Por nosotros

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CAPITULO 24 » Chema

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Chema

 

 

—Papi… ¿Mina ya avisó?

Levanto los ojos y miro a Llara soltando un suspiro. No llevo la cuenta de las veces que me ha hecho la dichosa pregunta, pero han sido muchas. Muchas.

—No. Pero no creo que tarde —respondo, hastiado, echándole un vistazo al móvil, que, en breve, mostrará un wasap que no tengo ni la necesidad de leer.

«¿Puedo hablar con las niñas?», me preguntará ella. Siempre las mismas palabras. Siempre la misma cuestión.

«Sí, ahora mismo». «Dame cinco minutos». «OK». Y hasta ahí mis contestaciones. Al menos las varío, teniendo en cuenta lo lejos que esté del ordenador o el humor que me gaste en ese momento. Que nunca es bueno, pero, aun así, hay días y días.

Resoplo, dándole otra vuelta a la camiseta que tengo entre las manos. Joder… Cuando termino de planchar los volantes de la parte delantera, los de atrás están, de nuevo, hechos un Cristo. Entrecierro los ojos y la lanzo sobre la mesa. ¡Que le den! Lisas. A partir de ahora, las faldas, camisetas y blusas de las niñas serán lisas. Y si las encuentro de esas que ni se planchan, mejor. Tanto volantito y tanta tontería… Y, claro, también están los dibujitos esos de las narices, que se quedan pegados a la plancha al menor contacto. Que digo yo… ¿cómo cojones les quito las arrugas, entonces?

Llevo la mano al cesto para coger otra prenda y… ahí está. El mensaje de Laura. Puntual como un reloj. Incluso lo miro, asombrado de que siempre sea así. Siempre a las ocho en punto, antes de la ducha y cena de las niñas. Lunes, miércoles, viernes y domingo. Es tan extraño en ella que cumpla tan rigurosamente ese itinerario que se ha marcado que no sé ni qué pensar. ¿Es que ahora nunca tiene un despiste? ¿Se ha puesto una alarma o qué?

«¿Puedo hablar con las niñas?».

«OK». Hoy mi mal humor es más que evidente.

En menos de dos minutos, tengo Skype abierto y a las niñas delante de él, arrodilladas ante la mesa baja del salón. Le doy a llamar y espero a que suene el primer tono, asegurándome de haber ejecutado bien la operación. Y luego me separo, dejando a las tres compartiendo un montón de anécdotas, risas y tantos «te echo de menos», «os echo de menos» que he perdido la cuenta. También siempre lo mismo. A veces no sé cómo tienen tanto que contarse hablando tan a menudo, y otras me encuentro preguntándome por qué cojones no vuelve si tanto las extraña.

Hoy tengo un día de estos últimos, por lo que, más cabreado de lo razonable, desenchufo la plancha y me escabullo a mi cuarto en cuanto oigo su voz.

—¡Hola, mis princesas! Pero qué guapísimas estáis, por Dios.

Hago una mueca ante su frase y no puedo evitar echarles un vistazo antes de abandonar la cocina. Sí, guapísimas. Divinas, coño. Una mezcla entre el Joker y Sara Montiel con todo el maquillaje que llevan a cuestas. Maquillaje que ella les ha comprado por Reyes y que ha mandado por correo. Estuve tentado de no meterlo tan siquiera bajo el árbol, un pensamiento rastrero que descarté al instante, pero por el que hasta me sorprendí. ¿Tanto rencor le guardo aún? Sí. Parece que sí. Aunque lo que me asombra de verdad… No, lo que me jode un huevo es que mi regalo sigue ahí, dentro de la caja. Y eso que gritaron entusiasmadas al verlo. Que lo miraron y remiraron y jugaron con él… ¿diez minutos? Joder, que me costó un pastón. Casi cien euros entre la puta caravana de la puñetera Barbie esa y todos los complementos que, cómo no, vendían aparte.

Y Laura, con un par de barras de labios, unos cuantos lápices y muchas sombras, va y lo clava. Claro, Laura es la supertía, pero soy yo el que tiene que frotar la bañera para quitar toda esa mierda colorida que le queda pegada, hostias.

Rechino los dientes al ser consciente de que estoy siendo algo más obtuso de lo normal. Vale que me moleste. Un poco. Pero tampoco puedo considerar todo lo que hace como una ofensa. Aunque… sí, ¿por qué no?

Más de tres meses. Ya han pasado más de tres meses desde que se fue. Y, desde entonces, salvo esos insípidos wasaps, no hemos hablado. Ni nos hemos visto. Hago por desaparecer de su campo de visión en cuanto aparece en pantalla y también me aseguro bien de que ella no entre en el mío. No quiero verla. Porque solo oírla me pone enfermo. Enfadado, frustrado, decepcionado. Joder, tan… tan rabioso.

Todas esas emociones entremezcladas de los primeros días, esas que hasta me costaba separar unas de otras —tristeza, miedo, furia, desilusión, dolor…— han unido fuerzas y ahora solo hay rabia. Una inmensa que no sé cómo manejar.

Al principio me encontraba trastornado, casi desorientado. Demasiados sentimientos luchando entre sí, supongo. Porque, joder, comencé a ser consciente de su marcha demasiado pronto. No tuve tiempo a prepararme para su ausencia, sino que, de repente, no estaba. El piso parecía más grande, más silencioso, ella no estaba a la vuelta de cada esquina, ni tampoco sus cosas en los lugares más insospechados. Vacío, así lo había dejado. El mismo vacío que sentían mis niñas y que yo disimulaba no padecer.

Luego, la realidad se impuso. Tenía muchas cosas que hacer, que organizar, que atender. Y mis emociones pasaron a no importar. Cada hora del día la asignaba a su tarea, no había detalle que dejar al azar. La casa, las niñas, el trabajo… Más que un hombre, me convertí en un puto robot. Porque sí, la manera más fácil de hacerme con las riendas era que nada se saliese de control. Todo en su sitio, ordenado, con horarios dignos del mismísimo ejército.

Y después… Con mis hijas siendo recogidas del colegio por sus abuelos, comiendo una semana en casa de cada uno de ellos, corriendo el horario laboral una hora hacia delante para ajustar mis necesidades, haciendo las compras solo los sábados y dedicando las tardes al parque, a las actividades extraescolares, a la limpieza y a los deberes, después… llegó de nuevo la furia.

Solo podía pensar en lo malo. En que me había manipulado, en que nos había engañado a mí y a su hermana. En que se había enamorado de mí, joder. ¿Quién coño lo hace de su cuñado? Eso es tentar al destino, a la suerte. Eso es estar mal de la puta cabeza.

Y me engañó a base de bien. Con su carácter alocado, con sus ideas modernas, con esa independencia que mostraba, con la palabra libertad y la desvergüenza saliendo por cada uno de sus poros. Yo la deseaba, vale, eso lo admito, pero fue ella la que me sedujo. Con sus modelitos ajustados y provocadores, con sus risas, con sus bromas, con esa forma de ser explosiva, que no escondía toda la ternura que tenía para dar. Dulce y agresiva. Divertida y confiable. Torpe y dispuesta. Inalcanzable y caliente. Joder… Me la jugó. Me llevó a su terreno y casi consiguió lo que yo nunca imaginé que pretendía. Porque supongo que el que está enamorado solo espera ser correspondido, ¿no? Y eso me enervó. La mentira. Sus intenciones. El saber que mientras yo fui de frente, siendo sincero hasta el punto de resultar incluso poco delicado, ella… fingía.

Llegué a odiarla. A odiarla de verdad. Sobre todo cuando pasaban los días y ni siquiera parecía acordarse de sus sobrinas. Y dos semanas después, aquel aviso de Lidia en el que me pedía que conectara a las niñas a Skype porque Laura quería hablarles. Y luego ya, los suyos, estableciendo una rutina que no parece que vaya a cambiar a largo plazo.

«Aún va a tardar en volver», me dicen las niñas cada vez que hablan con ella. Sí, siempre lo mismo. Sin que yo me moleste en preguntarles nada.

A veces me siento como viviendo el día ese de la marmota. Repitiendo las mismas cosas, oyendo frases idénticas. Esperando que suceda todo de igual manera dependiendo del día de la semana que sea. Es un bucle ansioso, pausado y eterno y, al mismo tiempo, que avanza de forma vertiginosa, convirtiendo las horas en meses antes de que me dé cuenta.

Y eso, el tiempo, junto con la distancia y ese pequeño interés que volvió a mostrar por mis hijas, hizo desaparecer ese odio visceral que me consumía. En realidad, no la odiaba, algo me lo impedía. Pero sí seguía furioso. Aún lo estoy.

—Papi, la tía aún va a tardar en volver. Pero ya falta menos —me comenta Llara desde la puerta, con una sonrisa que no sé si es alegre porque acaba de verla o triste por la repetitiva noticia.

Me levanto de la cama, donde permanecía sentado pensando, y me froto los muslos.

—Vale —le digo antes de entrar en el baño y meter mis sudadas manos bajo el grifo.

¿Va a tardar? ¡Pues genial!

 

***

 

—¿Cacique con naranja?

—Sí, por favor.

Observo detenidamente como Jorge me prepara el cubata y dejo sobre la barra un billete que no tarda en coger. Me guardo la vuelta en el bolsillo y me giro apoyando la espalda contra el mostrador mientras me llevo el vaso a la boca, degustando la bebida en pequeños sorbos.

Es la primera noche que salgo desde el día de la boda de Colás y Nela. Y antes de eso, tampoco es que lo hiciese mucho. Ni siquiera tuve la delicadeza de despedirme de Ana como Dios manda, con una cena o unas cañas de por medio. Pero es que aquella semana en la que ella se fue… mejor ni recordarla.

Las niñas están pasando el fin de semana en Oviedo con mis suegros. Y sí, también con Laura. El suspiro que dejo escapar me coge incluso por sorpresa. Le doy otro sorbo a mi bebida e intento sacarla de mi cabeza, algo por lo que también me decidí a salir, aprovechando la ausencia de las pequeñas y que… joder, es mi puto cumpleaños.

Observo el local a conciencia, tratando de encubrir pensamientos con imágenes y dejándome absorber por el ambiente. Todavía no hay mucha gente, aunque no tardará en llenarse. A diferencia de mí, la gente estará cenando, aquí mismo, en alguno de los otros locales del pueblo, o en sus casas, con sus familias o amigos. Yo es que ni lo he hecho. Pero hoy tenía una necesidad imperiosa de salir de esa casa vacía, de colarme entre la multitud, de oír ruido; a pesar de que tampoco me apetece demasiado implicarme en nada de lo que me rodea. Contradictorio y raro, sí, pero es lo que hay. Lo que sí he hecho ha sido mandarle un mensaje a Pedro avisándolo de que andaría por aquí. Solo espero que no tarde. Aunque lo cierto es que no sé ni el turno que tenía hoy y él ni tan siquiera me ha contestado. No lo culpo, he sido yo el primero en distanciarme un poco de todos. A Julián y a Colás los veo en el trabajo, claro, pero también sé que no soy nada sutil marcando distancias. Son mis amigos, sí, los mejores, pero ahora mismo no quiero a nadie demasiado cerca. Y todos parecen estar más o menos bien, así que tampoco me necesitan. Aparentan estar encantados con sus vidas, Julián volcado con su familia y Colás formando la suya. Porque sí, Nela está embarazada. Por lo visto, esos quince días de luna de miel en los que nadie les vio el pelo, dieron para mucho. Sonrío con ironía. Y les sobró tiempo. Por experiencia sé que para hacer un bebé solo hace falta una vez y un poco de puntería.

Dejo mis pensamientos a un lado cuando caigo en que mis ojos se han quedado clavados en una chica que baila en medio de la pista. Lo hace sola, aunque la rodean decenas de personas. Se mece al compás de la música, con los ojos cerrados, en su mundo. Parece feliz. Disfrutando. Y me es imposible no pensar en Laura. Pese a que esa chica sea rubia, mucho más alta y en extremo delgada.

Así bailaba ella. O mejor. Era un placer para los sentidos observarla. Se movía de una manera… Joder, se movía jodidamente bien. En cualquier situación en la que tuviera que hacerlo.

Aprieto el vaso entre mis manos y esta vez le doy un buen trago. ¿Qué coño hago pensando otra vez en ella? ¿Y justo en eso?

Sexo. Necesito sexo. Con urgencia. Con quien sea.

«Bueno, bueno… No te pases. Con quien sea, tampoco».

De acuerdo. Solo pido que sea mujer, lo primero, y que me atraiga un mínimo.

«Vale, así ya estamos de acuerdo».

Apoyo un codo sobre la barra y me pinzo el puente de la nariz. Estoy desvariando. Manteniendo conmigo mismo una conversación del todo disparatada. Aunque en ella haya una verdad de fondo. Estaría genial follar. Y no solo a mi cuerpo le vendría bien; mi mente se sentiría infinitamente aliviada al saber que puedo encontrar en otra lo que tuve con Laura. Sexo en estado puro. Lo suficientemente guarro como para resultar morboso y tan increíble que nunca me dejaba saciado. Sexo. Tal cual.

Creo que hasta me conformaría con un par de besos y otras tantas caricias. Necesito sentirme hombre durante un rato. Estoy cansado de ser solo el padre, el constructor, el yerno, el hijo, el amigo. Porque, a pesar de toda esa gente que me rodea, yo, como esa chica que baila en medio de la pista, me siento solo. Tan solo…

Este sentimiento es demasiado parecido al que sentí al perder a Clara. Y no tiene sentido. Claro que sigo extrañando a mi mujer, que daría mi mano derecha por tenerla de vuelta, pero este dolor sordo, egoísta, esta sensación de absoluto abandono, se había desvanecido. Y ha vuelto ahora de nuevo, casi con más fuerza, a lo bestia. Eso es lo que carece de lógica.

Recordar estas Navidades… Fueron horribles. Y eso que creí que las primeras tras la muerte de Clara serían el punto de referencia para comparar todas las demás. Nunca pensé que algunas pudiesen ser igual de malas. Vale, quizá esté exagerando, aquellas fueron, sin duda, las peores de mi vida. Pero estas, joder…, no me las pasé en la cama, ni llorando por los rincones, pero sí estuve ausente, frustrado, rogando para que se acabasen de una vez. A ver si así esa carencia que me asolaba el pecho desaparecía con ellas.

Dicen que son fechas tristes de por sí, pero lo peor era no saber con exactitud el porqué de mi desasosiego. Porque la marcha de Laura no podía haberme dejado en ese estado. Era imposible, vamos.

Al menos, en las de hace dos años sabía qué me faltaba, reconocía quién había dejado ese hueco inmenso. Clara, mi mujer. Pero estaba ella, Laura, haciéndome sentir vivo con esas estúpidas discusiones que parecíamos tener a diario, regañándome cuando creía necesario, sentándose a mi lado durante la cena y haciéndome compañía, sacándome a las niñas de delante cuando necesitaba rumiar a solas mi dolor… Sí, estaba ella. Haciéndolo todo un poco más fácil. Arrancándome una sonrisa sincera la mañana de Reyes, cuando después de haberle prohibido poner el árbol de Navidad, las niñas me despertaron a base de saltos y gritos. Llevaban unos días preocupadas pensando que, al no haber árbol, no tendrían regalos, pero sí, estaban ahí, en el salón. Y los Reyes, como eran mágicos, se habían encargado de todo. No entendí la frase hasta que las acompañé a ver lo que tanta ilusión les hacía. Y, en un rincón, contemplé anonadado como una de las plantas de Clara, decorada con cintas de vivos colores y diminutas estrellas, servía de apoyo a un montón de regalos. Sí, fue inevitable que una sonrisa curvase mis labios, agradecida ante la felicidad de mis niñas, asombrada ante su manera de salirse con la suya, pero, sobre todo, sincera.

Sacudo la cabeza y me acabo el cubata de golpe. Luego me froto los ojos, dispuesto a dejar de pensar en ella de una buena vez. Irse fue lo mejor que pudo hacer. Por los dos. Y ese es un mantra que me repito cada vez que mi mente me lleva a ella. Estoy mejor solo, acostumbrándome a este papel de viudo con el que la vida me ha puteado. De hecho, así debió de ser desde el principio.

Cuando vuelvo a enfocar la mirada, veo, de refilón, como alguien se me acerca por la izquierda. Es una chica, ahí llego, pero ni me fijo. Más bien miro detrás de ella, donde dos adolescentes que ni siquiera tienen edad para beber se empujan entre ellos y… Y uno trastabilla hacia atrás, empujándola con la espalda. Estiro las manos al verla venir contra mí, pero solo me da tiempo a sujetarla por los antebrazos después de que su cuerpo rebote sobre el mío.

—Oh, perdón…

—Nada, na… ¿Aída?

—Eh… Rubio. Lo siento, no…

—No ha sido culpa tuya —le digo mientras los dos nos separamos a la vez. No demasiado, que en la barra ahora hay gente de más, pero sí lo preciso para que nos encontremos más cómodos.

—Ya… —Ella me rehúye la mirada y la clava en el camarero, que está ocupado en la otra esquina. Parece nerviosa y, aunque a mi ego eso no le suponga ningún problema, a mí me extraña que lo esté. No es que seamos amigos, pero nuestra ruptura tampoco fue tan traumática para que la violente estar a mi lado. De hecho, yo la recuerdo pacífica, tranquila… Supongo que, al igual que yo, Aída tampoco llegó a enamorarse—. Esto…

—¿Te pido algo? —pregunto con naturalidad, a la vista de que ella hasta ha comenzado a frotarse una mano con la otra—. ¿Qué te apetece beber?

—Oh… No es necesario, gracias. Yo me encargo. —Echándome miradas de reojo, se acerca más al mostrador y levanta un brazo para que reparen en ella. Al instante, un camarero jovencísimo que es la primera vez que veo se acerca—. Un Martini blanco, por favor.

—Y cacique con Kas de naranja para mí —me apresuro a pedir yo también, antes de que desaparezca entre las botellas.

—Marchando.

—Vaya, veo que sigues bebiendo lo mismo —me escucho decirle a Aída sin haberlo pensado.

—Como tú —responde ella sin mirarme y encogiéndose de hombros—. Pero sí. Me gusta.

—Ya. Lo sé. —Esbozo una sonrisa torcida porque, contra todo pronóstico, su nerviosismo, que parece crecer por momentos, me resulta divertido—. De hecho, antes era la única bebida alcohólica que te gustaba.

—Sí, y así sigue siendo. —Ella también sonríe, tímida—. ¿Y sigue pareciéndote una bebida de pijas?

—No. —Me río—. Ahora hasta creo que tiene clase.

—Vaya, eso es que has madurado.

—Pues ya era hora —respondo, rápido y entretenido.

Y entonces es ella la que se echa a reír, apartándose el pelo de los ojos y metiéndoselo tras las orejas. Lo lleva larguísimo, casi hasta la cintura. Y ese vestido azul que viste… Jesús… Podría ir con él a una recepción en La Zarzuela y sentarse al lado del rey.

Pago las dos bebidas ante sus protestas, mientras una pregunta se cuela en mi cabeza sin permiso. Joder, ¿estamos coqueteando? No puede ser. Ella y yo ya tuvimos nuestra historia y… la verdad, ¿qué más da? Los dos somos mayorcitos y…

—Rubio, esto… ¿cómo te va? —me pregunta de pronto, ya con la copa en la mano y, por primera vez, mirándome a los ojos—. No… No me atreví a acercarme a ti cuando… Cuando sucedió lo de Clara. Pero que sepas… que lo sentí. Mucho. Por ella y por ti.

Y aquí se acaba el puto flirteo, si es que lo ha habido en algún momento.

—Gracias —mascullo, tenso, incómodo. Como siempre que sale ese tema.

—No te gusta hablar de ello, ¿verdad? —¡Coño! ¿En qué lo habrá notado?

—No, lo siento. No es… fácil. Es…

—Perdona, no pretendía hacerte sentir mal. —Baja un momento la vista al suelo y, cuando vuelve a mirarme, lo hace con una sonrisa cargada de dulzura—. Venga, cambio de tema. Felicidades.

—¿Cómo? —pregunto, descolocado.

—Hoy es treinta y uno de enero. Tu cumpleaños.

—Dios. Lo recuerdas —digo, asombrado.

Ella se encoge de hombros y le da un traguito a su bebida.

—Tengo buena memoria. Y esta es una fecha fácil.

—Claro. El tuyo es mañana —pienso en voz alta, al caer en la cuenta de que cumplía al día siguiente. Dos años menos, eso sí.

—Sí. ¿Ves? Es sencillo recordarlo —comenta, mirando hacia el fondo, donde supongo que la esperan en alguna mesa.

Sonrío y yo también me llevo el vaso a la boca. Y en el momento en que intento decir algo de nuevo, una mano la agarra por un antebrazo y la hace girarse un poco.

—¡Qué coño…! ¿Se puede saber qué haces hablando con este?

—¿Qué dices? —protesta ella ante los gritos de su hermano—. Suéltame.

Se desprende de su mano y da un paso atrás, ofreciéndome la vista completa de ese energúmeno. Sin saber por qué, le sonrío con suficiencia, ante lo que él aprieta la mandíbula. Genial. Provocarlo deberían declararlo deporte oficial, aunque también sé que no es muy maduro por mi parte. Además, tengo muy presente que terminamos en el hospital la última vez que se nos fue de las manos, sobre todo porque no hace mucho que me llegó una carta de los juzgados por si quería seguir adelante con la demanda hacia él. La ignoré, esperando que Selmo hiciese lo mismo, como creo que es el caso, porque no he vuelto a saber del tema.

—Regresemos a la mesa, Aída —le ordena él. Porque no se lo pide, no. Su gruñido es una orden en toda regla.

—Lo haré cuando me apetezca. ¿Qué demonios te pasa, Selmo? A ver si ahora no puedo hablar con quien me dé la gana.

—Pues genial, allá tú. Luego, ya sabes, no me vengas… —él se interrumpe de repente, menea la cabeza con disgusto y desaparece de nuestra vista.

—Bueno… —Aída, tan incrédula como ofendida, pone los ojos en blanco y le da un trago a su copa. Luego fija la vista en mí y me sorprende con su pregunta—. ¿Tú me consideras una adulta, Rubio?

—Claro. —Le sonrío—. Desde luego que lo eres.

—Pues me encantaría que mi familia también comenzase a verlo —confiesa en un suspiro.

Voy a contestarle cuando un carraspeo nos hace girar la cabeza a los dos hacia mi derecha. Pedro, con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido, nos observa con atención. Pasea su mirada entre nosotros y luego entrecierra los ojos, pensativo.

—Hola, Pedro —lo saluda ella—. Bueno… Yo ya me iba. Gracias por la copa, Rubio.

—De nada, Aída.

Pero no creo ni que me haya oído, porque se aleja hacia las mesas.

—Joder, qué prisa le ha entrado de repente —comento un tanto desconcertado.

Pedro solo se encoge de hombros y se coloca a mi lado, apoyando sus antebrazos en la barra.

—Hola. Y felicidades.

—Gracias. Y hola. —Adoptando su misma postura, observo como el camarero ya le alcanza una cerveza—. ¿Qué tal?

—Bien. Como siempre. ¿Y tú?

—También. Como siempre.

—Si tú lo dices —responde, contestón.

—Si lo dices tú también —se la devuelvo, no menos respondón.

Entonces me mira de arriba abajo y sonríe con guasa.

—No tienes muy buen aspecto, tío. —Y sé que tiene razón. Tengo ojeras, voy sin afeitar, el pelo necesita ya un buen corte y mi ropa… Pues la he cogido directamente del tendedero.

—Para lo que me importa —replico, sin saber si reírme ante su extraña y pedante actitud o cabrearme. Opto por lo primero. Pedro no parece estar en su mejor momento, tampoco—. Y mira quién fue a hablar.

—Lo mío hasta me otorga un aire misterioso que a las tías les pone —dice, socarrón, tocándose el ojo que, ahora, muestra un amarillento horrible.

Pero que ha estado negro, negro. Aunque no llegué a vérselo. Cuando Colás nos contó, dos semanas atrás, que Pedro se había metido en una pelea en una juerga por una de las ciudades vecinas, me costó creerlo. Y lo más raro es que el tío no suelta prenda de cómo llego a eso. Se muestra evasivo, incomprensiblemente reacio a decirnos el motivo.

Y no es que yo sea la persona más abierta del mundo; de hecho, me he vuelto bastante hermético. Es más, lo que sucedió entre Laura y yo estoy dispuesto a llevármelo a la tumba. Pero él es todo lo contrario. Extrovertido, gracioso, muy risueño y tan optimista que a veces peca de dejado. Pero va a ser que no es tan pasota como aparenta y que hay cosas que también se guarda muy dentro.

—Bueno… Tampoco estoy tan mal, eh —intento bromear—. Además, se supone que he quedado contigo para que me animes, no para que…

—¿Para que te anime? Joder, Rubio. ¿Acabas de confesarme que estás jodido? —Me echa una mano a la frente y hace como si me mirara la fiebre.

—Serás mamón… —digo, apartándolo—. Me refiero a que me apetecía tomarme algo, charlar un rato con…

—¿Con Aída? —Arquea las cejas y las deja ahí, arriba, esperando una contestación.

—Bah… Eso ha sido una coincidencia. La empujaron contra mí y…

—Entiendo. O sea que con quien quieres charlar es conmigo.

—Pues sí, pero…

—¿Cómo le va a nuestra Laura? —vuelve a interrumpirme, con la cerveza a milímetros de su boca, mirándome por encima de ella.

Joder… Paso de cero a cien tan rápido que ni un Lamborghini. Siento la sangre subírseme a la cabeza. Vale, al final sí me he cabreado. ¿Por qué ha tenido que nombrarla? ¿Y por qué cojones está tan raro?

—A ver… —siseo con los dientes apretados—. En primer lugar, ¿vas a dejar que acabe alguna puta frase? Porque ya está bien de hacer el gilipollas, ¿no?

—¿Y en segundo?

Jesús… Y ahora me vacila.

—En segundo, si quieres saber de ella, llámala tú mismo, joder.

—Eso hago. Muy a menudo.

—Pues genial. Entonces, ¿por qué me preguntas a mí?

Niega con la cabeza y acaba su bebida en varios tragos.

—¿Sabes? —me dice un momento después, colocando de malas maneras la botella sobre la barra y metiéndose las manos en los bolsillos—. Estoy cabreado.

—Joder… Pues ya somos dos. Pero yo no tengo la culpa de lo tuyo, joder.

—¿Estás seguro?

—¡¿Qué?! Claro que estoy seguro. Yo no te he hecho nada.

—Quizá… Pero tampoco has hecho nada por ti, joder. No sabes lo que me jode eso.

Y ahora la sangre se ha amontonado toda en el mismo lugar, sobre la coronilla, produciéndome un hormigueo que me hace apretar los puños.

—¿Se puede saber de qué cojones hablas? No, mejor. ¡¿Puedes de una puta vez hablar claro y decirme lo que tengas que decirme?!

Él resopla. Y resopla de nuevo. Se pasa las manos por el pelo y se rasca la nuca. Cuando sus ojos vuelven a entrar en contacto conmigo, hay en ellos un entendimiento que no comprendo.

—Lo cierto es que no soy nadie para… Lo cierto es que soy el menos indicado para echarte la bronca.

—¿La bronca? Pero… ¿qué?

—Vamos a dejarlo así, ¿vale? Tú, en realidad, no quieres oírlo y yo… Yo debería meterme en mis asuntos.

Respiro al oírlo. Aunque no por ello el alivio llega. Es más bien una sensación ambigua, despreocupación porque haya zanjado el tema y… una inquietud acojonante al imaginarme qué puede saber.

Pero… Laura no le habrá contado nada. No. No cuando ella es tan culpable como yo de todo lo sucedido. No cuando ella fue la que cometió el primer pecado sintiendo por mí algo que debería estar prohibido, la que disfrutó como la que más en mi cama y la que nos abandonó después.

—De acuerdo. Perfecto —contesto al convencerme de que no sabe tanto como cree, aunque aún sigo masticando mi enfado—. Y tú ¿quieres hablar de eso que te tiene así? Sea lo que sea.

Pedro niega con la cabeza y pide otra cerveza que yo me apresuro a pagar. Con la primera no me ha dado ni tiempo y es mi jodido cumpleaños. Así que invito yo, aunque me apetezca más darle con ella.

—Lo mío no es nada. Un encoñamiento estúpido que se me pasará.

—Ah. ¿Hablas de la misma chica que…?

Ahora asiente con un movimiento y luego hace un ademán para quitarle importancia.

—Por cierto, ¿tienes un pitillo? ¿Salimos a fumar?

—Pero… si tú no fumas. Lo dejaste hace…

—Sí, sí, ya sé. Pero hoy me apetece. ¿Me das tú uno o me lo consigo por ahí?

Joder, qué humor se gasta… Si lo sé, no vengo. O sí, pero no lo llamo. Aunque, mientras rumio todo esto, ya estoy rebuscando en mi bolsillo y sacando la cajetilla de tabaco. Caminamos hasta la puerta de atrás en silencio, los dos sin soltar nuestras bebidas. Y así continuamos mientras nos los fumamos, envueltos en el humo del tabaco y la noche, que me hacen pensar en sombras, y eso en los problemas con los que todos cargamos. Porque Pedro se nota que no está tan bien como quiere hacernos creer. Y yo… Yo estoy jodido. Pero muy jodido. Aunque la mayoría del tiempo no sepa muy bien cuál es el motivo. Quizá es que son muchos, demasiados.

—Me comentó Colás que se jubilan tus padres. ¿Es verdad? —me pregunta ya apagando la colilla contra el suelo.

—Sí. Lo hacen. Imagino que ahora que los necesito para que me ayuden con las niñas… pues… se han decidido. En quince días más o menos cierran para siempre la ferretería.

—Y te da pena —afirma, supongo que ante mi tono de voz.

—No. En realidad, no. Pero… no sé. Es como… raro.

—Ya. Tú no la quieres, pero, en el fondo, te da cierta rabia saber que va a dejar de estar ahí —expone, ahora entrecerrando los ojos, reflexivo.

—Pues sí. —Suelto una risa sarcástica y no dejo de admirar su agudeza—. Es un sentimiento del todo infantil, pero es algo así, sí.

Pedro sigue observándome durante unos instantes y luego comienza a caminar hacia la puerta. Tiro el resto de mi cigarrillo y doy un paso para seguirlo, pero entonces se gira y permanece muy quieto unos segundos.

—Eso te pasa con todo, ¿no?

—Ehh… ¿Qué? —cuestiono, confuso.

Pero él se echa a reír, aunque alegre, lo que se dice alegre, no parece.

—Dime la verdad —habla, sin mirarme, dándole una patadita a una piedra—. ¿No la echas ni un poquito de menos?

—¿Qué coño…? —Pero no acabo la frase. Me lo quedo mirando. Mucho tiempo. Agobiado, perplejo, con unas tremendas ganas de estrangularlo.

Solo que, antes de que pueda volver a reaccionar, él se mete dentro del local y cierra la puerta a su espalda. Pero… ¿qué…?

No lo sigo. Desde ahí, decido irme directo a casa. Porque no quiero enfrentarlo estando tan furioso, tan desconcertado y porque… Joder, sí, la echo de menos. No un poquito. Mucho. La echo muchísimo de menos. Y eso es lo que más me cabrea.

El contenedor paga mi frustración y mi rabia cuando paso por su lado. Aunque es mi mano la que en verdad sufre las consecuencias de ese golpe. Y estoy hasta los cojones de ser siempre yo quien las pague. Hasta los mismísimos, joder.

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