Por nosotros
CAPITULO 23 » Laura
Página 77 de 113
Laura
Nunca nada me ha dolido tanto como despedirme de las niñas. Nunca. Bueno… Quizá enterrar a una hermana sí pueda compararse, aunque ahí, además del dolor, estaba la impotencia. No estaba en mis manos cambiar ese hecho, solo llorarla, aceptarlo y resignarme. La ira que acompañaba esas fases solo era una manera de enfrentar la tragedia, así como los «pude haber hecho» u «ojalás» con los que me torturé durante mucho tiempo, otra forma de comprender que la vida, al final, nunca es suficiente. Sobre todo cuando se pierde a alguien tan joven.
Pero con las niñas… Ellas estaban allí, frente a mí, llorando, rogándome que no me fuera. Llara aferrada a mi pantalón y Marta a un metro, casi rígida, herida, decepcionada, mirándome con lágrimas enormes corriendo por sus mejillas y negando con su cabecita.
—No, tía, por favor, lo prometiste… —murmuraba, luchando contra su dolor.
—¡Mina! ¡Quédate con nosotras! ¡No te vayas! ¡No, no, no, no quiero que te vayas!
«Y yo no pude quedarme, cariños míos. Mis princesas. No pude».
Ni siquiera pude ofrecerles una disculpa de peso, una mentira que, aunque no las contentara, pudieran entender. Porque a ellas la excusa de ese trabajo tan estupendo les resbalaba. No lo comprendían. Ya una vez había renunciado a él y no había pasado nada. Pero a mí la culpa por lo que les estaba haciendo me cegaba. Saber que seguiría adelante y las abandonaría, aunque fuese por un tiempo, me mataba. Mi cabeza no podía pensar; no, al menos, sin romperse del todo. Funcionaba por inercia.
Solo me permití derrumbarme cuando dejé atrás El Pilar. No sé el tiempo que pasé en el coche aparcada de mala manera en un arcén, queriendo expulsar todo aquel dolor a través del llanto, la rabia a golpes con el volante. Pero, aun proponiéndomelo, fui incapaz. Me sentía vacía. Fría dentro del dolor. Tan tensa y apática que me era imposible hasta desahogarme. Como si me hubiese convertido en piedra. Dura e insensible.
Sin embargo, ahora, de camino a Oviedo, mi aflicción parece hacerse cada vez más fuerte, buscando la salida que antes no pude concederle. Noto el picor de las lágrimas sobre mis mejillas, su calor húmedo, su peso, su sabor salado cuando se pierden entre mis labios. Pero en minutos se secan, cuando mi mente las ignora, así como todo lo que pasa por ella. Porque no es el momento. Debo conducir. Alejarme. Irme. Huir. Escapar del rechazo… Del amor.
Pero no es tan fácil. Es imposible que alguna de esas frases que se quedaron clavadas en lo más profundo no se reproduzcan en mi cerebro, como fogonazos que vuelven a encharcar mis ojos.
«Tú no eres Clara». «Ella era el amor de mi vida». «Nadie podrá ser como ella».
«¡Mina, no! ¡No me dejes aquí! ¡Si te vas, llévame contigo!».
«Tía, ¿por qué? ¿Qué hemos hecho mal? Perdónanos y quédate, por favor».
«Yo me siento engañado. Me mentiste. Viste tu oportunidad…».
«Mina, porfa… No te vayas. Yo te quiero mucho. Por favor».
«Tía Laura, te prometo que nunca volveré a decir nada sobre tus palabrotas. Te prometo…».
Oh, Dios mío… No, por favor. Sácalas de mi cabeza. Hazme olvidarlas… Solo un poco más. Solo hasta llegar. Y luego tortúrame, acaba conmigo si quieres… Pero déjame llegar.
Y lo hago, aunque no sé muy bien cómo. Luces que voy dejando atrás, kilómetros de asfalto, de señales, de líneas dibujadas en la carretera. Más asfalto y más kilómetros. Todos ellos separándome inexorablemente de mis niñas. De él.
Joder, de los amores de mi vida, aunque en realidad no me pertenezcan. Nunca lo han hecho.
Ya frente al edificio donde sigue viviendo María, sitúo el coche en el primer sitio que encuentro. Es un estacionamiento de carga y descarga, pero me da igual. Necesito parar. Ya. Algo dentro de mí ha dado el viaje por finalizado y no puedo seguir ni un solo metro más. Sé que es tarde. Muy tarde. Entre el tiempo que me tomé para tranquilizarme antes de ver a las niñas y el que pasé con ellas, ya hacía tiempo que era noche cerrada cuando estacioné el coche en aquella carretera secundaria que no me vio llorar.
Ahora tampoco lo hago, aunque hace ya mucho rato que las piernas han comenzado a temblarme sin control, un sudor frío se cuela hasta en mis huesos y cada vez me cuesta más respirar.
Es como si tuviese un bloque de piedras en mi pecho, y mi cuerpo se descompusiese al fin. Giro la llave en el contacto y me quito el cinturón con mucha dificultad. Echo la cabeza hacia atrás, apoyándome en el respaldo, sin ninguna intención de abandonar el coche. Tampoco me veo con fuerzas, ya bastante tengo con seguir inhalando y exhalando este aire que parece escasearme.
«Yo soy fuerte. Puedo con esto. Respira, Laura, coño», grita algo dentro de mí.
Pero me cuesta, joder, cómo me cuesta. Cierro los ojos y solo me concentro en eso. No puede ser tan difícil, Dios, llevo toda la vida haciéndolo.
«Coger aire, soltar aire, Laura».
Ya, ya. Pero este peso… Este peso es demasiado grande… Demasiado.
—¿Laura?
Me giro hacia la voz de María, que me habla a través de la ventanilla. Ni siquiera recuerdo haberla abierto, pero supongo que ese instinto de supervivencia que todos poseemos ha actuado por su cuenta.
—Mujer, cómo no avisas de que vas a venir. ¿Hace mucho que esperas? Ya es mala suerte… Para una vez que se me da por ir hasta el trabajo de Nico y esperar a que salga… Menos mal que tu coche no pasa desapercibido, ¿eh? Oye… ¿Laura? ¡¿Qué te pasa?! —Y esto último me lo grita rodeando el coche y metiéndose dentro, ocupando el asiento a mi lado. Me coge la cara entre sus manos y me mira con preocupación—. Respira, así, despacio…
—Estoy… bien. Mejor —consigo decir. Y lo cierto es que es verdad; algo mejor sí me encuentro. Al menos, mis pulmones han logrado ese ansiado oxígeno.
—Sí, de maravilla —rumia ella por lo bajo, llevando mi cara hacia su hombro y envolviéndome en un abrazo—. Dios mío… ¿Qué ha sucedido?
Pero no le contesto. Hasta creo que ella tampoco espera que lo haga.
No sé cuánto tiempo nos pasamos así, hasta que mi respiración ya es más o menos acompasada y, aunque mis temblores aún son evidentes, María decide separarse y buscar respuestas.
—¿De dónde vienes? —pregunta con calma, mirándome a los ojos.
—¿Qué?
—¿Desde dónde has venido conduciendo?
—Desde El Pilar —contesto con un encogimiento de hombros, de repente, muy muy cansada.
—¿Desde El Pilar? ¿En este estado? ¿Tú quieres matarte?
—Estaba… bien. Cuando cogí… el coche. Estaba bien.
Ella cierra los ojos un segundo. Y cuando vuelve a abrirlos, sé que ahora también está un poco enfadada. Vale, sé que no he sido del todo responsable conduciendo hasta aquí. Pero lo que ella no sabe, lo que no entiende, es que tenía que salir de allí. Poner distancia… Porque aunque estemos a menos de una hora en coche, Oviedo para mí es otro mundo. Ese en el que era fuerte. Feliz.
—Es que… fue… horrible —intento explicarle, hacérselo comprender—. Chema… Las niñas… Fue…
—Laura, me estás asustando. ¿Qué ha pasado? ¿Ellos están bien?
—Sí, sí. Él… Mejor sin mí. Y ellas… Ellas son fuertes… Y las… llamaré. Y… —Nombrarlos me hunde. Otra vez la losa sobre mi torso, de nuevo la falta de aliento. Pero esta vez ni siquiera tengo fuerzas ni ganas de seguir peleando por aire. Solo quiero dejar de luchar, darme por vencida. Que pare de doler.
Ella debe de notar algo raro en mí, porque, nerviosa, habla muy rápido.
—Ya. Para. Ya tendremos tiempo para hablar. Ahora nos vamos a casa, ¿vale?
—A… casa —repito como una tonta. Porque yo no tengo casa. Desde que salí de la de mi padre, nunca he sentido ninguna como tal, salvo… salvo la de Clara. Joder, no.
Y entonces, un pensamiento todavía más cruel me hace expulsar un quejido desgarrador, seco, casi animal. ¿Y si se fue por mi culpa? ¿Y si la envidiaba tanto que yo deseé, sin saberlo, que se muriera para ocupar su lugar?
Dios… Estoy muy mareada. Y veo borroso. Y esos sollozos tan horribles que oigo… ¿son míos?
—A casa, Laura. Ahora. Por favor, ayúdame.
Y como por arte de magia, un ángel rubio abre mi puerta y me coge en brazos.
Genial, han venido a buscarme. Porque esto es lo que quiero. Morirme.
«¿Y cómo deshacerme de ti, si no te tengo? ¿Cómo alejarme de ti, si estás tan lejos?».
Ricardo Arjona.