creerme, pero queriendo hacerlo. Y lo sé porque así me siento yo. Me encantaría creerme mis propias palabras, joder. Así que sigo fingiendo, porque, si una mentira más me lo devuelve un poco, las doy por bien empleadas.
—No necesito ni quiero más que lo que teníamos, Chema. Era… divertido. —«Falsa, falsa, falsa…»—. Pero, claro, si tú ya no quieres… Si has cambiado de opinión…
Él se aparta de mí y mira a todas partes antes de enfrentarme de nuevo, acercándose en una zancada. Hace el ademán de tocarme, pero, en el último momento, deja caer los brazos a los costados y aprieta los puños.
—Es que no es justo. ¡Para nadie! No es justo para ti, ni para mí… Ni para Clara. Dios… Sobre todo…
Yo no tengo tantos reparos como él. Es oírlo, creer comprenderlo y echar mis manos a sus mejillas. Busco sus ojos y le hablo con firmeza, pero con toda la serenidad que puedo forzar.
—A ella no puedes hacerle daño, Chema. Ya nadie puede.
Y entonces lo beso. Me lo pide el alma. Me pongo de puntillas y mis labios se posan sobre los suyos, en un beso dulce, inocente, solo abarcando primero su labio inferior, despacio, para luego dedicarle el mismo trato al superior. Sedosidad contra suavidad, aliento contra aliento. Él no me lo devuelve, pero tampoco hace nada por evitarlo. Se queda ahí, estático, dejándose hacer.
Pasado el arrebato, me separo con lentitud, esperando cualquier reacción por su parte. Nuestros ojos se encuentran a escasos centímetros. Los de él, abrasadores; los míos, tormentosos. O, al menos, así me siento. Decidida a todo y acobardada como nunca.
—Laura…
Y ese tierno susurro que escapa de su boca es totalmente contradictorio con la respuesta de su cuerpo. De pronto, una mano sobre mi nuca y otra en mi cintura me empujan contra él, en un beso hambriento, húmedo y voraz. Me aferro a su camisa, me arqueo contra él y me ofrezco completa. Sin medida.
Cuando le pone fin, desplaza sus manos a mis mejillas y sus ojos recorren toda mi cara. Me estudia, me observa… mientras su rostro atraviesa tantas expresiones a la vez que me es imposible captar ninguna de ellas.
—No voy a mentirte. Sería hasta estúpido hacerlo —murmura dejando caer su frente contra la mía—. Te deseo. Más de lo que me gustaría. Más de lo conveniente. Podría pasarme horas besándote y me está matando no arrastrarte al dormitorio para enterrarme en ti.
—Pues hazlo —gimo ante el latigazo de puro anhelo que ha recorrido mi vientre.
—No. —Menea suavemente su cabeza contra la mía—. No voy a hacerlo. No, Laura. Porque tú te mereces a un hombre que, llegado el caso, sí pueda dártelo todo.
«¡¿Qué?!». Tengo ganas de gritar, en serio. Pero él prosigue, ignorando el dolor que me producen cada una de sus palabras.
—A uno entero, que no sienta remordimientos por estar contigo. A uno para el que seas la única, no solo en su cama, sino en su cabeza. Porque tú eres muy especial, Laura. Mucho. Y sé que, tarde o temprano, querrás y te querrán como se debe. Pero no seré yo. Ya te lo dije una vez. Yo no puedo ser ese hombre —suspira con fuerza y las siguientes frases son tan apresuradas y rápidas que casi las tengo que adivinar—. Ojalá nos hubiésemos conocido antes… En otra vida… Antes de… de ella.
—Chema… Escucha. A Clara…
—Sí, ya sé que a ella ya no puedo hacerle daño. Por desgracia, lo sé muy bien. Pero sí puedo hacértelo a ti. Sin querer, quizá… pero terminaré haciéndotelo y… Y antes me corto un brazo, Laura.
—Chema, no. Tú no me…
Se aparta lo justo para mirarme a los ojos y continúa en voz muy baja.
—Busca a alguien que te merezca, por favor. Busca el amor, la felicidad… O solo sexo, si eso es lo que quieres. Pero búscalo lejos de mí, porque prefiero matar este deseo que siento por ti antes de que me odies. Y lo harás si seguimos con esto, Laura. Créeme.
Y viéndolo todo borroso por las lágrimas acumuladas en mis ojos que me niego a derramar, pierdo primero su tacto cuando retira las manos de mi cara. Y demasiado rápido, también su presencia, cuando, sin más, se encamina deprisa hacia la puerta.