Por nosotros

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CAPITULO 21 » Chema

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Chema

 

 

—Venga, tío, sonríe al menos para la foto.

Hago una mueca ante el codazo de Pedro, una que intento pasar por una sonrisa, y aguanto estoico a que la cámara resuene unas cuantas veces.

Eso sí, cuando nos separamos de los novios para que otros ocupen nuestro lugar, voy directo hacia la mesa donde sirven los aperitivos y me sirvo una copa de vino que acabo en dos tragos. Es la boda de Colás y Nela, lo mínimo que puedo hacer es aparentar estar feliz y no joderles el día, pero si para ello necesito una ayudita, pues… me la facilitaré.

—Eh… Que eso baja solo, pero luego sube que no veas.

—Tengo un padre, Julián. No necesito otro —gruño. Va a ser que el alcohol aún no ha hecho el efecto esperado y no ha mejorado mi humor.

Aunque en mi defensa diré que me da la impresión de que siempre tengo a uno de mis amigos pegado, joder. Dándome consejos que nadie les ha pedido, estudiándome y… preocupados. Sí, sé que eso es lo que en realidad los mueve, porque esta semana… Esta semana ha sido de las más horribles del año y se me nota, pero eso no quita que no resulte molesto tener a alguien vigilándote como si fueses a cometer una locura.

Como romper tres cajas de azulejos, las que al día siguiente de aquel polvo en la ducha lancé por una de las ventanas de la casa nueva en un ataque de ira como no recuerdo otro igual. Es que… Jesús… A veces no me soporto a mí mismo. Me comporté con Laura como un puto miserable… Como un auténtico malnacido. Y lo más imperdonable es que aún no me he disculpado. La mezcla justa de orgullo, rabia y vergüenza me incapacitaron para hacerlo al principio, y que ella apenas estuviese en casa esta semana tampoco me lo puso fácil.

No sé si lo de dedicar tanto tiempo a ayudar a Nela con los últimos preparativos de la boda no sería más que una excusa para no tener que verme, pero, aunque así fuese, lo cierto es que funcionó. Enfrió los ánimos y destensó un poco el ambiente. Casi podría decirse que es como si no hubiese sucedido… Casi. Porque también sé que tendremos que hablarlo en algún momento. Porque a mí aún me enferma recordar sus miradas cautelosas y sus respingos los días posteriores a aquello; o ese proceder digno de una santa con el que se movía por el piso, como ganándose un perdón que yo estoy muy lejos de merecer conceder.

Porque soy yo el que tengo que disculparme. Otra vez.

Sí, soy consciente de que fue ella la que lo provocó, pero también de que yo no es que me hiciera mucho de rogar. Caí en la tentación a la primera de cambio y me amparé en la excusa de que ella lo había buscado para soltarme como nunca. Fui a por mi propio placer sin consideración ninguna… Si hasta le di un par de cachetes, joder. Y no es que fuera la primera vez que jugábamos a eso, que con Laura el sexo siempre fue acojonante, puro instinto; pero digamos que las situaciones eran bastantes diferentes. Menos mal que recapacité, a tiempo para percatarme de que estaba llorando. ¡Llorando! Es para matarme, de veras. Y luego está lo otro… Que vaya dos irresponsables, Jesús. Solo espero haber reaccionado a tiempo, porque ni siquiera sé si sigue tomándose la píldora.

He estado tanto tiempo sumido en mis pensamientos que, cuando enfoco de nuevo mi atención en lo que me rodea, no me sorprende ver a Julián observándome con tanto detenimiento que hasta ha entrecerrado los ojos.

—A ti te pasa algo, joder, por mucho que lo niegues. Estás insufrible, como antes.

—¿Como antes de qué?

—Y yo qué sé. Como antes de que estuvieras bien y vuelta a empezar. ¿Quieres contármelo? Sabes que puedes hacerlo, ¿verdad? Sea lo que sea.

—¡Dios! Cada día te pareces más a tu mujer. ¿Por qué no vas con ella y me dejas un poco en paz?

—A mandar, tío —dice tras un minuto tenso, en el que supongo que duda entre partirme la cara o dejarme a mi aire. Ojalá hubiese hecho lo primero; me lo merezco, joder. Aunque, claro, así sí que le hubiese jodido el día a la parejita feliz.

«Y ahora además eres un cínico, Rubio. Son tus amigos. Deberías alegrarte por ellos».

Lo hago, de corazón, además. Y si mi actitud no lo demuestra es porque siento como si llevase una armadura de una tonelada encima todo el rato, ocultándome… Intentando que mis hijas y la propia Laura no noten lo que bulle en mi interior. Y ojalá yo pudiera identificar con exactitud qué es, pero no… Es un desasosiego sordo, una inquietud ciega. Una madeja de emociones de la que no encuentro el principio para comenzar a desenredar.

Es una sensación confusa que se mezcla muy a menudo con una ira que no entiendo, con la frustración que sí comprendo y con el dolor que yo mismo me ocasiono trayendo a Clara de vuelta de la única manera que está en mis manos. Con pequeños detalles, como la nevera o la encimera, o con otros más elocuentes, como el día que me dio por rociar su lado de la cama con su colonia para tenerla más presente. Sé que es un intento desesperado de aferrarme a ella, pero es el único que conozco. Necesito hacerlo. Ganarme de nuevo su respeto, aunque no esté para verlo. Ese que ni Laura ni yo le tuvimos, aunque no follar en nuestro dormitorio fuese una manera capciosa de guardárselo.

Sin embargo, a veces… Cuando todo parece desbordarme y no encuentro alivio en nada de lo que hago, admito que la idea de acudir a un profesional se pasea por mi mente. Quizá hablar con alguien ajeno a Clara me ayudaría. Tal vez tenga un serio problema y no quiera verlo. Pero, también entonces y con la misma rapidez, vuelvo a descartarlo. Porque en el fondo sé que no hay terapia para lo mío, solo soy un desgraciado enamorado de la mujer que perdió y que desea con locura a su cuñada. Algo que me abochorna tanto confesar, aunque sea a un extraño, que opto por callarlo.

—¡Vivan los novios! —gritan todos a mi alrededor cuando estos entran en el local. Y por una vez, doy gracias al bullicio. Así no puedo seguir oyéndome a mí mismo.

—¡Que se besen! ¡Que se besen! —chilla Pedro cuando todavía no se han sentado, con Julián y las chicas haciéndoles el coro, a los que se va uniendo más gente cuanto más se hacen de rogar los novios—. ¡Venga, chicos, un besito!

—¡Un besito! ¡Un besito! —cantan los demás, haciendo que Nela se parta de la risa y sea ella la que coja la cara de Colás entre sus manos y le plante un húmedo beso en la boca, causando la algarabía general y que a mí se me escape una sonrisa.

—Dios mío, Nela está preciosa —comenta Lidia en la mesa, ya por el tercer plato, y repitiendo un comentario que ya he oído, al menos, una docena de veces.

—Sí, preciosa. Ese vestido parece hecho para ella —la secunda Teresa con una sonrisa que no le cabe en la cara—. Están tan monos los dos… Oh, y yo estoy tan feliz por ellos.

Miro hacia ellos y sí, están guapos. Como todos los novios, supongo. Nela lleva un vestido beis sin mucho vuelo, cortado bajo sus pechos y una corona de flores en la cabeza. Me recuerda a una griega… No, más bien a una película de esas antiguas, tipo Orgullo y prejuicio o alguna similar. Películas que hace tanto que no veo que ya no me acuerdo muy bien, la verdad. Desde que no está Clara, yo… Pues bueno, no soy muy fan de ellas.

Bebo de mi copa de vino y pienso en que me gustaría pedirme una cerveza. ¿Será mucho descaro? ¿Estará demasiado fuera de lugar?

—Me muero por una cerveza —dice Laura frente a mí, un poco a la derecha—. Voy a pedirme una. ¿Alguien quiere?

Levanto la mano en el acto, junto con Julián y Pedro, lo que hace reír al resto de la mesa.

—De cobardes está el mundo lleno —susurra ella por lo bajo, jocosa, y haciendo ya señas para llamar la atención del camarero. Uno, por cierto, demasiado servicial para mi gusto, que se planta a su lado con una sonrisa en un santiamén.

—Dime, ¿necesitas algo?

—Por favor, cuatro cervezas. ¿Puedes?

—Claro, todo lo que tú quieras —le responde guiñándole un ojo antes de retirarse. Pero bueno… eso sí que está fuera de lugar, coño.

Aunque al menos es rápido, porque las bebidas no tardan nada. Nos las bebemos entre los típicos comentarios chorras que se hacen en una boda. Que si la comida está muy bien, el restaurante es una pasada, la misa ha sido bastante amena… Yo la verdad es que me evado un poco observando a mi alrededor, pensando en todo y en nada a la vez. Como, por ejemplo, en que nunca he visto a la madre de Nela sonreír como lo hace hoy, en su papel de madrina. Porque sí, no sé cómo lo habrá arreglado la novia, pero ha conseguido tenerla junto a ella en el altar, delegando en su suegro el papel de padrino. En la mesa de los novios también está la abuela materna de Nela, no tan mayor como me la había imaginado, por cierto. Otra que sonríe ahora cotilleando con su nieta. Y esta… bueno… Colás y ella llevan enseñando los dientes desde que llegaron a la iglesia, pletóricos y tan ansiosos que resultaban entrañables.

—Por favor, ¿nos traes otras? —oigo a Laura hablar de nuevo con el de la pajarita.

—Será un placer —le dice él con esa sonrisa Profidén que se gasta. Dios, qué típico… Ligando con las invitadas…

—Chicos, bebed lo que queráis, pero no mezcléis demasiado —nos pide Abel apoyando los codos sobre la mesa y atusándose el bigote—. Y por favor, pedid un taxi a la vuelta.

Lo ha dicho con una sonrisa sesgada, supongo que imaginándose cómo podremos terminar la fiesta, pero a mí… A mí su comentario me ha sentado como una patada en los huevos. De hecho, un fuego líquido ha comenzado a formarse en mi vientre y ha subido hasta mi esófago, recordándome emociones que sí prefiero olvidar. Echo la mano al bolsillo de mi pantalón para cerciorarme de que tengo allí la cajetilla de tabaco, y me levanto mascullando una disculpa tonta antes de dirigirme a la terraza.

Me apoyo en la balaustrada y trato de sosegarme. Calada tras calada, con los músculos tan tensos que me duelen, me esfuerzo en no pensar. Inhalar humo, expulsar humo, dejar caer la ceniza… Pierdo la vista hacia el fondo del jardín, donde diviso a mis hijas y a Sofi saltando en los hinchables puestos para la ocasión. Varias monitoras las vigilan de cerca, las mismas que se han encargado de ellas durante la comida, dejándonos a los mayores la libertad para divertirnos, para interactuar entre nosotros. Para hacer todo eso que yo hoy no consigo.

Después de mi tercer pitillo y de recorrer en varias ocasiones la terraza de un lado a otro, algo más tranquilo ya, respiro hondo y me encamino a la puerta. Por respeto a mis amigos, sé que debo entrar. Pero aún no he dado ni dos pasos cuando veo salir a Laura, paseando la vista por el recinto hasta dar conmigo.

—Hola —me saluda con una sonrisa tímida cuando llega junto a mí. Porque sí, por alguna razón, yo ni me he movido del sitio—. No van a tardar en cortar la tarta. ¿No entras?

—Sí, sí. Ahora mismo iba a hacerlo.

—Vale. —Pero no se mueve. Se muerde el labio inferior y me observa pensativa.

Y cuando suspira y cierra los ojos un segundo largo… Vale. Supongo que ha llegado el momento. Ese para el que hemos tenido que reunir coraje.

—Yo quiero…

—Necesito… —decimos los dos a la vez.

Nos miramos un instante, en el que yo cabeceo y ella suspira de nuevo.

—Perdona por lo del sábado…

—Con respecto a lo del sábado… —Y otra vez hablamos al unísono. Así que sonreímos como dos bobos, lo que aligera un poco la cosa.

Aunque pronto nos ponemos serios, porque el tema se las trae e imagino que los dos somos conscientes.

—Había bebido bastante y… —comienza ella sin mirarme—. Sé que no es excusa, pero…

—No las necesito, Laura. Pasó y punto —la atajo—. Yo tampoco puse mucho de mi parte para que no sucediera y… no estaba borracho.

—Vale. Pues eso. No tengo mucho más que decir, entonces. —Se ríe nerviosa—. Solo siento si te hice pasar un mal rato y…

Ahora el que se ríe soy yo, aunque maldita gracia la que me hace el asunto.

—Por favor, Laura, sabes que ese no fue el caso. Ojalá lo fuera, joder… —termino por mascullar.

—¿Qué?

—Nada —resoplo—. Mira, aquí el único que tiene que disculparse soy yo —carraspeo y me obligo a proseguir—. Sé que fui muy brusco y…

—No, no… Me gustó —dice muy rápido. Y se ruboriza tanto que entonces sí sonrío con sinceridad, porque el brote de ternura que me produce es más bestial que el puñetero polvo del que hablamos.

Y eso me acojona. Y me descoloca. Y vuelve a sumirme en ese estado confuso y lleno de frustración del que parezco no ser capaz de salir. Joder.

—Bien… A mí también. Así que estamos en paz, pero también sabemos que no va a repetirse de nuevo, ¿verdad? —comento con un poco más de rudeza de la necesaria debido a mis anteriores pensamientos.

—No, no te preocupes. Me ha quedado claro. Si es lo que quieres… no volveré a tocarte —asegura muy despacio, aguantándome la mirada y frunciendo más el ceño en cada una de sus frases.

Rotunda y desafiante a la vez. Provocadora y orgullosa. Vulnerable y decidida a cumplirlo. Jodidamente maravillosa.

Tengo que hacerme con toda la fuerza de voluntad del mundo para seguir en mis trece. Para no besarla hasta emborracharme de ella.

Porque, además, hoy está preciosa, tanto que roza la perfección. Es ese puñetero vestido, hecho con una tela tan fina y delicada que marca con sutileza cada una de sus curvas. Es su pelo, semirrecogido en un moño tan desarreglado a conciencia que parece que acaba de follar. Son esos zapatos de tacón de aguja, que afectan directamente a mi entrepierna. Es toda ella. La tentación personificada. Tan sensual que me pican las manos por las ansias de tocarla.

Pero, como eso me lo he prohibido, intento alejarla un poco más.

—Es lo que tiene que ser, Laura. A partir de ahora, lo mejor es que busquemos en otro lado lo que necesitemos, ¿de acuerdo? —Y juro que no sé cómo no me atraganto con semejante barbaridad.

Ella me devuelve una mirada extraña, como si tampoco se creyera mis palabras, pero rápido se recompone y asiente con la cabeza esbozando una leve sonrisa.

—La tarta… Nos la vamos a perder.

Mientras nos dirigimos a la mesa, veo a la feliz pareja en el centro de la pista, abrazados, meciéndose más que bailando, pero arrancando miradas y sonrisas embelesadas de medio restaurante. Y sí, nos hemos perdido el momento de cortar la tarta, que ya reposa en nuestros platos esperándonos.

—¡Oh, pero qué bonito es el amor! —exclama Pedro en cuanto tomo asiento a su lado, con los ojos puestos en los novios. Y joder, parece de los embelesados.

Arqueo las cejas y lo miro con incredulidad. ¿Pero a este qué le han dado…? ¿Polvo de hadas?

—Qué pena que Nieves no haya venido, ¿verdad? —comenta Teresa sin venir a cuento y sin apartar los ojos de los novios—. A Nela le habría hecho ilusión tenerla aquí.

—Sí, pero… hay que entenderla. Acudió a la iglesia, pero… venir sola le parecía un desaire hacia Hugo, y traerlo… pues… Sabía que muy cómodo no se sentiría aquí, ¿no? —explica Laura.

Y salvo Teresa, que asiente con un resoplido, nadie dice nada porque tiene toda la razón. Es una boda pequeña y, de haber venido, lo normal es que los ubicara en nuestra mesa, la de los amigos. Y… mejor no, gracias. Aunque sea egoísta pensar así, pues hoy es indiscutiblemente el día de Nela y Colás y es normal que quieran sentirse arropados por la gente que les importa. De hecho, a quien también echamos de menos, y todos, es a Álvaro, porque, dada la rapidez del asunto, no ha podido venir. Él y Carolina están en Tailandia, un viaje que no pudieron cambiar y para el que llevaban meses ahorrando.

—Vale, veo que os calláis —continúa Teresa con una sonrisa de suficiencia—. Ya sabéis lo que dicen. Quien calla… otorga.

Julián y yo compartimos una mirada de entendimiento, porque a ambos nos cuesta olvidar las putadas que ese tío, junto con Selmo, nos hicieron. Y justo cuando aparto mis ojos de él, me encuentro a Pedro observándonos a los dos, pensativo.

—¿Qué sucede? —le pregunto con verdadero interés.

—Nada… Solo pensaba.

—¿Y en qué, si puede saberse? —interviene Julián.

—Pues en que tenéis vuestra parte de razón, pero… en el fondo es una lástima, ¿no?

—Uy, hoy estás hecho un sentimental, colega —se cachondea el moreno, arrancando alguna que otra risa y que Pedro levante su dedo medio.

—No te preocupes, Pedro, las bodas también tienen ese efecto en mí —lo defiende Lidia con ternura.

—¿Y en qué mujer no? —la provoca mi suegro.

—Bueno… A mí no me ponen tontita, si os digo la verdad. Me agobio solo de pensar en pasar por algo así —dice Laura, haciendo que su padre menee la cabeza.

—Vale, rectifico. Pero tú eres rara, hija. Muy rara.

—¿No quieres casarte, Laura? ¿Nunca? —cuestiona Teresa, asombrada.

—No necesariamente. Se puede estar con alguien sin tanta… parafernalia. ¿No?

—Ay, sí, pero las bodas son tan bonitas y tan…

—¿Caras? —acaba la pelirroja con recochineo—. ¿Largas? ¿Cansinas?

Después del violento momento vivido en la terraza, me sorprendo sonriendo ante su comentario y las risas que sus palabras causan en todos los presentes, menos en Teresa, que la mira como si fuese un bicho raro.

—¡Vaya! Veo que os lo pasáis genial —se alegra la novia, acercándose con una silla que ha robado en algún lado y haciéndose hueco entre sus amigas.

—No preguntes sobre la última conversación, por favor. No preguntes —le pide Teresa con un suspiro.

—¿Cuál era? —Y como era de esperar, esa es la respuesta de Nela, causando otra carcajada general.

Por suerte, la llegada de Colás hace que olvide la pregunta de marras, ocupada en cederle su sitio a su marido y sentándose en su regazo.

—¿Qué tal todo, chicos? —pregunta este último rodeando la cintura de su mujer.

Nos dedicamos a elogiarlo todo y comentamos durante un buen rato las anécdotas del día. O más bien lo hacen ellos. Yo… Bueno, yo sigo dándole mil vueltas a mi comportamiento con Laura. Preguntándome si habría otra manera de hacer las cosas. Y sintiéndome un poco idiota, porque ella se ve genial, risueña y habladora, como si en el fondo, y después de todo lo sucedido entre los dos, nada le afectase demasiado.

Idiota. Claro que soy idiota. ¿Qué esperaba? ¿Que se portara como una mujer despechada? ¿Que se deprimiera? Era solo sexo, joder. Lo suficientemente bueno para que le molestara perderlo, supongo, pero nada que otro no pueda darle.

Me incorporo a la vez que mis suegros, ellos hacia la pista de baile y yo para escabullirme de nuevo, aunque esta vez tenía pensado hacerlo acompañado de algo más fuerte que una cerveza. Pero entonces Nela, con un entusiasmo casi desorbitado, se inclina sobre Laura, conspiradora.

—Ah, por cierto, tengo algo que contarte, Laura. ¿Sabes ese camarero guapetón que os ha tocado en esta mesa? Se llama Alberto y es el hermano de Karina. ¿La recuerdas? Son de aquí, de Bellota, pero estudió contigo en Bachillerato, una morenita…

—Sí, sí, la recuerdo. Lo que no entiendo es por qué lo haces tú.

—Pues porque son sobrinos de Paula, mi jefa.

—¡Leches, pues sí! Ahora que lo dices, alguna vez los he visto en la peluquería, sí. Y Paula me ha hablado de ellos —menciona Teresa, muy atenta ella a la conversación. Como todos, por cierto. Que yo ha sido oír nombrar al camarero y me he tensado entero, joder. Seré gilipollas…

—Bueno, vale —continúa Laura un poco asombrada—, es su hermano… ¿Y?

—Y me ha pedido tu teléfono después de preguntarme si tenías pareja o algo parecido.

—¿No se lo habrás dado?

—No, quería comentártelo primero. Pero es un chico supermajo, Laura. Tiene treinta y tres años, es comercial y los fines de semana echa una mano aquí, en el restaurante de su tío. Está divorciado…

—Por algo será —me escucho murmurar ya sentado, incapaz de dejar de torturarme con esta conversación. Y de paso, consiguiendo que Pedro se ría por lo bajo, Julián y Colás me miren asombrados y las chicas me fulminen con la mirada.

—Oh, cállate, Rubio. Se casó muy joven y… esas cosas pasan.

—Estoy contigo, Tere —asegura Nela—. Y a lo que íbamos… No tiene hijos, vive solo en un piso que heredó de sus padres y…

—¡Joder! Pero… ¿le has hecho una entrevista o qué? —alza la voz Laura, alucinada.

—Bueno… Solo unas cuantas preguntillas de nada. Es muy abierto y…

—Dios, y eso que apenas te he dejado sola —comenta Colás como al descuido.

—Ay, cariño… No te me pongas ahora celosillo, eh.

—No, no son celos. Es admiración, preciosa, de verdad.

—Ya te digo —dice Pedro entre risas—. ¿Has pensado en hacerte detective?

—Bah… ¡Hombres! Que sepáis que, de no conocer todas estas cosas y no estar casi segura de que es un buen chico, no estaría aquí ahora haciendo de celestina.

—Y lo haces genial, eh —ironiza Laura mientras pone los ojos en blanco—. Pero…

—Mira, habla con él y acepta una cita —insiste la novia—. ¿Cuánto hace que no tienes una? ¿Te acuerdas de cómo son, tan siquiera?

—Qué se va a acordar, si lleva dos años como monja de clausura —declara Teresa muy segura de sí misma, lo que, Dios, me hace tener que apretar muy fuerte los labios para no soltar una carcajada, tan llena de sarcasmo que daría pie a un montón de preguntas. ¿Laura, monja de clausura? Joder para las monjitas… Y casi apuesto a que ella está pensando lo mismo, o algo parecido, o quizá solo esté avergonzada hasta la médula, porque se tapa la cara con las manos y apoya la frente en la mesa, negando con la cabeza.

—Venga, no seas teatrera. —La sacude Nela por los hombros—. Y sal con ese chico, por Dios.

—Por Dios no, por ella. —Se ríe Teresa mirando hacia atrás, al susodicho—. Que está bien bueno… No me había fijado yo.

—Ni te tienes que fijar —masculla Julián.

—Por favor, Julián, Pedro Picapiedra a tu lado se queda corto —lo vacila Pedro entre risas—. El chaval es guapo… Desde un punto objetivo, claro. Laura, mujer, dale una alegría al cuerpo.

—En serio, ¿tú también? —le pregunto sorprendido. Y cabreado. Y tan atontado que no me doy cuenta de cómo ha sonado eso hasta que lo he dicho en alto.

—Yo solo quiero que lo pase bien. ¿Qué tiene de malo?

—Eso… ¿Qué tiene de malo? —Y es la misma Laura la que repite eso, cambiando su actitud de repente—. De hecho, puede que acepte esa cita.

Y justo en ese momento, la música cambia, de pronto, a un redoble de tambores que nos coge a todos por sorpresa. A mí quizá al que menos, porque hace juego con los latidos de mi corazón, que hasta los siento en las sienes, joder.

Va a salir con ese chico. Genial. Va a tener una cita. Bien. Es lo que yo quería, ¿no? Cada uno por su lado. Mil veces perfecto. Como tiene que ser.

Pues no, joder, no me hace ni puta gracia.

Observo, intentando olvidarme de lo impropio de mis pensamientos, como Nela se levanta ante ese sonido, corre a su mesa y regresa con el ramo de novia en sus manos. Se lo entrega a Laura con una inmensa sonrisa, y deja a esta última perpleja, con la boca abierta en una «o» perfecta y los ojos como platos.

—Pero… No, Nela. Yo…

—¿Tú qué? —le pregunta la novia con curiosidad.

—Ella no quiere casarse. ¿No lo sabías? —contesta Teresa con un resoplido. Pero Nela solo se echa a reír.

—Bueno… Pues no te cases. Pero seguro que serás la próxima en encontrar al hombre de tu vida. —Le guiña un ojo y compone una sonrisa del todo traviesa—. Lo que hagas con él después… Pues es cosa tuya.

Y entonces se oye el carraspeo de mi suegro, que parece divertido cuando Nela se vuelve hacia él, toda colorada, y comienza a balbucear.

—Uy, perdón, Abel. Me refería a… Vamos, que…

—Nada, Nela, nada. Yo, mientras no haga nada ilegal, ya estoy contento.

—¡Papá! —se queja Laura tras ese comentario—. Por favor…

—Oye, que soy perro viejo y sé que todos hacemos lo que podemos…

El que más y el que menos se ríe ante eso, pero yo solo puedo hacer una mueca extraña que no llega ni a ser un amago de sonrisa. Joder, si él supiera…

Pero aún no acaba ahí la cosa, porque, un par de minutos después, Nela nos sorprende de nuevo rodeando la mesa y acercándose a nosotros con Colás a la zaga. Con un gesto, le pide a Pedro que se separe un poco de la mesa y luego le planta un pie en un muslo, mientras se recoge el vestido hacia arriba. Creo que los dos estamos igual de sorprendidos, pero es que además el poli no sabe qué hacer con sus manos y las mantiene en alto como si lo estuviesen arrestando. Es solo cuando la liga queda a la vista que Nela cesa en su movimiento y sonríe pícara.

—Venga, sácala. Es para ti. Te dará suerte con esa chica misteriosa, ya verás.

—¿Qué? —le pregunta Pedro, pasmado. Y, en serio, no puedo sino sonreír porque nunca lo he visto en esta tesitura.

—Quítamela, anda. No seas remilgado ahora, hombre.

Y él, volviendo a ser el que todos conocemos, sonríe canalla y comienza a obedecerla, deslizándola lentamente por su pierna hasta sacársela por el pie.

—Suerte, Pedro. Joder, nunca pensé que te diría esto en cuestión de mujeres, tío —se chancea Colás, haciéndole justicia a ese buen humor que se gasta desde que volvió con Nela.

—Bueno… —El poli arquea una ceja y sonríe socarrón—. Suerte no sé si me dará, pero en principio ya le he acariciado la pierna a tu mujer, así que…

La colleja de Colás le cae justo en la nuca y logra que Pedro se queje en alto y se frote la zona, mientras todos los demás nos reímos con ganas. Sí, hasta yo.

Pero, casi dos horas después, de lo único que tengo ganas es de largarme. Olvidado ese buen rato y otra vez en la terraza con un cigarrillo a medio consumir, solo quiero irme a casa y beber en soledad hasta dormir del tirón, sin pensar en nada.

Laura ha bailado con todo aquel que se le ha puesto por delante, pero ahora mismo, hace cinco minutos, estaba en una esquina, coqueteando con ese dichoso camarero. Y él se la comía con los ojos, Jesús.

Y yo… Yo estoy muerto de celos, joder. Sí, de celos. Unos celos desconcertantes y completamente inapropiados, pero tan intensos que no puedo ignorarlos. Y que no comprendo. Porque yo solo la deseo, ¿no? Y los celos, esa enfermedad que yo nunca padecí, en todo caso siempre los vinculé a un sentimiento más profundo. Y no, no, no. Lo mío por Laura no es amor. Lo sé bien. El amor no se duda, se sabe. Es tranquilo, fácil. No se parece en nada a esta confusión con la que cargo ni a ese cúmulo de emociones contradictorias que me sacuden en su presencia. Esto es lujuria. Y rabia por sentirla. Únicamente eso.

Me arrepiento por enésima vez de no haberme ido con mis suegros cuando se marcharon con las niñas, de haberme dejado convencer por todos para quedarme hasta el final. De haberla empujado a otros brazos.

Aunque una parte de mí sepa que es lo correcto. Lo que quizá me cure de esto que siento por ella.

 

 

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