Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 23 » Laura

Página 75 de 113

Laura

 

 

Pero… ¿qué le pasa? Tanto pensar y guardarse cosas lo ha vuelto loco. Esa es la única explicación que se me ocurre para justificarlo. Porque ha dicho que yo no soy Clara, ¿no? Dos veces. Y que le he robado su lugar. Vale… Quizá no me haya culpado a mí de ello, sino solo expuesto un hecho, pero… Pero, joder, esas palabras se me han ensartado dentro y aún tengo la sensación de seguir escuchándolas en bucle.

Me siento en una silla y alcanzo un cigarrillo del paquete que hay sobre la mesa. Lo enciendo con manos temblorosas mientras, incrédula y muy enfadada, rumio sobre lo sucedido.

He intentado apaciguarlo. Tratar de comprenderlo. No discutir. Y, al principio, la sorpresa ante su actitud, junto como mi empeño en permanecer serena, me han mantenido bajo control. Pero, después…, ha sido superior a mí. Tantas burradas juntas me han hecho volver a gritarle, pero tampoco podía ser de otro modo. Todavía me queda sangre en las venas, y lo contrario sería lo único que podría haberme dejado indiferente a lo que he tenido que oír.

Lo cierto es que me he puesto furiosa de repente, sin preaviso. La rabia me ha poseído, he pasado de la incredulidad al más absoluto cabreo en menos de un segundo. Y ahora, que me haya dejado aquí como a una estúpida, mientras oigo el agua de la ducha al fondo, hace que incluso me rechinen los dientes.

¿Cómo ha podido parecer avergonzado del sexo que compartimos? ¿Echarme en cara que lo deseo? ¿Y esa puñetera manía de compararme con Clara? Eso ha sido lo peor. Ella era maravillosa y yo la adoraba, pero de ahí a querer ser ella hay un abismo. Porque a ella la quería, sí, pero a mí misma también, joder. ¡Un montón! Yo me quiero una barbaridad, siempre he tenido la autoestima muy alta hasta que… Oh, Dios.

Mi mirada se clava en algún punto de los azulejos y el pitillo se queda a medio camino hacia mi boca cuando una certeza se abre paso en mi mente.

Yo me quería mucho, sí, hasta que me he dejado arrastrar por este amor hacia Chema. Tanto que creo que me he perdido por el camino.

No soy como Clara, ni quiero acercarme a serlo, pero tengo que reconocer que últimamente tampoco era yo misma. En algún momento, en mi empeño por conquistarlo, me he ido anulando. Desapareciendo poco a poco, convirtiéndome en otra. No en Clara, pero sí en una versión muy diferente de lo que verdaderamente soy.

Cierro los ojos cuando comienzan a escocerme y me veo apuntando recetas, intentando hacer algo no solo comestible, sino que esté buenísimo, para que él me halague. Callándome esas tonterías que solían salirme solas y limpiando más que nunca. Compitiendo por una sonrisa o una mirada suya como si del mismo aire se tratase. Guardando mis medias de rejilla y mis faldas más cortas en un cajón para no dar más que hablar en el pueblo. Cambiando noches de fiesta en el Pantera con mis amigos por películas en el sofá, esperando que esa noche Chema se decidiera a estar conmigo. Y, muy pocas, pero a veces lo hacía. Se sentaba a mi lado y acabábamos manteniendo una charla que no me llegaba. Porque solo me recordaba la intimidad y complicidad que una vez tuvimos y que él rompió.

¿Cómo he podido equivocarme tanto? ¿Engañarme de esta manera? ¿Cómo pude perderme en pos de un amor que nunca va a ser correspondido? ¿En qué momento creí que él se merecía que yo dejase de ser quien soy para que así pudiese llegar a amarme? ¿De qué coño me vale que lo haga si no sería de mí de quien realmente se enamorara? Sería de una farsante. De una Laura sin carácter, sin metas, sin ilusiones. Solo la de tenerlo. ¿De veras vale la pena amar así? ¿Que te quieran así?

—No —digo en voz alta mientras me levanto para apagar la colilla en el cenicero. Lo hago con ojeriza, con rabia, destrozándola contra el cristal hasta que el tabaco se desprende del filtro, como acaba de desatarse esa verdad que me escondía, que no quería ver.

¡A la mierda! Nadie merece tal sacrificio. Y mucho menos alguien que nunca ha aportado a esta cagada de relación lo más mínimo. Porque sus paranoias no cuentan. Y su semen tampoco, joder. Eso era algo que estaba más que encantado de entregarme cuando le picó.

Llevada por la ira y la decepción más grandes de mi vida, me encamino a su cuarto, donde él sigue en la ducha, ignorándome. Evitándome. O escondiéndose, el muy cobarde. Más que respirar, resoplo como un toro de miura. Y esta agitada respiración casi se corta en seco cuando me encuentro con la pared frente a la cama llena de fotos de Clara. Ahí está el mausoleo. Ahí está el amor de verdad. Ese que nunca podré alcanzar. Ese que ya no sé si quiero.

Paso mis dedos por una en concreto. «Mirada de amor». Ella en la playa, observando a Chema y fotografiada sin saberlo.

—Lo amabas tanto, Clara. Tanto… —vocalizo, más que hablo. Y no solo para que no me escuche su marido, sino porque aquí, delante de ella, aún puedo dejar entrever algo de esa vulnerabilidad que me rompe el alma.

Entonces recuerdo esa frase que ella misma escribió para mí. Esa que me sé de memoria.

«Si yo no estoy para hacerlo, consigue que sea feliz, Laura».

—No puedo, cariño. No se puede hacer feliz a quien no quiere serlo —susurro apenas—. Y ya no puedo más. No puedo más…

—¡¿Qué haces aquí?! ¿Es que no ha sido ya suficiente? ¡Aquí no, joder! ¡Aquí no, Laura!

—¡¡Ohhh, cállate!! —grito y me giro muy rápido, hastiada de sus gritos, aunque los pague con otros—. ¿Qué pasa? ¿También ofendo a Clara por estar aquí?

Medio desnudo, con solo una toalla atada a la cintura y todavía algo mojado, se cruza de brazos y me mira con una mezcla de prepotencia y cólera que me enciende al momento. Y, para variar, no sexualmente. Es que ardo de rabia, joder.

—Sal de aquí, no pienso repetirlo —me pide con aparente calma, pero apretando los dientes.

Y entonces exploto, echándole en cara una de las primeras cosas que se me ocurren, una que, por cierto, acabo de descubrir que me ha molestado incluso más de lo que creí en un principio.

—¿A la ducha? ¿En serio? —siseo—. ¿Has escogido justo el momento en medio de una discusión para ir a darte una puta ducha? Pero… ¡¿qué coño pasa contigo, tío?!

—Tenía que irme —me suelta sin el mínimo arrepentimiento—. Era eso o… O decir cosas de las que luego podría arrepentirme.

—¿Más, quieres decir?

—Mira, Laura, estoy muy cabreado. Mucho. No me jodas —dice, muy tenso. Como si a mí eso ahora me fuese a parar. No tiene ni puta idea de lo que es estar cabreado. Ni idea.

—¡Que no te joda! ¡Eres un gilipollas, joder! ¿Y qué crees que has hecho tú soltando por la boca toda esa mierda?

—¿Y qué he dicho que no tenga algo de verdad, eh? —me interrumpe él echando chispas por los ojos—. Que has ocupado el lugar de Clara. Que yo te lo permití. ¿Qué no es verdad, Laura? ¡¿Qué?!

—¡Pero es que eso es horrible! Das a entender que… Joder… Yo en ningún momento he querido hacer eso. Yo solo…

—¡Ya lo sé! ¡Si la culpa es mía! ¡Mía! Sé que tú no… —Levanta las manos en el aire y se aleja hacia la cómoda, poniendo distancia entre los dos—. Vete, Laura, por favor —me pide de espaldas, dejando caer la toalla y poniéndose unos pantalones de pijama que ha sacado de un cajón—. Lárgate de aquí. Vamos a respetar al menos el dormitorio en el que tu hermana y yo…

—¡Serás…! ¿Cómo puedes decirme eso? ¿Cuándo cojones no lo he respetado, eh? ¡¿Cuándo?!

—¡Ahora! —grita, iracundo, girándose hacia mí—. ¡Estás aquí, ¿no?!

—¡Hablando, Rubio, hablando!

—Y puedes jurar que es lo único que vamos a hacer. Hoy no me vas a coger desprevenido como aquella noche —me espeta sin levantar la voz. Lo que, sin saber por qué, hace que sus palabras sean más dañinas. Un golpe bajo que no me esperaba, y menos después de haberlo hablado ya.

—¡Eres un hijo de la gran puta! ¡Eres…! Joder, creo que te odio. Te lo juro. ¡Creo que en estos momentos te odio!

—¡Fantástico, porque yo tampoco te soporto! ¡No soporto verte, no soporto oírte y no soporto las promesas que me haces incumplir, joder!

Lo miro boquiabierta un instante. Sé que nos estamos haciendo daño a propósito, como dos animales acorralados buscando herir donde más duele, pero esto… Esto me ha dejado descolocada. Tanto que le da tiempo a salir del cuarto antes de que reaccione y vaya tras él.

—¿Qué? ¿Qué promesas? ¿De qué coño hablas ahora?

—Clara… Ella… Ella era distinta. Ella… —balbucea, incoherente, frotándose la cara ya en medio de la cocina. Suspira con fuerza, no sé si intentando calmarse o porque no sabe cómo seguir. Pero, cuando se decide a hablar, lo hace mirándome con una intensidad que resulta abrumadora—. ¿Sabes aquella pregunta que me hiciste, Laura? Ella fue el amor de mi vida, sí. Y yo… Yo no podría dejar que… —se interrumpe y traga saliva, comenzando a pasearse de nuevo, exasperado y nervioso—. Es imposible que… Joder, nadie puede ser como ella. Ni siquiera tú, aunque hayas…

No lo dejo terminar. ¿Para qué? Pongo los brazos en jarras y grito como una descosida, dolida ante una nueva comparación. Y ante una realidad que ya me sabía, pero que me deja en carne viva.

—¡Porque no soy ella, hostias!

—¿Crees que no lo sé? —me pregunta en voz baja, meneando la cabeza con aparente disgusto—. Eso es lo que me mata. Que… Que tú…

—Chema, de verdad… No lo entiendo —digo cuando él no prosigue y, en un intento desesperado de buscarle algo de sentido a todo esto, aunque lo que plantee sea una locura, continúo—. ¿Eso te mata? Dime… ¿Qué es lo en verdad te molesta tanto? ¿Que yo no sea Clara?

—¡No! ¡No, joder! ¡¿Estás mal de la puta cabeza?! ¡¿Te estás escuchando?!

—¿Te escuchas tú? ¿Lo haces? —suspiro frustrada y muy muy agotada—. Ella no está. Ni va a volver. ¿Qué pretendes hacer? ¿Olvidarte de vivir? ¡¿Culparme por no haberme muerto yo en su lugar?! ¿Te alivia eso? ¡¿Culparme por seguir viva?! —acabo gritando, esperando que reaccione de una vez y deje de vivir en el pasado.

—¡Yo no te culpo de nada, joder! —Levanta las manos y las deja caer—. ¿Es que no puedes entenderlo? ¿Te puedes hacer una idea de cómo me siento? ¡No tienes ni jodida idea…!

—¡No! ¡No sé cómo te sientes o qué coño piensas! ¡Porque no me lo explicas! ¡No me hablas! ¡Solo me tienes en cuenta cuando te conviene! —resoplo con fuerza y suelto lo primero que me pasa por la cabeza, una duda que me corroe y que quizá no venga ahora a cuento, pero qué narices—. Joder, Chema… ¿fui algo para ti más que un puto recipiente en el que correrte cuando te apeteció?

Él abre la boca estupefacto, incluso da un paso atrás, pero, tras esa primera impresión, me mira más cabreado si cabe, golpeando la puerta de la nevera con una mano.

—¡Qué cojones…! ¡¿Qué cojones estás diciendo ahora?! ¿Estás insinuando que te utilicé para follar? ¿Qué…? ¡Mierda, no! —Me señala con un dedo que le tiembla con la rabia—. ¡No te lo consiento! No hemos hecho nada que no fuese de mutuo acuerdo. Y claro que te tengo en cuenta. ¡Siempre! ¡Más de lo que quisiera, joder! Si hemos dejado de acostarnos es también por eso. ¡Porque también pensé en ti!

—¡No necesito que nadie piense por mí! Soy mayorcita y…

—Es eso, ¿no? —me pregunta entornando los ojos—. Claro que es eso… Eres tan orgullosa que te ha jodido que fuera yo el que lo zanjara, ¿verdad?

—Vete a la mierda, Chema. Ni soy tan orgullosa ni tú eres para tanto… —me defiendo como puedo, arrepentida de haber sacado este puñetero tema y sabiendo que no tengo argumentos para salir de él indemne.

—¿Qué? Lo que tengo que oír… —Se ríe él sin rastro de humor, sarcástico y con malicia—. ¿Tengo que recordarte cómo te retorcías debajo de mí? ¿O encima? ¿O de cualquier puta manera en la que te follara? Joder… Si la última vez me buscaste tú, cachonda perdida. E insististe ante mi negativa. Y…

—¡Para! ¡Para, para! —chillo, tapándome los oídos, aturdida y humillada porque tiene toda la razón—. ¡Te busqué porque te quiero, maldito cabronazo! ¡¡Yo te quiero!! ¡Te quiero y por eso me acosté contigo cada una de las veces! Cada una de ellas…

Cierro los ojos tan pronto como esas palabras salen de mi boca. Dejo caer los brazos a mis costados y espero que el arrepentimiento ocupe el lugar del eco que han dejado en el ambiente. Que rompa ese silencio que se instala entre nosotros de una forma pesada, consistente. Pero, para mi asombro, no llega. Abro los párpados y lo miro, observo con absoluta fascinación y horror como él me contempla con los ojos muy abiertos, perplejo. Tiene los labios entreabiertos y ese mechón rebelde de siempre vuelve a caerle sobre un ojo, pero no hace nada por apartarlo. Solo se dedica a observarme como si me viese por primera vez. Y cuando comienza a mover los labios sin emitir ni un solo sonido, puedo leer en ellos como repite alguna de mis palabras. Como las asimila e incluso el momento exacto en el que se da cuenta de la profundidad de mi confesión. Y yo sigo sin sentir remordimiento alguno por haberme expuesto de esta manera, más bien alivio. Como si hubiese soltado un lastre que me pesaba demasiado y que no me dejaba avanzar, solo andar en círculos cortos, mareada y cansada, pero sin llegar a ningún lugar.

Al fin y al cabo, ¿qué puede pasar ahora? Nunca lo he tenido, no de verdad, no como realmente quería. ¿Qué más da perderlo del todo? Es como una muerte dulce, necesaria. Es como la del enfermo terminal que cuenta las horas para dejar este mundo, sabiendo que no queda esperanza para él. A veces es mejor un final digno que una vida llena de sufrimiento, falsa, solo basada en una estúpida ilusión, como nuestra relación.

—No, no, no… No, joder —susurra casi para sí mismo al cabo de lo que me parece una eternidad. Entonces sacude la cabeza, mira hacia los lados, suspira sonoramente y clava de nuevo sus ojos asombrados en mí—. Pero… ¿desde cuándo? ¿Desde cuándo tú… sientes… eso por mí?

—¿Desde cuándo te quiero? —le pregunto aclarando lo que a él parece costarle decir. Yo es que soy bastante kamikaze y de perdidos, al río.

—Sí, eso —sisea cuando ve que no continúo.

—No sé… ¿Desde siempre? —cuestiono con una risa irónica que no puedo evitar. Una amarga, casi histérica. Y él abre más los ojos, lo que ya es decir.

—Pero… Pero… Eso es imposible —me rebate casi un minuto después, en el que no hemos apartado la vista el uno del otro. Yo, casi desafiándolo y él… Él, totalmente patidifuso.

—¿Y por qué?

—Porque… Porque yo estaba con tu… hermana. Con Clara. Yo era…

—Sí, ya sé lo que eras. El marido de mi hermana. Y antes, el novio. Qué desfachatez la mía, ¿verdad? Enamorarme del mismo hombre que ella. Pues ya ves. ¡Pasó! ¡Lo hice! ¡Y, maldita sea, bien sabe Dios que no lo elegí! ¿Y sabes qué? Que aun así nunca quise ser ella, ni ocupar su lugar. Ni siquiera intentar luchar por ti. Me aparté. Sí, eso hice. Me fui a estudiar fuera, luego hice un máster en Madrid y luego busqué trabajo en Oviedo. Lejos de vosotros, espaciando las visitas, echando de menos a los míos por no verte, poniendo kilómetros en medio para que nunca lo sospecharais, desligándome cada vez un poquito más de esa relación maravillosa que teníamos ella y yo, intentando dejar de quererte gracias a la distancia. ¿Pero sabes qué más? ¡Que no funcionó! Porque nunca dejé de hacerlo. Porque lo único que logré alejándome fue no pasar más tiempo con ella, un tiempo que no sabía que se nos acabaría tan rápido. Y ella se murió y…

—Y tú viste tu oportunidad…

No me lo dice con rencor, ni con el mínimo reproche, solo poseedor de la razón, como si acabase de estamparse contra una verdad absoluta. Y quizá eso es lo que más me duele de su frase. Tengo que frenar mis piernas para no ir hacia él y darle el bofetón que se merece por su comentario, por lo que me quedo muy quieta, tiesa, fulminándolo con la mirada y cerrando las manos en puños hasta clavarme las uñas. Mi boca es otra cosa, esa actúa por su cuenta, desbordada como estoy por tantos sentimientos, algunos incluso contradiciendo a otros. Peleándose dentro de mí. Ni siquiera sé cuál es superior. Soy un cúmulo de ellos que, entrelazados, me ayudan a seguir adelante.

—¡No! ¡No vi nada! ¡Solo que no había pasado más tiempo a su lado por culpa de este maldito amor que siento por ti! ¡Eso sí lo vi! ¡Y me odié por ello! ¡Me odié tanto que hubiese cambiado mi vida por la de ella en ese mismo momento! ¡Porque yo no me merecía ver crecer a sus hijas mientras ella se pudría en una caja de madera! —me falla la voz en la última palabra porque las traicioneras lágrimas la entrecortan. Las noto calientes y húmedas sobre mis mejillas, pero no me molesto en limpiarlas, sino que ahora sí me acerco a él y lo empujo, resentida. Él parece tan turbado como yo, sorprendido, enfadado y dolido. Aprieta mucho la mandíbula y no aparta los ojos de mí, pero me deja proseguir—. Y con respecto a ti… ¡Es que ni me lo planteé! ¡Solo quería ayudar! ¡Solo ayudar y luego volver a mi lugar, a mi trabajo, a mi vida! ¡Pero no pude! ¡Fui incapaz de dejaros y tú…! ¡Tú tampoco es que me empujases a hacerlo, ¿verdad?!

—¡Porque te necesitaba, joder! ¡Y no sabes lo que, a veces, me pesa haberlo hecho! Pero yo no sabía… No sabía que…

—¡No, tú no sabías nada, y sigues sin saber nada, idiota! ¡Me quedé porque me necesitabas y acabamos follando porque me deseabas! Mi amor por ti, en esa ecuación, déjalo fuera. ¡Tú, tú y solo tú! Te hago falta, renuncio a todo y me quedo. ¿Que quieres metérmela? Me lo dices y acordamos un trato absurdo. ¿Que ya no te apetece? Pues también. ¿Quieres algo más de mí, Chema? ¿Tal vez que me arrastre suplicando que me quieras? ¡Ah, no, eso no, porque no valdría de nada, claro! ¡Qué olvido el mío! ¡Yo no soy Clara y ella es la única a la que puedes amar!

—No, no lo eres. No eres Clara, pero… —musita casi con lástima, levantando las manos y acercándolas a mi cara. No sé cuál es su intención, pero se las aparto de un manotazo antes de volver a gritarle y hacerlo callar.

—¡Ni tú eres el hombre del que me enamoré! ¡Solo eres un amargado y un cobarde que acaba de perder otra oportunidad para ser feliz!

Y sí, sé que eso ha sonado muy arrogante, prepotente, y que no me lo creo ni yo, pero me ha sentado de fábula soltarlo y ver la cara de lerdo que se le ha quedado. No voy a dejar que vuelva a pisar mi orgullo, no ahora que sabe lo que siento por él. Ni pienso tolerar su lástima… Eso todavía menos. Me haría añicos… Y ya he caído lo bastante bajo. Aunque mi corazón le pertenezca y me lo haya roto, debo mantener intacto todo lo demás. Y lejos de él.

—¿Qué quieres…? ¿Qué quieres decir con eso?

—¡Que me voy! ¡Y bien lejos! ¡No voy a quedarme donde no me quieren! —Y sí, me voy. Estoy decidida, aunque me muera un poco al hacerlo.

Suspiro y dejo de mirarlo, porque el dolor que hay ahora en su cara es superior a mí. Y cuando pensar en las niñas debilita mi resolución, envuelvo ese pensamiento en indiferencia y me obligo a ser egoísta. A ellas tampoco les valgo de nada si acabo de perderme del todo. Me hace falta un tiempo. Sé que volveré, por ellas, exclusivamente por ellas, pero primero tengo que afianzar mi amor propio, no curarme de este amor porque eso incluso me parece imposible, pero sí esconderlo bajo capas y capas de dignidad y resurgir como la antigua Laura. Esa que estaba enamorada de Chema, pero que sabía vivir con ello sin soñar con un futuro a su lado. Porque eso lo he tenido desde siempre prohibido.

Suelto el último suspiro que me permitiré con él delante y me giro hacia la puerta.

—No es necesario que te vayas, Laura. En el fondo no quieres hacerlo —oigo a mi espalda—. Podemos…

—Sí es necesario. —En dos pasos me planto otra vez ante él. Me paso una mano por la cara y meneo la cabeza con disgusto—. Siempre pensé que necesitar y querer eran sinónimos, o algo demasiado parecido. Pero tú eres único para marcar la diferencia. Yo te quiero y llegue a creer que también te necesitaba. Pero no, yo no te necesito, Chema. Tenerte así, de esta manera, es peor que no hacerlo de ninguna. No necesito tus caricias o tus besos, he vivido años sin ellos. Ni siquiera necesito tu compañía. Era feliz sin ella. Siempre con esa pequeña punzada recordándome lo que sentía por ti, considerándome una mala hermana y peor persona por no poder pararlo, pero… En el fondo, feliz. Con mi trabajo, mis amigos, mi vida. Tú… Tú me has hecho sentir diminuta. Poca cosa. A veces, incluso sucia. Contigo tengo miedo a todas horas. De perderte, aunque nunca te tuve. De hablarte por si me malinterpretas. De ser demasiado cariñosa y que adivinaras mi secreto. Yo no, Chema, no necesito todo esto. Esto no. Solo quiero vivir sin dramas. Y ser simplemente yo.

Me vuelvo para irme de nuevo, pero él me sujeta de un brazo.

—No, Laura, espera. ¿Adónde vas?

—¿Acaso te importa?

—Escucha. Ambos estamos muy cabreados, pero piensa un segundo en las niñas.

Me río. ¿Cómo no hacerlo? Estoy cansada de llorar. Aunque esto, más que una risa, es un sonido histérico que intento pasar por carcajadas.

—Las niñas… Ellas tendrán a su tía, en ese papel que sí me corresponde. Una tía con la que contar siempre que quieran, pero sobre la que nunca tengan dudas de qué lugar ocupa. Volveré, Chema. Pero por ellas, solo por ellas. Al fin y al cabo, para ti no he sido más que un pasatiempo que te hacía la vida más fácil, ¿no?

Aún no he acabado mi última frase cuando me suelta.

—Yo siempre… —habla con los dientes tan apretados que hasta le cuesta hacerlo—. Siempre he sido sincero contigo, Laura. Pude pecar de ser un capullo, un capullo ciego y, en ocasiones, hasta borde, pero nunca te he mentido sobre lo que quería de ti. En todo caso, has sido tú la que me ha mantenido engañado, la que ha aparentado lo que no era.

Tengo que cerrar con fuerza los ojos para no verlo. O para que él no vea que acaba de romperme un poco más. Porque esto ha dolido. Muchísimo. Sobre todo, porque vuelve a tener razón. Claro que, ahora mismo, estoy también demasiado furiosa para dársela.

—Y te he dado justo lo que querías. A cada momento —escupo, indignada.

—¿A cambio de qué? ¿De una mentira? ¿Valió la pena? Hubiera sido mejor que me rechazaras desde un principio. Te dije que acabaría por hacerte daño… Joder, te lo dije y ya te lo estaba haciendo. Y tú… Tú no hiciste nada por remediarlo.

Joder, y ahora me ha rematado. No sé cómo soy capaz de seguir frente a él, en pie.

—No, pero quédate tranquilo —ironizo—. Sobreviviré.

—¿Tranquilo? ¿Cómo coño quieres que…? ¡Dios, Laura! ¿Acaso no viste que no me quedaba amor para dar? ¿Que todo el que se le puede dar a una mujer se lo ha llevado ella? —cuestiona muy deprisa.

Se separa de mí y comienza a pasearse como un enajenado por la estancia. Se lleva las manos a la nuca y las deja allí mientras mira al techo.

—Mira, haz lo que te dé la gana. Yo tampoco voy a arrastrarme para que te quedes. —Y justo ahí, baja las manos y me mira. Me clava esos ojos dorados llenos de frustración, de dolor, de rabia, unos ojos que me perseguirán toda la vida—. Porque me siento… Joder, me siento engañado. ¡Manipulado! Me siento…

—Oh, pobre Chema —me burlo, porque me siento tan herida que tengo que ocultarlo con algo. Envolver este lacerante dolor y cubrirlo del más puro sarcasmo. Hiriendo donde hieren, golpeando donde me golpean—. Qué pena… Qué mal lo pasaste follándote a tu cuñada.

Y sí, he conseguido mi objetivo. Aunque no esperaba que aún pudiese dolerme más. Es casi inhumano. Quiero dejarme caer y no levantarme jamás. Morirme. Quiero morirme. Porque el odio que ahora leo en su mirada es mucho peor que la muerte. Esa no duele. No te enteras de nada. Solo desapareces y dejas de sufrir.

—¡Lárgate! ¡Fuera! ¿No querías irte? ¡Lárgate, entonces!

Parezco salir del trance y me yergo muy derecha. Es el orgullo, esa antigua Laura tirando de mí, sujetándome con sus últimas fuerzas. No es él el que me echa, soy yo la que se va por propia voluntad. Harta, cansada de toda esta lucha para nada.

—¡Eso voy a hacer! ¡Puedes jurarlo! —chillo, entre esos sollozos que ni mi amor propio puede ya frenar.

—¡Pues genial!

—¡Sí, genial! —contesto ya corriendo a mi cuarto. Sabiendo que mi orgullo también está a punto de flaquear. Y eso no me lo puedo permitir. Aún no.

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page