Por nosotros
CAPITULO 24 » Laura
Página 79 de 113
Laura
Cierro la aplicación con una sonrisa en la cara. La misma que me obligo a mantener mientras hablo con mis niñas. La misma que voy perdiendo paulatinamente, en cuanto de nuevo soy consciente de lo lejos que están. De que nunca, nunca, aunque en algún momento me sienta preparada para volver, voy a estar con ellas como en estos últimos dos años.
Dejo caer los párpados y suspiro. Dios, es tan difícil… Mostrarse contenta cuando estoy rota. Aparentar entusiasmo cuando lo único que me siento es derrotada. Sonreír… El mismo acto de sonreír es agotador. Porque lo único que quiero hacer es meterme de nuevo bajo las sábanas y no salir jamás.
Levanto el ordenador de mi regazo y lo coloco sobre la alfombra, arrebujándome luego en la manta y escondiendo media cara en el cojín. Dormir, únicamente quiero dormir. Aunque supongo que hacerlo una media de diez horas al día al final acaba pasándote una factura que se traduce en tener que permanecer despierta. Y eso significa pensar. Y eso significa sufrir.
¿Es que nunca voy a dejar de hacerlo? Más de un mes. Ya ha pasado más de un mes y, aunque mi estado no puede compararse al del principio, sé que doy verdadera pena. Como siga sin peinarme en condiciones, voy a acabar por llevar rastas, y el pijama se ha convertido en mi uniforme oficial.
Y eso que estoy mejor. Mucho mejor. Lo que quiere decir que ya pasé por la fase de ser poco más que un despojo humano.
Todavía recuerdo con bastante vergüenza y aprensión el momento en que me desperté en una cama que en principio no reconocí, con la sensación de que un tren me había arrollado y, un segundo después, la acojonante seguridad de que seguía viva. Fue tras aquella crisis en mi coche, justo al llegar, en la que, realmente, pensé morirme. Y en la que, por primera vez en mi vida y con muchísimo pesar por reconocerlo, no me hubiese importado hacerlo.
El ángel que me sacó en brazos no era, en realidad, un ángel. Aunque María tenga sus argumentos para contradecirme. Es su novio, Nico, un chico majísimo al que, por desgracia, no conocí en el mejor momento de mi vida. Venían andando desde el restaurante en el que él trabaja cuando ella vio mi coche y lo siguiente… Bueno, fue encontrarme con un ataque de ansiedad en toda regla. O uno de dolor. O uno de pánico. Cualquier nombre me vale, porque todas esas emociones convivían entre sí.
—Hola, cariño. ¿Cómo te encuentras? —se preocupó María aquel día, unos minutos después, entrando en mi cuarto con precaución. Y yo me pregunté cuántas veces lo habría hecho antes, esperando a que abriera los ojos por fin.
—Mal. Muy mal —recuerdo decirle, ya con las lágrimas resbalando por mis mejillas. Era superior a mí. Un montón de imágenes, de voces, de frases se mezclaban en mi mente, recordándome continuamente lo sucedido con Chema. Y con las niñas.
Ella me acarició la cara y luego me acercó un vaso de agua y una pastilla.
—Tómatela, te sentirás mejor. Y dormirás un poquito más. Ahora es lo que debes hacer. Descansar, cariño.
Y dormí. Dormí mucho. Despertando solo el tiempo justo para llorar hasta agotarme y dormirme de nuevo. Días así. No sé ni cuántos. Sobreviviendo a base de pequeños mordiscos que le daba a la comida que ella me traía y bebiendo, forzosa, los zumos que sí me obligaba a terminarme.
—Tienes que hidratarte, cariño. Y así, de paso, también te alimentas un poco.
Y desde luego que tenía que hidratarme. Toda yo era lágrimas y mocos. Estaba a punto de quedarme más seca que la mojama. O, por el contrario, ahogarme con mi propio llanto. No sé cómo sería peor acabar… Ahogada o consumida, aunque… ¿qué más daba? Si justo era así como ya me sentía.
Los días se convirtieron en semanas. Una, dos… Dormir, llorar… Y volver a dormir. ¡Benditas pastillas! Que ni sabía ni me importaba qué eran, pero me procuraban un alivio inmenso, encubriendo mi dolor con horas de sueño que, si bien no era reparador, al menos en ellas no sufría. Eran horas muertas, vacías, en las que recobraba fuerzas para seguir llorando.
A veces, cuando María se cansaba de verme el mismo pijama puesto, me arrastraba a la ducha. Y era solo en esas ocasiones en las que intentaba que me abriera a ella, que le contase qué demonios había pasado para que estuviera así. No insistía demasiado, pero se mostraba interesada, preocupada, asegurándome que estaba allí para escucharme cuando estuviese preparada.
Lo cierto es que ya lo sabía. Me lo demostraba cada día. No todo el mundo hubiese sido lo que ella fue para mí esos días. Una enfermera, una madre, una amiga.
Pero, aun así, y a pesar de confiarle mi vida como estaba haciendo, de mi boca no salía nada que pudiera explicar mi estado. Era pensarlo y… me rompía un poco más. Como para hablarlo estaba yo.
Lloré. Lloré tanto que aún no sé cómo pueden quedarme lágrimas. Lloré por Clara, todo lo que no lo hice en su momento. Todo lo que aún guardaba dentro. Había leído en alguna parte que los duelos fuera de tiempo eran los peores. Sí, puedo corroborarlo. Sobre todo porque también se une la culpabilidad de no haberlo hecho antes. Esa sensación, absurda pero intensa, de no haberla querido lo suficiente quizá, cuando es justo al revés. A veces es tan grande el dolor que este se enquista o se disfraza para sobrevivir a él.
Lloré también por las niñas, por lo muchísimo que las extrañaba. Por haberlas dejado. Por cada uno de los sollozos que exhalaron por mi culpa.
Y por mí. Lloré mucho por mí. Porque dolía demasiado. Y daba igual en qué pensara. Si recordaba la última discusión, nuestras hirientes palabras, la rabia con las que nos las dijimos… Quería chillar hasta desgañitarme. Me sentía enfadada, estafada. Dañada, en carne viva. Y estúpida porque sabía que yo había tenido mi parte de culpa, hablando de más, atacándolo para aniquilar mi propia frustración. Pero todavía era peor cuando a mi mente acudían los momentos buenos… Ahí quería morirme, literalmente. La herida se abría y era como si un dedo invisible hurgase en ella. Veía su sonrisa como si la tuviese enfrente, esa tímida, que adoraba; esa torcida, canalla; esa enorme, en la que en los ojos se le formaban arruguitas. Oía sus risas… Todas. Las que dejaba salir entre dientes, las que disimulaba por lo bajo, las abiertas, a carcajadas. Repasaba una y otra vez nuestras conversaciones, nuestras bromas… La ternura con la que miraba a sus hijas, esa que, cuando dirigía a mí, me derretía. La pasión que derrochaba en su trabajo, así fuese construir una casa o arreglar una simple gotera. Y sus ojos… El recuerdo de sus ojos me asediaba continuamente… Cómo le brillaban cuando tramaba algo sexual, cómo se le dilataban cuando comenzaba a excitarse, cómo los entrecerraba en el instante en que se corría.
En ocasiones, las imágenes eran tan reales, tanto que alargaba la mano para retirarle ese mechón que siempre le cae sobre la frente, pero… Chema no estaba. Y nunca volvería a tenerlo de esa manera.
Así que también lloré por él. Por no darnos una oportunidad. Por no ver lo felices que éramos juntos. Puedo entender que no llegase a enamorarse de mí, eso sí, claro, no soy tan engreída, pero… Pero sé que, durante ese escaso tiempo en el que compartimos algo más que sexo, él también era feliz. Nuestra complicidad no era fingida, el cariño que me demostraba, tampoco. Y, desde luego, yo no tengo mucha experiencia, pero me niego a creer que todas las parejas se lo pasen tan tan bien en la cama. Era química, atracción o como se quiera llamar, pero era real, arrolladora. Y era entre nosotros dos.
Oí también en algún sitio que la tristeza se alimenta de ella misma, creciendo sin parar si no haces nada por evitarlo, y es verdad. La mía se hacía inmensa y yo me dejé arrollar. Hasta el día en que María se cansó de mi actitud y me hizo ver que hundirme en la miseria estaba afectando a quienes más quería.
—Tienes que llamarlas —me dijo.
Me senté en la cama al oírla, sorprendida y muy aturdida.
—¿Qué? ¿A quién?
—A las niñas. Tu teléfono está lleno de mensajes. De tu padre, de Lidia, de todos tus amigos. Y todos dicen lo mismo, que te pongas en contacto con ellas. Te echan muchísimo de menos y comienzan a pensar que las has olvidado. Le preguntan por ti a todo aquel que se encuentran por delante y… no puede ser, Laura. Te he concedido tiempo, pero ahora tienes que lavarte esa cara, adecentarte un poco y hablar con ellas.
—Pero… Pero… —balbuceé, porque entendía lo que me decía, mas no sabía por qué tenía que aparentar estar bien. Solo hacer algunas gárgaras, quizá… Y carraspear bastante, ya que estaba segura de que mi voz sonaba igualita a la de Batman.
María no vio la insignificante e irónica sonrisa que movió mi boca. Pero yo la sentí como un rayo de sol abriéndose paso entre las brumas. Si era capaz de comenzar a burlarme de mí misma, estaba más cerca de recuperarme, ¿no?
—Acabo de hablar con Lidia por wasap, haciéndome pasar por ti, como viene siendo habitual. Están con ella y ya tienen instalado Skype. Así que… ¿qué me dices? —continuó ella.
Aunque aterrada y, de pronto, muy nerviosa, no pude decirle que no. Además, tenía razón, era hora de volver de entre los muertos. Ver y hablar con mis niñas. Y también con todos los demás.
Había resuelto la cuestión de no tener que hacerlo hasta ahora con un inventado viaje a la montaña, donde no había cobertura, y porque María había estado contestando a mis mensajes como si fuera yo, pero eso tenía que acabarse. No me extrañaría si empezaran a desconfiar de que no estuviera tan bien como decía. De hecho, yo ya lo hubiese hecho de estar al otro lado.
Así que tocaba volver. De verdad, sin nadie ocupando mi lugar. Aunque en aquel momento solo fuese durante unos minutos para tranquilizar a mis pequeñas.
Hablar con ellas fue… No existe la palabra para explicarlo. Una mezcla de euforia y tristeza que, aunque al acabar lloré hasta hartarme, me ayudó a salir un poco del pozo en el que me encontraba.
—Bueno, veo que has cambiado la cama por el sofá. Vamos mejorando.
Esas fueron las palabras de María al día siguiente, cuando, al volver del trabajo, me vio tirada sobre él. Y ese no fue el único cambio. Conseguía pasar horas sin llorar. Y despierta, eh. Lo que era todo un logro. Incluso contestaba algún que otro mensaje yo misma y la tele volvió a convertirse en una gran amiga. Y eso que no siempre me enteraba mucho de lo que ponían en ella.
Un día me encontré hablando por teléfono con Nela. A esa, siguió una llamada a mi padre, otra a Pedro y otra a Lidia. La mayoría eran conversaciones en las que me sentía una farsante, ocultando el dolor, la verdad, pero que, a fuerza de fingir que estaba bien, me hacían más fuerte.
Sí, lo peor ya ha pasado. Pese a que todavía sigo rota. Y triste. Dependiendo de las pastillas para dormir la noche del tirón. Y, ante todo, sin saber cómo salir de esta. Cómo hacer para pisar de nuevo el pueblo con la cabeza bien alta, sin sentirme atormentada ante el hecho de encontrarme con Chema. Porque tendré que verlo. Es inevitable. Es el padre de esas mismas niñas por las que volveré. Ellas son los dos únicos motivos por los que me planteo regresar. ¿Plantear? No, eso no es correcto. Voy a hacerlo, no sé cuándo, ni cómo, ni para hacer qué, pero lo que sí sé con certeza es que tengo una promesa por cumplir. Y no habrá fuerza humana que me obligue a quebrantarla.
Me fuerzo a abandonar el sofá y me encamino a la cocina, donde me sirvo un vaso de agua que me llevo a mi cuarto. Abro el cajón de la mesilla y saco la caja de las pastillas, depositando una de sus tabletas en mi mano. Tengo que tomármela ya si quiero que me haga efecto en un par de horas y… me las quedo mirando.
Las observo con atención y… No. Esto también tiene que terminarse. Aún me siento horrible, sí. Sin ganas de nada y demasiado abatida. Pero estas cosas no son la solución. Realizaron su cometido. Me ayudaron cuando el dolor era mucho más fuerte que yo, pero no más. Las guardo con ímpetu, tirándolas dentro del cajón y cerrando este de un golpe y, por primera vez, una sonrisa verdadera me cruza la boca, porque me siento orgullosa de mí misma.
***
Los días se suceden uno tras otro de una forma alarmantemente rápida y, a la vez, tan lentos que resultan deprimentes. O quizá sea el hecho de que todos son iguales, cortados por un patrón que yo misma he cortado y cosido a un maniquí ajado y tambaleante. Porque es así como me siento la mayor parte del tiempo. Desmejorada, vieja y temblorosa.
Las Navidades han sido extrañas. Tristes, aún con la alegría que María y Nico dejan en el ambiente. Sintiéndome sola, a pesar de que en realidad no lo estoy y de la visita sorpresa de mi padre y Lidia, en la que, por cierto, demostré que todavía sé sonreír de verdad. Nostálgicas, por todo lo que echo de menos, pero ahí está lo raro… Esperanzadoras, porque, tras superarlas sin volver a caer en la desesperación, me creí que saldría adelante.
Aunque parece ser que no va a ser de inmediato.
A mis niñas solo las he visto a través de Skype, pero hablamos mucho y con regularidad y me consuela que pronto las tendré aquí conmigo. Mi padre ha prometido traérmelas en breve y espero con ansia e ilusión ese día. Tengo tantas ganas de abrazarlas y achucharlas que me duele el alma. Y un temor absoluto a otra despedida, pero no quiero pensar en ello.
Clara siempre decía que hay que coger las cosas como vengan y… Y sé que aún es pronto para volver. Yo todavía no soy esa Laura que se hizo cargo de ellas, esa decidida y fuerte que mis princesas conocen. Y me niego a regresar en estas condiciones. Siendo franca, tampoco quiero. No voy a permitir bajo ningún concepto que Chema sepa el daño que me ha causado con sus palabras, con su rechazo… Mi orgullo, ese que no uso para nada últimamente, parece haberse centrado solo en ese hecho. En poder enfrentarlo con las heridas sanadas.
La pregunta es… ¿cuándo sanarán?
Porque estamos a mediados de enero y yo sigo casi en las mismas. Sí, ya no me medico. Y como mucho mejor. Y cada día lloro menos. Pero ahora… Ahora soy igual a esa mesa, o a esa silla, o a ese mueble de la tele. No, soy peor. Porque al menos ellos tienen una utilidad, una función y yo… Yo no. A no ser que haber conseguido que el sofá tenga la forma de mi culo se considere productivo.
Aparto la manta con la que me cubro. Y lo hago con saña. Con rabia, incluso. No aporto nada, joder, salvo una constante presencia en esta casa en la que soy poco más que una okupa. Haber conseguido que María me cogiese algo de dinero no me hace sentir mejor. Y tampoco es ella, que se desvive por mí. Ni Nico, su novio, que me trata con una deferencia y un respeto dignos de mención. No. Soy yo, que me siento inútil.
Y estoy pensando todo esto, todavía agarrada a la manta y a pie de sofá, cuando la puerta principal se abre. Pestañeo incrédula cuando María entra en el salón, pero no es ella la culpable de mi aturdimiento, sino quien camina tras ella.
—Marcos… —susurro, asombrada al verlo. Pero, sobre todo, avergonzada.
Mi mirada vuela de él a María, buscando algún tipo de explicación a su presencia aquí. A ver, que es su casa y puede traer a quien quiera, pero… podía haber avisado. O mejor, podía haberlo disuadido de venir. Ella se encoge de hombros y vocaliza una disculpa. Y mis ojos se mueven de nuevo hacia él, que, con las piernas un pelín separadas y los brazos cruzados, me mira de arriba abajo con una expresión que no logro identificar.
Será repulsión. Porque las pintas que tengo… Con mi viejo pijama de franela gris con corazones rosas, dos tallas más grande de la que necesito y con más uso que cualquier pila de agua bendita. Y mis pelos… que no sé si estarán pegados a la cabeza, apelmazados y mugrientos, o a lo loco, como si me hubiese peleado con un enchufe. Y hubiese ganado él.
O será lástima. Porque mis ojos no han vuelto a ser los mismos. Lucen siempre hinchados, enrojecidos y con unas oscuras sombras debajo de ellos. Además, he adelgazado tanto que, más que sentarme bien, me hace ver demacrada y enfermiza.
O estará decepcionado. Y un poco enfadado. Porque esta Laura no es ni el reflejo de la que él conoció. Es una Laura exhausta, desdichada, sin ilusiones. Poco más que un parásito viendo como pasa la vida. Y lo que es peor, que todo esto me lo he hecho yo. Yo lo he permitido y hasta me he solazado en ello. A veces, creo que hasta me lo he buscado.
Porque Chema tiene su parte de culpa, vale. Pero la verdadera culpable soy yo. No debería haber consentido que el simple hecho de amar me redujera a esto. A un puto zombi que ahora se avergüenza de sí mismo.
Y como este razonamiento me cabrea, yo también me cruzo de brazos.
Marcos debe de notar mi cambio de actitud, porque eleva una ceja y habla por primera vez.
—Hola.
—Hola —respondo, bastante seca. Y, con las mismas, me doy la vuelta para irme a mi cuarto y escapar de su escrutinio—. Os dejo solos, supongo que…
—Laura, no. Estoy aquí por ti.
Sorprendida, solo giro la cabeza. ¿Por mí? ¿Por qué? ¿Para qué? Y de nuevo me siento humillada, amargada, poco digna… Porque este chico, guapísimo y maravilloso, al que abandoné y oculté la verdad, ha venido en mi auxilio. Me está viendo así, hundida y asquerosa.
Y como yo, pues, bueno, ya se sabe, gestiono mal algunas emociones, la ira lo nubla todo.
—¿Por mí? —lo encaro—. No voy a ser tu buena obra del año, Marcos. Vete.
—No. —Se acerca todo lo que puede, aunque, por suerte, no me toca—. Ni me voy, ni eres esa estupidez que has dicho.
—Entonces… ¿Qué quieres?
—Hablar contigo. Así que… dúchate. Y vístete, por Dios. Estaré esperándote aquí mismo.
—¿Qué? Pero… ¿quién te crees…?
—A ver… —Se frota con dos dedos la mandíbula, en ese gesto tan suyo, y entrecierra los ojos—. ¿Cómo te lo digo? ¡Ah, sí! O te duchas y te quitas esa cosa horrorosa que llevas puesta, o te juro que, así como estás, te echo al hombro y te saco a la calle. Te lo juro, Laura. Ya está bien, ¿no?
Y no es lo que ha dicho, sino cómo lo ha hecho. Sin ni siquiera gritar. Claro que antes aún vuelvo a protestar.
—¿Y a ti qué te importa, joder? ¿Cómo estoy o qué llevo puesto? ¿Por qué te crees con el derecho a opinar cuando debo…?
—Laura. Tienes cinco putos segundos para cambiar esa actitud y hacerme caso. Quiero hablar con una persona, joder, no con la niña de El exorcista. Cinco, cuatro… —Y, hostias, yo ya estoy andando hacia mi cuarto, aunque, eso sí, despacio y hacia atrás.
Y, antes de que llegue al uno, siento la puerta tras mi espalda. Cabreada ahora por obedecerle, grito una última vez.
—¡Y la niña de El exorcista lleva camisón, no pijama, listo! —Y, sin más, abro la puerta y la cierro de un portazo.
Joder, qué bien me ha sentado. El portazo y el grito. Pero lo pienso ya abriendo el armario para coger ropa limpia, tal como me ha ordenado. Será mandón…
Cuando salgo de la ducha, la furia se ha ido por el desagüe. En realidad, si he accedido a su petición es porque sé que tiene razón. Ya está bien, ¿no? Así que, con la ira pisoteada por la sensatez, solo queda, de nuevo, la vergüenza. Me visto deprisa, con unos vaqueros y una sudadera enorme y, peinándome con los dedos, no alargo más el momento de volver y dar la cara.
Los encuentro en el salón, hablando tan tranquilos. Nico también está con ellos, cortando una pizza tan grande como la mesa en pequeñas porciones.
—Creo que es la primera vez que ha hablado tanto —le está diciendo María a los chicos—. Y, además, joder… estaba muy enfadada. —Y eso, por un motivo que se me escapa, parece hacerla feliz.
—Hola, Laura —me saluda Nico, al ser el primero en verme—. Espero que te guste, la he hecho yo.
—Entonces seguro que sí —susurro, sin saber muy bien cómo comportarme. Y sincera, que el chico cocina para chupetearse los dedos. No por nada es el chef de uno de los mejores restaurantes de Oviedo.
—Hola, cariño —me dice también María, abriendo las piernas y ocupando más sofá de lo normal. Pongo los ojos en blanco al reconocer su jugada. Ella y su novio están sentados en el de tres plazas y Marcos en el de dos. ¿En serio cree que soy tan cobarde como para no hacerlo a su lado? Bueno… Quizás sí tenga motivos para pensarlo, sí.
—Hola —murmuro yo, ocupando el lugar a la izquierda de nuestro invitado sorpresa. Y como es de bien nacida ser agradecida, y sé que él actuó de buena fe, lo suelto muy rápido—. Lo siento. No debí gritarte.
—Oh, no, no lo sientas —me pide María con una sonrisa—. Fue un placer verte así. Dios, cómo echaba de menos ese carácter peleón, Laura.
Hago rodar otra vez los ojos y esbozo una leve sonrisa al atreverme, por fin, a mirar a Marcos.
—Ya la oyes. No puedo pedirte disculpas.
Él se ríe.
—Me parece bien. —Se inclina un poco para acceder a una porción de pizza y me la pasa, junto con una servilleta.
Se la acepto, pero entonces recuerdo algo y, con la vista todavía sobre mi comida, frunzo el ceño.
—Esto… Me amenazaste con bajarme a la calle.
—Te mentí —dice más pancho que ancho, cogiendo ahora un trozo para él. Y, entonces, cuando vuelve a acomodarse sobre el sofá, me da un sonoro beso en la mejilla—. Por cierto, cuánto tiempo, ¿no?
En serio, no sé si echarme a reír o a llorar. Todo parece tan normal… Nosotros dos, tras más de un año sin vernos, teniendo una discusión para luego cenar con unos amigos así, en plan parejitas. Es… absurdo. Y al mismo tiempo, él lo hace natural, como si no hubiese pasado el tiempo. Es que sí, contra todo pronóstico, me siento cómoda. Muy muy triste, también. Eso no se me va a pasar de la noche a la mañana. Pero mucho mejor que hace unas horas.
Le doy un mordisco a la pizza y me siento en el borde del sofá; al tragar, bebo del vaso de Coca-Cola que alguien me ha servido. Miro a María, que me observa. A Nico, que también lo hace, aunque con más diplomacia. Y de nuevo a Marcos, que contempla a la pareja con una mueca extraña en la cara.
—¿Qué pasa? —acabo preguntando yo ante el silencio y tanta miradita.
—Eh, nada, nada —se apresura a contestar María, compartiendo con su novio una sonrisa cómplice. Y este se encoge de hombros y le enseña la palma abierta de una mano.
—¿Qué pasa, Marcos? —le pregunto directamente a él, que sigue mirando a los otros con reproche.
—Pasa que estos no saben lo que es el disimulo.
—Ya. ¿Y aparte de eso?
Me mira un segundo y sonríe un pelín arrogante.
—Que no me creyeron cuando les dije que lograría que te sentases a cenar con nosotros. Pasa que María tiene que tragarse sus palabras y Nico, pues…
Algo ofendida al saber que casi han apostado sobre mí, me dirijo a María.
—Ya te vale. En primer lugar, no tenías ni por qué habérselo di…
—Fui yo —me interrumpe Nico—. Yo. Y en contra de lo que ella quería.
—Sí, algo que, por cierto, me parece fatal —continúa Marcos mirando a mi amiga.
—A ver… Ya te dije lo que había, Marcos. Tú eres mi amigo, pero ella lo es más.
—Pues eso, cariño —vuelve a intervenir su novio—. Ella es tu amiga, y él es mi mejor amigo.
—Ya, pero yo soy tu novia… —se queja ella.
—Y Laura su ex, ¿no? A la que sigue considerando una amiga, así que tenía derecho a saber de ella.
—Pero Laura no quería que él supiese que estaba aquí. Y… así —sigue protestando María.
—Otra cosa que me parece fatal —repite Marcos.
—Tienes que…
—Esperad, esperad —corto yo esa discusión sin sentido de la que comienzo a sentirme culpable y que, por otra parte, despierta mi curiosidad—. Vosotros ¿sois amigos? Quiero decir, antes de María…
—Sí, claro —contesta Nico metiéndose un bocado en la boca. Mastica y traga con fuerza antes de señalar a Marcos con un dedo—. Lo conozco desde que íbamos en pañales.
—Sí, tal cual —admite Marcos con una sonrisa—. Nuestros padres son íntimos y casi nos criamos juntos. De hecho, compartimos guardería y luego colegio.
—Uno de pago —los vacila María, sacándole la lengua a los chicos cuando estos la miran ceñudos.
—Ah, yo pensé que… —no acabo la frase, con la mirada puesta en la pareja. Creí que ellos eran amigos por ella y no…
—No, fue justo al revés —me explica Marcos, leyéndome el pensamiento—. Yo los presenté.
—Entiendo. De todas formas —le espeto al novio de mi amiga—, ya te vale.
Y sí, lo digo solo porque me apetece. Por fastidiar. Porque me quedo más a gusto. Ellos parecen entenderlo así también, porque se echan a reír. Pero aún no he acabado.
—Y tú, señorita, no te hagas tanto la ofendida con él —señalo a Nico—, que parecías encantada de la vida cuando entré en el salón.
—Ummm. Culpable —reconoce con una sonrisa, que pierde al proseguir—. Es que, Laura, tiene razón Marcos. Ya está bien, ¿no?
Bajo la mirada, perdiendo, de pronto, mi recién recuperada audacia. Porque claro que tienen razón, los dos. Ya está bien. Ojalá mi corazón pensase lo mismo. Ojalá existiera una fórmula mágica, una máquina del tiempo o algo que borrara lo sucedido.
—Al final, ¿qué? —oigo a Nico—. ¿Te atreves con los piercings en los pezones?
Levanto la cabeza perpleja, y más me quedo cuando veo que la pregunta es para Marcos.
—¡Ni de coña, tío! Ya te dije que conmigo no contaras.
—Lo sabía. Por eso…
—No, por Dios… ¡Nico! —Pero la protesta de María se pierde en el aire cuando su novio, ya en pie, se sube la camiseta y enseña su torso. Y, joder, sí, tiene un aro diminuto en cada uno de sus pezones.
—¡Joder, tápate, hombre! No quiero ni verlo —se queja Marcos poniendo una mano delante y soltando una carcajada incrédula—. ¡La hostia! Y lo hiciste…
—Pues claro… Y son una pasada cuando…
—¡Nico! ¡Cállate! ¡No les interesa! —Lo pellizca mi amiga, a lo que él responde obedeciendo y sentándose entre risas.
—Estás como una cabra… —digo yo sin pensar, y con una sonrisa de oreja a oreja.
Y así transcurre el resto de la noche, entre anécdotas, chistes malos, y no tan malos. Acabando la pizza, aunque fui incapaz de ser de demasiada ayuda para ello; cambiando el refresco por unas cervezas y a eso sí que me presté solícita; y enterándome de cosas de mis amigos que, por mis propios problemas y dejadez, me había perdido.
Sin mucha comida en el organismo y, por poca costumbre últimamente, el terminar la segunda cerveza me produce ese calorcillo típico del alcohol. Ese puntito maravilloso en el que aún no estás borracha ni mucho menos, pero te sientes genial. Así que, al final, me implico de pleno en la conversación de la que ellos, la verdad, han llevado el peso.
—¿Eres Nico de Nicolás? —le pregunto en un momento determinado al chico.
—No, no. Soy Nico de Nico. Nada más. Solo Nico.
Lo miro algo extrañada, y ya del todo cuando Marcos y María comienzan a partirse de la risa. Pero no pienso más allá y digo lo primero que se me ocurre.
—Pues ¿sabes? Tengo un amigo que se llama Colás, solo Colás. ¡Qué casualidad, ¿no te parece?!
—Una increíble —masculla él haciendo una mueca y rodando los ojos.
—Uy, te has metido en terreno pantanoso —me dice Marcos, la mar de divertido, mientras se lleva la botella a la boca.
—Y tanto. —Se ríe María, que recibe una mirada asoladora de su novio.
—Pero ¿qué pasa? —acabo por preguntar, ya curiosa.
—Pues que…
—¡Marcos, ni se te ocurra! —grita Nico.
—Cariño, pero si hay confianza… Le has enseñado los pezones. ¿De verdad no puede saberlo? —apunta María, sonriendo con malicia.
—Oh, vale. Vale. —Él levanta las manos y luego las deja caer con resignación—. Soy Nico de Nicodemo. ¿Contentos todos?
Y los demás parecen estarlo, sí, porque se tronchan. Yo… Yo solo puedo pensar en qué demonios piensan unos padres para ponerle ese nombre a un hijo.
—¿Nicodemo? —repito, atónita.
—Sí, joder, Nicodemo. ¿Algún problema?
Y entonces, sin esperarlo, sin pretenderlo, sin siquiera pensarlo, me encuentro estallando en carcajadas. Y, joder, esto sí que sienta bien. Infinitamente mejor que un portazo.