Por nosotros

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CAPITULO 20 » Chema

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Chema

 

 

Arrodillado en el suelo, acabo de cortar la tercera plaqueta de varias que necesito para rematar las esquinas. Echo un vistazo a lo que ya tengo hecho y, aunque no es mucho, me hacer sentir orgulloso. Estoy robándole horas a los días y eso comienza a notarse. El pasillo está prácticamente emplaquetado y hoy mismo me pondré con el salón.

Ahora que me he decidido por fin, la ilusión que me hacía vivir aquí parece haberse multiplicado por mil. Y lo cierto es que me hace bien. Este es un lugar como cualquier otro para empezar a ordenar mi vida. O tal vez, el indicado.

Desde la famosa cena en la que Colás y Nela se prometieron, y de eso hace dos semanas, me encuentro un poco más centrado. Al menos ya no siento esa vergüenza enorme que me embargó los días siguientes a mi conversación con Laura. Es que, joder… Cada vez que lo recuerdo todavía me da corte. No sé qué fue lo que me pasó para convertirme en esa especie de Romeo cutre y soltarle todas aquellas cursiladas. Que eran todas verdad, vamos, pero… yo no soy así. Ni siquiera con Clara era muy dado al romanticismo, solo lo justo y necesario y porque a su lado incluso me salía solo. Pero… ¿con Laura? Supongo que, como suele pasarme con ella, me dejé llevar… otra vez más.

Por suerte, todo parece olvidado, la situación en casa es tranquila y casi podría decirse que cómoda. Quizá hasta demasiado… A veces me encuentro pensando que, más que personas, parecemos dos androides tratando de hacer de nuestra convivencia algo perfecto. Y eso, que debería causarme únicamente alivio…, joder, a ratos me molesta. En ocasiones, siento que toda la situación me produce una inquina difícil de asimilar. Es como si dentro de mí existiera una parte descontenta conmigo y que me apremia a actuar de otra forma. Una que no acepta la vida que me tocó vivir, en la que, por ahora, ejercer de padre es lo más importante y el recuerdo de mi mujer, el único que llena mi cama.

Sin embargo, así es como tiene que ser.

Sé que Laura se sintió desconcertada ante mi decisión de romper lo que teníamos. Aún de vez en cuando soy consciente de las preguntas mudas con las que me miran sus ojos. Y puedo entenderla. Pero todo cuanto le dije es lo que pienso, lo que siento. Es también por su bien. Para que no tenga que enfrentarse, tarde o temprano, a las dudas que a mí me acosaron y acabar arrepintiéndose, como yo, de haber llegado tan lejos. Porque quizá no por los mismos motivos, pero lo haría… En algún momento, cuando quisiese ese algo más que la mayoría de nosotros queremos o necesitamos, se daría cuenta de que lo único que hacía conmigo era perder su tiempo.

«¿Tú te arrepientes, Chema? ¿De verdad?».

Cierro los ojos y me dejo caer sobre los talones. No, joder, yo no me arrepiento de nada. Lo que tuvimos fue increíble. Y en eso no puedo mentirme a mí mismo cuando mi deseo por ella sigue intacto. Pero sé que tengo que lograr extirpármelo. No va a volver a pillarme desprevenido como aquella última vez que la besé, en la que su actitud, el alcohol y el entusiasmo por lo sucedido entre Colás y Nela me hicieron bajar la guardia. En la que me costó Dios y ayuda no acostarme con ella. Sobre todo, cuando estaba tan dispuesta, cuando me pidió que hiciese aquello que mi cuerpo pedía a gritos. Pero no, se acabó. Con Laura volvería a confundirme, con ella es demasiado fácil implicarse. Y eso solo puede traer complicaciones, porque yo todavía estoy enamorado de Clara y…

—¿Trabajando o pensando en las musarañas?

—¡¿Qué?! —Sobresaltado, me giro en redondo y descubro a Colás y Julián detrás de mí. Los dos traen puestas las ropas de trabajo y unas sonrisas inmensas mientras miran a su alrededor.

—¿Pensabas que podrías tenernos mucho más tiempo en la inopia? —pregunta Colás, acercándose a mí y cogiendo una plaqueta para observarla con atención.

—No, no es eso —respondo, aún aturdido por verlos aquí—. Pero… ¿cómo os habéis enterado?

—Bueno… Tobías —dice Julián encogiéndose de hombros.

Claro, Tobías. Me traje al chaval un día de esta semana para que me ayudara a subir el material que voy a usar en la planta superior, y era mucho pedir que no se fuera de la lengua, supongo.

—En fin, tampoco era un secreto —pienso en alto—. Y os lo agradezco, chicos, pero hoy es sábado y no tenéis por qué estar aquí. Disfrutad del día libre, anda.

—De eso nada. Venimos a currar —declara Colás mientras acaricia la textura de la plaqueta—. ¡Qué chula! Una imitación cojonuda.

—Sí, lo es. Y cara de narices.

Riéndose, Julián también se acerca a mirarla.

—Cuando hablabas de colocar madera en el suelo, pensé que te referías a la de verdad.

—Y lo hacía —explico—, pero luego pensé que esto sería más resistente y… lo cierto es que me gustó. Me gustó mucho.

—Está genial. Y si a las niñas les da por patinar dentro de casa, no la estropearán.

—Joder, ¿patinar?

—Sí. —Julián pone los ojos en blanco y adopta un tono resignado—. Maldita sea la hora en que se los compramos. Por mucho que le digamos que no lo haga en casa…, al menor despiste, ahí está, recorriendo el pasillo.

—Vaya… Pues va a ser que sí, que al final hice una buena elección —comento yo, imaginándome el percal.

—Sí, no lo dudes. Y ahora —continúa mientras se restriega las manos en los pantalones—, ¿qué prefieres que hagamos?

—Y no discutas —me corta Colás la protesta que no llega a salir de mi boca.

—Vale. No discuto. El baño. Están allí los azulejos. ¿Os ponéis a ello?

—Desde luego.

Y sin más, se dirigen allí tras palmearme la espalda, dejándome con una sonrisa boba y agradecida en los labios. Joder, no los merezco. Y no solo por esto. También por lo de no dejar que la finca se convirtiera en una jungla, cosa de la que me di cuenta a pesar de no estar en mi mejor momento. Pero al ver que las malas hierbas no trepaban por las paredes, tal y como me esperaba, no tardé mucho en imaginarme a quiénes se debía. Lo que sí me sorprendió, si soy sincero, fue descubrir la implicación de mi suegro, aunque eso solo hizo aumentar mi gratitud hacia él.

—Rubio…

—¿Sí? —pregunto bastante tiempo después, concentrado en colocar una pequeña tira de plaqueta que ya he tenido que recortar en dos ocasiones.

—Es la una. Prometemos ayudarte el próximo sábado si te vienes ahora a tomar una cerveza con nosotros, ¿qué dices?

Miro el reloj y me sorprendo al ver que, en efecto, llevamos cuatro horas trabajando sin parar. Me levanto y froto mis doloridas rodillas, sacudiéndoles el polvo, de paso.

—Claro, vamos. Pero invito yo. Y lo del sábado siguiente… ya veremos.

—Aprovecha, tío, que en mis quince días libres después de la boda no me ves el pelo —comenta Colás con una sonrisa.

—Y lo dice literalmente, Rubio —interviene Julián mientras saca de una bolsa ropa limpia—. Me da que van a encerrarse en algún lugar y no van a salir ni para que les dé el aire.

—Pues es un buen plan —digo con sinceridad. Y un pelín de envidia, aunque esta sea de la buena—. Pero no te canses mucho, que luego tienes que rendir, eh.

Y, así, entre miradas cómplices, nos apresuramos a cambiarnos.

 

***

 

—Pon otras cuando puedas, Paco —le pide Julián cuando ve que acaba de servir unos vinos en la otra punta de la barra—. Y saca unos pinchitos de cualquier cosa que tengas por ahí, anda.

—¿Para los tres?

—Para mí no, gracias —los rechaza Colás tocándose el estómago—. El traje me queda justo, justo. Mejor no tentar a la suerte.

Julián suelta una carcajada y mira a su hermano de arriba abajo, seguro que pensando lo mismo que yo. Que hace años, pero bastantes, que este tío está exactamente igual. Parece hecho de algún otro material diferente al resto, porque, que yo recuerde, nunca ha engordado ni adelgazado un gramo.

—Estarás de coña, ¿no? —le dice Julián, y golpea su estómago con el reverso de su mano—. Y de todas formas… ¿por qué cojones lo compraste tan justo? ¿Así, en plan metrosexual o qué?

Me río por lo bajo ante lo insultante que ha sonado esa palabra en su boca y Colás no tarda en acompañarme, para después encogerse de hombros y devolverle el golpe.

—En todo caso, échale la culpa a tu mujer. Entre ella y Laura no me dejaron mucha opción.

—Bah… Estás hecho un calzonazos —se burla Julián antes de llevarse la botella a la boca.

—Ya… Y a ti, ¿quién te ha elegido la ropa, hermanito? Tú mismo, ¿no? ¿Recuerdas al menos de qué color es el traje?

Julián tose con fuerza al querer hablar mientras traga. O eso supongo, porque lo cierto es que, por cómo mira a Colás, el motivo podría ser otro.

—¡Claro que lo sé! Negro. O azul marino… Bueno, uno de esos dos, fijo.

Y claro, que nos dé la risa no es de sorprender. Desde luego, lo es más observar a este nuevo Colás, al que nunca he visto tan abierto, tan contento, tan risueño. Es como si nos los hubieran cambiado y, a veces, no para mejor.

—Y tú ¿qué? Has cambiado de opinión sobre venir esta noche al Pantera, ¿verdad? Es nuestra última salida como solteros, no puedes faltar, tío.

—Pues lo siento, pero no, Colás. No voy. No me apetece nada, estoy reventado y…

—Amargado. Eso es lo que estás, joder. A saber cuándo podremos volver a salir todos juntos. ¿Acaso has olvidado lo que es pasárselo bien? —Y a esto me refería con que no siempre para mejor. Ahora es una mezcla entre nuestro avispado Colás, el brutalmente franco Julián y el tocapelotas de Pedro. Vamos, lo mejorcito de cada casa.

—Oye, que te vas a casar, no a mudar de país. Ya saldremos otro día —digo de no muy buen humor y un poco a la defensiva.

Él resopla y le da dos buenos tragos a la cerveza mientras Julián me mira de reojo y, para variar, no suelta eso que le bulle en la cabeza. Menos mal.

—Nosotros sí vamos a ir —confirma Julián al cabo de unos minutos en los que nuestras botellas nos parecían a los tres de lo más fascinantes—. Pero, la verdad, hubiese preferido una despedida como Dios manda. Solo de tíos, coño. Te hubiésemos contratado una stripper y…

—Pues justo por eso —replica Colás con una sonrisa sesgada. Y ante el arqueo de cejas de su hermano, continúa socarrón—. Las chicas estaban pensando en hacer lo mismo por su cuenta y… creí conveniente que no te diese un ataque antes de mi boda. Porque tendría que retrasarla y eso…

—¿Qué? —Al moreno parece costarle un poco comprender de qué habla, pero, en cuanto lo hace, se pone de un rojo subido y abre la boca como un pez durante unos segundos, antes de rascarse la nuca entre susurros no muy bien sonantes—. Joder, la hostia…

—Pues eso. —Sonríe con ganas Colás.

Y yo reprimo la risa con un nuevo sorbo. Ya bastante tiene él con sus descomunales celos para que yo eche más leña al fuego. Aunque Colás no opina igual, divertido ante su reacción.

—¿Qué decías que preferías, hermanito? Lo tuyo no es normal, eh. Tus celos empiezan a ser enfermizos.

—Vete a la mierda, Colás.

—No, joder, ahora que acabo de salir de ella, no pienso volver —contesta al insulto con guasa—. Y… ¿Laura?

—¿Eh? —Apoyado con los antebrazos en la barra, me quedo atontado durante un instante. ¿Laura? ¿Y por qué la nombra ahora?

—Hola, chicos. ¿Qué tal? —saluda la misma.

—Hola, papi. Hola a todos. —La voz de Llara me hace darme la vuelta y mirarlas un tanto sorprendido.

—¿Qué…? ¿Qué hacéis aquí?

Laura me hace una señal con la mano para que espere, mientras ya se dirige a Paco.

—Porfa, me pones también tres cafés con leche y dos cortados para llevar. Los recojo en diez minutos con los bocatas, ¿vale?

Pero, entretanto, Llara ya ha corrido a mi lado y, alargando las manos para que la alce y la siente en uno de los taburetes, comienza a explicarme que vienen de la peluquería, donde a Nela le están haciendo muchos peinados chulísimos para el día de su boda. Y que le gustan todos. Y que, con algunos, parece una princesa de las de verdad. Y que le hace mucha ilusión ir a la boda. Porque nunca ha ido a una y…

—No, si mudas no salieron, no —oigo murmurar a Julián cuando, sin apartar los ojos de ella, sí dejo de prestar atención al monólogo de la niña.

—Venga, Llara, que nos tenemos que ir —la interrumpe Laura.

—Vale. —La pequeña baja de un salto en el que le echo una mano y continúa eufórica—. Es que, ¿sabes, papi? Ahora Mina y yo vamos a los chinos. A comprar la ropa para el festival, porque, si no, podemos quedarnos sin ella.

—Ajá, me parece genial. ¿Y tu hermana?

—Ella no tiene que disfrazarse —me explica Laura—. Y ha preferido quedarse esperándonos en la peluquería. Así que nos vamos, antes de que cierren.

—Son chinos… ¿Esos cierran? —pregunta Julián entrecerrando los ojos y totalmente en serio.

—Claro que lo hacen, bobo. Ya te vale —le reprocha Laura con un mohín… delicioso. No, no, no. Con un mohín, nada más. Un mohín normal y corriente, joder.

—Beso, papi. Nos vamos —me pide mi hija después de haber besado ya a un risueño Colás y a un Julián no del todo convencido, y lo digo por el ceño fruncido que luce. Este aún está dándole vueltas a lo de los chinos, fijo.

Laura también debe de pensarlo, porque lo observa sonriendo y pone los ojos en blanco antes de mirarme a mí.

—Por cierto, Rubio, no esperes por nosotras para comer, la cosa parece que va para largo y hemos encargado unos bocadillos. Julián, supongo que ya te avisará Tere, pero no cuentes con ella tampoco. ¡Ah! —De nuevo se dirige a mí—. Si llegas tú primero a casa, recoge la ropa que he dejado tendida fuera, porfa. El día se está poniendo un poco feo.

Sin querer, mi cara se contrae en un gesto raro, lo sé. Pero es que me resulta inevitable. Porque esa manera de hablarme, tan doméstica, tan… Joder, como una esposa otra vez. ¿Y por qué carajos me molesta tanto ahora? Llevamos manteniendo este tipo de conversaciones desde que Clara no está, por Dios.

Ella debe de malinterpretarlo, porque arquea las cejas y prosigue.

—No tienes ni que doblarla, hombre. Solo métela dentro.

Me distraigo un momento al ver que entra alguien en el bar. Joder…

—Pero, Laura, mujer, contrólate un poco.

Y joder otra vez. No habrá personas en el pueblo…

Laura se da la vuelta con rapidez al oír esa frase que una Angelines tuneada como nunca ha dicho a sus espaldas. Está todavía en la puerta, pero, como la pelirroja salía y no hablaba precisamente en susurros, la otra ha oído sus palabras con demasiada claridad.

—¿De qué co…? —Una mirada rápida a la niña y Laura reformula la pregunta—. ¿Qué narices dices?

—Solo métela dentro —se burla la otra—. Eso es vulgar hasta para ti.

Cierro los ojos un instante y ahogo un suspiro. Joder… Por tercera vez.

—Angelines, por favor… —Oímos a Aída desde fuera, dejándose ver y acaparando su atención.

Yo es que estoy demasiado tenso; si no, hubiese imitado las risotadas disimuladas de Colás y Julián. Y, por suerte, esta vez Laura no entra al trapo, imagino que en deferencia a Llara. Sonriendo, coge de la mano a la niña y da un paso hacia la puerta.

—¿Nos permites pasar? —le dice a Angelines, que todavía sigue plantada delante de la salida.

Esta, fulminándola con la mirada, compone una sonrisa siniestra y da un pasito a su izquierda, pero muy despacio, repasándola de arriba abajo con desprecio. Para mi sorpresa, en cuanto acaba con su recorrido visual, Laura suelta un momento a la niña y se da la vuelta, invitándola a que prosiga con su escaneo en la parte de atrás. Y es solo cuando ve que Angelines capta la burla que suelta una risita, vuelve a hacerse cargo de la niña y sale muy digna por la puerta.

—Hasta luego, Aída —se despide de la Alonso con simpatía, lo que hasta me sorprende.

—Hasta luego, Laura —contesta esta en el mismo tono, mientras entra en el local. Y al pasar por al lado de Angelines, suspira—. En serio, no lo entiendo.

—¿Qué? ¿Qué es lo que no entiendes? —Y acaba la pregunta un poco más alto de lo normal, porque Aída ya camina con paso enérgico delante de ella hacia la mesa del fondo que suelen ocupar—. Oye… ¿por qué estás enfadada?

—Tú con tu cuñada nunca te aburres, ¿no? —me pregunta Julián entre risas, un instante antes de pedir otra ronda.

Y ese estúpido comentario, que ni necesita contestación, me sienta fatal. Fatal. Tan mal que ni siquiera me siento con fuerzas para darle vueltas y buscarle el motivo concreto. Beber dos cervezas más me parece algo mucho más fácil, pero mucho más. Y además logran acallar a ese demonio interno que me hace hervir la sangre.

No por primera vez considero la opción de ir a un psicólogo, porque pensar en posesiones muy normal no es, pero es ese un pensamiento que desecho de nuevo al instante. Solo estoy confuso y, ante eso, no hay nada como el tiempo, ¿no?

 

***

 

Cuando llego a casa, ya es media tarde. Me he dejado liar y hemos acabado comiendo los tres en El italiano, donde se unió Pedro al café. Lo cierto es que compartir ese tiempo con ellos me vino genial, porque me encuentro de buen humor y con mis neuras bajo control. Me imagino que es inevitable contagiarse un poco de toda esa alegría que desprende Colás.

Me pregunto al atravesar la puerta si ya habrán regresado ellas también, pero la respuesta me llega a través de sus voces entonando más alto que el cantante, mientras un olor característico inunda mi nariz. A pintura.

Intrigado, me dirijo al salón, donde me encuentro todo recogido y limpio, pero ni rastro de mis hijas ni de Laura. Solo una bolsa en una de las sillas que supongo que contendrá el famoso disfraz de mariposa. No puedo evitar que mis ojos se paseen por la cocina, escrupulosamente impecable, tal como solía tenerla Clara.

Y no, no es que a Laura la haya abducido Don Limpio, sino la consecuencia de uno de esos arrebatos que sufro de vez en cuando. Esa vez se me dio por mantener la encimera a juego con la puerta de la nevera. Es que desde que vive aquí Laura… ahí había de todo. Las bolsas de la merienda de las niñas durante todo el curso, cartas sin abrir, los medicamentos más comunes en un rincón… Vamos, un caos.

Caos como el que seguramente esté montando ahora, aunque, en realidad, esto lo piense con una sonrisa.

Siguiendo la música y el olor que se acentúa, llego a la puerta de su dormitorio, donde no puedo hacer otra cosa que apoyarme en el marco y quedarme mirando como un tonto el espectáculo que tengo delante.

Las tres, vestidas con ropas viejas y manchadas de ese azul turquesa que están usando, bailan entre risas esa canción de moda que estoy harto de oír en todas partes, Bailando, de Enrique Iglesias.

Laura ha apartado su cama hacia un lado y, ahora, esa pared luce a medio pintar un color vistoso que resalta el blanco de las demás. Múltiples papeles de periódico cubren el suelo y un plástico enorme protege el colchón que usa Llara a modo de escenario, saltando encima al ritmo del estribillo que cantan en estos momentos.

 

(Bailando, Bailando, Bailando, Bailando)

Tu cuerpo y el mío llenando el vacío

Subiendo y bajando (subiendo y bajando)

Bailando, bailando, bailando, bailando.

 

Se me escapa una sonrisa al ver como Laura hace girar a Marta con una mano mientras en la otra sostiene una brocha a modo de micrófono.

 

Con tu física y tu química, también tu anatomía

La cerveza y el tequila, y tu boca con la mía

Ya no puedo más. Ya no puedo más.

 

Da un giro, luego un salto y sigue moviéndose por el cuarto, cantando a voz en grito… Hasta que me encuentra de frente. Entonces se queda muy quieta, pero no deja de cantar, como si lo hiciese por inercia.

 

Yo quiero estar contigo, vivir contigo

Bailar contigo, tener contigo

Una noche loca (una noche loca)

Ay, besar tu boca…

 

Mierda. ¿En serio?

Me enderezo un poco y trato de ignorar el color de las mejillas de Laura, el significado de la letra de la canción y el pinchazo de ternura y deseo que he sentido en las entrañas.

—¡Papi! ¡Papi! Ya estás aquí. Mira qué chula está quedando la habitación de Mina. Me encanta este color —chilla Llara, que consigue espantar mis pensamientos mientras corre hacia mí.

—¡Eh! —La freno dando un paso atrás, aunque lo hago sonriendo, porque menuda pinta—. Me vas a poner perdido. Tienes pintura hasta en el pelo.

Ella se ríe y se lo toquetea.

—No importa. Mina dice que sale bien en la ducha. Y pintar es guay.

—No, si me lo imagino —le digo mientras dirijo mi vista hacia Marta, que está algo menos sucia, y luego fijándola en Laura, que me mira con la cabeza ladeada y una tímida sonrisa en los labios—. ¿Y esto?

—Pues…

—Es que mira, papá… —Es Marta la que corre hacia un extremo del cuarto y quita el embalaje de un cuadro enorme apoyado contra el armario. En blanco y negro, la lámina representa una ciudad con rascacielos al fondo y, en primer plano, un coche. Un Mini en el mismo color turquesa en el que se han rebozado mis hijas.

—Es que me encantó —explica Laura, encogiéndose de hombros—. No pude resistirme a comprarlo. Y cuando vi que también tenían la pintura, pues… ya ves la que he liado.

—Ya. —Sonrío. Por la ilusión con la que habla. Porque esto es muy típico de ella. Y porque me hace gracia que no haya esperado nada ya para ponerse a pintar. Es tan impaciente siempre… Y sin embargo, posee una paciencia infinita cuando se trata de las niñas, porque reconozco que meterse en estos berenjenales con ellas… es casi el doble de trabajo—. Que no se enteren mis padres de que la has comprado en la competencia.

Ella amplía la sonrisa ante mi broma y Marta se me acerca señalando la pared recién pintada con un pincel bastante grande que trae en la mano.

—Papá… Mina va a usar el cuadro como cabecero de la cama. Yo ya le dije que eso era raro y que se comprara uno normal.

Ahora directamente me río por lo bajo, porque sí… Ella es así, un tanto rara. Pero joder… Carraspeo ahuyentando lo que estaba a punto de colarse en mi mente mientras es la propia Laura la que le contesta a mi hija.

—Y yo ya te expliqué que quiero el cuadro. Que ya quería algo así desde el principio, pero no había encontrado nada que me gustara.

—Vale. Pero es raro —insiste Marta, haciendo que Laura voltee los ojos.

—¿Y qué? ¿Estabais haciendo un descanso? —me intereso al tiempo que observo su trabajo, donde al zócalo le ha colocado una cinta anchísima y que, aun así, está toda pintada. No me es muy difícil suponer que ha sido alguna de mis hijas, o las dos, las que han pintado esa parte de la pared.

—Bueno… Más o menos. Vamos a darle otra mano. ¿Te apuntas? —me reta la pelirroja enarcando las cejas.

—Eso, papi… Ayúdanos.

—Vale… —acepto más entusiasmado de lo que debiera, pero fingiendo que le hago un gran favor—. Me cambio y…

No acabo la frase, porque Laura, en un movimiento muy rápido y totalmente inesperado, me pasa la brocha que seguía sujetando a lo largo de mi camiseta, haciendo que la mire alucinado.

—Hala, ya no es necesario. Toma. —Y me tiende como si nada a la culpable de que ahora luzca como un cuadro. Bueno, no, que la culpable es ella.

—Qué coño… —susurro sin poder creérmelo—. ¿Acabas de…?

—Bah… Esa camiseta que llevas ya tiene un par de agujeros, ¿lo sabías?

—Pero…

La risa de Marta, acompañada al instante por la de Llara, me hacen callar la protesta, pero una parte de mí busca venganza, porque, no sé muy bien cómo, mi mano va sola hacia la cara de Laura y, cuando me doy cuenta, ya le he pintado una mejilla y parte del mentón.

—¡Ahhh! —chilla ella y da un salto hacia atrás. Me mira con la boca abierta un segundo, pero no tarda en sonreír con malicia entrecerrando los ojos—. Niñas, esto es la guerra.

Como suele ser habitual ante un reclamo así, mis hijas no se hacen de rogar y, en menos que canta un gallo, estamos manchándonos los unos a los otros, con los bandos formados por costumbre. Marta y yo contra Laura y Llara.

Las risas y las carreras se hacen con el dormitorio y es inevitable disfrutar el momento. No recordaba ya la última vez que hice el ganso de esta manera, pero en estos minutos no pienso en nada más que en permanecer lo más limpio posible mientras Laura y Llara se llevan la peor parte. O, por sus carcajadas cada vez que las alcanzamos, la mejor. Ni siquiera me planteo que después habrá que recoger todo este cristo, solo me entrego a la diversión como el que más.

—Papá, papá, que se nos escapa… —me avisa Marta cuando Laura da la vuelta a la cama en busca de más pintura y huye de nosotros.

Y yo voy a por ella, claro. Inmerso en el juego y sin pensar en los límites que me he impuesto.

—¡Mánchala, mánchala! Y hazle cosquillas. ¿Sabes dónde tiene muchas?

Sí, lo sé. En los costados. Es solo rozárselos y… Y entonces soy endemoniadamente consciente de que la tengo debajo de mí sobre el colchón. Nuestros ojos se encuentran y mi cerebro capta sus piernas entre las mías, mientras una de mis manos sujeta las suyas por encima de su cabeza y la otra toca su piel, suave y caliente, bajo la camiseta.

Y, de repente, pensar se hace necesario. Pensar es fundamental. Y apartarse… apartarse también. Tan rápido que hasta tropiezo con mis propios pies, patoso perdido.

Carraspeo incómodo y, buscando un rodillo con premura, acabo con la fiesta.

—Venga, ya. Vamos a terminar de pintar esto y a adecentar este cuarto o se te hará tarde.

—¿Tarde? —pregunta ella mientras se incorpora despacio y algo descolocada.

—Sí. La despedida de Colás y Nela… Vas a ir, ¿no?

—Eh… Sí, sí, claro.

 

 

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