Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 21 » Laura

Página 70 de 113

Laura

 

 

—Así que nada de cenar. Y de comer juntos, tampoco. ¿Quizás eres más de desayunos? Preparo un café de muerte, por si te interesa.

Suelto una carcajada ante la desfachatez de Alberto, pero no se lo tomo a mal. Sé que está intentando llevar con humor mi negativa a quedar con él, y la verdad es que hasta me hace gracia.

—No lo dudo. Pero no, lo siento, tampoco puedo aceptar.

Él sonríe resignado y continúa llenando de vasos la bandeja que carga. Lo cierto es que en las dos ocasiones en que se acercó a mí fue tan simpático, tan correcto, que no fui capaz de dejarlo con la palabra en la boca y lo acompañé mientras proseguía con su trabajo.

—Nela me dijo que no tenías pareja. ¿Tan mal te caigo? —pregunta alzando una ceja.

—No, para nada. Es solo que… no es buen momento.

—Entiendo. Acabas de salir de una relación —afirma, con una seguridad que me deja perpleja.

—Bueno… Algo así, sí.

—Entonces no insisto. Sé que no es fácil volver a confiar. U olvidar.

Asiento con una sonrisa cómplice, conocedora de que lo suyo tampoco resultó, pero sin tocar el tema. No existe tal confianza, ni creo que la haya nunca.

—De todas formas, me ha encantado conocerte, Alberto.

—Lo mismo digo, Laura. Y ¿quién sabe? Un día quizá podamos seguir haciéndolo un poco más.

—Sí, quizá…

Nos separamos casi a la vez, él en dirección hacia donde sea que se lleva la cristalería a lavar, y yo hacia la mesa que ocupábamos, buscando con la mirada a alguien por allí. Localizo a Pedro, a Nela y a Colás sentados en ella, disfrutando de unas copas y hablando entre ellos. Chema andará perdido por ahí, fumando en la terraza acompañado de sus pensamientos. Ni lo busco ni lo pretendo. Aún estoy un pelín avergonzada por cómo lo abordé en la ducha. Conmovida por que cargara con parte de la culpa cuando ambos sabemos que no la tiene y… muy dolida por sus últimas palabras. Aunque esté siendo del todo coherente consigo mismo.

«Tiempo, Laura. Solo necesita tiempo. Y eso puedes dárselo a puñados».

Sacudo la cabeza y me prohíbo pensar en él. Hoy no quiero sentirme mal. Hoy es un día alegre, el día más feliz en la vida de mi mejor amiga. Y de Colás, al que se le nota a la legua. Ahí está, acariciándole el brazo a su mujer de arriba abajo y con la sonrisa más grande que le he visto jamás.

—¿Qué? ¿Habéis quedado? —ese es el saludo de mi amiga en cuanto me ve acercarme—. Dime que sí, que…

—No. No, pesada, no.

—Pero…

—Pero nada. —Incluso abro mucho los ojos y elevo las cejas un par de veces, a ver si se da por enterada de que quiero que deje el temita de una buena vez. Pues sí que se ha metido en su papel de Celestina, sí—. ¿Y Julián y Teresa?

—Vuelven en unos minutos. Se han llevado a Sofi con sus abuelos. Se quedó dormida en el suelo, qué ricura —me explica Pedro, mientras retira la silla de su lado para que la ocupe.

—Pobre… —Sonrío con ternura al imaginarme la escena.

—No, espera, Laura. Acompáñame al baño, porfa —me pide Nela antes de que esté sentada del todo. Pero aún no nos hemos alejado un metro de los chicos cuando ya adivino que su intención no es solo usar el váter, si es que llega a hacerlo—. ¿Por qué no le has dicho que sí? Una cena, joder. ¿Tanto te costaba aceptar?

Resoplo y pongo los ojos en blanco.

—No hay quien te entienda. Y qué neura te ha entrado con el Alberto ese, por Dios. No hace tanto me dijiste que no diera a Rubio por perdido y ahora…

—La que no entiende nada eres tú, lista. Y tampoco tienes idea del poder de los celos. Estos son los que mueven montañas, y no la fe.

—¿Qué? —pregunto un poco perdida, al tiempo que entro en el baño, que, por suerte, está vacío. Bueno, de hecho, quedamos solo un puñado de invitados en el restaurante—. ¿De qué hablas ahora?

—De celos. ¡Celos! Hay que usar la artillería pesada, cariño. Y créeme, los celos lo son.

—Oh… ¿Querías que saliera con Alberto para darle celos a Rubio?

—Joder… Lo que has tardado —susurra ella rodando sus ojos mientras se sube el vestido hasta la cintura. Tengo que aguantar la risa cuando la veo hacer malabarismos para sujetarlo ahí con las dos manos y conservar el equilibrio para mear sin tocar el retrete.

—A ver, que te ayudo —le digo divertida, echándole mano al traje para que ella pueda, al menos, apoyarse en una pared.

—Dios… ¡qué gusto! Llevo horas con ganas de hacer pis.

—¿Y por qué no has venido antes?

—¿Y yo qué sé? Creo que me daba pena perderme algo ahí fuera.

Ahora sí que me río. Con Nela es imposible permanecer mucho tiempo seria.

—Bueno… —retomo la conversación mientras se lava las manos—. ¿Así que querías usar al pobre Alberto? Eso es muy feo, Nela.

—Bah. Le iba a importar mucho a él pasar un rato contigo…

—No se trata de eso. Se trata de que no está bien salir con alguien para conseguir a otro. Joder, es que, si lo piensas bien, no tiene ni pies ni cabeza.

—¿Y qué lo tiene aquí? ¿La actitud de Rubio? Que, de la noche a la mañana, se le haya dado por hacer el papel de viudo afligido. Por favor…

—Nela, no digas eso —susurro, pasmada ante su tono cínico, por no hablar de que lo que acaba de decir es hasta insultante—. ¿Desde cuándo eres tan cruel?

—¡Desde que sufres por él, joder! —chilla, y luego coge una bocanada de aire y la deja salir en un suspiro—. Lo siento, perdona. Sí, ha sido cruel. Y una gilipollez. Sé que Rubio adoraba a Clara, es solo que… no lo comprendo. ¿Tú lo haces?

Niego con la cabeza mientras me muerdo el labio inferior, aunque la verdad es que sí comprendo lo que le pasa. O me lo imagino, vamos. Solo que, con Nela, esto me lo guardo. Solo le dije que el día del aniversario de la muerte de Clara algo hizo clic en su cabeza. Lo que, de todas formas, también es cierto.

—Es imposible que un día estéis genial y al día siguiente… corte por lo sano —murmura ella, pensando en voz alta.

—Sí, supongo.

—Sin un motivo…

—No lo hay. Salvo…

—Sí, sí… La puñetera fecha. —Me mira y sonríe casi maléfica—. ¿Y estás segura de no querer ir a cenar con Alberto? ¿Ni una comidita rápida? ¿Un café?

Suelto un bufido casi divertido, muy a mi pesar.

—Joder, hasta os parecéis. —Pero ante su arqueo de cejas, ni me molesto en explicarme—. Y ahora vamos a dejar el tema, ¿vale? Los dos. Hoy es el día de tu boda y me niego a seguir jodiéndolo con esto.

—Vale, no voy a ser yo la que te lleve la contraria. Porque ¿sabes qué, Laura?

—¿Qué, Nela?

—Que me he casado, tía. ¡Con Colás! ¡Aún estoy medio flipada!

—Lo que estás es chiflada, cariño. ¡Chiflada! —le digo entre risas.

Y aún seguimos riéndonos cuando llegamos de vuelta a la mesa, donde ya no hay nadie. Los encontramos en la terraza, a todos, Chema incluido.

—Ah, aquí estáis —dice Nela a mi lado, mientras camina ya hacia ellos.

Colás y Pedro, de espaldas mirando hacia el jardín, se giran al oírla y nos sonríen. También lo hace Julián, que ya ha regresado y está apoyado en la barandilla, con su mujer entre sus piernas y un brazo alrededor de su espalda. Ella se apretuja contra él, descansando una de sus mejillas en su pecho y sus manos bajo su chaqueta, al parecer buscando más calor que afecto, porque tiene el chal sobre sus hombros a modo de manta.

A su lado, Chema, serio, mira hacia lo lejos con las manos en los bolsillos. Compongo mi mejor sonrisa y me dirijo a ella.

—Bébete algo, Teresa, ya verás como se te pasa enseguida el frío —le aconsejo por propia experiencia. Y tampoco he bebido tanto, eh, que algo he aprendido de la última vez.

—Ya. ¿De verdad tú no lo tienes? —me pregunta la morena, observando con asombro mis brazos desnudos.

—No, para nada. De hecho, estoy acalorada.

—Como para que no lo estés —se burla Pedro poniéndose a mi lado y pasándome un brazo sobre los hombros—. Has bailado más que John Travolta en sus mejores tiempos.

Suelto una carcajada y abro el bolso para sacar el tabaco.

—Exagerado. Y al final, chicos… —continúo, dirigiéndome ahora a los novios y haciendo una pequeña pausa para encender el pitillo—. ¿Os vais o no de luna de miel?

Porque, vamos, ese asunto parece el misterio del Santo Grial. No hay manera de sonsacarles nada.

—Pues no —responde Colás, mientras abraza a su mujer por detrás y apoya la mandíbula en su hombro.

—Jo, qué pena. Toda pareja necesita unos días a solas. Y vosotros, al ir a vivir con la madre de Nela, pues… —interviene Teresa.

—Es que ahí está la cuestión —explica Nela con un brillo especial en los ojos—. Mi madre nos dijo la semana pasada que se muda con la abuela y con mi tía. Esta misma noche. Me lo venía venir. Desde que su hermana se quedó viuda, las visitaba a menudo, pero no así, tan de repente… Ahora ha decidido cedernos la casa a modo de regalo de bodas. Lo cierto es que yo sé que esa casa no le traía demasiados buenos recuerdos y nos ha confesado que espera que nosotros podamos llenarla de niños y alegría.

—Joder, pero eso está genial. —Julián parece pensar sus palabras, porque comienza a desdecirse—. A ver, que tu madre se vaya a vivir a casi cincuenta kilómetros no, y lo de los malos recuerdos… tampoco, claro. Pero que os la haya regalado… Eso sí, ¿verdad?

Colás se ríe por lo bajo, pero Nela solo sonríe con cariño y se acerca a besarle la mejilla.

—Ay, eres un amor, cuñado, de verdad. Y sí, me va a costar no estar siempre pendiente de ella, pero también sé que es para bien y nosotros… pues nosotros…

—¡Estrenaréis en condiciones cada esquina de esa casa! ¡Como tiene que ser! —exclama Pedro antes de silbar con dos dedos—. ¡Vivan los novios!

—¡Vivan! —lo coreamos entre risas, aunque Chema ni se molesta en hacer el amago. De hecho, tiene el ceño fruncido y la vista clavada al frente en un punto fijo. En… ¡vaya! En la mano de Pedro que cuelga sobre mi clavícula. De repente, parece salir del trance y me mira un instante a los ojos para, acto seguido, bajar estos al suelo, superinteresado en la punta de sus zapatos.

Pero… ¿qué le sucede ahora? ¿En qué piensa? ¿Son imaginaciones mías o…?

—¡Ni de coña! —oigo protestar a Colás sin saber sobre qué. Me he perdido parte de la conversación hablando conmigo misma—. Como te atrevas a aparecer por allí en estos quince días, te juro que te mato, Pedro.

—Pero… ¿ni a un desayuno rápido? Venga, hombre, que cuando salgo de la guardia de noche…

—Pedro, por Dios, para, te vas a ganar un sopapo —le pide Teresa entre risas—. Y oye, si no queréis salir, mandáis un wasap y yo me encargo de haceros la compra y dejárosla en la puerta. Sin problema, eh. Os merecéis dos semanitas para vosotros… Desde luego que sí. Hasta os puedo preparar algo caliente. Sí, eso haré… Unos táperes de comida casera seguro que los agradecéis.

Nela y Colás se miran entre ellos sonrientes y luego a su cuñada.

—No te imaginas el regalazo que sería eso, Teresa. Estaríamos tan agradecidos que…

—¿Que nos devolveríais la pasta que ya os hemos dado? —se cachondea Julián, haciendo que los pobres se quedan un poco a cuadros—. Era broma, era broma…

—Ya te vale —protesta su mujer y le da un cariñoso manotazo en el pecho—. Y contad con ello, chicos. Os cocinaré y me ocuparé de…

—¡Yo también! —exclamo saltando sobre mis pies, emocionada—. Yo también…

—Eh… Que se trata de que recuperemos fuerzas, no de que nos mates. Y tu fama en la cocina… —dice Colás arrugando la nariz, para luego soltar una carcajada ante la cara que se me ha quedado.

—Serás cabronazo… No hablaba de cocinaros, sino de las compras… Ahora os fastidiáis…

—Oye, que yo no he dicho nada —protesta Nela, aguantándose la risa—. Y no cocinas tan mal, mujer…

—¿No lo hace, Rubio? —le pregunta Colás, que sigue con la chanza.

—No, tan mal no. Peor —asegura el muy capullo con una sonrisa maliciosa, logrando que todos se rían. Menos yo, claro. Aunque lo cierto es que tengo que disimular una sonrisa que no puedo evitar.

—Otro más que lo va a pasar genial a base de bocadillos a partir de ahora —lo amenazo, siguiendo con la broma. Y él arquea las cejas desafiándome a que lo haga. Lo apunto con un dedo y… me echo a reír—. Joder, es que es verdad, cocino fatal. El otro día olvidé echarle el agua al arroz. ¿Puede hacerse algo más estúpido?

—Mujer, cualquier día puedes chamuscar el agua cuando la pongas a hervir. —Se ríe Colás, haciendo rebotar su cabeza contra el hombro de su mujer. Vamos, es que el tío se parte.

—Pero qué gracioso, por Dios. ¿Sabes, Colasito? —siseo fingiéndome ofendida—. Me gustabas más sin Nela, eh. Al menos entonces eras un hombre serio que nunca se metía con nadie.

Justo al acabar de hablar, caigo en la cuenta de que quizás me haya pasado. Aunque esa sensación, por suerte, no me dura mucho, pues ya está el tío tronchándose de nuevo.

—Habla por ti, Laura, habla por ti —dice su hermano rodando los ojos.

Nos reímos todos de nuevo hasta que la música, ya no demasiado moderna, cambia de forma radical.

—¡Hostias! —flipa Julián—. ¿Eso es un pasodoble?

—Pues sí —contesto yo mirando hacia dentro.

—Joder, nos quieren echar —prosigue el moreno y me hace reír—. Pero se van a enterar. Teresa, tú y yo vamos a bailar eso ahora mismo.

—Pero ¿sabes? —le pregunta su mujer con picardía.

Pero él solo bufa y la arrastra hacia dentro mientras ella se carcajea.

—Yo esto no me lo pierdo —comenta Colás, ya tirando de Nela.

—Hasta podemos apuntarnos —le dice ella—. Venga, porfa…

—Uff… Pero solo un rato, eh.

—Bueno… Pues ya tenemos espectáculo —bromea Pedro—. ¿Entramos? Así de paso pillo algo de beber.

—Sí, sí, ahora voy —contesto y le enseño el segundo cigarrillo recién encendido, ante lo que el poli menea la cabeza con reprobación antes de seguir a los demás.

—Anda, trae —me sorprende Chema robándomelo y encogiéndose de hombros a continuación—. Me he quedado sin tabaco.

Y yo enarco las cejas, pero sonrío al verle darle una calada con muchas ganas. Entonces pienso que debería volver adentro, pero mis pies no se mueven, esperando a que él me hable como siempre. Como si esta última horrible semana no hubiese existido. ¿Es mucho pedir?

—No se merecen menos, ¿verdad?

—¿Ehh? ¿Qué? —pregunto sorprendida de que mis deseos se hayan hecho realidad y sin entender muy bien su frase.

—Colás y Nela… Lo han conseguido. —Sonríe y me guiña un ojo.

Sonrío como una tonta. Y la definición es exacta. Debo de tener cara de pánfila, joder.

—Laura.

Me doy la vuelta intrigada al oír mi nombre y sonrío por educación al ver venir hacia mí a Alberto, luciendo ya la camisa un poco desabrochada y sin rastro de la pajarita.

—Yo ya he acabado por hoy —me dice al llegar a mi lado—. Pero no quería irme sin darte esto. Por si cambias de opinión.

Deja en mis manos una servilleta con un número apuntado y se despide con una sonrisa preciosa.

—Hasta luego, espero.

—Hasta luego, Alberto —le contesto yo, sin saber muy bien qué más decir, sobre todo con Chema como testigo.

Una parte de mí me insta a que acepte ya esa cita en sus morros, pero la otra… Esa de antes, la idiota, se calla y sabe a ciencia cierta que no podrá quedar con nadie mientras no dé lo nuestro por imposible.

—¿Vas a salir con él? —me pregunta Chema haciendo que lo mire, pues me había quedado con la vista perdida en el suelo. Lo observo morderse el labio con fuerza y apartar sus ojos de los míos, como si se arrepintiera de lo dicho.

—Pues… no sé. No creo —respondo sin pensar, pendiente de su expresión.

—Quizá deberías —susurra él apretando la mandíbula.

Lo observo sin pestañear hasta que lo veo sonreír de lado, tan brevemente que no sé si me lo he imaginado. Hasta que habla de nuevo.

—Aunque si sigues apretando así el papel, vas a acabar por perder el número.

Aflojo la mano que ni me había percatado de que estrujaba la servilleta. Es que odio que haga eso, que me lance a otros brazos. Y no es la primera vez. ¿De verdad no le molestaría? ¿Nada en absoluto? Me niego a creerlo.

—Parece buen tío… —comento y me encojo de hombros.

—Sí, eso dicen. Además, al final uno nunca sabe quién va a ser el amor de su vida, ¿no? —me suelta él de corrido, antes de rascarse la nuca y fijar su vista en un punto por detrás de mí.

—¿Ah, no? ¿No se sabe? —me escucho decir, dolida y enfadada, aunque escondiendo estos sentimientos como acostumbro—. Creí que tú sí lo sabías.

Su cara es todo un poema ante mi frase. Me mira con los ojos muy abiertos y pestañea medio aturdido. Incluso abre la boca para hablar, pero no le sale nada. Y cuando yo ya me he mordido la lengua por bocazas y él parece por fin capaz de emitir algún sonido, Pedro grita desde la puerta.

—¿Qué? ¿Vosotros entráis o no? Julián lo está dando todo, tenéis que verlo.

Y a Chema parece que le hayan presionado algún interruptor porque, casi acelerado, se encamina a la puerta.

Lo dicho. Soy idiota. ¿Qué coño pretendía?

Ir a la siguiente página

Report Page