Por nosotros
CAPITULO 20 » Laura
Página 67 de 113
Laura
Me acerco la cazadora al cuerpo y paso mis dedos por la gargantilla rosario. Esbozo una sonrisa triste y levanto el rostro para aspirar con fuerza ese olor a mar que me trae la brisa. Miro a mi alrededor, hacia este pueblo que apenas ha cambiado desde que yo era una cría. Quizá algún edificio tenga la fachada más cuidada después de una reparación, o algún local haya sufrido alguna reforma, pero es el mismo… Las mismas aceras adoquinadas, las mismas farolas de hierro fundido, las mismas casas, las mismas caras… El mismo. Aquí la única que parece cambiar soy yo. Y por amor. ¡Qué ridículo!
Si me lo hubiesen contado hace unos años, a pesar de estar ya enamorada, me habría reído en los morros de quien hubiese dicho semejante burrada. Y ahora… Ahora estoy atravesando una fase tan extraña y tan incierta que, a veces, no me reconozco. Supongo que una cosa lleva a la otra. Que caminar sobre arenas movedizas te vuelve así, precavida, asustada, pero confiada en atravesarlas.
Porque, increíblemente, a pesar de que Chema parece muy seguro de la decisión que ha tomado sobre lo nuestro y yo aparente haberla aceptado, soy optimista y creo que este no es el final. Me siento triste y frustrada, sí, pero también serena, tranquila… Como a la espera. Sí, así es justo como me siento, a la espera de un desenlace que me niego a creer que sea malo.
Así que ahí sigo, aguardando callada, paciente… Cumpliendo con todos sus caprichos, aunque algunos sean un tanto ridículos, como ese afán que le ha dado por el orden. Intentando sonsacarle una sonrisa, haciéndole la vida fácil… Para que me tenga en cuenta.
Tal vez me esté engañando a mí misma, a lo mejor estoy aferrándome demasiado a ese sueño, considerándolo un presagio. A esa foto que, como por encanto, apareció en mi mochila y que observo cada noche hasta dormirme, deseando creer que hasta Clara parece estar de mi parte. O a aquella declaración la noche en que Colás y Nela se prometieron, porque nadie le habla así a alguien que le es indiferente, ¿verdad?
Así que, sí, quizás esté equivocada, queriendo ver verde esperanza donde solo hay grises y marrones, pero no, no puede ser. Chema carga con sus razones para no querer estar conmigo, equivocadas o no, suyas al fin y al cabo, pero algún día… Algún día tendrá que dejar de fingir que le basta con lo que tiene. Algún día ese dolor, esa culpa, esos fantasmas… cicatrizarán, desaparecerán y volverá a ser el de antes.
Como esta tarde… Dios, verlo reírse así, jugar, sentirlo sobre mí… Ese es el verdadero Chema, el de antes de la muerte de Clara, el que me permitió conocer durante esos meses en los que se dejó llevar. El que no se reprime, el que vive… El que se esconde bajo un deber que no procede, ya no.
Sin embargo, lo comprendo. Sé lo que siente. Entiendo sus dudas y ese regusto amargo que deja el creerse desleal a Clara. Lo sé porque lo viví. Porque ya yo luché contra ello también. Y en esa guerra no puedo hacer más de lo que hago. Es él el que tiene que pelearla y ganarla. Yo solo puedo seguir a su lado, ansiando el momento en que reconozca ante sí mismo que la vida merece la pena vivirla al máximo. Ahí estaré, sí, como su pilar. Me río, irónica. Un pilar en El Pilar. ¡Qué oportuna!
—¡Eh! ¡Eh, Laura! —Miro hacia atrás, donde Pedro se acerca a mí corriendo—. ¡Hola! ¿En qué pensabas? Llevo un buen rato llamándote.
Mis ojos siguen su dedo, que señala hacia su coche, aparcado más abajo. Supongo que pasaba por ese lugar cuando él comenzaba con la maniobra.
—Oh, perdona. Estaba en Babia, la verdad.
—Ya, ya he visto. —Se ríe él, mientras rodea con un brazo mis hombros—. ¿Y qué? No ha habido manera de convencer a Rubio, ¿no?
—Ni lo he intentado. —Y la frase me sale como un bufido, sin querer.
—Oye, ¿va todo bien?
—Sí, sí…
—Repito la pregunta. —Y hasta se para en medio de la acera, mirándome con preocupación—. ¿Va todo bien por casa?
—Sí. Todo bien, como siempre. ¿Por qué no va a estarlo?
—No sé… Te noto rara.
—Todo está bien, Pedro. En serio. ¿Y tú? —Abarco con mis dedos su mano, esa que cuelga sobre mi hombro izquierdo, empujándolo a seguir andando—. ¿Algo que contarme, así, más en privado?
—No. —Sonríe él—. Sabes todo lo que tienes que saber.
—No me creo nada. —Entrecierro los ojos y lo escruto intentando descubrir si miente. Pero nada, él sigue con esa sonrisa torcida tan suya. Esa que esconde lo bueno y… lo malo. Aunque tampoco insisto. No quiero presionarlo a que se sincere, sobre todo cuando yo no lo hago.
—Lo cierto es que entonces estamos igual. Porque yo tampoco me creo que todo esté tan bien como aseguras. Estás muy pensativa últimamente, Laura.
—Quizá… A lo mejor me ha dado por la reflexión —bromeo para quitarle trascendencia a sus palabras—. Hace unos minutos, por ejemplo, pensaba en este pueblo. En que hace trescientos años que se puso la primera piedra y…
—No, no, no. Eso no fue así. El día del Pilar hará trescientos años que se abrió por primera vez la puerta de su iglesia, nada de primera piedra. Ya entonces los obreros habían construido sus casas para estar cerca de la gran obra.
—¡Vaya! ¿Te sabes la leyenda?
—Claro que me la sé. De hecho, desciendo del mismísimo capitán que mandó construir la iglesia —asegura muy serio y con mucho garbo.
—¿Qué? —Divertida, me echo a reír con ganas—. Pero si tú ni siquiera eres de aquí. Tú y tus padres nacisteis en Gijón, tonto.
—Ah… Joder, tienes razón. ¡Pues sí que me he implicado con el pueblo este, ¿no?!
Los dos estallamos en carcajadas como dos lunáticos. Y me temo que no solo por el chiste, sino porque somos bárbaros escondiendo los problemas cuando queremos.
—Cuéntamela —le pido, ya a las puertas del pub.
—¿Qué quieres que te cuente? —pregunta frunciendo el ceño, confuso.
—La leyenda. Cuéntamela.
—¿No te la sabes? ¿En serio?
—Sí, sí me la sé, pero quiero que me la cuentes tú —ruego con una sonrisa dulce—. Por favor…
—¿Ves como estás rara? —me dice mientras se rasca una mejilla, pero, a continuación, sonríe enigmático, suspira y se apoya contra una pared, donde yo hago lo mismo a su lado—. A ver… Cuenta la leyenda que fue un capitán de barco, rico y bien situado, el que financió la construcción de la iglesia, lo que dio lugar al pueblo. Aquí no había nada, salvo monte a pie de la montaña. Según dicen, llegó a la playa medio moribundo, arrastrado por las olas después de una tormenta que hundió su embarcación. Sin fuerzas, malherido, ese zaragozano de pura cepa hizo una promesa sobre esa arena en la que se moría. Le prometió a su Virgen, la del Pilar, que le construiría una iglesia a orillas de esa playa si vivía lo suficiente para volver a ver a su mujer y a sus tres hijos.
—Oh… Qué bonito. Te ganarías la vida como cuentacuentos.
—Lo sé. Pero no me interrumpas. —Me guiña un ojo y mira hacia arriba, pensativo—. ¿Por dónde iba? Ah, sí… Cuatro días después del naufragio, uno que consta registrado en papeles, y sin que dicho capitán recuerde cómo, se encontró llamando a la puerta de su casa en Zaragoza. Herido, hambriento y demacrado. Pero vivo. Evidentemente, cumplió su promesa, aunque él no vivió para verla terminada. Murió en otro de sus viajes, unos diez años después. Aunque cuenta esa misma leyenda que sus hijos sí, y no solo eso, sino que se establecieron aquí para siempre, alguno de ellos llegando a casarse con alguien de la zona. Así que míos, no, tal y como dijiste, pero que no te extrañe que alguno de ellos sea tu tatarabuelo o así.
Sonrío y muevo las manos en el aire.
—Sigue, sigue.
—Colorín, colorado, este cuento se ha acabado. —Sonríe él—. Lo cierto es que no se sabe más. Pero si quieres más datos, te diré que el baile del doce de octubre se celebra desde hace tanto que nadie lo sabe a ciencia cierta, y que no se perdió la tradición de hacerlo vestidos de época, en recordatorio a tres siglos atrás y a ese capitán.
Me quedo reflexionando durante un momento y entonces caigo en algo que nunca había considerado.
—No fue por devoción.
—¿Cómo?
—Siempre se da por hecho que este pueblo existe por devoción a la Virgen. Pero no. Fue por su mujer y sus hijos, ¿te das cuenta? Fue por amor.
—Ehh… Sí. En realidad, ahora que lo dices… ellos tuvieron mucho que ver, sí. ¡Dios, Laura! ¡Cuánta intensidad para un sábado por la noche!
Suelto una risita y le doy un manotazo.
—Lo que quieras, pero… fue por amor.
—Sí, sí, vale. Fue por amor. Y lo que yo te diga, estás rara de narices.
—Bah, eso se me pasa con unos chupitos —bromeo, de repente muy contenta. Este suelo, este que piso, es producto de un amor tan grande como una iglesia, y nunca mejor dicho—. ¿Entramos?
—Amén, pelirroja. —Y, pasándome el brazo de nuevo por encima, nos metemos en el local.
Localizamos a las dos parejitas al fondo, alrededor de una mesa en la que también se encuentra Tania. Nos acercamos y nos acomodamos en las sillas que ya habían robado de alguna otra para nosotros. Pero solo me da tiempo a saludar en general, porque, de pronto, Nela se levanta y me veo arrastrada hasta el baño, donde nos mete a las dos y pasa el pestillo con un ímpetu que asusta.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien? —pregunto ante su conducta.
—Sí, yo sí. Mejor que nunca. ¿Y vosotros? ¿Alguna novedad?
Ay, por Dios. Ya empieza de nuevo, acribillándome a preguntas como cada vez que me pilla a solas. No es que me moleste; de hecho, es un alivio inmenso poder compartir con alguien tamaño secreto y tremendo problemón, pero es que la tía no tiene límite.
—No, ninguna —le digo, porque no quiero hablar de lo de esta tarde. Porque, al fin y al cabo, terminó por alejarse de mí como si quemase.
—Jo…
—Es lo que hay. —Me encojo de hombros y luego la miro con una sonrisa—. ¿Puedo pedirte un favor?
—Claro, el que quieras.
—Esta noche no, ¿vale? Esta noche no quiero hablar de él, ni siquiera pensar en él. Quiero estar con vosotros, divertirme… Quiero olvidar por un rato toda esta locura. ¿Te parece?
Ella me observa detenidamente, muy seria, pero acaba sonriendo con toda la boca.
—Me parece. Esta noche es para pasárselo bien. Pues vamos allá.
—Genial. Gracias. —Y en cuanto echo la mano al pestillo…
—Pero, espera, que sigo queriendo mear.
Me echo a reír. Perfecto, es una buena manera de comenzar.
***
—¿Cómo llevas lo del disfraz? —me pregunta Teresa un buen rato después, cuando acabo de volver a la mesa con mi segundo cubata.
—Bueno… regular. Las alas… va a costar lo suyo hacerlas.
—Y que lo digas —suspira ella, ya que Sofi también va de mariposa en el festival que la escuela está preparando para el día del Pilar. Este año, el colegio también se implicó en hacer de este día uno muy especial. Supongo que no todos los días el pueblo cumple su tercer centenario.
Profesores y alumnos se han volcado al completo. Ya han comenzado los ensayos, al mismo tiempo que el curso, y han pedido nuestra ayuda para que el espectáculo resulte inmejorable. Que cuadrase en domingo no pareció suponer un problema para nadie; es más, se espera que todo el pueblo se nos una para ver a los niños disfrutando como lo que son, enanos, y entreteniéndonos al resto con sus actuaciones. De ahí el disfraz de mariposa. Y mi sobrina va a ser la más bonita de todas y, si no, al tiempo.
—A ver, vosotras dos, ¿podéis dejar durante unas horas de tener conversaciones de mamás? —nos pregunta Nela acercándose mucho a nosotras—. Me aburro.
—¿Te aburres, cariño? —me burlo yo—. Saca a bailar a tu amor.
Colás hace una mueca un poco rara, pero, para nuestra sorpresa, es el primero en levantarse y tirar de ella hacia la pista. Todos lo seguimos con la mirada y más de una sonrisa tierna, aunque los chicos después lo nieguen.
Se quedan en uno de los extremos más cercanos a nosotros y se abrazan, meciéndose más que bailando, ella con las manos en torno a su cuello y él en su cintura. Se dan un pequeño beso, se acarician mutuamente con la nariz y apoyan sus frentes, solo para volver a besarse con delicadeza al cabo de un segundo. Dios, me siento casi violenta y abochornada al verlos, pero es imposible dejar de mirarlos. Se les ve tan bien. Tan enamorados. Tan tiernos.
—Joder, estoy sintiendo vergüenza ajena —dice Pedro en mi oído.
—Pues no mires.
—Lo intento, pero… ¡Dios! Creo que me sentiría incluso más cómodo si hubiese lenguas y saliva por medio. Incluso algún magreo —comenta ahora en alto, haciendo también partícipes de sus palabras a los demás.
—¡Cómo no! —exclama Tania poniendo los ojos en blanco.
Yo me río a carcajadas y Julián menea la cabeza, resignado y divertido. Luego señala con la cabeza a la parejita, que sigue en las mismas, y se mete dos dedos en la boca, imitando arcadas. Se gana una colleja de su mujer, aunque ella ahora también esté compartiendo las risas a las que acaban por unirse todos.
—Definitivamente —vuelve a decir Pedro, más calmado—, me voy a por ese chupito. ¿Quién quiere?
Miro mi vaso todavía lleno, pero… ¡qué carajo! Me levanto y lo acompaño a la barra, donde Jorge sonríe levantando en el aire una botella de tequila que, por coincidencias de la vida, ya tenía en la mano.
—Sí, eso es perfecto —me animo y ocupo un taburete que acaba de quedar libre. Una vez acomodada, grito moviendo mucho las manos—. ¡Al más rápido de tres!
—¿Te gusta perder, eh?
Pero, para su disgusto, gano. Me los bebo tan rápido como luego me suben, claro. Y ahí comienza la verdadera juerga.
Me contoneo cuando toca, bailo como una loca cuando la música se ajusta y me río. Me río muchísimo. De lo que tiene gracia y de lo que no la tiene tanto. Salgo con Nela unas cuantas veces afuera, para fumarnos un cigarrillo rápido y de nuevo correr a la pista. Vale, y a la barra también, que otro par de chupitos han caído fijo.
Pero estoy pasándomelo tan bien… Me siento liberada, alegre, casi eufórica, como si, por una noche, estuviese viviendo una vida paralela en la que no tengo ningún problema, ninguna necesidad… Solo soy Laura, aquella de diecisiete años que con salir de marcha y tener ropa cañera era feliz. Y es una sensación maravilloooossssaaaa…
Cierro los ojos y me dejo llevar. Es que es una sensación increíble que… Que se rompe de repente. En el momento en que noto una lengua en mi boca y una mano sobre mi trasero.
«¿Qué? ¿Qué es esto?», pienso ya poniendo fin al beso.
Abro los ojos para encontrarme de frente a un chico al que conozco, sí, pero no sé de qué. Será el hijo o el hermano de alguien… Bueno, eso seguro. Con una risa casi histérica, lo aparto más de mí con un ligero empujón mientras doy un paso atrás. «¿De dónde ha salido?», me pregunto estúpidamente. «Ah, sí, llevamos un buen rato bailando juntos», me respondo al instante.
—Mal, mal, mal… Muy mal —me encuentro diciendo, más sorprendida que enfadada, la verdad. Y supongo que la culpa de esto es del alcohol, o al tío ya le habría caído un guantazo del revés.
—En fin… tenía que intentarlo —dice él con una sonrisa traviesa y encogiéndose de hombros.
—Pues… Prueba a… a preguntar primero, tío —le exijo, moviendo el dedo índice a modo de reprimenda.
Pero él me malinterpreta y acorta la pequeña distancia entre los dos.
—Ah, vale. Como quieras. ¿Puedo besar…?
—No, no, no, no. —Y también niego meneando el mismo dedo en su cara. Cara de lerdo que se le ha quedado, todo hay que decirlo. Y que me causa una gracia inmensa. Uff… Estoy muy borracha, creo.
—¿Qué? Ahora he preguntado —comenta él, confuso.
—No. Lo siento, ay, lo siento. —Y no es por no enrollarme con él, sino por no poder parar de carcajearme ante su última frase. Ay, Dios, ahora aseguro que estoy bastante perjudicada.
—¿Un poco de aire fresco? —oigo a Pedro justo en mi cuello—. Buena falta te hace.
—¿Mmmm? Sí, sí, y… agua. Creo… que quiero… agua. Y pis. Pis también —balbuceo aún entre risas.
—Pues vamos, pelirroja, antes de que Jorge se vea en la necesidad de poner duchas frías en el local. —Sonriendo, menea la cabeza y se despide del chico con un cabeceo, mientras yo lo hago con otro encogimiento de hombros y una risita.
Me dejo llevar hasta el baño, donde, como todo un caballero, Pedro me espera fuera ya con un botellín del preciado líquido en la mano cuando salgo. Es que este es mi amigo, el poli, el mejor del mundo.
Y bueno, entre dos botellines de agua que me acabo bebiendo y un poco de aire, no es que se me haya pasado del todo la borrachera, pero, cuando una hora más tarde me acompaña a casa, puedo andar perfectamente en línea recta y llevarme el dedo a la nariz. Sí, perfectamente, lo he comprobado. Tres veces.
***
Cuelgo el bolso en el perchero, coloco las llaves sobre el recibidor y mis zapatos, que ya me he quitado en el ascensor, los lanzo allí mismo en el vestíbulo, donde caigan. A oscuras, me dirijo al pasillo para irme a mi cuarto. Suelto una risita tonta cuando tropiezo con la puerta y, después, me pongo todo lo recta que puedo.
«A ver, Laura, que estás bien. Lo peor ya ha pasado. Derecha y andando».
Ya, pero… ¿quién ha sido el listo que ha colocado una puerta dividiendo el pasillo del hall? Es absurda. Y un gasto innecesario.
Además, estoy bien. Claro que sí. Demasiado contenta y todavía demasiado risueña, pero estoy bien. Quizá un pelín cansada. Ay, me duelen los pies. Y los tobillos. Y…
Me detengo en medio del pasillo al oír algo que no espero. El agua de la ducha del baño principal. Pero… ¿quién? ¿Y a estas horas? No miro el reloj, porque no se ve tres en un burro, pero es tarde. Muy tarde. Las niñas no pueden ser y Chema… Él nunca usa este baño para ducharse. O casi nunca.
De puntillas, me acerco exagerando la postura y empujo la puerta al descubrir que solo está entornada. Y ahí me quedo, pasmada, admirando tras la empañada y pequeña mampara a un Chema completamente desnudo y empapado. Está de espaldas a mí, con las manos apoyadas en el lateral del fondo y el agua cayéndole sobre los hombros. Y está para comérselo. Enterito. A mordiscos o a lametazos.
Joder… Paso de estar pasmada a cachonda perdida en un instante. Aprieto las piernas para calmar un poco la desazón, pero… Ay, eso todavía me pone peor. O mejor. Más, me pone más, esa es la verdad.
Y entonces mi escasa sensatez y mi poca vergüenza eligen ese momento para darse la mano y volver al bar a tomarse una copa. Mi cordura permanece ahogada por los chupitos, junto a la prudencia. Y solo quedo yo. Un cúmulo de carne excitada y un corazón enamorado. No pienso, no estoy mucho por la labor. Antes de que me dé cuenta, mi vestido termina en el suelo y la ropa interior lo sigue con rapidez. Ahora mismo todo me importa un pimiento, salvo meterme en esa ducha con él, rodearle con mis manos la cintura y besar cada centímetro de su piel.
Y eso es lo que hago, sin que él se entere de mi presencia hasta ese mismo instante en que mis dedos hacen contacto con su estómago. Lo noto tensarse, pero eso no impide que, ya que estoy, pegue mi mejilla a su espalda y lo apriete contra mí. O yo contra él.
Él no hace ni dice nada, se queda así, quieto y callado, durante mucho tiempo. Tiempo en el que me conformo con abrazarlo muy fuerte, inspirar su olor y reconfortarme con su calor. Pero mi cuerpo, desobediente y caliente, comienza a restregarse sutilmente, mientras mi boca deposita pequeños besos ahí donde alcanza. Alentada por su pasividad, mis uñas arañan muy despacio su abdomen, bajando poco a poco hasta alcanzar eso que ya sale a mi encuentro, duro y erecto. Pero solo he rozado su glande, cuando posa sus manos sobre las mías para detenerme. Retengo el aliento y espero… Espero unos segundos que se me hacen eternos, maravillosos y horribles a la vez. Rogándole sin palabras que no me aparte, mi pelvis vuelve a sus sinuosos meneos, mientras intento mover mis manos bajo las suyas.
—Laura. —Y ahí está. Su voz. Tan tensa como él. Pero susurrante. Vulnerable y cortante, si es posible que un tono suene de las dos formas. Y que yo interpreto como lo que quiero, como esa llamada de ayuda para que tome yo las riendas.
Cogiéndolo desprevenido, me desprendo de su agarre y envuelvo con mis dedos su erección. La que sí está cien por cien de acuerdo conmigo. Se endurece todavía más ante mi sujeción, late en mis manos, que, con destreza, la recorren entera.
—Laura. No. Por favor.
Cierro los ojos y los aprieto muy fuerte. Ya no se trata de amor, ni de orgullo, sino de necesidad. Lo necesito aquí y ahora. Y soy incapaz de considerar otra opción. No cuando él me desea tanto como yo a él, joder. ¿Por qué no? ¿Por qué no podemos follar?
—Solo es follar, Chema. Solo quiero follar. Y tú también —digo, en bajito pero resuelta, casi desafiante, comportándome como la perra en celo que en estos momentos soy.
Si antes él estaba en tensión, ahora sus músculos se agarrotan, mientras sus manos se convierten en puños apretados a sus costados. Se da la vuelta muy despacio y clava los ojos en los míos. Esos ojos… Dios mío. Dos óculos oscurecidos de deseo, dos círculos negros rodeados del fulgor del fuego. Rabia, pasión, dolor… Me queman con su escrutinio, me enciende todavía más.
—Así que solo es follar. —Y no, no es una pregunta. Es una afirmación que escupe entre dientes, con la mandíbula marcada como nunca. Entonces traga saliva, quitándole un poco de rotundidad a sus palabras, haciendo que, fascinada, mi mirada vuele a su nuez y se quede ahí un segundo… El único que me da antes de girarme en un movimiento brusco, ponerse tras de mí y empotrarme contra la pared. Joder, tan rápido y tan por sorpresa que tengo que afianzarme en el grifo para no dejar los dientes en los azulejos.
—La Virgen… —susurro, no sé si como protesta o expectante ante lo siguiente que haga.
Y lo que sigue… Es él, dentro de mí, con una urgencia y velocidad acojonantes.
Chillo ante la impresión, ante el pequeño latigazo de dolor, ante la plenitud que, de pronto, me llena.
Me muerdo el labio inferior con fuerza ante la segunda embestida, más fácil, más placentera. Y no consigo ahogar un jadeo en la tercera, cuando él no solo empuja como un demente, sino que eleva sus caderas clavándose tan al fondo que hasta me pongo de puntillas.
—¡Dios! Dios… Joder —se me escapa entre ahogos, sin diferenciar dónde acaba la incomodidad y comienza el placer. Porque, madre mía, me gusta, me encanta… Pero también me molesta un poco su proceder, la postura y, por muy contradictorio que resulte, que sea capaz de disfrutarlo.
Con el agua cayendo sobre mí y el alcohol evaporándose de mis venas, embestida tras embestida, empiezo a sentirme usada. Es bien cierto que me está dando lo que yo misma le he pedido, casi exigido, pero él está siendo brusco a conciencia, está yendo a lo suyo, convirtiendo esto en un acto sucio que… mierda, me excita muchísimo. Me encanta. ¿Estaré enferma? ¿El amor puede llegar a trastornarte tanto?
—Por favor, Chema… —acabo por rogarle desesperada. Porque en esta posición soy incapaz de correrme aunque me sienta al borde del orgasmo y sus embistes, casi desmesurados, no me permiten soltarme para procurarme algo de ese alivio que mi clítoris pide a gritos.
—¿No era esto lo que querías, Laura? ¿No era esto? —exhala, separando las palabras, con la voz enronquecida y jadeante, tan cabreado como excitado.
—Sí, era justo esto —le aseguro, provocándolo—. Pero sabes hacerlo mejor.
Él se detiene un instante, resopla en mi oído y, tras otra embestida que me hace jadear, me da una nalgada que envía latigazos de dolor y lujuria líquida a cada rincón de mi cuerpo. Me hace sentir más mala, pero no por el azote en sí, sino porque me enardece como nunca.
—Más, más… Más, por favor.
Otra palmada, otro grito y otro estallido de placer que me deja temblorosa, deseando alcanzar ese clímax que se me resiste.
Pero, aun así, a pesar de mis palabras y de estar más caliente que en toda mi vida, o tal vez por eso, los sentimientos y sensaciones consiguen desbordarme, traduciéndose en lágrimas inesperadas que escapan de mis ojos sin control, al tiempo que mi cuerpo responde a cada uno de sus empujes y me acerca más a él, acompañando cada movimiento con gemidos y ruegos tan escandalosos que hasta a mí me sorprenden por su tono. Dos instintos, dos emociones, y los dos luchando entre sí y contra sí. Porque ahora esto sí me parece solo sexo y la ira contra mí misma se mezcla con el placer.
—Chema… Chema… —susurro aturullada.
Y no sé si han sido mis gritos anteriores o mi susurro, pero algo cambia en él. Se queda muy quieto dentro de mí, alojado en lo más profundo, y acaricia mis nalgas, demorándose más en las zonas enrojecidas por su mano. Después, en un arranque, sus dedos se pierden en mi pelo, sujeta la mayor cantidad posible en un puño y me levanta la cabeza, girando mi cara y buscando mi boca en un beso delirante y desesperado en el que se traga mis lágrimas. Las saboreo yo también, saladas, mezcladas con su saliva fresca, aunque con un deje a licor amaderado. Posa su otra mano en mi vientre y me ayuda a incorporarme más, subiendo luego hasta mis pechos, donde sus dedos encuentran mis pezones anhelantes, a los que dedica caricias delicadas contrarrestadas con apretones un poco más intensos, que hacen que gima en su boca y me arquee contra él.
Sin despegar nuestras bocas salvo esos mínimos instantes en los que inhalamos un poco de aire, su mano vuelve a descender y llega a ese punto que palpita deseoso, falto de atención. No necesito mucho, la verdad. Unas cuantas caricias calculadas a la perfección y el orgasmo me sacude entera. Gimiendo, temblando, entre espasmos que lo hacen jadear a él y acabar en un gruñido cuando sale de mí, y su semen, caliente y a borbotones, baña mi espalda.
Con nuestros labios a escasos centímetros, nos miramos. Supongo que intentando leer en el otro qué ha significado esto. Si es un punto y seguido o un punto final. Para mí es una coma, una minúscula e insignificante coma, porque tengo tanto aún que vivir con él… Pero, como siempre, es Chema el que toma la decisión.
Se aparta y baja la mirada al suelo, se frota un segundo la mandíbula y se pasa esa misma mano por el pelo, echándoselo hacia atrás mientras suspira con fuerza. Y cuando me mira de nuevo, contemplo absorta el segundo ese que se toma para cerrar los ojos e inhalar muy hondo antes de hablar, al parecer tan sobrepasado como yo.
—Laura, no vuelvas a hacer esto —murmura en una súplica que me duele más que si me lo hubiese gritado enfadado. Y acaba de rematarme apartando con delicadeza un mechón de pelo que me cruza la cara—. Por favor. Prométemelo.
Me es imposible hacerlo. Únicamente permanezco observándolo, queriendo sentirme todo lo arrepentida que me merezco sentir, pero… no puedo. Y ahora ni siquiera estoy tan bebida para echarle la culpa a eso. El alcohol se ha evaporado como por ensalmo, pero tampoco puedo lamentarme por provocar lo que deseaba más que respirar. Lo que sí hago es bajar la mirada, incapaz de seguir viendo en él esa desazón fruto del remordimiento. Y cuando me atrevo a levantar la vista otra vez, Chema ya no está.
Se ha ido. Sin una última palabra, sin un último beso. Ni siquiera ha dejado el eco de sus pisadas al marcharse, silenciadas por el agua que aún sigue cayendo y por el exagerado retumbar de mi corazón.
¡Dios mío! ¿Cómo puede latir así si yo lo siento muriéndose?