Por nosotros

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CAPITULO 22 » Laura

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Laura

 

 

Me suena el despertador un poco antes de lo normal, pese a que es festivo. Hoy es el día. Ese para el que las niñas han estado ensayando durante el último mes, ese que les hace especial ilusión. Y no solo por la fiesta que habrá después, sino porque se mueren por subir al escenario y enseñarnos a todos lo que tienen de artistas. En el caso de Llara no me resulta extraño que así sea, pero lo que no deja de sorprenderme es que Marta se haya prestado a esto de tan buena gana. Ayer incluso le costó un montón quedarse dormida. Decía que estaba nerviosa por tener que cantar ante tanta gente, cuando a nosotros lo que nos resulta extraordinario de verdad es que tan siquiera quisiera hacerlo.

—¡Venga, arriba, dormilonas! ¡A desayunar! —les digo con voz cantarina, mientras abro la persiana de su habitación.

—Buenos días, tía —contesta Marta, ya sentándose en su cama.

—Buenos días, cariño. ¿Has dormido bien?

—Bueno… —Se frota los ojos y baja con rapidez de su litera para zarandear a su hermana, que sigue dormida—. Vamos, Llara, despierta. Tenemos mucho que hacer… Vestirnos, desayunar e ir a misa, a ver al abuelo. Y luego comemos con Lidia, para irnos luego al polideportivo y que la profe nos diga en qué puesto nos toca. ¡Llara, arriba!

La pequeña se hace un poco la remolona, pero, confiando en que Marta consiga levantarla, salgo del cuarto para ir a la cocina y calentarles la leche.

—Oh, perdón.

Es Chema el que se disculpa tras atropellarme en el pasillo. Me rodea un instante con sus brazos y luego me suelta deprisa, cuando cae en la cuenta de que es a mí a quien está abrazando. Nos miramos a los ojos un fugaz instante, me sonríe tímido y, con la misma prontitud, comienza a andar para alejarse de mí.

Vamos, la mismita actitud que desde hace unas semanas, acentuada a raíz de aquella inacabada conversación el día de la boda. Y de la que me arrepiento cada puñetero segundo, sobre todo porque siento que aquello fue una falta de respeto hacia mi hermana mucho más grande que enamorarme de su marido y acostarme con él. ¿Tiene algún sentido? Supongo que no, pero en los sentimientos nadie manda y yo he aprendido muy bien esa lección.

—Venga, que el desayuno ya está —les dice a las niñas apoyándose en su puerta—. Y he hecho tortitas.

—¿Con pepitas de chocolate, papi? —pregunta una Llara que parece haberse despejado de repente.

—Nop. Lo siento. La última vez fue a vuestro gusto, ¿recordáis? Pues hoy las he hecho sin chocolate, como las prefiere la tía.

Ay, mamá… Pero ¿cómo no voy a quererlo? A pesar de que aparenta mostrarse cada vez más distante y frío, cada día me enamora un poquito más. Porque, al mismo tiempo, creo que, sin siquiera advertirlo, tiene una serie de detalles que me mantienen enganchada a él, en los que quizá vea más de lo que hay, pero… En fin… La esperanza, esa pequeña arpía.

—Ufff… Pero nosotras somos dos, debería ganar la mayoría —protesta ahora Marta, haciéndome sonreír.

—Bueno… La próxima vez serán con pepitas. Prometido.

—Pero, papi… No entiendo. Si a la tía le gusta el chocolate…

—Sí, pero por separado, y eso también lo sabéis —les explica él con paciencia—. Y ahora venga, a desayunar. Ya.

Los adelanto sonriendo como una tonta y le tiendo una taza de café a Chema en cuanto pone un pie en la cocina.

—Toma. Qué menos que servirte después de todo este despliegue —le digo, ya ocupada en coger una tortita de la fuente que hay sobre la mesa, donde también están las tazas con la leche de las niñas y mantequilla y mermelada para quien la quiera.

—Bah, no es nada. No podía dormir.

Lo miro, pero no comento nada sobre el tema, aun a sabiendas de que eso parece sucederle a menudo. Cuando no madruga un montón, lo siento andar por casa a las tantas de la madrugada. La de veces que he estado tentada a levantarme e ir en su busca, todas ellas imaginándome cómo seducirlo, aunque conformándome con poder mantener una de aquellas conversaciones que alargábamos durante horas.

Pero no he sido capaz. Y eso que ya no estoy tan segura de si rechazaría una de las dos posibilidades. Porque esa es otra… Chema se aparta, sí, pero más de una vez lo he pillado mirándome con una intensidad que asusta. En sus ojos puedo atisbar un deseo tan crudo que hasta me resulta violento, pero otras veces se queda mirando un punto fijo ensimismado, fulminándolo más bien. Miradas, todas ellas, que cambian de repente en cuanto se da cuenta y vuelve a actuar como siempre. O, más bien, como de una temporada a esta parte.

Está raro, sí. Muy raro. Por eso yo me mantengo quietecita… Esto que tenemos es una copia deslucida y vacía de lo que podemos ser, pero lo prefiero a nada, y me aterra forzar las cosas. Porque de hacerlo… después, ¿qué?

¿Se arrepentiría de nuevo? ¿Me rechazaría otra vez? ¿Volveríamos a esta amabilidad que comienza a resultarme empalagosa y artificial?

—Tía Laura… ¡Tía!

—Ah, perdona, Marta, ¿decías…?

—Te hablaba papá —explica ella y lo señala con la barbilla.

—¿Qué? Dime.

—Que a qué hora es el festival. ¿A las cinco o a las seis? —me pregunta él.

—Cinco y media. Por lo visto, se alargará algo más de dos horas y no querían terminar de noche. Después ponen algo de picar para los niños y…

—Uy… Pues no sé si lo conseguirán —comenta mirando por la ventana—. Va a llover y desde que se cambió la hora…

—Ya. —Cojo otra tortita y le doy un buen bocado—. Mmm… Están riquísimas.

Chema sonríe un tanto cohibido y Llara comienza a hablar con la boca llena.

—Rica estaba…

—Traga primero, Llara —la reprende su padre.

—Rica estaba la comida de ayer, Mina —me dice en cuanto obedece a Chema.

—Vaya, gracias. —Sonrío mientras observo como Chema vuelve su vista hacia la ventana, y algo me impulsa a buscar su aprobación—. ¿A ti también te gustó, Rubio?

—¿Eh? Sí, sí. Estaba buena —me contesta mirándome un instante y jugando luego con su taza de café—. Al final le vas a coger el gusto a cocinar y todo, ya verás.

—Ay, lo dudo. —Me río ahora un poco incómoda—. ¿Y qué, niñas? ¿Nerviosas?

Marta se encoge de hombros y Llara sonríe con toda la boca.

—¡Qué va! Voy a ser una mariposa superguay. Y no se me va a olvidar mi frase —comenta la pequeña antes de darle un sorbo a su leche.

—De eso estoy completamente seguro —la anima Chema—. Y Marta también va a hacerlo de maravilla.

La aludida vuelve a encogerse de hombros y se dedica a remover el cacao que acaba de echar en su taza.

—Lo vas a hacer genial, en serio —la aliento yo mientras le acaricio un hombro.

Ella no me contesta y se lleva la taza a los labios, pero no deja de mirarnos a su padre y a mí, moviendo solo los ojos y frunciendo el ceño. Bebo de mi café para darle tiempo a que suelte eso que sé que quiere decirnos. Pero ella aún se come otra tortita antes de darnos el gusto.

—¿Y si no os gusta la canción? —nos suelta con la vista clavada en la mesa—. ¿Y si…?

—Nos va a encantar —la interrumpo. Y miro hacia Chema esperando que me imite y le dé esa confianza que la niña parece necesitar.

—¿Por qué no nos iba a gustar? —le pregunta él en cambio, entrecerrando los ojos.

Marta se encoge nuevamente de hombros. Y yo pienso en una respuesta a la pregunta de Chema, pero no se me ocurre ninguna. No hay ningún motivo para la duda de mi sobrina. Por muy horrorosa que pueda ser la canción, una que no ha querido desvelar en ningún momento, a nosotros nos va a parecer preciosa si es ella quien la canta. Además, en eso, por suerte, ha salido a su madre y tiene una voz preciosa.

—Marta… —comienza a decir su padre.

—Al final se nos va a hacer tarde como no os apuréis. Ya veréis —lo corta ella levantándose muy apurada y, tras beberse la leche con la misma prisa, camina hacia el pasillo—. Venga, vestíos rápido.

Intercambio una mirada significativa con Chema. Pero él acaba por quitarle importancia al asunto meneando la cabeza y terminándose su café.

 

***

 

Llevo la vista hacia las banderitas que cuelgan sobre mi cabeza, recorriendo el techo de lado a lado sin demasiado orden. De las paredes también penden infinidad de globos y, al fondo, dos enormes columnas, llenas de ellos y de flores de papel, enmarcan el improvisado escenario. Nosotros estamos sentados en la primera fila de la grada, aunque han colocado muchísimas sillas delante, que convierten la cancha de baloncesto en un auditorio en el que se ha congregado medio pueblo.

—Lo han dejado precioso —susurra Lidia a mi lado.

Mi padre, sentado junto a ella, se aproxima mucho a su cuerpo para escucharla y asiente con la cabeza. Se ha cambiado el uniforme que lucía por la mañana para asistir a la iglesia y a la comida con sus compañeros. ¡Qué guapo estaba! Porque sí, hasta yo fui a esa misa. O, al menos, a la que se celebró aquí, en el Pilar. Él ha hecho doblete, que en Luarca, donde tienen el cuartel, han acudido a otra, tal como acostumbran. Pero este año aquí todo es especial, el pueblo festeja sus tres siglos junto con el día de la Patrona. Por eso, la Guardia Civil no podía faltar al acto, claro, y fue muy bonito verlos formar a las órdenes de su Comandante de Puesto. Aunque, ahora, en vaqueros y polo, no desmerece tampoco. Parece más joven, más… accesible. Lo cierto es que desde que está con Lidia yo lo encuentro cada día más jovial. Rejuvenecido. Y más feliz. Eso se le nota hasta en la mirada. Y entonces una pregunta un tanto absurda me viene a la mente y, evidentemente, no me planteo no dejarla salir.

—Oye, Lidia, ¿papá te deja hablar en el coche?

Ella me mira extrañada y, por suerte, mi padre le comenta algo al señor que se sienta a su otro lado, porque no quiero ni imaginarme la cara que habría puesto al oírme.

—¿Hablar? ¿En el coche?

—Sí. Hablar… Ya sabes, charlar. Hacer comentarios…

—Pues claro. —Frunce el ceño y sonríe medio alucinada—. Solo faltaría.

—Vale, vale. —Pues genial, al menos con ella es más flexible. O quizá sea que…

—Aunque… Espera —vuelve a decirme ella, pensativa—. Ahora que lo pienso… Creo que no le gusta mucho que lo haga. Salvo algún gruñido, apenas me contesta. Vaya… Es más, estoy cayendo en la cuenta de que en el coche prácticamente he dejado de intentar mantener una conversación, porque…

Mi risa la interrumpe. A ver, que no es que me alegre de que ella siga cargando con sus manías, pero una parte de mí sí lo hace de que siga siendo el mismo, con sus excentricidades incluidas.

—Vale, ya lo entiendo. Una de sus rarezas, ¿no? Pues podía habérmelo dicho.

Asiento entre risas y ella se me une meneando la cabeza. Luego, sin más, se inclina hacia él y le da un sonoro beso en la mejilla.

—¿A qué viene esto? —cuestiona mi padre con los ojos entrecerrados.

—A que te quiero —le dice ella.

—Ajá. Yo también, cariño. Yo también.

Sonriendo como una boba tras oírlos, miro de nuevo hacia el escenario.

—La verdad es que está todo chulísimo —señalo, fijándome en la escenografía tras las tablas. Un enorme cóctel de frutas gigantes en colores chillones—. Comenzarán con los más pequeños, ¿no? —le pregunto a Chema, que creo que se ha sentado a mi lado solo para que no lo hiciera su madre, que ocupa el lugar siguiente.

—Supongo —contesta mirándome con las cejas levantadas y una mueca. Y luego gira la cara para comentarles algo a Julián y Teresa, una fila por encima de nosotros.

Me concedo unos segundos para contemplarlo. Otro que está más guapo cada día. Y más inalcanzable. En ocasiones, como ahora mismo, lo único que me tienta es darle una colleja y hacerlo reaccionar, pero luego, como también hago en este momento, aparto la vista y suspiro resignada. Contra todo pronóstico, he aprendido a reprimir mis impulsos, a morderme la lengua y a esperar… Siempre a esperar algo que no llega. El momento en que se decida a decirme que no me quiere de ninguna manera en su vida, algo que temo que ocurra aunque no quiera pensar en ello; o a que vea… A que me vea. Que se dé cuenta de todo lo que nos estamos perdiendo.

Se apagan las luces de repente y se encienden unos focos en el escenario. Y yo lo agradezco de corazón, para volcar mis cinco sentidos en disfrutar del espectáculo y dejar descansar mi angustiada mente.

Los niños de tres años son los primeros en salir, cantando a coro una canción sobre frutas y verduras, vestidos como ellas y causando risas con sus salidas de tono y su baile mal sincronizado.

En segundo lugar salen los de cuatro añitos, disfrazados de animales y escenificando una fábula popular. Ahora, tras ellos, nos muestran un cielo de un azul exagerado y hierba muy verde. Para ser tan pequeños, lo hacen realmente bien, y nos damos cuenta de todo el trabajo que hay detrás.

Al acabar, alguien deja caer otra tela pintada, donde se pueden ver cientos de flores de distintos tamaños en ella. Y sé que le toca a Llara actuar.

No se le olvida la frase en la pequeña obra de teatro que representan, y luego se dedica a aletear en una esquina tal como ha ensayado. La sonrisa que no borra en ningún segundo de su cara me hace sonreír a mí, porque sé que está disfrutando un montón de sus minutos de gloria. Ser el centro de atención nunca le ha supuesto ningún problema. Al final va a tener en común conmigo algo más que su físico.

Miro hacia Chema y espero que se digne a hacer lo mismo, para poder compartir con él una mueca o sonrisa orgullosa, pero no tengo tanta suerte. Él solo parece pendiente de su niña y, cuando se gira para hacer un comentario, es a su madre a quien se lo hace.

Ignoro el pinchazo en el pecho y busco esa complicidad en Lidia, que está ahí al instante, como si hubiese estado esperando el momento. Me guiña un ojo y su enorme sonrisa llena de ternura es secundada por mí. No me olvido de Teresa, ya que su niña también ha bordado su papel. Las dos nos sonreímos contentas antes de mirar de nuevo al frente.

—Al final, las alas nos quedaron genial —insisto un segundo después, acercándome mucho a Chema para que me oiga.

—¿Eh? Sí. Trabajo nos dieron. —Sonríe él en mi dirección. Y aunque no tarda en volver su vista hacia delante, mira…, ya me ha contentado.

Cuando la clase de Llara abandona la escena, no es Marta quien la ocupa, tal como esperaba si el orden era por edad, aunque sí lo hacen el resto de niños de su clase, que comienzan a bailar al ritmo de Lady Gaga.

Más risas, más aplausos y el espectáculo continúa.

Tras un pequeño descanso en el que hemos salido a fumar un cigarrillo fuera, es Maribel, la profesora de Marta, la que accede al escenario. Con micrófono en mano y una sonrisa en la boca, nos agradece nuestra asistencia y nos anuncia lo que disfrutaremos a continuación.

—Después de que cada una de nuestras clases nos amenizara la velada con representaciones de lo más variopintas y excepcionales, ahora vamos a tener la maravillosa oportunidad de apreciar varios de los talentos de algunos de nuestros alumnos. Un gran aplauso para cada uno de ellos por su valentía de presentarse solos ante todos nosotros, y espero que lo disfruten. En primer lugar, oiremos una interpretación al violín por parte de Mateo. Espero que os ponga el vello de punta, como ha hecho con todos nosotros en cada uno de sus ensayos. Con él os dejo.

Un aplauso enorme y un niño con toda la pinta de ser el empollón de clase sale con un violín al hombro. Lo cierto es que toca como los ángeles y, aunque no soy mucho de música clásica, hasta yo puedo decir que me deja flipada su manera de sacar tal melodía de un instrumento al que nunca le he dado el valor que se merece. El silencio en el recinto es total, solo roto por las notas que el chaval saca de su violín de una forma magistral. Y entonces no puedo sino preguntarme cómo tocará Chema el piano. ¿Con la pasión e imaginación que derrocha en la cama? ¿Con la pasividad que parece forjar últimamente sus días? ¿O tal vez con la alegría y encanto que desprende cuando se permite ser él?

Sacudo la cabeza al caer en lo que estoy pensando y me centro en ese jovencísimo genio que continúa con su magia.

Cuando la última nota todavía vibra en el aire, rompemos en aplausos y la profesora vuelve a salir para felicitarlo y hacerle un par de preguntas que, al ser contestadas por el pequeño artista, hacen sonreír al público.

Y entonces presenta a Marta. Explicando algo sobre la canción a lo que no presto atención, pues mis ojos ya la han reconocido parada muy tiesa en una esquina de la tarima y solo puedo mirarla, apreciando su nerviosismo y mandándole mentalmente un montón de buenos deseos y gritos de ánimo, a la vez que una inmensa ternura me insta a que me levante y corra a abrazarla. Cosa que no hago, claro, porque algo así estoy por apostar que a Marta no le haría ninguna gracia.

Mi sobrina camina hacia el centro al oír de nuevo su nombre y recoge el micrófono que su profe le tiende junto con una sonrisa alentadora.

Comienza a sonar una música que, en principio, no identifico, y espero impaciente a oír su voz. Me paso toda la primera estrofa con una sonrisa tonta en la cara, estupefacta ante lo bien que canta y maravillada por lo cómoda que parece haciéndolo. Noto a Chema tensarse a mi lado, pero no le doy importancia a ese hecho, concentrada en mi pequeña, que mira al frente mientras su chorro de voz se eleva y decae, se mece a sí misma y se hace dueña del escenario.

 

La más bonita sin duda eres tú

La más auténtica de todas, tú

Si tú me abrazas no existe el dolor

Si tú me hablas yo entro en razón

(…)

Cantaré por una sola razón

Ver la luz que envuelve tu corazón

Cantaré al alba nuestra canción

Te diré que siempre serás

El alma de mi corazón, me basta tu amor

 

Que no soy fácil, lo sabes muy bien

Que me has cosido las alas también

Que sin tus manos no puedo vivir

Que con tu calma consigo seguir

Con solamente mirarme una vez

Guías mis pasos allá donde voy

Y es que el pilar de mi vida,

Tus ojos azules son mi religión

(…)

Tú la que me hace reír otra vez

Tu caballito desbocado, ves

Quiere decirte te quiero

 

Yo te prometo que todo irá bien

Que eres el ángel que guarda la fe

Que tengo en todos mis sueños

Que tengo en todos mis sueños.

 

Es una canción de Amaia Montero, escrita y cantada para su madre. Te voy a decir una cosa. La información me llega de repente, en cuanto la letra pasea por mi cerebro y baja al corazón. El caer en ello hace que un escalofrío me recorra entera, pero, aun así, no percibo que estoy llorando hasta que la música cesa. ¡Dios! No solo es que sus palabras emocionen, sino que la ha cantado con tanto sentimiento, como si la viviera… Y es tan bonita… Mi sobrina, digo, no la canción. Que también lo es, a ver… Pero… Joder.

Me limpio las lágrimas a manotazos, deprisa, sin mirar a ningún sitio que no sea el escenario, donde entra de nuevo Maribel y le da un abrazo a Marta.

—Muy bien, cielo, muy bien —se le escucha decir entre los aplausos.

La niña sonríe tímida y baja la cabeza mientras le entrega el micrófono.

—Y dinos, Marta —prosigue la profesora cuando se hace el silencio—, esta canción con la que nos has maravillado está dedicada a alguien muy especial, ¿verdad?

Ahora soy yo la que se tensa, porque sé lo que supone para ella contestar a esa pregunta. Y Chema todavía lo hace más; aprieta los puños encima de sus rodillas y se echa un poco hacia delante, como si quisiese levantarse e ir a por su hija.

Pero, para mi sorpresa y para todos los que conocemos a Marta, esta esboza una leve sonrisa y se acerca con soltura al micrófono que le acerca su maestra.

—Bueno, es para mi madre, que está en el cielo. Pero también… —Ahí titubea y baja un momento la mirada al suelo, para luego dirigirla hacia la mujer que espera a su lado sonriendo con ternura.

—Puedes decir lo que quieras, cielo —la alienta la profesora, y luego sigue en un susurro que es oído por todos—. Eso que me dijiste ahí dentro es muy bonito.

Y entonces la pequeña se arma de valor y cuadra los hombros para hablar directamente hacia el público, buscándonos con la vista y localizándonos.

—También… También quería dedicársela a mi tía Laura. Porque… Porque ella ahora es como si fuese mi mamá. —Vuelve la mirada hacia su interlocutora y se encoge de hombros—. Es que hace las cosas que hace una mamá, ¿sabes? Así que es justo que se la dedique también a ella, ¿verdad?

—Claro que sí, cielo. Es muy justo —le dice Maribel con una dulzura desmesurada, mientras dirige una fugaz mirada al lugar donde estamos.

Yo cojo aire muy rápido y me doy cuenta de que llevaba sin respirar un buen rato. Lo exhalo en un suspiro inmenso y, mientras la esporádica presentadora despide a la niña, miro hacia Chema, pues está tan tieso a mi lado que parece que vaya a romperse de un momento a otro. Ni siquiera me molesto en limpiarme las lágrimas que siguen corriendo por mis mejillas, porque temo perderme el mínimo cambio en él. Siento la mano de Lidia apretando una de las mías, pero no me giro hacia ella, aguardando esa reacción que tiene que llegar. Que me mire un instante, o que resople, o que suelte un taco… Cualquier cosa menos esa pose inmóvil y ese silencio casi opresivo.

Solo que, cuando se recupera de lo sucedido y me la da, no me siento para nada mejor que antes. Chema vuelve lentamente la cabeza hacia mí y… parece desolado. Sus ojos son como dos pozos sin fondo, vacíos de vida. Porque el dolor lo ocupa todo. Entonces pestañea muy rápido, aturullado mira hacia todas partes y se levanta en un movimiento brusco.

—Yo… Yo… —balbucea mirándome de nuevo—. Tengo que… que…

Asiento en su dirección como una autómata, porque sé lo que me está pidiendo aun sin palabras. Pero lo último que percibo en él antes de que eche a andar hacia la salida es una impotencia tan atroz que, junto con todo lo demás, me deja petrificada en mi sitio, confusa y angustiada.

Mis ojos van hasta Adela, buscando no sé qué, pero en ellos solo encuentro una altivez abrumadora, como si supiera algo que nadie más conoce. Casi como si ya se esperase que algo así sucediera. Sin esconder mi inquietud, me giro hacia los míos, a ver si pueden explicarme qué narices acaba de pasar. Pero no encuentro ninguna respuesta, solo rostros asombrados y llenos de lástima, dadas las circunstancias.

—Ve con él —me pide Lidia con una sonrisa triste.

Niego con la cabeza, aturdida, aunque una parte de mí se muere por hacer justo eso.

Con la esperanza de que alguien me aclare algo, miro hacia Julián y Teresa. El primero se pasa las manos por el pelo cuando repara en mí y resopla preocupado. Su mujer solo me pide calma con las manos y vocaliza la palabra «tiempo» sin emitir ningún sonido. Le hago caso y vuelvo mis ojos al escenario, intentando disfrutar de lo que queda de gala, aunque desde ese momento podrían salir cerdos bailando hip hop, que ni me enteraría.

Solo pienso una y otra vez en esa mirada atormentada que me ha brindado. No soy tan boba como para no comprender que el recuerdo de Clara le ha jugado una muy mala pasada. Y también tengo en cuenta lo mucho que lo molesta cuando se le escapa un «mami» a Llara. Pero… ¿tanto le afecta?

Pues va a ser que sí. Y aunque sepa que no tengo la culpa, así me siento. Culpable del mal trago por el que está pasando.

 

 

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