Por nosotros

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CAPITULO 22 » Chema

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Chema

 

 

Me cago en la puta. Joder, joder.

—Me cago en la puta —siseo furioso antes de darle el segundo sorbo a la cerveza. Me dejo caer en una silla y apoyo los codos en la mesa, llevando las manos a mis sienes—. Soy un inútil, un puñetero inútil.

Porque yo he provocado todo esto. Yo y solo yo. Y se me contraen las entrañas cada vez que pienso cómo me sentí cuando Marta le dedicó la misma canción a Clara y a su tía.

Sí, es egoísta. Lo sé. Si alguien aquí se merece esa canción es Laura, la que lleva más de dos años ejerciendo un papel que no eligió. Haciéndolo, además, con una sonrisa, con una paciencia infinita y con todo el amor del mundo.

Se merece no una canción, sino un jodido concierto entero, pero… no debería ser así.

Si yo no la hubiese necesitado tanto tras la muerte de mi mujer, si no me hubiese encerrado como un cobarde las primeras semanas, si fuera un hombre de verdad… yo me habría encargado de mis niñas, de la casa, del trabajo… Habría podido sacarlo todo adelante como hacen cientos de viudos o viudas, madres o padres solteros y… Y no habríamos llegado a esto. A que mis hijas, en su inocencia y porque, maldita sea, se lo pide el cuerpo y ese corazón que su tía se gana cada día, le den el lugar de su madre.

Es que… Joder. Es el único lugar que todavía le pertenecía a Clara al cien por cien. Metí a Laura en su casa, compartí con ella mi cuerpo, los problemas, las risas… Robarle también ese espacio… me enferma, me mata. Y ni siquiera puedo cabrearme con Laura por ello, sino solo conmigo. Yo lo permití, lo aboné incluso, delegando en ella más de lo que le pertenecía. Esperando que me sacara las castañas del fuego cuando no sabía qué responder a Marta, dejando que las consolase en momentos duros… Porque era más fácil. Porque soy un padre de mierda, un marido defectuoso y dejado.

Golpeo la mesa con la palma abierta y luego lo hago con el puño. Mierda, joder…

Dejo caer la frente sobre el mármol y resoplo frustrado.

Todas esas emociones que tenía anudadas muy adentro parecen haber explotado de repente. Demasiados sentimientos encontrados buscando una salida que yo no les concedía. Porque es ahora cuando me doy cuenta de lo mucho que he alejado a Clara de mí, aun aferrándome a ella.

Lo hice cuando comencé a desear a su hermana, cuando me acosté con ella y disfruté cada minuto. Lo hice con mi pasividad, con mi dejadez… Y acabé de hacerlo en el puñetero momento en que mis hijas vieron en Laura a una madre.

Y ya no son solo todas esas promesas incumplidas hechas en vida y delante de su tumba. Es que yo conducía aquel coche, joder.

Ese pensamiento me deja aturdido durante un momento. No, no, no. No puedo volver a torturarme con eso. Fue un accidente. Un maldito accidente. Pero ¿y si hubiese obrado de otra manera? ¿Frenado en seco o girado hacia el otro lado tratando de esquivar el otro vehículo?

No, por favor… Fue un puñetero accidente e hice lo que consideré acertado. No debo caer de nuevo en esto por lo que ya pasé y creí superado. No. No me lo puedo consentir, y hoy menos que nunca.

Golpeo esta vez la mesa con mi propia cabeza, como si así pudiera despachar ese asunto con mayor presteza y, de paso, ordenar todo en ella. Pero, sintiéndome ahora también estúpido, me incorporo en la silla para acabar de una sola vez el contenido de la botella, y luego la deposito sobre el mármol con tanta brusquedad que no sé cómo no rompo el vidrio.

La culpa no es buena consejera, lo sé. Pero el amor sí debería serlo y, sin embargo, qué mal lo he hecho todo.

¿Y cómo lo arreglo? ¿Qué se supone que le puedo decir a Laura para justificar mi actitud de esta tarde? ¿Cómo le explico todo esto que siento si ni yo a veces me entiendo?

Porque es indescriptible la manera en que sigo deseándola, y lo peor es que no solo hablo de sexo; pero, a veces, también me gustaría que se fuera bien lejos. Alejar la tentación, aunque eso sea todavía más de cobardes, de desagradecidos… Si algo me hacía acallar esas desafortunadas reflexiones, aparte del simple hecho de que me veía incapaz de sugerírselo a Laura o lastimarla de alguna manera, eran mis hijas. Son demasiado pequeñas para comprender la situación y para hacer frente a otra despedida aunque esta no sea definitiva. Además, parecen tan felices viviendo con ella, se han acostumbrado tanto a que… a que Laura sea el motor de esta casa… como una vez lo fue Clara.

Dios, voy a volverme loco. Desquiciado, suelto otro taco y me levanto para pasearme por la estancia con largas zancadas, cambiando continuamente de dirección dadas las dimensiones del lugar. Me paso las manos por el pelo innumerables veces y luego las dejo ahí, agarrando mechones hasta hacerme daño. ¿Qué hago? ¿Qué coño puedo hacer para devolverle a Clara su lugar sin ofender a Laura?

—Tengo que buscar la manera. Tengo que hacerlo —digo en voz alta, como el demente que soy. Y luego me lo repito mentalmente como un puto mantra, como una plegaria para conseguir una solución, mientras cojo otra cerveza de la nevera y me bebo media de una tacada.

Genial, si no acabo en el puñetero manicomio, lo haré en Alcohólicos Anónimos, joder.

Pero, una hora después, estoy abriendo la cuarta botella. Agobiado y muy cabreado, ahora por pensamientos que no quiero ni tener pero que se cruzan entre sí y no me dejan razonar, por esos que logro silenciar la mayoría de las veces y que hoy parecen gritar, cojo del paquete el enésimo cigarrillo.

Y es entonces cuando oigo abrirse la puerta principal.

Miro, como un idiota, el cenicero lleno de colillas y me apresuro a vaciarlo en la basura al pensar en que van a ser las niñas, junto con su tía, las que entren de un momento a otro en la cocina.

Las espero muy quieto apoyado en la encimera, de espaldas a la puerta, un poco encorvado y apretando tanto los dedos contra el borde del mármol que se me quedan blancos. Porque no quiero que mis hijas me vean así… Ellas no. No estoy nada orgulloso de este estado medio trastornado, furioso y desconcertado en el que me encuentro. Sin contar con que las cervezas comienzan a hacer su efecto.

—Hola… —oigo el susurro de Laura, pero ni me digno a mirarla. Trato de aplacarme todo lo que pueda antes de que me vean. Y tengo mucho que aplacar—. Las niñas se han ido a casa de mi padre. No sabía… Yo… No quería traerlas sin antes… —suspira con fuerza antes de continuar—. Chema…

Y es esa única palabra la que me hace clavarle la vista. Esa palabra la que me trae recuerdos que me descolocan del todo. Esa palabra la que me da ganas de abrazarla y de empujarla lo más lejos que pueda al mismo tiempo. Mierda. Estoy más jodido de lo que pensaba. Estoy jodido del todo.

Resoplo con fuerza. Me meso el cabello con desesperación y vuelvo a suspirar sin saber qué coño decirle.

—Chema… —repite ella en apenas un susurro—. ¿Qué sucede? ¿Por qué estás así?

—¿Que por qué…? —Ni siquiera acabo la frase—. Esto… Esto no debería haber pasado. Esto… Me supera, joder.

—Pero… ¿qué? ¿Por qué? —Menea la cabeza haciendo oscilar sus rizos y me mira con los ojos como platos durante unos segundos, hasta que parece empezar a comprender, ya que asiente despacio y me mira con lástima. Oh, no, joder, eso sí que no lo soporto—. A ver… Entiendo que el hecho de que Clara no haya podido estar ahí contigo hoy, que Marta haya…

—¡No, no entiendes nada! No puedes entenderlo. ¿Sabes qué he hecho yo hoy? No, más bien… ¿sabes qué he estado haciendo hasta ahora para que Marta no te vea igual que a su madre? ¡Nada! ¡Me he acomodado a tu presencia, a que ocupes su lugar, a que…!

—Eh, espera. Frena —me pide con firmeza, pero sin elevar el tono, no como he hecho yo—. ¿Qué estás tratando de decirme? ¿Que lo que te tiene… así… es solo que me haya dedicado a mí también la canción? ¿Es eso?

—¡«Solo», dices! No te ha dedicado una canción, Laura. Lo ha hecho delante de todo el pueblo, otorgándote su lugar. El suyo…

Y aunque esta vez he sido capaz de acabar de hablar en voz baja, ella da un paso atrás y me observa estupefacta. No me extraña, la verdad. A ojos de los demás, lo que digo puede sonar hasta absurdo. Pero, joder, eso es lo que ha pasado, ¿no?

—Pero… tú has tenido que oír lo mismo que yo —explica con suavidad—. Era para su madre, para Clara, solo ha querido tener el detalle de…

Bufo. Y vuelvo a resoplar con ganas. Puede verlo como quiera, darle las vueltas que le dé la gana, la realidad es la que es.

Aprieto mis puños y trato de tranquilizarme, un poco desconcertado ante mi comportamiento. No debo pagarlo con ella, ella no tiene la culpa, ella…

—Chema, ya —me dice de pronto, tan cerca que sujeta mis mejillas entre sus manos y consigue que la mire—. Tienes que parar con esto. Entiendo que te resulte doloroso y hasta te moleste que me vean así, pero la niña solo ha sido sincera. Me ha tenido en cuenta porque yo estoy aquí, con ellas y…

—Pues a eso me refiero. Tú… Yo dejé…

—Son muy pequeñas… —Menea la cabeza suavemente y continúa como si yo no hubiese hablado—. No sé Marta, pero Llara es posible que ni la recuerde con el paso de los años. Eso es así, aunque no queramos. Solo tendrá unas imágenes en su cabeza que no sabrá si son o no reales, un montón de fotografías y…

—¿Qué dices? ¿Qué coño dices? —susurro con la voz enronquecida, fruto de la incredulidad y de la furia tan grande que me acaba de asolar. Porque… eso. ¿Qué cojones está contándome? ¿Que es normal que mis hijas olviden a su madre? ¿Que tengo que aceptarlo? ¿Y lo dice ella? ¿Ella, que presumía de adorarla?

Me libro de su sujeción y rodeo la mesa, para alejarme, pero me persigue y, mirándome con una dulzura que me resulta vomitiva por las palabras que la acompañan, prosigue.

—Sé que es duro, Chema, pero la vida es así. Y quizá sea yo u otra a la que vean como…

—¿Tú? ¿Otra? Pero… Pero… ¡No! ¡Cállate, joder! Ninguna va a ocupar su lugar mientras yo esté aquí para impedirlo. Tal vez no lo haya hecho hasta ahora, pero… Pero ellas sabrán quién es su verdadera madre… Ellas sabrán que no eres tú. Que tú… Tú no eres Clara —digo muy rápido, casi sin respirar, y, desde luego, sin filtrar nada de lo que sale de mi boca. Porque me oigo y… Dios… parezco un lunático. Hablo como un puto loco y sé que resulto hasta ofensivo.

Respiro hondo y me froto la cara. Tengo que mantener la calma, pero siento la cabeza arder, las manos me sudan y solo quiero golpear algo. O llorar. Romperme como el patético que soy.

—Eso ya lo saben —la oigo decir.

—¿Sí? No… No lo sé —mascullo, mirándola con los ojos entornados, aturullado y saturado por tantas y contradictorias emociones—. ¿No te das cuenta de que estamos sacándola de nuestras vidas? Joder, y las niñas son suyas. Son sus hijas. No puedo concebir que tú también le robes ese puesto… Y sé… Sé que no es culpa tuya, tú no has hecho nada malo, soy yo… Yo… Yo, que lo he hecho todo mal.

—Chema. Ya. Para, por favor —me ruega mientras se frota los brazos—. Estás diciendo cosas sin sentido. Yo no quiero robarle nada y tú…

—No, no… Todo tiene mucho sentido en mi cabeza, lo que no lo tiene es lo demás. No debí permitir que te quedaras, que… que llenaras su vacío, porque ella era única y todo lo demás solo una mala copia que…

—Chema… —me interrumpe con algo muy parecido a un sollozo. Y cuando me fijo, veo que está haciendo verdaderos esfuerzos para no echarse a llorar—. Ahora estás faltándome al respeto. Yo no soy una mala copia de nadie y menos…

—¡Al respeto nos faltamos en el momento en que nos acostamos! ¡Y también se lo faltamos a ella! Y no contentos con eso… ahora… ¡Ahora, esto! —grito, me llevo las manos a la nuca y las dejo allí. No defiendo que haya interpretado mal mis anteriores palabras, porque no me refería a que ella fuera la mala copia de nadie, nunca podría serlo. Sé que no estoy siendo justo, ni siquiera honesto del todo, pero necesito chillarlo, a ver si así deja de torturarme. Y me desprecio por ello.

—No, no digas eso. Ella ya no está… Ella podría entender que… —Deja la frase en el aire y baja la cabeza, consiguiendo que me insulte mentalmente, porque soy gilipollas y, además, no quiero ni plantearme lo que intentaba decirme.

Juro que me pondría de rodillas y rezaría a un Dios que ya me ha fallado, si eso trajera consigo una respuesta a tanta confusión. Si se evaporara la culpa por desear lo que creo que no debo. O me concediera la resignación y las fuerzas para seguir viviendo de recuerdos. Pero como eso no es posible, respiro con profundidad y trato de explicarme.

—Mira… Sé que no estoy siendo justo, ¿vale? Que tú… De verdad, sé que tú no tienes la culpa de nada, pero… pero a veces tengo la sensación de que… de que te he regalado su sitio. Y me odio por ello. Porque tú… tú nunca podrás ser ella y eso me…

—¡Ni quiero serlo! —exclama cortándome, más sorprendida que enfadada—. ¿En qué momento has pensado que…?

—No es que lo haya pensado, joder —replico, frustrado y muy cabreado conmigo mismo por lo que he estado a punto de confesarle—. ¡Pero lo que está claro es que vives en su casa, crías a sus hijas y has follado con su marido! Eso… Eso es retorcido. Es de locos. ¡Es algo que no debí consentir! ¡Y tú tampoco! Pero disfrutamos con ello, ¿verdad? Joder si lo hicimos. ¡¿Eso también te parece normal?! ¡¿También, Laura?! —le espeto, deseando que me diga que sí. Que esto que siento por ella sí es normal. Que ponga fin a esta locura en la que se ha convertido mi mente. Me muero por que me haga ver que solo estoy confundido, que disipe mis dudas, que me aclare por qué cojones me siento así.

Además, me está desquiciando su paciencia. Ese temple que trata de mostrar. Esta Laura diferente que… no reconozco. Y que me enfurece. La mala hostia me consume de repente, agotado de aplacarla durante semanas. Desde que decidí no tocarla. Pues bien, casi es bienvenida. A ver si uno no puede cabrearse en su propia casa, joder. Y saber que estoy pagando con Laura mis frustraciones ya ni me frena, porque también quiero hacerla volver. Quiero a la Laura de antes y eso… eso todavía me hace sentir peor.

Inhalo hondo y el aire se me queda retenido dentro cuando Laura comienza a chillar, acercándose mucho a mí.

—¡Ya está bien! ¡Creo que ya vale, ¿no?! Ya una vez me dijiste esas palabras o unas muy parecidas y resultaron del todo insultantes. Y estoy cansada de callarme y de aguantar, Chema. ¡Harta!

—¡Pues muy bien! ¡Habla y quédate a gusto! Eso es lo que hacemos, ¿verdad? Buscar nuestra propia satisfacción sin pensar en ella pa…

—¡Oh, cállate y deja de meterla en todas las frases! De eso también estoy harta. Y no vuelvas a compararme con ella…

—¡Qué coño…! ¿Estás loca o qué? —Me llevo las manos a las sienes y cierro los ojos con fuerza mientras meneo la cabeza alucinado—. Ni tiñéndote de rubia podría comp…

—Pues mejor, porque no, yo no soy Clara, ni tampoco quiero serlo. ¡Mírame, joder! ¡La que hace más de dos años que vive aquí y la que folló contigo fui yo, no su puta sustituta! ¡Fui yo! ¡¿Me ves?! ¡Soy Laura!

La miro. Claro que lo hago, es imposible no hacerlo cuando me lo reclama de tal manera. Y ahí está otra vez ese brillo, aunque sea a base de la rabia que la hace temblar. Ahí está de nuevo ese fuego, así sea junto con sus gritos. Ha vuelto la Laura de siempre, aunque ahora mismo no pueda alegrarme de ello como quisiera.

—¡Ya te veo! ¿Y qué? ¿Qué mierda me quieres decir con eso? ¿Crees que no sé a quién me follo? ¿Crees que no sé que quieres seguir haciéndolo? ¿Tengo que recordarte que el que puso fin a eso fui yo?

—¡No! No tienes que hacerlo. Pero… ¿sabes al menos por qué lo hiciste? No fue por no desearme. ¿Quieres que te recuerde yo a ti exactamente lo que me dijiste?

—¡Joder, Laura! —Sobrepasado, doy dos pasos atrás y me pego a la encimera, mirándola con los ojos abiertos de par en par. No puedo creerme que hayamos llegado a esto, pero es como si ahora no pudiésemos parar. Ninguno de los dos—. De verdad, no sé qué me pasa contigo, pero me vuelves un puto crío inmaduro. Y estoy hasta los mismísimos, cansado de…

—No soy yo, Chema —me interrumpe—, es que eres un puto crío inmaduro. Porque ya que estamos, ¿sabes de qué estoy también harta? De verte revolcándote en tu pérdida, como si a los demás no nos importase que Clara haya muerto o todo lo que eso trajo consigo. Harta de que solo tú seas la víctima aquí, el único que siente cosas que no puede evitar ni comprender. Harta de que te escondas tras ella para todo. ¡Sé un hombre de una vez y sal de ese lugar que te debe de resultar tan cómodo y en el que te ocultas! ¡Eso es de masoquistas! ¡Eso que haces sí es retorcido y no acostarte con quien te salga de los cojones!

Abro la boca, pero la dejo así, sin saber qué decir ante eso. Porque cada palabra me ha dolido como si me hubiese golpeado con un hierro ardiente. Porque cada una de ellas solo demuestra lo egoísta que he sido y acrecienta mi ira. Porque encierran una verdad que no estoy preparado para admitir.

Quiero que se calle y me duele hasta mirarla. Porque, a pesar de todo, nada me gustaría más que hacerla callar con mi boca contra la suya. Necesito perderme en su cuerpo e ignorar durante un rato que ella es la única que podría hacerme olvidar a mi mujer, eso que he estado a punto de confesarle en varias ocasiones. Sí, es de lo más incongruente e irracional, lo sé. Por eso rescato al hombre sensato y opto por irme.

Cuando me desprendo de toda la ropa, ya estoy dentro de la ducha, con el agua todavía fría empapándome entero.

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