Por nosotros
CAPÍTULO 26 » Chema
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Podría decirle que eso no es asunto suyo. De hecho, es lo que debería hacer. Pero solo está preocupada por Laura y puedo entenderla. Y tal vez yo necesite también hablarlo con alguien. Extirpármelo de dentro de una vez.
—No lo sé —respondo después de unos segundos larguísimos—. Decirte que sí sería mentira, pero… pero…
—¿Pero? Espera… No me lo digas. Sigues enamorado de Clara. Es eso, ¿no? —Y adiós, delicadeza. Ahora casi hay burla en su voz, lo que me molesta y me duele a partes iguales.
Así que cojo mucho aire, porque el golpe lo he sentido casi físico.
No es que no lo esperase, es que ni siquiera lo comprendo.
—Era… Era mi mujer, Nela. Desde luego que sigo queriéndola. No es tan fácil dejar de…
—Claro que no es fácil. ¿Quién coño dijo que lo fuese? Lo que no entiendo es que, si solo querías follar, no te buscaras a otra, joder. ¿Tenías que hacerlo con Laura? Eso es complicar las cosas a conciencia.
—En eso tiene razón —se implica Colás, sentándose en el sofá y entrelazando las manos entre sus muslos abiertos—. Pero aquí todos sabemos que no solo se trataba de eso, ¿verdad, Rubio? Aquel día, en la discoteca, lo dejaste muy claro.
Respiro hondo. Y trago saliva.
—Yo… No sé. Creo que los dos perdimos un poco la perspectiva. Que no supimos… Creo que…
—¿Y sabes lo que creo yo? —me interrumpe Nela, esta vez casi con ternura—. Creo que te engañas a ti mismo. Que tienes tan idealizada a Clara que no ves más allá. Que no te das cuenta de que, dejando escapar a Laura, has perdido la oportunidad de volver a ser feliz. O que sí lo sabes, por eso estás así, pero también estás tan acojonado por sentir de nuevo que la has cagado a base de bien.
—¿De qué coño hablas, Nela? —Y ahora me he cabreado. Mucho. Tanto que apenas he oído nada después de que haya nombrado a mi mujer—. ¿Clara, idealizada? Tú la conocías, fuiste testigo de lo nuestro, ¿cómo puedes decir eso?
—Por eso mismo. Porque fui testigo y sí, Clara era fantástica y os queríais un montón. Pero no era perfecta, joder, por mucho que tú te empeñes en recordarla así. En apartar a Laura de tu lado porque, según tú, nadie puede ocupar su lugar. ¿Qué lugar, Rubio? En esta vida, todos tenemos el nuestro. Nadie es imprescindible, pero todos somos importantes, coño. Alguien tiene que hacerte ver que tú ya no estás enamorado de Clara como lo estuviste en su día; si no, no te habrías metido en la cama de su hermana un día sí y otro también. Tú estás obsesionado con ella, joder. ¡Obsesionado! Y eso, Rubio, eso es enfermizo.
—Nela, cariño, para.
Ni siquiera asimilo lo que dice Colás. Sigo oyendo a su mujer, sus frases rebotando en las paredes de mi mente, una tras otra. Dejando solo un pequeño resquicio que uso para pensar en que quiero salir de aquí.
Tengo que irme, irme, irme… Y, al final, ese es el único pensamiento que me dirige. Así que, con la respiración desbocada y las pulsaciones al máximo, me giro en busca de la puerta. Necesito aire. Necesito olvidar sus palabras. Porque no son verdad. ¿Ella qué sabrá? Está equivocada. Está muy equivocada.
***
¿Y si no lo está?
Escondo la cara entre mis manos, mientras los codos se clavan en mis muslos provocándome incluso daño. Lo agradezco. Ese es un dolor físico, que controlo, que me aleja un poco del caos que rige el resto de mi cuerpo.
Porque no es mi mente la única afectada. Ahora también entra en juego mi corazón, que duele como el demonio; el pecho, con mis pulmones tirando de un aire que parece no llegarles; y el estómago, revuelto, pesado, expulsando ácido hacia arriba.
Levanto la vista y la clavo en la puerta de la nevera. Impoluta. Así está desde hace mucho. Vacía, gris, apagada… Como mi puta vida.
Llevo tantas horas aquí sentado, en la misma postura, que me hormiguea el cuerpo, agarrotado y tenso. Horas recordando, fustigándome. Horas volviéndome loco.
Porque ¿y si Nela tiene algo de razón? ¿Y si ha visto lo que yo llevo tanto negándome? Y ya no se trata de si siento o no algo por Laura, eso hasta carece de importancia ahora mismo. Lo que me mata es lo que dijo sobre Clara. ¿En realidad la tengo tan idealizada? ¿Es eso? ¿La he puesto en semejante altar que no puedo dejarla ir, venerándola como si de una diosa se tratase cuando no era más que una mujer?
No, no puede ser eso. Yo conocía a Clara como a mí mismo. Yo no la tengo idealizada. Pero… ¿cómo no idealizar la perfección?
Ahogo un suspiro, más por falta de aire que por otra cosa, y me masajeo las sienes, agobiado, buscando algo que me haga salir de este bucle sin sentido.
Estrujo mi mente recordando las cosas que me molestaban de ella, esas pequeñas cosas que me irritaban, que me cabreaban… Y sí, ahí están. Pero, mierda, recordarlas no sienta tan bien como pensé. El dolor de estómago se hace más evidente, se retuerce ante mis pensamientos, esos que hasta me parece pecado tener. Pero, aun así, no los evito. Me revuelco en ellos embarrando su puro recuerdo.
Porque sí, no era perfecta.
Me disgustaba ese afán casi desmedido por que las niñas se mantuviesen inmaculadas y perfectas a todas horas; su obsesión con la limpieza, hasta el punto de recordarme que usara un puto posavasos cada vez que sacaba una cerveza de la nevera; su manía de dormir con calcetines en invierno; y hasta que nunca mostrase su enfado con una buena bronca, ni cuando yo la provocaba con esa única intención, desmelenarla un poco.
Y había otra cosa que también me incomodaba. Mucho. Aunque no sé cuál de los dos era más culpable de aquello. Me molestaba un huevo lo degenerado que me hacía sentir en cuanto al sexo. Aunque lo disfrutaba, tengo que reconocer, aquí y ahora, que lo hacía porque era con ella con quien lo compartía, pero yo, en ocasiones, echaba en falta… algo más… Tal como ella me dijo aquel último día. No me permitía dejarme llevar, ni pedir, ni…
Sacudo la cabeza con fuerza, porque siento como si estuviese mancillando esa parte de nuestra convivencia, y me odio por ello. Me odio y me siento hipócrita, todo a la vez, aunque carezca de sentido. Porque también sé que hubiese renunciado a cualquier cosa a cambio de su vida, pero… nadie te da a elegir. Ni cómo ser, ni qué desear, ni a quién perder… Ni cuándo ser feliz…
Y cuando esa frase se forma en mi cerebro, mis ojos se encuentran de nuevo con la nevera y… joder, a mí tampoco me gusta así como está, vacía. La prefería con los dibujos, con los imanes, con la nota del súper. Llena… Llena de vida. Dios, ¿qué me pasa?
Respiro hondo y trato de encauzar mis pensamientos. Ver la realidad. No todo puede ser blanco o negro al tratarse de Clara.
Y no, no lo es.
Sus defectos, sus pequeños defectos, eran molestos, vale, como los míos para ella, pero no los odiaba. La mayoría de las veces incluso me hacían gracia. Formaban parte de ella. Y a ella la quería. La quería muchísimo. Y ahora…
Me pongo en pie con las manos agarrándome las sienes y comienzo a andar como un desquiciado por toda la estancia. Ahora también la quiero. Y la querré toda la vida. No quiero olvidarla, pero… Pero sé que estoy aferrándome a ella de una forma… enfermiza, sí. Enfermiza, joder.
Reconocer eso me bloquea un instante, pero, comportándome como un kamikaze, voy un paso más allá. Porque, siendo del todo honestos, también sé que puedo vivir sin ella y ser feliz. Lo fui con Laura aquellos meses.
Oh, joder, por ahí voy mal. No quiero ni pensarlo.
Pero, obviando lo vivido con Laura, me obligo a aceptar el hecho de que sí comencé a apreciar lo que aún me quedaba. A estar bien. Con ganas de sonreír, animado, disfrutando de una caña con los chicos, de un bocata con la pandilla, de las fiestas del pueblo, de una buena conversación… Extrañándola, sí, pero cada vez menos. Porque claro que hubiese dado mi vida por la de Clara, pero no es menos cierto que llegué a acostumbrarme a su ausencia. Esa es la verdad. Pasé del dolor infernal por perderla a la preocupación constante de desear a Laura, por lo que eso significaba y por ser quién ella era.
Y todo se complicó cuando me di cuenta de que, por ese camino, iba a conseguir sacarla de mi vida. Ahí radica el gran problema. El saber que podría hacerlo, que podía dejarla ir, esta vez de verdad y para siempre. Ahí el sentimiento de culpabilidad arrasó con todo lo demás. Me impuse a mí mismo el deber de mantenerla conmigo, usé su amor como un escudo para todo lo que estaba comenzando a sentir por otra y me autoconvencí de estar haciendo lo correcto, lo único en mi mano para no olvidarla.
Me engañé tanto y tan bien… Hasta el extremo de hacerme daño. De hacérselo a Laura. De que la misma Clara estuviese decepcionada conmigo si pudiese verme ahora. Convertido en lo que se supone que tengo que ser, en vez de en lo que realmente soy o quiero ser. En un hipócrita. Porque tiene razón Nela, joder, mi papel de viudo afligido se fue a la mierda entre los jadeos compartidos con Laura, entre las risas, entre lo que tuvimos.
Sí, mi mayor problema fue no saber dejarla marchar cuando llegó el momento. Pero, al mismo tiempo, me pregunto cómo se hace eso sin sentir que le has fallado. ¿Cómo se abandona al amor de tu vida, a la madre de tus hijas? ¿Cómo se rompen las promesas hechas? ¿Dónde guardo los recuerdos para que no hagan daño? ¿Cómo le digo adiós a Clara sin sentirme culpable?
Es más, ¿quiero hacerlo? ¿Quiero olvidarla? ¿Puedo, tan siquiera? Porque, si quiero y puedo, entonces es que soy peor de lo que creí. No solo soy un egoísta hipócrita, también soy el hombre que nunca la mereció. Un maldito farsante y un pésimo marido.
Jesús… La estancia se me queda pequeña. Las paredes parecen moverse, encogiéndola por momentos. O quizá es que me esté volviendo loco. ¡Loco! Loco, joder.
Me froto la cara con saña y cojo de nuevo mucho aire, sintiendo ahora que me ahogo. Me ahoga la culpa, la desesperación, su recuerdo, este piso… Me ahogo, joder. Y no sé cómo permanecer a flote.
Me detengo en medio del salón y clavo los ojos en el reloj de pared. Las once de la noche. Llevo demasiadas horas buscando una respuesta que nunca voy a encontrar. Que yo no tengo. Como el aire, se me escapa, no la alcanzo. Y, entonces, sin pensar, sin valorar lo que estoy a punto de hacer, agarro las llaves, que había tirado sobre la mesa, las meto en el bolsillo y, sin pararme ni a coger una chaqueta, salgo del piso a la carrera, corriendo escaleras abajo, abriendo el portal con prisas, apurando el paso ya en la calle y volviendo a echar a correr cuando estas emociones que bullen en mi interior descontrolan mis nervios.
Ni siquiera percibo que empieza a llover, solo intento dar cada vez más largas mis zancadas, más rápidas, queriendo llegar cuanto antes. La acera vuela bajo mis pies y el agua me empapa antes de caer sobre ella, pero no paro. No bajo ni un poco la velocidad; en todo caso, la aumento, poseído por la certeza de que, si me detengo un solo instante, no voy a ser capaz de llegar a mi destino.
Es ya en su puerta cuando ese pensamiento que me martilleaba dentro durante los últimos metros se hace más insistente. Porque, joder, quizá este no sea el lugar en el que buscar mis respuestas. De hecho, es brutalmente inadecuado. Pero también sé que ahora mismo no se me ocurre otro mejor. Otro en el que alguien haya estado tan cercano a lo que me sucede a mí. Así que, sin querer demorarlo más, me encuentro pulsando el timbre de la última puerta a la que pensé llamar en un momento así.
—Rubio… Cariño… —susurra Lidia al verme, abriendo los ojos como platos y aferrando a la altura del pecho la bata rosa que lleva puesta. Pasea su mirada por todo mi cuerpo muy rápido y luego se centra en mi cara, que, aunque no me la vea, sé que está desencajada. Tal como yo me siento—. Dios mío, estás empapado. ¿Qué sucede? ¿Qué…?
Abro la boca, pero vuelvo a cerrarla. Trago saliva y lo intento de nuevo, pero, entre la carrera y mis sentimientos, el nudo en mi garganta es demasiado grande para hablar.
—Por favor, Rubio. Pasa, por Dios.
Niego con la cabeza, intentando darles forma a las palabras que se enroscan en mi lengua.
—Cariño, me estás asustando. ¿Son las niñas? Ellas…
Vuelvo a negar con rotundidad y, por fin, soy capaz de balbucear algo.
—Tú… ¿Cómo…? ¿Cómo pudiste…? ¿Fermín?
—¿Qué? —Abre más los ojos, deja la boca entreabierta y aprieta los puños sobre su pecho—. ¿Qué es lo que estás…?
—¿Cómo supiste…? —intento otra vez, sin dar con la pregunta correcta—. ¿Cuándo supiste que… tenías… que… dejarlo ir? —Las últimas palabras las murmuro con los ojos cerrados, sintiéndome torpe, estúpido. Casi arrepentido de haber venido.
—Oh, Dios mío… —la oigo, aún resguardado en la oscuridad que me otorgan mis párpados—. Oh, Dios mío, cariño…
Y entonces percibo la calidez de su cuerpo, sus brazos rodean mi espalda y sus manos me sujetan contra ella.
—Yo no sé cómo… —susurro—. No sé si debo, no…
—Oh, mi niño… Oh, por Dios…
Noto el contacto del suelo contra mis rodillas, pero no entiendo por qué. Ni tampoco por qué me cuesta tanto respirar, o por qué me escuecen los ojos, o por qué el nudo de mi garganta se ha extendido hasta el pecho.
—Eso es, Rubio… Llora, cariño. Llora y déjala ir. No tengas miedo a hacerlo. Una parte suya siempre estará aquí. Contigo. Con sus hijas. Con todos nosotros.
Meneo la cabeza contra su vientre y se me escapa un sollozo. Aprieto los ojos avergonzado, pero ya no puedo parar. Las lágrimas calientan mi cara helada y, a la vez, alivian el dolor, deshaciendo poco a poco ese nudo que me asfixia.
—Oh, Dios… —Lidia mete las manos entre mi pelo y me lo atusa, confortándome con sus caricias y con sus palabras—. Sé por lo que estás pasando, cariño. Esta es la parte más difícil, lo sé. Despedirte de ella, dejarla atrás, aunque duela, para poder continuar hacia delante. Ella tiene que descansar en paz y tú… Tú tienes que vivir, cariño. Ese es tu único deber. Vivir e intentar ser feliz. Por tus niñas. Por los que te queremos. Pero, sobre todo, por ti.