Por nosotros
CAPITULO 23 » Chema
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Chema
Me despierto desorientado, todavía sentado a la mesa de la cocina. Miro a mi alrededor, desubicado. El cenicero desborda colillas y hay un par de cervezas vacías sobre la mesa. No sé en qué momento me quedé dormido, pero latigazos en las sienes me dicen que demasiado tarde, demasiado cansado y seguramente un poco borracho.
Cuando vuelven a golpear la puerta de entrada, me doy cuenta de que eso es lo que me ha sacado del trance en el que he caído en algún momento de la noche, porque dormir… ni lo llamaría. He estado todo el tiempo reviviendo lo sucedido con Laura, una y otra vez, no sé hasta qué punto eran o no sueños. Más bien, putas pesadillas.
Me levanto pidiéndole permiso a cada músculo de mi cuerpo, haciéndolos reaccionar entre protestas, y adecento un poco la mesa antes de ir a abrir.
Lidia y las niñas están en la puerta, pero no hay ni la más mínima alegría en sus caras. Llara corre a colgarse de una de mis piernas mientras Marta me ignora deliberadamente y casi me empuja para entrar en casa. Lidia tampoco es que esté muy habladora. Me tiende una bolsa con un movimiento de cabeza y se da media vuelta para irse. Y ahí, por fin, parezco volver a recuperar un poco los sentidos.
—Lidia. Espera un segundo, por favor. —Me inclino hacia Llara y la animo a entrar en el salón para que me conceda un minuto a solas con ella y, cuando obedece a regañadientes, me enfrento a su mirada. No parece enfadada, pero sí angustiada y muy preocupada. Verla así me cae como un puñetazo en el estómago, pues es lo mismo que siento yo al pensar en lo ocurrido. No. Yo siento más. Y todo peor.
—Dime, Chema —me apremia ella, al ver que a mí parecen habérseme cerrado las cuerdas vocales.
—¿Laura? —Es lo único que se me ocurre decir, o más bien que me sale casi disparado atravesando ese nudo en mi pecho. Es miedo. Un miedo que no puedo confesarle. Un miedo extraño que no comprendo, pero que me corroe por dentro.
—Se fue. Pero eso tú ya lo sabes, ¿no?
—¿Qué…? ¿Qué os contó?
Lidia entrecierra los ojos y se lleva una mano al cuello.
—Que le había salido un trabajo que no podía rechazar. Que serían solo unas semanas, o un par de meses como mucho. Que habíais hablado y tú no solo lo comprendiste, sino que la animaste y la apoyaste. En fin… Lo que tú también ya sabes, ¿no? —explica, acabando en un tono tan desapegado que me pone los pelos de punta.
—Ah. Sí, claro —respondo como un imbécil.
—Sí, claro —repite ella, dando un paso hacia mí—. Mentiras vendidas a precio de verdades, si quieres mi opinión. Pero Abel pareció aceptarlas sin rechistar y por eso no puse en duda cada una de sus palabras.
Abro la boca para no sé qué, pero ella me frena con un ademán.
—No. No me importa qué ha sucedido entre vosotros, ni tú quieres contármelo. Pero los dos sabemos que ella no se hubiese ido ni para decorar El Escorial. No después de haberles prometido quedarse a las niñas, que son las que sí importan aquí. Si se ha marchado, es porque no está bien. —Me mira de arriba abajo un segundo—. Y ahora tengo claro que tú tampoco.
Ignoro su último comentario a conciencia y me centro en lo más importante, como ella bien dice.
—¿Cómo…? ¿Las niñas? ¿Cómo se lo han tomado?
—Mal. Muy mal. Y eso que Laura las ha convencido con un sinfín de cosas para hacer a su vuelta. Pero… Dios mío, Rubio, mal que te pese, ella era lo más parecido a una madre que tenían. Y es la segunda vez que pierden una.
Trago saliva ante sus palabras. Porque tiene razón, aunque ese haya sido precisamente el motivo de la discusión de anoche. El que hizo que se alejara de mí. Pero es que estaba demasiado cerca, peligrosamente cerca de todo lo que una vez fue Clara y yo… Yo no puedo. Aunque también es verdad que nunca creí que llegaríamos a esto. No sé en qué momento se nos fue de las manos, en qué instante perdimos el juicio y lo arruinamos todo. O sí. Quizá sí lo sepa, pero… Pero, joder…
—Se lo prometí… —susurro para mí mismo.
—¿Qué? ¿Qué prometiste? —pregunta ella, abriendo mucho los ojos, sorprendida ante esa frase que no viene a cuento de nada. Y algo me hace sincerarme, aunque sea la primera y última vez que lo haga.
—A Clara. Le prometí que nadie ocuparía su lugar.
Lidia deja caer los hombros y suspira sin apartar los ojos de mí. Ahora llenos de lástima. Joder, lo que me faltaba. Lo único que doy es puta pena. Y, como eso sí que no lo soporto, comienzo a tirar de la puerta hacia mí en una despedida silenciosa.
—Hablaré con las niñas —le digo—. Al final… todo se arreglará.
—Eso espero, Rubio —contesta ella ya de espaldas a mí.
Acabo de cerrar y suspiro con fuerza. Tengo que deshacerme de esta debilidad, física y psíquica, que arrastro. Dejarla también al otro lado de la puerta. Ahora no puedo permitírmela. Ahora, no.
Exhalo mucho aire mientras me dirijo al salón, consciente de que todavía me queda algo horrible por hacer. Tratar de explicarles a mis hijas esta puñetera situación.
Encuentro a Llara sentada muy derecha contra el respaldo del sofá, con los brazos cruzados y las piernecitas colgando solo un poco sobre el borde del asiento. Ha encendido la tele, que está puesta en un canal de dibujos, pero, a pesar de que tiene la mirada clavada en ella, ni siquiera le ha dado volumen, por lo que sé que su mente está muy lejos de ahí. A Marta ni la veo. Debe de haber ido directa a su habitación; estará tan enfadada, dolida y confusa como lo estoy yo, pero con la diferencia de que ella no sabe que la ausencia de su tía era algo a lo que tendríamos que enfrentarnos tarde o temprano.
Eso yo lo he tenido siempre muy claro. Su presencia era como un enorme y antiguo reloj de arena, marcando un final que no sabíamos muy bien en qué momento ocurriría. Pero que estaba ahí. Siempre supe que llegaría. Incluso antes de acostarnos. A Laura el pueblo siempre se le quedó pequeño y, tal vez, yo le di la excusa que necesitaba para irse.
«Dijo que volvería, Chema. A ti, a las niñas, a su padre y a Lidia».
Mintió. Estoy convencido. Ahora mismo quiero creer que esto nos viene bien a los dos. Tengo que hacerlo. O quizá es que mi mente está tan embotada que creerlo es lo más fácil. Sea como sea, me voy a agarrar a eso como a un clavo ardiendo.
—Hola. —La niña dirige la mirada hacia mí y, de repente, los ojos se le encharcan de lágrimas. Sus labios comienzan a temblar y entonces agacha la cabeza para esconderla entre sus brazos, comenzando a sollozar en silencio. Verla así es mucho peor que si sufriera una pataleta en toda regla. Es un llanto el suyo adulto, maduro, que me estruja el corazón y hace que mis piernas corran hacia ella y la siente en mi regazo.
—Cariño…
—Se fue, papi. Mina se fue. Se fue —repite entre sollozos e hipidos, con la carita escondida en mi hombro, empapándome la camiseta.
—Es solo un tiempo. Poco, ya verás —le miento, usando la promesa que Laura les hizo como disculpa. Porque yo pienso que no va a cumplirla, pero así me resulta más sencillo salir del paso. Y eso quizá sea egoísta o una pésima idea, pero estoy cansado de que todo sea tan sumamente difícil.
—Pero… ¿por qué? ¿Quién me va a peinar los rizos? ¿Y a hacerme las trenzas? ¿Y a cantarme esas canciones iguales a las de mami? Yo la quiero mucho. Y la quiero aquí, conmigo. ¿Por qué se ha ido?
—No sé, cariño. Es algo complicado. A veces los adultos tenemos que hacer cosas, aunque no nos gusten. Ella seguro que no quería irse, os va a echar mucho de menos, pero tenía que hacerlo por…
—Se va a olvidar de nosotras. Va a tener sus propios niños y no va a volver —dice, esta vez mirándome, suplicándome con los ojos que le desmienta esas palabras. Y yo corro a hacerlo, porque el peso en el estómago que he sentido al oírla no son los típicos celos, sino un dolor físico, pesado y desconcertante.
—No, no va hacer semejante cosa. Ni siquiera te vas a enterar de que no está, te lo prometo. El tiempo pasará muy rápido y… ¿Y quién te ha dicho a ti que va a pasar eso? —acabo por preguntarle, al darme cuenta de que esos pensamientos no pueden ser propios de ella.
—He sido yo —la que me contesta es Marta, que ha entrado en el salón tan sigilosa que ni me he enterado—. Y no hace falta que nos mientas. Eso es lo que va a ocurrir y cuanto antes lo…
—No, Marta, eso no va a ocurrir, porque vuestra tía nunca os olvidará. Ella os quiere muchísimo, ella…
—Ella prometió que nunca se iba a ir y mira… Lo ha hecho —me espeta, cruzándose de brazos, demostrándome una vez más que, a pesar de sus seis años, no es una niña. O sí lo es, pero su cerebro esconde una madurez increíble, una perspicacia asombrosa y, a veces, un cinismo que asusta.
—Porque… Porque no le ha quedado más remedio —trato de explicarle—. Pero volverá. —Y ahora hasta yo quiero creerlo, porque… Porque, joder, tiene que volver. Por ellas. Mis hijas ya han sufrido lo suyo.
—Fue por mi culpa, ¿verdad? —me pregunta de repente en un tono totalmente diferente y bajando la mirada al suelo.
—¡No! ¡Desde luego que no! ¿Por qué dices…?
—La abrumé —declara, volviendo a mirarme con esos ojos tan parecidos a los míos, ahora húmedos y brillantes—. Oí como se lo decía la abuela al abuelo camino de su casa. La hice sentirse mal y…
—No, Marta, de eso nada. —Tiendo una mano para que se acerque, porque no quiero soltar a Llara y, gracias a Dios, ella lo hace, sujetándose a mí como a un salvavidas. Respiro hondo, poniendo un poco de orden en mi abotargado cerebro y le hablo con el corazón—. A tía Laura le encantó que le dedicases esa canción. Estuviste fantástica. Sentirse abrumado no siempre es malo, es… es estar muy emocionado, ¿sabes? Fue una casualidad que le surgiera marcharse ahora, ¿vale?
Pero ella niega con la cabeza.
—No me porté nunca demasiado bien. Le contestaba y… siempre le recordaba que se olvidaba de nuestra merienda, o que no sometía bien las sábanas y se salían. No me extraña que se cansase de…
—Eso es una tontería. —Y es Llara la que sale en defensa de Marta.
—Sí, tiene razón tu hermana, cariño —sigo yo—. Tú eres como eres y ella te quiere así, tal cual.
—Sí, es verdad —está de acuerdo la pequeña. Entonces nos mira a los dos muy atenta y parece recordar algo, porque sonríe con timidez y se dirige a Marta—. Ahora sé a qué se refería mami cuando me dijo que no perdiera la esencia. ¡A esto! Tenemos que ser como somos y punto.
—Sí, cariño, tal como somos —susurro, meciéndolas, arropándolas en mis brazos. O quizá el que quiere sentirse arropado soy yo, porque mi mente decide, de nuevo, torturarme con el recuerdo de Laura saliendo por la puerta con su maleta.