Por nosotros

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CAPÍTULO 26 » Chema

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Chema

 

 

Nunca fui un chico de ciencias. Ni de letras, en realidad. Aprobaba sin esmerarme demasiado, con la única motivación de pasar de curso, ya que desde bien pequeño supe a qué quería dedicarme y eso no precisaba de muchos estudios. Solo práctica y ganas. Y si no, la ferretería siempre estaría ahí para ofrecerme un puesto de trabajo del que vivir. Sin embargo, últimamente me encuentro pensando mucho en lo relativo que es todo, según cómo se mire, según la época, según tu estado de ánimo, según te trate la vida. Ni siquiera sé si eso es de ciencias o más tipo filosófico, pero, sea como sea, sí lo pienso. Mucho.

Sobre todo, respecto al tiempo. Hay temporadas que se te pasan en un suspiro. Otras, en las que los días parecen alargarse hasta el infinito y otras, las peores, que ni siquiera eres consciente de estar viviéndolas. Y sé bien de lo que hablo, porque ya es la segunda ocasión en la que me siento así. Aletargado, medio anestesiado, viviendo por inercia y por deber, haciendo cosas, sí, pero con el alma hibernando. Y sí, esa es una palabra perfecta, porque el clima incluso acompaña. Hemos tenido un invierno duro. Frío, lluvioso, nublado. Perfecto para aislarme todavía más. Del piso al trabajo y poco más, salvo las visitas obligadas a mis suegros y a mis padres para recoger a las niñas. Mis momentos de ocio, en soledad, en los que algo parecido a la ilusión me embargaba, eran las horas dedicadas a la casa. Horas que sacaba incluso de debajo de las piedras. A veces, mientras las niñas estaban en alguna de sus actividades extraescolares, solo me daba tiempo a poner un par de azulejos en la pared y tenía que ir ya de vuelta a por ellas, pero aun así no dejaba de ir hasta allí a adelantar lo que pudiese. Y luego estaban esos fines de semana que se las llevaron a Oviedo, en los que, con una bolsa de alimentos del súper como única compañía, me encerraba entre sus paredes, durmiendo cuando me vencía el cansancio en un viejo saco de dormir, agradeciendo y maldiciendo a la vez las horas que mis amigos arrebataban a sus familias para venir a ayudarme. Porque desde luego que es de agradecer, el trabajo salía adelante con muchísima más rapidez, pero no podía evitar que me molestase su presencia. Y reconocer eso sé que me convierte en un miserable hijo de puta, joder, pero solo estoy siendo sincero.

Un continuo «ni con ellos, ni sin ellos», que Pedro no hubiese tenido ningún reparo en espetarme a la cara de haberse enterado. Claro que ni lo ha hecho, ni le he dado oportunidad para ello. Desde el día de mi cumpleaños, apenas nos hemos visto. Un par de veces por la calle, en las que nos saludamos como los amigos que aún somos, pero sin alargar demasiado la cosa. Y no es porque le guarde rencor por aquellas palabras tan acertadas y lamentables que me soltó en el callejón, sino por mi reacción a ellas.

Tras reconocer ante mí mismo lo mucho que echaba de menos a Laura, el enfado hacia ella se aplacó hasta el extremo de que ya no recordaba ni las razones para estarlo. Pero con ello, aumentó la furia hacia mí mismo, la rabia por lo sucedido y el dolor al ver a mis hijas extrañándola hasta las lágrimas.

Esa siguiente semana puede pasar a los anales de mi historia como una de las más frustrantes de mi vida. No es que estuviera triste, pero sí muy muy confuso. Todos aquellos motivos que en su día me parecieron tan trascendentales perdían por momentos su importancia. ¿Qué, si estaba enamorada de mí? Como bien dijo, eso no se elige; si no, yo me hubiese olvidado de Clara al día siguiente de su entierro, ahorrándome mucho sufrimiento. Pero ese amor aún perduraba, y bien sabía Dios que no era mi elección.

¿Qué, si las niñas la adoraban? Eso era maravilloso. Después de perder a una madre, que alguien llegara para hacer un poco más liviana esa falta, llenándolas de amor y atenciones, era digno de elogio, no de que yo me pusiera hecho un basilisco.

¿Qué, si no había podido evitar meterla en mi cama? Laura era una mujer muy deseable, joder, y yo un hombre joven y con el suficiente apetito sexual para dos.

¿Y por qué coño la echaba tanto de menos? Pues supongo que ahí entraba mi egoísmo. La vida con ella en casa no solo me resultaba mucho más fácil, sino que era hasta divertida. Y aquella época en la que nos acostábamos… Jesús. Cualquier hombre que se precie la echaría en falta o la recordaría con una erección constante.

Sí, fueron unos días moviditos, al menos para mi mente. Mi cabeza era como una peonza tirada por los niños, que a veces rodaba y rodaba en una dirección, volviéndome loco, y otras perdía de nuevo el hilo, torturándome más si cabe. Porque a pesar de esos pensamientos, era inevitable que la promesa y el amor a Clara se colara entre ellos y entonces… Era todavía peor. Culpable, así me sentía. Culpable, perdido, confundido y sin alcanzar a encontrar una solución para aliviar ese caos.

En ocasiones, me reprochaba no haberle dicho a Laura lo que había tenido tantas veces en la punta de la lengua durante aquella discusión. Que ella me acojonaba. Ella y lo que me hacía sentir. Que tenía casi la seguridad de que podría rehacer mi vida a su lado y ser feliz.

Pero entonces me arrepentía de pensar así. Porque tampoco estaba plenamente convencido de ello y habérselo confesado lo habría enredado todo todavía más. Además, incluso la providencia había estado de mi parte, pues Laura me interrumpía cada vez que intentaba explicarle justo aquello. Y eso tenía que ser una señal. La señal de que mejor calladito y echándola de menos que amargándole la existencia y teniendo que dejarla después. Porque… ¿y si únicamente estaba poseído por esa lujuria desatada que me provocaba?

Y, entonces, no sé si para bien o para mal, Marta, mi pequeña, me dio un toque de atención. Una tarde en la que acabábamos de llegar de su visita a la psicóloga, me hizo sentar a la mesa de la cocina y, muy tiesa, se acomodó frente a mí, reposando sus manitas entrelazadas sobre la madera y mirándome con fijeza.

—Papá, me cuesta mucho preguntarte esto, pero tengo que hacerlo. Además, Lola también me pidió que lo hiciera y…

—A ver, cariño. Dilo y ya. No pasa nada. ¿Qué es? —le contesté yo, frunciendo el ceño ante tanto misterio.

—¿Tú nos quieres? Pero, de verdad, verdad, digo. No solo porque debas hacerlo —se apresuró a decir cuando abrí la boca ante su primera pregunta. Y en cuanto la oí… me quedé sin habla. Jesús…

Tragué saliva dos veces y me acerqué mucho a ella, apartándole el pelo, que la lluvia que nos había pillado por el camino le había pegado a las mejillas.

—Claro que os quiero. Muchísimo. ¿Cómo puedes dudarlo, Marta? —logré verbalizar con un enorme nudo en la garganta—. Yo os adoro. Sois lo más importante para mí, sois…

—¿Sí? ¿Y por qué ya no estás casi nunca con nosotras? ¿Por qué ya no te hacemos gracia y te ríes? ¿Por qué estás siempre de mal humor?

—Yo sí estoy con vosotras —respondí aturdido, en una defensa absurda que hasta a mí me sonó falsa—. Después del trabajo, me paso las tardes con vosotras y…

—No, papá. Estamos en la misma casa, sí, pero no estamos juntos —me espetó, resuelta, con los ojos muy brillantes, pero sin ninguna lágrima en ellos, como si ya tuviese asumido que no las quería.

Dios mío… ¿Qué coño estaba haciéndoles?

—¿Es porque tienes que hacer ahora tú todas las faenas de casa? —continuó ella—. Eso también lo hablé con Lola. Es que estás muy raro desde… desde que la tía… se fue. —Ahí bajó la cara por primera vez y clavó la mirada en sus manos.

La hostia… Cuánta razón tenía. Desde aquel maldito día del Pilar. Casi cuatro meses. Llevaba casi cuatro meses arrastrando esta actitud, a medias entre el cabreo y la indiferencia, creyendo que lo disimulaba, pero… Pero ¿de verdad era lo único que ellas veían en mí? Descolocado y con las emociones al límite, mis ojos buscaron a Llara, sentada en el sofá y pendiente de nuestra conversación. ¿Cuándo habían crecido tanto como para darse cuenta de todo? Bueno, siendo franco, Marta ya había nacido así. Madura, joder.

Y entonces me pasó algo muy extraño. Tanto que no puedo encontrarle explicación. Sentí un dolor tan agudo en el pecho que pensé que podría sufrir un infarto en los siguientes minutos, oía mi propia sangre correr por mis venas y el zumbido en la cabeza, ese que nunca parecía irse, se intensificó hasta el extremo. Mi cuerpo, por voluntad propia, fue al encuentro de esas criaturas que esperaban ansiosas mi respuesta, envolviéndolas en mis brazos y besándoles el pelo, mientras mi boca murmuraba lo mucho que las quería y les pedía perdón por haberlas hecho llegar a considerar lo contrario. Pero, al mismo tiempo y todavía en el suelo con las dos en mi regazo, noté como si una capa helada y pesada me cubriese entero. Mi sistema sufrió un pequeño colapso o algo parecido. Endureció. Se congeló. Formó su propia armadura contra tantos sentimientos contradictorios y dañinos. Supongo que no supo afrontarlos de otra manera. Y una parte de mí lo agradeció, joder. Vaya que sí.

Esa noche, cuando me acosté, era incapaz de hilvanar un pensamiento diferente al de que, ante todo, tenía que ser ese padre que Clara quería para sus hijas. Y eso sí podía hacerlo. ¿Si no, de qué coño habría servido la promesa hecha? Nada era más importante que eso. Sus hijas estaban incluso por encima de mí ante ella, y eso era algo que yo tenía muy claro.

Me volqué en ellas. Tanto que me olvidé de mí mismo. Les sonreía aun sin ganas, jugaba con ellas incluso cansado y las escuchaba a pesar de que, en ocasiones, hubiese pagado por un poco de silencio. Volví para ellas y llevé al extremo lo de compensarlas por todas las veces que les había fallado, perdiéndome un poco más para el resto del mundo. Solo parecía funcionar en modo padre, y en el trabajo, otra cosa en la que me refugié para poner a raya cualquier pensamiento imprudente que me despertara de esa anestesia con la que me iba tan bien.

Y así pasaron febrero y marzo, en los que mis hijas recuperaron a ese padre que echaban de menos, logré acabar de emplaquetar y azulejar la casa y la vida siguió a mi alrededor, mientras la veía pasar sin pena ni gloria.

Ayudar a mis padres a vaciar la ferretería no consiguió hacerme sentir nada. Ni nostalgia por una infancia entre aquellos artículos con los que me había criado y que reconocía a la perfección, ni la mínima lástima cuando troceé para leña el viejo mostrador de madera, en el que había pasado tantas horas haciendo los deberes o jugando de niño.

La noticia, hacía unas semanas, de que Lidia necesitaba el local para montar su propio negocio tampoco logró arrancarme ninguna emoción. Sonreí ante su entusiasmo, la ayudé con los trámites en todo lo que pude y convencí a mis padres para que le alquilasen el local, sí, pero más como un deber que porque realmente me alegrase de que llevase a cabo un proyecto de esa magnitud. Y cuando, a petición de ella, tuve que arrancar la plaqueta que me había visto crecer y tirar el tabique que separaba la tienda de la trastienda, lo único que sentí fue un dolor horrible en el hombro de las veces que tuve que darle al mazo. ¡Qué dura estaba la condenada, joder!

Ni siquiera la llegada de la primavera, en la que el sol, todavía tímido, nos sorprendía luciendo a veces, pudo despertar algo en mí, como sucedía siempre ante la primera señal de que el verano ya no tardaría. Y yo era de sol. Y de playa. De surf, de olas, de arena. Pero ahora, al pensar en eso, solo podía hacerlo en el trabajo de meter todo en el coche junto con dos niñas exaltadas. Y ya me agobiaba. Quizá el único síntoma de que no estaba tan insensible como creía.

Bueno, eso y la sonrisa que luzco ahora mismo. Y que sí es sincera. Ver a las niñas salir del coche en estampida hacia la casa sí provoca en mí muchas emociones. Buenas, al menos. Hoy es la primera vez que las traigo, y llevan así de excitadas desde que les di la noticia a primera hora de la mañana. No se lo podían creer. «Casa nueva», gritaban las dos a coro, camino de la escuela. Eso y también un sinfín de preguntas que no me dejaban ni contestar.

—¿Es muy grande? ¿Tiene jardín?

—¿Podemos tener una habitación para cada una? ¿Y columpios?

—¿Tiene balcón, papi? A mí me gustan mucho los balcones.

En cuanto abro la puerta, las niñas corren escaleras arriba y, tras escasos minutos, las bajan a la carrera ante mis ignoradas sugerencias de que vayan con cuidado. Se meten en el salón, recorren el baño y la cocina y, de nuevo, suben para corretear esta vez todo el piso superior. Meneo la cabeza, divertido ante su entusiasmo, y me acerco a una de las puertas, para hacerle una revisión exhaustiva al trabajo del carpintero. Paso las yemas de los dedos por la madera, por sus aristas, y descubro solo suavidad en ellas. Sonrío, satisfecho ante su labor, aunque tampoco me esperaba otra cosa, la verdad.

—Papi, me encanta. Y ya sé cuál va a ser mi cuarto. El que da al mar, ¿vale? Porfa, porfa, porfa…

—Hay dos que dan al mar, Llara. ¿Cuál quieres? ¿El de la derecha o el de la izquierda?

Ella levanta una manita y luego la otra, observándolas pensativa antes de encogerse de hombros.

—Cualquiera. Eso me da igual, solo quiero ver el mar.

—Vale, pues verás el mar, princesa.

—Pues yo prefiero el que está más cerca del baño, papá. Es más cómodo y, total, viviendo aquí nos vamos a cansar de ver mar. Desde la cocina y el salón también se ve. —Marta frunce el ceño y mira a su hermana como si recordase algo—. Y desde el cole y la iglesia también, Llara. ¿No te cansa tanta agua?

Me da la risa ante esa pregunta, que su hermana contesta trotando hacia arriba de nuevo, supongo que para escoger su dormitorio.

—Le gusta —digo cuando Marta desplaza su mirada hacia mí después de observar como Llara desaparece escaleras arriba.

—Ya veo, ya. ¿Y cuál va a ser tu habitación, papá?

—No sé. Cualquiera. Lo cierto es que me es indiferente.

—¿Y qué vamos a poner en la que queda libre? ¿Ya lo sabes?

Ahí me encojo de hombros y, tras acariciarle el pelo, me encamino a la terraza. Meto las manos en mis bolsillos y miro hacia lo lejos, allí donde las montañas enmarcan el mar, hoy de un azul verdoso y muy revuelto.

Ese iba a ser el dormitorio de esa criatura que no llegó a nacer. Ahora se quedará vacío, porque ni siquiera me planteé encontrarle otro uso. Estaba tan obsesionado con acabar la casa y traer a las niñas a verla que, en realidad, no vi más allá de ese momento. Imagino que terminará siendo un cuarto de invitados. O tal vez de juegos. No lo sé.

Giro la cabeza y contemplo el enorme espacio detrás de mí. Es un salón grande, sí, pero, salvo esa chimenea que Clara me pidió expresamente, tampoco tengo ni pijotera idea de cómo amueblarlo. Lo principal será comprar unos sofás amplios para ocupar semejante estancia, elegir y encargar la cocina, porque tardarán lo suyo, y luego… Y luego ya veré.

De pronto, pensar en todo lo que falta por hacer me resulta molesto. Un engorro. Porque vestir una casa sé que no consiste solo en llenarla de muebles, pero mi gusto para la decoración es penoso y… Laura.

Sí, se ha colado en mi cabeza. Sin permiso. Sin querer. Supongo que es inevitable, dado el tema que ocupaba mi mente. Pero acabo sacudiéndola y regresando al pasillo, desde donde llamo a las niñas para volver a casa. Les prometí ver una película, aprovechando que mañana no salen demasiado temprano, y aún tengo que bañarlas y prepararles la cena. Sin contar con la dichosa maleta.

 

***

 

Me arrodillo, soltando el equipaje que llevo en la mano, y abrazo a mis niñas para llenarlas de besos. Primero a una, luego a la otra, y de nuevo repito, porque me sabe a poco.

—Por el amor de Dios, hombre, que te las vamos a traer de vuelta —se burla Julián, recogiendo la maleta de mi lado y guardándola en el maletero.

—Ay, sí, puedes jurarlo. Las queremos un montón, pero en tu casa, ¿eh? Lo nuestro nunca han sido las familias numerosas —se une Teresa, pero su mirada está llena de ternura ante mi vehemente despedida.

Porque estoy exagerando, lo sé. Y una parte de mí incluso agradece la libertad de cuatro días en soledad, para tumbarme cuándo y dónde quiera y hacer lo que me dé la real gana, pero la otra… La otra no concibe estar esa cantidad de horas sin ellas. Porque son muchas. Casi cien horas, Jesús… Y sí, las he contado.

Quizá este papel de padrazo se me esté yendo de las manos, ¿no? O quizá es que, tal cual un oso, esté volviendo a la vida poco a poco tras estos meses tan raros. Porque lo cierto es que esta semana sí he sentido cosas que me han trastocado por completo. Y no todas buenas, como disfrutar ayer de la cara de mis niñas al ver la casa.

Fue el lunes, a las ocho de la tarde, y sé la hora con exactitud porque es cuando, día sí y día no, tengo que abrir Skype en el ordenador para que mis hijas hablen con su tía. Solo que esa vez, la aplicación de las narices no estaba por la labor. Llamé una vez y se cortó, así que lo intenté de nuevo y, justo cuando Laura descolgó y las saludó, yo ya estaba girándome para irme, como de costumbre.

—Papá… Mira. No funciona —oí a Marta tras una frase interrumpida de Laura.

Volví sobre mis pasos y me arrodillé entre ellas para tratar de recuperar la comunicación.

Y estaba en ello, allí, plantado ante la pantalla, con cada una de las niñas a mi lado, cuando aquello comenzó a sonar. Marta descolgó antes de que me diera tiempo a reaccionar y ahí me quedé, pegado al suelo como un tonto, sin poder quitar los ojos de la imagen que el ordenador me mostraba. Sorprendido y estático, contemplé absorto unos rizos rojos en una de las esquinas superiores, mientras, al frente, un hombre sentado en el sofá sonreía a mis hijas. No tardé más de un instante en reconocerlo. Joder, era Marcos. Y luciendo su jodida sonrisa de anuncio.

—Hola, preciosas. ¿Cómo estáis? Hola, Rubio —acabó por decir también, perdiendo la sonrisa y mirando hacia su derecha, donde esos rizos que tantas veces había tenido entre mis manos seguían rozando parte de la pantalla.

A pesar de que apenas la veía, únicamente un brazo y parte de su pelo, como si estuviese inclinada al lado del ordenador, juro que pude apreciar como se tensaba al oír mi nombre. O quizá fue que noté en ella el reflejo de mi propio estado, porque yo sí que me puse en tensión. Tan agarrotado que me costó Dios y ayuda levantarme del suelo…

—Hola, Marcos. ¿Qué hace la tía? —preguntó Marta con curiosidad, soltando una risita.

—Hola —me escuché decir a mí, haciendo alarde de esa educación que mi madre insistió en inculcarme de pequeño, mientras que, por fin, mis piernas obedecían la orden que mi cerebro llevaba gritándoles un rato.

«Levántate y desaparece de aquí. A la de ya».

Y eso fue lo que hice, apartarme, porque no quería verla. O más bien, porque no quería verla sentada al lado de ese hombre, compartiendo una amena charla con las niñas como si fuesen… ¿pareja? No, no podía ser, ¿no? Pero, sin embargo, ahí estaban los dos, hablando con ellas de todo lo que les tenían preparado para esos cuatro días en que Julián y Teresa las llevaban a Oviedo, aprovechando que era Semana Santa y les apetecía premiarse con unas minivacaciones que hacía años no se permitían. Porque, claro, me había separado para no verlos, pero oírlos era inevitable. Y podía irme a otra habitación, pero algo me hacía seguir en el mismo sitio, como un estúpido, mientras una sensación horrorosa se colaba en mi pecho, desquebrajando ese hielo que creía que lo cubría, asentándose en el estómago y haciéndome apretar la mandíbula.

Laura reía mucho y parecía emocionadísima de la vida. Marcos trataba a mis hijas con una familiaridad que me hacía ver que no era la primera vez que estaba con ellas. Supuse que habría estado presente también en cada una de sus visitas a la capital, porque Marta y Llara tampoco se mostraban tímidas con él. Pero eso no era lo que más me molestaba, no, era que, cuando se dirigía a Laura, la llamaba «nena». Nena, por Dios. Pero… ¿qué coño?

Los cuatro pasándoselo pipa en una conversación sobre lo mucho que iban a divertirse, teñida de bromas y risas y yo… Yo muerto de celos, joder.

Hasta me costaba creérmelo. De verdad. Aquello no era posible. Llevaba casi seis meses sin ver ni hablar con Laura. Había llegado a convencerme de que, si su falta me había afectado, era a causa de lo sencilla que era mi vida con ella en el piso, ayudándome con la casa, con las niñas… Sus risas no tenían nada que ver. Ni su encanto. Ni cómo reaccionaba mi cuerpo a su lado. Era simple y pura comodidad. Sí, era una buena suposición, en serio, sobre todo amparada por ese estado robótico en el que me sumí los meses anteriores y a la vista de que cada vez pensaba menos en ella. Pero parece ser que algo fallaba en esa teoría, porque lo que me carcomía en aquel momento eran unos absolutos e infernales celos. Joder.

Hoy, tres días después de aquello y tras analizarlo fríamente, la conclusión más satisfactoria e inteligente es que lo único que se vio dañado ahí fue mi ego. Me había dicho que me quería, y ahora… Ahora parecía la mar de feliz y contenta al lado de otro. De otro, no. De ese con el que había estado a punto de follar y con el que seguramente ya lo había hecho. Pues muy bien, que le aprovechara. Yo también lo haría con alguien en cuanto tuviera la mínima ocasión, vamos, era algo que tenía clarísimo.

—Al coche, niñas, venga, que os abrocho los cinturones —dice Teresa, sacándome del trance, ya con la puerta abierta y ajustando los elevadores de manera que quepan los tres en la parte de atrás, lo que no es demasiado fácil.

—Espera, que te ayudo —me ofrezco, acercándome ya.

—No te preocupes. Esto ya está.

Y con las mismas, observo con una sensación extraña como mis hijas desfilan ante mí y desaparecen dentro del coche con unas inmensas sonrisas.

Las entiendo, desde luego, pero no puedo evitar sentirme descontento ante el hecho de que no aparente costarles nada separarse de mí. Aunque, bueno, van a visitar a su tía acompañadas de Sofi, supongo que eso les hace una ilusión de la leche. Y que tengan idealizada a Laura hasta un punto inimaginable también ayuda bastante, qué cojones.

Me reprendo mentalmente por este último pensamiento, porque lo cierto es que ella siempre se ha portado de maravilla con las niñas. Siempre. Pero en lo de que la tienen idealizada, me reafirmo. Con un mejor tono y sin cabrearme, pero la tienen.

Observo como se aleja el coche carretera abajo, cuando el sonido de un mensaje me hace dejar de pensar en chorradas, echar mano al bolsillo y sacar el móvil.

«¿Ya se han ido? No te olvides de pasarte».

Joder, es Colás. Y menos mal que me lo ha recordado. Quedé de pasarme a ayudarlo a montar la antigua cuna de Sofi y un mueble-bañera que han comprado en Amazon.

Mientras me dirijo a su casa dando un paseo, gestiono un par de cosas que tengo pendientes. Hablar con mi madre para que deje de colarse en el bajo cada vez que Lidia entra en él, para intentar averiguar algo de ese misterio que se trae con el dichoso negocio, del cual no sabemos prácticamente nada.

Solo que tiene relación con el hogar y ya. Pero mi madre no se conforma con ese dato, pretende saber a ciencia cierta qué es lo que se va a vender en su casa, porque hay cosas que dice no permitir. No sé si piensa que Lidia va a montar un sex shop o algo parecido, porque, si no, no me lo explico. Y eso que se trata de ella, porque a otra no le habría alquilado el local ni loca, ya lo estoy viendo.

También tengo que pasarme por la gestoría a recoger las nóminas. Las de este mes y las del anterior, que, con el tema de que les pago en mano y hay confianza, a veces me las firman de dos en dos o de tres en tres. En realidad, ya estamos a primeros, ¿no? Pues sí, esta vez también serán tres.

Y estaría bien ir pensando en encargar la cocina y mirando muebles. Del piso no quiero llevarme nada, aunque tampoco es que haya mucho que llevar. El sofá de tres plazas y esas dos incómodas sillas, que a mí, personalmente, nunca me gustaron demasiado. No, mejor los regalo y me hago con unos nuevos. Grandes, cómodos y de piel. Me encantaría que fuesen de piel. Y, bueno, también está el dormitorio de Laura…

Ay, Dios. Ni de coña. Ese también lo donaré. O lo quemaré, pero por nada del mundo lo quiero en la casa. De hecho… Jesús, soy patético, no he entrado en él desde que se fue. Debe de tener más polvo que…

Oh, no, joder, mal pensamiento.

«Para ya, Chema. Deja de desvariar». Sí, eso es lo que tengo que hacer.

Entrecierro los ojos cuando estos impactan directamente con el sol. Vaya, con lo que ha llovido esta noche, me alegro de que haya salido ahora para facilitarle el viaje a Julián. Meto las manos en mis bolsillos y me dedico a observar los locales a mi paso, la mayoría de ellos cerrados por respeto a este Jueves Santo que cada vez es menos festivo. Entonces, justo al girar la esquina frente a la plaza, tropiezo con alguien.

—Oh, perdón —se disculpa una aturullada Aída, con un pañuelo en la cabeza y vestida de una manera curiosa para ser ella. Mallas, camiseta enorme y… ¿eso que lleva en la mano es un trapo? ¿Y en la otra? ¿Una bolsa de basura?

La Virgen, incluso pestañeo. Porque esto es como ver a la Preysler limpiando las lámparas. Algo impensable.

—Nada. ¿Qué…? —Por suerte, me centro lo suficiente y ni siquiera termino la pregunta. Acabo de caer en que estamos al ladito de la puerta de lo que será la nueva guardería del pueblo. Bueno, en realidad, de la única. Porque sí, al final parece que ha llevado a cabo aquella idea de la que nos habló, alquilando un local de considerables dimensiones también para el ocio y disfrute de los más peques—. Bueno, supongo que ultimando cosillas, ¿no? —comento con la vista clavada en las grandes cristaleras que permiten ver la estructura inmensa de toboganes entrelazados, rampas, bolas y redes de mil y un colores.

—Tanto como ultimando, no, pero sí, ya falta menos —contesta ella con una sonrisa.

—¿Cuándo tienes pensado…?

—A primeros del mes que viene —responde con rapidez y superilusionada—. O eso es lo esperado, vamos.

—Vaya, genial. El cumpleaños de Llara es el día quince. Seguro que le encantará celebrarlo aquí.

—Y a mí que lo haga —se apresura a decir con los ojos muy abiertos. Y, entonces, se muerde el labio inferior—. Pero no te sientas obligado por…

Arqueo las cejas cuando ella deja la frase así, a medias, como si, de repente, no supiese cómo seguir. Yo la miro confuso.

—¿Por? ¿Por qué iba a sentirme obligado a nada? A mí me haces un inmenso favor, en serio. Y las niñas seguro que se lo pasan muchísimo mejor.

—Al menos se intentará. —Se ríe ahora—. El quince, ¿entonces? ¿En qué cae?

Nos tomamos unos minutos mirando en el móvil ese dato y, al ver que cae en viernes, ni me lo pienso. Perfecto. Al día siguiente no hay clase y, si no lo pongo muy temprano, yo estoy libre.

—Bueno, pues ya tomo nota. Te pasas unos días antes a decirme cuantos niños serán en total y a elegir el menú, ¿vale? —me dice ya andando hacia al contenedor.

—Sí, claro. Nos vemos —me despido yo también, volviendo a retomar mi camino.

Y en menos de cinco minutos, estoy llamando a la puerta de casa de la madre de Nela. No, de Colás y Nela, que todavía no asimilo tanto cambio. Es una construcción no muy grande, de ladrillo rojo a la vista y con la puerta y las ventanas en blanco. Más que bonita, resulta acogedora. Y quizá por esa misma razón, encaja tan bien con los nuevos dueños.

—Ah, hola, Rubio —saluda Nela al abrir la puerta. Y, por cómo lo hace, o no me esperaba o no está muy contenta de verme.

—Hola, Nela —digo yo, obviando esta última apreciación y observándola con atención. Aunque… Dios, ¿pero cuánto hace que no la veo? Mucho. Por lo visto, demasiado—. Estás… Estás…

Está enorme. Su barriga es descomunal, Jesús. Y es por ello que ni se me pasa por la cabeza decirle que está guapísima, que lo está, radiante incluso, pero a mi mente solo acuden sinónimos de la palabra «inmensa». Ninguno apropiado para soltarle, claro.

—Sí, ya sé —me lee el pensamiento—. Estoy gorda.

—No, mujer, estás…

Nela pone las manos en su cintura y me hace callar con la mirada. Bueno, quien dice en su cintura, dice en sus costados, porque ahora de eso no tiene. Es redonda, joder.

—Oye, seguro que es uno, ¿no? —me escucho decir sin pensar primero, consiguiendo que sus ojos suelten chispas.

—Sí, es uno. —Y su tono no es divertido, no. Creo que las chispas son de indignación.

—Eh, era una broma. No…

—Anda, pasa y cállate de una vez. Que tú no eres precisamente Leonardo DiCaprio, ¿sabes? —Se aparta de la puerta para dejarme entrar y comienza a andar delante de mí, dejándose caer en el sofá con pesadez, a pocos metros de la puerta. Han tirado el tabique que separaba la sala del pasillo, así que ahora esta queda a la vista, transformando la estancia en una más grande. A mi derecha está la cocina y, al frente, un pequeño corredor con cuatro puertas. Un baño y tres dormitorios. Sin mirarme, con los ojos clavados en la tele, me hace una seña con la mano—. Colás está en la habitación de los enanitos.

Esbozo una sonrisa y asiento en su dirección antes de dirigirme a donde me ha indicado. Al cuarto de al lado de su dormitorio, un espacio pequeño pero perfecto para un bebé. Abro la puerta que estaba entornada y veo a Colás, con unos cascos puestos —de ahí que no se haya enterado de que he llegado—, subido a una escalera y peleándose con una cenefa que coloca a unos cincuenta centímetros del techo.

—¡Hola! ¿Te ayudo? —le grito, pues de otra forma no va a oírme.

—¡Ehh! —Él me sonríe después de girarse y tira del cable, metiéndose los auriculares en un bolsillo—. Ya estás aquí. Genial.

Hace el amago de bajarse de la escalera, así que doy los pasos que nos separan y señalo el rollo que tiene en una mano, mientras un buen trozo de él ocupa ya media pared.

—Espera. ¿Acabamos primero con eso?

—¿En serio? —me pregunta, aliviado—. ¿Tienes tiempo?

—Buf, tengo cuatro días, ¿te parecen suficientes?

Colás se echa a reír y, sin más comentarios, me pasa la bobina y sale del cuarto, para regresar al cabo de pocos minutos con otra escalera. Durante ese tiempo, observo la habitación para pasar el rato y descubro que el chaval ha estado bastante ocupado. Ha pintado las paredes de una amarillo suave y el techo de blanco, con unas nubes en gris azulado que llaman la atención en una de sus esquinas. El diminuto armario empotrado, antes de madera oscura, está ahora lacado en blanco, del mismo color que se adivinan la cuna y la bañera, desembaladas y apoyadas sin montar contra una de las paredes. Cuando mis ojos vuelven a la cenefa, no puedo evitar sonreír. Su motivo es muy Colás. Son números, del cero al nueve, repitiéndose en esos formatos infantiles tan característicos. El dos como patito, el tres como serpiente, el cuatro como silla…

Le hago una broma al respecto cuando ya estamos los dos en las alturas, armados con una brocha para extender la cola y un nivel para ayudarnos a seguir una línea recta. Pero él solo sonríe de medio lado, concentrado en su tarea. Lo de hablar y trabajar a la vez no lo lleva demasiado bien. Creo que aquella mañana en la que se sinceró conmigo es una de esas cosas que pasan una vez en la vida. Exactamente igual que lo que está haciendo ahora. Preparar la habitación de su primer hijo. Esto es único, como las emociones que sientes ante su espera. La mezcla perfecta entre ilusión y pánico, impaciencia y serenidad. Porque, aun sin saberlo, eres consciente de que, en cuanto nazca, no solo te cambiará la vida, sino que incluso te cambiará a ti mismo, como persona.

Entre los dos, acabamos lo bastante rápido para mirar la hora y ponernos manos a la obra con la cuna, que montamos incluso sin tener que recurrir a las instrucciones que Teresa se preocupó de guardar con ella. Estamos apretando el último tornillo cuando Nela se cuela en el cuarto toqueteándose la barriga.

—Me muero de hambre. ¿Comemos?

Colás la mira, sonríe y asiente, acercándose a darle un beso en la frente mientras su mano vuela también a esa redondez que parece atraerlo como un imán. Pero pierde la atención de su mujer en cuanto los ojos de esta se posan sobre la cuna. Se separa de él, camina hacia ella y la acaricia con una sonrisa soñadora.

—Es preciosa. Ya no recordaba lo bonita que me pareció en su momento —dice. Y suelta un suspiro exagerado cuando vuelve a mirarnos—. Bueno, entonces, ¿comemos?

Colás se echa a reír.

—Comemos. Rubio, te quedas, ¿no?

—Pues…

—Pues nada. Venga, no te hagas de rogar, que aún nos queda por montar el mueble ese —insiste él ya saliendo del cuarto, dando por sentado que acepto la invitación. Y, la verdad, no tengo un plan mejor y me apetece quedarme.

Busco a Nela con la vista, no sé si esperando su confirmación o qué, pero ella ni me mira ni me dice nada, solo pasa por mi lado y yo la sigo extrañado hasta la cocina.

Que está rara queda confirmado durante la comida. No se muestra desagradable, ni arisca, pero tampoco es la misma Nela de siempre. Intento disfrutar del guiso, que, por cierto, está exquisito, pero su actitud acaba por molestarme, así que, tratando de cerciorarme de si son imaginaciones mías o si realmente está molesta, me dedico a hacerle preguntas directas que no pueda evitar contestarme.

—Bueno, ¿y qué? ¿Al final cómo se va a llamar el niño? ¿Hugo o Iván? —me intereso, contento de recordar los dos nombres que barajaban.

—Iván —responde mirándome por encima de sus pestañas, con la cabeza baja.

—Es bonito. ¿Y así que aún estás trabajando? ¿Cuándo vas a cogerte la baja? —continúo con genuino interés antes de llevarme un trozo de pollo a la boca.

—No sé. Pero si puedo aguantar hasta el final, mejor —dice, con la vista ahora fija en su plato.

—Son muchas horas de pie. ¿Seguro que podrás? —se preocupa su marido.

—Ya lo hemos hablado, cariño. Si no puedo, lo dejo, en serio. Pero también sabes que, después, me gustaría estar al menos un año sin trabajar para ocuparme del niño, y no es que nos sobre el dinero —le explica a él, mirándolo, y con una calidez que pone más de manifiesto lo seca que es conmigo.

—Vale. Pero prométeme que no lo pasarás mal. En cuanto se te haga pesado, lo plantas. Te coges una baja y punto, que tampoco va a ser tanta la diferencia.

—Que sí. Te lo prometo.

—Y también me gustaría que te pensases lo que te propuso Teresa. Es una buena idea.

—Uff… —Nela se recuesta contra el respaldo y suspira—. No, si la idea es fantástica, pero…

—Pero nada. La inversión no es tanta, y las dos tenéis paro. Podríais hacer como Lidia, que lo cobró todo junto para montar su negocio. Solo hay dos peluquerías en el pueblo y sabes que a las dos les va muy bien. No sé por qué crees que la vuestra no funcionaría, yo veo clarísimo que sería un éxito.

—Ya, pero todo se resume en lo mismo. ¿Disfruto el paro criando al niño o lo invierto ahí? No es tan fácil, Colás.

—Sí que lo es. Tu madre se ofreció a venirse una temporada o…

Mientras Colás sigue esgrimiendo soluciones para el asunto, yo parpadeo ante toda esa información. Vaya, pues sí que me he perdido cosas. ¿Han hablado las mujeres de dos de mis mejores amigos de montar una peluquería a medias? ¿Y yo por qué no me he enterado? ¿Y por qué ahora se le da a todo Dios por ser empresario? Tres negocios nuevos en un año. Eso, para este pueblo, es algo increíble. Todo un avance.

—¿Y tú qué opinas, Rubio? Lo hemos hablado delante de ti Julián y yo en varias ocasiones, pero nunca te has pronunciado sobre el tema.

¿Qué? ¿Lo han hablado delante de mí? ¿Y yo qué hacía? ¿Me tapaba las orejas o qué cojones? Desde luego, lo que tengo claro es que no voy a confesarles que no les hacía ni caso.

—A mí me parece genial. No hay nada como ser tu propio jefe, Nela. Y, además, me consta que tanto Teresa como tú sabéis hacer vuestro trabajo.

Ella me observa entrecerrando los ojos casi a cámara lenta.

—Pues si te consta, podrías dejarnos cortarte el pelo, ¿no? —me dice, seria—. No sé qué es lo que te queda peor, si esas greñas o la barba.

Me rasco la mencionada y sonrío levemente, un poco avergonzado. Sí, necesito un buen corte, y del afeitado, mejor ni hablemos. La llevo tan larga que ya ni me pica, como si mi piel se hubiese acostumbrado a ella.

—Sí, tienes razón. Un día de estos tengo que cortármelo todo.

—Sí. Todo. Cortártelo todo es algo que deberías hacer, sí. —Y el sarcasmo que emplea me hace arquear las cejas.

—¿Un café? —Colás se levanta de la mesa como una exhalación, apretándole un hombro a su mujer, lo que me deja, si cabe, más perplejo.

—Sí, café —respondo en modo automático.

Y mientras Colás los sirve, Nela también se incorpora y se pone a recoger la cocina con prisas y casi con saña. Joder, pues sí, está cabreada. Lo que me confunde tanto como me crispa. Pero ¿qué narices le he hecho? Algo que, por otra parte, tampoco tengo intención de preguntarle. Por eso, cuando Colás, con las tazas en la mano, sugiere llevárnoslas al cuarto para seguir currando, acepto sin rechistar.

Poco más de una hora después, el mueble-tocador-bañera reposa contra una pared, listo. Meto las manos en los bolsillos y ojeo a mi alrededor, un poco tenso al oír a mi amigo llamar a su mujer.

Nela aparece con un par de cervezas en la mano que nos entrega sin pronunciar palabra, absorta en contemplarlo todo al detalle.

—Bien, ahora, ¿dónde los colocamos? —le pregunta Colás después de darle un trago a su bebida—. Al final, cariño, ¿la cuna va bajo la ventana o no?

—Ni idea —masculla Nela por lo bajo, acariciándose el vientre—. Ahí mejor la butaca, ¿no? ¿O la ponemos en esa esquina? ¿Y las cortinas? ¿Blancas o grises? ¿Gruesas o finas? Y hablando de la butaca… ¿será más cómoda una mecedora?

Abro mucho los ojos ante la confusión que hay en sus preguntas. O mejor dicho, ante lo histérica que ha sonado al hablar, agudizando el tono en ocasiones y pasando de un tema a otro sin mucha coherencia.

—Nela, cariño… —se pronuncia despacio Colás—. Tienes tiempo para pensártelo. Y hasta para cambiar de opinión unas cuantas veces. No…

—¿Sí? ¿Tengo tiempo? Estoy de siete meses, Colás. Y te mandan tener el bolso listo desde ahora por algo, ¿sabes? Así que doy por hecho que estaría genial que el cuarto también estuviese preparado, ¿no crees?

—Vale —Colás suspira, me mira un instante y vuelve a centrarse en su mujer, que parece poseída, lo juro—. Lo primero es tranquilizarse, no es para…

—¡No me digas que me tranquilice, coño! ¡Sabes que es algo que odio! Y es más, ¡no quiero estar tranquila! Lo estaría si Laura estuviese ya aquí, encargándose de hacer de esta habitación una digna de anuncio, como siempre soñé. Pero no está. ¿Tú la ves? No, ¿verdad? No está, porque… —Hace una pausa en la que coge mucho aire y me clava los ojos, fulminándome con ellos—. No está porque eres un gilipollas, Rubio. Un gilipollas. Te juro que hasta te estoy cogiendo manía, joder.

Y tras espetarme eso, consiguiendo incluso que yo dé dos pasos atrás sin ser apenas consciente, sale del cuarto prácticamente corriendo.

Volteo la cabeza para mirar a Colás, que suspira de nuevo, se encoge de hombros y se sube las gafas.

—No le hagas caso. Son las hormonas. Está un pelín nerviosa y…

Sin acabar la explicación, va tras su mujer y yo… Yo inhalo mucho aire, como si se tratara de valor, y los sigo, porque, quiera o no, no puedo pasar esto por alto. Las hormonas, dice… Nela es un encanto normalmente, pero de mala leche también anda sobrada. Alguien debería informar al chaval, que parece que aún no lo sabe.

Me los encuentro en el salón, a Nela de pie ante el sofá, mirando el techo furibunda y a Colás susurrándole algo que no alcanzo a oír. La idea de salir de la casa sin que se enteren pasa, fugaz, por mi cabeza, pero mis pies no se mueven ni un poco del sitio, esperando el momento en que se den cuenta de mi presencia. Supongo que una parte de mí quiere tener esta conversación. Sus palabras han sido lo bastante claras para darme a entender que se huele algo de lo sucedido entre Laura y yo y, por primera vez, no quiero hacer como que no sé de qué va la cosa. Ni siquiera me importa que las intenciones de Nela no parezcan otras que ponerme a parir.

—No voy a decirte que lo siento. —Esas son sus primeras palabras cuando repara en mí. Se aleja un poco de su marido y se muerde el labio inferior, paseando su mirada por la sala, para intentar tranquilizarse. O eso quiero creer.

—Vale —digo, más que nada porque no sé qué otra cosa decir. Con lo que no cuento es con que eso la ponga todavía más furiosa.

—¿Vale? ¡Vale! ¿Es lo único que tienes que decir? ¿Vale? ¿Qué coño es lo que vale, Rubio?

—Nela…

—Ni Nela ni hostias en vinagre, Colás. Estoy cansada de callar. Cansada de que todos andemos de puntillas alrededor de él por si… ¿Por si qué? No discuto que lo haya pasado mal, pero lo que le hizo a Laura es una putada, joder. Ningún duelo nos da derecho a usar a otra persona y, por encima, ir de víctima. ¡Dios! Es que…

—Yo no… No. Yo no… —me aturullo, porque lo que ha dicho ha sido como una patada en los huevos y un puñetazo en el vientre, todo a la vez, y no sé qué me duele más—. No voy de víctima. Y a Laura…

—¿No vas de víctima? —Me señala de arriba abajo y se echa a reír con sarcasmo—. Joder, si das pena, Rubio. Hasta comienzas a dar asco.

—Nela, te estás pasando —interviene de nuevo Colás, pero mirándome a mí, dejándome leerle en los ojos unas disculpas que él no tiene por qué darme.

—¿Me estoy pasando, Rubio? —me pregunta Nela, acercándoseme—. ¿Lo hago?

—Sí, te estás pasando —logro contestarle sin titubear—. Te repito que no voy de víctima y con respecto a Laura…

De repente, pierdo el hilo. No sé ni qué narices iba a decir, si es que tenía algo adecuado que expresar. Solo sé que, sorprendiéndome a mí mismo, me encuentro haciendo la pregunta que no le he hecho a nadie en todo este tiempo. Esa que me carcomía por dentro aún sin saberlo, pero que no he exteriorizado por demasiados motivos. Primero por rabia, y luego… porque no quería abrir una presa que, de pronto, se ha roto.

—¿Cómo está?

Sé que Nela se ha quedado a cuadros ante mi abrupto cambio de actitud, porque se lleva un puño al pecho y me observa perpleja con los ojos muy abiertos.

—¿Que cómo está? —Pestañea muy rápido y ahoga una risa, como si no supiese qué contestar o cómo reaccionar. Pero entonces sacude la cabeza y, cuando sus ojos vuelven a posarse en mí, son duros, casi desafiantes—. ¡Está genial! Más guapa que nunca y follándose a todo carbayón guapo que puede. Vamos, está pasándoselo pipa.

—¡Nela!

El grito lo ha lanzado Colás, aunque yo también tenga ahora ganas de ponerme a chillar. Sé que habla con ironía, que solo está intentando dar donde más duele, pero, joder, es que lo ha hecho con matrícula. Tragando la bilis que me ha subido a la boca, intento no entrar al trapo.

—Pues me alegro por ella. —Y sí, no ha sido la mejor frase que he podido hilar, lo sé.

—¿Te alegras? Joder, además de un cobarde, eres un puto mentiroso —me espeta ella dando otro paso hacia mí—. No puedo creer que te alegres. No quiero creerlo, joder. ¿En serio ella para ti solo fue sexo? ¿En serio?

Doy un paso atrás. Y luego otro. Vale, me había imaginado que sabía algo por todo lo anterior, pero creí que… No sé qué coño creí. Que se trataba de suposiciones, de mi dependencia de Laura al principio de nuestra convivencia, de… de lo que fuera. Pero esto… Esto que ha dicho…

—Sí, lo sé todo —afirma, leyéndome el pensamiento—. Quizá tú puedas vivir sin compartir con nadie lo que te pasa, pero ella necesitaba hablarlo. Y para eso estamos las amigas, ¿sabes?

—Nela, por Dios… —Colás suspira, se pasa las manos por el rostro y se quita las gafas—. Rubio, lo siento. Yo… Yo no sabía que ella…

No sé lo que trata de explicarme, ni me importa.

—¿Quién más lo sabe? —Y, joder, eso es lo único que se me ocurre preguntar. En realidad, no sé ni por qué. Será la fuerza de la costumbre, esas ansias de mantenerlo en secreto; tal vez, querer olvidar que sucedió. Como si eso fuera tan sencillo.

Nela me mira horrorizada. Incrédula.

—¿Eso es lo único que te importa? Pero bueno… —Respira hondo y hace un esfuerzo sobrehumano por no gritar, estoy seguro—. No lo sabe nadie. Tú, ella y yo. Y Colás, que está enterándose en este momento, aunque a mí no puede mentirme diciéndome que no se olía algo. ¿Verdad, cariño?

Colás únicamente se encoge de hombros y se acomoda las gafas con tanta fuerza que va a incrustárselas en la frente.

—¿Y bien? —continúa encarándome, pero mantiene ese tono suave con el que se ha expresado la última vez—. ¿Era solo sexo, Rubio?

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